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Rechazada por ser pobre, salvó la vida del patrón y su destino cambió para siempre

Venía a pedir trabajo.

No limosna. Trabajo.

Pero apenas cruzó el patio de grava, una mujer de vestido verde esmeralda la detuvo con una copa en la mano.

—¿Tú quién eres?

Lucía tragó saliva.

—Me llamo Lucía Jiménez. Venía a hablar con don Álvaro. Me dijeron en el pueblo que necesitaban a alguien para cuidar a su hermano enfermo.

La mujer la miró de arriba abajo. Primero la blusa. Luego las manos. Después los zapatos.

—¿Así vestida?

Lucía sintió que la cara le ardía.

—Vengo del pueblo. No sabía que había una fiesta.

La mujer soltó una risa seca.

—Eso se nota.

A dos metros, varias invitadas giraron la cabeza. Un camarero fingió no escuchar. Un hombre joven con reloj dorado sonrió como si la escena le divirtiera.

—Mira, querida —continuó la mujer—, esta casa no es una oficina de caridad. Mi padre podrá ser muy generoso con los necesitados, pero hoy no es el día.

Lucía apretó la carpeta contra el pecho.

—No soy una necesitada. Soy trabajadora.

La sonrisa de la mujer desapareció.

—Las trabajadoras entran por la puerta de servicio. Y aun así, primero deben ser llamadas.

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