La monja pintó un ángel en la pared de su celda en 1643. Un ángel pequeño con alas doradas y túnica azul, con las manos juntas en oración y los ojos mirando hacia arriba, hacia el techo de bóveda donde ella imaginaba que estaba el cielo. Lo pintó con pigmentos que ella misma molió, azul de añil, dorado de ocre, blanco de cal.
lo pintó con un pincel hecho de pelo de cabra amarrado a una varita de carrizo y lo pintó en secreto porque las reglas de la orden no permitían decorar las celdas. La celda era para rezar, dormir y sufrir. La belleza era para la capilla. Pero la monja pintó su ángel de todos modos.
Porque tr años de encierro en una celda de 2 por 3 m sin más compañía que un crucifijo y un jergón de paja, le habían enseñado que el alma necesita belleza para no pudrirse. Y ese ángel con sus alas doradas y su mirada al cielo era lo que la mantenía cuerda. 381 años después, un soldado de la Sedena iluminó la pared de esa celda con su linterna táctica y vio al ángel difuminado por los siglos, con el azul convertido en gris y el dorado en marrón, pero ahí mirando hacia arriba, con las manos juntas y debajo del ángel en el suelo de la celda había un colchón
enrollado, una mochila con ropa de camuflaje, un radio de comunicaciones cargándose en un enchufe que alguien instaló en la pared. pared de piedra del siglo X y un rifle de asalto AR15 recargado contra el muro donde la monja rezaba sus oraciones hace casi cuatro siglos. El ángel y el rifle, la oración y la guerra.
llegaban al convento por una ruta, se almacenaban en las celdas o en la capilla y salían por otra ruta diferente.
El convento como hob de distribución, el claustro como almacén de tránsito. El convento está en la parte alta del pueblo, en un terreno elevado que domina las casas de adobe y lámina que se agrupan abajo. Desde la Torre del Campanario se ve todo el valle, los caminos, los ranchos, los pueblos vecinos y la carretera que sube desde la ciudad de Oaxaca.
Es una posición de vigilancia natural que los frailes eligieron por las mismas razones que el CJNG la eligió cuatro siglos después, dominar el terreno. 84 personas fueron detenidas en el convento. 84 sicarios del CJNG que vivían en los claustros dormían en las celdas de las monjas, comían en el refectorio donde los frailes partían el pan y almacenaban su arsenal en la capilla, donde durante 200 años se celebró misa y se administraron sacramentos.
Quiero hablar de cómo el sex accedió al convento, porque la historia involucra la complicidad de alguien que debería haber sido el primer defensor del edificio. El convento, como propiedad federal catalogada por el INA, está bajo la custodia nominal del municipio. La llave la tenía el agente municipal del pueblo, un cargo comunitario que funciona como representante del gobierno estatal en la localidad.
El agente municipal de hace 2 años, el que estaba en el cargo cuando el CJNG llegó, fue contactado por emisarios del cártel que le propusieron un trato. Acceso al convento a cambio de 20,000 pesos mensuales. El agente aceptó, les dio la llave y durante año y medio miró hacia otro lado mientras el CJNG convertía el monumento histórico en un cuartel.
El agente fue detenido como parte del operativo. Declaró que no tenía opción, que si se negaba lo iban a matar, que los 20,000 pesos los usó para comprar medicina para su madre enferma. Puede ser verdad. También puede ser que la tentación de 20,000 pesos mensuales en un pueblo donde el ingreso promedio es de 3,000 fue suficiente sin necesidad de amenazas.
La investigación determinará cuál de las dos versiones se sostiene. Lo que me parece relevante es el patrón. En cada caso que hemos cubierto, el acceso del CJNG a la infraestructura que ocupa pasa por la complicidad de alguien que tiene la llave. El administrador del cementerio en Puebla, el dueño del rancho en Chihuahua, el guardia del hotel en Jalisco, el conserje del edificio en la Ciudad de México y ahora el agente municipal en Oaxaca.
personas con acceso que el CJNG corrompe con cantidades de dinero que para el cártel son insignificantes, pero que para el corrupto representan una fortuna. La llave del convento del siglo X costó 20,000 pesos al mes, menos de lo que cuesta un rifle de los que almacenaron en la capilla. El acceso a cuatro siglos de historia, a pinturas murales invaluables, a una obra maestra de la arquitectura colonial se compró por el precio de un arma y nadie verificó.
Nadie preguntó por qué el agente municipal tenía dinero nuevo. Nadie revisó que el convento siguiera cerrado. Nadie subió los 20 km de terracería a verificar que el letrero de Lina siguiera en la puerta y que detrás de la puerta no hubiera 84 personas con rifles. Vamos espacio por espacio. que la manera en que el CJNG adaptó cada rincón del convento a sus necesidades militares es un estudio de cómo el narcotráfico devora el patrimonio histórico de México.
