El 12 de mayo de 2023, en una casa de la colonia Chimalistac en Ciudad de México, una mujer de 77 años murió sola en su cama, sin enfermera, sin familia, sin nadie que escuchara si necesitaba ayuda. Esta mujer había sido la amante más famosas de la historia política mexicana moderna, la actriz que sedujo a un presidente en pleno ejercicio del poder, la extranjera que se convirtió en primera dama, no oficial de uno de los sexenios más escandalosos del siglo XX y la viuda que durante 19 años peleó contra hijos, abogados y un sistema
entero por una herencia evaluada en más de 150 millones de dólares. repartidos entre propiedades en Cancún, Cuernavaca, Madrid y Suiza. Esa mujer se llamaba Sasha Montenegro y lo que ocurrió durante los últimos 10 días antes de que la encontraran sin vida es la parte de esta historia que nadie ha contado con nombre, fechas y testimonios cruzados, porque contar esa parte implica hacerse preguntas que en México todavía son peligrosas.
los cines populares de todo el país, que tenía personajes femeninos.
exuberantes y tramas que giraban alrededor de cantinas, cabarés y salces de baile, y que paradójicamente era uno de los pocos espacios del entretenimiento mexicano de la época, donde las mujeres eran protagonistas absolutas, aunque fuera dentro de un marco profundamente machista. Montenegro filmó más de 50 películas dentro de ese género entre 1968 y 1976.
Un ritmo de producción que hoy resulta casi incomprensible, pero que era completamente normal en la industria. Cinematográfica mexicana de aquellos años donde los presupuestos eran bajos, los rodajes eran rápidos y la demanda popular era constante y voraz. lo que pocas biografías reconocen abiertamente. Y lo que este expediente quiere documentar con claridad es que el cine de ficheras en aquella época no era simplemente entretenimiento popular, era en términos sociológicos uno de los pocos mecanismos que tenían las mujeres
mexicanas de los años 70 para acceder a círculos de poder que de cualquier otra manera les estaban completamente vedados porque una actriz de ficheras famosa podía ser invitada a cenas oficiales. podía conocer empresarios, banqueros, funcionarios. Podía transitar del cine popular al círculo íntimo de la élite política en cuestión de pocos años, si entendía cómo funcionaban las reglas no escritas de ese tránsito y si tenía las capacidades para sostener una posición dentro de esos círculos, una vez que lograba entrar.
Sasha Montenegro entendió esto antes que la mayoría y desde 1971 empezó a aceptar invitaciones específicas a cenas en Casas de las Lomas, a fiestas en Acapulco, a eventos privados en Cuernavaca, espacios donde su presencia no era la de cualquier invitada, sino la de una acompañante calculadamente elegida por hombres mucho mayores que buscaban, una versión específica de compañía intelectual y social y Y la razón por la que Saka tenía más éxito que otras actrices en ese tránsito era una combinación de factores que la
diferenciaban radicalmente de su generación, porque Sasha hablaba tres idiomas, tenía formación cultural europea, podía mantener una conversación inteligente sobre política internacional, arte, literatura y proyectaba un aire de sofisticación continental que en el México conservador y profundamente clasista de los años 70 resultaba magnética para un tipo específico de hombre de poder.
El hombre educado con barniz cultural que en público presumía de esposa refinada y discreta, pero que privado buscaba algo más libre, más extranjero, más peligroso, algo que su esposa oficial, por definición no podía ser. Sasha era exactamente eso, una intelectual capaz de hablar de Sartre y Camus disfrazada de actriz de ficheras.
Y esa combinación específica era lo que volvía loco a hombres como José López Portillo. Los presidentes mexicanos de los años 70, sin excepción, frecuentaban en privado el mundo del espectáculo y las cenas oficiales en Los Pinos incluían siempre una mesa específica reservada para artistas, invitados que funcionaban como adorno cultural del poder, un ritual que todos en el periodismo de espectáculo conocían y nadie publicaba, porque publicarlo habría implicado perder el acceso que hacía posible cubrir esa escena. en primer lugar y porque dentro
de ese ritual había un lenguaje gestual preciso mediante el cual el presidente o sus colaboradores cercanos marcaban el inicio de una relación que después se desarrollaba en circuitos completamente paralelos, lejos de cámaras y micrófonos. La primera vez que Sasha Contenegro y José López Portillo coincidieron oficialmente en ese tipo de espacio fue el primero de marzo de 1900.
