Una guerra que si se desata a escala completa podría generar niveles de violencia comparables a los que vive Guanajuato o Zacatecas. La ciudad subterránea de Coahuila estaba diseñada para ser el cuartel general de esa guerra, el punto desde el cual el CJNG coordinaría su campaña de conquista del noreste y los 95 sicarios que vivían ahí eran la fuerza de avanzada, los primeros, los que iban a probar el terreno, identificar las debilidades del enemigo y preparar el camino para contingentes más grandes que llegarían después. El desmantelamiento de la
ciudad subterránea retrasó esos planes, pero no los detuvo. El CJNG va a intentarlo de nuevo con otra base, en otro rancho con otros 95 combatientes, porque la lógica de expansión territorial del cártel no depende de un solo punto, depende de la voluntad de crecer. Y esa voluntad, hasta ahora nadie ha logrado quebrarla.
Que el CJNG haya construido una base subterránea en Coahuila significa que su expansión hacia el noreste de México ha alcanzado un nivel que va más allá de la infiltración esporádica. Es una inversión permanente, una infraestructura diseñada para durar años, un compromiso con el territorio que dice, “Venimos para quedarnos.
No estamos de paso, no vamos a irnos. Estamos cavando nuestras raíces bajo tu tierra. Ahora vamos a la ciudad subterránea porque llamarla búnker o túnel no le hace justicia. Es una estructura que merece ser descrita con el detalle que requiere para entender su escala y su complejidad. El acceso principal estaba en un cobertizo del casco del rancho, un cobertizo de lámina que parecía almacenar herramientas y equipo agrícola, tractores viejos, implementos de labranza, rollos de alambre de púas, lo normal de un rancho
ganadero. Pero en el piso del cobertizo, debajo de una capa de tierra suelta y de unas tablas de madera, había una escotilla de acero. La escotilla se abría con una combinación mecánica sin llave y daba acceso a una escalera de concreto que bajaba 4 m hasta el nivel de la ciudad subterránea. La escalera desembocaba en lo que los soldados llamaron la plaza de entrada, un espacio de unos 4 m por 4 con techo de losa, donde arrancaban dos corredores principales, el corredor norte y el corredor sur. Dos calles subterráneas
que se extendían en direcciones opuestas desde la plaza de entrada. formando una T invertida cuyo tallo era la escalera de acceso. El corredor norte era el más largo, 83 m de longitud según las mediciones de los ingenieros militares. A lo largo de ese corredor estaban los dormitorios, 12 habitaciones a cada lado, 24 en total, con capacidad para cuatro personas cada una.
literas de metal, colchones, cobijas, almohadas, lockers individuales con candado, cada habitación con su puerta numerada, con su foco de techo, con su contacto eléctrico donde los ocupantes cargaban sus teléfonos y sus radios. Parecían las habitaciones de un albergue o de una residencia estudiantil, austeras, pero funcionales, limpias, ordenadas.
Al final del corredor norte estaban los baños y las regaderas. 10 regaderas con cortina de plástico alimentadas por un sistema de agua que bombeaba desde un pozo profundo del rancho a través de una tubería que bajaba por un ducto sellado. Agua caliente proporcionada por un boiler de gas cuyo ducto de ventilación subía discretamente por una grieta en la roca hasta la superficie donde se disimulaba entre las piedras del terreno.
acusados conectados a un sistema de drenaje que evacuaba las aguas residuales hacia una fosa séptica enterrada a unos 30 m de la estructura principal. El corredor sur era más corto, unos 40 m, pero contenía las áreas funcionales de la ciudad. La cocina industrial con dos estufas de gas de seis quemadores, un refrigerador comercial, una mesa de preparación de acero inoxidable y estantes con provisiones de comida.
El comedor con mesas y sillas plegables para 40 personas donde los ocupantes comían en dos turnos, el almacén de armas detrás de una puerta de acero con cerradura de combinación, el centro de comunicaciones con radios de largo alcance, monitores de cámaras de vigilancia y una antena que subía por un ducto hasta la superficie, la enfermería con una camilla, un botiquín profesional y equipo de sutura y el gimnasio, un espacio con pesas, una barra de dominada soldada.
al techo y colchonetas en el piso. Cada espacio estaba diseñado con una funcionalidad que los ingenieros militares describieron como sorprendentemente profesional. Las paredes de block estaban aplanadas y pintadas de blanco, lo que daba una sensación de limpieza y amplitud que contrastaba con la imagen de un túnel oscuro y húmedo.