El claustro era el corazón del convento, un patio rectangular de unos 30 m por 20 rodeado por dos niveles de arquerías de piedra con columnas talladas y capiteles decorados con motivos vegetales y religiosos. En el centro del patio, un pozo de agua que los frailes usaban para regar la huerta y para el consumo diario. Alrededor del patio, en los dos niveles de arquerías, las 28 celdas donde las monjas y los frailes vivieron durante dos siglos, el CJNG convirtió el claustro en su área de vivienda.
Las 28 celdas fueron limpiadas, equipadas con colchones y asignadas a los 84 ocupantes. Tres personas por celda en las más grandes, dos en las más pequeñas. Cada celda tenía su puerta original de madera gruesa con cerrojos de hierro forjado que llevaban cuatro siglos funcionando y que seguían funcionando.
Los cerrojos coloniales del convento cerraban las puertas de las celdas donde dormían los sicarios del CJNG. Hierro del siglo X, protegiendo el sueño de combatientes del siglo XXI. Las celdas del nivel inferior del claustro, las más grandes, fueron asignadas a los mandos. Las del nivel superior, las más pequeñas y las más frías, porque la piedra del segundo piso retiene menos calor, fueron asignadas a los combatientes rasos.
La jerarquía del CJNG, reproducida en la jerarquía arquitectónica del convento. Los superiores abajo, los inferiores arriba. Los frailes habrían entendido la lógica. Ellos también organizaban sus conventos por jerarquía. El Prior en la celda más grande, los novicios en las más pequeñas. El patio del claustro funcionaba como área común.
Los 84 se juntaban ahí en las tardes a hablar, a fumar, a limpiar armas. Sentados en las bancas de piedra que los frailes tallaron hace cuatro siglos para sentarse a meditar, recargados contra las columnas donde los canteros apotecos esculpieron hojas de acanto y racimos de uva como ofrendas a un dios que no era el suyo.
El pozo del centro del patio seguía funcionando. El agua del acuífero subterráneo sube por el mismo canal de piedra que los frailes construyeron en 1620. Los sicarios bebían la misma agua que los frailes bebieron. La misma agua que las monjas usaron para lavarse las manos antes de rezar.
Quiero detenerme en la capilla porque es el hallazgo que genera más indignación y el que tiene las implicaciones más graves para el patrimonio cultural. La capilla del convento es una nave rectangular de unos 25 m de largo por 8 de ancho con bóveda de cañón de piedra, un altar mayor de cantera tallada con nichos donde originalmente estaban las imágenes de los santos y muros laterales con restos de pintura mural del siglo X que representan escenas bíblicas, la anunciación, la crucifixión, el juicio final. Las pinturas están deterioradas
por el tiempo y la humedad, pero todavía son legibles. Son piezas de arte colonial que tienen un valor histórico y artístico incalculable. El CJNG convirtió la capilla en su armería principal. Los nichos del altar mayor, donde estuvieron las imágenes de la Virgen y los Santos, ahora contenían rifles alineados verticalmente.
Donde había una Virgen de la Soledad, había una R15. Donde había un San Sebastián con flechas, había una K47. Donde había un Cristo crucificado, había un rifle Barret calibre50 recargado contra la cantera tallada del nicho. Los santos reemplazados por las armas. La iconografía religiosa sustituida por la iconografía de la guerra.
Los peritos contaron el arsenal de la capilla. 121 rifles de asalto de diversos calibres, 63 pistolas, 41 granadas de fragmentación, 17 lanzagranadas, más de 140,000 cartuchos de munición, 62 chalecos antibalas apilados contra la pared lateral de la capilla, debajo de la pintura mural de la crucifixión y en el presbiterio, frente a lo que fue el altar, cajas de madera con explosivos C4 y detonadores que los peritos de la Sedena manejaron con guantes.
y con la expresión de quien sabe que un movimiento en falso puede convertir el convento del siglo X en un cráter. Explosivos C4 almacenados frente al altar de una capilla del siglo X. Es una frase que suena a ficción distópica, pero ocurrió en un convento de la sierra de Oaxaca, en un edificio catalogado como monumento histórico por el INA, en un espacio que durante 200 años fue sagrado.
Las pinturas murales de la capilla sufrieron daños. Los sicarios clavaron ganchos de metal en las paredes para colgar equipo y ropa, perforando la superficie de las pinturas. Apoyaron cajas de municiones contra los muros rayando y descascarando la capa de pigmento. Y en una sección de la pared norte, alguien escribió con spray negro c sobre lo que queda de la pintura del juicio final.
Las letras del cártel encima de la representación del juicio divino, la marca del narcotráfico sobre la imagen del castigo eterno. Quizás sin saber lo que estaban pintando encima, quizás sabiéndolo perfectamente. Los restauradores del INA, que evaluaron la capilla después del operativo, describieron los daños como significativos, pero no irreversibles en su mayoría.
Las perforaciones de los ganchos pueden repararse, las ralladuras pueden restaurarse, el graffiti de spray puede removerse con solventes sin dañar la pintura subyacente, según los expertos. Pero el proceso va a tomar meses de trabajo especializado y un presupuesto que El INA, crónicamente subfinanciado, probablemente no tiene.
