El helicóptero sobrevolaba el cráter a 500 m de altura cuando el artillero vio algo que no correspondía. El cráter del volcán inactivo estaba cubierto de vegetación tropical, elchos gigantes, musgos, árboles que crecían torcidos por el viento, enredaderas que tapizaban las paredes de roca volcánica negra como una alfombra verde.
Era un ecosistema cerrado, un mundo dentro del mundo, un jardín vertical encajado en un agujero de 300 m de diámetro que el volcán dejó cuando se apagó hace miles de años. Desde el aire parecía una taza verde gigante clavada en la sierra de Colima. Pero en una esquina del fondo del cráter, entre la vegetación, el artillero vio un destello, un reflejo de sol sobre metal, algo que no debería estar ahí, porque en un cráter volcánico cubierto de selva, el metal no crece en los árboles.
El artillero le avisó al piloto. El piloto hizo una segunda pasada más baja y en esa segunda pasada, con la cámara del helicóptero enfocando el fondo del cráter, vieron lo que el destello escondía. techos de lámina camuflados con vegetación, estructuras construidas contra la pared interior del cráter, senderos de tierra compactada entre los árboles y personas, personas que al escuchar el helicóptero corrían a esconderse debajo de los techos de lámina como hormigas que se meten a su hormiguero cuando sienten la vibración de un pie acercándose.
Los gafes bajaron al cráter tres días después, no en helicóptero, porque aterrizar en el fondo de un cráter volcánico cubierto de vegetación es suicida. Bajaron a pie por una ruta que los operadores del Cesta NG habían tallado en la pared interior del cráter, una escalera de roca y metal empotrada en la pendiente zigzagueando entre los elechos y las raíces, bajando 150 m desde el borde del cráter hasta el fondo.

Una escalera que tardó meses en construirse y que era el único acceso terrestre a la base que el CJNG había montado en el interior de un volcán inactivo de la sierra de Colima. 93 personas fueron detenidas en el cráter. 93 sicarios del CJNG que vivían y operaban desde el interior de un volcán, con dormitorios excavados en la roca volcánica, con un laboratorio de procesamiento de drogas sintéticas montado en una cueva natural de la pared del cráter, con un sistema de agua alimentado por la lluvia que se acumula en el fondo, con un huerto de marihuana
y amapola que crecía en la tierra fértil del suelo volcánico y con un arsenal que los peritos tardaron dos días en subir por la escalera de roca Porque cada caja de armas tenía que ser cargada a mano por la pendiente de 150 m. Un volcán convertido en fortaleza, un cráter convertido en cuartel, la geología convertida en arquitectura militar.
Es el caso más extremo de aprovechamiento del terreno natural que hemos cubierto en este canal. Y lo que encontraron dentro del cráter redefine una vez más los límites de lo que creíamos posible. Colima, el estado más pequeño de México después de Tlaxcala, un estado que cabe entero dentro de la zona metropolitana de Guadalajara, un estado con menos de 800,000 habitantes, un estado que la mayoría de los mexicanos conocen por dos cosas.
el volcán de Colima, que es de los más activos de México, y los limones, que se producen ahí en cantidades que abastecen medio país. Pero Colima es también un estado que comparte frontera con Jalisco y con Michoacán. Está encajado entre los dos estados donde el CJNG tiene su presencia más fuerte. Es un corredor natural entre la sierra de Jalisco y la costa del Pacífico.
Y su sierra, la sierra de Manantlán y la Sierra del volcán, es una zona montañosa de acceso difícil donde la presencia del estado se diluye con cada kilómetro de altitud. El volcán donde el SEGTE ANG montó su base no es el volcán de Colima activo, el de fuego, el que aparece en las noticias cuando erupciona.
Es un volcán inactivo, mucho menos conocido, sin nombre turístico, ubicado en la sierra entre Colima y Jalisco, a una altitud de unos 2,000 m. Un volcán que se apagó hace miles de años y que dejó un cráter amplio de 300 m de diámetro y 150 m de profundidad que con el tiempo se cubrió de vegetación tropical alimentada por la humedad que se condensa en las paredes del cráter.
Es un cráter que no aparece en las guías turísticas, que no tiene sendero marcado, que no tiene letrero ni mirador. Para llegar al borde hay que caminar horas por la sierra, por veredas de cazadores y leñadores, subiendo entre pinos y encinos hasta que el terreno cambia a roca volcánica y el bosque se abre en un borde circular que mira hacia un abismo verde.
Pocos locales conocen el cráter. Los cazadores de la sierra lo usan como punto de referencia. Más allá del cráter están los venados. Los leñadores lo evitan porque las paredes son empinadas y da miedo caerse. Y los que han bajado alguna vez al fondo cuentan que el aire ahí abajo es diferente, húmedo, cálido, con un olor a tierra volcánica y a vegetación podrida que se pega a la ropa.
El CJ encontró el cráter hace aproximadamente 3 años. Según los interrogatorios. Un guía de la sierra, un cazador local que conocía la zona como La palma de su mano, fue contactado por el cártel para que los llevara a un lugar apartado y protegido donde pudieran montar una operación sin ser detectados. El cazador los llevó al cráter.
