Jamás eligió el bando perdedor. Pero fue durante la guerra cristera hacia 1926, cuando quedó clara para todo México la diferencia brutal entre los tres hermanos Ávila Camacho. Manuel, el segundo de los tres, era el diplomático. Antes de abrir fuego contra los cristeros, iba personalmente a las poblaciones a dialogar.
Buscaba la rendición pacífica, quería evitar el derramamiento de sangre, le llamaban el negociador. Rafael, el menor era el disciplinado. Odiaba los métodos de su hermano mayor, pero obedecía las órdenes militares porque tenía que hacerlo. Y Maximino era el monstruo de la familia. Mientras Manuel intentaba convencer con palabras, Maximino arrasaba pueblos enteros, saqueaba, incendiaba, no tomaba prisioneros, a todos los fusilaba.
Los reportes que llegaban a la Ciudad de México sobre su crueldad eran tan graves que el propio general venustiano Carranza había recibido quejas formales de otros generales sobre la excesiva e innecesaria brutalidad del capitán Maximino Ávila Camacho. Pero a Maximino esas quejas le resbalaban. Él creía que la brutalidad era lo que distinguía a un verdadero líder y miraba a su hermano Manuel, al que llamaba en público bistec con ojos y gordo, como a un hombre débil, sin carácter, o en sin madera de gobernante.
Durante años, Maximino se convenció de que cuando llegara el momento de suceder a Cárdenas en la presidencia, el elegido sería él, el mayor, el fuerte, el hombre de acción. Y entonces, en 1940 llegó la noticia que lo quebró por dentro. Lázaro Cárdenas había escogido candidato. No era Maximino, era el bistec con ojos.
La noticia cayó como una bofetada. Maximino Ávila Camacho se enteró a mediados de 1939. Lázaro Cárdenas había escogido candidato y no era él, era su hermano menor, el bistec con ojos, el mantecas. estalló, se le encendieron los ojos, alegó que él era el mayor de la familia, que él tenía más méritos militares, que él había pacificado Puebla a sangre y fuego cuando su hermano todavía estaba encerrado en una oficina de escritorio.
Hoy se amenazó con alborotar a todos los gobernadores, con publicar un manifiesto descalificando la candidatura de Manuel, con acusar públicamente a Cárdenas de querer seguir gobernando desde Jiquilpán. Nada de eso sirvió. Cárdenas lo dejó en paz. Lo dejó gobernar Puebla. Lo dejó construir ahí su propio imperio.
Porque Cárdenas sabía algo que Maximino terminaba de aceptar. Un hombre como él jamás podría ser presidente de México sin hundir al país entero. Pero como gobernador de Puebla, Maximino ya era prácticamente un rey. Había tomado posesión el primero de febrero de 1937. Desde ese día, el estado entero se volvió su feudo personal.
Lo decía sin tapujos el propio Gonzalo N. Santos. Desde la jefatura de la zona militar hasta los ferrocarriles era Maximino quien decía la última palabra. Con su poder llegaba hasta las fortunas más antiguas de Puebla y hasta el palacio episcopal. Nadie en el estado tomaba una decisión sin consultarlo.
Nadie publicaba un periódico sin su aprobación. Nadie levantaba una huelga sin que él la reprimiera a balazos. Y nadie, absolutamente nadie, se quedaba con una mujer que a él le gustara. En Puebla se repetía hasta el cansancio la frase que Maximino le decía a las mujeres hermosas del estado cuando las veía por primera vez.
Se la decía a la cara con la calma de quien ya decidió por ellas. Hoy te haré mi mujer. ¿Aceptas o te quedas viuda? A veces era un piropo brutal. A veces era literalmente una sentencia. Hubo maridos que aparecieron muertos en los barrancos cercanos a la ciudad pocos días después de que Maximino posara los ojos en sus esposas.
Otros simplemente desaparecieron o otros fueron expulsados del país a golpes. La guapa española Conchita Martínez, la bailarina con la que Santos lo encontró en el sofá, fue solo una de sus víctimas más conocidas. El método para controlar a los opositores era igual de descarado. En los dos o tres restaurantes importantes de la ciudad de Puebla, Maximino tenía a los meseros pagados directamente por él.