Los pisos de concreto estaban alizados con llana, nivelados, sin charcos ni irregularidades. Los techos de losa tenían impermeabilizante que impedía las filtraciones de agua de superficie y la ventilación alimentada por extractores eléctricos que movían aire fresco desde la superficie a través de ductos de PVC distribuidos por toda la estructura, mantenía una temperatura constante y un flujo de aire que impedía la acumulación de humedad y de olores.
es ingeniería subterránea de nivel profesional. Alguien que entiende de excavación, de cimentación, de impermeabilización, de sistemas hidráulicos y eléctricos, diseñó y supervisó la construcción de esta ciudad. No fue improvisación, fue un proyecto de ingeniería civil ejecutado bajo tierra con los mismos estándares que se aplicarían a la construcción de un sótano comercial o de un estacionamiento subterráneo.
Quiero profundizar en la construcción porque la escala del trabajo es difícil de dimensionar sin números concretos. Los ingenieros militares que evaluaron la estructura estimaron que la excavación total de la ciudad subterránea removió aproximadamente 4,000 m³ de tierra y roca. 4000 m³, para que lo visualices, es el volumen de una alberca olímpica y media.
Todo ese material fue sacado de debajo de la tierra, subido por la escalera o por un sistema de poleas que los constructores instalaron temporalmente y dispersado en el terreno del rancho a lo largo de meses. Dispersar 4000 m³ de tierra sin que nadie lo note requiere creatividad. Los constructores usaron varias estrategias.
Parte de la tierra fue esparcida en las áreas de pastoreo del rancho, nivelando terrenos que tenían desniveles naturales. Parte fue usada para rellenar una cañada seca que cruzaba la propiedad, creando lo que parecía ser un bordo de contención de agua para los animales. parte fue mezclada con estiercol de vaca y vendida como tierra mejorada a rancheros vecinos que la usaban para sus corrales y parte fue cargada en camiones de volteo que salían del rancho de madrugada y la tiraban en terrenos valdíos a kilómetros de distancia. La construcción, según las
estimaciones, tomó entre 8 y 10 meses. 8 a 10 meses de excavación continua, de colocación de bloc, de colado de losas, de instalación eléctrica e hidráulica, de impermeabilización, de acabados. El equipo de construcción, según los interrogatorios, consistía en unos 15 albañiles y dos ingenieros que vivieron en el rancho durante todo el periodo de construcción, trabajando de día cuando el ruido de la excavación y la maquinaria se disimulaba con la actividad ganadera del rancho y descansando de noche. Los albañiles
fueron reclutados de estados lejanos, como en todos los casos que hemos cubierto. Ninguno era de Coahuila. Los trajeron de Jalisco y Michoacán. Les pagaron sueldos altos, les prohibieron comunicarse con sus familias durante la obra y cuando la construcción terminó, les pagaron un bono de silencio y los regresaron a sus estados con la advertencia habitual de que hablar significaba morir.
Los dos ingenieros que supervisaron la obra son un dato que los investigadores están tratando de verificar con particular interés. Si eran ingenieros civiles con título, su identificación podría revelar conexiones del CJNG con el sector de la construcción formal. Si eran empíricos formados dentro de la estructura del cártel, significa que el CJNG tiene la capacidad de desarrollar talento de ingeniería internamente, lo cual tiene implicaciones enormes para la escala de construcciones subterráneas que podría ejecutar en otros estados. El sistema
eléctrico merece mención especial. La ciudad subterránea tenía una red eléctrica interna con cableado de cobre calibre 12, protegida con tubería conduit, con centros de carga y pastillas termomagnéticas. La energía venía de dos fuentes. La primera era una conexión clandestina a la red eléctrica de la Comisión Federal de Electricidad que alimentaba al rancho.
El cableado bajaba por un ducto desde el medidor de superficie hasta un transformador subterráneo que distribuía la energía a toda la estructura. La segunda era un generador de diésel de respaldo instalado en un cuarto ventilado al final del corredor sur que se activaba automáticamente si la energía de superficie se cortaba. Redundancia eléctrica, dos fuentes independientes de energía para garantizar que la ciudad nunca se quedara a oscuras.