Los mandos del CJNG bajaron. Miraron las paredes de roca, la cueva natural en la pared norte, el manantial de agua que brota del fondo, la vegetación que cubre todo y que hace invisible cualquier cosa que se construya debajo. Y dijeron, “Aquí quiero hablar del cazador porque su historia es un microcosmos de cómo el CJNG coota a las personas que conocen el terreno. El cazador tenía 56 años.
Había nacido y crecido en un pueblo de la sierra de Colima. Conocía cada vereda, cada arroyo, cada cueva, cada rincón de la sierra. Era el tipo de hombre al que los ingenieros forestales consultaban cuando necesitaban información sobre rutas, sobre fauna, sobre la geografía del terreno. Sabía dónde estaban los manantiales, dónde anidaban las águilas, dónde había cuevas que no aparecían en ningún mapa.
Era un repositorio viviente de conocimiento geográfico acumulado en cinco décadas de caminar la sierra. El sejo TNG lo contactó a través de un intermediario del pueblo. Le ofrecieron dinero por guiar a unas personas a un lugar apartado. 10,000 pesos por una caminata de un día. El cazador aceptó. Los llevó al cráter, les mostró la cueva, les mostró el manantial, les explicó cómo bajaba el agua de lluvia por las paredes, les dijo que la tierra del fondo era la mejor tierra de la sierra, negra como el carbón, ahí crece lo que sea. El cazador no sabía, o dice
que no sabía, que sus clientes eran del CJNG. Les guió al cráter pensando que eran inversionistas interesados en el ecoturismo, según declaró. Es posible. También es posible que sabía exactamente quiénes eran y que los 10,000 pesos fueron suficientes para no preguntar. La sierra de Colima es territorio del CJNG.
Todo el mundo en la sierra sabe quién manda. Y cuando alguien con dinero te pide que lo lleves a un lugar apartado, no preguntas para qué. El cazador fue detenido como parte del operativo. No estaba en el cráter, estaba en su pueblo, a una hora de caminata del volcán. Los soldados lo encontraron en su casa con sus rifles de cacería, sus trampas para venado y su conocimiento enciclopédico de la sierra, que ahora va a ser utilizado como evidencia en su contra, porque sin el cazador, el CJNG no habría encontrado el
>
cráter. Él sin su conocimiento del terreno, no habrían sabido de la cueva, ni del manantial, ni de la tierra volcánica donde la marihuana crecía como si alguien la hubiera regado con fertilizante mágico. El cazador fue la llave y ahora la llave está presa. Hay cientos de cazadores como él en las sierras de México, hombres y mujeres que conocen el terreno como nadie y que son los primeros a los que el narcotráfico busca cuando necesita encontrar un lugar donde esconderse.
Los cazadores, los leñadores, los recolectores de miel, los arrieros que cruzan la sierra con sus mulas. Esas personas son el Google Maps humano que el CJNG necesita para operar en terrenos que los mapas oficiales no cubren. Y cada vez que el cártel recluta a uno de ellos, adquiere un conocimiento geográfico que le da ventaja sobre las fuerzas de seguridad que operan con mapas satelitales y GPS, pero que no conocen la vereda que el cazador camina desde niño. 3 años.
3 años de construcción gradual, de bajar materiales por la escalera de roca, de excavar en la pared volcánica, de montar estructuras con lámina y madera, de instalar un laboratorio en una cueva, de plantar marihuana en la tierra negra del fondo del cráter. 3 años durante los cuales el volcán inactivo se convirtió gradualmente en una de las bases de operaciones más inusuales y más protegidas del CJNG en todo el país.
Vamos a describir la base porque la distribución de las instalaciones dentro del cráter aprovecha la geología del volcán de una manera que revela un entendimiento profundo del terreno y una creatividad que roza lo genial. El cráter tenía forma de tazón irregular, con la pared norte más empinada y la pared sur más tendida.
El fondo era relativamente plano, unos 100 m de diámetro, cubierto de una capa de tierra volcánica negra extremadamente fértil, donde la vegetación crecía con una densidad tropical a pesar de la altitud. La humedad del cráter, generada por la condensación de las nubes que pasan por encima y se estancan en el interior como en un embudo, creaba un microclima cálido y húmedo que contrastaba con el clima fresco de la sierra circundante.
La base se distribuía en tres zonas. La zona del fondo era el área habitable. Aquí estaban los dormitorios, el comedor, la cocina, los baños y el área de recreación. Las estructuras eran de madera y lámina galvanizada. construidas entre los árboles del fondo del cráter, con los techos cubiertos de vegetación cortada, que se renovaba periódicamente para mantener el camuflaje aéreo.
Desde el borde del cráter, mirando hacia abajo, las estructuras eran invisibles. Se confundían con la vegetación natural del fondo. Solo cuando estabas dentro del cráter caminando entre los árboles, podías ver las paredes de madera, las puertas, las ventanas. Los dormitorios eran barracas de madera con capacidad para ocho personas cada una, literas dobles, colchones, cobijas.
