10 de enero de 1989, Ciudad Madero, Tamaulipas. 3 de la madrugada. 100 soldados rodean una casa en silencio. Vienen de la Ciudad de México. Nadie en Tamaulipas fue informado. Ningún policía del estado, ningún funcionario municipal, ningún general de la región, porque en esta región todos trabajan para el mismo hombre.
De repente, un disparo de bazuca ilumina la madrugada. Los vecinos se despiertan, algunos se tiran al piso, otros asoman por las ventanas sin entender qué ocurre. Lo que está pasando no es solo un arresto, es un mensaje. Dentro de esa casa está Joaquín Hernández Galicia, Laquina, el hombre que durante 31 años nombró presidentes municipales, jueces, rectores, diputados federales y gobernadores.
El hombre al que cinco presidentes de México nunca se atrevieron a tocar. Pero el que ordenó este operativo lleva apenas 41 días en el poder. Es el presidente más cuestionado de la historia moderna de México, el que ganó una elección que todo el país sabe que fue robada. Y esta noche, Carlos Salinas de Gortari le envía un mensaje a toda la nación que aunque nadie lo respete como presidente, todos le van a temer.
Esta es la historia del cacique más poderoso que México jamás produjo y del hombre más débil que finalmente lo destruyó. Pero para entender lo que pasó esa madrugada, hay que retroceder décadas. Hay que volver a un puerto petrolero del norte de Veracruz. A los años en que México descubría que debajo de su suelo había una riqueza que podía cambiarlo todo y a un joven sin nombre, sin dinero, sin influencias, que decidió que esa riqueza también le pertenecía a él.
o que la gente necesita para vivir, controla a la gente. Durante la presidencia de López Mateos, La Quina consolidó su posición dentro del sindicato con una velocidad que sorprendió a sus rivales.
Para mediados de los años 60 ya no era solo el líder de una sección regional, era el hombre que decidía quién mandaba en todo el sindicato petrolero. No siempre ocupó el cargo formal de secretario general. Eso no le importaba porque en México el poder real nunca está en el título. Está en saber quién ocupa el título y asegurarse de que esa persona te deba todo.
A mediados de los años 60 algo cambió en Ciudad Madero. La ciudad empezó a transformarse de una manera que ningún plan de gobierno había logrado. Galles pavimentadas donde antes había terracería, escuelas construidas en barrios que nunca habían tenido una, mercados, canchas deportivas, centros de salud.
No los había construido el gobierno federal, no los había construido el gobierno estatal, los había construido la quina con dinero del sindicato, con contratos que él mismo negociaba, con empresas que él mismo controlaba. Joaquín Hernández Galicia estaba construyendo algo que iba mucho más allá de un gremio obrero. Estaba construyendo un imperio y ese imperio tenía reglas muy claras.
La primera regla era la lealtad. Quien recibía un favor de la quina sabía que tarde o temprano tendría que devolverlo. No en dinero, en obediencia, en votos, en silencio cuando era necesario callar. La segunda regla era la permanencia. Los líderes que él colocaba en los puestos sindicales no llegaban ahí por mérito propio.
Llegaban porque la quina los eligió y podían irse en cualquier momento si dejaban de servirle. La tercera regla era la expansión. El sindicato no debía limitarse a defender salarios. debía meterse en los negocios, en la política local, en la vida cotidiana de cada trabajador y cada familia de la región. Para finales de los años 60, el imperio de la Quina incluía 72 granjas agrícolas, fábricas de ropa, fábricas de jabón, gasolineras, hoteles, funerarias, clínicas dentales y hasta salas de cine.
150,000 trabajadores sindicalizados en todo el país. 250,000 familias que dependían directa o indirectamente de sus decisiones. era un estado dentro del Estado y ese Estado tenía su propio sistema de justicia informal, sus propios mecanismos de recompensa y castigo, sus propios criterios para decidir quién prosperaba y quién no en las comunidades petroleras del Golfo.
Pero el poder de la quina no se detenía en los límites del sindicato. Desde mediados de los años 60 comenzó a extenderse hacia la política formal. Los presidentes municipales de Ciudad Madero y de otras ciudades petroleras de Tamaulipas y Veracruz no llegaban al cargo sin su aprobación. Los diputados federales de la región le debían su postulación.
