Y así terminó el capítulo más largo de su vida. Pero también comenzó otro, uno en el que Susana Griso, más allá de ser periodista, madre y figura pública, se permitió ser simplemente mujer, con miedos, con heridas, pero también con una renovada esperanza de reencontrarse consigo misma. Las secuelas del Dios entre la tormenta mediática y la reconstrucción personal.
El anuncio público de la separación de Susana Grzo fue un terremoto emocional, tanto para ella como para millones de espectadores que la veían día tras día al frente del informativo con su serenidad habitual. Pero esta vez no era la periodista quien informaba sobre la vida de otros. Esta vez era ella el epicentro de la noticia.
La repercusión no tardó en hacerse sentir. Apenas finalizó el programa donde Susana pronunció sus sinceras palabras, las redes sociales estallaron. Twitter Ahora X se llenó de tendencias como #susannagiso #divorcio valiente y hashaglaad en directo. Miles de comentarios surgieron en apoyo a su valentía, mientras que algunos pocos medios sensacionalistas intentaban indagar más allá buscando motivos ocultos, terceros en discordia o infidelidades inexistentes.
Pero lo que más impactó fue el tono. No había escándalo, no había odio ni reproches, había dolor, sí, pero también una madurez emocional que sorprendió a todos, la presión del foco mediático. Durante las semanas siguientes al anuncio, Susana tuvo que hacer frente a una presión inédita. A pesar de su larga experiencia ante las cámaras, esta vez la narrativa escapaba de su control.
Medios del corazón comenzaron a reconstruir cronologías, a comparar fotografías antiguas, a buscar signos de crisis en sus apariciones públicas. Programas de televisión dedicaron bloques enteros a analizar cada frase dicha por ella, cada gesto, cada mirada durante los últimos meses. “Fue como estar desnuda en medio de una plaza pública”, escribiría ella después en su diario personal.
Yo, que siempre protegí mi intimidad con uñas y dientes, me vi expuesta, abierta, vulnerable ante un país entero. Afortunadamente, su círculo cercano se mantuvo firme. Su hijo, Jan, ya adolescente, entendió desde el principio la decisión de sus padres. A pesar del golpe emocional que implicaba ver a su familia separarse, supo encontrar consuelo en la madurez con la que ambos manejaron la situación.
Susana y Carles se esforzaron por mantener una relación cordial, priorizando el bienestar de Jan sobre cualquier diferencia personal. Carles, por su parte, se mantuvo alejado del foco. No dio entrevistas, no emitió comunicados, no respondió a provocaciones mediáticas. Su silencio fue un fe muestra de respeto y según fuentes cercanas también de dolor.
La separación no fue una decisión unilateral, pero sí inevitable. Ambos sabían que habían llegado a un punto de no retorno, la búsqueda del equilibrio interior. En medio de la tormenta mediática, Susana decidió tomar medidas drásticas para preservar su salud mental. comenzó a asistir a sesiones de terapia semanal con una psicóloga especializada en rupturas de pareja.
Fue, como ella misma admitiría después, uno de los pasos más difíciles y al mismo tiempo más liberadores de su vida. Allí pudo dar nombre a sentimientos que llevaba años reprimiendo: frustración, culpa, nostalgia, miedo a la soledad. comprendió que durante demasiado tiempo se había anulado a sí misma en función del rol de madre, de esposa, de profesional de éxito.
Había dejado de escucharse, de preguntarse qué deseaba realmente. En paralelo, retomó pasatiempos que había abandonado. La lectura, que durante años fue su gran compañera, volvió a ocupar un lugar central en sus días. se inscribió en un taller de escritura creativa, donde por primera vez escribió relatos que no tenían que ver con noticias ni guiones televisivos, sino con emociones puras, sin filtros.
También comenzó a salir a caminar sola por el retiro, un ritual matinal que se convirtió en su refugio personal. Volver a estar sola fue aterrador al principio, confesó en una entrevista posterior. Pero también fue como redescubrirme, escuchar mi propia voz sin el ruido del mundo, la reconstrucción pública de una figura mediática.