El refectorio, el comedor de los frailes, fue convertido en el comedor de los sicarios con una naturalidad que demuestra que los espacios religiosos coloniales se adaptan a los usos militares con una facilidad perturbadora. El refectorio tenía una mesa central de piedra que los frailes usaban para comer en silencio, mientras uno de ellos leía las escrituras en voz alta desde un púlpito empotrado en la pared.
La mesa seguía ahí. Los sicarios comían en ella. Tres turnos al día, sentados en bancas que llevaron de las casas del pueblo, comiendo frijoles y tortillas en la misma mesa donde los frailes comían pan y carne en silencio hace cuatro siglos. El púlpito del refectorio. Esa plataforma elevada desde donde el fraile lector recitaba los textos sagrados durante las comidas.
Fue usado por el CJNG como puesto de vigilancia interior. Un vigía se paraba en el púlpito y desde ahí tenía vista del refectorio y de la puerta que conecta con el claustro. Si alguien entraba sin autorización, el vigía lo veía primero. El púlpito de la lectura sagrada convertido en torre de vigilancia. Cada detalle de este caso supera al anterior en su capacidad de indignar.
La huerta amurallada del convento, un espacio de unos 40 por 30 m rodeado por muros de piedra de 3 m de altura fue convertida en estacionamiento de vehículos y en área de entrenamiento. Las camionetas del CJNG se estacionaban dentro de la huerta, protegidas de la vista aérea por los muros y por los árboles frutales centenarios que todavía crecen ahí.
naranjos, limoneros, aguacates que los frailes plantaron y que cuatro siglos de raíces han convertido en gigantes. Los vehículos se estacionaban debajo de los árboles camuflados por el follaje. La Torre Campanario fue convertida en el puesto de observación principal, como era predecible. Desde los 18 m de altura de la torre, el vigía de turno tenía una vista de 360 gr del valle, binoculares de largo alcance y un radio de comunicaciones.
Las mismas herramientas que hemos visto en los campanarios de las iglesias de otros casos. La torre que durante 200 años llamaba a los fieles a misa con su campana, ahora llamaba a los sicarios a las armas con su radio. Quiero describir una noche típica en el convento, porque la imagen de 84 sicarios operando dentro de un edificio colonial tiene una cualidad surrealista que merece ser capturada.
Son las 9 de la noche. El sol se puso hace 2 horas. La sierra de Oaxaca está envuelta en una oscuridad que solo rompen las estrellas y la luna cuando hay el convento, sin electricidad de la red porque el pueblo no tiene, se ilumina con un generador que alimenta las luces del claustro y de las celdas. La luz del generador es amarillenta, temblorosa y proyecta sombras en las arquerías del claustro que se parecen demasiado a las sombras que los frailes veían hace cuatro siglos cuando caminaban por el claustro con velas. Los
sicarios cenan en el refectorio, tres turnos de 28, sentados en la mesa de piedra de los frailes. El cocinero sirve caldo de res verduras y tortillas hechas a mano por una señora del pueblo que fue contratada para hacer tortillas todos los días sin que le dijeran para quién cocinaba. La señora hacía 200 tortillas diarias, las dejaba en una cubeta tapada en la puerta del convento a las 6 de la mañana y recogía la cubeta vacía al día siguiente.
Nunca entró, nunca preguntó quién se comía sus tortillas, cobraba 500 pesos diarios y eso era todo lo que necesitaba saber. Después de la cena, los combatientes que tienen operaciones anoche van a la capilla armería a recoger sus armas. Abren el candado de la puerta de la capilla, entran, encienden las luces y eligen sus rifles de los nichos del altar donde antes estaban los santos.
Es un acto que tiene la solemnidad involuntaria de una procesión. Los hombres caminando por la nave de la capilla bajo la bóveda de cañón, entre las pinturas murales de la crucifixión y el juicio final hacia el altar donde los rifles los esperan como ofrendas invertidas. Salen de la capilla armados, cruzan el claustro, suben a las camionetas en la huerta y se van por los caminos de la sierra a hacer lo que el CJNG les ordena esa noche.
Los que se quedan se distribuyen entre el claustro y sus puestos. El vigía sube a la Torre Campanario. Los de comunicaciones se instalan en la celda que usan como centro de radio. Los que no tienen turno se sientan en las bancas de piedra del claustro a fumar y a hablar en voz baja. Y las voces de los sicarios resuenan en las arquerías del claustro con el mismo eco que tuvieron las voces de los frailes que rezaban ahí hace 400 años.
Porque la acústica del claustro no distingue entre una oración y una conversación sobre rutas de transporte de droga. El sonido rebota igual en la piedra y la piedra lo recibe todo con la misma indiferencia de quien lleva cuatro siglos escuchando. En la pila bautismal del atrio de la capilla, una pila de piedra labrada del siglo X con figuras de querubines talladas en los costados, los sicarios lavaban sus platos después de comer.