La CFE nunca detectó la conexión clandestina. El consumo eléctrico del rancho subió significativamente cuando la ciudad subterránea se puso en operación, pero el rancho ya tenía un consumo alto por las bombas de agua de los bebederos del ganado, lo que disimulaba el incremento. Y nadie en la CFE verifica si el consumo de un rancho ganadero en el norte de Coahuila es consistente con su actividad ganadera.
El recibo se paga, el medidor gira y debajo de la tierra los focos de neón iluminan las calles de una ciudad que no aparece en ningún mapa. Ahora quiero hablar de los 95 detenidos, porque su perfil y su organización interna revelan que la ciudad subterránea no era un simple escondite, era una base de operaciones para la campaña de expansión del CJNG en el noreste de México.
Los 95 estaban organizados en una estructura que combinaba lo militar con lo logístico. 48 eran combatientes de primera línea, hombres armados cuya función era ejecutar operaciones de campo en la superficie. Salían de la ciudad subterránea de noche en grupos pequeños, en vehículos del rancho que parecían camionetas de rancheros y realizaban operaciones en los municipios cercanos.
Vigilancia de rutas, intimidación de grupos rivales, toma de control de puntos estratégicos y lo que los detenidos llamaban operaciones de presencia que consistían en mostrarse armados en comunidades específicas para enviar el mensaje de que el CJNG ya estaba ahí. Después de cada operación nocturna, los combatientes regresaban al rancho antes del amanecer, bajaban a la ciudad subterránea, guardaban sus armas en el almacén y se iban a dormir.
De día la superficie estaba vacía. El rancho parecía abandonado, las vacas pastaban, el viento soplaba y debajo 95 personas dormían, comían, se ejercitaban y esperaban la noche siguiente para salir de nuevo. 19 eran personal de apoyo, cocineros, encargados de mantenimiento de las instalaciones, operadores del generador eléctrico, personal de limpieza y los que gestionaban las provisiones y el suministro de agua.
La ciudad subterránea requería mantenimiento constante. El sistema de ventilación necesitaba revisión regular, las bombas de agua necesitaban ajustes, las tuberías de drenaje se obstruían, la humedad atacaba las paredes si no se trataba a tiempo. El personal de mantenimiento trabajaba turnos de 8 horas para mantener todo funcionando.
12 eran el equipo de comunicaciones e inteligencia, los que operaban los radios, monitoreaban las cámaras de superficie, escuchaban las frecuencias de la policía y del ejército y coordinaban las operaciones de los combatientes en la superficie. Trabajaban en el centro de comunicaciones del corredor sur frente a las 16 pantallas que mostraban las imágenes de las cámaras distribuidas por todo el rancho.
Desde ahí podían ver quién se acercaba al rancho por cualquiera de sus accesos. ¿Con cuántos vehículos y en qué dirección iban? Ocho eran los vigías de superficie. Personal que se quedaba arriba en el casco del rancho, disfrazado de ranchero, alimentando a las vacas, reparando cercas, haciendo las actividades normales de un rancho ganadero.
Su función era mantener la apariencia de que el rancho estaba habitado por rancheros y no por un contingente del CJNG. Si alguien llegaba al rancho, un vecino, un inspector de Zagarpa, una patrulla de la policía rural, los vigías de superficie los atendían con la naturalidad de un ranchero que recibe visitas, les ofrecían agua, les platicaban del ganado, les mostraban los corrales y nunca, bajo ninguna circunstancia, les permitían acercarse al cobertizo donde estaba la escotilla.
Y ocho eran lo que los detenidos llamaban el cuerpo técnico, personas con habilidades especializadas que no eran combatientes ni personal de apoyo. Incluían a un enfermero con experiencia en atención de heridas de bala, a un electricista que mantenía el sistema eléctrico, a un mecánico que daba servicio a los vehículos del rancho y al generador de respaldo y a un par de personas cuya función los investigadores todavía están determinando.
Quiero hablar de la logística de alimentación de 95 personas bajo tierra, porque es un dato que revela la complejidad operativa de mantener una base de este tamaño. 95 personas necesitan aproximadamente 140 kg de comida al día. Arroz, frijoles, carne, tortillas, huevos, verduras, frutas, más agua, al menos 200 L diarios para beber y cocinar.