La temperatura en el fondo del cráter era agradable de día, pero bajaba significativamente de noche, así que las cobijas eran necesarias a pesar de la humedad tropical. Había 10 barracas en total con capacidad para 80 personas. Los 93 ocupantes se apretaban. Algunas barracas tenían literas triples y en algunas personas dormían en hamacas colgadas entre los árboles.
La vida dentro del cráter tenía una cualidad que varios detenidos describieron con la misma palabra: encierro. A pesar de estar al aire libre, a pesar de tener cielo sobre sus cabezas y vegetación alrededor, vivir dentro de un cráter genera una sensación de confinamiento que es diferente a la de un túnel o un búnker, pero igualmente opresiva.
Las paredes del cráter están ahí siempre. No importa hacia dónde mires, ves la pared de roca subiendo 150 m hasta el borde. El cielo es un círculo. El horizonte no existe. El mundo se reduce a 300 m de diámetro y todo lo que hay más allá de las paredes del cráter desaparece de tu percepción. Varios detenidos describieron una sensación que los psicólogos llaman efecto de pozo.
La percepción de que el cielo se estrecha sobre ti, de que las paredes se cierran, de que el espacio se reduce con cada día que pasas adentro. Un detenido de 23 años dijo que después de dos meses en el cráter, cuando finalmente subió a la superficie para una operación, el mundo se veía demasiado grande. El horizonte lo desorientaba, la distancia lo mareaba.
Había perdido la capacidad de percibir la amplitud después de semanas viendo solo las paredes del cráter. Las lluvias eran otro factor que definía la vida dentro del volcán. La sierra de Colima tiene una temporada de lluvias intensa entre junio y octubre. Y en el cráter la lluvia no es como en la superficie.
El cráter funciona como un embudo. El agua de lluvia se escurre por las paredes, se acumula en el fondo y puede inundar las estructuras si no se drena adecuadamente. Los constructores del CJNG habían cavado canales de drenaje en el fondo del cráter para evacuar el agua hacia un punto bajo donde se acumulaba formando un charco permanente que los detenidos llamaban la laguna.
Pero durante las tormentas más fuertes, los canales no daban abasto y el agua subía. Las barracas más bajas se inundaban, los colchones se mojaban, las provisiones se dañaban y los 93 ocupantes pasaban horas achicando agua con cubetas mientras la lluvia caía dentro del cráter como si alguien estuviera vaciando una piscina desde el cielo.
El comedor era una estructura abierta, sin paredes, con techo de lámina y mesas de madera rústica hechas con troncos del propio cráter. La cocina tenía estufas de gas alimentadas con tanques que se bajaban por la escalera desde la superficie. El gas era el suministro más complicado de la base. Cada tanque pesaba 30 kg y tenía que ser cargado a mano por la escalera de 150 m.
Los detenidos describieron el descenso con un tanque de gas al hombro por la escalera de roca como lo peor del trabajo. Peor que las guardias nocturnas. Peor que las operaciones en la sierra. Bajar un tanque de gas por una escalera empinada en un cráter volcánico mientras el sudor te ciega y los mosquitos te comen vivo. Eso era lo peor.
El agua venía de un manantial natural que brotaba de una grieta en la roca de la pared este del cráter. El agua de lluvia que se filtraba a través de la roca volcánica por emergía como un chorro constante que los constructores canalizaron con tuberías de PVC hacia un tanque de almacenamiento. Desde el tanque, el agua se distribuía por gravedad a la cocina, a los baños y a las regaderas que habían instalado en una sección cubierta del fondo del cráter.
El agua era limpia, filtrada naturalmente por la roca volcánica, fría y con un ligero sabor mineral que los detenidos describían como agua de manantial, porque eso era agua de manantial. El volcán les daba agua limpia gratis, la naturaleza al servicio del narcotráfico. La zona de la pared norte era el laboratorio. Aquí es donde el caso da un salto de escala.
La pared norte del cráter tenía una cueva natural, una cavidad en la roca volcánica de unos 30 m de profundidad por 15 de ancho y cuatro de alto, formada probablemente por una burbuja de gas atrapada en la lava cuando el volcán estaba activo hace miles de años. La cueva tenía paredes de basalto negro, suelo de ceniza volcánica compactada y una temperatura constante de unos 18 gr que no variaba con las estaciones.
Era una cámara natural con aislamiento térmico perfecto. El COTNG convirtió esa cueva en un laboratorio de procesamiento de metanfetamina y fentanilo. Las paredes de basalto fueron forradas con plástico grueso para evitar que la humedad de la roca afectara los procesos químicos. El suelo fue nivelado con una capa de concreto.
Se instalaron mesas de acero inoxidable con equipos de reacción, matraces, condensadores, calentadores, agitadores. Se montaron dos líneas de producción independientes, una para metanfetamina y otra para fentanilo, separadas por cortinas de plástico. y se instaló un sistema de ventilación que extraía los gases tóxicos de la producción a través de un ducto que subía por una grieta natural de la roca hasta la superficie del cráter donde se dispersaban en la atmósfera sin ser visibles ni olidos desde el borde.
