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Tras rumores de divorcio, Susanna Griso rompió el silencio y confesó la dura verdad

 Su romance fue, en sus primeros años un remanso de paz en medio del bullicio de la televisión. A diferencia de otras parejas mediáticas, eligieron vivir su relación en la más estricta intimidad. No se veían juntos en galas, ni en portadas, ni en alfombras rojas. Era como si hubieran firmado un pacto tácito de protección mutua, de vivir su amor lejos de los focos que tanto conocían.

Se casaron discretamente, sin hacer de ello un espectáculo mediático. La boda fue sencilla, rodeada de familia y amigos cercanos. celebrada en un pequeño enclave en Cataluña con vistas al mar y al futuro que ambos soñaban construir juntos. Durante los primeros años de matrimonio, la pareja se convirtió en un equipo indisoluble.

Él desde la producción y ella, al frente de los informativos, compartían una pasión profunda por la comunicación, aunque sus caminos no siempre coincidieran profesionalmente. Carles entendía las exigencias del trabajo de Susana, sus horarios, sus compromisos y la presión que conllevaba estar al frente de una pantalla nacional.

 Nunca intentó opacarla ni retenerla, al contrario, la apoyó incluso en los momentos más difíciles, cuando su popularidad creció exponencialmente y los rumores sobre su vida privada comenzaron a surgir como parte inevitable del precio de la fama. En 2003, con el nacimiento de su primer hijo, J, el amor que los unía parecía alcanzar su senit.

 La maternidad transformó a Susana, pero no debilitó su compromiso profesional. Siguió trabajando, combinando su rol de madre con el de periodista, con una energía que sorprendía incluso a sus colegas más cercanos. Carles, por su parte, asumió un papel activo en la crianza de su hijo, alejándose un poco del mundo audiovisual para dedicar más tiempo al hogar.

 Los años siguientes se sucedieron con una aparente normalidad. A ojos de muchos eran la pareja perfecta, equilibrada. sólida, madura. Sin embargo, como ocurre en tantas historias reales, lo que se ve desde fuera rara vez coincide con lo que sucede en el interior. La distancia emocional comenzó a instalarse silenciosamente entre ellos.

 Las agendas apretadas, los proyectos personales, las metas que ya no eran compartidas con el mismo entusiasmo, empezaron a Coo a erosionar lo que una vez fue una relación inquebrantable. Susana, absorbida por su creciente protagonismo en Antena 3, se volvió más independiente. Carles, por su parte, comenzó a desarrollar intereses y vínculos más allá del círculo familiar.

 La complicidad se fue diluyendo, transformándose en una convivencia amable, pero sin la intensidad de los primeros años. Aún así, siguieron adelante. Por la familia, como diría Susana en una entrevista muchos años después. Ambos se negaban a aceptar que el amor podía haber cambiado de forma, que ya no era el mismo, que tal vez se había agotado.

 Preferían pensar que era una fase, una etapa más, una crisis que pasaría. No querían ser otra estadística más de las muchas parejas que no sobrevivían al paso del tiempo ni a la presión mediática. La primera señal pública de que algo no iba bien llegó en 2020. Durante una entrevista informal en un programa de televisión, un comentario de Susana sobre las dificultades del matrimonio a largo plazo encendió las alarmas.

 La frase fue rápidamente viralizada, aunque ella la desmintió poco después, alegando que había sido sacada de contexto. Pero el germen de la duda ya estaba plantado. Durante ese mismo año, la pandemia de COVID-19 funcionó como un catalizador. El encierro forzado, el tiempo compartido en casa sin los habituales espacios de independencia sacó a la luz viejos conflictos no resueltos.

 Las discusiones antes esporádicas y contenidas se hicieron más frecuentes. Y lo más doloroso para Susana fue darse cuenta de que ya no reconocía al hombre con el que había compartido más de dos décadas de su vida. En privado comenzó a escribir un diario personal, un espacio íntimo donde volcaba sus reflexiones, sus miedos, sus dudas.

Allí dejó constancia de noche sin dormir, de silencios incómodos, de la nostalgia por una conexión que parecía haber desaparecido. No es que no lo quiera escribió en una de las páginas, es que ya no sé si él me ve, si me escucha, si aún soy parte de sus planes. La idea del divorcio en un principio le parecía inadmisible, no solo por el dolor que implicaba cerrar una etapa tan larga, sino también por el impacto que tendría en su familia y en su imagen pública.

 Sin embargo, con el paso de los meses fue ganando claridad. Entendió que a veces lo más valiente no es resistir, sino soltar. A pesar de ello, guardó silencio. Seguía asistiendo a eventos, sonriendo a las cámaras, hablando de actualidad política, sin permitir que su vida privada se filtrara en su discurso profesional.

 Pero sus ojos, según confesaron algunos de sus compañeros de plató, ya no brillaban igual. Había en ella una melancolía contenida, una tristeza que no lograba disimular del todo. En la Navidad de 2021, la ruptura era un hecho dentro del círculo íntimo de la pareja, aunque públicamente aún no se había confirmado nada. Las redes sociales comenzaron a llenarse de especulaciones, que ya no usaba el anillo, que había dejado de mencionar a Carles en sus entrevistas, que su mirada estaba más perdida que nunca.

 Ella, fiel a su estilo, no respondió a ninguna de estas insinuaciones hasta que llegó el 2022 y con él la confirmación. En una aparición especial en el programa que ella misma conducía, Susana tomó la decisión más difícil de su carrera. Hablar por primera vez de su situación sentimental. No fue un comunicado preparado ni una entrevista pactada.

 Fue una confesión en directo, espontánea, con la voz quebrada y los ojos húmedos. Después de muchos años juntos y con todo el respeto del mundo hacia el padre de mi hijo, hemos decidido seguir caminos separados”, dijo. No ha sido fácil, pero a veces la vida nos pide ser honestos con nosotros mismos.

 Y hoy por fin puedo decirlo en voz alta. Merezco ser feliz. La audiencia, atónita, no tardó en reaccionar. Las redes se llenaron de mensajes de apoyo, de sorpresa, de admiración, porque más allá del morvo, lo que impactó fue la valentía, la capacidad de una mujer pública acostumbrada a informar sobre la vida de otros, de abrir su corazón y mostrar su lado más humano.

 Ese momento marcó un antes y un después en su carrera. No solo por el contenido de su confesión, sino por la manera en que lo hizo, sin victimismo, sin escándalos, sin culpas, solo con la verdad. Una verdad que, como ella misma diría después, le dolió más que cualquier noticia que hubiera tenido que dar en su vida profesional.

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