Los jueces locales sabían de qué lado convenía fallar cuando el sindicato tenía intereses en juego. Los rectores de universidades regionales, los delegados de dependencias federales, los jefes de policía, todos formaban parte de una red invisible que gravitaba alrededor de un solo hombre y ese hombre nunca necesitó ocupar un cargo de elección popular para ejercer ese control.
Esa era quizás su jugada más brillante, porque los presidentes, los gobernadores, los diputados, todos tenían un mandato con fecha de vencimiento. Llegaban, gobernaban 6 años y se iban. La quina se quedaba siempre se quedaba. Cuando Gustavo Díaz Ordaz llegó a la presidencia en 1964, encontró a La Quina ya sólidamente instalado en su feudo petrolero.
Díaz Oordaz era un presidente que no toleraba la insubordinación. había demostrado en 1968 con la matanza de Tlatelolco, que era capaz de usar la fuerza del Estado sin contemplaciones. Pero a la quina nunca lo tocó porque la quina controlaba el petróleo y el petróleo era en esos años el corazón de la economía mexicana.
Nadie en su sano juicio iba a arriesgar la producción de Pemex por eliminar a un líder sindical incómodo. Ese era el escudo más poderoso de Joaquín Hernández, Galicia. No era su red de contactos, no era su dinero, no era siquiera la lealtad de sus 150,000 trabajadores, era el petróleo. Mientras México dependiera del petróleo y mientras los trabajadores que extraían ese petróleo le obedecieran a él, ningún presidente podía prescindir de su colaboración y la quina lo sabía.
Por eso nunca necesitó amenazar abiertamente a nadie. Le bastaba con recordarle al sistema de vez en cuando lo que podía pasar si alguien decidía hacerlo enojar. Si disfrutas investigaciones profundas sobre figuras y momentos decisivos de la historia de México, suscríbete al canal ahora mismo.
Activa las notificaciones para no perderte ningún video y déjame en los comentarios qué presidente o personaje histórico quieres que investigue después. Tu apoyo es lo que hace posible este trabajo documental. Luis Echeverría llegó a la presidencia en 1970 con una promesa que resonó en todo el país. Apertura democrática. Después del trauma de Tlatelolco en 1968, México necesitaba un presidente que pareciera diferente, más cercano al pueblo, más dispuesto al diálogo, menos autoritario que su antecesor.
Echeverría cultivó esa imagen con esmero, pero detrás de los discursos progresistas y las giras interminables por comunidades rurales, Echeverría era tan pragmático como cualquier otro priista de su generación. Y cuando se trató de Laquina, el pragmatismo se impuso. Echeverría intentó en los primeros años de su gobierno reducir la influencia del cacique petrolero.
Quería demostrar que él mandaba, que el sindicato le respondía al presidente, no al revés. El intento duró poco. La quina no necesitó confrontarlo directamente. Bastó con que el aparato sindical comenzara a mostrar cierta tirantez, con que algunos contratos de Pemex se complicaran, con que la maquinaria de votos en las regiones petroleras empezara a funcionar con menos entusiasmo del habitual.
El mensaje llegó claro y Echeverría como sus antecesores terminó negociando. El pacto era siempre el mismo. El sindicato garantizaba paz laboral, movilización electoral y lealtad al PRI. A cambio, la Quina mantenía su autonomía, sus negocios, su red de poder regional y su capacidad de nombrar a los suyos en los puestos que le interesaban.
Era un matrimonio de conveniencia. Ninguna de las dos partes lo amaba, pero ambas lo necesitaban. Con José López Portillo, que llegó al poder en 1976, la relación tomó un nuevo giro. López Portillo heredó un país con las finanzas tensas, pero con una noticia extraordinaria. El descubrimiento de enormes yacimientos petroleros en el sureste del país.
El campo cantarel en la sonda de Campeche prometía convertir a México en una de las naciones petroleras más importantes del mundo y eso significaba que Pemex y por ende el sindicato iba a crecer de una manera nunca vista. La quina entendió la oportunidad mejor que nadie. Con el boom petrolero de finales de los años 70, el sindicato se expandió a velocidades vertiginosas.