Su trabajo no era solo servir la comida, era escuchar las conversaciones. Si alguien en una mesa hablaba mal del gobernador, el mesero salía a la cocina, llamaba por teléfono a la policía y daba la descripción del comenzal. Cuando ese hombre terminaba de comer y salía del restaurante tranquilamente, ya lo estaban esperando los policías en la puerta, lo subían a una patrulla.
Desaparecía durante días o semanas o para siempre. Así gobernó Maximino, con meseros como espías. Es con policías como sicarios, con un fuete de caballo que siempre llevaba consigo y con el que golpeaba personalmente a los funcionarios que se atrevían a contradecirlo. Le llamaban el señor de orca y cuchillo.
Y no era exageración, pero Maximino, como buen cacique mexicano, no solo reprimía, también construía. ordenó levantar la carretera Puebla, Veracruz, que casualmente pasaba por su tierra natal, Tesiutlán. impulsó la presa de Balcequillo, bautizada con el nombre de su hermano Manuel Ávila Camacho.
Modernizó la ciudad, trajo industrias, hizo alianzas con empresarios poderosos como el estadounidense William Jenkins, el hombre más rico de Puebla, quien controlaba cines, azúcar y negocios que llegaban hasta las fronteras del estado. A la sombra del poder político y de esas alianzas, la fortuna personal de Maximino creció de forma obsena en ranchos, caballos de raza, toros bravos, plazas de toros enteras, tierras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
El muchacho arriero de Tesiutlán se había convertido en uno de los hombres más ricos de México y lo había hecho en apenas 4 años. Pero toda esa riqueza, toda esa violencia, todo ese poder no eran suficientes para él, porque Maximino quería algo más. quería el país entero y para conseguirlo estaba dispuesto a hacer cosas que ni el más cínico de los caciques mexicanos del siglo XX habría atrevido a hacer.
Incluso mandar matar a un hombre el día de Año Nuevo como regalo. Si disfrutas investigaciones profundas sobre figuras y momentos decisivos de la historia, suscríbete al canal, activa las notificaciones y déjame en los comentarios qué presidente o personaje histórico quieres que investigue después.
Tu apoyo hace posible este trabajo documental. Para entender por qué Maximino Ávila Camacho pasó a la historia como uno de los hombres más temidos de México, no hace falta contar todos sus crímenes, basta con contar uno. Y ese crimen ocurrió un 31 de diciembre. Cuentan los viejos cronistas de Puebla que Maximino se había aliado con el hombre más rico del estado, William Jenkins, un empresario estadounidense que controlaba ingenios azucareros, bancos y, sobre todo, la distribución cinematográfica de toda la región. Juntos, Maximino y Jenkins
tenían un plan simple, pero voraz, quedarse con todos los cines de Puebla, absolutamente todos, para crear un monopolio que les permitiera controlar qué películas se exhibían, cuánto se cobraba en taquilla y quién hacía dinero con el negocio del entretenimiento en el estado entero. Había un solo obstáculo, un hombre llamado Don Pepe Cenfu Fuegos, un empresario veterano, dueño de varios cines importantes con conexiones en los sindicatos de cinematografistas.
Un hombre al que no le gustaba que nadie le impusiera las reglas del juego. Hay varias versiones sobre por qué exactamente Maximino se enojó con él. Unos dicen que don Pepe se negó a venderle sus cines al precio que Maximino le impuso. Otros cuentan que le negó al gobernador la plaza de toros para una corrida de fin de año de una rejoneadora famosa, Conchita Cintrón, con la que Maximino mantenía una relación.
Lo que sí se sabe con certeza es lo que pasó después. 31 de diciembre, Ciudad de Puebla. Al mediodía, en pleno portal Hidalgo, en el corazón histórico del Angelópolis, don Pepe Cien fuegos camina por el portal con la tranquilidad del hombre que cree tener el día libre. Es víspera de Año Nuevo.
Las calles están llenas de gente, familias comprando últimos regalos, comerciantes cerrando sus locales, niños corriendo entre las columnas de piedra. Un hombre se acerca a don Pepe por detrás. se acerca con la calma de quien ha hecho esto antes, lo alcanza, saca un cuchillo y en el mismo instante en que hunde el arma en la espalda de don Pepe, se inclina y le dice al oído una frase que en Puebla nadie olvidaría nunca.