77, apenas 3 meses después del inicio del sexenio, en una cena de gala organizada en honor a embajadores europeos donde de Sasha había sido invitada en su calidad de actriz, reconocida con proyección internacional, López Portillo recorrió las mesas saludando invitados siguiendo el protocolo habitual, pero en la mesa donde estaba Sasha, la conversación duró más de loario.
10 minutos, 15 minutos, 20 minutos. El tiempo suficiente para que Carmen Romano, la primera dama que observaba desde otra mesa, se levantara, se acercara, saludara con una sonrisa estudiada y fría y se llevara al esposo del brazo con la precisión de alguien que ha practicado ese movimiento docenas de veces y sabe exactamente qué significa.
Carmen Romano era cualquier primera dama, era una mujer formada, inteligente, con instinto político afilado y un carácter que quienes la conocieron describían sistemáticamente como de acero recubierto de seda. Alguien capaz de manejar situaciones complicadas con una compostura que sus contemporáneos admiraban, pero que en privado la consumía de maneras que solo salieron a la luz muchos años después.
Llevaba casada con López Portillo desde 1951, 26 años de matrimonio en el momento de esa cena, con tres hijos ya adultos o adolescentes, una familia consolidada en todos los aspectos formales y públicos y con el conocimiento completo de que el matrimonio presidencial mexicano funcionaba bajo reglas no escritas que ella había aceptado al entrar al sistema.
reglas que básicamente establecían que el presidente en privado tenía libertades, que la primera dama debía absorber con dignidad y silencio porque escándalo público era más destructivo para la familia que la situación en sí. Carmen Romano había vivido dentro de esas reglas durante 26 años porque el sistema le ofrecía cambio, poder, posición y la certeza de que era ella quien ocupaba el lugar formal mientras los demás quedaban en los márgenes.
hasta que apareció Sasha Montenegro y la naturaleza del problema cambió radicalmente porque lo que Sasha representaba no era una aventura ocasional de un hombre de poder, que eso Carmen Romano podía gestionarlo dentro del sistema, sino una relación sería que el presidente empezó a tratar como un segundo núcleo familiar paralelo con propiedades compradas a nombre de Sasha, con hijos que nacieron durante el propio sexenio y que durante años no fueron reconocidos legalmente, pero que existían y crecían y sabían quién era su padre, aunque no pudieran
decirlo en público. El primer hijo de Sasha con López Portillo nació en agosto de 1976, 3 meses después del inicio del sexenio, y se llamó Paulina. Y el segundo nació en marzo de 1980 y se llamó Alejandro. dos hijos nacidos durante la presidencia del hombre que los engendró. Dos hijos que crecieron en una casa que él les había comprado en Acapulco, que conocían al presidente como su padre en el ámbito de una vida completamente clandestina, rodeada de personal que firmaba contratos de confidencialidad antes de
empezar a trabajar con visitas paternas que se organizaban con la discreción logística de una operación de inteligencia, con llamadas telefónicas filtradas por intermediarios y con la conciencia constante que los niños absorben, aunque nadie se las explique explícitamente, de que su existencia era un secreto de estado.
Carmen Romano lo sabía todo porque para saberlo todo no necesitaba que nadie se lo dijera. Y según las versiones que han llegado a través de testimonios cruzados y que el expediente registra como versiones sin presentarlas como hechos. comprobados. Durante los años del sexenio, contrató a una persona del personal de inteligencia presidencial para que le entregara reportes semanales sobre los movimientos de Sasha, reportes con fechas, lugares, copias de transferencias bancarias, fotografías de propiedades adquiridas a nombre de Sasha o de sociedades
controladas por ella y nombres de funcionarios que habían facilitado esas operaciones de manera irregular. Todo archivado en cajas de metal que Carmen Romano llevó a su casa privada y que guardó durante 20 años hasta el día de su muerte, cuando según las mismas versiones, los entregó a sus tres hijos legítimos como la herramienta legal que les permitiría pelear la herencia desde una posición de ventaja documental, no acusando sin pruebas, sino actuando sobre la base de un archivo compilado en silencio durante décadas por su propio
propia madre. Lo que todo esto significa en términos de la vida cotidiana de Sasa durante esos años es algo que pocas narrativas sobre este caso con el detalle que merece porque Sasha vivía en estado de alerta permanente en una jaula dorada construida con todas las comodidades materiales, pero sin libertad real, sin poder aparecer públicamente como pareja del presidente, sin poder registrar legalmente a sus hijos.
durante los años del sexenio, sin poder asistir a eventos oficiales, sin poder hacer nada que confirmara en el registro público lo que todo el mundo en los círculos cercanos había en el registro privado y con la conciencia constante de que Carmen Romano la vigilaba desde Los Pinos y de que en algún momento esa vigilancia iba a tener consecuencias.