Profesionalmente, Susana enfrentó uno de los momentos más delicados de su carrera. Si bien nunca dejó de liderar su programa matutino, los primeros días después de su confesión estuvieron marcados por la atención. La audiencia la observaba con una mezcla de respeto y morvo. Sus compañeros de plató, aunque solidarios, no sabían bien cómo acompañarla, pero ella, fiel a su carácter resiliente, decidió convertir el dolor en una herramienta de conexión.
En uno de los programas siguientes realizó un especial sobre las mujeres que enfrentaban separaciones dolorosas después de relaciones largas. invitó a psicólogas, sociólogas, escritoras y mujeres anónimas que compartieron sus historias. Fue un episodio conmovedor que rompió récords de audiencia y se viralizó como símbolo de empoderamiento.
Ese fue un punto de inflexión. Susana ya no era solo la periodista objetiva y profesional que había sido durante décadas. Ahora, además era una mujer que hablaba desde la experiencia, desde la herida y la superación. Su imagen pública se transformó de figura institucional a referente emocional. Mujeres de todas las edades comenzaron a escribirle cartas, a enviarle mensajes, a agradecerle por haber puesto en palabras un dolor que muchas compartían en silencio, las nuevas rutinas y los silencios sanadores. Con el tiempo, la
calma comenzó a instalarse de nuevo en su vida. No fue de inmediato ni sin recaídas. Hubo días de tristeza profunda, de noches en vela, de preguntas sin respuesta, pero también hubo amaneceres esperanzadores, reencuentros con amigos, cenas sin la presión del reloj ni del guion. Susana adoptó una rutina que combinaba trabajo, lectura, yoga y tiempo de calidad con su hijo.
Descubrió el placer de estar sola en casa un domingo por la tarde, sin maquillaje, sin agenda, sin expectativas. Aprendió a disfrutar de los pequeños detalles. Una copa de vino, una película en blanco y negro, un paseo sin rumbo. En el ámbito sentimental prefirió no apresurarse. Los rumores sobre nuevas parejas no tardaron en aparecer, pero ella los ignoró.
No estaba lista para comenzar otra historia. Necesitaba primero sanar las cicatrices, entender las lecciones de su pasado y sobre todo reconciliarse con su presente. Su entorno más que cercano, incluyendo su hermana y algunos colegas de toda la vida, jugaron un papel clave. Le ofrecieron compañía sin invadir, consejos sin juzgar.
En más de una ocasión organizaron viajes cortos, escapadas a la montaña o fines de semana en la costa, donde Susana pudo desconectarse y reconectar con ella misma, el valor de callar y luego hablar. Uno de los aspectos más interesantes de esta etapa fue la gestión del silencio. Aunque muchos esperaban un libro autobiográfico, una entrevista explosiva o una exclusiva reveladora, Susana eligió el camino opuesto, el de la mesura.
Durante meses no dio más declaraciones sobre su separación. No alimentó rumores, no respondió a insinuaciones, no entró en juegos mediáticos. Solo cuando se sintió lista, aceptó escribir un artículo personal para una revista cultural donde reflexionó sobre los vínculos, el amor maduro y la libertad emocional. “El verdadero desafío no es separarse”, escribió en ese artículo.
Es aceptar que el amor cambia, que las promesas no siempre se cumplen y que seguir adelante no es traicionar el pasado, sino honrarlo con honestidad. El texto se convirtió en uno de los más leídos del año. Fue compartido en redes, citado en columnas de opinión y utilizado en charlas sobre relaciones afectivas en universidades.
La figura de Susana trascendía ahora lo televisivo. Se convertía en símbolo de una generación de mujeres que, habiendo alcanzado el éxito profesional, se atrevían también a exigir plenitud emocional, un nuevo horizonte. redescubriéndose como mujer, madre y profesional. Cuando el polvo mediático comenzó a sentarse y los focos se giraron hacia otros temas de actualidad, Susana Griso se encontró sola por primera vez en décadas con un horizonte en blanco frente a ella.
No había guion, ni escaleta ni rutina matrimonial preestablecida, solo el eco de sus decisiones recientes y el murmullo constante de una sociedad que observaba con una mezcla de respeto, curiosidad y admiración, la Susana íntima. Cuando las cámaras se apagan, lejos del plató, donde seguía manteniendo su compostura y su profesionalismo impecable, Susana descubría una nueva versión de sí misma.