Esas cantidades tienen que llegar al rancho de manera regular sin levantar sospechas. La solución del CJNG era ingeniosa. El rancho compraba insumos agrícolas y ganaderos de manera legítima, alimento para ganado, medicamentos veterinarios, material de cercado. Los camiones de proveedores agrícolas llegaban al rancho con regularidad, como a cualquier rancho ganadero.
Y entre los costales de alimento para vacas y las cajas de medicinas veterinarias venían los víveres para los 95 habitantes subterráneos. Los proveedores de alimentos empaquetaban los pedidos en cajas sin marca que se mezclaban con la carga agrícola legítima. Un camión que lleva 2 toneladas de alimento para ganado puede llevar también 200 kg de comida para personas sin que nadie note la diferencia.
La cocina subterránea funcionaba a las 24 horas con dos cocineros que se alternaban turnos. El primer turno preparaba la cena de los combatientes que se levantaban a las 5 de la tarde, que para ellos era el desayuno. El segundo turno preparaba el desayuno de los combatientes que regresaban al amanecer, que para ellos era la cena.
Los menús eran simples y repetitivos. Carne asada cuando había carne fresca, guisados de res o de cerdo, frijoles siempre, arroz, siempre, tortillas de harina que uno de los cocineros hacía a mano, porque las tortillas compradas se ponían duras después de unos días. El olor de la cocina era, según varios detenidos, lo único que hacía soportable la vida bajo tierra.
El olor a carne asándose, a frijoles hirviendo, a tortillas de harina en el comal. Era el ancla sensorial que los conectaba con el mundo de arriba, con la vida normal, con las cocinas de sus mamás. Varios dijeron que el momento de la comida era el único momento del día en que se sentían humanos. El resto del tiempo eran soldados, operadores, funciones.
En la mesa del comedor, con un plato de frijoles y un vaso de agua de Jamaica, eran personas. La vida dentro de la ciudad subterránea tenía una rutina rigurosa. Los combatientes dormían de día y operaban de noche. Se levantaban a las 5 de la tarde, desayunaban, que para ellos era la primera comida del día. Se ejercitaban en el gimnasio durante una hora.
Recibían instrucciones del jefe de operaciones sobre las actividades de la noche. Se armaban, subían a la superficie y salían a hacer lo que el CJNG les ordenara. regresaban antes del amanecer, desarmaban, cenaban y bajaban a dormir. A las 8 de la mañana, la ciudad subterránea estaba en silencio. 95 personas dormidas bajo tierra, mientras arriba el sol del desierto calcinaba la tierra y las vacas del rancho mujían pidiendo agua.
Quiero hablar de lo que significa vivir bajo tierra durante semanas o meses, porque varios de los detenidos describieron efectos que van más allá de la claustrofobia. El ser humano necesita luz solar, la necesita biológicamente para la vitamina D, el ritmo circadiano, la regulación hormonal y la necesita psicológicamente, ver el cielo, sentir el viento, percibir el paso de las horas por el cambio de luz.
Cuando le quitas todo eso a una persona durante un periodo prolongado, las consecuencias se acumulan. Varios detenidos reportaron que después de las primeras dos o tres semanas bajo tierra empezaron a perder la noción del tiempo. No sabían si arriba era de día o de noche sin mirar el reloj. El desayuno significaba que arriba estaba atardeciendo.
La cena significaba que arriba estaba amaneciendo. Su reloj biológico se invirtió por completo. Dormían de día y vivían de noche. Vampiros de concreto y neón. Uno de los detenidos, un hombre de 34 años que llevaba casi 3 meses bajo tierra, dijo que empezó a tener alucinaciones visuales a partir de la sexta semana.
Veía sombras que se movían en los corredores cuando no había nadie. se despertaba convencido de que las paredes se habían movido. Los psicólogos que evaluaron a los detenidos identificaron síntomas del síndrome de confinamiento subterráneo, desorientación temporal, alteraciones perceptuales, irritabilidad extrema y depresión.

Una condición documentada en mineros y submarinistas que el CJNG replicaba en sus operadores sin proporcionarles ninguna atención. Si alguien dejaba de ser funcional, lo subían a la superficie y lo reemplazaban. Los que salían necesitaban días para readaptarse. La luz del sol los cegaba. Los espacios abiertos les producían ansiedad, los ruidos de la calle los sobresaltaban.