Sasha llevó esa situación durante 6 años y cuando el sexenio terminó en noviembre de 1982, lejos de simplificarse, la situación se volvió más complicada porque ya no había protección presidencial automática, porque López Portillo salía con la imagen pública dañada por la devaluación del peso y la frase que lo perseguiría para siempre, y porque la lógica de la doble vida que había funcionado dentro del marco del poder presidencial.
tenía que funcionar ahora en las condiciones mucho más expuestas de la vida privada de un expresidente. López Portillo pasó los años posteriores al sexenio, dividiendo su tiempo entre Carmen Romano y Sasha Montenegro, de manera casi abierta, yendo a eventos públicos con Carmen, haciendo vacaciones privadas con Sasha, manteniendo las dos casas, las dos vidas, las dos familias en un equilibrio inestable que duró 17 años más hasta que Carmen Romano murió en mayo de 1999.
La versión oficial de esa muerte fue Cáncer, una enfermedad larga y dolorosa que la había consumido durante los últimos años. Y eso nadie lo cuestionó públicamente, pero en los círculos cercanos a la familia circuló desde el principio otra interpretación, no sobre las causas médicas de la muerte, sino sobre las causas profundas del deterioro.
interpretación de que Carmen Romano se había roto por dentro décadas antes de que el cáncer la terminara, que el sistema la había destruido con más eficiencia que cualquier enfermedad, porque le había exigido durante 48 años de matrimonio, absorber con dignidad una situación que la había devastado emocionalmente de maneras que nadie documentó, pero que quienes la conocieron reconocían claramente en su mirada, en su postura en la distancia que con los años fue interponiéndose entre ella y cualquier posibilidad de alegría genuina. Según las versiones que
circularon entre periodistas de aquella época y que nadie publicó porque no había forma de probarlas, Carmen Romano en sus últimos meses de vida escribió cartas dirigidas a sus hijos en las que documentaba con fechas, nombres y montos lo que había vivido durante el matrimonio y lo que había encontrado en sus investigaciones privadas sobre las irregularidades patrimoniales del expresidente.
cartas que sus tres hijos recibieron y que según las mismas versiones fueron la razón principal por la que nunca aceptaron a Sasha Montenegro como parte de la familia. Nunca, ni siquiera por cortesía, ni siquiera cuando el tiempo había convertido la disputa en algo abstracto y lejano, porque las cartas de la madre hacían que no fuera abstracto ni lejano.
López Portillo se casó con Sasha el 15 de julio de 1999, apenas dos meses después de la muerte de Carmen. una velocidad que escandalizó a México de una manera que hoy es difícil de imaginar en un contexto donde el luto tiene cada vez menos protocolos obligatorios, pero que en el México de finales de los 90 era una afrenta pública que la prensa cubrió con una mezcla de indignación moral.
Morboaz, porque dos meses no era un periodo de luto, dos meses era una declaración, una declaración de que el expresidente había esperado lo estrictamente necesario y ni un día más para hacer legal lo que durante veintitantos años había sido clandestino. Los hijos legítimos no asistieron a la boda. La Iglesia Católica criticó públicamente al expresidente y la tumba reciente de Carmen Romano era el silencio que envolvía la ceremonia celebrada con 50 invitados en la propia casa de Chimalistac. Lo que la prensa de aquella
época no terminó de investigar, pero que después salió en testimonios judiciales, es que ese matrimonio no fue una decisión espontánea de un hombre de 79 años que finalmente actuaba por impulso emocional. sino el paso final de una operación de blindaje patrimonial que López Portillo había venido preparando desde 1900 estructural 9 y 5 4 años antes de la muerte de Carmen, modificando estructuras patrimoniales, transfiriendo propiedades a sociedades anónimas cuyos beneficiarios reales cambiaban según los periodos, abriendo cuentas en bancos
extranjeros con beneficiarios designados. construyendo en silencio la arquitectura legal que permitiría que cuando Carmen muriera y él se casara con Sasha, el control efectivo del patrimonio pasara a la nueva esposa antes de que los hijos legítimos pudieran reaccionar con alguna herramienta judicial que todavía tuviera dientes.