Miles de nuevos trabajadores ingresaron a Pemex. Cada uno de esos trabajadores pasaba inevitablemente por las manos del sindicato para conseguir su contrato, su vivienda, su crédito, y cada uno de ellos se convertía en un eslabón más de la cadena que la quina controlaba. Para 1982, cuando López Portillo terminó su sexenio en medio de la peor crisis económica que México había vivido en décadas, con la devaluación del peso, la nacionalización de la banca y un país hundido en deudas, la quina había acumulado un poder que no
tenía precedentes en la historia del sindicalismo mexicano. Sus críticos calculaban que el patrimonio sindical bajo su control equivalía a varios miles de millones de pesos, 72 granjas, decenas de empresas, una red política que abarcaba dos estados completos y tentáculos en prácticamente todo el país.
Y entonces llegó Miguel de la Madrid. de la Madrid. era un tecnócrata, un economista formado en Harvard, un hombre que creía en los números, en la disciplina fiscal, en la modernización del Estado mexicano. Y desde el primer momento de su gobierno supo que la quina era un problema, un problema enorme. El nuevo presidente quería reducir el gasto de Pemex a ser más eficiente la empresa, eliminar los contratos inflados que el sindicato negociaba año tras año.
quería, en pocas palabras meter al sindicato en cintura. Durante 6 años lo intentó, durante 6 años fracasó. Cada vez que de la Madrid presionaba, Laquina respondía con la misma lógica de siempre, con la misma demostración silenciosa de lo que podía pasar si alguien decidía empujar demasiado. El sindicato era intocable.
Cinco presidentes, tres décadas. Y la respuesta siempre había sido la misma. Nadie se atreve. Pero en 1988 algo cambió, algo que la quina no vio venir, o quizás sí vio venir, pero creyó que podía controlar. Ese año México celebró elecciones presidenciales y por primera vez en la historia del PRI el resultado no estuvo claro desde el principio.
Las elecciones de 1988 fueron las más turbias de la historia moderna de México. El candidato del PRI era Carlos Salinas de Gortari, economista, tecnócrata, 40 años, hombre de confianza de la Madrid y arquitecto del modelo neoliberal que el gobierno quería imponer al país. El candidato de la oposición más fuerte era Cuautemoc Cárdenas, hijo del presidente más querido de la historia de México, Lázaro Cárdenas, el hombre que había nacionalizado el petróleo en 1938.
un apellido que en las comunidades petroleras del Golfo no era solo un nombre político, era casi una religión. La noche del 6 de julio de 1988, cuando los primeros resultados comenzaron a llegar, ocurrió algo que ningún priista había experimentado antes. El sistema de cómputo electoral se cayó. El gobierno dijo que fue un error técnico, un problema informático, una falla fortuita en el sistema.
México entero supo que era mentira. Cuando el sistema volvió a funcionar, Carlos Salinas aparecía ganando. Las protestas llenaron las calles. Cuautemo Cárdenas denunció el fraude desde el primer momento. Cientos de miles de mexicanos marcharon exigiendo que se contaran los votos. El grito de fue un fraude se convirtió en el sonido de aquella época, pero lo que muy pocos sabían en ese momento era el papel que la quina había jugado en esa elección.
En las regiones petroleras de Tamaulipas y Veracruz, donde el sindicato controlaba comunidades enteras, los trabajadores de Pemex no habían votado por Salinas, habían votado por Cárdenas, no en secreto, no en pequeños números, en proporciones que escandalizaron a la dirigencia del PRI y que llegaron directamente a los oídos del candidato que esa noche reclamaba la victoria.
La quina nunca ordenó formalmente votar por Cárdenas. era demasiado astuto para dejar una huella tan visible, pero tampoco hizo nada por evitarlo. Y eso en el lenguaje del sistema priista era exactamente lo mismo. Carlos Salinas tomó nota. Desde esa noche, el nuevo presidente electo, el más cuestionado de la historia moderna de México, sabía que tenía un enemigo en Ciudad Madero, un enemigo que había demostrado en el momento más crítico que su lealtad tenía límites.
Pero la quina cometió un error que los hombres de poder cometen con frecuencia cuando llevan demasiado tiempo siendo intocables. subestimó a su adversario. Salinas llegó a Los Pinos el primero de diciembre de 1988 en la peor posición política imaginable. La mitad del país no lo reconocía como presidente legítimo. El Partido de la Revolución Democrática de Cárdenas lo perseguía con el grito del fraude en cada acto público.