La pila bautismal como fregadero. Los querubines del siglo X salpicados de grasa de frijoles y caldo de res. Es un detalle menor comparado con los rifles en los nichos del altar, pero me parece que concentra la degradación cotidiana, la pequeña profanación de cada día, que erosiona el significado de un espacio sagrado hasta que deja de significar algo.
La campana todavía estaba en la torre, una campana de bronce de 1625 con una inscripción latina que dice Box Day, la voz de Dios. Los sicarios no la quitaron, se quedó ahí muda, junto a los binoculares y el radio del vigía. Vox de la voz de Dios callada mientras la voz del CJNG coordinaba operaciones de narcotráfico desde el mismo campanario.
Ahora quiero hablar de los 84 detenidos. De los 84, 47 eran combatientes. Personal armado que proporcionaba seguridad al convento y que ejecutaba operaciones en la sierra de Oaxaca. patrullas, emboscadas, intimidación de comunidades y escolta de cargamentos de droga que transitaban por la sierra desde la costa hacia el interior del estado.
15 eran operadores de logística, los que gestionaban el almacén de armas de la capilla, los que coordinaban los suministros de alimentos y provisiones, los que manejaban las camionetas y las rutas de transporte. 12 eran personal de apoyo, cocineros, personal de mantenimiento que paradójicamente estaba manteniendo un edificio de cuatro siglos de antigüedad mejor de lo que el gobierno lo había mantenido en las últimas tres décadas y los que se encargaban de la limpieza y del pozo de agua.
Quiero detenerme en el tema del mantenimiento del convento porque contiene una paradoja que resulta casi cómica si no fuera trágica. El Cot mantuvo el convento en mejor estado del que estaba cuando lo encontró. Los 84 ocupantes limpiaron los claustros que llevaban años acumulando basura y maleza. Repararon techos que tenían goteras.
Reforzaron muros que estaban agrietados. Desbloquearon el sistema de drenaje del patio del claustro que estaba tapado desde hacía décadas y limpiaron el pozo de agua que estaba contaminado con escombro y animales muertos. El convento del siglo X estaba en peor estado cuando el INA era responsable de él que cuando el CJNG lo ocupó.
La institución del gobierno, encargada de proteger el patrimonio cultural dejó que el convento se cayera a pedazos durante tres décadas y un cártel de narcotráfico lo mantuvo porque necesitaba que las paredes no se cayeran encima de sus sicarios. Uno de los detenidos de mantenimiento, un albañil de 46 años que era de Oaxaca capital y que fue contratado por el CJNG específicamente para reparar el convento, dijo algo que resulta incómodo de repetir, pero que es necesario.
Cuando llegamos, el convento era un desastre. Techos hundidos, muros rajados, el claustro lleno de basura. Nosotros lo arreglamos. Les pusimos concreto a las grietas, les cambiamos las vigas podridas del techo, limpiamos el pozo. Si nos hubieran dejado otro año, le habríamos restaurado las pinturas también.
Si nos hubieran dejado otro año, le habríamos restaurado las pinturas. Un albañil del CJNG ofreciendo restaurar pinturas del siglo X que el INA lleva décadas sin tocar. Es una frase que debería avergonzar a las instituciones culturales de México porque contiene una verdad incómoda. El narcotráfico invierte más en el mantenimiento de los edificios históricos que ocupa de lo que el gobierno invierte en los edificios históricos que posee.
Seis eran el equipo de comunicaciones, operadores de radio, vigías de la Torre Campanario y los que monitoreaban las frecuencias de las fuerzas de seguridad y cuatro eran mandos. El jefe de la célula, su segundo, el coordinador de seguridad y el coordinador de operaciones. El jefe de la célula es el dato más revelador de este caso.
Era un hombre de 52 años, originario de Jalisco, con formación universitaria en administración de empresas y con un historial dentro del CJ que los investigadores describen como de nivel gerencial. Gestionaba la célula como un negocio, con presupuestos, con inventarios, con reportes de actividad, con evaluaciones de desempeño de sus subordinados.
Las computadoras que le decomizaron tenían hojas de cálculo con el presupuesto mensual de la célula, gastos en alimentos, en combustible, en comunicaciones, en mantenimiento del convento, en sueldos, cada concepto desglosado, cada peso contabilizado. Era un administrador de empresas que en lugar de administrar una empresa legítima, administraba una célula del narcotráfico desde un convento del siglo X.
Quiero contar algo sobre los combatientes que me parece necesario para entender el contexto de este caso en Oaxaca. La mayoría de los 47 combatientes no eran de Oaxaca, eran de Jalisco, de Michoacán, de Guanajuato. Fueron enviados a Oaxaca como parte de la estrategia de expansión del CNG hacia el sureste de México. Oaxaca es un estado que históricamente ha tenido poca presencia de los grandes cárteles del narcotráfico.
