El drone llevaba una cámara que no era normal. No era la cámara de 12 megapíxeles que trae cualquier drone comercial para sacar fotos aéreas de bodas y quinceañeras. Era una cámara térmica dual con un módulo de procesamiento de imagen que los peritos tardaron tr días en entender. Porque la cámara no solo grababa video, comparaba.
Cada rostro que captaba en vuelo era procesado por un algoritmo que lo cotejaba en tiempo real contra una base de datos de fotografías almacenada en una tarjeta de memoria dentro del drone. Si el algoritmo encontraba coincidencia, el drone emitía una señal al operador, una señal que decía objetivo localizado. El CJNG estaba cazando personas desde el aire con drones que reconocían caras.
Los gafes encontraron 14 drones con esta capacidad en un rancho de Tamaulipas. 14 drones equipados con cámaras de reconocimiento facial almacenados en cajas de pelicán con espuma recortada a la medida de cada componente, como si fueran equipo fotográfico de alta gama. Cada caja contenía el drone, la cámara, el control remoto, las baterías, las gafas FPV para el piloto y una tarjeta de memoria con la base de datos de rostros que el dron debía buscar.
Las tarjetas de memoria contenían fotografías de personas, personas reales, con nombre, con dirección, con descripción de sus vehículos, con sus horarios de trabajo, con las rutas que recorrían para ir de su casa a su oficina, policías, militares, funcionarios de gobierno, periodistas, líderes de grupos rivales, empresarios que no pagaban cuota.
s desde el aire, en tiempo real, sin necesidad de informantes en tierra.
Si el CJNG quiere encontrar al jefe de una célula rival, ya no necesita mandar halcones a buscarlo por las calles. Manda un drone. El drone vuela sobre la zona donde se cree que está el objetivo. La cámara escanea los rostros de las personas que están abajo y cuando encuentra una coincidencia con la base de datos, el operador sabe exactamente dónde está su objetivo, a qué hora, en qué vehículo, con cuántas personas, todo sin que el objetivo sepa que está siendo observado. Es vigilancia de precisión.
Es lo que la CIA hace con sus drones Predator sobre Afganistán y Yemen, solo que aquí lo hace un cártel mexicano sobre las calles de Tamaulipas con drones comerciales modificados y un algoritmo de reconocimiento facial que probablemente fue entrenado con fotos robadas de redes sociales. Ahora vamos al rancho porque lo que había dentro es un laboratorio de guerra tecnológica que merece ser descrito con el detalle que requiere.
El rancho tenía tres áreas funcionales. La primera era el hangar de drones, un cobertizo grande donde se almacenaban, se ensamblaban y se daba mantenimiento a los drones. El cobertizo tenía mesas de trabajo con herramientas de precisión, soldadores, multímetros y componentes de repuesto organizados en cajas etiquetadas.
Los 14 drones estaban en sus cajas de pelicán alineadas en estantes metálicos, pero también había componentes para ensamblar más motores, hélices, baterías, controladores de vuelo y las cámaras duales térmicas que eran el corazón del sistema de reconocimiento. Los peritos contaron las cámaras. Había 23, 14 instaladas en los drones operativos y nueve adicionales en cajas sin abrir, listas para ser montadas en drones que todavía estaban en proceso de ensamblaje.
Cada cámara costaba, según las estimaciones de los peritos, entre 15 y $5,000 en el mercado internacional. 23 cámaras representan una inversión de entre 345,000 y 575,000 solo en cámaras. Es una inversión enorme que habla de la seriedad con la que el CJNG está desarrollando su programa de vigilancia aérea. Las cámaras eran de fabricación china, modelos de grado comercial industrial diseñados originalmente para aplicaciones de seguridad y vigilancia en edificios, aeropuertos y eventos masivos.
No son cámaras militares clasificadas. Son cámaras que se pueden comprar en línea si sabes dónde buscar y tienes el dinero para pagarlas. y alguien en la estructura del CNG sabía dónde buscar. La segunda área era el centro de operaciones, una habitación del casco del rancho que había sido remodelada como sala de análisis.
