El último toro que pisó la arena de la plaza de toros monumental de Zacatecas lo hizo un domingo de octubre de 2016. Era un toro de lidia de 500 kg negro saíno, con los cuernos abiertos y la mirada de un animal que sabe que va a morir, pero que va a cobrar el precio de su muerte con lo que pueda destrozar antes de caer.
El torero lo mató con una estocada que el público aplaudió de pie. El toro cayó de rodillas en la arena, resopló una última vez y se desplomó con el peso muerto de medio tonelada de músculo y hueso que ya no obedece a nada. Las mulillas se lo llevaron arrastrando por la puerta de arrastre. El público salió por las gradas, el torero salió por el burladero y la plaza se quedó vacía, vacía para siempre, porque esa fue la última corrida que se celebró en la Monumental de Zacatecas.
El ayuntamiento clausuró la plaza 3 meses después por falta de mantenimiento estructural y riesgo para la seguridad de los asistentes. Las gradas de concreto tenían grietas, los accesos estaban deteriorados, las instalaciones sanitarias no funcionaban y el costo de la rehabilitación estimado en 45 millones de pesos superaba con creces lo que el Ayuntamiento estaba dispuesto a invertir en un espectáculo que cada año atraía menos público y generaba más controversia.
La plaza fue clausurada, cerrada con candados y abandonada. Durante 8 años, la monumental de Zacatecas fue pudriéndose bajo el sol del altiplano con la lentitud de las cosas que nadie cuida. Las gradas se agrietaron más, la arena se llenó de maleza, los burladeros de madera se pudrieron con la lluvia y los túneles subterráneos que conectan la arena con los corrales de toros, con la enfermería y con los vestidores de los toreros, se convirtieron en refugio de ratas, murciélagos y el olor a humedad de los espacios que el aire no ventila. El CJNG
convirtió la plaza de toros en una base de operaciones para 89 sicarios que vivían dentro de las instalaciones. Almacenaban armas en los corrales de toros. Operaban un centro de comunicaciones desde la enfermería y usaban los túneles subterráneos de los toreros como rutas de escape que conectaban la plaza con tres puntos de salida fuera del perímetro de la propiedad. Los túneles de toreros.
Quiero explicar qué son porque si no conoces la arquitectura de una plaza de toros, no vas a entender por qué el CJNG eligió esta plaza y no cualquier otro edificio abandonado. Una plaza de toros de categoría como la monumental de Zacatecas tiene un sistema de túneles subterráneos que conectan la arena con las dependencias que la rodean.
Los túneles existen por razones prácticas y de seguridad. El primero es el túnel del arrastre, el pasadizo por donde las mulillas arrastran al toro muerto desde la arena hasta el desolladero, fuera de la vista del público. El segundo es el túnel de la enfermería, el corredor por donde los camilleros sacan a los toreros heridos desde la arena hasta la enfermería de la plaza, que en las plazas de primera categoría tiene quirófano y está equipada para atender cornadas graves.
El tercero es el túnel de cuadrillas, el pasadizo por donde los toreros y sus cuadrillas acceden a la arena desde los vestidores sin cruzarse con el público en las gradas. La monumental de Zacatecas tiene los tres túneles y tiene un cuarto que no aparece en los planos públicos. Un túnel de evacuación de emergencia que fue construido en los años 70 cuando la normativa de seguridad exigió que las plazas de toros tuvieran una ruta de escape alternativa en caso de estampida del público o de colapso estructural.
El túnel de evacuación sale de debajo de las gradas del lado norte, cruza bajo la explanada de acceso a la plaza y emerge en una boca de alcantarilla en una calle a 150 m del perímetro de la propiedad. Cuatro túneles subterráneos. Cuatro rutas de escape que el CJNG descubrió, limpió, reforzó e integró en su sistema de defensa con la misma lógica con la que usaron los pasadizos de la Hacienda de Hidalgo y los túneles del acueducto de Michoacán.
Si las fuerzas de seguridad rodean el perímetro, los mandos desaparecen por abajo mientras los combatientes resisten arriba. Zacatecas, el estado más disputado de México en los últimos 5 años. El territorio donde el CJNG y el cártel de Sinaloa pelean una guerra que ha convertido al estado en el campo de batalla más sangriento del país.
Zacatecas pasó de ser un estado tranquilo, conocido por sus minas de plata coloniales, su centro histórico declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y su festival de folklore a hacer un estado donde los cuerpos aparecen colgados de los puentes, donde las carreteras son zonas de emboscada y donde los pueblos del desierto se vacían porque los habitantes huyen de una violencia que el gobierno no puede controlar.
La monumental de Zacatecas está en la periferia de la capital del estado, en una zona donde las colonias populares se mezclan con terrenos valdíos y con la infraestructura deportiva y cultural que los gobiernos construyeron en las décadas de prosperidad y que la crisis fiscal abandonó.
La plaza de toros, un lienzo charro clausurado, un centro deportivo a medio construir. Toda esa infraestructura está ahí cerrada, abandonada, disponible para quien quiera usarla. El CJNG eligió la plaza de toros por tres razones. La primera es la estructura. Una plaza de toros es un recinto circular de concreto con muros exteriores de 6 m de altura, sin ventanas, con accesos controlados y con una capacidad interior que puede albergar a cientos de personas.
Es una fortaleza por diseño. Las plazas de torren para contener dentro a miles de personas y a animales de 500 kg. Así que sus muros son gruesos. Sus puertas son pesadas y su perímetro es un círculo cerrado sin puntos débiles. La segunda razón son los espacios interiores. Una plaza de toros tiene, además de las gradas y la arena, una cantidad de espacios subterráneos y periféricos que el público nunca ve.
los corrales de toros, los chiqueros donde se encierra a cada toro antes de soltarlo a la arena, los vestidores de los toreros, la enfermería, la capilla donde los toreros rezan antes de salir al ruedo, las oficinas de la empresa taurina, los almacenes de equipo y los túneles que conectan todo. Son cientos de metros cuadrados de espacios cerrados ocultos a la vista exterior protegidos por los muros de la plaza.
