La colonia Jalpa, ubicada en la alcaldía Iztapalapa, Ciudad de México, ha sido escenario de un suceso que ha sacudido los cimientos de la tranquilidad vecinal, superando los límites de la tragedia humana. Lo que inicialmente se percibió como un comportamiento errático y sospechoso por parte de un joven habitante, culminó en el descubrimiento de un crimen atroz que hoy mantiene a toda la comunidad sumida en el estupor, la indignación y un miedo profundo. El lugar de los hechos fue una vivienda situada en la calle Cerrada de Cucarachas, un espacio donde, detrás de una puerta cerrada, se escondía un secreto dantesco oculto bajo el lecho de un dormitorio.
Todo comenzó durante la noche del viernes 15 de mayo de 2026. Según los testimonios recopilados por las autoridades y los desgarradores relatos de los familiares, don David Antonio Andrade Pérez desapareció misteriosamente tras una acalorada y violenta discusión con su hijo, Lucas Diego N, d
e 19 años. El detonante de esta disputa, según los indicios preliminares, fue la negativa del padre a entregar dinero a su hijo, quien desde hace mucho tiempo enfrentaba un profundo problema de adicción a las sustancias.
Tras la desaparición de don David, sus familiares comenzaron a indagar sobre su paradero, preocupados por la falta de comunicación. Sin embargo, se toparon con una pared de frialdad y cinismo construida por Lucas. Cada vez que alguien preguntaba por su padre, el joven ofrecía la misma versión, con una calma que hoy resulta escalofriante: “Se fue a un retiro espiritual y tardará varios días en regresar”. Pero la realidad que vivía dentro de esas cuatro paredes era infinitamente más cruel, marcando el inicio de un encubrimiento que duraría varios días.
Un olor imposible de ocultar
Con el paso de las horas y los días, la situación dentro de la vivienda comenzó a volverse insostenible para el entorno. Los vecinos empezaron a notar detalles extraños: las ventanas permanecían permanentemente cerradas, a pesar de que el clima en Iztapalapa no lo justificaba. Pronto, un olor penetrante, fétido y dulce empezó a emanar de la propiedad, filtrándose a las casas aledañas. La respuesta de Lucas ante el cuestionamiento de los vecinos fue cínica y premeditada: alegaba que estaba limpiando restos de comida echada a perder y que el uso constante de grandes cantidades de cloro —que compraba repetidamente en comercios locales— era necesario para eliminar el “mal olor” de la supuesta basura.
Para el lunes 18 de mayo, el hedor era sencillamente insoportable, descrito por los testigos como un olor a “carne podrida” que se adentraba en el aire de la zona, haciendo imposible continuar con la vida normal. Los familiares de don David, ante la creciente sospecha y la angustia de no tener noticias reales del hombre, decidieron tomar cartas en el asunto y confrontar la situación.

El hallazgo macabro
Al llegar al domicilio, la presencia de la familia alteró los planes de Lucas. Al notar que sus tías, hermanas de su padre, estaban decididas a entrar a la vivienda, el joven no dudó ni un segundo: rompió una ventana y huyó a toda velocidad por las calles de Iztapalapa. La escena de su fuga, captada y difundida posteriormente, quedó grabada en la memoria de los testigos como un momento de pánico y huida.
Al ingresar al inmueble, la escena que encontraron fue dantesca. En una de las habitaciones, oculto debajo de la cama y envuelto en un cobertor de cuadros, hallaron el cuerpo de don David. Fue en ese momento cuando el grito desgarrador de una de las tías alertó a los presentes: “¡Aquí lo tiene!”. Las investigaciones posteriores de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México revelaron signos de violencia extrema en el cuerpo, incluyendo el desprendimiento de piel en la zona de la espalda, un detalle que subraya la brutalidad desmedida del acto y la falta total de humanidad.
Un trasfondo de adicciones y falta de oportunidades
Este caso ha puesto sobre la mesa, una vez más, el debate urgente sobre la atención a la salud mental y la crisis de adicciones que fractura a miles de familias mexicanas. Según sus allegados, Lucas Diego N era un joven que no estudiaba ni trabajaba, y cuya conducta se había deteriorado drásticamente debido a su consumo de sustancias. En el pasado, había ingresado a diversos centros de rehabilitación, pero, al parecer, las intervenciones fueron insuficientes para contener la espiral de violencia. La tragedia subraya cómo la adicción, cuando no se trata a tiempo y con los recursos adecuados, puede transformar los vínculos familiares más sagrados en escenarios de horror.
La justicia sigue en marcha

A día de hoy, Lucas Diego N permanece prófugo de la justicia. Las autoridades capitalinas han desplegado operativos constantes para localizarlo, considerándolo una persona potencialmente peligrosa tanto para sí mismo como para la ciudadanía. La Fiscalía mantiene abierta la carpeta de investigación, recabando pruebas periciales dentro de la vivienda y tomando declaraciones para esclarecer cada detalle de esta tragedia.
Mientras tanto, los habitantes de la colonia Jalpa intentan procesar el horror vivido en su comunidad. El caso de don David no es solo una crónica roja más; es un recordatorio doloroso de la fragilidad de los vínculos familiares cuando son interceptados por la violencia extrema. Las autoridades han hecho un llamado a la ciudadanía para aportar cualquier información que permita ubicar al responsable, cuya huida ha dejado una herida abierta en quienes lo conocieron. La justicia para don David es la prioridad inmediata, en espera de que el silencio que invadió esa calle de Iztapalapa sea finalmente reemplazado por la resolución del caso y el castigo correspondiente para un crimen que ha dejado al país en estado de shock.