Necesitaba desesperadamente un golpe de efecto, una demostración de fuerza que le dijera al país y al mundo que aunque su elección fuera cuestionada, su gobierno no iba a ser débil. Y entonces pensó en la quina, porque derribar al cacique más poderoso de México, al hombre al que cinco presidentes no habían podido tocar, era exactamente el tipo de señal que un presidente ilegítimo necesitaba enviar.
Mató dos pájaros de un tiro. Por un lado, eliminaba a un enemigo político que había saboteado su elección y que representaba el mayor obstáculo para privatizar Pemex. Por el otro le demostraba a México que él mandaba, que no era el títere que sus críticos describían, que había llegado al poder para cambiar las reglas del juego.
En las semanas siguientes, a su toma de posesión, Salinas comenzó a mover las piezas en silencio. El operativo tenía que ser perfecto, sin filtraciones, sin aviso, porque en Tamaulipas cualquier información llegaba primero a la quina que al propio gobernador del estado. Por eso los soldados que rodearon aquella casa en Ciudad Madero la madrugada del 10 de enero vinieron de la Ciudad de México.
Por eso nadie en Tamaulipas supo nada hasta que el disparo de bazuca rompió la noche. Pero antes de ese momento, en los primeros días de enero, hubo una última jugada que reveló exactamente lo que estaba por ocurrir. El 8 de enero de 1989, dos días antes del operativo, La Quina presidió una asamblea multitudinaria en Ciudad Madero.
12000 petroleros reunidos y desde el micrófono, con la seguridad del hombre que lleva tres décadas sin que nadie lo toque, lanzó una advertencia directa al nuevo presidente. Si Salinas se atrevía a privatizar Pemex, el sindicato iría a la huelga. Fue su último discurso como hombre libre. La madrugada del 10 de enero de 1989, Ciudad Madero dormía.
No había señales de lo que estaba por ocurrir. Los soldados avanzaron por las calles oscuras con órdenes precisas. Nadie habló por radio más de lo necesario. Nadie encendió sirenas. El operativo estaba diseñado para ser rápido, contundente y sobre todo irreversible. Cuando rodearon la casa de la quina en la colonia Morelos, el cacique todavía estaba dentro.
Dicen que no intentó huir. Quizás porque no lo creyó necesario, quizás porque en 31 años nadie había llegado tan lejos, quizás porque una parte de él todavía pensaba que esto era una negociación más, una presión más, otro intento de un presidente por recordarle quién tenía el título formal del poder. Pero esta vez era diferente.
El disparo de bazuca no era una advertencia, era la señal de que las reglas del juego habían cambiado para siempre. Los soldados entraron a la casa. La quina fue detenido sin resistencia mayor. Junto con él fueron arrestados varios colaboradores cercanos, entre ellos su hijo y otros líderes sindicales de confianza.
El gobierno de Salinas presentó los cargos de inmediato. Acopio ilegal de armas y municiones, homicidio, asociación delictuosa. Las armas, según la versión oficial, habían sido encontradas dentro del domicilio durante el cateo. Un arsenal que el gobierno exhibió ante las cámaras con orgullo.
Rifles, pistolas, municiones, granadas. La quina y sus abogados alegaron desde el primer momento que las armas habían sido sembradas, que el operativo fue un montaje, que el verdadero delito que se le imputaba no estaba en ningún código penal, sino en haber desafiado al presidente equivocado en el momento equivocado. México se partió en dos opiniones.
Había quienes celebraron el arresto como el fin de una era de corrupción sindical, como la prueba de que nadie, por poderoso que fuera, estaba por encima de la ley. Y había quienes veían exactamente lo contrario, un presidente ilegítimo usando el aparato del Estado para eliminar a un enemigo político, fabricando pruebas, enviando un ejército contra un hombre mayor de 66 años en medio de la noche.
Lo que nadie podía negar era el efecto inmediato. En las regiones petroleras la reacción fue inmediata y furiosa. Miles de trabajadores salieron a las calles. En el zócalo de Ciudad Madero, en Tampico, en Posa Rica, los petroleros gritaban consignas, exigiendo la liberación de su líder en la sonda de Campeche, donde operaba el campo Cantarel, que para entonces producía más del 65% del petróleo nacional.
La amenaza de paro técnico puso en alerta a todo el gabinete de Salinas, porque si los trabajadores del mar paraban, México dejaba de producir petróleo y si México dejaba de producir petróleo, el país colapsaba en días. Salinas lo sabía. Por eso el operativo no solo incluyó el arresto de la quina, incluyó la sustitución inmediata de la dirección sindical.