El testamento que López Portillo había firmado 3 meses antes de la boda, en abril de 199, mientras Carmen todavía agonizaba, establecía que Sasha Montenegro recibiría el 50% del patrimonio total del expresidente y que Carmen Romano y los tres hijos legítimos compartirían el otro 50% entre cuatro personas, lo que en términos prácticos significaba que Sasha individualmente quedaría con exactamente la misma cantidad que la primera esposa y los tres hijos juntos una redistribución de 200 millones de dólares en propiedades, cuentas
bancarias, activos inmobiliarios y derechos sobre publicaciones que favorecía de manera desproporcionada a la nueva esposa y que los hijos legítimos desde el cuitade primer momento se negaron a aceptar como válida. La pregunta que plantearon desde el inicio y que iniciaron la guerra hereditaria más larga y cara de la historia política mexicana del siglo XX era simple y devastadora.
Bajo qué condiciones un hombre de 79 años con signos observables de deterioro cognitivo había firmado un documento que redistribuía 200 millones de dólares en favor de la mujer que controlara su acceso a visitas, medicación y cuidados diarios. Esa pregunta nunca tuvo una respuesta oficial satisfactoria y la ausencia de esa respuesta fue el combustible que mantuvo los pleitos activos durante casi dos décadas.

Aquí entra en escena la figura que el expediente necesita documentar con cuidado específico, porque sin entenderla no se puede entender cómo es posible que unos hijos legítimos con recursos limitados en comparación con los activos TI en disputa pudieran mantener una batalla legal durante 19 años contra una heredera que oficialmente tenía el testamento a su favor.
Ese personaje fue José Ramón López Portillo Romano, el hijo mayor nacido en 1953, empresario de perfil mediático bajo durante el sexenio del padre, porque Carmen Romano había insistido en proteger a sus hijos de la exposición pública que el cargo presidencial generaba. Pero un hombre que desde la muerte de la madre asumió el liderazgo legal y estratégico de los hijos legítimos con una meticulosidad que sus propios abogados describieron posteriormente como la de alguien que había estado preparándose para esa pelea durante mucho tiempo. Tal vez porque la
madre le había pasado parte de su archivo antes de morir y él sabía exactamente con qué contaba. o tal vez simplemente porque era un hombre con la formación financiera, los recursos económicos propios y la determinación emocional para mantener la presión durante el tiempo que fuera necesario. La clave de la posición de José Ramón era su independencia económica del patrimonio en disputa, que le permitía financiar pleitos legales largos y caros sin desangrarse, lo que significaba que cuando una de sus hermanas se cansaba o
quería llegar a un acuerdo parcial, él tenía la capacidad unilateral de mantener el ritmo, seguir apelando, seguir litigando, seguir aplicando la presión de desgaste que eventualmente terminó funcionando. López Portillo murió el 17 de febrero de 2004, a los 83 años con complicaciones de neumonía como causa oficial después de 2 años de deterioro progresivo que se habían gestionado con discreción absoluta y que durante esos dos años habían convertido a Sasha en su cuidadora principal, en la persona que controlaba el calendario de visitas, que
decidía qué documentos firmaba el exid presidente y cuáles no y que según las acusaciones formales que los hijos legítimos presentaron en tribunales, había aprovechado ese control para hacer firmar al expresidente nuevas modificaciones al testamento que reforzaban aún más la posición patrimonial de Sasha y de sus dos hijos durante los meses en que el deterioro cognitivo del enfermo hacía cada vez menos clara la frontera entre el consentimiento informado y la firma inducida.
Cuando murió, el testamento vigente dejaba a Sasha con el grueso del patrimonio. Las propiedades en México, las propiedades en España, las cuentas en Suiza, la villa el Pacífico en Cancún, la casa de Cuernavaca, el departamento en Madrid, mientras los hijos legítimos quedaban con una fracción menor.