La tercera razón son los túneles, los cuatro túneles subterráneos. Daban al CJNG, lo que ningún otro edificio abandonado de Zacatecas les daba. Rutas de escape preexistentes que salen del perímetro de la propiedad y que emergen un vehículo puede estar esperando. No tuvieron que excavar túneles. Los túneles ya estaban ahí construidos con dinero público, con ingeniería profesional, con revestimiento de concreto, con iluminación eléctrica y con puertas de acero en cada extremo. Listos para usar.
Quiero hablar de cómo el CJNG adaptó cada espacio de la plaza de toros, porque la transformación revela la capacidad del cártel para ver uso militar donde otros venarra. Los corrales de toros fueron convertidos en dormitorios. Los corrales de la Monumental son recintos de concreto de unos 4x 5 m con paredes de 2,5 m de alto, con puertas de acero y con un piso de concreto que se puede lavar con manguera.
Están diseñados para contener toros bravos de 500 kg que envisten todo lo que ven. Lo que puede contener un toro bravo puede contener a tres o cuatro personas con colchonetas y mochilas. La plaza tiene 18 corrales, 18 recintos de concreto que el CJNG equipó con colchonetas, cobijas, ganchos para mochilas y enchufes conectados a los generadores eléctricos que instalaron en la arena.
Tres personas por corral en los más pequeños, cuatro o cinco en los más grandes. 68 combatientes dormían en los corrales donde los toros esperaban su turno para morir. Los chiqueros, los compartimentos más pequeños donde se encerraba el toro individualmente justo antes de soltarlo a la arena, fueron usados como celdas de castigo, 2 met por metro y medio, sin luz, sin ventilación, con una puerta de acero que se cierra desde afuera.
Los detenidos que declararon después del operativo confirmaron que los mandos del CJNG encerraban en los chiqueros a los combatientes que desobedecían órdenes, que intentaban desertar o que cometían faltas disciplinarias. El castigo era de 24 a 72 horas encerrado en un chiquero os
curo donde solo cabía sentado con las rodillas contra el pecho, escuchando las ratas que corren por el suelo de concreto y oliendo el fantasma del toro bravo que estuvo ahí antes que tú.
El encierro en el chiquero como instrumento de disciplina es el tipo de detalle que revela la naturaleza cuasi militar de la organización del CJNG. Castigos corporales y confinamiento solitario administrados con la formalidad de un código de conducta que los mandos aplican con la misma frialdad con la que un oficial militar aplica el reglamento de su unidad.
Los vestidores de los toreros, tres salas de unos 20 m² cada una con casilleros metálicos, duchas y bancas, fueron convertidos en dormitorios de los mandos. Los mandos dormían en los vestidores porque tenían acceso directo al túnel de cuadrillas, que era su ruta de escape principal. Si algo pasaba de noche, los mandos salían de los vestidores, entraban al túnel de cuadrillas y desaparecían en cuestión de minutos.
La enfermería de la plaza, equipada en su momento con una mesa de operaciones, lámparas quirúrgicas y equipo médico básico para atender cornadas, fue convertida en el centro de comunicaciones del CJNG. Los radios de largo alcance, las antenas, los monitores de las cámaras de vigilancia y las computadoras estaban instalados en el mismo espacio donde un cirujano taurino atendía las heridas de los toreros.
La mesa de operaciones servía como escritorio del coordinador de comunicaciones. Las lámparas quirúrgicas iluminaban los monitores y los casilleros de instrumental médico guardaban ahora radios, baterías y los celulares encriptados de los mandos. La capilla de la plaza de toros merece mención aparte. Las plazas de primera categoría tienen una capilla pequeña, generalmente junto a los vestidores, donde los toreros rezan antes de salir al ruedo.
La capilla de la monumental de Zacatecas tiene un altar de madera con una imagen de la Virgen de la Macarena, patrona de los toreros, y un reclinatorio donde el matador se arrodilla a pedir que la tarde no sea la última. Es un espacio íntimo de 3x 4 m con la carga emocional de un lugar donde hombres que van a arriesgar la vida piden protección divina.
El CJNG no tocó la capilla. De los 89 detenidos, varios declararon que a la capillita no se le mueve nada, que era cosa de respeto, que algunos combatientes entraban a la capilla a rezar antes de salir a operaciones y que nadie se burlaba de ellos ni les decía nada. La Virgen de la Macarena sigue en su altar de madera con las manos juntas, mirando hacia abajo con la expresión de misericordia que el escultor le dio hace décadas en una capilla que durante 8 años fue lo único sagrado dentro de una plaza convertida en base militar del narcotráfico.
La arena de la plaza, el espacio circular de unos 40 m de diámetro donde se lideban los toros, fue convertida en estacionamiento de vehículos y en área de entrenamiento. Quiero describir un día típico en la plaza de toros porque la vida cotidiana de 89 personas dentro de un recinto taurino tiene una cualidad surrealista que no puedo dejar pasar.
El día empezaba a las 5 de la mañana con el cambio de guardia en las gradas. Los vigías del CJNG subían a los tendidos altos de la plaza y desde ahí vigilaban los accesos con binoculares. La plaza de toros tiene gradas de concreto que se elevan hasta 15 m sobre el nivel de la calle.
Desde el tendido más alto, el vijía tenía una vista de 360 gr de la colonia circundante. Veía las calles, los accesos, el movimiento de vehículos y la explanada donde don Serafín ponía su carrito de elotes todas las mañanas a las 7. El desayuno se servía en la arena, debajo de una lona que cubría la zona donde el CJNG instaló la cocina de campaña.
