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Embarazada y sin nadie, fue al rancho del único hombre que la amó, pero lo que él guardaba…

Ella intentó sonreír. No pudo.

—No tenía a dónde ir.

Mateo miró su barriga.

Luego sus manos temblorosas.

Luego la maleta hundida en el barro.

Algo se rompió en su mirada.

—¿Quién te hizo esto?

Alma soltó una risa pequeña, rota.

—Sería más fácil decir quién no.

Mateo la tomó en brazos antes de que ella pudiera protestar.

Y en ese momento, desde la puerta de la casa, una voz infantil dijo:

—Papá, ¿quién es esa señora?

Alma levantó la cabeza.

Un niño de unos seis años estaba en el porche, descalzo, con un pijama azul y el pelo revuelto. Tenía los ojos negros de Mateo.

Pero la forma de la boca…

La forma de la boca era de ella.

Alma dejó de respirar.

El niño la miró con curiosidad.

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