El crimen organizado en Oaxaca era hasta hace pocos años dominado por grupos locales de menor escala que controlaban la producción de amapola en la sierra y el tránsito de droga por la costa hacia Guatemala. El CJNG llegó a Oaxaca a disputar ese territorio y lo hizo de la manera que hemos visto en cada caso, enviando una fuerza expedicionaria de combatientes experimentados desde sus estados base, estableciéndolos en una posición estratégica y desde ahí proyectando poder sobre la región circundante.
Los combatientes que enviaron a Oaxaca no conocían el terreno, no conocían la sierra, no hablaban las lenguas indígenas de la región. eran forasteros en un territorio que no entendían y eso generó tensiones con las comunidades locales que los investigadores están documentando. Las comunidades apotecas de la sierra de Oaxaca tienen una tradición de gobierno autónomo que es única en México.
Los usos y costumbres, el sistema de gobierno comunitario que regula la vida en miles de comunidades indígenas de Oaxaca dan a las asambleas comunitarias el poder de decidir sobre su territorio, su seguridad y su justicia. Cuando el CJNG llegó al convento e intentó imponer su control sobre las comunidades cercanas, se encontró con algo que no esperaba.
Asambleas comunitarias que se negaron a cooperar. Varias comunidades cercanas al convento celebraron asambleas donde decidieron colectivamente no colaborar con el CJNG, no por valentía individual, que también, sino por decisión colectiva tomada en asamblea según sus usos y costumbres. Las comunidades organizaron sus propias guardias comunitarias, cerraron los accesos a sus pueblos con cadenas y troncos y establecieron turnos de vigilancia para impedir que los sicarios del CJNG entraran a sus comunidades a reclutar, a extorsionar o a intimidar.
Quiero contar un episodio de la resistencia comunitaria porque me parece que es de los más esperanzadores que hemos encontrado en toda la serie de casos que cubrimos tres semanas antes del operativo de la Sedena. Un grupo de 15 sicarios del CJ intentó entrar a uno de los pueblos cercanos al convento para exigirle a la comunidad que les permitiera usar sus caminos como ruta de transporte de droga.
Llegaron en tres camionetas a la entrada del pueblo a las 6 de la tarde. Encontraron la cadena cruzada en el camino y detrás de la cadena 20 hombres de la guardia comunitaria con machetes, palos y las escopetas de cacería que los campesinos usan para espantar coyotes. Los sicarios del CJ tenían rifles de asalto, los hombres de la guardia comunitaria tenían machetes y escopetas viejas.
La diferencia de armamento era abismal, pero los hombres no se movieron. Se quedaron parados detrás de la cadena mirando a los sicarios sin hablar, sin gritar, sin amenazar, solo parados ahí con sus machetes y sus escopetas, 20 hombres de un pueblo zapoteco que decidieron en asamblea que por ahí no pasaba el narco, y que cuando el narco llegó, se pararon frente a él con lo que tenían. Los sicarios no entraron.
Se quedaron en las camionetas durante media hora hablando por radio, evaluando la situación. Y se fueron porque entrar a un pueblo a balazos, matar campesinos apotecos con machetes frente a sus familias, eso genera un tipo de atención que el CJNG no quiere. Las masacres de comunidades indígenas generan noticias internacionales, generan presión diplomática, generan operativos militares de gran escala.
El costo de masacrar a 20 campesinos con machetes es mayor que el beneficio de usar un camino de terracería. El CJNG hizo la cuenta y se fue. Esa resistencia comunitaria, esa decisión colectiva de pararse frente al narco con machetes es la contracara de todo lo que hemos cubierto en este canal. Porque en cada caso hemos visto comunidades sometidas, comunidades que cooperan por miedo, comunidades que callan porque denunciar significa morir.
Pero en la sierra de Oaxaca, las comunidades zpotecas hicieron lo contrario, se organizaron, resistieron y le dijeron al CJNG que por ahí no pasaba, con machetes, con escopetas de cacería, con la dignidad de pueblos que llevan 500 años resistiendo a quien llegue a decirles qué hacer. Esa resistencia generó información.
Los topiles que vigilaban los caminos de noche vieron las camionetas del CJNG ir y venir del convento. Las asambleas comunitarias procesaron la información y decidieron enviarla a las autoridades y la cadena de denuncia del topil a la asamblea de la asamblea a la autoridad indígena de la autoridad indígena al ejército funcionó lenta, burocrática, con escalas, pero funcionó.
El CJNG respondió con la violencia que le es habitual. Amenazas, retenes en los caminos, disparos al aire en las cercanías de los pueblos, pero las comunidades resistieron y fue esa resistencia la que generó la información que finalmente llevó a La Sedena al convento. Ahora quiero hablar de cómo se descubrió la base.
La pista vino de Un topil. Un topil es un cargo comunitario en el sistema de usos y costumbres zapoteco. Es el policía del pueblo, elegido por la asamblea que cumple funciones de vigilancia y orden durante un año sin recibir sueldo como servicio a la comunidad. El topil de uno de los pueblos cercanos al convento caminaba de noche por los alrededores del pueblo, verificando que todo estuviera en orden cuando escuchó motores de camioneta subiendo por el camino de terracería que lleva al convento.