Tres estufas industriales de gas, una plancha, ollas grandes de aluminio donde los cocineros preparaban huevos, frijoles y chilaquiles para 89 personas en tres turnos. El olor de la cocina subía por las gradas de la plaza y salía por el espacio abierto del ruedo hacia el cielo de Zacatecas. Los vecinos de la colonia que caminaban por la calle a las 7 de la mañana olían los chilaquiles que salían de la plaza clausurada.
Otro indicio que nadie denunció. Una plaza abandonada que huele a desayuno a las 7 de la mañana debería generar preguntas, pero en Zacatecas las preguntas tienen un costo que la mayoría no puede pagar. Después del desayuno, los combatientes que tenían operación salían de la plaza por la puerta de cuadrillas en camionetas con vidrios polarizados.
Las operaciones del CJNG desde la plaza incluían patrullas de control territorial en las colonias circundantes, cobro de piso a los negocios de la zona, escolta de cargamentos de droga que cruzaban la ciudad de Zacatecas rumbo al norte y enfrentamientos con células del cártel de Sinaloa que disputan el territorio.
Zacatecas es una guerra, no es una metáfora. Es una guerra entre el CJNG y el cártel de Sinaloa por el control de un corredor de tránsito de drogas que conecta el Pacífico Mexicano con la frontera norte. La droga que entra por Jalisco y Michoacán sube por Zacatecas hacia Durango, Chihuahua y los puntos de cruce en la frontera con Texas y Nuevo México.
Controlar Zacatecas es controlar la autopista de la droga y la plaza de toros era un cuartel general desde el cual el CJNG coordinaba su parte de la guerra. Los combatientes que salían a operación regresaban a la plaza antes del amanecer. Entraban por la puerta de cuadrillas con las luces apagadas. Estacionaban las camionetas en la arena y bajaban a los corrales a dormir.
El ritmo era nocturno, operación de noche, sueño de día, como vampiros que viven en una plaza de toros en lugar de en un castillo. Las analogías con Drácula son involuntarias, pero inevitables. Un edificio oscuro, cerrado, con figuras que salen de noche y regresan antes del amanecer. Los que se quedaban en la plaza durante el día hacían lo que los combatientes en cualquier base hacen cuando no están en operación.
Limpiaban armas, hacían ejercicio, jugaban baraja, dormían y soportaban el tedio de esperar órdenes encerrados en un espacio de concreto sin ventanas donde el único entretenimiento era un televisor conectado a una antena parabólica que captaba señal de televisión abierta. 89 personas viendo telenovelas en una plaza de toros abandonada en Zacatecas.
El surrealismo del narcotráfico mexicano no tiene fondo. Quiero hablar de la práctica de tiro en la arena porque el detalle tiene implicaciones para la comunidad que me parecen graves. Los combatientes practicaban tiro dos o tres veces por semana en la arena de la plaza. Colocaban dianas en los burladeros de madera y disparaban desde distancias de 10, 25 y 50 m.
Las sesiones duraban entre 30 minutos y una hora y durante ese tiempo, los disparos resonaban dentro de la plaza con un eco que el concreto amplificaba y que los muros de 6 m contenían parcialmente, pero no completamente. El sonido de un disparo de rifle dentro de una plaza de toros de concreto es un trueno seco que rebota entre las gradas como una pelota de ping pong entre paredes.
Los vecinos lo escuchaban, los niños de la primaria lo escuchaban y nadie hacía nada. La maestra de tercer grado, que les decía a los niños que eran cohetes, habló con los periodistas después del operativo. dijo que durante los últimos meses tenía que interrumpir la clase cuando los disparos eran muy fuertes porque los niños se asustaban, que les decía que era un espectáculo de pirotecnia o que alguien estaba arreglando algo con una máquina que hace mucho ruido, que los niños más grandes, los de quinto y sexto, ya no le creían.
Que uno de 12 años le dijo un día, “Maestra, esos no son cohetes, son balazos. Mi papá dice que no hay que tener miedo, pero que hay que agacharse cuando se oyen cerca. Mi papá dice que no hay que tener miedo, pero que hay que agacharse. Un niño de 12 años en Zacatecas que sabe la diferencia entre cohetes y balazos y que tiene un protocolo familiar para cuando los escucha.
Es la normalización de la violencia convertida en instrucción parental. En un país normal, un padre le enseña a su hijo a cruzar la calle. En Zacatecas, un padre le enseña a su hijo a agacharse cuando escucha balazos. Las camionetas del CJNG entraban por la puerta de cuadrillas, que es suficientemente ancha para que pasen los caballos de los picadores, y se estacionaban en la arena cubierta de maleza.
La arena también se usaba para ejercicios de entrenamiento físico y de tiro al blanco. Los combatientes disparaban contra dianas colocadas en los burladeros de madera podrida y los impactos de balas se confundían con el ruido de la ciudad circundante porque la plaza está en una zona donde los disparos en el Zacatecas de hoy no despiertan a nadie ni generan llamadas al 911.
Quiero hablar de los túneles con detalle porque su adaptación al uso militar es el elemento que hace de este caso algo distinto. El túnel de arrastre tiene 80 m de largo y sale de la puerta de arrastre en la arena. Cruza por debajo de las gradas y emerge en el desolladero. El espacio exterior a la plaza donde los toros muertos eran desollados y descuartizados para su distribución.
El desolladero está en la parte trasera de la plaza, oculto de la vista pública. El CJNG limpió el túnel de arrastre, instaló luces LED y lo usaba como acceso principal para meter suministros y armamento a la plaza sin que los vecinos del frente vieran camionetas entrando con cajas sospechosas. Todo entraba por atrás, por el desolladero, por donde antes entraban los toros muertos.