Feliz año nuevo de parte del jefe. Don Pepe cae en medio del portal a plena luz del día, rodeado de testigos que no se atreven ni a gritar. El asesino se pierde entre la multitud antes de que nadie reaccione. No había dudas sobre quién había ordenado el crimen. Los reporteros de la nota roja de Puebla lo sabían, los policías lo sabían, los jueces lo sabían.
Todo el mundo en la ciudad lo sabía. Se hablaba incluso de un cuarteto de la muerte detrás del asesinato, el cerebro William Jenkins, el socio Gabriel Alarcón, otro empresario cercano al gobernador, el autor intelectual, Maximino Ávila Camacho, y el ejecutor material, un pistolero al servicio del cacique. Pero nunca hubo investigación, nunca hubo proceso, nunca hubo condena.
En la Puebla de Maximino, acusar al gobernador de un crimen era firmar tu propia sentencia de muerte. La viuda de don Pepe quedó sola con los cines, no pudo con la presión. Poco después, los negocios del difunto pasaron a manos de los Alarcón. Con esos cines y con los que ya tenían, los socios de Maximino fundaron una nueva empresa llamada La Cadena de Oro.
leó una cadena que durante décadas sería el imperio cinematográfico más grande del centro de México. Maximino había conseguido exactamente lo que quería, sin pagar un peso y había enviado un mensaje que todos en Puebla entendieron perfectamente. Si el cacique te quería muerto, no importaba en qué día del año estuvieras, no importaba si era diciembre o mayo, no importaba si era Navidad o Semana Santa o el día de tu cumpleaños, te iban a matar y lo iban a convertir en un insulto.
Años después, aquel pistolero que había cumplido la orden aparecería muerto en Veracruz, apuñalado de la misma forma que don Pepe, por la espalda, en plena calle, pero esta vez sin el mensaje de Año Nuevo, porque cuando el jefe termina de usarte, no se toma el trabajo de desearte nada. Puebla se le había quedado chica. Maximino Ávila Camacho había pasado 4 años gobernando el estado como su feudo personal.
Había acumulado una fortuna obscena. Había mandado matar a sus rivales con recados de año nuevo. Había secuestrado a las mujeres que le gustaban, había convertido a Puebla en un reino donde su palabra era ley divina, pero no era suficiente. En los últimos meses de su mandato, empezó a mirar hacia la Ciudad de México con una hambre distinta.
Ahí estaba el verdadero premio. Ahí estaba la silla que, según él le correspondía por derecho de primogenitura. Cuando su hermano Manuel llegó a la presidencia en 1940, Maximino esperó su invitación al gabinete como quien espera una herencia prometida. Pero Manuel no lo invitó. Alegó que todavía le faltaban meses como gobernador de Puebla.
Maximino entendió el mensaje. Su hermano le tenía miedo. Su hermano no lo quería acerca del poder real. Su hermano, el bistec con ojos, estaba intentando mantenerlo a distancia. Así que cuando por fin en septiembre de 1941 el presidente reconfiguró su gabinete y le ofreció la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Maximino no esperó los protocolos, no esperó la protesta oficial, no esperó siquiera un día.
Tomó la oficina por asalto con un contingente de hombres armados y las metralletas Thompson que ya conocemos. expulsó a su antecesor a punta de pistola y se instaló en el despacho como si hubiera nacido para él. Pero lo que hizo después fue todavía más descarado. Desde el primer día en la secretaría, Maximino empezó a construir no solo su poder político, sino también su residencia presidencial.
Lae compró un enorme terreno de 5400 m² en la colonia Polanco, en plena Ciudad de México, entre las calles de Homero, Edgar Alan Pou y Calderón de la Barca, y contrató a los dos arquitectos más prestigiosos del momento, los mismos que habían diseñado la residencia oficial de Los Pinos unos años antes. Manuel Girir Esteba y Fernando Parra Hernández recibieron una instrucción clara.
Construir la casa más impresionante de la capital, un palacete digno del próximo presidente de la República. La obra duró 2 años. Mármol en los pisos y las columnas, una escalera ceremonial de película, un candelabro de cristal gigante en el hall principal. un enorme jardín con fuente oval, biblioteca, salón de música, sótano con barbería, boliche y sala de cine privado.