Una mujer de 50 años que tras haberlo dado todo a su familia y a su carrera se sentía en la necesidad y con el derecho de preguntarse, “¿Y ahora qué quiero yo?” En la intimidad de su hogar comenzó a escribir más. Lo que en el pasado era un simple diario personal se convirtió en un cuaderno de reflexiones profundas.
fragmentos de pensamientos, recuerdos de infancia, frases que la inspiraban, incluso poesías. Por primera vez no escribía para informar, sino para entenderse. En esos escritos surgía una Susana vulnerable, sí, pero también fuerte. Una mujer que se había enfrentado al juicio público sin perder la dignidad, una madre preocupada por cómo su hijo atravesaría esta transición familiar, pero que también entendía que una madre feliz y honesta con ella misma es el mejor modelo a seguir para cualquier adolescente. Su hogar, que
alguna vez compartió con Carles, adquirió nuevos significados. Transformó los espacios, redecoró habitaciones, dejó que la luz natural entrara más. Hizo de su cocina un lugar de encuentro con amigos, de lectura por la mañana, de conversaciones hasta la madrugada. Redescubrió el valor de los pequeños rituales.
Regar las plantas, encender velas aromáticas al anochecer, preparar su propio café sin prisas, el despertar físico y emocional. Como parte de esta transformación interior, Susana también se volcó en cuidar su cuerpo de forma más consciente, no por presión estética, sino como una declaración de amor propio.
Retomó clases de yoga que había abandonado años atrás, se inscribió en Pilates y comenzó a caminar cada tarde por los senderos del parque del oeste. En el silencio de esos paseos encontró respuestas que en años no había logrado escuchar. consultó a una nutricionista no para seguir una dieta de moda, sino para entender qué necesitaba su cuerpo a esta etapa de la vida.
Incorporó hábitos saludables. Aprendió a cocinar para ella misma con placer y no con obligación. El simple acto de elegir los ingredientes, prepararlos con cuidado y sentarse a comer sin pantalla alguna se convirtió en un acto de autocuidado profundo. Pero no solo fue un despertar físico, también fue emocional. En sus sesiones de terapia comenzó a hablar abiertamente de los duelos que venía acumulando.
No solo el del matrimonio que había terminado, sino también el duelo de la Susana que había sido, de la esposa que intentó sostener lo insostenible, de la mujer que puso siempre a los demás por delante, de la periodista que, en su afán de informar con objetividad había olvidado su propia voz interior. Poco a poco comenzó a reír más, a bailar sola en casa, a escuchar música que la emocionaba, a ver películas antiguas, a permitirse llorar sin culpa y, sobre todo, a hablar sin miedo de lo que había vivido, no para revivir el dolor, sino para darle
sentido, para convertir la experiencia en motor de crecimiento, la maternidad en tiempos de cambio. Uno de los pilares más importantes en este proceso fue, sin duda, su hijo J. Ya no era un niño, pero tampoco un adulto formado. Vivía sus propias búsquedas, sus desafíos adolescentes, sus primeros amores y decepciones.
Y en ese vaivén emocional encontró en su madre una aliada inesperada. La separación de sus padres lo afectó, sí, pero también le permitió ver con nuevos ojos la humanidad de quienes lo habían criado. Comprendió que el amor no siempre es eterno y que reconocer el final de un ciclo no es un fracaso, sino una muestra de madurez.
Susana, por su parte, hizo todo lo posible para mantener una comunicación abierta con él. Dejaron de ser madre e hijo en el sentido tradicional para convertirse muchas veces en compañeros de reflexión. Hablaban sobre el miedo a equivocarse, sobre las expectativas sociales, sobre lo que significa amar y dejar ir. Hubo noches en las que cocinaban juntos y se quedaban hablando hasta tarde.

Otras en las que simplemente compartían silencio, cada uno en su mundo, pero sabiendo que el otro estaba ahí. Susana descubrió que ser madre no era solo proteger, sino también confiar, dejar que Jam viera sus debilidades, sus lágrimas, sus contradicciones, porque solo así podía enseñarle que la fortaleza no está en evitar el dolor, sino en atravesarlo con dignidad.
