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🇲🇽🚨¡SEDENA DESCUBRE “NARCO-CIUDAD SUBTERRÁNEA” EN COAHUILA! CJNG EXCAVÓ CALLES Y 95 SICARIOS OCULTOS

El soldado que bajó primero dijo que cuando sus botas tocaron el piso y levantó la linterna, pensó que se había equivocado de escalera. Pensó que había bajado a un sótano normal, a una bodega, a un cuarto oscuro como los que ha visto en cientos de cateos. Pero cuando la luz de la linterna se extendió más allá de los primeros metros y el as iluminó lo que había adelante, se detuvo.

 Se quedó parado con la linterna en una mano y el rifle en la otra sin moverse durante tres o cu segundos que para él fueron una hora. Porque lo que tenía enfrente no era un sótano, no era una bodega, no era un cuarto, era una calle, una calle subterránea con piso de concreto alizado, con paredes de bloc a los lados, con techo de losa reforzada a 3 m de altura, con focos de neón cada 5 m que cuando alguien encontró el interruptor y los encendió, iluminaron un pasillo recto de más de 80 m de largo que se perdía en la distancia como el

corredor de una estación de metros. sin trenes. Y a los lados de esa calle, como locales comerciales, en un pasaje subterráneo, había puertas, puertas de madera con marcos de acero numeradas con pintura blanca. Detrás de cada puerta, un espacio diferente, dormitorios, una cocina industrial, un comedor con mesas y sillas para 40 personas, un cuarto de baños con 10 regaderas, un almacén de armas, un centro de comunicaciones, una enfermería, un gimnasio improvisado y al fondo del pasillo, detrás de una puerta doble de acero que necesitó una cizalla

hidráulica para abrirse, un cuarto de mando con mapas en las paredes, computadoras en las mesas y una pantalla grande que mostraba las imágenes de 16 cámaras de vigilancia que cubrían toda la superficie del terreno encima. El cuarto de mando merece una descripción detallada porque era el cerebro de toda la operación.

 Las paredes estaban cubiertas de mapas, no mapas impresos de Google, mapas topográficos de escala 150,000 del INEGI, los mismos que usan los ingenieros y los militares para planificación de operaciones en terreno. Los mapas cubrían toda la región norte de Coahuila, desde la frontera con Texas hasta Monterrey, con anotaciones a plumón de diferentes colores, rutas de transporte en verde, posiciones de retenes militares y policiales en rojo, puntos de cruce fronterizo clandestino en azul, ubicaciones de ranchos aliados en amarillo y zonas marcadas como

hostiles en negro que correspondían a los territorios controlados por el cártel del noreste. Había un mapa específico de la frontera con Texas que mostraba con una precisión que los analistas de inteligencia describieron como alarmante los puntos donde la vigilancia de la Border Patrol estadounidense era más débil, puntos entre las garitas oficiales donde el Río Bravo esable, donde no hay sensores de movimiento, donde las cámaras de la CBP tienen ángulos ciegos.

 Cada punto marcado con una coordenada GPS y una nota sobre la mejor hora para cruzar. Era un mapa de cruces clandestinos de la frontera basado en meses de observación y reconocimiento. Las computadoras del cuarto de mando contenían archivos que los analistas están procesando. Comunicaciones encriptadas con otras células del CJNG en Nuevo León y Tamaulipas, registros financieros de la operación, listas de contactos con alias, fotografías de vigilancia de personas y vehículos y algo que conecta este caso con la estrategia global del

CJNG, un documento de planificación que describe la operación noreste, un plan de expansión territorial del cártel para tomar el control de las rutas de tráfico en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas desplazando al cártel del noreste y a los restos de los setas. La ciudad subterránea de Coahuila no era un escondite improvisado, era el cuartel general de la operación noreste, la base desde la cual el CJNG planeaba coordinar su campaña de conquista territorial en los tres estados del noreste de México y los 95 sicarios que vivían ahí eran la

fuerza de avanzada de esa campaña. 95 personas vivían ahí abajo. 95 sicarios del CJNG, que llevaban semanas, algunos meses, viviendo bajo tierra en una estructura que los soldados que la recorrieron no pudieron describir de otra manera que como una ciudad, una ciudad subterránea, con calles, con electricidad, con agua corriente, con drenaje, con ventilación artificial, con todo lo que necesitas para vivir sin salir nunca a la superficie.

