Ninguna madre debería tener que enterrar a su propio hijo. Esta es la desgarradora premisa que hoy resuena en la mente de Gloria, la madre de la pequeña Isidora. Con apenas dos años y siete meses, Isidora era la luz de su hogar, la única nieta, la regalona de la familia. Una niña llena de vida, risueña, a la que le encantaba asistir a su jardín infantil y pasar las tardes cocinando junto a su mamá. Sin embargo, toda esa inocencia y alegría fueron borradas de un plumazo el domingo 17 de mayo, en la comuna de Las Condes, Chile. La pequeña perdió la vida de la manera más dolorosa e inconcebible: al caer al vacío desde la ventana del undécimo piso del apartamento de su propio padre.

Lo que debió ser un fin de semana de vínculos, juegos y amor filial se transformó velozmente en una macabra historia de negligencia extrema, mentiras imperdonables y una irresponsabilidad que, a ojos de la opinión pública, raya en lo criminal. Hoy, todo un país conmocionado clama justicia por una muerte que era completamente evitable.
Una mañana que presagiaba lo peor
La relación entre los padres de Isidora no existía en términos de pareja; de hecho, la interacción estaba estrictamente regulada por un régimen de visitas acordado judicialmente desde el mes de marzo. Según las estipulaciones de los tribunales, la niña pasaría un domingo al mes bajo el cuidado de su progenitor, Jorge Constanzo Chávez. La jornada compartida debía comenzar puntualmente a las diez de la mañana y finalizar a las seis de la tarde, momento en el cual la pequeña regresaría a la seguridad y calidez de los brazos de su madre.
Aquel domingo fatídico, Gloria despertó temprano para preparar a su hija. Isidora, emocionada como cualquier niña pequeña que se alista para una nueva aventura, esperaba pacientemente su salida. Pero el reloj marcó las diez en punto y el teléfono de Gloria permaneció en un inusual y tenso silencio. No hubo el típico mensaje de texto de “voy en camino” o “estoy por llegar” que Constanzo solía enviar. Este vacío comunicacional encendió la primera señal de alarma en el instinto de la madre. El hombre llegó con casi una hora de retraso, evidenciando un comportamiento inusual y arrastrando consigo los pesados vestigios de una madrugada de la que Gloria no tenía la más mínima idea. A pesar del retraso y de las extrañas circunstancias, la madre decidió permitir que se llevara a la niña. Confiaba ciegamente en que la ley y los acuerdos firmados protegerían a lo que más amaba. Tristemente, estaba muy equivocada.
Una noche de excesos y alcohol
La investigación forense y policial posterior se encargaría de sacar a la luz los oscuros y repudiables detalles de las horas previas a la recogida de la niña. Lejos de descansar y prepararse física y mentalmente para asumir su vital rol como cuidador de una menor de edad en etapa de exploración activa, Jorge Constanzo había decidido priorizar su propia diversión nocturna. La noche del sábado 18 de mayo —amanecer del domingo— el hombre fue visto compartiendo en el salón social de su propio edificio, donde permaneció de fiesta hasta pasada la una de la madrugada. Pero la noche de juerga no concluyó ahí.
Según los reportes que obran en poder de la fiscalía, Constanzo abandonó el complejo residencial para dirigirse a una discoteca local, lugar del que regresó a su apartamento alrededor de las cinco de la mañana. Solo unas pocas horas después, este hombre, lógicamente agotado y bajo los innegables efectos de una severa resaca, se presentó en el domicilio de Gloria para llevarse a su hija. Por si fuera poco, los fiscales sostienen en su investigación que, durante el almuerzo de ese mismo domingo, el padre volvió a consumir alcohol. Las piezas del desastre comenzaban a encajar de la forma más letal: un adulto exhausto, bajo la persistente influencia del alcohol, asumiendo la supervisión exclusiva de una niña muy pequeña e inquieta, dentro de un apartamento ubicado a decenas de metros de altura.