La cueva como laboratorio tiene ventajas que un espacio construido no tiene. La temperatura constante de 18º es ideal para varios de los procesos de síntesis química que requieren control de temperatura. La roca volcánica absorbe vibraciones y amortigua el ruido de los equipos. La oscuridad natural protege ciertos reactivos que se degradan con la luz y la profundidad de la cueva proporciona un aislamiento natural que dificulta la detección del laboratorio por medios aéreos o satelitales.
Los peritos que evaluaron el laboratorio lo describieron como uno de los más sofisticados que hemos visto fuera de un entorno urbano. Las líneas de producción estaban limpias y bien mantenidas. Los reactivos estaban organizados en estantes etiquetados. Los residuos se manejaban con un protocolo que incluía neutralización química antes del vertido, algo que la mayoría de los laboratorios clandestinos no hacen.
Y la producción era significativa. Los registros encontrados en una computadora del laboratorio indican que en los últimos 12 meses se produjeron más de 400 kg de metanfetamina y 60 kg de fentanilo. 400 kg de metanfetamina y 60 kg de fentanilo producidos en una cueva volcánica en la sierra de Colima. Es una imagen que concentra todo el surrealismo del narcotráfico mexicano.
Un laboratorio de drogas sintéticas operando dentro de un volcán, alimentado por un manantial natural, ventilado por grietas en la roca y protegido por 150 m de pared vertical y 300 m de selva tropical. Los precursores químicos que alimentaban el laboratorio llegaban por la misma ruta que todo lo demás, por la escalera de roca desde la superficie.
Los bidones de acetona, ácido clorídrico, tolueno y otros reactivos se bajaban con cuerdas por la pendiente más empinada de la pared norte, donde los constructores habían instalado un sistema de poleas que permitía descender cargas pesadas directamente hasta la entrada de la cueva. Era un sistema de abastecimiento vertical.
Los bidones bajaban por la polea, se recibían en la plataforma de la entrada de la cueva y se transportaban al interior del laboratorio en carretillas. Los precursores venían de Manzanillo, el puerto del Pacífico, que hemos mencionado en casos anteriores. La ruta Manzanillo Sierra de Colima era corta, unas 3 horas en camioneta por carreteras secundarias y brechas de la sierra.
Los camiones de precursores llegaban a un punto en la sierra, descargaban los bidones y los cargadores los subían a pie hasta el borde del cráter y los bajaban por la polea. Todo de noche, todo a pie, todo a fuerza de músculo humano cargando bidones de 30 kg, cuesta arriba por senderos de sierra a 2000 m de altitud.
Los cargadores eran jóvenes de las comunidades serranas cercanas. El CJNG los contrataba como jornaleros por 1000 pesos la noche. Su trabajo era cargar bidones desde el punto de descarga de la camioneta hasta el borde del cráter, un recorrido de aproximadamente 2 horas cuesta arriba. Algunos sabían lo que cargaban, otros preferían no preguntar.
Todos necesitaban el dinero. La zona de la pared sur era el área agrícola y aquí el caso adquiere una dimensión que si no fuera por todo lo demás sería casi pintoresca. El fondo del cráter, con su tierra volcánica negra y su microclima húmedo y cálido, era un espacio agrícola excepcional.
La tierra volcánica es rica en minerales, la humedad es constante, la temperatura es estable y la protección del cráter contra el viento crea un ambiente de invernadero natural, donde las plantas crecen con una exuberancia que los agricultores de la superficie envidiarían. El CJNG aprovechó esas condiciones para cultivar marihuana y amapola en el fondo del cráter.
Las plantas de marihuana crecían entre los elechos y los árboles nativos camufladas por la vegetación circundante. Las plantas de amapola, más difíciles de esconder por sus flores de colores vivos, estaban concentradas en una sección de la pared sur, donde la vegetación natural era más densa y donde los techos de lámina con vegetación encima impedían la detección aérea.
Los peritos estimaron que el cultivo del cráter producía aproximadamente 200 kg de marihuana y 15 kg de goma de opio al año. No son cantidades enormes comparadas con las plantaciones de la sierra de Sinaloa o de Guerrero, pero son cantidades significativas para un cultivo que opera en un espacio protegido de toda detección y que no requiere inversión en infraestructura de riego porque la naturaleza lo proporciona todo.
La marihuana y la amapola del cráter no eran el producto principal de la base, eran un complemento. El producto principal era la metanfetamina y el fentanilo del laboratorio de la cueva. Pero el cultivo cumplía dos funciones adicionales. Proporcionaba ingresos extra para la célula y, curiosamente, proporcionaba empleo para los miembros del grupo que no tenían funciones técnicas o de combate.