El túnel de la enfermería tiene 40 m de largo y conecta la arena con la enfermería pasando por debajo de las gradas del lado este. Originalmente diseñado para que los camilleros sacaran rápidamente a un torero herido, el CJNG lo usaba como ruta rápida entre el Centro de Comunicaciones de la Enfermería y la Arena donde se coordinaban las operaciones.
El túnel de cuadrillas tiene 60 m de largo y conecta los vestidores de los toreros con la puerta de cuadrillas en la arena. Es el más ancho de los cuatro. 3 m de ancho por 2 y medio de alto, suficiente para que un caballo pase sin problemas. El CJNG lo usaba como ruta de escape principal.
Si alguien entraba por la puerta principal de la plaza, los mandos que estaban en los vestidores tenían 60 m de ventaja para desaparecer por el otro extremo del túnel y salir a la arena, donde podían escapar por cualquiera de las otras salidas. Y el túnel de evacuación, 150 m que salen de debajo de las gradas del lado norte, cruzan bajo la explanada de acceso y emergen alcantarilla en una calle lateral.
El CJNG reforzó este túnel con marcos de acero, instaló iluminación y colocó una puerta de acero en el extremo de la calle con un mecanismo de apertura que se activaba con un control remoto. Un mando del CJNG con un control remoto en el bolsillo podía abrir la puerta de la boca de alcantarilla a 150 m de distancia, caminar por el túnel de evacuación en 2 minutos y emerger en una calle donde una camioneta lo esperaba con el motor encendido.
desaparición completa en menos de 3 minutos. El sistema de escape de la plaza tenía redundancia. Si un túnel estaba comprometido, había otros tres. Si la arena estaba rodeada, los vestidores tenían salida directa al túnel de cuadrillas. Si las gradas estaban tomadas, el túnel de evacuación salía por debajo hacia una calle a 150 m.
La plaza de toros como sistema de escape múltiple, diseñada originalmente para sacar toros muertos, toreros heridos y público en estampida, usada ahora para sacar mandos del CJNG cuando el ejército viene a buscarlos. Quiero hablar de cómo se descubrió la base. La pista vino de un vendedor ambulante que vendía elotes y esquites en un carrito frente a la explanada de la plaza de toros.
Don Serafín, 67 años, lleva 22 vendiendo elotes en esa esquina. Conoce la plaza desde que era niña y iba con su abuelo a las corridas los domingos. Conoce la explanada como conoce su cocina, cada grieta, cada poste, cada bote de basura. Don Serafín notó que desde hacía meses una camioneta negra se estacionaba tres veces por semana frente a la boca de alcantarilla de la calle lateral, a 150 m de la plaza.
La camioneta llegaba a las 3 de la mañana, se quedaba entre 15 y 30 minutos con el motor encendido y se iba. Don Serafín lo sabía porque vive en un cuarto que renta encima de una tienda en esa misma calle y que tiene ventana hacia la boca de alcantarilla. La camioneta lo despertaba con el motor y don Serafín, que tiene el sueño ligero de los viejos y la curiosidad de los que llevan décadas observando una misma esquina, se asomaba por la ventana y veía la camioneta, el motor encendido y a veces una figura que salía de la boca de alcantarilla y se
subía a la camioneta antes de que se fuera. Personas saliendo de una alcantarilla a las 3 de la mañana y subiéndose a camionetas negras con motor encendido. Don Serafín no denunció inmediatamente, no porque tuviera miedo, porque no sabía a quién denunciar. La policía municipal de Zacatecas no le inspiraba confianza.
El 911 nunca le había resuelto nada y la base militar más cercana estaba a 40 minutos. Don Serafín guardó la información durante semanas hasta que un día en la fila de una tortillería, escuchó a un vecino comentar que su cuñado era cabo en el ejército. Don Serafín le dijo al vecino. El vecino le dijo al cuñado. El cuñado le dijo a su oficial y el oficial activó el protocolo.
Quiero hablar de don Serafín con más detalle porque su historia es la de un hombre que denunció cuando nadie más denunciaba. Don Serafín vende elotes desde que tenía 45 años. cuando una lesión en la espalda lo dejó sin poder trabajar en la construcción y tuvo que buscar una forma de ganarse la vida que no requiriera cargar sacos de cemento.
Compró un carrito de elotes con el dinero de su liquidación y se instaló en la esquina de la explanada de la plaza de toros porque era un punto con buen tráfico peatonal. La gente que iba y venía de las colonias cercanas pasaba por ahí y un elote con mayonesa, chile y limón a 15 pesos era una tentación que pocos resistían.
Don Serafín vendía en promedio 80 elotes diarios a 15 pesos cada uno, 12,200 pesos de ingreso bruto del que había que descontar el costo del maíz, la mayonesa, el chile, el limón, el gas del carrito y los 40 pesos diarios que le cobraba la señora de la tienda por guardar el carrito en su patio durante la noche. Le quedaban entre 600 y 700 pesos diarios, suficiente para pagar su cuarto, comer y mandar algo de dinero a su hija que vive en Aguascalientes con sus nietos.
Don Serafín conocía a los vecinos de la colonia, conocía sus horarios, sus rutinas, sus caras. Conocía la plaza de toros desde que era un edificio vivo que rugía con el público los domingos de corrida y conocía la boca de alcantarilla de la calle lateral porque durante 22 años la vio ahí tapada. silenciosa, sin que nadie le hiciera caso.
Cuando la camioneta negra empezó a estacionarse frente a la alcantarilla a las 3 de la mañana, don Serafín no se asustó, se extrañó porque después de 22 años observando la misma esquina, cualquier cambio en el patrón lo nota. Una camioneta nueva que se estaciona tres veces por semana en el mismo punto a la misma hora es un patrón nuevo. Y los patrones nuevos en la experiencia de don Serafín siempre significan algo.