El topil se escondió entre los arbustos y vio pasar tres camionetas con las luces apagadas subiendo hacia el convento a las 2 de la mañana. Las camionetas llevaban carga cubierta con lonas. El topil no pudo ver qué cargaban, pero entendió que algo estaba pasando en el convento que no debería estar pasando. Lo reportó a su asamblea comunitaria.
La Asamblea decidió enviar la información a la autoridad estatal indígena, que a su vez la canalizó al ejército a través de un mecanismo de enlace que existe entre las comunidades indígenas y las fuerzas armadas en Oaxaca. La información bajó por los canales correspondientes hasta llegar a la inteligencia militar que activó vigilancia con drones sobre el convento.
Quiero hablar del topil que descubrió las camionetas porque su historia conecta la resistencia comunitaria con la denuncia ciudadana de una manera que me parece única entre todos los casos que hemos cubierto. El topil se llamaba, según los registros, Ezequiel. Tenía 29 años. Era campesino, sembraba maíz y frijol en una parcela que le dejó su padre y cumplía su cargo de topil porque la asamblea de su pueblo lo eligió.
Y en el sistema de usos y costumbres apoteco, se acepta como servicio a la comunidad, se cumple durante un año y se pasa al siguiente. Ezequiel patrullaba las noches de su pueblo con un machete al cinto y una linterna de pilas, sin radio, sin chaleco, sin arma de fuego. un campesino de 29 años con un machete vigilando un pueblo de la sierra de Oaxaca, donde el CJNG tenía 84 sicarios con 121 rifles a menos de 3 km de distancia.
La noche que vio las camionetas, Ezequiel estaba en el borde del pueblo, donde el camino de terracería sube hacia el convento. Escuchó los motores primero, tres camionetas que subían con las luces apagadas. Se escondió detrás de una nopalera y las vio pasar. Contó los vehículos, estimó la velocidad, notó que llevaban carga cubierta con lonas y memorizó todo para reportarlo a la asamblea.
Ezequiel no tenía teléfono celular, no hay señal en su pueblo, no tenía forma de reportar en tiempo real lo que veía. Tuvo que esperar hasta la mañana siguiente, caminar hasta la casa del presidente de la comunidad y contarle lo que había visto. El presidente convocó una asamblea extraordinaria. La Asamblea discutió la situación y decidió por consenso enviar la información al ejército.
La cadena de denuncia que destapó el convento empezó con un campesino con un machete parado detrás de una nopalera a las 2 de la mañana y terminó con 160 soldados de la Sena, rodeando un convento del siglo X. Entre un punto y otro pasaron dos semanas. Dos semanas en las que la información viajó del Topil a la Asamblea, de la Asamblea a la Autoridad Municipal Indígena, de la Autoridad Municipal al Consejo de Pueblos de la Región, del Consejo de Pueblos al Enlace con el Ejército y del enlace al mando de inteligencia que autorizó la vigilancia
con drones. Es un proceso lento comparado con una llamada al 9C11, pero es un proceso que funciona, que está enraizado en las instituciones comunitarias de los pueblos indígenas de Oaxaca. que tiene la legitimidad que da la Asamblea como órgano de gobierno y que genera información de inteligencia de alta calidad, porque los topiles conocen su territorio con una precisión que ningún drone puede igualar.

Ezequiel sigue siendo topil. Su periodo de servicio termina en 4 meses. Cuando termine, otro joven del pueblo va a tomar el cargo. Va a patrullar las noches con un machete y una linterna. Va a vigilar los caminos. Y si ve algo que no cuadra, va a reportarlo a la Asamblea. Porque en los pueblos apotecos de la sierra de Oaxaca, la vigilancia comunitaria no depende de presupuestos ni de tecnología.
Depende de personas que aceptan un cargo, que cumplen con su deber y que se paran detrás de una nopalera a las 2 de la mañana con un machete porque la comunidad les pidió que lo hicieran. Los drones confirmaron la actividad. Personas en el claustro, vehículos en la huerta, un vigía en la Torre Campanario. La Sedena planificó el operativo y lo ejecutó de madrugada con un contingente de 160 soldados que rodearon el convento por los cuatro costados.
La planificación tuvo que considerar un factor único. El edificio es monumento histórico. Los soldados recibieron instrucciones de minimizar daños. No podían usar explosivos para abrir puertas. No podían disparar contra muros de cuatro siglos. La orden era entrar sin destruir. La puerta principal, un portón de madera de mezquite de 4 m con clavos de hierro forjado y aldabas de bronce fue abierta con la llave que el agente municipal detenido proporcionó.
Los soldados entraron empujando los batientes que chirriaron en sus goznes con el mismo sonido que llevan produciendo desde 1638. La brecha en el muro de la huerta se abrió desmontando piedras sueltas a mano, una por una con la intención declarada del oficial de turno de volver a ponerlas en su lugar cuando terminemos.