El regreso profesional con nuevos valores. En el plano laboral, Susana se enfrentó a una dicotomía interesante, seguir como siempre. con el periodismo riguroso y serio que la había caracterizado o abrirse a nuevas formas de comunicar, más humanas, más cercanas, más personales, la decisión no fue fácil. Durante meses se debatió entre mantener su perfil institucional o permitir que su transformación interior se reflejara también en su trabajo.
Finalmente optó por un punto intermedio, seguir siendo la profesional rigurosa que España respetaba, pero incorporando más empatía, más conexión emocional, más temas que trascendieran la política y la economía. Así nació una nueva sección en su programa, donde cada semana entrevistaba a mujeres que habían atravesado momentos límite: divorcios, enfermedades, maternidades difíciles, migración, duelos.
Susana ya no solo preguntaba como periodista, sino también como mujer, que había vivido en carne propia el precio del silencio y la belleza de la resiliencia. Las entrevistas se volvieron virales, no por el sensacionalismo, sino por la autenticidad. La audiencia conectó de inmediato con esa Susana más humana, más real.
Los índices de audiencia crecieron, pero lo más importante para ella fue otro tipo de reconocimiento, el de la calle, el de las personas que se le acercaban para decirle, “Gracias por ponerle voz a lo que muchas sentimos y no podemos decir amar después del abismo.” Una nueva Susana frente al espejo. Después de la tormenta mediática, de la introspección más honesta y del proceso de reconstrucción personal, Susana Grzo se encontró ante una pregunta tan antigua como humana.
¿Es posible volver a amar después del desgarro? Esta vez, sin embargo, la pregunta no partía de una necesidad de llenar un vacío o de recuperar una rutina emocional, sino de algo más profundo. La necesidad de comprender si su corazón, tan herido como resiliente, aún podía latir con la inocencia de antaño, pero con la sabiduría ganada en carne viva. Nuevos vínculos, nuevas reglas.
Durante años, el amor para Susana había estado ligado a la idea de permanencia, de compromiso firme, de promesas duraderas. Su matrimonio, aunque no perfecto, había sido una estructura estable sobre la cual construyó su identidad familiar y profesional. Pero ahora con esa estructura desmantelada entendía que amar podía tener muchas formas y que tal vez la más valiosa de todas era la que no exigía garantías, sino presencia consciente.
En este nuevo camino, Susana no salió en busca de pareja, no se registró en aplicaciones de citas, ni acudió a círculos sociales buscando a alguien que reemplazara a su exmarido. En lugar de eso, comenzó a conocer gente de manera espontánea, amigos de amigos, colegas del medio, escritores, fotógrafos, incluso personas anónimas con las que compartía cafés en librerías o conversaciones en talleres de escritura.
Uno de esos encuentros, que en otro tiempo habría pasado desapercibido, fue con un periodista argentino, Andrés, que había llegado a Madrid para cubrir una serie de conferencias sobre medios y postverdad. Se conocieron en una mesa redonda donde ambos compartieron reflexiones sobre ética periodística y la responsabilidad de los medios ante la desinformación.
Fue una conexión inmediata, pero sin urgencias. Intercambiaron correos, lecturas, charlas virtuales. Durante semanas no hubo ni una insinuación romántica, solo una afinidad intelectual que se transformó lentamente en una complicidad emocional. Andrés no conocía en profundidad el pasado de Susana, lo que resultó refrescante para ella.
Por primera vez en mucho tiempo alguien la escuchaba sin filtros, sin prejuicios, sin expectativas y así sin buscarlo. Empezó a renacer en ella una forma de ternura que creía dormida, el miedo a volver a sentir. No obstante, amar después del dolor no es un acto inmediato. Implica desmontar muros que una vez sirvieron para proteger.
Implica aceptar que aunque el corazón sane, las cicatrices permanecen. Susana sintió ese miedo con intensidad. Había logrado una autonomía emocional inédita. Se sentía plena, suficiente, libre. ¿Valía la pena arriesgar esa paz por la posibilidad incierta del amor? La respuesta no llegó en forma de decisión racional, sino de gestos sutiles.