Cuando se inauguró a finales de 1944, Maximino organizó una fiesta fastuosa. Invitó a gobernadores, generales, empresarios, obispos, artistas. brindó como si el destino ya estuviera firmado, como si faltaran apenas meses para mudarse unas cuadras hacia la residencia oficial. Lo que Maximino no podía saber es que en esa mansión nunca despacharía un solo día como presidente.
Décadas después, el director Luis Buñuel elegiría precisamente esa casa para filmar El ángel exterminador, la historia de un grupo de burgues atrapados en un palacio del que no pueden salir. Una metáfora perfecta del cacique que se construyó su propia tumba creyendo la palacio. Los habitantes del barrio la llamarían durante años la mansión [resoplido] Pero mientras Maximino fantaseaba con la presidencia, o algo mucho más revelador ocurrió en el Palacio Nacional.
Un día, un teniente del ejército con problemas mentales llamado Antonio de la Lama y Rojas atentó contra el presidente Manuel Ávila Camacho. Se escondió detrás de una columna en el patio principal. disparó dos veces a quemarropa. Los tiros no alcanzaron a matar al presidente que reaccionó desarmando al hombre con sus propias manos.
El atacante fue detenido y enviado a la penitenciaría. El propio presidente dio la instrucción de que no lo maltrataran. Quería un proceso judicial. quería entender qué había pasado. Pero esa misma noche, Maximino actuó y al día siguiente el teniente apareció muerto en su celda. Nadie preguntó cómo, nadie investigó, a nadie se atrevió a acusar al hermano del presidente de haber intervenido en una penitenciaría federal para silenciar al hombre que se había atrevido a tocarlo, porque eso era Maximino Ávila Camacho en su esencia más pura.
Un hombre que podía llamar a su hermano Bistec con ojos en las mañanas y al anochecer eliminar a quien se atreviera a tocarlo. Era capaz del odio más profundo y de la lealtad más sangrienta hacia la misma persona. Cuatro décadas después de la muerte de Maximino Ávila Camacho, una escritora poblana se sentó a escribir una novela.
Se llamaba Ángeles Mastreta. Había crecido en Puebla. escuchando los rumores, los susurros, las leyendas que todavía circulaban en las sobremesas de la ciudad. Su abuela le contaba historias sobre un general terrible que había gobernado el estado como su feudo personal. Un hombre que mandaba matar a los maridos de las mujeres que le gustaban, un cacique cuya fortuna nadie sabía cómo exactamente se había acumulado.
Ese general era Maximino. En 1985, Mastreta publicó su primera novela. La tituló Arráncame la vida, tomando prestado el nombre del tango inmortal de Agustín Lara. Y en las páginas de ese libro creo a un personaje llamado Andrés Asensio, un general poblano, cacique, corrupto, machista, asesino de rivales, aspirante a la presidencia, casado con una mujer mucho más joven, Catalina Guzmán, que narra la historia desde sus ojos.
Todo México supo de inmediato de quién se estaba hablando. El personaje de Catalina estaba basado en Bárbara Margarita Richard Roma, la segunda esposa real de Maximino, una mujer italiana a la que el general conoció en Veracruz cuando ella tenía 22 años y él casi 40. Una mujer que aguantó 15 años de matrimonio con el cacique más temido de Puebla.
Una mujer que, según los rumores que recogió Mastreta, pudo haber tenido algo que ver con la misteriosa muerte de su marido. En la novela, ese personaje envenena al general. La novela fue un éxito inmediato. Se tradujo a decenas de idiomas. Se convirtió en lectura obligatoria en universidades de todo el mundo hispanohablante. Y durante más de 20 años, Arráncame.
La vida fue la puerta por la que muchos conocieron. Sin saberlo, la historia real del hermano mayor del presidente Ávila Camacho. Pero fue en el año 2008 cuando la leyenda negra de Maximino alcanzó su máxima difusión. El director Roberto Sneider adaptó la novela al cine con un presupuesto de 6,illones y medio de dólar, Arráncame la vida se convirtió en la película más cara de la historia del cine mexicano hasta ese momento.
Fue seleccionada para representar a México en los premios Ócar de ese año en la categoría de mejor película en lengua extranjera. llegó a las semifinales entre las 67 películas candidatas del mundo. Y aquí viene el detalle que poca gente conoce. El actor que interpretó a Andrés Ascensio, el poderoso Daniel Jiménez Cacho, tuvo que preparar su papel a fondo.