Los 160 se distribuyeron por los dos niveles del claustro y a las 3 en punto, simultáneamente empezaron a abrir las celdas. Los 84 ocupantes fueron sorprendidos dormidos en sus celdas. Los soldados recorrieron el claustro puerta por puerta, abriendo los cerrojos coloniales de hierro forjado, iluminando las celdas con linternas y sometiendo a los ocupantes sin disparar un solo tiro.
Quiero describir la entrada a las celdas porque cada celda era un microcosmos de la coexistencia grotesca entre el pasado y el presente que define este caso. Zelda por celda, los soldados encontraron lo mismo. Colchones en el suelo de piedra del siglo X. mochilas con ropa de camuflaje, radios de comunicaciones cargándose en enchufes instalados en muros de cuatro siglos de antigüedad, rifles recargados contra paredes que todavía tenían restos de pintura mural y en varias celdas las marcas de las cruces que las monjas tallaron en la piedra con sus uñas o con
un clavo hace 400 años visibles junto a las marcas que los sicarios dejaron al clavar ganchos para colgar sus mochilas. En una celda del segundo piso, los soldados encontraron algo que el oficial de turno fotografió y envió al mando como evidencia de la profanación. Un nicho de oración empotrado en la pared, una cavidad pequeña donde la monja colocaba una imagen religiosa para rezar, que ahora contenía un cargador de rifle y dos granadas de mano.
Donde hubo una virgen había granadas. El nicho de la oración convertido en estante de municiones. En otra celda, la celda del ángel que describía al principio de este guion, el soldado que encontró la pintura mural de la monja y el rifle apoyado debajo se detuvo durante unos segundos mirando al ángel antes de continuar con el registro.
Sus compañeros le preguntaron después por qué se detuvo. Dijo, porque el ángel me estaba mirando y yo sentí que me estaba pidiendo algo, que me estaba pidiendo que lo sacara de ahí. No podía sacar al ángel de la pared, estaba pintado en ella, pero sacó el rifle, sacó el colchón, sacó la mochila y el radio y la celda quedó vacía otra vez, como estuvo durante siglos, con el ángel mirando hacia arriba, con las manos juntas esperando.
La capilla que estaba cerrada con un candado moderno, fue abierta con una cizaya. Y cuando los soldados entraron y vieron los nichos del altar llenos de rifles en lugar de santos, varios se persignaron por reflejo antes de empezar a documentar la escena. Un soldado que entró a la capilla dijo después, “Me persigné al entrar porque mi mamá me enseñó que cuando entras a una iglesia te persignas.
” Y aunque adentro había rifles en vez de santos, la capilla seguía siendo una capilla. Las paredes no se olvidan de lo que fueron y yo tampoco. Las paredes no se olvidan de lo que fueron. Esa frase me acompañó durante toda la investigación de este caso. Porque el convento del siglo X con sus bóvedas de piedra, sus pinturas murales, sus arcos de medio punto, sus celdas donde las monjas rezaban y su capilla donde se celebraba misa sigue siendo un convento.
Las paredes recuerdan, las piedras recuerdan. El ángel de la celda de la monja sigue mirando hacia arriba con las manos juntas, aunque a sus pies haya un rifle de asalto y una mochila de camuflaje. Y quiero cerrar con algo que conecta este caso con el patrimonio cultural de México de una manera que va más allá del crimen.
Oaxaca tiene más de 100 conventos e iglesias coloniales catalogados como monumentos históricos. Muchos están activos con comunidades religiosas que los mantienen y los usan. Pero muchos otros están abandonados o semibandonados, especialmente en la sierra, donde las comunidades se han reducido y las estructuras coloniales se quedan sin uso ni mantenimiento.
Cada convento abandonado de la sierra de Oaxaca es vulnerable a lo que le pasó a este. Cada iglesia sin cura, cada capilla sin feligreces, cada claustro sin monjas. Son estructuras sólidas, aisladas, con muros gruesos que protegen, con torres que dominan el terreno, con espacios amplios que pueden albergar a decenas de personas.
Son, en términos militares, fortalezas y si el Estado no las protege, el crimen organizado las ocupa. México tiene un patrimonio cultural construido que es enorme y que está distribuido por todo el territorio. Conventos, misiones, haciendas, presidios, iglesias, capillas, hospitales coloniales. miles de edificios históricos que son la memoria arquitectónica de cuatro siglos de historia y muchos están abandonados, disponibles esperando a que alguien les dé uso.