Habían vivido en una burbuja de silencio y penumbra durante tanto tiempo que el mundo de arriba les resultaba hostil. El almacén de armas de la ciudad subterránea contenía un arsenal que los peritos tardaron un día entero en inventariar. 131 rifles de asalto, 73 pistolas, 41 granadas de fragmentación, ocho lanzagranadas, más de 120,000 cartuchos de munición, 58 chalecos antibalas, 40 cascos tácticos, 35 radios de largo alcance, 120,000 cartuchos.
El arsenal más grande que hemos cubierto en este canal, suficiente para sostener una guerra de meses en el desierto de Coahuila. Las armas estaban organizadas con la misma meticulosidad que el resto de la ciudad. Estantes metálicos con rifles sujetos con abrazaderas, cajones con pistolas envueltas en tela aceitada, cajas de municiones apiladas por calibre con etiquetas a mano.
Todo limpio, todo aceitado, todo listo para ser tomado y usado en cuestión de minutos. Quiero ahora hablar de cómo La Sedena descubrió esta ciudad subterránea, porque la historia del descubrimiento involucra tecnología que pocas veces se usa en el combate al narcotráfico en México. La pista inicial vino de Imágenes Satelitales.
Un programa de análisis de imágenes de satélite que La Sedena opera en colaboración con agencias internacionales detectó una anomalía térmica en el rancho. Las imágenes infrarrojas mostraban que una zona del terreno de noche emitía más calor que el terreno circundante. En el desierto de Coahuila, donde las noches son frías y el suelo pierde calor rápidamente después del atardecer, un área que retiene calor es anómala.
Déjame explicar cómo funciona la detección de anomalías térmicas, porque es una tecnología que podría revolucionar el combate al narcotráfico si se aplica de manera sistemática. Los satélites con sensores infrarrojos capturan imágenes que muestran la temperatura de la superficie terrestre. Cada píxel de la imagen tiene un valor de temperatura.
En un desierto como el norte de Coahuila, la temperatura del suelo durante la noche baja de manera uniforme. Toda la superficie se enfría a un ritmo similar porque el material del suelo es homogéneo. Pero si debajo del suelo hay una estructura habitada con personas que generan calor corporal, con generadores eléctricos que emiten calor, con sistemas de ventilación que expulsan aire caliente, esa estructura calienta el suelo por encima desde abajo y el suelo sobre la estructura se enfría más lentamente que el suelo circundante.
Esa diferencia de temperatura, que puede ser de apenas 1 o 2 gr es detectable por los sensores infrarrojos del satélite. Es como poner la mano sobre una mesa que tiene un calentador debajo. La superficie de la mesa está tibia, aunque el resto de la habitación esté fría. El satélite vesa tibieza en el suelo del desierto y genera una alerta.
Los analistas que detectaron la anomalía en el rancho de Coahuila tuvieron que descartar otras explicaciones antes de concluir que era una estructura subterránea. Podía ser una fuente de agua termal subterránea, podía ser una beta de mineral que retiene calor, podía ser un depósito de basura orgánica que genera calor por descomposición.
Cada explicación alternativa fue evaluada y descartada con base en la forma y la consistencia de la anomalía. La mancha térmica era rectangular, no irregular, como sería una fuente natural, y aparecía solo de noche cuando la diferencia de temperatura entre la estructura subterránea y el suelo circundante era máxima.
De día el sol calienta toda la superficie por igual y la anomalía desaparece. Esa capacidad de detección satelital es extraordinariamente valiosa, pero tiene limitaciones. Solo funciona en terrenos donde la temperatura nocturna baja lo suficiente como para crear contraste con la fuente de calor subterránea. En climas tropicales donde las noches son cálidas, la diferencia de temperatura puede ser demasiado pequeña para detectar y requiere que la estructura subterránea genere suficiente calor. Una estructura pequeña con pocas
personas quizás no produzca una anomalía detectable, pero una ciudad subterránea con 95 personas, generadores eléctricos y sistemas de ventilación genera suficiente calor para ser visible desde el espacio. Los analistas interpretaron la anomalía como una posible fuente de calor subterránea, un generador, un sistema de ventilación o una estructura habitada que emite calor hacia la superficie a través del suelo.