Y al día siguiente del entierro comenzó formalmente la guerra. La demanda presentada en 2004 por los hijos legítimos tenía 300 páginas y cientos de documentos anexos, testimonios de médicos, testimonios de antiguos empleados de la casa de Chimalistac y las cartas que Carmen Romano había dejado a sus hijos antes de morir y alegaba en sus puntos principales que el testamento había sido firmado bajo condiciones de deterioro cognitivo, que las modificaciones posteriores habían sido sido firmadas bajo condiciones todavía peores, que Sasha había ejercido influencia indebida
sobre el expresidente durante los años del matrimonio y que parte importante del patrimonio había sido transferida a sociedades controladas por familiares de Sasha sin ninguna justificación económica. Verificable. Sasha respondió con sus propios abogados, negando todas las acusaciones, sosteniendo que López Portillo había estado lúcido hasta sus últimos meses y que los hijos legítimos estaban motivados por el odio que les había heredado su madre, un odio irracional que lo segaba a la realidad de que su padre había amado genuinamente a Sasha y
había tomado sus decisiones testamentarias con plena lucidez y libertad. El proceso duró en su primera fase 7 años, de 2004 a 2011, 7 años de audiencias, recursos, apelaciones y contraapelaciones que según las estimaciones más conservadoras le costaron a ambos bandos juntos. Más de 15 millones de dólares en honorarios de abogados, 7 años durante los cuales parte importante del patrimonio, quedó congelada en tribunales, lo que significaba que nadie podía disfrutarlo plenamente, que los activos que no producían rentas estaban simplemente ahí
inmovilizados, perdiendo valor relativo mientras el tiempo pasaba y las costas se acumulaban. Sasha en esos años vio como el dinero que oficialmente le pertenecía se diluía en abogados e intereses sin que ella pudiera hacer nada para detenerlo. Y en 2008, los hijos legítimos abrieron un frente específicamente diseñado para generar pánico al presentar una ampliación de demanda que cuestionaba el origen del dinero usado para comprar la villa el Pacífico en Cancún, argumentando que había sido adquirida con fondos del
erario público transferidos irregularmente durante el sexenio, lo que significaba que si ese argumento prosperaba la villa, no era de Sasha ni de los herederos, sino del Estado mexicano, y debía ser confiscada. Y si esa lógica podía aplicarse a la villa, también podía aplicarse a otras propiedades del expresidente.
Lo que convertía el escenario de Sasha de una pérdida parcial a una pérdida potencialmente total, Sasha se dió. En 2009, después de meses de negociaciones que en términos prácticos eran una extorsión legal disfrazada de acuerdo civil. renunció aparte de los activos en España y Suiza a cambio de que los hijos legítimos retiraran el cuestionamiento sobre el origen del dinero de la villa.
Perdió en ese acuerdo aproximadamente 25,000000es dólar en activos. Era el primer gran golpe y vendría la sentencia parcial de 2000 estructural 11, que declaraba nulas las modificaciones testamentarias posteriores a 1999 y le hacía perder otros 30 millones de dólares en propiedades redistribuidas entre los hijos.
Seguida de una segunda fase del proceso en 2014, una tercera en 2017, una cuarta en 2020. Cada nueva fase como una vuelta de tuerca adicional de desgaste sobre una mujer que iba envejeciendo, que iba enfermando, que iba quedándose más sola y que cada vez tenía menos energía y recursos líquidos para seguir peleando, aunque los papeles todavía dijeran que tenía propiedades multimillonarias, e a su nombre, porque esa es la paradoja cruel de las grandes herencias mexicanas judicializadas, que el papel dice que eres es rico. Mientras la realidad es
que no tienes flujo de caja, que tienes propiedades congeladas, que tienes honorarios de abogados que consumir cada mes, que tienes costas pendientes y que la brecha entre lo que el testamento original y lo que efectivamente controlas se ensancha lentamente con cada año de litigio, hasta que en algún momento el testamento se convierte en un documento histórico que documenta lo que fue y ya no es.
En paralelo al desgaste legal, hubo un desgaste mediático que expediente necesita documentar porque fue tan sistemático y tan eficaz como el legal, una estrategia en la que los hijos legítimos se aseguraron de que cada nueva fase del proceso se cubriera en la prensa con un ángulo específico que construyera una imagen de Sasha como aventurera codiciosa que había manipulado a un anciano de mente para apropiarse de un patrimonio que no le correspondía.