Los que no sabían operar el laboratorio, los que no sabían usar un rifle con precisión. Los que no tenían habilidades de comunicaciones o de logística, esos cultivaban, regaban, podaban, cosechaban. Era el trabajo más parecido a la agricultura honesta que había en el cráter. Y varios de los detenidos, jóvenes de la sierra, sin más habilidad que la de trabajar la tierra, dijeron que cultivar marihuana en el fondo de un volcán era lo más cercano a un trabajo normal que habían tenido desde que el CJNG los reclutó.
Ahora hablemos de los 93 detenidos. De los 93 42 eran combatientes que proporcionaban seguridad a la base y que realizaban operaciones en la sierra circundante. Su función era doble, proteger el cráter de intrusos y ejecutar las operaciones que el CJNG les ordenaba en los municipios de Colima y del sur de Jalisco.
Salían del cráter por la escalera de roca, subían a la superficie, se encontraban con las camionetas que los esperaban en el punto de acceso y se iban a hacer lo que tuvieran que hacer. Al terminar regresaban, bajaban la escalera y desaparecían en el cráter. 18 eran operadores del laboratorio, técnicos con formación en química o con experiencia previa en otros laboratorios del seco ANG.
Trabajaban en turnos de 8 horas dentro de la cueva con equipo de protección que incluía respiradores, guantes y gafas. El trabajo en el laboratorio de la cueva era físicamente demandante. La humedad, la falta de luz natural y la exposición a los vapores químicos, a pesar de la ventilación generaban fatiga y malestar que los operadores describían como sentirse borracho sin haber tomado.
Varios tenían problemas respiratorios crónicos que atribuían a la exposición prolongada a los vapores del laboratorio. 15 eran personal de apoyo, cocineros, cargadores que subían y bajaban suministros por la escalera, cultivadores que cuidaban las plantaciones del fondo del cráter y personal de mantenimiento que reparaba las estructuras dañadas por la humedad y las lluvias.
10 eran el equipo de comunicaciones y logística, operadores de radio que mantenían contacto con las células del CJNG en Colima y Jalisco y los que coordinaban el suministro de precursores, alimentos, gas y equipo que bajaba por la escalera y ocho eran mandos. el jefe de la base, sus coordinadores de seguridad, de laboratorio, de logística y de cultivo.
El jefe era un hombre de 47 años, originario de Jalisco, con un historial dentro del CJNG que los investigadores están rastreando. Los detenidos lo describían como un tipo metódico, callado, que pasaba las tardes sentado en una roca del fondo del cráter leyendo novelas de vaqueros. Un narco que leía Western en el fondo de un volcán.
Es el tipo de detalle que hace que este caso parezca ficción, pero es real. Todo es real. Quiero contarte la historia de uno de los operadores del laboratorio porque ilumina la cadena de circunstancias que lleva a un profesional de la química a producir fentanilo en una cueva volcánica. Se llamaba, según los registros, Ernesto, 34 años.
Licenciado en química industrial por la Universidad de Colima. Había trabajado 3 años en una empresa de alimentos procesados en Manzanillo, donde se encargaba del control de calidad de los productos, sueldo de 16,000 pesos al mes, prestaciones mínimas, horarios largos. Cuando la empresa recortó personal durante una reestructuración, Ernesto se quedó sin empleo.
Mandó currículum durante 6 meses. Nada. La industria de Colima tiene oportunidades limitadas para un químico industrial que no quiere irse a Guadalajara o a la Ciudad de México. Un conocido de la universidad, otro químico que había desaparecido del radar profesional hacía un par de años, lo contactó. Le dijo que había un proyecto privado, que necesitaba a alguien con conocimientos de síntesis química.
Le ofrecieron 60,000 pesos al mes. Le dijeron que era temporal, que era en la sierra, que no podía hablar de ello. Ernesto aceptó. Lo llevaron al volcán, lo bajaron por la escalera y cuando vio la cueva, cuando vio los equipos de reacción, cuando olió los precursores que estaban almacenados en los bidones, supo exactamente lo que le pedían hacer y lo hizo.
Durante 14 meses, Ernesto produjo metanfetamina y fentanilo en una cueva volcánica con el mismo rigor profesional con el que había controlado la calidad de los alimentos procesados en Manzanillo. Porque las habilidades son las mismas. La balanza es la misma, los procesos químicos siguen las mismas leyes.
Solo cambia lo que produces y las consecuencias de lo que produces. Ernesto fue detenido con un respirador colgado del cuello, guantes de nitrilo en las manos y una bata de laboratorio manchada de reactivos. Parecía un científico, porque lo era, un científico que la economía formal de Colima no pudo absorber y que la economía criminal absorbió con los brazos abiertos y que ahora va a pasar décadas en una prisión donde su título de químico industrial va a ser tan útil como un paraguas en el desierto.
La historia de Ernesto se conecta con las historias que hemos contado en cada caso. el paramédico de las ambulancias, el piloto de drones de Querétaro, la contadora de la célula familiar de Guanajuato, el ingeniero de la central telefónica de la Ciudad de México, profesionistas que el sistema formal no pudo retener y que el crimen organizado reclutó con sueldos que el mercado legal no puede igualar.