Para entrar en la piel del cacique más temido de Puebla. No le bastaba con leer el guion. Necesitaba entender cómo pensaba un hombre así, cómo hablaba, cómo se movía, cómo mandaba matar sin pestañar. Y el actor confesó después en qué figura se había inspirado para construir ese personaje. No se inspiró en una biografía de Maximino, se inspiró en otro hombre, un hombre que había conocido personalmente al cacique, un hombre que había sido su compadre, su amigo y en los últimos días de su vida su visitante más incómodo.
Daniel Jiménez Cacho basó su interpretación en la figura de Gonzalo N. Santos, el mismo a la santostado, que aparece en las memorias contando la última conversación que tuvo con Maximino en aquel despacho de la secretaría, donde describía el coñac, la bailarina española, la amenaza de muerte contra Miguel Alemán y donde, apenas con un punto y aparte narraba lo que ocurrió al día siguiente en el banquete.
Por eso, cuando los espectadores del cine veían en pantalla al general Andrés Ascensio, estaban viendo en realidad dos caciques fundidos en uno solo, el Maximino, que inspiró la novela, y el Gonzalo N. Santos, que inspiró la actuación, los dos hombres más temidos del México postrevolucionario, unidos para siempre en un personaje de ficción.
Años después, cuando le preguntaron a Ángeles Maeta si su novela estaba basada en Maximino Ávila Camacho, la escritora lo negó. Dijo que Andrés Ascensio era un personaje inventado, una mezcla de muchos caudillos mexicanos de la época. Pero en Puebla, donde los viejos todavía recordaban los nombres de los asesinados, nadie le creyó.
¿Desde dónde nos estás escuchando? Déjame en los comentarios tu ciudad o país. Estas historias nos conectan desde todos los rincones donde el español nos une. Desde el día en que tomó por asalto la Secretaría de Comunicaciones en 1941, Maximino Ávila Camacho tenía una sola obsesión y no era cumplir con su cargo. Era llegar a la presidencia de México en 1946.
Para él el razonamiento era simple. Su hermano menor Manuel había tenido 6 años. Ahora le tocaba a él. Era el mayor, era el más fuerte, era el verdadero Ávila Camacho. Y si el bistec con ojos había podido ocupar la silla, con mucha más razón él la merecía. Pero había un problema del tamaño de una montaña y ese problema tenía nombre y apellido. Miguel Alemán Valdés.
Alemán era el sec. secretario de Gobernación, un abogado veracruzano, civil, hijo de un general revolucionario, joven, educado, moderno, todo lo que Maximino no era. Y desde el primer día del sexenio de Manuel Ávila Camacho, los dos hombres se detestaron. Maximino lo llamaba cachorro, lo llamaba lo llamaba abogadillo.
Alemán lo ignoraba con esa cortesía helada que solo sabían practicar los políticos mexicanos del viejo estilo, pero por dentro sabía perfectamente con quién estaba tratando. El conflicto entre los dos fue escalando mes tras mes. Discusiones a gritos en las reuniones del gabinete, insultos en los pasillos del Palacio Nacional, peleas por el control de las decisiones más triviales del gobierno.
En un momento, Miguel Alemán llegó a presentar su renuncia al cargo de secretario de Gobernación. No aguantaba más la hostilidad de Maximino. El presidente Manuel Ávila Camacho se negó a aceptarle la renuncia. Le pidió paciencia. [resoplido] le prometió que él controlaría a su hermano, pero el presidente sabía en el fondo que a Maximino nadie lo controlaba.
Cuando a finales de 1944 empezó a quedar claro que el candidato oficial para las elecciones de 1946 sería Miguel Alemán, Maximino se lanzó a una campaña pública que no tenía precedentes en la historia mexicana. empezó a atacarlo por la radio, por los periódicos, en entrevistas, en mtinges privados con empresarios poblanos. Lo llamaba fascineroso, lo llamaba asesino, lo llamaba mafioso, lo llamaba traidor a la revolución.
