El pasado 25 de abril de 2026, la vida de una familia en la alcaldía Venustiano Carranza, Ciudad de México, cambió para siempre. Lo que comenzó como una angustiante búsqueda por la desaparición de la señora Teresa Guadalupe Molina, se ha transformado en una de las crónicas criminales más dolorosas y perturbadoras de los últimos tiempos. Las autoridades de la Fiscalía General de Justicia han arrojado luz sobre un escenario que nadie quería imaginar: el principal sospechoso de la desaparición, y probable muerte de Teresa, es su propio hijo, Fernando Yael Pérez.
Teresa no era solo una madre; era el pilar económico y emocional de Fernando. Según testimonios de familiares cercanos, ella hablaba con un orgullo inagotable sobre los logros de su hijo. Ella costeaba sus estudios en la prestigiosa Escuela Bancaria y Comercial (EBC), le proporcionaba u
na mesada semanal y se aseguraba de que no le faltara nada para que pudiera labrarse un futuro profesional. “Ya lo volví a meter a la escuela”, decía con alegría a sus allegados pocos días antes de desaparecer. Sin embargo, detrás de esa fachada de gratitud filial, se gestaba una tragedia que hoy tiene a Fernando tras las rejas.
Las pruebas que el luminol no dejó ocultar
Tras la desaparición de Teresa, llamó poderosamente la atención de amigos y conocidos que Fernando Yael continuara con su vida de manera aparentemente normal. No solo eso, sino que comenzó a utilizar de manera ostentosa el automóvil de su madre, un Seat Ibiza de color negro, y sus tarjetas de crédito. Esta conducta errática y carente de duelo encendió las alarmas de los investigadores.
Recientemente, la Fiscalía de Justicia presentó los resultados de los peritajes realizados al vehículo. Aunque el interior del auto parecía estar limpio a simple vista, la aplicación de luminol —un reactivo químico utilizado para detectar trazas de sangre invisibles— reveló una realidad aterradora. El auto “brilló” ante la presencia de hemoglobina. Se encontraron restos biológicos significativos en la zona de los tapetes, lo que indica que alguien intentó limpiar la escena, pero fracasó ante la tecnología forense.

Pero las evidencias no se detienen en el vehículo. Los peritos también hallaron rastros hemáticos en la vivienda familiar, específicamente en una de las habitaciones y en el baño. Cada mancha de sangre encontrada es una pieza más en el rompecabezas que une a Fernando Yael con el destino final de su madre. La hipótesis de las autoridades es devastadora: el joven habría privado de la vida a Teresa en su propio hogar para luego ocultar su paradero utilizando el Ibiza negro.
Un perfil de frialdad absoluta
Lo que más ha impactado a la opinión pública es la frialdad con la que Fernando se condujo tras el presunto crimen. Mientras la familia distribuía fichas de búsqueda y clamaba por ayuda en redes sociales, el joven se dedicaba a gastar el dinero de su madre y a presumir el vehículo entre sus compañeros de universidad. Sus amigos de la escuela han declarado sentirse profundamente impactados al enterarse de que el auto que Fernando conducía a diario era, posiblemente, la escena de un crimen.
El pasado viernes, se dieron a conocer comunicaciones exclusivas que Fernando mantuvo con un amigo la madrugada en la que se supone ocurrió el ataque. Estos mensajes muestran a un joven distante de cualquier preocupación por el bienestar de su progenitora, reforzando la teoría de una premeditación o una reacción violenta motivada por intereses económicos. Al ser detenido, Fernando tenía en su posesión las pertenencias más personales de Teresa, tratándolas como botín de guerra en lugar de recuerdos de un ser querido.
El proceso judicial y la búsqueda inalcanzable

Actualmente, Fernando Yael Pérez se encuentra vinculado a proceso y permanece en prisión preventiva. Aunque hasta el momento la acusación formal es por el delito de desaparición cometida por particulares, el hallazgo de sangre en múltiples ubicaciones sugiere que la Fiscalía pronto podría ampliar los cargos a feminicidio. El gran vacío en esta historia sigue siendo el paradero de Teresa Guadalupe Molina. A pesar de las pruebas materiales, el cuerpo de la mujer aún no ha sido localizado, lo que mantiene a la familia en un limbo de dolor y desesperación.
Los familiares, que en un principio se resistían a creer que “el hijo consentido” fuera capaz de tal atrocidad, hoy exigen justicia. La imagen de la madre abnegada que presumía el regreso de su hijo a la universidad contrasta cruelmente con la del joven que hoy enfrenta a la justicia por haberle arrebatado, presuntamente, lo más preciado: la vida.
Este caso no solo es un recordatorio de la violencia que puede acechar en los lugares más inesperados, sino también una muestra de que la tecnología forense moderna es capaz de desenterrar los secretos que los criminales intentan lavar con agua y jabón. La sociedad mexicana sigue de cerca este proceso, esperando que la verdad finalmente salga a la luz y que Teresa Guadalupe Molina pueda recibir el descanso que su hijo le negó.