México forma profesionistas, el narcotráfico los contrata. Es un subsidio educativo involuntario que el Estado le da al crimen organizado. Invierte en formar químicos, ingenieros, contadores, paramédicos y el CJNG los recoge al salir de la universidad con ofertas que el Estado no puede competir. Quiero ahora hablar de cómo los gafes descubrieron la base, porque la historia tiene un componente tecnológico que me parece importante.
La pista inicial no vino del helicóptero. El helicóptero confirmó lo que la inteligencia ya sospechaba. La pista inicial vino de un análisis de imágenes satelitales de muy alta resolución que La Sedena realiza periódicamente sobre las zonas de sierra de Colima y Jalisco buscando plantaciones de marihuana y amapola. Los analistas que revisaban las imágenes satelitales del área notaron algo anómalo en el cráter del volcán inactivo.
Las imágenes multiespectrales que registran la reflexión de la luz en diferentes longitudes de onda mostraban que una sección de la vegetación del fondo del cráter tenía una firma espectral diferente al resto. La vegetación natural del cráter reflejaba la luz de manera uniforme, pero una sección de la pared sur reflejaba con un patrón que correspondía a plantas de cannabis sativa, cuya firma espectral es diferente a la de la vegetación nativa tropical.
Es decir, el satélite detectó la marihuana, no la vio como la verías con tus ojos, la detectó por la manera en que sus hojas reflejan la luz infrarroja de una forma diferente a las hojas de los elechos y los árboles nativos. Es tecnología de detección de cultivos ilícitos que se usa desde hace años en Colombia y Perú para localizar plantaciones de coca en la selva y que ahora se está aplicando en México con resultados como este.
La detección satelital de la marihuana motivó el sobrevuelo del helicóptero y el sobrevuelo del helicóptero reveló las estructuras de lámina camufladas y las personas corriendo a esconderse. Con esa doble confirmación se autorizó el operativo terrestre. Los gafes desplegaron un contingente de 120 soldados que rodearon el cráter desde la superficie.
Controlaron la escalera de roca, que era el único acceso conocido, y bajaron al cráter en grupos de 10, descendiendo por la escalera con rifles y equipo táctico, vulnerables durante todo el descenso, porque la escalera los exponía en la pared del cráter sin cobertura. El descenso fue el momento más tenso del operativo.
Durante los 15 o 20 minutos que cada grupo tardaba en bajar los 150 m de escalera, los soldados eran blancos fáciles para cualquiera que disparara desde el fondo del cráter. Los mandos del operativo asumieron el riesgo porque la alternativa, un asalto aéreo en un cráter cubierto de vegetación densa, era más peligrosa.

Y apostaron a que los ocupantes del cráter no iban a disparar contra soldados que bajaban en formación de combate por la única salida de su refugio. Porque si disparaban y los soldados se retiraban, el CJNG quedaba atrapado dentro del cráter sin forma de salir. La apuesta funcionó. Los 93 ocupantes no dispararon. Se rindieron conforme los soldados llegaban al fondo y avanzaban por las estructuras.
Algunos intentaron esconderse en la vegetación densa del fondo del cráter, pero fueron localizados con equipos de visión térmica. Otros intentaron subir por la pared sur del cráter, la menos empinada, pero fueron interceptados por los soldados que custodiaban el borde desde arriba. En 3 horas, los 93 estaban detenidos, sentados en filas en el suelo del comedor abierto, con las manos esposadas y la vista levantada hacia el borde del cráter, donde los helicópteros volaban en círculos como buitres sobre una presa. Quiero describir la escena de la
detención con más detalle porque tiene una cualidad visual que me parece importante transmitir. 93 personas sentadas en el suelo del comedor abierto del fondo de un cráter volcánico. Arriba el cielo circular enmarcado por los bordes del cráter. Alrededor las paredes de roca negra cubiertas de elechos y enredaderas.
En el aire el zumbido de los helicópteros que volaban en círculos y entre los detenidos y el cielo 150 m de pared vertical que de pronto se volvieron la metáfora más literal posible de lo que significa estar atrapado, un hoyo del que no puede salir. Varios de los detenidos miraban hacia arriba con una expresión que los soldados describieron como de animal enjaulado.
Habían vivido dentro de ese cráter durante semanas o meses. habían bajado por la escalera voluntariamente. Habían elegido vivir en un hoyo. Pero en el momento de la detención, cuando la escalera estaba bloqueada por soldados y los helicópteros cubrían el cielo, el cráter dejó de ser un refugio y se convirtió en una trampa.
Y la diferencia entre un refugio y una trampa es a veces solo la dirección de la puerta. Los soldados tuvieron que subir a los 93 detenidos por la escalera de roca con las manos esposadas, uno por uno, con un soldado delante y otro detrás de cada detenido. La subida tomó más de 4 horas. Algunos detenidos, los que llevaban meses sin hacer ejercicio físico significativo más allá de caminar por el fondo plano del cráter, no podían subir, les faltaba el aliento, les temblaban las piernas, tenían que detenerse cada 30 o 40 escalones para recuperarse. Y
los soldados que cargaban su propio equipo, además de vigilar al detenido, también estaban agotados. Un soldado describió la subida como la marcha más larga de mi vida, 150 m verticales por una escalera empotrada en la roca de un volcán con un detenido esposado adelante que se paraba cada minuto a respirar, con el sol de mediodía golpeando la roca negra que irradiaba un calor sofocante con el peso del rifle y del equipo táctico en la espalda.