Todos los adjetivos que cabían en un diccionario de injurias, Maximino, los usó contra el joven secretario de Gobernación y entonces un día cruzó la línea que nadie cruzaba en la política mexicana. [resoplido] anunció públicamente que si alemán era nominado candidato, él mismo lo mataría. No fue una metáfora, no fue una brabata de cantina, fue una amenaza explícita y repetida frente a testigos, publicada en los editoriales de los periódicos más importantes de la capital.
El poeta Salvador Novo, que lo conocía personalmente, llegó a describirlo en una crónica con una frase que se volvió célebre. Es el hombre con gran parecido físico y moral a Mussolini. Y en el polanco de la ciudad de México, en la mansión que acababa de inaugurar con una fiesta fastuosa, digna de un candidato a la presidencia, Maximino recibía empresarios, gobernadores y generales.
Les prometía cargos, les prometía concesiones, les prometía que cuando él llegara al poder, el país entero iba a cambiar de dueño. se comportaba exactamente como lo que quería ser un presidente electo, solo que no lo era. Cuando por fin la firmeza de su compadre Gonzalo N. Santos lo obligó a enfrentar la realidad, Maximino se derrumbó por un instante y pronunció las palabras que Santos conservaría en sus memorias como un testamento político.
Palabras que resumen al hombre entero en apenas dos líneas. Tu firmeza en este asunto me hace comprender que lo de alemán es un cochupo hecho. Pero te voy a decir una cosa. Vas a decirle a mi hermano, y sábetelo tú también, que yo no voy a lanzar mi candidatura, pero que el fascineroso de Miguel Alemán no llegará a la presidencia de la República.
Era una declaración de guerra, una amenaza directa contra el futuro candidato del partido oficial, un anuncio de asesinato político hecho con la calma de quien ya ha tomado la decisión. Santos salió de esa reunión sabiendo lo que tenía que hacer. Esa misma tarde fue a ver al presidente Manuel Ávila Camacho.
Y lo que Manuel le pidió al alasan tostado en el despacho presidencial aquella tarde es una de las conversaciones más terribles de la historia política de México. El despacho presidencial del Palacio Nacional tenía una alfombra color vino tinto y cortinas pesadas que filtraban la luz en rayos amarillos.
En las primeras semanas de febrero de 1945, en ese despacho, el presidente Manuel Ávila Camacho recibió a su compadre Gonzalo N. Santos. Se sentaron en los sillones de cuero oscuro. Le sirvieron café en dos tazas. El presidente miraba a su compadre con una serenidad que escondía una vulnerabilidad inmensa. Manuel Ávila Camacho era un hombre de modales suaves.
Le decían el presidente caballero. Nunca levantaba la voz, nunca perdía la compostura. Era exactamente lo opuesto a su hermano mayor. Pero esa mañana le por primera vez en mucho tiempo se le humedecieron los ojos. empezó con un elogio. Le recordó a Santos que en dos ocasiones anteriores el alasanto tostado había salvado al país en momentos críticos.
Primero impidiendo que José Vasconcelos llegara a la presidencia en 1929, después deteniendo el movimiento de Juan Andrew Almasan en 1940. dos elecciones presidenciales, dos veces que el país había estado al borde del abismo, dos veces que Santos había hecho el trabajo sucio que nadie más quería hacer.
Y entonces Manuel le dijo que lo necesitaba una tercera vez. Mi hermano Maximino no puede llegar a la presidencia. Santos no contestó. dejó que el presidente continuara y lo que escuchó a continuación fue una de las confesiones más desgarradoras que se hayan oído jamás en el Palacio Nacional. Maximino no solo es mi hermano mayor, Gonzalo, es mi padre.
Cuando nuestro papá murió, él tomó su lugar, nos crió, nos formó, nos cuidó. Le debo la vida. Una pausa. El presidente mirando el fondo de su taza de café. Pero cuando se ocupa un puesto de tan alta responsabilidad como el mío, se tiene la obligación de reconocer los defectos del propio padre y mi hermano está enfermo desde niño. ¿Comprendes? No es normal.
Los ojos de Manuel se le humedecieron. A mí ya no me escucha, pero a ti sí. Convéncelo, Gonzalo. Convéncelo de que lo que pretende es una locura. ¿Me imaginas cediéndole la banda presidencial a mi propio hermano cuando todo el país sabe de sus chifladuras? Santos aceptó la misión. Al día siguiente, al mediodía, llegó a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas y ocurrió la conversación que ya conocen.