 La Sedena encontró esa ciudad debajo de un rancho ganadero en el norte de Coahuila. Un rancho de 300 hectáreas con vacas flacas, corrales oxidados y un casco de rancho que parecía abandonado. Un rancho que desde el aire, desde la carretera, desde cualquier ángulo que lo miraras, no era más que otro rancho semidesértico del norte de México, de esos que se cuentan por miles entre Monterrey y la frontera con Texas.

 Y debajo de ese rancho, a 4 m bajo la tierra polvorienta de Coahuila, el CJNG construyó lo más ambicioso que hemos visto en toda la serie de hallazgos que hemos cubierto en este canal. Lo más grande, lo más caro, lo más complejo y lo más revelador sobre las ambiciones del cártel en el noreste de México.

 Quédate porque lo que voy a contarte hoy redefine lo que creíamos posible en el narcotráfico mexicano. Coahuila, el estado más grande del norte de México. 250,000 km² de desierto, montañas, matorrales y una arid reseca los labios con solo pensarla. Coahuila es carbón, acero, cerveza y carne asada. Es Saltillo con su industria automotriz.

Es Monclova con sus acereras. Es Piedras Negras y Ciudad Acuña en la frontera con Texas. Y es entre esas ciudades una vastedad de territorio despoblado donde puedes manejar durante horas sin ver más que mezquite, lechuguilla y cielo azul hasta el horizonte. Esa vastedad es la que el CJNG aprovechó, porque en el norte de Coahuila hay ranchos de miles de hectáreas donde el vecino más cercano está a una hora en camioneta por brechas de terracería.

 Ranchos donde no llega la señal de celular, donde no pasan patrullas, donde el único ruido es el viento y el mugido ocasional de una vaca. Ranchos donde puedes excavar una ciudad subterránea durante meses sin que nadie se entere. Coahuila no es un estado que tradicionalmente se asocie con el CJ. Es territorio de los ZAS o de lo que queda de ellos y del cártel del noreste que surgió de la fragmentación de esa organización.

Durante años, la violencia en Coahuila estuvo protagonizada por esos grupos. Las masacres de Allende, donde los setas asesinaron a decenas de personas en un pueblo entero como represalia contra un informante es uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de la violencia en México. Coahuila ha sangrado.

 Coahuila sabe lo que es vivir bajo el terror del crimen organizado y la herida de Allende sigue abierta. En 2011, los setas llegaron al pueblo de Allende, Coahuila, y durante varios días secuestraron, torturaron y asesinaron a decenas de personas, quizás más de 100, como castigo porque alguien del pueblo había proporcionado información al gobierno de Estados Unidos.

 Quemaron casas, destruyeron negocios, desaparecieron familias enteras. Fue un acto de terror masivo que el gobierno estatal de la época encubrió durante años. Las fosas clandestinas de Allende siguen siendo buscadas por los familiares de las víctimas. Los responsables nunca fueron completamente procesados y la comunidad de Allende sigue viviendo con el trauma de lo que pasó.

 La llegada del CJNG a Coahuila abre un nuevo capítulo de violencia potencial en un estado que todavía no ha cerrado el capítulo anterior. Las comunidades del norte de Coahuila, que apenas empezaban a recuperar un nivel de normalidad después de los años más violentos de los setas, ahora enfrentan la perspectiva de una nueva guerra territorial entre el CJNG y el cártel del noreste.

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