Cuatro estaciones de trabajo con computadoras de alto rendimiento, monitores de gran formato y discos duros externos con terabytes de almacenamiento. Aquí los analistas del CJNG procesaban las imágenes captadas por los drones, actualizaban las bases de datos de rostros y generaban reportes de inteligencia sobre los movimientos de los objetivos.
Las computadoras tenían software de reconocimiento facial. Los peritos identificaron al menos dos programas diferentes. Uno de código abierto que se puede descargar gratuitamente de internet y que cualquier persona con conocimientos de programación puede instalar y configurar. Y otro que parecía ser una versión modificada de un software comercial de seguridad que se vende a empresas y gobiernos para control de acceso y vigilancia.
El software de código abierto era una versión adaptada de una biblioteca de reconocimiento facial que se usa ampliamente en la comunidad de desarrollo de inteligencia artificial. Es software que se enseña en universidades, que se usa en proyectos académicos, que se discute en foros de programación y que está disponible gratuitamente para cualquiera que quiera descargarlo.
Es tecnología democratizada, es inteligencia artificial accesible y es exactamente eso lo que la hace peligrosa. No necesitas ser la NSA para tener reconocimiento facial. Necesitas una computadora, una conexión a internet y las ganas de aprender. El software comercial es más preocupante porque sugiere que el CJNG tiene acceso a herramientas de vigilancia de grado profesional que se supone están restringidas a clientes gubernamentales y corporativos.
¿Cómo obtuvo el CJNG una licencia de software de reconocimiento facial comercial? probablemente de la misma manera que obtiene todo lo demás, a través de una empresa fachada que se presentó como una compañía de seguridad privada y que compró la licencia legítimamente o a través de un exempleado de una empresa de seguridad que se llevó una copia del software cuando fue reclutado por el cártel o a través del mercado negro de software pirateado, donde las herramientas de vigilancia se venden por una fracción de su precio original.
La tercera área era el campo de pruebas de vuelo, un claro detrás del rancho de unos 100 m por 100, donde los pilotos volaban los drones y probaban los sistemas de cámara. En el suelo del campo de pruebas encontraron algo que los soldados fotografiaron con especial atención. Maniquíes. Seis maniquíes de los que se usan en tiendas de ropa con fotografías de rostros humanos pegadas a la cara.
Los pilotos de drone practicaban el reconocimiento facial volando sobre los maniquíes y verificando que el sistema detectara correctamente los rostros de las fotografías. Era un campo de entrenamiento de vigilancia aérea con reconocimiento facial, con maniquíes como objetivos de práctica en un rancho ganadero de Tamaulipas. Quiero ahora hablar de las bases de datos de rostros que encontraron en las tarjetas de memoria de los drones, porque el contenido de esas bases de datos es lo más perturbador de todo el caso. Los analistas revisaron las 14
tarjetas de memoria. En total contenían fotografías de 312 personas diferentes, 312 rostros, 312 personas que el sex tenía identificadas como objetivos de vigilancia o de acción. Las fotografías venían de múltiples fuentes, algunas eran fotos oficiales, credenciales de elector, licencias de conducir, gafetes institucionales.
Eso indica que el CJNG tiene acceso a bases de datos gubernamentales, ya sea por hackeo, por compra de datos robados o por colaboración de funcionarios corruptos que les proporcionan la información. Otras eran fotos tomadas de redes sociales, fotos de perfil de Facebook, de Instagram, de LinkedIn.
Las personas que publican sus fotos en redes sociales con configuraciones de privacidad abiertas están, sin saberlo, alimentando la base de datos de vigilancia de un cártel y otras eran fotos de vigilancia, imágenes tomadas con teleobjetivo desde vehículos o desde posiciones de observación donde el sujeto no sabe que está siendo fotografiado.
De las 312 personas, los analistas de inteligencia identificaron las siguientes categorías. 143 eran miembros de grupos criminales rivales, líderes, mandos medios y operadores de las facciones que controlan Tamaulipas y que el CNG busca desplazar. El reconocimiento facial de estas personas permitiría al CGNG localizarlos para emboscarlos, atacarlos o simplemente monitorear sus movimientos para anticipar sus operaciones.