La manera en que sonreía al leer los correos de Andrés, el temblor en sus dedos al escribirle, la forma en que su cuerpo se relajaba cuando lo escuchaba hablar con serenidad desde la otra orilla del Atlántico. Cuando Andrés regresó a Madrid meses después, ya no eran dos profesionales que compartían ideas, sino dos almas que desde su madurez y sus heridas deseaban explorarse con respeto y sin prisa.
Su primer encuentro íntimo fue, según Susana, una danza delicada entre dos adultos que han amado perdido y aún así se atreven a tocarse sin armaduras. No se trató de una historia de amor cinematográfica ni de un romance que arrasara todo. Fue más bien un espacio compartido de escucha, de ternura, de redescubrimiento del deseo.
Andrés no quería salvarla ni completarla y eso paradójicamente fue lo que más la sedujo, redefiniendo la felicidad. A medida que esa relación crecía, Susana comprendía que la felicidad no era un estado permanente ni una meta y alcanzar. Era un ejercicio cotidiano de presencia, de saber que sí y qué no, de poner límites, de elegir desde la libertad, no desde la necesidad.
comenzó a hablar de esto en sus entrevistas, en sus artículos, en sus conferencias, ya no como una mujer que atravesó un divorcio, sino como una ciudadana emocional que había atravesado un viaje de autoconocimiento. Hablaba de amor, sí, pero también de autonomía, de deseo después de los 50, de la presión social sobre las mujeres maduras, de la invisibilización del dolor femenino en medios tradicionales.
se convirtió sin proponérselo en referente para miles de mujeres. Y no solo por su historia de vida, sino por su coherencia, su capacidad de seguir adelante sin negar el pasado, su fuerza serena para mirar hacia delante con los pies firmes y el corazón despierto. En una conferencia en Sevilla, al finalizar su charla sobre periodismo con alma, una joven le preguntó desde el público, “Susana, ¿volverías a casarte?” Ella sonríó, tomó el micrófono con calma y respondió, “No lo sé, pero sí sé que volvería a amar, porque amar no es
entregarse ciegamente, sino compartir lo que una ya ha encontrado en sí misma.” El aplauso fue unánime, no por la frase, sino por la verdad detrás de ella, legado y propósito. Con el paso del tiempo, Susana comenzó a trabajar en un libro de memorias íntimas, no sobre su carrera periodística, sino sobre sus emociones más profundas.
El título tentativo, volver a mí. En él no narraba su divorcio como una tragedia, sino como una puerta, como una transición de una etapa a otra, como la oportunidad de reencontrarse con la mujer que siempre fue, pero que por mucho tiempo había vivido callada bajo la exigencia de ser todo para todos. El libro, aún inédito, ya despertaba expectativas.
Sus fragmentos leídos en encuentros de mujeres, clubes de lectura y talleres de escritura creativa, generaban lágrimas, sonrisas y silencios compartidos. Su hijo Jan, que había crecido en paralelo a toda esta transformación, le dijo un día mientras caminaban por la Gran Vía, mamá, antes te admiraba como periodista, ahora te admiro como mujer.
Esa frase, tan sencilla y tan profunda, fue la mayor validación que Susana pudo recibir, porque entendía que su legado no estaba solo en la televisión, sino en la vida que eligió construir con verdad, sin máscaras, sin miedo. Frente al espejo. Una mañana cualquiera, Susana se detuvo frente al espejo del baño. Se miró con detenimiento, las líneas en su rostro, la luz en sus ojos, el leve temblor en sus manos. No vio defectos ni edad.
Vio historia, vio coraje. Vio a una mujer completa y comprendió algo esencial. El amor no termina con una separación, solo cambia de forma. A veces se vuelve amor propio, otras se convierte en gratitud por lo vivido y con suerte se transforma en un nuevo amor más libre, más consciente, más verdadero.
Susana Griso ya no necesitaba demostrar nada porque había aprendido la lección más importante, que la verdad, por más dura que sea, es siempre el inicio de la libertad.