La trampa mortal: Mentiras, mallas de seguridad y avaricia
Uno de los puntos más indignantes de esta tragedia radica en la existencia de un acuerdo judicial explícito sobre las medidas de seguridad del apartamento. El documento legal, redactado, revisado y firmado por abogados de ambas partes meses atrás, establecía como condición absoluta e innegociable que la vivienda de Constanzo debía contar con mallas de protección instaladas en todas sus ventanas. No era una sugerencia ni una recomendación decorativa; era el único requisito vital para que un juez autorizara el régimen de visitas.

El hombre tuvo más de un mes calendario para coordinar y ejecutar esta instalación. De manera verbal, le aseguró tajantemente a Gloria que las mallas ya estaban colocadas y que el departamento era cien por ciento seguro para recibir a Isidora. Sin embargo, su afirmación ocultaba una trampa mortal y engañosa. Constanzo solo instaló la red de protección en el ventanal principal de la sala, precisamente el único que era visible desde la concurrida Avenida Apoquindo. Cualquiera que mirara hacia el piso 11 desde la calle pensaría que el lugar cumplía con toda la normativa legal. Pero la ventana lateral, ubicada en otra habitación y que sería el escenario de la tragedia, carecía de cualquier tipo de resguardo o seguro.
Lo más escalofriante es la increíble frialdad e indiferencia que se esconde detrás de esta fatal omisión. Gloria ha revelado que, días después de firmar el acuerdo judicial de visitas, el padre le envió un correo electrónico donde le adjuntaba el presupuesto total de la instalación de las mallas, exigiéndole sin ningún pudor que ella pagara la mitad de las obras de seguridad para un apartamento que no le pertenecía. Cuando el equipo legal de Gloria respondió de forma contundente que los gastos de adecuación del domicilio del padre debían correr estrictamente por su propia cuenta, Constanzo jamás volvió a contestar. Prefirió ahorrarse unos cuantos billetes y dejar el 50% de su apartamento convertido en un abismo abierto al vacío. Como dolorosamente reflexiona la madre hoy: “Cualquiera con un mínimo uso de razón pone mallas en las ventanas hasta para proteger a sus gatitos o mascotas. Es insólito, desgarrador e incomprensible que no haya sido capaz de hacer eso por la vida de su propia hija”.
El silencio del piso 11: 40 minutos durmiendo tras la caída
El irreversible desenlace de esta grotesca cadena de negligencias tuvo lugar pocas horas después de que la niña llegara al apartamento. Completamente vencido por el pesado cansancio de su amanecida en la discoteca y el consumo de alcohol, Jorge Constanzo se fue a su habitación y se quedó profundamente dormido. Dejó a una niña de dos años y siete meses vagando sola por el amplio apartamento, totalmente a merced de su inocente curiosidad infantil y sin la más mínima supervisión adulta.
La ventana lateral del cuarto adyacente estaba abierta de par en par. No había mallas, rejas ni cerrojos. En un instante de juego o simple curiosidad por asomarse, la pequeña Isidora se precipitó al vacío desde el undécimo piso, sufriendo un impacto brutal contra el suelo que le arrebató su corta vida de manera instantánea.
Pero el horror y la indignación de este relato alcanzan niveles inimaginables al conocer lo que ocurrió inmediatamente después. Mientras el frágil cuerpo de la niña yacía sin vida en el exterior del edificio rodeado de transeúntes atónitos, el padre biológico seguía roncando plácidamente en su cama. Transcurrieron unos interminables y angustiosos 40 minutos desde el accidente fatal, y Constanzo no se percató de nada. Fueron los propios vecinos del complejo residencial quienes, consternados por el horror en la planta baja, comenzaron a recorrer el edificio, subiendo piso por piso y golpeando puerta por puerta para intentar descubrir de qué apartamento había caído la menor.
Cuando la búsqueda vecinal finalmente llegó a la puerta del piso 11, tuvieron que aporrearla fuertemente para lograr despertarlo. Los testigos de aquel momento relatan con repulsión que el hombre abrió la puerta arrastrando los pies, con un evidente aliento alcohólico y mostrando una total y absoluta desorientación. Fue en ese patético escenario, rodeado de vecinos escandalizados, cuando este padre se enteró de que había perdido a su hija por preferir dormir.
Una llamada que destruyó un hogar