una narrativa repetida durante una década que se sedimentó en la opinión pública mexicana hasta el punto de que para 2015 las encuestas mostraban que el 70% de los consultados creían que Sasha había actuado de mala fe con el testamento, lo que significaba que la actriz que en los años 70 había sido una de las mujeres más deseadas y admiradas del país, era ahora para la mayoría una figura desprestigiada que difícilmente podía contar con simpatía pública si decidía salir a dar su versión de los hechos, lo que a su vez significaba que
estaba silenciada socialmente de la manera más eficiente posible, no por amenazas, sino por el desprestigio acumulado que convertía cualquier declaración suya en algo que la audiencia filtraría automáticamente a través del marco de la manipuladora y la codiciosa. Tasha se retiró progresivamente de los medios durante esos años, redujo sus apariciones públicas, se encerró en Chimalistac, concedió pocas entrevistas y en las pocas que aceptó exigió condiciones controladas que excluían preguntas sobre los pleitos y fue transformándose de
2015 a 2020 en una figura espectral que el público recordaba como diva del cine de ficheras, pero que en realidad era una mujer mayor atrapada en una casa enorme que era a la vez su fortaleza y su prisión, peleando legalmente contra cuatro personas que tenían más recursos que ella, con sus dos hijos viviendo vidas propias y separadas.
Paulina en Madrid, Alejandro entre México y Estados Unidos. Ninguno de los dos viviendo con ella, ninguno visitándola con regularidad. Y la distancia entre Sasha y sus propios hijos no fue casualidad ni ingratitud, sino el resultado lógico de años de desgaste familiar que lo sabía, obligado a construir mecanismos de defensa que los alejaban de la fuente del conflicto, que en términos prácticos era su propia madre, la situación irresoluble que su propia madre encarnaba y ese alejamiento protector que hacía sentido psicológico en
términos individuales tenía consecuencias prácticas concretas en términos de quién estaba presente para cuidar a Sasha cuando el cuerpo empezó a fallar. Para 2022, Sasha Montenegro tenía 77 años. Alzheimer en fase inicial diagnosticado problemas cardíacos que requerían medicación diaria y una soledad que quienes la conocieron en aquellos años describían como la soledad de alguien que ha aceptado que así termina su historia.
no con resignación activa, sino con el agotamiento de quien ha peleado tanto tiempo que que ya no tiene reservas para pelear contra la propia soledad. El personal de servicio de la casa en esa época consistía en cuatro personas: una cocinera diurna, un jardinero que venía dos veces por semana, una enfermera de día para medicamentos y vigilancia médica básica y una cuidadora nocturna que dormía en la habitación contigua a la de S.
Cuatro personas suficientes para una mujer de 77 años con problemas de salud moderados pero no críticos. Suficiente sobre todo para garantizar que Sasha nunca estuviera completamente sola. Y luego, en abril de 2023 cambió. La cuidadora nocturna, la que llevaba más de 3 años en la casa, la única persona con la que Sasha en los últimos meses tenía conversaciones largas y personales, fue despedida abruptamente con justificación oficial de reducción de costos.
Pero la razón real, según los testimonios que después salieron era otra, que esa cuidadora había desarrollado una relación de cercanía con Sasha, que la convertía en alguien que sabía demasiado, que conocía detalles de los pleitos hereditarios, que podía testimoniar sobre el estado real de la salud mental y emocional de Sasha en aquella época y que su lealtad estaba con la actriz y no con ninguna de las partes del litigio.
En su lugar fue contratada una nueva persona del servicio, una mujer de aproximadamente 40 años con experiencia limitada en cuidado de adultos mayores, recomendada por un despacho legal específico que, según los testimonios cruzados, era uno de los despachos que durante años había representado a los hijos legítimos en los pleitos contra Sasha.
La nueva cuidadora nocturna de Sasha Montenegro era, en términos prácticos, una persona cuya lealtad profesional estaba con los oponentes legales de la actriz, una persona que tenía acceso completo a la zona privada de la casa durante las horas más vulnerables, las noches cuando Sasha dormía y no podía vigilar nada.
El 2 de mayo de 2023, Sasha Montenegro tenía una cita programada con su cardiólogo por seguimiento de un episodio de Arritmia que había tenido en abril. La cita estaba confirmada, el transporte estaba organizado y esa mañana la nueva cuidadora no llegó. Sasha estuvo sola, no fue a la cita, nadie reagendó. El 4 de mayo tenía cita con su neurólogo por seguimiento del Alz Alzheimer.
Misma situación. La cuidadora no llegó, Sasha no fue, nadie reportó. El 5 de mayo, una vecina que había sido amiga de Sasha durante años fue a visitarla. Le abrió la puerta a la nueva persona del servicio. Le dijo que la señora estaba descansando y que no podía recibir visitas. Y cuando la vecina insistió, fue rechazada con firmeza y regresó a su casa preocupada, porque en años de conocer esa casa, nunca le habían cerrado la puerta. Sí.
