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MAXIMINO ÁVILA CAMACHO: EL CACIQUE MÁS CRUEL DE PUEBLA — Y CÓMO SU PROPIO HERMANO LO DESTRUYÓ

Ciudad de México, septiembre de 1941. Son las primeras horas de la mañana cuando un convoy de automóviles negros se detiene frente a la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. De los vehículos baja un contingente de hombres armados. Todos con metralletas Thompson colgando del hombro.

 Todos obedeciendo las órdenes de un solo hombre. El general Maximino Ávila Camacho sube las escaleras sin prisa, atraviesa los pasillos con sus pistoleros detrás en formación cerrada. Los funcionarios que los ven pasar bajan la mirada y se apartan contra las paredes. Nadie pregunta, nadie se atreve. Maximino llega hasta el despacho principal, abre la puerta, entra adentro, encuentra al hombre al que el presidente de la República acaba de relevar del cargo.

 Un funcionario que todavía cree tener algunos días para ordenar sus papeles. Maximino no le dan ni un minuto. Esta oficina ya no es suya, le dice con una calma que aterra más que los gritos. Detrás de él, los cañones de las Thompson apuntan al piso, pero todos en la habitación saben que pueden subir en cualquier momento.

 El secretario saliente recoge sus cosas a toda prisa, sale escoltado por sus propios subordinados y antes del mediodía, Maximino Ávila Camacho se instala en el despacho como si hubiera nacido para ocuparlo. Hay un pequeño detalle que nadie en el país se atreve a mencionar en voz alta. Maximino todavía no ha rendido protesta, no ha jurado el cargo en Palacio Nacional.

 Legalmente todavía no es secretario de nada, pero cuando un hombre entra a una oficina federal con un contingente de metralletas Thompson, los tecnicismos dejan de importar. Así entró Maximino Ávila Camacho al gabinete del presidente de México, a punta de pistola, sin protesta oficial, sin pedir permiso.

 4 años después saldría de ese mismo despacho rumbo a un ataúd que nadie quiso abrir, sin autopsia, sin certificado de defunción, con los labios azules y una palidez que uno de los testigos describiría como marmórea, como si en todo él no hubiese sangre. Y la historia de cómo ese hombre pasó del poder absoluto a un banquete envenenado, empieza con una visita que nadie esperaba.

 Mediodía del 16 de febrero de 1945. El mismo despacho que Maximino había tomado por asalto 4 años antes. Gonzalo N. Santos atraviesa los pasillos con paso firme, lo envía el presidente de la República y trae una misión que ningún otro político del país habría aceptado. Tiene que convencer al secretario de que desista de matar al candidato oficial.

Cuando llega, la secretaria intenta detenerlo. Le dice que el señor secretario está en una reunión muy importante y pidió no ser molestado. Santos la ignora. Abre la puerta. Adentro encuentra a Maximino en un sofá con una botella de coñac a medio vaciar sobre la mesa y conchita Martínez, una bailarina española a la que había secuestrado del brazo de su propio marido.

 Al marido lo había mandado golpear. Después lo había expulsado del país. La guapa española se había quedado con él. Ella tiene la blusa a medio abrir, él la besa en el cuello. Maximino levanta la mirada sin inmutarse y suelta la primera frase con una sonrisa torcida. ¿Qué te trae por aquí? Pelón tenebroso. La bailarina se retira.

 Los dos hombres se sirven una copa y Santos va directo al grano. Le recuerda que todo México conoce sus aspiraciones presidenciales, que el periódico El Universal acaba de publicar un editorial criticando ferozmente a él y al propio presidente, su hermano, que el país no va a permitirlo. Los ojos de Maximino se encienden de golpe.

 La borrachera se le baja como si alguien hubiera abierto una ventana al invierno. golpea la mesa con el puño. La botella de coñac se tambalea, se pone de pie y pronuncia la frase que quedaría grabada en las memorias de santos como un epitafio. Sé que vienes enviado por mi hermano, quien me ha traicionado. No quiere que lance mi candidatura porque sabe que seré mejor presidente que él.

Desde niños me ha tenido envidia y por eso ahora quiere postular a ese cachorro de Miguel Alemán. Santos lo mira en silencio. Sabe que no va a ceder. Sabe que esa misma noche tendrá que informarle al presidente Manuel Ávila Camacho que su hermano mayor se negó a entrar en razón. Lo que Santos no puede saber todavía, o quizás sí, pero nunca lo confesaría, es que en menos de 30 horas ese hombre que lo está mirando con los ojos encendidos estará muerto en una cama de Puebla.

 Esta es la historia de Maximino Ávila Camacho, el cacique más cruel que jamás tuvo el estado de Puebla, el general que entraba a las oficinas del gobierno a punta de metralleta, el hermano mayor de un presidente que lo amaba lo temía y según muchos firmó en silencio su sentencia de muerte. ¿Cómo llegó un muchacho de la sierra poblana a convertirse en el hombre que tomaba ministerios por asalto? o cómo logró aterrorizar a un estado entero durante décadas sin que nadie pudiera tocarlo.

 Y sobre todo, ¿qué pasó realmente en ese banquete del 17 de febrero? Para entender por qué Maximino Ávila Camacho se consideraba con derecho propio a la presidencia de México, hay que regresar a un pueblo de la sierra norte de Puebla, a una familia de arrieros que nunca imaginó que tres de sus hijos cambiarían el rumbo del país. Tesiutlán. 23 de agosto de 1891.

Nace Maximino, el primero de nueve hermanos, hijo de don Manuel Ávila Castillo, arriero, y de doña Eufrosina Camacho, ama de casa. 5 años después nace Manuel y 8 años después de ese Rafael. Los tres terminarían haciendo carrera militar, pero cada uno tomaría un camino tan distinto que los convertiría en la trinidad más contradictoria de la política mexicana.

Maximino era el mayor y desde niño se comportó como si el apellido Ávila Camacho fuera suyo y de nadie más. Cuando el padre murió en 1908, Maximino tenía 17 años y tomó la jefatura de la familia como un derecho divino. Desde ese día se consideró no solo el hermano mayor, se consideró el padre, el patriarca, el dueño del destino de todos. Esa idea no lo abandonaría nunca.

En 1913, cuando la Revolución Mexicana ardía en todo el país, Maximino ingresó a la escuela de aspirantes. Tenía 21 años. Quería ser oficial del ejército regular. Y de esa misma escuela salió la tropa que apoyó el cuartelazo de Victoriano Huerta contra el presidente Francisco Madero. Poco después, Maximino desertó y se unió a los revolucionarios.

institucionalistas, no por convicción política, por instinto de supervivencia. Había aprendido temprano a identificar al bando ganador. Durante los años siguientes, su carrera militar fue meteórica, teniente coronel a los 29 años, coronel a los 32, general brigadier a los 35. Combatió en todas las facciones triunfantes.

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