Don Serafín observó durante tres semanas antes de hablar. Tomó notas mentales. Los días de la semana que la camioneta venía, la hora exacta, el tiempo que se quedaba, la dirección por la que se iba. Y una noche desde su ventana vio algo que lo convenció de que tenía que hablar.
Dos personas salieron de la boca de alcantarilla cargando bultos envueltos en plástico negro y los subieron a la camioneta. No eran técnicos del drenaje. No usaban uniforme y los bultos que cargaban tenían la forma inconfundible de lo que don Serafín, que lleva 67 años en este mundo y que no nació ayer, supo que eran armas. Habló.
Tardó semanas en encontrar el camino para que su información llegara al ejército, pero habló y la cadena de denuncia del elotero al vecino, del vecino al cabo, del cabo al oficial, del oficial al mando, funcionó con la lentitud de una cadena que no debería ser necesaria en un país donde debería haber un teléfono al que llamar y una institución que conteste.
Don Serafín sigue vendiendo elotes en la misma esquina. El lunes después del operativo puso su carrito como todos los días. Los vecinos pasaban y le preguntaban qué había pasado en la plaza. Don Serafín les vendía elotes y les decía, “Yo qué voy a saber. Yo solo vendo eles.” Es un hombre prudente, sabe que en Zacatecas el anonimato es la mejor protección y que un elotero que denuncia al CJNG y que después aparece en las noticias como el que denunció es un elotero que no va a vender muchos elotes más. Quiero hablar de uno de los
combatientes porque su historia conecta la guerra de Zacatecas con las comunidades rurales que la padecen. Se llamaba, según los registros, Ernesto, 24 años, de un rancho del municipio de Fresnillo, el municipio más violento de Zacatecas y uno de los más violentos de México.
Su padre era campesino, sembraba frijol de temporal que daba para comer, pero no para vivir. Su madre trabajaba en una empacadora de chile en Fresnillo a una hora de camión del rancho. Ernesto terminó la secundaria y se fue a Fresnillo a buscar trabajo. Encontró empleo en un taller mecánico donde ganaba 2000 pesos a la quincena por cambiar aceite y reparar frenos.
A los 20 años, un conocido del barrio le ofreció jale con el cjtes. Ernesto calculó con 25,000 mandaba 10 a su mamá, ahorraba 10 y vivía con cinco. En 2 años tendría 240,000 pesos ahorrados, suficiente para comprar un terrenito y poner un negocio. Un plan de 2 años. Ernesto fue asignado a la plaza de toros como combatiente.
Dormía en el corral número siete. Hacía guardia en las gradas los martes y jueves. Salía a operación los viernes y sábados de noche y los domingos se sentaba en las gradas de la plaza vacía, mirando la arena donde alguna vez se lidiaron toros y pensaba en su rancho, en su mamá y en los 240,000 pesos que necesitaba juntar para salir.
Ernesto llevaba 11 meses en la plaza cuando el operativo lo sorprendió dormido en el corral número 7 a las 3 de la mañana. tiene 24 años, 135,000es ahorrados de los 240 que necesitaba, cargos de delincuencia organizada, posesión de arma de fuego de uso exclusivo del ejército y lo que los fiscales le agreguen durante el proceso.
Su mamá se enteró cuando una vecina del rancho la llamó y le dijo que vio el nombre del muchacho en las noticias. La Sedena monitoreó la plaza durante tres semanas con drones térmicos que sobrevolaban de noche y que detectaron firmas de calor dentro de la estructura. Personas en los corrales, en los vestidores, en la enfermería.
Los drones contaron entre 70 y 90 personas en diferentes momentos, detectaron vehículos en la arena y confirmaron que el túnel de evacuación conectaba con la boca de Alcantarilla, donde don Serafín veía la camioneta negra. El operativo se ejecutó a las 3 de la mañana con 200 soldados divididos en cinco equipos.
El primer equipo, 30 soldados, selló las cuatro bocas de los túneles fuera de la plaza. Antes que nada, fue lo primero que hicieron. Antes de entrar a la plaza cerraron las salidas de escape. El túnel de evacuación fue sellado colocando un vehículo blindado sobre la boca de alcantarilla. El desolladero fue rodeado por soldados que bloquearon la salida del túnel de arrastre y las otras dos salidas de los túneles de enfermería y cuadrillas que emergían dentro del perímetro de la plaza, pero en puntos alejados de la entrada principal, fueron cubiertas por
soldados posicionados en los techos de las gradas. El segundo equipo, 40 soldados, entró por la puerta principal de la plaza. Rompieron los candados con cisayas, cruzaron la explanada y accedieron al interior de la plaza por el acceso principal de público. El tercer equipo, 30 soldados, entró por la puerta de cuadrillas en la parte trasera.

El mismo acceso que las camionetas del CJNG usaban para entrar a la arena. El cuarto equipo, 30 soldados, trepó los muros de 6 m por el lado norte con escaleras tácticas y descendió a las gradas desde arriba. Y el quinto equipo, 20 soldados, bajó a los túneles por los accesos que la Sedena identificó durante las tres semanas de vigilancia.
Los 89 ocupantes fueron sorprendidos a las 3:15 de la mañana. Los que dormían en los corrales despertaron con el ruido de las botas en los corredores y con los gritos de Sedena que rebotaban en las paredes de concreto de la plaza con un eco circular que hacía imposible determinar de dónde venían las voces.
Los que estaban en la arena intentaron huir en las camionetas, pero los soldados que entraron por la puerta de cuadrillas ya estaban en la arena. Los que estaban en los vestidores corrieron hacia el túnel de cuadrillas y encontraron soldados entrando por el otro extremo. Siete mandos intentaron escapar por el túnel de evacuación.
