Posted in

“¿SI CANTO BIEN ME AYUDAS?”, dijo la chica embarazada en el show. Entonces…

Una chica de 19 años embarazada de 6 meses sube sola al escenario de un concurso de talentos. La ropa desgastada, la danza visible, los pies descalzos. El público la mira en silencio. Entonces alguien suelta una carcajada y otra persona la sigue. Valentina cierra los ojos, aprieta el micrófono y abre la boca.
Lo que sucede después dejó a todos sin palabras. La noche era fría para ser octubre. Valentina caminaba lento por la avenida principal. con la mano apoyada en su vientre, como si quisiera proteger a la personita que llevaba adentro de todo lo que afuera dolía. Tenía 19 años y 6 meses de embarazo y hacía ya tres semanas que dormía donde podía.
A veces en el umbral de una tienda, a veces en un banco de plaza, a veces simplemente sentada en el piso de la estación del metro, mirando los trenes pasar hasta que el sueño la vencía. No había sido siempre así. Hacía 4 meses todavía tenía un cuarto en la casa de sus padres, una cama con almohada propia, un plato de comida caliente por las noches.
Pero el día que anunció el embarazo, algo en esa casa se rompió para siempre. Su madre la miró como si hubiera dicho algo imperdonable. Su padre se levantó de la mesa sin decir una palabra y eso fue todo. Al día siguiente, sus cosas estaban en una bolsa negra junto a la puerta. Rodrigo, el padre del bebé, tampoco apareció.
le mandó un mensaje de texto que decía solamente, “No estoy listo para esto.” Y después bloqueó su número. Valentina leyó ese mensaje cuatro veces seguidas, esperando que las palabras cambiaran de significado. No cambiaron. Desde entonces sobrevivía cantando, no en escenarios, no bajo aplausos. Cantaba en las esquinas, en las entradas del mercado, en las estaciones de autobús.


Se plantaba con la espalda recta y la voz al frente y entonaba lo que sabía. Boleros de su abuela, baladas que aprendió de memoria en el colegio, canciones propias que componía mentalmente mientras caminaba. La gente a veces lanzaba monedas sin mirarla, a veces pasaba de largo con prisa. Rara vez alguien se detenía de verdad a escuchar, pero ella cantaba igual.
Esa noche, sin embargo, Valentina estaba más cansada que de costumbre. Le dolía la espalda, le pesaban los pies y el bebé parecía inquieto, moviéndose con suavidad dentro de ella, como preguntando qué pasaba afuera. Ella bajó la mano al vientre y murmuró, “Tranquila, mi amor, aquí estamos las dos y las dos vamos a estar bien.” Fue en ese momento cuando vio el afiche.
Estaba pegado en la pared de una ferretería, medio despegado por la humedad, pero con letras lo suficientemente grandes como para leerlas desde la acera. Concurso abierto de talentos. Gran final esta semana. Inscripciones hasta el viernes. Premio 10,000 y contrato con productora local. Valentina se quedó mirando ese afiche mucho tiempo, 10,000 pes.
Con eso podría pagar un mes de alquiler, comprar lo básico para el parto, quizás algo de ropa para el bebé. Con eso podría dejar de dormir en la calle al menos por un tiempo. Arrancó el pedazo de la fiche donde estaba la dirección, lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo de su campera. A la mañana siguiente, Valentina llegó temprano a la dirección indicada.
El lugar era un centro cultural de barrio, más humilde de lo que el afiche prometía, pero con pretensiones de grandeza, banners con logos de sponsors, cables por el suelo, un escenario de madera al fondo con luces de colores todavía apagadas. Había un pasillo largo con sillas de plástico donde los participantes esperaban su turno para registrarse.
Valentina se sentó al final de la fila. Las demás participantes no tardaron en notarla. Eran en su mayoría chicas de su edad o un poco mayores, bien vestidas, con mochilas de marca y el cabello recién hecho. Conversaban en grupitos, se mostraban videos en el celular, se prestaban rímel y se daban consejos sobre cómo pararse frente al jurado.
Ninguna le habló a Valentina, pero sí la miraron con esa clase de mirada que no necesita palabras porque ya lo dice todo. ¿Qué hace ella aquí en esas condiciones? Embarazada así con esa ropa. Valentina lo sintió. Siempre lo sentía. Había aprendido a reconocer ese tipo de silencio, el que pesa más que los insultos.
Se acomodó en la silla, cruzó las manos sobre el vientre y miró al frente. Cuando llegó su turno en la mesa de inscripción, el asistente, un joven con auriculares al cuello y cara de aburrimiento, levantó la vista, la recorrió de arriba a abajo y preguntó, “Nombre. Valentina Ríos.

Read More