Cuando llegamos arriba, me acosté en el suelo y no me moví durante 20 minutos”, dijo. Y pensé, estos tipos bajaban y subían esta escalera todos los días con tanques de gas, con bidones de químicos, con cajas de armas. ¿Están locos o están desesperados? Quizás las dos cosas. Las armas, los equipos del laboratorio, las computadoras, los precursores no utilizados y las evidencias decomizadas tuvieron que ser subidas por la misma escalera durante los días siguientes al operativo.
Un equipo de soldados y peritos pasó tres días subiendo y bajando la escalera del cráter, cargando cajas de evidencia que se iban acumulando en el borde como el inventario de una mudanza imposible. Cada rifle subido a mano, cada bidón subido con cuerdas, cada computadora en su caja protegida contra golpes, subida con el cuidado de quien sabe que lo que lleva adentro vale más que el equipo mismo.
Quiero ahora abordar lo que este caso revela sobre la estrategia del CJNG de usar formaciones geológicas naturales como infraestructura militar. Hemos visto cenotes, cuevas, sótanos, túneles. Cada caso muestra al CJNG aprovechando lo que la naturaleza le da. El agua del cenote como barrera, la roca del subsuelo como pared, la selva como camuflaje.
El cráter del volcán es la expresión máxima de esa tendencia. Es una fortaleza natural, un hoyo de 150 m de profundidad con paredes casi verticales, un solo punto de acceso y un techo de vegetación que lo hace invisible desde el aire. Si un general del ejército buscara un lugar para montar una base de operaciones en la sierra de Colima, probablemente elegiría este cráter, porque reúne todas las características de una posición defensiva ideal: terreno elevado alrededor, acceso restringido, protección natural contra fuego aéreo y suministro de agua propio. El CJNG
piensa en términos geográficos con una sofisticación que muchos ejércitos convencionales no tienen. estudia el terreno, identifica las ventajas naturales y las aprovecha con una creatividad que transforma el paisaje en infraestructura militar. Los enotes de Yucatán se convierten en almacenes submarinos, las criptas de los cementerios se convierten en búnkers, las cuevas volcánicas se convierten en laboratorios y los cráteres de volcanes inactivos se convierten en fortalezas.
es la militarización de la geografía y combatirla requiere que las fuerzas de seguridad piensen de la misma manera en términos geográficos, que identifiquen las formaciones naturales que pueden ser aprovechadas por el crimen organizado, que monitoreen los cráteres, las cuevas, los enotes, las cañadas, los cañones, las formaciones rocosas que ofrecen protección natural y acceso restringido, que incorporen la geología a sus análisis de inteligencia, porque el CJNG ya lo hizo.
Y si las fuerzas de seguridad no piensan geográficamente, van a seguir buscando en las carreteras mientras el narco opera en los volcanes. Quiero hablar del impacto ambiental porque este cráter era un ecosistema único que ahora está dañado de maneras que pueden ser irreversibles. Los cráteres de volcanes inactivos cubiertos de vegetación son ecosistemas raros y valiosos.
Son islas biológicas, comunidades de plantas y animales que evolucionaron en aislamiento dentro de las paredes del cráter, desarrollando características únicas que no se encuentran en los ecosistemas circundantes. Los biólogos, que han estudiado cráteres similares en otras partes del mundo han encontrado especies endémicas, organismos que solo existen dentro de ese cráter y en ningún otro lugar del planeta.
La presencia del CJNG en el cráter durante 3 años generó un impacto ecológico significativo. La construcción de las estructuras requirió cortar árboles y vegetación nativa del fondo del cráter. La instalación del laboratorio en la cueva alteró una formación geológica que llevaba miles de años intacta. Los residuos químicos del laboratorio, por más que los operadores intentaran manejarlos con protocolos de neutralización, inevitablemente contaminaron el suelo volcánico y el agua del manantial.
Y los cultivos de marihuana y amapola introdujeron especies no nativas al ecosistema del cráter que podrían competir con la vegetación original y desplazarla. Los biólogos de la Universidad de Colima, que han solicitado acceso al cráter para evaluar el daño ecológico, todavía no han podido entrar porque el sitio sigue siendo escena del crimen.
Pero las imágenes que los soldados tomaron durante el operativo muestran un ecosistema visiblemente alterado, árboles cortados, suelo compactado por las pisadas de 93 personas durante 3 años, vegetación nativa reemplazada por cultivos ilícitos y residuos de construcción y de laboratorio dispersos por el fondo del cráter. Es otro caso de ecosidio narco.