Corrieron por los 150 m del túnel a oscuras, sin saber que el vehículo blindado estaba estacionado sobre la boca de alcantarilla. Cuando llegaron al final del túnel y empujaron la tapa de la alcantarilla, la tapa no se movió. Empujaron con más fuerza, golpearon, gritaron. Y desde arriba, desde encima del vehículo blindado que tapaba la salida, un soldado les dijo, “De ahí no salen, regresen.
” Los siete regresaron por el túnel y fueron detenidos por los soldados del quinto equipo, que ya habían entrado al túnel desde el otro extremo. fueron esposados dentro del túnel de evacuación a 70 m de la plaza y a 80 m de la calle, atrapados en el punto medio de un pasadizo que fue diseñado para salvar vidas en caso de emergencia y que esta noche no salvó a nadie.
89 detenidos, cero disparos, 117 rifles de asalto de comizados de los corrales donde se almacenaban las armas, 61 pistolas, 44 granadas, 192,000 cartuchos. 208 kg de metanfetamina y kg de cocaína almacenados en los chiqueros que no se usaban como celdas de castigo y 28 millones de pesos en efectivo escondidos detrás de un panel falso en el muro de la enfermería.
El decomiso de armas merece descripción aparte porque la cantidad y la variedad revelan la capacidad bélica que el CJNY mantiene dentro de una ciudad. Los 117 rifles de asalto incluían AR15, AK47 y rifles Barret calibre 0,50 que tienen la capacidad de perforar el blindaje de un vehículo militar a 1 km de distancia. Los Barret estaban almacenados en los corrales del fondo de la plaza, los más alejados de las entradas, envueltos en mantas de lana y dentro de estuches rígidos.
El CJNG trataba los Barret con un cuidado especial porque cada uno cuesta entre 15 y $25,000 en el mercado negro y porque son armas de precisión que necesitan calibración y mantenimiento regular para funcionar. Las 44 granadas de fragmentación estaban almacenadas en una caja fuerte empotrada en el muro de uno de los corrales. La caja fuerte era una caja de seguridad bancaria que alguien sacó de un banco y que transportó hasta la plaza de toros e instaló en el muro de concreto de un corral donde alguna vez esperó un toro de 500 kg. Las granadas dentro de una
caja de banco, dentro de un corral de toros, dentro de una plaza clausurada. Las capas de absurdo se acumulan con cada detalle. Los 208 kg de metanfetamina y los 137 de cocaína representan un valor en el mercado de aproximadamente 300 millones de pesos. El CJNG usaba la plaza como almacén de tránsito. La droga llegaba de noche por el desolladero, se almacenaba en los chiqueros y se redistribuía en cargamentos más pequeños que salían por la puerta de cuadrillas hacia los puntos de distribución en la ciudad y en las
carreteras del norte. Los 28 millones de pesos en efectivo estaban detrás de un panel falso en la enfermería que los peritos descubrieron cuando notaron que la pared tenía un sonido hueco al golpearla. El panel se abría con un mecanismo de presión similar al de los pasadizos de la Hacienda de Hidalgo. Empujas en el punto correcto y la sección de pared se desliza.
Detrás, fajos de billetes de 500 y de 1000 pesos empaquetados con ligas y apilados en estantes metálicos. El dinero de las plazas del corredor de Zacatecas consolidado en una enfermería taurina a 8 m bajo las gradas de una plaza de toros abandonada. Quiero hablar de los 89 detenidos. De los 89, 52 eran combatientes.
15 eran logística y transporte. Ocho eran comunicaciones y vigilancia, siete eran mandos y siete eran personal de apoyo, cocineros, mecánicos y los que mantenían la plaza en condiciones habitables, lo que incluía una labor de limpieza constante porque una plaza de toros abandonada genera basura, escombro y plagas de ratas que hay que controlar si quieres que 89 personas vivan ahí sin enfermarse.
El jefe de la célula tenía 47 años, originario de Aguascalientes, exmilitar con 15 años de servicio en La Sedena antes de desertar y unirse al CJNG hace 6 años. Conocía tácticas militares, conocía los protocolos de los operativos, sabía cómo piensa el ejército, cómo planifica, cómo ejecuta. Y usó ese conocimiento para diseñar el sistema defensivo de la plaza de toros, los puestos de vigilancia en las gradas.
las posiciones de tiro en los tendidos, los protocolos de escape por los túneles y la distribución del personal en los espacios de la plaza. Un exmitar diseñando la defensa de una base del narcotráfico con la doctrina que el ejército le enseñó. Es la traición más literal que existe. Usar el conocimiento que la institución te dio para pelear contra la institución que te lo dio.
El jefe de la célula sabía que la Sedena iba a sellar los túneles antes de entrar. Lo sabía porque él habría hecho lo mismo, pero no anticipó que la Sedena iba a sellar los cuatro túneles simultáneamente a las 3 de la mañana. Pensaba que tendría al menos un túnel libre, que la coordinación del ejército no sería tan precisa, que algún equipo llegaría tarde, que habría una ventana de escape de 30 o 40 segundos.
No la hubo. Los cuatro túneles fueron sellados en menos de un minuto y cuando los siete mandos corrieron al túnel de evacuación y encontraron la tapa de la alcantarilla bloqueada por un vehículo blindado, el jefe de la célula entendió que el ejército que él abandonó hace 6 años había mejorado, que los protocolos que él conocía habían evolucionado y que el conocimiento que tenía, que fue relevante cuando desertó, ya estaba obsoleto.
Quiero hablar de la comunidad alrededor de la plaza porque los vecinos de la zona vivieron durante meses con una base del CJNG a 100 m de sus casas. La monumental de Zacatecas está rodeada por una colonia popular donde viven aproximadamente 4,000 personas. Casas de una y dos plantas de bloc y lámina, tiendas de abarrotes, una primaria, una secundaria técnica, un parque con juegos oxidados.