67 eran miembros de las fuerzas de seguridad, policías estatales y municipales, elementos de la Guardia Nacional y personal militar que opera en la zona. Incluían mandos y tropa. Los mandos estaban identificados con nombre, rango y zona de operación. La tropa estaba identificada por las fotografías de sus gafetes institucionales.
El propósito de tener a las fuerzas de seguridad en la base de datos es doble. Primero, identificarlos para evitarlos durante las operaciones del CJ y segundo, identificarlos para amenazarlos, extorsionarlos o eliminarlos si interfieren con las operaciones del cártel. 48 eran civiles clasificados como objetivos de interés, empresarios, políticos locales, periodistas, líderes comunitarios y personas cuya relación con el CJ o con sus rivales los convertía en blancos de vigilancia.
Los periodistas me preocupan particularmente. Tamaulipas es uno de los estados más peligrosos de México para ejercer el periodismo. Decenas de periodistas han sido asesinados o desaparecidos en el estado. Que el CJNG tenga sus fotos en una base de datos de reconocimiento facial para drones es una amenaza de muerte tecnologizada. Ya no necesitan mandar a alguien a seguir al periodista. Mandan un drone.
El drone lo encuentra y el drone reporta exactamente dónde está. y 54 eran personas cuya categoría los analistas todavía no han podido determinar. Personas con foto pero sin nombre claro en la base de datos identificadas solo por un código alfanumérico. Los analistas están cruzando las fotografías con bases de datos gubernamentales para identificarlas, pero el hecho de que haya 54 personas que el CJ TNG vigila con drones y que nadie sabe quiénes son genera una incertidumbre que es en sí misma aterradora. 312 personas, 312
familias que no saben que un drone con cámara de reconocimiento facial tiene la foto de su padre, de su madre, de su hermano, de su hija y que puede localizarlos desde el aire en cualquier momento. 312 vidas pendiendo de un algoritmo que compara píxeles y que si encuentra coincidencia envía una señal al operador que dice, “Ahí está.
” Quiero ahora hablar de los 53 detenidos porque su perfil confirma que el CJ está construyendo una división de guerra tecnológica con personal especializado que no tiene precedente en el narcotráfico mexicano. De los 53, 14 eran pilotos de drone. Jóvenes con experiencia en vuelo de drones recreativos o comerciales, reclutados con el mismo patrón que vimos en Querétaro, contactados a través de comunidades en línea, atraídos con sueldos atractivos y atrapados una vez que descubrían la verdadera naturaleza del trabajo. Ocho eran técnicos de
hardware. Las personas que ensamblaban los drones, instalaban las cámaras, configuraban los sistemas de transmisión de video y daban mantenimiento al equipo. Tenían formación en electrónica, mecatrónica o ingeniería de sistemas. Algunos habían trabajado en empresas de tecnología antes de ser reclutados.
Seis eran programadores y analistas de datos. Las personas que configuraban el software de reconocimiento facial, que alimentaban las bases de datos con las fotografías de los objetivos, que procesaban las imágenes captadas por los drones y que generaban los reportes de inteligencia. Estos eran los más capacitados del grupo.
Tenían formación universitaria en ingeniería de sistemas, ciencia de datos o inteligencia artificial. Uno tenía una maestría en visión por computadora de una universidad pública de México, una maestría, un investigador académico que dejó la academia para trabajar para el CESTING. La historia de ese programador merece ser contada. Tenía 31 años.
Hizo su licenciatura en ingeniería de sistemas en una universidad pública. Le fue bien. Publicó un par de artículos sobre procesamiento de imágenes en conferencias académicas. Ganó una beca para la maestría. Se especializó en visión por computadora, que es el campo de la inteligencia artificial que se ocupa de enseñar a las máquinas a ver e interpretar imágenes.
Su tesis de maestría fue sobre algoritmos de detección de rostros en condiciones de baja iluminación. Exactamente la tecnología que el CJNG necesitaba para sus drones de vigilancia nocturna. Cuando terminó la maestría buscó empleo. Las opciones en México para un especialista en visión por computadora son limitadas.
