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🇲🇽🚨SEDENA DESCUBRE “CUARTOS SELLADOS” en PROPIEDAD del CJNG: NADIE LOS QUERÍA ABRIR

El soldado que abrió la primera puerta sellada vomitó, se dio la vuelta, se quitó el casco, se agachó sobre sus rodillas y vomitó en el pasillo del sótano, mientras sus compañeros lo miraban sin saber si avanzar o retroceder. Llevaba 11 años en La Sedena. Había participado en 22 operativos contra el narco.
Había visto cosas que la mayoría de las personas solo ven en pesadillas. Y lo que encontró detrás de esa puerta sellada con soldadura lo hizo vomitar como si fuera un cadete en su primer día. No voy a decirte todavía qué había detrás de esa puerta. Te lo voy a contar cuando lleguemos ahí, pero quiero que guardes esa imagen.
Un soldado de 11 años de experienci arrodillado en un sótano vomitando porque lo que vio le superó. Guárdala porque cuando entiendas qué había dentro vas a entender por qué nadie quería abrir esos cuartos. La propiedad fue asegurada en un operativo de rutina, una casa de tres pisos en una colonia residencial de una ciudad del Bajío con fachada de cantera, jardín con palmeras, cochera para cuatro vehículos y una alberca en la parte trasera que se veía desde Google Maps como un rectángulo azul entre los techos color terracota de las casas vecinas.