Es una colonia de clase trabajadora donde la gente sale a las 6 de la mañana a trabajar y regresa a las 7 de la noche a cenar y a ver televisión. Los vecinos sabían que algo pasaba en la plaza. Lo sabían porque de noche se escuchaban motores de camioneta dentro de la plaza, porque se veían luces en las gradas que se suponía debían estar apagadas.
Porque los perros de la colonia ladraban hacia la plaza sin parar a las 3 de la mañana y porque a veces en las madrugadas se oían disparos que venían de adentro, los combatientes practicando tiro en la arena. Nadie denunció, excepto don Serafín, que denunció por un camino tan indirecto que tardó semanas en llegar al ejército.
Nadie llamó al 911, nadie fue a la delegación de policía, nadie habló con un periodista porque en Zacatecas denunciar al CJNG es firmar una sentencia de muerte. Los vecinos de la colonia lo sabían. Habían visto lo que le pasaba a los que hablan, cuerpos colgados de los puentes con cartulinas que dicen por soplón. En Zacatecas el silencio es supervivencia y 4,000 personas guardaron silencio mientras 89 sicarios del CJNG operaban a 100 m de la primaria donde sus hijos aprendían a leer.
Quiero hablar de Zacatecas como corredor de tránsito porque sin ese contexto no se entiende por qué el CJNG invierte en bases dentro de la ciudad capital. Zacatecas es el corredor central de la droga en México. La geografía lo determina. El estado está exactamente en el centro del país, entre las zonas de producción del Pacífico y los puntos de cruce en la frontera norte.
Cualquier cargamento que suba del Pacífico tiene que pasar por Zacatecas o rodear el estado añadiendo cientos de kilómetros. Es el cuello de botella geográfico del narcotráfico mexicano. El CJNG y el cártel de Sinaloa pelean por ese corredor desde 2020. La guerra ha convertido a Zacatecas en un estado donde los enfrentamientos son diarios, donde las carreteras son zonas de riesgo y donde la presencia del estado se reduce a operativos puntuales que controlan una zona durante días y que después se retiran dejando el vacío que
los cárteles llenan de inmediato. La plaza de toros era un cuartel urbano del CJNG en la capital, una base desde la cual el cártel proyectaba control sobre las colonias circundantes, coordinaba el transporte de cargamentos que cruzaban la ciudad y mantenía una fuerza de combate lista para responder a los ataques del cártel de Sinaloa.
La guerra de Zacatecas se pelea en las carreteras, en los pueblos y en las colonias. Es una guerra que los civiles viven en los retenes de los cárteles, en los toques de queda informales, en las llamadas de extorsión mensuales y en los cuerpos que aparecen colgados de los puentes. La plaza de toros clausurada era la manifestación física de esa guerra instalada en la periferia de la capital.
Un cuartel disfrazado de ruina, un ejército escondido dentro de un espectáculo muerto. Los niños de la primaria escuchaban los disparos de la práctica de tiro en la arena de la plaza. La maestra de tercer grado declaró después del operativo que cuando se escuchaban los balazos les decía a los niños que eran cohetes, que alguien estaba celebrando algo.
Los niños ya no preguntan cuando escuchan balazos en Zacatecas. Ya saben que no son cohetes. Pero fingen que son cohetes porque eso es lo que les enseñamos. Los niños de Zacatecas aprenden a fingir que los balazos son cohetes. Es la frase que define el estado. La frase que define lo que le pasa a una generación que crece escuchando disparos y aprendiendo a no preguntar de dónde vienen.
Quiero hablar de la plaza de toros como patrimonio cultural, porque su historia está vinculada a la identidad de Zacatecas, de una manera que la ocupación del CJNG profanó. La monumental de Zacatecas fue inaugurada en 1975. con una corrida de toros que asistieron el gobernador del estado, el arzobispo de Zacatecas y 15,000 aficionados que llenaron la plaza hasta el último tendido.
Durante 41 años, la Monumental fue el centro de la fiesta brava en el altiplano central de México. Ahí torearon los grandes matadores de la época, Eloy Cavaos, Manolo Martínez, Joselito Huerta. Ahí se celebraron las corridas del festival del folklore que cada agosto atraían a aficionados de todo el país. Y ahí, en la arena de 40 m de diámetro cubierta de albero importado de España, se vivieron tardes de gloria y tardes de horror que los aficionados zacatecanos recuerdan con la pasión que solo la tauromaquia genera.
O la amas o la odias, pero no te es indiferente. Para los zacatecanos que crecieron yendo a la plaza los domingos con sus padres y abuelos, la Monumental es más que un edificio. Es un espacio de memoria colectiva donde se forjaron tradiciones familiares, donde se celebraron los días de fiesta y donde generaciones de zacatecanos compartieron la experiencia de ver a un hombre solo frente a un toro de media tonelada con nada más que una capa y una espada.
El CJNG convirtió ese espacio de memoria en una base militar. Los corrales donde esperaban los toros ahora servían de dormitorios para sicarios. La arena donde los toreros jugaban con la muerte ahora era estacionamiento de camionetas blindadas. La enfermería donde un cirujano salvaba toreros heridos ahora era un centro de comunicaciones.
Y los túneles por donde salían los toreros heridos y los toros muertos ahora eran rutas de escape para narcotraficantes. Los aficionados taurinos de Zacatecas que se enteraron de lo que pasaba dentro de la plaza, reaccionaron con una indignación que mezcla el duelo por el espectáculo perdido con la rabia por la profanación del espacio.