En menos de 48 horas, el gobierno colocó en la Secretaría General del Sindicato a Sebastián Guzmán Cabrera, un hombre leal a Los Pinos. El mensaje era claro. El sindicato seguía existiendo, los trabajadores seguían teniendo representación, pero esa representación ahora obedecía al presidente. La maquinaria que la quina había construido durante 31 años fue desmantelada en dos días.
O eso creyó Salinas, porque en realidad no desmanteló nada, solo cambió de manos. Lo que siguió en los años posteriores demostró que el problema nunca había sido la quina como individuo. El problema era la estructura que él representaba, el pacto entre el sindicato y el poder político, la corrupción institucionalizada que permitía que un solo hombre controlara el recurso más valioso del país en beneficio propio.
Esa estructura sobrevivió al quinazo. sobrevivió con otro nombre, con otro rostro, con otro líder igualmente impune. Pero esa es una historia para más adelante. Por ahora, en enero de 1989, lo que importaba era esto. Joaquín Hernández Galicia, Laquina estaba preso y Carlos Salinas de Gortari, el presidente que nadie respetaba, acababa de convertirse en el hombre que hizo lo que cinco presidentes no se habían atrevido a hacer.
¿Desde dónde nos estás escuchando? Déjame en los comentarios tu ciudad o tu país. Estas historias nos conectan desde todos los rincones donde el español nos une. El proceso judicial contra la quina fue desde el principio una obra de teatro, no porque fuera inocente. La quina había construido su imperio durante tres décadas, usando exactamente los mismos métodos que el sistema priísta usaba para todo.
Corrupción, clientelismo, opacidad, impunidad. era culpable de muchas cosas, pero el juicio no era sobre esas cosas. El juicio era sobre armas que, según sus abogados, nunca habían estado ahí antes de que llegaran los soldados. Sobre cargos construidos con la velocidad de quien ya tiene el veredicto decidido antes de que comience el proceso.
En 1989, Laquina fue condenado a 35 años de prisión. Tenía 66 años. Matemáticamente era una condena de por vida. Sus abogados apelaron, sus seguidores protestaron, algunos periodistas escribieron columnas cuestionando la legalidad del operativo, pero el sistema que había protegido a la quina durante 31 años ahora lo aplastaba con la misma eficiencia con la que antes lo había blindado.

Esa era la paradoja más cruel de su caída, el mismo sistema que lo hizo intocable. era el único que podía destruirlo. Dentro de la prisión, la quina no desapareció del todo. Siguió recibiendo visitas. Siguió siendo consultado por algunos líderes sindicales que no habían olvidado de dónde venían. Siguió siendo para sus leales el jefe legítimo, aunque estuviera entre rejas.
Afuera, el sindicato petrolero vivía su propia transformación. Sebastián Guzmán Cabrera, el hombre colocado por Salinas, no duró mucho. En 1993 fue sustituido por Carlos Romero de Shamps y ahí comenzó un nuevo capítulo en la historia de la corrupción sindical mexicana. Romero de Shamps gobernaría el sindicato petrolero durante más de dos décadas con métodos distintos a los de Laquina, más discreto, menos territorial, más integrado al modelo neoliberal que Salinas había impuesto, pero igualmente impune, igualmente enriquecido, igualmente protegido por el
poder político de turno. La quina tenía razón en algo que nunca se cansó de repetir desde la cárcel. No lo habían arrestado por corrupto, lo habían arrestado por incómodo. Porque si la corrupción sindical hubiera sido el criterio, el sindicato petrolero nunca habría vuelto a funcionar igual después de su caída, pero funcionó décadas más con los mismos vicios, con los mismos pactos, con el mismo dinero fluyendo hacia los bolsillos equivocados.
solo que ahora fluía hacia personas que sabían obedecer a los Pinos. Mientras tanto, México vivía la transformación más profunda de su historia reciente. Salinas impulsó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, privatizó empresas estatales, abrió mercados, cambió la cara económica del país de una manera que sus admiradores llamaban modernización y sus críticos llamaban entrega.