Las empresas de tecnología que hacen investigación en inteligencia artificial están en Guadalajara, en la Ciudad de México y en Monterrey. Los sueldos de entrada para un recién egresado de maestría rondan los 25 o 30,000 pesos al mes. Competitivo para el mercado mexicano, pero el CJNG le ofreció 100,000 100,000 pesos al mes por adaptar algoritmos de reconocimiento facial para que funcionaran en cámaras montadas en drones que vuelan a 100 m de altura.
por optimizar la detección de rostros en condiciones de movimiento, de distancia variable, de iluminación cambiante, por entrenar los modelos de inteligencia artificial con las fotografías de las 312 personas que el CJNG quería poder localizar desde el aire, no le dijeron para qué era cuando lo contactaron. Le dijeron que era un proyecto de seguridad que necesitaba un especialista en visión por computadora para desarrollo de sistemas de vigilancia.
Le hicieron una entrevista por videollamada, le mostraron las cámaras que tenían, le explicaron los requerimientos técnicos y le ofrecieron 100,000 pes. Aceptó. Cuando llegó al rancho de Tamaulipas y vio los drones, las armas y las fotos de las personas que iba a programar el sistema para encontrar, entendió y se quedó porque ya sabía demasiado, porque ya había visto las caras, porque la cláusula de confidencialidad del CJNG no se firma con pluma, sino con miedo.
Ese programador de 31 años con maestría en visión por computadora es quizás el activo más valioso que los gafes capturaron en este operativo. No por el daño que pueda hacer en prisión, sino por el daño que ya hizo en libertad. Configuró un sistema de vigilancia con reconocimiento facial que el CJNG puede replicar.
Los conocimientos que transmitió a otros miembros del equipo técnico no se decomizan. Los algoritmos que entrenó se pueden copiar y las bases de datos de rostros se pueden reconstruir con fotografías nuevas. 12 eran personal de seguridad que custodiaba el rancho. Armados con rifles, organizados en turnos de vigilancia, con un sistema de cámaras que cubría los accesos del rancho y que, irónicamente también usaba reconocimiento facial para identificar a cualquier persona que se acercara a la propiedad.
y 13 eran personal de apoyo, cocineros, personal de limpieza, chóeres que transportaban equipo y provisiones y un par de personas cuya función específica está siendo determinada. Quiero ahora hablar de cómo los gafes llegaron al rancho, porque la historia del descubrimiento conecta con algo que hemos visto en otros casos y que me parece que es un patrón cada vez más claro.
La pista vino de una interceptación de comunicaciones. Los analistas de inteligencia naval que monitorean las comunicaciones del CJNG en Tamaulipas captaron una conversación entre dos mandos del cártel donde uno mencionaba los pájaros con ojos que estaban dando resultados en la vigilancia de objetivos. Los pájaros con ojos era el nombre clave que el CJNG usaba internamente para referirse a los drones con reconocimiento facial.
La mención de pájaros con ojos activó una investigación que buscaba determinar qué tipo de tecnología estaba usando el CJNG para vigilancia. Los analistas no sabían que se trataba de reconocimiento facial. Pensaban que podían ser drones con cámaras de alta definición o con sistemas de visión nocturna. La idea de que un cártel mexicano tuviera drones con reconocimiento facial parecía en ese momento demasiado avanzada para ser real.
La investigación localizó el rancho a través del rastreo de las señales de radio que las células del CJNG en Tamaulipas usaban para comunicarse con la base de los pájaros. La triangulación de señales apuntó a la zona del rancho. La vigilancia terrestre confirmó la presencia de personas y de actividad aérea. Los pilotos volaban los drones de entrenamiento sobre el claro detrás del rancho y ese vuelo era visible desde las posiciones de observación que los gafes establecieron a distancia.