Un aficionado de 78 años que asistió a la corrida inaugural en 1975 dijo, “Esa plaza es sagrada. Para nosotros los taurinos, una plaza de toros es como una catedral. Y lo que hicieron ahí dentro es una profanación. Es como meter narcotraficantes a una iglesia. Es como meter narcotraficantes a una iglesia. Lo hemos visto en conventos, en capillas, en catacumbas bajo cementerios.
El CJNG no tiene límites cuando se trata de usar espacios sagrados, culturales o comunitarios como bases militares. Todo espacio abandonado es un espacio disponible y todo espacio disponible es una base potencial. A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la de los siete mandos en el túnel de evacuación.
Siete hombres corriendo a oscuras por un túnel de 150 m debajo de una explanada de concreto, con las linternas rebotando en las paredes, con el eco de sus pisadas y de su respiración agitada, amplificándose en el espacio cerrado, corriendo hacia la salida que los iba a sacar de la plaza, que los iba a llevar a la calle, que los iba a meter en la camioneta con el motor encendido, corriendo hacia La Libertad.
150 m de carrera, 2 minutos de adrenalina y de esperanza y al final del túnel la tapa de la alcantarilla que no se abre, que empujan y no se mueve, que golpean y no cede, porque encima hay un vehículo blindado de 10 toneladas que un soldado estacionó ahí 3 minutos antes de que los siete empezaran a correr. 3 minutos.
La diferencia entre escapar y ser capturado dentro de un túnel debajo de una plaza de toros. 3 minutos que el jefe de la célula, el exmilitar que conocía los protocolos del ejército, no anticipó porque los protocolos que él conocía eran los de hace 6 años. Y en 6 años el ejército aprendió a hacer 3 minutos más rápido.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. La monumental de Zacatecas fue asegurada por la Sedena y está cerrada con cinta militar y candados federales. Las camionetas fueron retiradas de la arena, las armas fueron sacadas de los corrales, los colchones fueron levantados de los espacios donde los toros esperaban su turno para morir y donde los sicarios esperaban su turno para salir a operaciones.
La Virgen de la Macarena sigue en la capilla con las manos juntas mirando hacia abajo. Los soldados no la tocaron. Los sicarios tampoco la habían tocado. Es lo único de la plaza que nadie profanó. Un espacio de 3 por 4 met donde los toreros rezaban y donde los sicarios rezaban, y donde la Virgen miraba a unos y a otros con la misma expresión de misericordia, sin distinguir entre el hombre que va a enfrentar a un toro y el hombre que va a enfrentar a otro tipo de muerte.
Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que pases frente a una plaza de toros clausurada, frente a un estadio abandonado, frente a cualquier recinto enorme que el gobierno cerró y olvidó, recuerda que los muros de 6 m que se construyeron para contener multitudes también pueden contener ejércitos y que los túneles que se construyeron para sacar heridos también pueden sacar fugitivos.
En México, todo lo que se construye para un propósito termina sirviendo para otro y el nuevo propósito casi siempre es peor que el original. La pregunta que queda es, ¿qué va a pasar con la monumental de Zacatecas ahora que el ejército la recuperó del CJNG? La plaza necesita los mismos 45 millones de pesos de rehabilitación que necesitaba cuando fue clausurada en 2016.
más los daños adicionales de 8 años de abandono y de meses de ocupación criminal, los impactos de bala en los burladeros, las gradas sucias de aceite de motor de las camionetas que se estacionaban en la arena, las paredes de los corrales marcadas con grafiti del CJNG y el olor a encierro humano que impregna los espacios de concreto donde 89 personas vivieron durante meses sin ventilación adecuada.
El Ayuntamiento de Zacatecas ha dicho que evaluará las opciones para darle uso a la plaza, lo que en lenguaje burocrático significa que la plaza va a seguir cerrada durante meses o años mientras los funcionarios deciden qué hacer con ella. Y mientras deciden, la plaza va a estar ahí vacía otra vez con sus muros de 6 m, sus corredores oscuros, sus túneles subterráneos y la tentación permanente que representa para cualquier grupo criminal.
que necesite un edificio con las características de una fortaleza medieval en la periferia de la capital de un estado en guerra. Si la plaza no se rehabilita y se le da un uso legítimo, va a ser ocupada otra vez. Quizás no por el CJNG, quizás por el cártel de Sinaloa que opera al norte de Zacatecas y que estaría encantado de tener un cuartel con cuatro túneles de escape en la capital del estado que disputa o por cualquier otro grupo que vea lo mismo que el CJNG vio hace meses.
Una fortaleza de concreto con capacidad para 100 personas, con almacenes de concreto donde caben toneladas de droga y con túneles que salen por debajo del perímetro hacia puntos donde nadie los busca. La solución es obvia y ha sido obvia desde 2016. Rehabilitar la plaza, darle un uso, convertirla en centro cultural, en centro deportivo, en espacio comunitario que la colonia de 4,000 habitantes necesita y que actualmente no tiene.
Invertir los 45 m0000 que nunca se invirtieron y que habrían evitado que la plaza terminara como base del narcotráfico. Pero los 45 millones siguen sin aparecer y la plaza sigue cerrada y el próximo grupo que la descubra va a ver lo mismo que el CJNG vio. Muros, túneles y silencio. La combinación perfecta para esconder un ejército.
Don Serafín va a seguir vendiendo elotes en la esquina de la explanada. Va a seguir mirando la plaza desde su carrito. Va a seguir despertándose a las 3 de la mañana cuando escuche motores en la calle. Y si algún día vuelve a ver una camioneta negra frente a la boca de alcantarilla con el motor encendido, va a saber que la plaza no está vacía otra vez.
Porque don Serafín aprendió algo que el gobierno de Zacatecas debería aprender, que los edificios abandonados no se quedan vacíos, que alguien siempre los llena y que un elotero de 67 años con insomnio y ventana a la calle puede ver lo que todo el aparato de seguridad del Estado no ve. Yeah.