Pemex no fue privatizada en ese sexenio. La quina había amenazado con una huelga si eso ocurría y aunque ya estaba preso, la amenaza latente de los trabajadores petroleros seguía siendo suficiente para frenar ese paso. Pero el sindicato fue domesticado y un sindicato domesticado era para los fines prácticos de la privatización casi lo mismo.
Los años pasaron. Ernesto Cedillo llegó a la presidencia en 1994 después del año más turbulento de la historia reciente de México. El levantamiento zapatista en Chiapas, el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, el asesinato del líder del PRI, José Francisco Ruis Maie, un país en llamas.
Y en ese contexto, en 1997, Cedillo tomó una decisión que sorprendió a muchos. Ordenó la liberación de Joaquín Hernández Galicia. La justificación oficial fue humanitaria. La Quina tenía 74 años y problemas graves de salud. Había cumplido 8 años de los 35 a los que fue condenado. Los críticos dijeron lo que era evidente, que el sistema que lo había encarcelado lo dejaba salir cuando ya no representaba ninguna amenaza real, cuando era simplemente un viejo enfermo que ya no podía mover piezas en el tablero. Laquina salió de prisión en
silencio, sin discursos, sin multitudes, sin el aparato que durante décadas había puesto y quitado presidentes municipales, jueces y diputados. Solo un hombre viejo caminando hacia la libertad que el sistema le devolvía cuando ya no le importaba dársela. Joaquín Hernández Galicia salió de prisión en 1997 como había entrado sin pedir perdón.
En los años que siguieron a su liberación, Laquina se instaló en Tampico. Vivía con discreción. Recibía visitas de viejos leales que no habían olvidado lo que él representó. Concedía entrevistas ocasionales a periodistas que querían escuchar su versión de los hechos y su versión nunca cambió. siempre dijo lo mismo, que las armas fueron sembradas, que el operativo fue un montaje político, que Salinas lo encarceló no por sus crímenes, sino por su independencia, por haberse negado a ser un instrumento dócil en manos de un
presidente que necesitaba demostrar que mandaba. Tenía razón. La respuesta honesta es que probablemente tenía razón en una cosa y estaba equivocado en otra. tenía razón en que su arresto fue fundamentalmente político. Las circunstancias del operativo, la velocidad del juicio, la rapidez con la que el gobierno colocó a un sustituto leal en el sindicato, todo apuntaba a una decisión tomada mucho antes de que se encontrara cualquier arma, pero estaba equivocado si creía que eso lo convertía en víctima inocente, porque La
Quina no era inocente. Durante 31 años había usado exactamente los mismos métodos que el sistema usaba para todo. Había comprado lealtades, había amenazado a quienes se le oponían, había construido un imperio con dinero que en teoría debía pertenecer a los trabajadores que decía representar. Era parte del mismo sistema que lo destruyó, solo que llegó el momento en que el sistema ya no lo necesitaba.
Y los sistemas cuando dejan de necesitar a alguien no le mandan una carta de despedida, le mandan soldados a las 3 de la madrugada. En sus últimos años La Quina observó desde Tampico como el país que él había conocido se transformaba de maneras que quizás no esperaba. Vio como el PRI perdía la presidencia por primera vez en 71 años, cuando Vicente Fox ganó las elecciones del año 2000.
vio como Pemex seguía siendo pública en el papel, pero se vaciaba por dentro con contratos leoninos, con deudas crecientes, con una producción que caía año tras año. Vio como Carlos Romero de Shamps, el hombre que heredó su sindicato, vivía con una ostentación que escandalizaba incluso a los estándares del México priista.
Jades, departamentos de lujo en Miami, hijos con fortunas inexplicables, todo lo que le habían reprochado a él multiplicado por 10 sin que nadie lo tocara. Eso debió dolerle de una manera particular, no porque le importara la justicia en abstracto, sino porque confirmaba lo que siempre había sospechado, que el problema nunca fue lo que él hacía, el problema fue que dejó de ser útil.
En sus entrevistas de aquellos años, Laquina hablaba con la mezcla extraña de amargura y orgullo que tienen los hombres que saben que dejaron una marca en la historia, aunque esa marca no sea exactamente la que ellos hubieran elegido. acordaba los hospitales que había construido, las escuelas, las viviendas para trabajadores que antes dormían en galerones, las comunidades petroleras que antes no tenían nada y que bajo su gestión adquirieron servicios que el Estado nunca les habría dado y en eso también tenía razón. El ccicazgo de la
quina no era solo explotación y corrupción, era también, a su manera perversa, una forma de redistribución. Un sistema donde el que mandaba se llevaba demasiado, pero donde los que obedecían recibían algo a cambio. No era justicia, era un pacto. Un pacto que durante tres décadas millones de familias petroleras consideraron aceptable porque era lo único que tenían.