El operativo se autorizó y se ejecutó de madrugada. Los gafes rodearon el rancho, aseguraron el perímetro y entraron simultáneamente por el acceso principal y por el flanco trasero. Los 53 ocupantes fueron detenidos sin resistencia significativa. Un guardia de seguridad intentó activar un protocolo de destrucción de evidencia que consistía en formatear los discos duros de las computadoras del centro de operaciones, pero los soldados lo sometieron antes de que pudiera completar el proceso.
Los discos duros quedaron intactos [música] y la información que contienen está siendo procesada por los analistas de inteligencia con la urgencia que el caso requiere. Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para la seguridad de las personas que aparecen en las bases de datos de los drones, porque la amenaza es inmediata y concreta.
Las 312 personas cuyas fotografías estaban en las tarjetas de memoria de los drones necesitan ser notificadas. Necesitan saber que el CJNG las tenía identificadas como objetivos de vigilancia. Necesitan tomar precauciones, necesitan cambiar sus rutinas, necesitan variar sus rutas de transporte. Necesitan estar alertas porque aunque los 14 drones del rancho fueron decomizados, el CJNG puede tener copias de las bases de datos en otros puntos.
Puede tener otros drones que no estaban en el rancho. Puede tener otros operadores en otros estados con la misma capacidad de reconocimiento facial. La notificación de las 312 personas es un proceso delicado. Algunas son militares y policías que ya operan con protocolos de seguridad, pero otras son civiles, periodistas, empresarios que no tienen protección institucional y que van a tener que procesar la información de que un cártel los estaba rastreando desde el aire con inteligencia artificial.
Esa información genera miedo y el miedo puede paralizar, puede hacer que un periodista deje de investigar, que un empresario deje de denunciar la extorsión, que un político deje de oponerse al cártel. El simple hecho de saber que estás en la base de datos de un drone del CJNG es una forma de control.

No necesitan atacarte, solo necesitan que sepas que pueden encontrarte y eso para muchas personas es suficiente para silenciarlas. Quiero hablar de las implicaciones más amplias de este caso para el futuro de la guerra contra el narcotráfico, porque los drones con reconocimiento facial representan un salto tecnológico que cambia las reglas del enfrentamiento de una manera fundamental.
Hasta ahora, la ventaja tecnológica en la guerra contra el narcotráfico estaba del lado del estado. Las fuerzas de seguridad tenían satélites, interceptación de comunicaciones, bases de datos, análisis de inteligencia y sistemas de vigilancia que los cárteles no podían igualar. El estado veía más, escuchaba más y sabía más que el enemigo.
Esa ventaja de información compensaba en parte las ventajas que los cárteles tenían en otros ámbitos: dinero, corrupción, presencia territorial y voluntad de usar la violencia sin restricciones. Los drones con reconocimiento facial erosionan esa ventaja porque le dan al CJNG una capacidad de vigilancia que antes era exclusiva de los servicios de inteligencia estatales.
El CJNG ahora puede localizar personas específicas desde el aire, puede monitorear sus movimientos, puede anticipar sus rutas, puede planificar ataques con una precisión que antes solo los ejércitos con tecnología satelital podían lograr. y puede hacer todo eso con equipo que cuesta una fracción de lo que cuestan los sistemas de vigilancia del Estado.
La asimetría tecnológica se está invirtiendo. Los cárteles están adoptando tecnologías que les permiten competir con el Estado en el ámbito de la información. Drones con cámaras en Querétaro, drones bomba en la zona de conflicto, [música] interceptación de comunicaciones en la Ciudad de México y ahora reconocimiento facial en Tamaulipas.
Cada caso que cubrimos muestra una escalada tecnológica del CJNG que reduce la ventaja informativa del estado y la velocidad de esa escalada es alarmante. Hace 5 años los drones del narcotráfico eran aparatos toscos que se usaban para vigilar desde arriba. Hace 3 años empezaron a aportar explosivos. Hace un año tenían cámaras térmicas para operar de noche y ahora tienen reconocimiento facial con inteligencia artificial.