La bailarina española, la botella de Coñac, El golpe en la mesa, la traición de Manuel. Pero hubo un momento que no hemos contado todavía, un momento que Santos registraría en sus memorias con la frialdad de quien ya ha visto demasiadas cosas en la vida. Cuando Maximino terminó de insultar a su hermano y a Miguel Alemán, señaló a Santos con un dedo tembloroso y dijo las palabras más peligrosas que un hombre podía decir en la política mexicana de aquellos años.
Pero a Miguel Alemán lo voy a mandar matar. Ya lo tengo todo preparado. Te lo juro por mi madre eufrosina, de la que mamamos del mismo pecho, Manuel y yo. Y Maximino besó una cruz. Santos lo miró sin decir nada. Luego, con la calma de un hombre que ya sabe cómo terminan las conversaciones como esa, le advirtió, “Todos van a sospechar que fuiste tú quien lo mandó matar.
Y cuando todos lo sepan, tu hermano, el presidente no va a poder protegerte.” Maximino respondió. Se sirvió otra copa de coñac y quedó en silencio. Santos se levantó, salió del despacho, atravesó los pasillos de la secretaría, bajó las escaleras de mármol y caminó por las calles de la ciudad de México con una idea fija en la cabeza que después dejaría por escrito en sus memorias con esa franqueza brutal que lo caracterizaba.

Bonito papelón iba yo a hacer al presentarme al presidente y decirle que Maximino ya estaba convencido de no jugar, pero que quería que jugara yo. Además de traidor, hubiera aparecido a sus ojos como que es peor. Lo que Santos hizo después nadie lo sabe con certeza. Hay versiones que dicen que volvió al Palacio Nacional esa misma tarde a informar al presidente.
Hay versiones que dicen que fue a Puebla a preparar el terreno. Hay versiones más oscuras, susurradas en los cafés políticos durante décadas, que dicen que Santos contrató a un hombre, un asesino especializado, un mesero que sabía preparar un plato de sopa con algo más que sal. Lo único que está confirmado es lo que pasó 30 horas después.
Un banquete en honor de Maximino, 5,000 invitados, brindis, discursos, adhesión incondicional y un hombre que entró caminando y salió cargado en brazos. 17 de febrero de 1945, Atlixco, Puebla. [resoplido] El banquete que las centrales obreras de la región habían organizado para honrar al secretario de comunicaciones era uno de los más concurridos del año.
Más de 5,000 personas, mesas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, brindis, música, discursos. es Maximino Ávila Camacho llegó vestido de gala, saludó a los líderes de la crom y de la Frog, se sentó a la mesa principal, sonrió ante las cámaras, recibió los elogios que le dirigían como un hombre que ya se sentía dueño del país entero.
Comió, brindó, conversó y de pronto hacia la mitad del banquete se llevó la mano al pecho. Se sintió mal. Pidió que lo sacaran del salón. Sus ayudantes lo cargaron con dificultad hasta el automóvil. Salieron a toda velocidad rumbo a la Quinta Chignautla, su residencia del barrio de Shonaca, en la capital poblana. Cuando llegaron los doctores Ricardo Campillo Bueno y José Larrumbe ya lo estaban esperando.
Lo subieron hasta la recámara. Su ayudante de confianza, el capitán Francisco Arriaga, le quitó las botas de militar. Lo recostaron en la cama. A las 4:20 de la tarde, Maximino exhaló por última vez. El hombre que durante 30 años había aterrorizado a Puebla entera, murió sin un grito, sin un quejido, sin una palabra final.
Solo el cura que llegó a darle la extrema unción dejaría escrita una frase que el torero Juan Silvetti recordaría décadas después. El curita habló en un idioma que yo no entendí. Luego pidió aceite. Los dos médicos no firmaron certificado de defunción, no practicaron autopsia, solo descolgaron el teléfono y llamaron directamente al Palacio Nacional.
Al presidente de México le dijeron, “Su hermano ha muerto.” Manuel Ávila Camacho recibió la noticia en su despacho. Lo que sintió en ese momento nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que lloró, otros dicen que se quedó en silencio durante varios minutos antes de poder articular palabra. Lo único confirmado es que se levantó a ordenó preparar su automóvil y salió de inmediato rumbo a Puebla.
