La historia del rock está plagada de ascensos meteóricos y caídas estrepitosas, pero pocas son tan humanas y contradictorias como la de Supertramp. Es un relato que comienza en la precariedad más absoluta y termina en los fríos pasillos de un tribunal, demostrando que, a veces, aquello que nos une en la adversidad es lo primero que se desmorona cuando llega la opulencia. En 1974, los miembros de la banda vivían una realidad que hoy parece ficción: estaban tan sumidos en la quiebra que llegaban a comer galletas para perros para engañar al hambre. Sin embargo, apenas cinco años después, su obra maestra, Breakfast in America, generaría más de 100 millones de dólares. ¿Cómo pudo el éxito más rotundo convertirse en la fuerza destructiva que desterró la magia de su música?
pezó en 1969 con un anuncio en la revista
Melody Maker. Rick Davis, un teclista apasionado del blues, buscaba músicos. El destino lo unió a Roger Hodgson, un joven con una sensibilidad pop y folk única. A pesar de sus diferencias —Davis era la esencia del jazz y el blues, mientras Hodgson aportaba la espiritualidad y el lirismo—, la química musical fue instantánea. Junto a Dougie Thomson, Bob Siebenberg y John Helliwell, formaron la alineación clásica.
Tras dos álbumes que fracasaron comercialmente, la banda se vio con una deuda de 100.000 dólares y sin apoyo financiero. Fue entonces cuando su sello discográfico les ofreció una última oportunidad: una pequeña paga y el alquiler de una antigua granja en Somerset. Allí, Supertramp se convirtió en una comuna musical. Compartían comida, espacio y sueños. Esa vida espartana, ensayando diez horas diarias en un granero, forjó un sonido inconfundible. La necesidad los obligó a ser uno solo, y de esa presión creativa nacieron joyas como Crime of the Century (1974).
El veneno de la abundancia: El fenómeno Breakfast in America
El gran cambio llegó en 1978. La banda se trasladó a Los Ángeles para grabar en un antiguo templo masónico. Fue un proceso meticuloso de siete meses. Pero mientras la tecnología les permitía alcanzar una perfección sonora asombrosa, la distancia emocional empezaba a crecer. Irónicamente, el éxito empezó a separarlos físicamente. Con el dinero de sus éxitos anteriores, cada miembro compró propiedades separadas. Ya no compartían el desayuno ni las charlas nocturnas; ahora los separaban 50 millas de carretera californiana.

Roger Hodgson se aisló tanto en su búsqueda de la perfección que vivió meses en una casa rodante en el estacionamiento del estudio para no perder un segundo de trabajo. Cuando Breakfast in America se lanzó en 1979, el mundo se rindió a sus pies. Vendieron 20 millones de copias. Se convirtieron en multimillonarios de la noche a la mañana. Pero la paradoja fue cruel: mientras el álbum dominaba las radios con “The Logical Song” o “Goodbye Stranger”, los pilares de la banda se resquebrajaban.
Una gira de “actores” y el fin de una era
La gira de 1979 fue una producción colosal de 52 toneladas de equipo, pero detrás del escenario, la atmósfera era gélida. Rick Davis y Roger Hodgson apenas se hablaban. Davis llegó a prohibir ciertas sustancias en su presencia como un ataque indirecto a las preferencias de Hodgson. El bajista Dougie Thomson lo resumió con tristeza: solo estaban juntos durante las dos horas del concierto. Para el público, eran una unidad perfecta; para ellos mismos, eran extraños interpretando un papel por un cheque.
En 1982, el álbum Famous Last Words fue la profecía final. La grabación fue un calvario de 16 meses con los líderes grabando en estudios a 400 millas de distancia uno del otro. En 1983, Hodgson decidió marcharse para priorizar su vida familiar y ser padre. En un pacto que años después calificaría como “una de las cosas más tontas” que hizo, cedió el nombre de Supertramp a Davis a cambio de mantener los derechos de sus canciones. Ese acuerdo de palabra sería la mecha de una bomba de tiempo legal.
Cuatro décadas después: El veredicto final

Durante años, la tensión se mantuvo latente. Supertramp siguió adelante sin Hodgson, eventualmente reincorporando sus canciones en los directos, lo que generó fricciones sobre cómo se promocionaban los conciertos. Pero el verdadero conflicto estalló por el dinero. Un acuerdo de reparto de regalías firmado en 1977, cuando eran artistas en apuros, dictaba que los ingresos se dividirían entre todos los miembros y su manager.
En 2018, Hodgson, considerando que 41 años de pagos eran suficientes para un acuerdo que nunca debió ser permanente, dejó de pagar a sus excompañeros. Esto llevó a una demanda millonaria en febrero de 2024. Los tribunales finalmente fallaron a favor de Hodgson, reconociendo que el tiempo transcurrido era una duración razonable para dar por terminado aquel pacto de juventud.
La historia de Supertramp nos deja una lección agridulce. El dinero puede comprar estudios de grabación de vanguardia y mansiones en las colinas, pero no puede reconstruir la visión compartida que nace de la lucha común. La pobreza construyó lo que la prosperidad destruyó. Al final, nos queda su música: ese eco eterno de una época en la que cinco hombres, que no tenían nada más que su talento, se unieron para cambiar la historia del rock.