En la historia de la crónica negra argentina, pocos nombres evocan una mezcla tan potente de fascinación, horror y cinismo como el de Yiya Murano. Conocida popularmente como “La Envenenadora de Monserrat”, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano no encajaba en el perfil típico de un criminal de finales de los años 70. No era una marginal ni una persona violenta a simple vista; era una mujer “paqueta”, de clase alta, que recorría las calles de Buenos Aires envuelta en costosos abrigos de piel, destilando una elegancia que cautivaba a propios y extraños. Sin embargo, detrás de esa fachada de distinción y charlas de té, se escondía una mente calculadora capaz de eliminar a sus amigas más cercanas por una deuda de dinero.
Nacida en Corrientes en 1930, Yiya creció en un ambiente de privilegios. Hija de un militar, recibió una educación de élite y se recibió de maestra, aunque su verdadera vocación era la vida social y el lujo. Su matrimonio con
el abogado Antonio Murano parecía asegurarle ese estatus, pero cuando la fortuna familiar empezó a flaquear, Yiya se negó a bajar su nivel de vida. Fue entonces cuando comenzó a tejer una red de mentiras, amantes y estafas que terminaría en tragedia.
El Plan Maestro: Una Estafa Piramidal de Amistad
A finales de 1978, Argentina atravesaba una situación económica volátil bajo la dictadura militar. La desconfianza en los bancos era generalizada, y Yiya vio en esto la oportunidad perfecta. Convenció a sus “hermanas del alma” —un grupo de amigas íntimas con las que compartía meriendas semanales— de que ella podía multiplicar sus ahorros. Les prometió intereses mucho más altos que cualquier entidad financiera. Confiando ciegamente en ella, Carmen Zulema Del Giorgio de Venturini (su prima), Nilda Gamba y Lelia “Chicha” Formisano de Ayala le entregaron importantes sumas de dinero.
El problema surgió cuando llegó el momento de devolver el capital y los intereses. Yiya, que había gastado el dinero en joyas, ropa de marca y departamentos para mantener su farsa de mujer adinerada, no tenía ni un peso. En lugar de confesar, decidió que era más sencillo silenciar a sus acreedoras.
Tres Muertes y una Caja de Masas
El 10 de febrero de 1979, Nilda Gamba murió tras sufrir dolores estomacales agudos. Aunque inicialmente se habló de un coma diabético, nadie sospechó de la taza de té que Yiya le había preparado horas antes. Apenas unas semanas después, el 22 de febrero, Chicha Formisano fue hallada muerta en su departamento, sentada frente al televisor con restos de pescado y masas finas a su lado. La audacia de Yiya no tenía límites: incluso sobornó a médicos para evitar las autopsias, logrando que los certificados de defunción hablaran de “paros cardíacos no traumáticos”.
Sin embargo, el castillo de naipes empezó a desmoronarse con la muerte de su prima, Mema Venturini. Al caer por las escaleras de su edificio tras ingerir el veneno, los vecinos notaron la presencia de Yiya con una caja de masitas. Fue Diana, la hija de Mema, quien descubrió que faltaba un pagaré de 20 millones de pesos y recordó que todas las amigas fallecidas le habían prestado dinero a Yiya. La denuncia fue inmediata, y la exhumación de los cadáveres reveló la verdad: restos de cianuro alcalino en las vísceras de las víctimas.

El Juicio, la Cárcel y el Surgimiento del Mito
El arresto de Yiya el 27 de abril de 1979 fue un evento mediático sin precedentes. A pesar de las pruebas —se halló cianuro en su casa igual al de los cuerpos—, ella siempre mantuvo su inocencia con un cinismo que descolocaba a los jueces. “Jamás maté a nadie”, repetía mientras lucía sus mejores galas en los tribunales. Tras un complejo proceso judicial que incluyó absoluciones temporales por la corrupción de la época y apelaciones, fue condenada a cadena perpetua en 1985.
No obstante, Yiya no pasó mucho tiempo tras las rejas. Gracias a la ley del “2×1”, salió en libertad en 1995 tras solo 16 años de prisión. Lo más asombroso fue su transformación posterior: lejos de buscar el anonimato, se convirtió en un personaje mediático. Visitó los programas más famosos de la televisión argentina, como el de Mirta Legrand, donde brindó en vivo frente a una audiencia indignada. Se convirtió en columnista de moda y hasta se casó con un hombre ciego, a quien más tarde también intentaría estafar según denuncias de su propia familia política.
El Legado de una Madre Fría
Quizás el testimonio más demoledor sobre su verdadera naturaleza no vino de la policía, sino de su propio hijo, Martín Murano. En su libro Mi madre, Yiya Murano, Martín describió una infancia de abusos psicológicos y una madre “ausente y fría”. En entrevistas recientes, incluso reveló que ella intentó envenenarlo a él mismo cuando tenía 10 años, quitándole una porción de torta en el último segundo antes de que la probara.
Martín, buscando cerrar ese capítulo oscuro, subastó en 2023 el famoso juego de té con el que su madre habría cometido los crímenes (revelando que el veneno solía ir en el té y no siempre en las masas), donando el dinero a un refugio de animales, seres que Yiya detestaba profundamente.
Un Ícono de la Cultura Popular

Hoy en día, Yiya Murano es parte del folclore argentino. Su nombre es sinónimo de traición y “té amargo”. Se han hecho series, obras de teatro y musicales sobre su vida. Falleció en 2014, sola en un geriátrico y padeciendo demencia, pero su sombra sigue proyectándose sobre la crónica roja. Fue la mujer que demostró que el horror puede venir servido en una delicada taza de porcelana, acompañado de una sonrisa encantadora y el aroma dulce de una masa fina.