Al día siguiente intentó contactar a Paulina, la hija de Sasha, sin éxito. En una entrevista posterior con condición de anonimato, esa vecina contó que la semana anterior había visitado a Sasha y la había encontrado lúcida, conversando sobre sus hijos y su familia, una mujer mayor y enferma, pero viva y presente, y que la sensación de que algo había cambiado dentro de la casa fue inmediata y perturbadora, de una manera que no podía articular, pero que sentía como un cambio en el aire.
El 8 de mayo, un periodista de espectáculos que había cubierto a Sasha durante años recibió una llamada de una fuente anónima que le dijo que Sasha estaba mal, que nadie la estaba cuidando, que había que avisar a alguien. El periodista intentó contactar a la familia sin éxito, intentó visitar la casa y fue rechazado e intentó publicar algo sobre la situación, pero su editor le dijo que sin confirmación oficial no podía publicar.
y la confirmación oficial nunca llegó. El 9 de mayo, la cocinera diurna, que llevaba más de 5 años en la casa, escuchó lo que le parecieron quejidos desde la planta baja, subió hacia la zona privada de Sasha y fue interceptada por la nueva cuidadora que le dijo que tenía instrucciones específicas de no permitir el acceso de personal de servicio a esa zona.
La cocinera preguntó si Sasha estaba bien, recibió una respuesta afirmativa y sin atreverse a desobedecer lo que parecía una instrucción oficial, regresó a su zona de trabajo. Pero esa noche, antes de irse, escribió una nota en su cuaderno personal, que después salió durante la investigación periodística. una nota que decía que había escuchado a la señora quejarse, que la nueva cuidadora no le había dejado subir, que algo no estaba bien.
El 11 de mayo, una segunda vecina llamó a la policía local reportando preocupación por una mujer mayor que no había sido vista en días. La policía hizo una inspección de bienestar, tocó la puerta, le abrió la nueva persona del servicio que dijo que la señora estaba bien, simplemente cansada, y los oficiales se fueron sin haber visto a Sasha directamente, lo que era una violación de los protocolos estipulados en los manuales de la Policía de Ciudad de México para inspecciones de bienestar de adultos mayores que exigen que los oficiales
hablen directamente con la persona reportada. y no con el personal de servicio. Una falla que analistas legales posteriores han señalado como el elemento que hace más difícil cerrar el caso sin una investigación formal. Y esa investigación formal hasta hoy en 2026 no se ha abierto. El 12 de mayo de 2023 por la mañana, Sasha Montenegro fue encontrada en su cama sin signos vitales con un estimado del médico forense de entre 6 y 10 horas de fallecida y el certificado de defunción registró insuficiencia cardíaca, complicaciones
por Alzheimer avanzado, edad avanzada, muerte natural en domicilio. caso cerrado. Lo que los testimonios cruzados que este expediente ha ensamblado cuentan es otra versión. Una versión que dice que durante los últimos 10 días, Sasha estuvo bajo el cuidado de una sola persona que había llegado apenas tres semanas asantes, recomendada por el bando legal opuesto, que durante esos 10 días no recibió sus medicaciones cardíacas ni neurológicas de manera regular, que sus alimentos fueron irregulares, que sus visitas externas
fueron bloqueadas sistemáticamente, que dos citas médicas de seguimiento no se realizaron y nadie las reagendó, y que cuando la policía llegó en respuesta a la preocupación de una vecina, se fue sin haber cumplido el protocolo que hubiera obligado a ver directamente a la persona reportada. El expediente no afirma que Sasha fue asesinada.
El expediente registra lo que documentó y lo que documentó es suficiente para hacer preguntas que merecen respuestas. Lo que sí es verificable sin ambigüedad es lo que pasó después, en las semanas siguientes a la muerte de Sasha, porque un mes después, en junio de 2023, los pleitos hereditarios que llevaban 19 años activos se reactivaron en una nueva fase, pero esta vez sin Sasha como contraparte y los hijos legítimos llegaron rápidamente a un acuerdo con los hijos no reconocidos, Paulina y Alejandro. Un acuerdo en el que los
hijos legítimos quedaron con el 70% del patrimonio total y los hijos de Sasha con el 30%. Lo que significa que la distribución que Sasha había defendido durante 19 años, el 50% que el testamento original le otorgaba, fue revertida a pocas semanas de su entierro mediante un acuerdo silencioso al quien ninguna de las partes se opuso y que ningún abogado impugnó, como si los 25 años previos de pelea feroz hubieran sido otra cosa, como si la única variable que hacía imposible el acuerdo hubiera sido la presencia de Sasha
misma. En septiembre de 2023, una cuidadora que había trabajado en la casa durante los últimos meses habló con una periodista de reforma bajo condición de anonimato y confirmó algunos de los detalles que ya circulaban y añadió uno nuevo, que durante las últimas semanas de Sasha había recibido visitas una persona específica que entraba a la casa fuera del horario del personal.