Cruzaron la ubicación con información de inteligencia sobre la actividad del CJNG en la región y determinaron que el rancho estaba en una zona donde se habían reportado avistamientos de vehículos sospechosos y actividad nocturna inusual. Se desplegó vigilancia terrestre. Equipos de reconocimiento de la Sedena se instalaron a distancia del rancho y lo observaron durante semanas.
Documentaron el patrón de actividad nocturna. Vehículos que salían del rancho después del anochecer y regresaban antes del amanecer. Documentaron a los vigías de superficie que durante el día hacían actividades de ranchero y documentaron algo que confirmó la sospecha de una estructura subterránea.
El consumo eléctrico del rancho era inconsistente con su actividad visible. Las líneas eléctricas que alimentaban el rancho llevaban un cableado mucho más grueso del que necesitaría una casa de rancho con unos cuantos focos. y una bomba de agua. Alguien había reforzado la acometida eléctrica para soportar una carga mucho mayor que la que un rancho ganadero genera.
La combinación de la anomalía térmica satelital, el patrón de actividad nocturna y el consumo eléctrico inconsistente fue suficiente para autorizar el cateo. La Sedena desplegó un contingente de más de 200 soldados que rodearon el rancho de madrugada, aseguraron a los vigías de superficie, localizaron la escotilla en el cobertizo y bajaron a la ciudad subterránea.
Los 95 ocupantes estaban dormidos. Eran las 5 de la mañana. habían regresado de sus operaciones nocturnas apenas 2 horas antes. Estaban en sus literas, en sus habitaciones, con las puertas cerradas y las luces apagadas. Los soldados recorrieron el corredor norte, abriendo puerta por puerta, habitación por habitación, despertando a los ocupantes con linternas y rifles.
La rendición fue total. Nadie resistió. Nadie intentó huir. No tenían a dónde ir. Estaban bajo tierra. La única salida era la escalera por la que habían bajado los soldados. A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La pregunta que te dejo es la que te dejo siempre. La que resuena en cada caso que cubrimos, la que no tiene respuesta fácil.
¿Cuántas ciudades subterráneas más hay debajo de los ranchos del norte de México? ¿Cuántas anomalías térmicas hay en las imágenes satelitales que nadie ha revisado? ¿Cuántos ranchos ganaderos con vacas flacas y cobertizos oxidados esconden escaleras que bajan a mundos que nadie debería haber construido? La respuesta la conoces, no lo sabemos, porque el norte de México tiene millones de hectáreas de desierto y matorral con miles de ranchos dispersos que nadie visita, nadie inspecciona, nadie vigila.
Cada rancho es una ciudad subterránea potencial. Cada cobertizo puede tener una escotilla. Cada anomalía térmica puede ser un generador alimentando las luces de neón de una calle que no aparece en ningún mapa. Los soldados que bajaron a la ciudad subterránea de Coahuila encontraron algo que no esperaban. En la pared del comedor, junto a una imagen de la Santa Muerte con veladoras encendidas, alguien había pintado con aerosol rojo una frase que resume la ambición del CJNG con una claridad que hiela la sangre. De aquí no nos saca
nadie. De aquí no nos saca nadie. Pintado en la pared de un comedor subterráneo en el desierto de Coahuila, a 4 m bajo tierra, debajo de un rancho que parece muerto en una ciudad que no existe. los soldados y los sacaron a los 95, uno por uno, escalera arriba, hacia la luz del amanecer que lo segó después de semanas o meses sin ver el sol, hacia la superficie de un desierto que no sabe que tenía una ciudad debajo, hacia un futuro que para la mayoría de ellos va a ser una celda diferente, esta vez con barrotes en lugar de paredes de block.
La ciudad subterránea va a ser sellada, rellenada con escombro y concreto, de vuelta a la tierra de la que fue arrancada. Y encima las vacas van a seguir pastando, el viento va a seguir soplando y el desierto de Coahuila va a guardar el secreto de lo que hubo debajo, como guarda todos sus secretos en silencio, bajo el sol, sin que nadie pregunte.