Vista desde afuera era la casa de un empresario próspero, de esas que se ven en las colonias donde viven los que tienen dinero, pero no tanto como para vivir en un fraccionamiento cerrado. Una casa pero no ostentosa, visible pero no llamativa. La Sedena la aseguró como parte de un operativo contra una célula del CJNG que operaba en la región.
Detuvieron a seis personas en la casa. decomizaron tres vehículos blindados en la cochera, dinero en efectivo y armas cortas, un operativo como muchos otros. La diferencia vino cuando los soldados empezaron a revisar la propiedad y encontraron el sótano. La casa tenía un sótano al que se accedía por una escalera oculta detrás de un muro falso en la cochera.
Muros falsos, ya hemos visto en otros casos, no es raro. Lo que era raro era lo que había en el sótano. El sótano era un espacio rectangular de unos 15 m por 10 con techo de concreto bajo, iluminación de tubos fluorescentes y piso de loseta industrial. Y a lo largo de las dos paredes laterales del sótano, separados por un pasillo central de metro y medio de ancho, había ocho cuartos, cuatro a cada lado.
Ocho puertas de acero reforzado, cada una con un marco de acero soldado al concreto de las paredes, con bisagras industriales y con cerraduras que los serrajeros del ejército describieron como de nivel bóveda bancaria. Cerraduras de combinación mecánica, de las que no se abren con ganzúa ni con llave maestra. Ocho cuartos sellados en un sótano oculto y ninguno de los seis detenidos quiso decir que había dentro.
Los interrogaron durante horas. Les preguntaron por las llaves, por las combinaciones, por el contenido de los cuartos y los seis dijeron lo mismo. No sé qué hay adentro. A mí nunca me dejaron entrar. Seis personas que vivían en la casa y que juraban no saber qué había detrás de ocho puertas de acero en el sótano donde trabajaban.
El mando del operativo no les creyó, los peritos de inteligencia tampoco, pero los seis mantuvieron su versión con una consistencia que a los interrogadores les pareció sospechosamente genuina, como si de verdad no supieran o como si lo que sabían les diera tanto miedo que preferían la cárcel a decirlo. Quiero detenerme en los seis detenidos porque sus perfiles revelan cómo el CJNG compartimenta la información dentro de sus propias células.
De los IISIN 3 eran operadores financieros, jóvenes de entre 24 y 31 años con conocimientos de contabilidad y de criptomonedas. Trabajaban en computadoras en el piso de arriba procesando transferencias, comprando y vendiendo Bitcoin y Ethereum y manteniendo registros de pagos y cobros de la célula. Operaban de 9 de la mañana a 7 de la noche como si tuvieran un horario de oficinas y al terminar se iban a sus departamentos en la ciudad.
Los tres dijeron que sabían que el sótano existía, pero que tenían instrucciones explícitas de no bajar nunca. Nosotros solo hacemos números”, dijo uno de 24 años, egresado de contabilidad de una universidad privada del Bajío. Lo que pasa abajo no es nuestro asunto. Y si preguntas, te conviertes en asunto de ellos.
Si preguntas, te conviertes en asunto de ellos. La frase lo dice todo. El CJIG mantiene a sus operadores financieros deliberadamente aislados de las operaciones violentas. Los contadores no saben qué hay en los cuartos sellados por la misma razón que un empleado de banco no sabe qué hay en las casaste de seguricidad.
Porque su trabajo es mover números, no hacer preguntas y porque el miedo a lo que hay detrás de es puertas de acero es suficiente para garantizar que nadie pregunte. Los dos de seguridad eran hombres de 35 y 42 años, ambos con antecedentes penales, ambos armados con pistolas cuando fueron detenidos. Su trabajo era cuidar la casa y a los operadores financieros.
Vigilaban las cámaras de seguridad exteriores, controlaban el acceso a la cochera y rondaban el perímetro de la casa de noche. Uno de ellos admitió que sabía que abajo había cosas, pero que su orden era cuidar arriba y olvidarte de abajo. El otro se negó a declarar. El coordinador, un hombre de 46 años, originario de Jalisco, con 10 años de antigüedad en el CJNG, era el único de los seis que tenía acceso al sótano.
Era el único que conocía las combinaciones de las cerraduras y fue el que más resistió los interrogatorios. No habló durante las primeras 18 horas. Cuando finalmente declaró, dijo que los cuartos contenían material operativo y que él seguía órdenes de un mando superior cuyo nombre se negó a proporcionar. El coordinador es la pieza clave de la investigación.
Su teléfono celular decomizado durante la detención contenía comunicaciones encriptadas con al menos tres niveles de mando por encima de él. Los peritos de inteligencia están trabajando en descifrar esas comunicaciones porque pueden conducir a la estructura de mando regional del CJNG en el Bajío. Quiero hablar de la casa antes de bajar al sótano porque la superficie tiene detalles que revelan cómo opera el CJNG en las zonas urbanas del Bajío.
La casa fue comprada hace 3 años a nombre de una empresa fantasma registrada en Querétaro con un capital social de 50.000 pesos y un único socio, un hombre de 78 años que vive en un pueblo de Jalisco y que declaró ante el notario que su ocupación era agricultor, un agricultor de 78 años como propietario de una casa de 9 millones de pesos en una colonia residencial del Bajío.
La escritura pasó por un notario, se inscribió en el registro público y nadie cuestionó la operación. Porque en México la compra de inmuebles con empresas fantasma es tan común que los notarios ya ni parpadean cuando un agricultor de 78 años compra una casa de 9 m000ones. La casa funcionaba como centro de operaciones financieras de la célula.
Los seis detenidos trabajaban en la planta alta, tres en computadoras donde manejaban cuentas bancarias, transferencias y compras de criptomonedas, dos como seguridad y uno como coordinador que reportaba directamente al mando regional del CJEG. La planta baja era zona de vivienda, sala, cocina, comedor, cuatro recámaras. La alberca de la parte trasera se usaba los fines de semana cuando los mandos venían de visita.
Los vecinos veían una casa donde vivía gente joven que organizaba reuniones los sábados y que salía en camionetas con vidrios polarizados. Nada que destacara en una colonia donde los vidrios polarizados son la norma y donde nadie pregunta a qué se dedica el vecino, porque la respuesta puede ser incómoda. Los vecinos declararon que nunca escucharon nada inusual, nunca viero

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