que tenía conversaciones largas con Sasha en privado y que según la cuidadora era abogado de una de las partes del pleito hereditario. La periodista intentó verificar el nombre del abogado, no pudo y la nota se publicó parcial, sin nombres, levantada por un par de medios menores, y desapareció del ciclo informativo en pocos días sin que nadie la siguiera.
Y en diciembre de 2024, año y medio después de la muerte de su madre, Paulina López Portillo Montenegro, publicó en sus redes sociales un mensaje breve que decía que a los que afirmaban que su madre había muerto sola les respondía que murió rodeada de las decisiones que otros tomaron por ella y borró el mensaje 4 horas después.
Pero las capturas circularon y esa frase escrita por la propia hija de Sasha quedó como el único reconocimiento público de que lo que ocurrió en Chimalistac en mayo de 2023 no había sido simplemente la muerte natural de una mujer mayor enferma, sino la consecuencia de un proceso, un proceso largo en el que distintas fuerzas habían trabajado durante años para que Sasha Montenegro dejara de ser un obstáculo.
Y ese momento llegó el 12 de mayo de 2023 en una casa cerrada donde una mujer de 77 años durante 10 días fue dejando de luchar. Ese es el expediente de Sasha Montenegro, la actriz yugoslava que cruzó el océan siendo bebé y terminó siendo primera dama no oficial de México. La mujer que durante 23 años cargó con el odio de Carmen Romano.
viuda que durante 19 años peleó por una herencia que los hijos legítimos consideraron robada desde el primer día. Y la mujer que en sus últimos 10 días vivió la versión más cruel de de la frase que su esposo había dicho en la boda que el destino siempre llega tarde, porque a Sasha el destino le llegó tarde dos veces.
tarde para casarse con el hombre que amaba y tarde para entender que cuando una mujer queda sola dentro del sistema patriarcal mexicano, ese sistema tiene maneras silenciosas y eficaces de eliminarla cuando ya no la necesita y que esas maneras no dejan huellas en los certificados de defunción. Aquí hay una pregunta que este expediente no puede responder, pero que deja documentada para que el espectador la lleve consigo.
Y es si el patrón que que documenta la historia de Sasha Montenegro, el patrón de la mujer que acumula poder informal al lado del poder formal, que lo pierde cuando el hombre muere y que termina eliminada cuando el sistema decide que ya no es conveniente que siga ahí. es un patrón del pasado o un patrón que sigue operando hoy en distintos nombres y distintas casas cerradas de distintas ciudades, porque los instrumentos cambian, los nombres cambian, los escándalos cambian, pero el mecanismo básico de cómo el poder se protege a sí
mismo cuando las mujeres que saben demasiado se vuelven inconvenientes, ese mecanismo no ha cambiado tanto y la única forma de que cambie es que se diga en voz alta con nombres, con fechas, con testimonios cruzados, con las preguntas que la prensa convencional no puede hacer sin perder sus fuentes y con la paciencia de armar lo que otros dejan deliberadamente en en piezas sueltas.
Si esta historia te ha movido algo, si este expediente te ha sacudido, compártelo con alguien que recuerde el escándalo de López Portillo y Sasha Montenegro en los años, con alguien que necesite escuchar cómo terminó realmente esa historia que los periódicos de la época contaron solo a medias con alguien que sepa que el final de las amantes presidenciales mexicanas muchas veces no es la jubilación dorada, sino la soledad organizada.
Silencio comprado y deja en los comentarios una sola respuesta a esta pregunta. ¿Crees que Sasha Montenegro murió de muerte natural en mayo de 2023? ¿O crees que murió de las consecuencias de un proceso que duró exactamente lo mismo que su relación con el presidente, 25 años, la próxima tumba ya está abierta. Yeah.