El narcotráfico no solo destruye vidas humanas, destruye ecosistemas. Contamina ríos con residuos de laboratorio, tala bosques para plantar droga, invade hábitats naturales con infraestructura criminal y cada vez que ocupa un espacio natural lo degrada de maneras que la naturaleza puede tardar décadas o siglos en reparar, si es que puede repararlas.
El cráter del volcán de Colima debería ser un área natural protegida. debería ser estudiado por biólogos, mapeado por geólogos, visitado por estudiantes de ciencias naturales que aprendan sobre los ecosistemas volcánicos. En cambio, fue ocupado por el CJ, contaminado con químicos y degradado por 3 años de actividad criminal.
Y cuando los científicos finalmente puedan entrar, lo que van a encontrar va a ser un ecosistema herido que quizás nunca se recupere completamente. A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La imagen con la que te dejo es la del jefe de la base, sentado en una roca del fondo del cráter leyendo novelas de vaqueros mientras sus operadores producían fentanilo en una cueva volcánica y sus cultivadores regaban marihuana entre los elechos.
Un narco leyendo westerns dentro de un volcán es una escena que García Márquez habría descartado por inverosímil, pero ocurrió en un volcán de Colima en el México del CJNG, donde la realidad superó a la ficción hace mucho tiempo y sigue acelerando. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Los datos de la computadora del laboratorio están siendo procesados y las conexiones con la red de distribución de metanfetamina y fentanilo del CJNG en Colima, Jalisco y Michoacán van a generar operativos en cascada durante las próximas semanas. El
volcán fue el primer nodo, los que siguen están en la superficie y esta vez los gafes no van a necesitar bajar 150 m para encontrarlos. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día estás en la sierra de Colima y ves un cráter cubierto de vegetación que parece un jardín secreto en la montaña, no bajes, porque lo que parece un paraíso puede ser un infierno.
Y los volcanes de México, incluso los que llevan miles de años apagados, todavía pueden escupir algo peligroso. Solo que ahora no es lava, es metanfetamina. Y el fuego que sale de estos volcanes no quema la tierra, quema las vidas de los que consumen lo que se produce en sus entrañas. Quiero cerrar con algo que me dijo un geólogo de la Universidad de Colima cuando le conté lo que habían encontrado en el cráter.
Me dijo, “Los volcanes son las cicatrices de la Tierra. Son los lugares donde el planeta se abrió y sangró fuego. Cuando un volcán se apaga, la cicatriz se cierra, la vegetación la cubre, el agua la llena, la vida la reclama y lo que fue destrucción se convierte en creación, un ecosistema nuevo que crece donde antes solo había ceniza.
Hizo una pausa y dijo, “Lo que el CJNG hizo en ese cráter es abrir la cicatriz de nuevo. tomaron un lugar que la naturaleza tardó miles de años en sanar y lo usaron para producir veneno. Es como meterle un cuchillo a una herida que ya había cerrado. La herida se va a volver a abrir y esta vez va a tardar más en sanar, porque las heridas que hace el hombre son más profundas que las que hace el fuego.
Las heridas que hace el hombre son más profundas que las que hace el fuego. Esta frase me acompañó durante toda la investigación de este caso, porque el volcán se apagó hace miles de años y la naturaleza lo sanó con selva y agua y vida. Pero lo que el CJNG le hizo en 3 años va a tardar décadas en repararse. El suelo contaminado, la cueva profanada, los árboles cortados, las especies desplazadas, el equilibrio roto y en alguna parte de la sierra de Colima, ahora mismo, hay otro cráter, otro volcán apagado, otra cicatriz que la Tierra sanó con vegetación y agua. Y
quizás en algún punto de ese cráter, alguien del CJNG está mirando las paredes de roca, la cueva natural, el manantial y está diciendo aquí, porque el CJNG no aprende del fracaso, aprende de la experiencia y cada base que se le desmantela es una lección sobre qué hacer diferente la próxima vez. La próxima cueva va a estar mejor ventilada.
La próxima escalera va a tener un acceso de emergencia alternativo. El próximo laboratorio va a tener un protocolo de destrucción de evidencia más rápido y el próximo cráter va a ser más profundo, más remoto, más imposible de encontrar. A menos que alguien mire hacia abajo desde un helicóptero y vea un destello de sol sobre metal donde no debería haber metal, a menos que un satélite detecte una firma espectral de cannabis entre los elechos, a menos que un cazador de la sierra decida que ya estuvo bueno de callar y baje a Colima a decir lo que
sabe. La diferencia entre que el CJNG opere tranquilo en un volcán y que los gafes bajen por la escalera a sacarlo siempre es la misma. Alguien que ve algo y decide hablar. Un artillero de helicóptero. Un analista de satélites. Un cazador. Un enterrador. Un pescador. Un paramédico.
Un operador de caseta, un ingeniero de telecomunicaciones. Un maestro jubilado. Personas comunes que ven lo que no cuadra y que levantan la mano. Esas personas son la primera línea de defensa de México contra el narcotráfico y merecen más de lo que este país les da. Dale like por ellos, suscríbete por ellos, activa la campanita por ellos y nos vemos mañana.