Su esposa, Soledad Orosco, lo acompañó y la viuda de Maximino, Bárbara Margarita Richardi, que estaba en la ciudad de México y se había enterado de la noticia por la radio, se les unió en el camino. El cortejo que partió hacia Puebla aquella tarde fue uno de los más impresionantes que se habían visto en años.
Más de 50 automóviles llenos de políticos, generales, empresarios y amigos de la familia. una caravana negra que cruzaba las carreteras del estado mientras todo México empezaba a hacerse la misma pregunta. ¿De qué murió realmente Maximino Ávila Camacho? Al día siguiente, 18 de febrero, lo trasladaron a su tierra natal, Tesiutlán.
En la catedral del pueblo se celebró una misa de cuerpo presente y cuando llegó el momento del Ave María fue su amigo personal, el actor y cantante Jorge Negrete, quien interpretó la pieza como homenaje fúnebre. Lo enterraron en la imponente capilla privada del panteón de Tesiutlán, la misma tierra donde había nacido, la misma sierra donde de niño había sido arriero, la misma perla de la sierra que él había soñado convertir en la cuna del próximo presidente de México.
Pero ese presidente nunca existió. Apenas dos días después del entierro, Gonzalo N. Santos cumplió las instrucciones que el presidente Manuel Ávila Camacho le había dado en aquel despacho del Palacio Nacional. Lo escribiría con su frialdad habitual en sus memorias. Con la muerte de Maximino, aceleré la campaña a favor de la candidatura de Miguel Alemán, de acuerdo con el presidente Ávila Camacho.
El Facineroso, como Maximino lo había llamado, llegó a la presidencia de México el primero de diciembre. de 1946. Fue el primer presidente civil del siglo XX mexicano. Gobernó durante 6 años y nunca tuvo que enfrentar al hombre que había jurado matarlo besando una cruz. Las teorías sobre la muerte de Maximino se multiplicaron con los años.
Unos dijeron que había muerto de un infarto natural agravado por la diabetes y la hipertensión que padecía. Otros aseguraron que había sido envenenado por un mesero al servicio de Gonzalo N. Santos. Hubo quienes señalaron a un brujo de Catemaco contratado por enemigos políticos. Hubo quienes acusaron a la propia viuda Margarita Richardi, en quien Ángeles Maeta se inspiraría décadas después para crear a Catalina Guzmán en su novela.
Y hubo claro quienes se atrevieron a susurrar el nombre del hermano, el presidente caballero, el bistec con ojos, el hombre que lloró en su despacho pidiendo a Santos que lo ayudara a detener a Maximino. Nadie lo sabrá nunca con certeza. La tapa de aquel ataúd se cerró tan rápido como se cerró cualquier intento de investigación.
Hoy en Puebla casi nadie habla ya de Maximino Ávila Camacho. La calle que llevaba su nombre fue rebautizada en 1999. Su mansión de Polanco, donde planeaba despachar como presidente, terminó siendo conocida como la mansión gracias a la película de Buñuel. Su tumba ensiutlán es visitada apenas por un puñado de curiosos cada año.
El hombre que entraba a las oficinas del gobierno con metralletas Thompson, el que mandaba matar a sus rivales con saludos de Año Nuevo, el que amenazaba presidentes besando una cruz, el que se construyó un palacio para un trono que nunca llegó, murió como mueren todos los hombres que se creyeron eternos.
en una cama en silencio con los labios azules y una palidez marmórea. Maximino Ávila Camacho fue el monstruo más honesto del México del siglo XX, porque nunca fingió ser otra cosa. Mandaba matar y todos lo sabían. Robaba y todos lo sabían. Secuestraba mujeres y todos lo sabían. Amenazaba presidentes y todos lo sabían.
Su único error fue creer que su hermano lo amaba lo suficiente como para entregarle el país. Y la lección que dejó es la más cruel de todas, que en la política mexicana hasta el amor de un hermano tiene un precio y ese precio se paga en un banquete de 5000 cubiertos con un ataúd que se cierra a la fuerza y un certificado de defunción que nunca llega a firmarse.
Si has llegado hasta aquí, conocías esta historia, te sorprende lo que acabas de descubrir, déjame saber en los comentarios qué otras historias quieres que investigue.