Antes de irme quiero conectar este caso con todo lo que hemos cubierto en este canal. Porque la ciudad subterránea de Coahuila no es un caso aislado. Es la culminación de una tendencia que hemos observado en cada hallazgo, en cada operativo, en cada guion que hemos contado. El CJNG construye debajo, siempre debajo, túneles debajo de casas en Guanajuato, búnkers debajo de campos de fútbol en Campeche, laboratorios debajo de gasolineras en Jalisco, alijos debajo de plataformas flotantes en Sinaloa, droga debajo de plantas en macetas en Nayarit
y ahora una ciudad entera debajo de un rancho en Coahuila. La superficie es el disfraz. Lo que hay debajo es la realidad. Y cada caso que descubrimos nos muestra que la realidad subterránea del CJNG es más extensa, más profunda y más sofisticada de lo que cualquiera imaginaba. La ciudad de Coahuila representa el siguiente nivel de esa tendencia.
Ya no es un túnel que conecta dos puntos, ya no es un búnker con cuatro habitaciones, es una estructura subterránea con capacidad para alojar a casi 100 personas durante meses, con servicios completos, con infraestructura militar, con un centro de mando que coordina operaciones en tres estados. Es la diferencia entre un refugio y una base, entre esconderse y operar, entre sobrevivir y conquistar.
Y si el CJNG puede construir esto en Coahuila, puede construirlo en cualquier parte. En el desierto de Sonora, en la sierra de Chihuahua, en los ranchos de Tamaulipas, en las montañas de Guerrero, en cualquier lugar donde haya terreno suficiente, aislamiento suficiente y la complicidad o la ignorancia de quienes poseen la Tierra.
La única manera de detectar estas estructuras antes de que estén operando durante meses es la tecnología. Imágenes satelitales infrarrojas que detecten anomalías térmicas. sensores sísmicos que registren la actividad de excavación subterránea, análisis de consumo eléctrico que identifiquen propiedades rurales con consumos inconsistentes con su actividad visible y georradares desplegados de manera sistemática en las zonas de mayor riesgo.
Nada de eso existe de manera generalizada hoy. Y mientras no exista, las ciudades subterráneas del CJNG, van a seguir brotando debajo de la tierra de México como raíces de un árbol que crece en la oscuridad. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que pases por un rancho del norte de México y veas un cobertizo viejo con herramientas oxidadas y un candado en la puerta, no lo mires solo por arriba.
Piensa en lo que puede haber abajo, porque en este México la superficie es un techo y debajo de cada techo hay un piso. Y debajo de cada piso a veces hay una ciudad entera con calles de concreto, luces de neón y 95 personas que creían que de ahí no los sacaba nadie. Los sacaron y eso por hoy es suficiente.
Pero mañana va a amanecer en el desierto de Coahuila. El sol va a salir sobre los mezquites y las lechuguillas, las vacas van a mujir. El viento va a soplar y en algún otro rancho, en algún otro rincón del desierto que se extiende hasta donde alcanza la vista, alguien va a estar bajando por una escalera que no debería existir hacia un mundo que no debería haberse construido para vivir una vida que no debería vivirse bajo tierra.
Porque el CJNG no se detuvo en Coahuila, no se detuvo en Jalisco, no se detuvo en Guanajuato, no se detuvo en ninguno de los lugares donde le hemos descubierto una base. Cada base que se desmantela es un retroceso temporal para una organización que piensa en décadas, no en semanas.
Cada ciudad subterránea que se rellena con concreto es un plano que se guarda para construir otra en otro estado. Cada 95 detenidos son 95 vacantes que se llenan con reclutas nuevos que llegan de la sierra, del campo, de las colonias populares, de los pueblos sin futuro. La guerra contra el narcotráfico se pelea en la superficie, pero la realidad del narcotráfico vive debajo, siempre debajo, en los túneles, en los búnkers, en las ciudades subterráneas, en los tanques enterrados, en los compartimentos ocultos, en las trampillas que se abren con combinación.
El CJNG ha entendido que la superficie es el campo de batalla del estado y que el subsuelo es el suyo. Y mientras no tengamos la tecnología, la voluntad y los recursos para pelear esa guerra debajo de la tierra, el CJNG va a seguir construyendo sus ciudades invisibles en la oscuridad. Nos vemos mañana.
Cuídate y pisa firme, porque en este México lo que hay debajo de tus pies puede ser mucho más grande que lo que hay encima.