La curva de innovación tecnológica del CJNG se está acelerando y cada nuevo avance reduce el tiempo hasta el siguiente. ¿Qué viene después del reconocimiento facial? Los expertos en tecnología militar que han analizado este caso sugieren varias posibilidades que deberían alarmar a las autoridades. Drones autónomos que no necesitan piloto, que despegan, vuelan una ruta programada, identifican objetivos con reconocimiento facial y regresan a la base sin intervención humana.
Drones en enjambre que operan en grupo coordinados por un algoritmo central cubriendo un área mucho mayor que un drone individual y drones con capacidad de ataque autónomo que identifican al objetivo y lo atacan sin que un humano tome la decisión de disparar. Suena a ciencia ficción, pero hace 5 años los drones del narcotráfico con reconocimiento facial también sonaban a ciencia ficción y hoy son realidad en un rancho de Tamaulipas.
Las fuerzas de seguridad mexicanas necesitan tomar en serio la amenaza tecnológica que representan los drones del CJNG. Necesitan invertir en sistemas antidrones que puedan detectar y derribar drones en áreas sensibles. Necesitan desarrollar protocolos de protección para las personas que aparecen en las bases de datos del CJNG.
Necesitan monitorear la compra de cámaras de reconocimiento facial y de software de inteligencia artificial para detectar adquisiciones sospechosas y necesitan sobre todo asumir que el CJNG va a seguir innovando, que va a seguir comprando tecnología, que va a seguir reclutando programadores y ingenieros y que cada avance tecnológico que no se anticipe es una ventaja más para el cártel en una guerra donde la información vale más que las balas.
A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La pregunta que te dejo es incómoda, pero necesaria. ¿Tu foto está en internet? ¿Tu cara está en Facebook, en Instagram, en LinkedIn, en algún directorio público? ¿Alguien podría descargar tu foto y meterla en una base de datos de reconocimiento facial sin que tú lo supieras? La respuesta para la mayoría de nosotros es sí.
Nuestras caras están en internet, son públicas, son descargables, son procesables por cualquier algoritmo de reconocimiento facial que alguien quiera usar. Y eso significa que cualquiera de nosotros, en teoría, puede ser incluido en una base de datos como la que el CJNG tenía en las tarjetas de memoria de sus drones. No digo esto para generar paranoia, lo digo para generar conciencia.
La privacidad de nuestro rostro, de nuestra identidad biométrica, es un derecho que la tecnología ha erosionado hasta hacer casi inexistente. Publicamos nuestras fotos sin pensar en quién las puede usar ni para qué. Compartimos nuestra cara con el mundo sin considerar que esa cara puede ser convertida en un dato, en un vector numérico, en un punto de referencia para un algoritmo que un cártel usa para rastrear personas desde el aire.
La regulación de la tecnología de reconocimiento facial es un debate que México necesita tener con urgencia. ¿Quién puede usar esta tecnología? ¿Con qué fines? ¿Con qué controles? ¿Con qué sanciones para el uso indebido? Porque si no se regula, si se deja en manos del mercado libre donde cualquiera puede comprar una cámara y descargar un software, los drones con reconocimiento facial van a proliferar no solo en el narcotráfico, en la delincuencia común, en el acoso, en la vigilancia política, en cualquier ámbito donde alguien quiera
encontrar a alguien que no quiere ser encontrado. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Los discos duros del rancho están siendo analizados y la información que contienen va a revelar la extensión completa del programa de vigilancia con drones del CJNG en Tamaulipas y posiblemente en otros estados.
Cuando esa información salga, vas a acudir la conversación sobre la tecnología en manos del narcotráfico. Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que escuches un zumbido en el cielo y mires hacia arriba y veas un drone volando sobre tu calle, pregúntate si te está sacando una foto o si te está buscando la cara.
Porque en este México, en este Tamaulipas, en este mundo donde la inteligencia artificial está al alcance de quien pueda pagarla, la diferencia entre ser observado y ser rastreado es un algoritmo. Y ese algoritmo en un rancho ganadero del sur de Tamaulipas ya tenía tu cara en su memoria, o la de alguien como tú, y la buscaba desde 100 m de altura con la paciencia infinita de una máquina que no parpadea, que no se cansa y que no siente nada cuando encuentra lo que busca. Okay.