Esa es quizás la lección más incómoda de su historia, que el poder de la quina no se explicaba solo por su astucia o su brutalidad, se explicaba por qué llenaba un vacío que el Estado mexicano nunca quiso llenar. La quina, el cacique más poderoso de México, parte 9 de el 11 de noviembre de 2013, Joaquín Hernández Galicia murió en Tampico.
Tenía 91 años. murió en su cama, en su ciudad, rodeado de los pocos leales que quedaban, sin escándalos de último momento, sin declaraciones dramáticas, con la misma discreción que había adoptado desde el día que salió de prisión, 16 años antes. Los titulares fueron breves. El hombre que durante décadas había dominado las primeras planas de los periódicos mexicanos se fue del mundo casi en silencio.
Una nota necrológica. algunos testimonios de extrabajadores, una que otra columna de opinión recordando el quinazo de 1989 y nada más. Así terminó el hombre que cinco presidentes no pudieron tocar. Pero su historia no terminó ahí, porque todo lo que vino después de su caída habla más de él de lo que cualquier biógrafo podría escribir.
Carlos Romero de Shamps, el líder que lo sustituyó, gobernó el sindicato petrolero durante 26 años, hasta 2019, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador llegó al poder y Romero de Shamp renunció antes de que lo alcanzara la misma madrugada que alcanzó a La Quina 30 años antes, pero el daño ya estaba hecho.
PEMEX llegó al año 2019 convertida en la empresa petrolera más endeudada del mundo, con una deuda de más de 106,000 millones de dólares con una producción que había caído a menos de la mitad de su máximo histórico. El sindicato que La Quina construyó como instrumento de poder personal se convirtió en las décadas siguientes en instrumento de saqueo sistemático, distinto en estilo, idéntico en esencia.
Y Pemex pagó el precio. México pagó el precio. Los trabajadores petroleros pagaron el precio. Mientras tanto, Carlos Salinas de Gortari, el presidente que derribó a la quina, el hombre que llegó al poder en medio del mayor fraude electoral de la historia moderna de México, terminó su sexenio en 1994 en medio de otro escándalo.
Su hermano Raúl fue arrestado por enriquecimiento ilícito y vínculos con el narcotráfico. El candidato presidencial del PI, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado. El peso colapsó en diciembre de ese año en una crisis económica devastadora que los mexicanos llamaron simplemente el error de diciembre. Salinas abandonó México.
Vivió durante años en el extranjero. Regresó eventualmente, nunca fue juzgado por nada. El hombre que había enviado 100 soldados con una bazuca a arrestar a un líder sindical de 66 años terminó su historia pública como un fantasma incómodo que el por prefería no mencionar. La quina desde su tumba podría haber sonreído.
Porque si algo demostró la historia de ambos hombres, es que en México el poder nunca destruye a nadie permanentemente, solo los reordena, solo decide quién cae primero. Y al final el sistema que produjo a Laquina, ese sistema de pactos, de lealtades compradas, de impunidades negociadas, sobrevivió a los dos. sobrevivió al cacique que lo encarnó durante tres décadas.
Sobrevivió al presidente que creyó haberlo derrotado en una madrugada y sigue ahí transformado con otros nombres y otros rostros, esperando producir la próxima versión de la misma historia. Porque esa es quizás la pregunta más difícil que nos deja Joaquín Hernández Calicia. No si era bueno o malo, no si merecía o no merecía la cárcel, sino esto.
Un sistema que necesita caciques para funcionar puede alguna vez prescindir de ellos. Si has llegado hasta aquí, quiero preguntarte algo. ¿Conocías esta historia? ¿Te sorprende lo que acabas de descubrir sobre el hombre más poderoso que el sindicalismo mexicano jamás produjo? déjame saber en los comentarios y cuéntame qué otras historias del poder en México quieres que investigue aquí en este canal.
Las historias que los libros de texto omiten son exactamente las que más nos importan o simplemente los cambia uno por uno hasta que alguien más se atreve a hacer la pregunta de nuevo. Oh.