Si ese alguien es el INAC con un programa de restauración y uso comunitario, el edificio se salva. Si ese alguien es el CJNG con 84 sicarios y 121 rifles, el edificio se pierde. Quizás no físicamente, quizás las paredes sobrevivan. Pero lo que las paredes significan, la historia que guardan, la fe que las construyó, el arte que las decoró, eso se contamina con cada rifle que se apoya contra un muro pintado por un artista zapoteco en 1640 y con cada graffiti de spray que se escribe sobre una pintura del juicio final. A ti que llegaste hasta aquí,
gracias. La imagen que te dejo es la del ángel de la celda. Un ángel pintado por una monja en 1643 con pigmentos molidos a mano y un pincel de pelo de cabra. Un ángel que sobrevivió 381 años de terremotos, humedad, abandono y olvido, y que ahora sobrevivió al CJNG. Porque los soldados que entraron a la celda y vieron al ángel y al rifle juntos en el mismo muro sabían la diferencia entre lo que pertenece ahí y lo que no.
Se llevaron el rifle y dejaron al ángel. El ángel sigue en su pared con sus alas doradas convertidas en marrón y su túnica azul convertida en gris. Con las manos juntas, con los ojos mirando hacia arriba, esperando como lleva esperando desde 1643, que alguien mire hacia él y vea lo que la monja quiso que vieran, que la belleza sobrevive, que la piedra recuerda y que las paredes de un convento, por más que les pongas rifles encima, siguen sabiendo lo que son.
Quiero hablar de lo que el convento significa para la comunidad zapoteca del pueblo. Para los 200 habitantes, el convento es muchas cosas. Es el edificio más antiguo de su comunidad. Es donde se bautizaron sus abuelos y bisabuelos. Es el espacio donde se celebraron bodas y funerales de generaciones. Es la construcción que sus antepasados levantaron con sus manos hace cuatro siglos, tallando la piedra con los mismos pigmentos que usaban para teñir sus textiles.
El convento es una obra de arte apoteca tanto como española. Los frailes lo diseñaron, los apotecos lo construyeron y en cada capitel con jaguares y en cada ángel con pómulos altos, la mano indígena dejó su marca. El presidente de la comunidad, elegido por Asamblea según usos y costumbres, dijo cuando le informaron de lo que encontraron dentro.
Mis abuelos cargaron esas piedras, mis abuelos tallaron esas columnas, mis abuelos pintaron esos ángeles y estos hombres de fuera vinieron a ensuciar lo que mis abuelos hicieron. Esos hombres de fuera, el presidente los identifica como invasores, gente de otros estados que profanó lo que la comunidad construyó y preservó durante cuatro siglos.
La resistencia zapoteca al CJNG tiene raíces que van más allá de la seguridad, raíces territoriales, culturales, identitarias. El CJNG amenaza el patrimonio, la memoria, la identidad de pueblos constructores de edificios que han durado cuatro siglos. y que van a durar otros cuatro si alguien los protege.
Oaxaca tiene más de 100 conventos e iglesias coloniales catalogados como monumentos históricos. Muchos están activos, pero muchos están abandonados en la sierra, donde las comunidades se reducen y las estructuras coloniales se quedan sin uso. Cada convento abandonado es vulnerable. Cada iglesia sin cura, cada capilla sin feligreces.
Son fortalezas de piedra que si el Estado no protege, el crimen organizado ocupa. México tiene miles de edificios históricos que son la memoria arquitectónica de cuatro siglos de historia. Conventos, misiones, haciendas, presidios. Muchos están abandonados. Disponibles, esperando. Si el INA llega con restauración y uso comunitario, el edificio se salva.
Si el CJNG llega con 84 sicarios, el edificio se pierde. Las paredes quizás sobrevivan, pero lo que significan se contamina con cada rifle apoyado contra un muro pintado por un artista zapoteco en 1640 y con cada graffiti de spray sobre una pintura del juicio final. La solución tiene dos partes. La primera, invertir en el patrimonio cultural.
No con catálogos ni con letreros de patrimonio cultural de México que se oxidan en la entrada mientras el edificio se cae por dentro. Con presupuesto real, con equipos de restauración permanentes, con programas de uso comunitario que le den vida a los edificios abandonados. Un convento puede ser centro cultural, escuela de artes, museo comunitario, albergue para visitantes, cualquier uso que lo mantenga vivo y que impida que el narco lo ocupe.
La segunda, coordinación entre el INÁ y las fuerzas de seguridad. Cada edificio histórico catalogado debería tener un protocolo de verificación periódica, no para buscar narcotráfico, sino para verificar que el edificio sigue intacto, que nadie lo ha ocupado, que las pinturas no tienen ganchos nuevos ni grafitis de spray. Una visita al año con un restaurador y un soldado.
Un par de ojos que miren las paredes y confirmen que los ángeles siguen ahí y que los nichos del altar siguen vacíos. Dale like, suscríbete, activa la campanita. El INAC envió un equipo de restauradores al convento la semana pasada. Van a documentar los daños, van a restaurar las pinturas, van a limpiar el graffiti del CJNG que alguien escribió sobre el juicio final y van a fotografiar al ángel de la celda para incluirlo en el catálogo de arte colonial de Oaxaca, donde debería haber estado desde hace décadas, pero donde nunca estuvo porque nadie se había
molestado en entrar a una celda de monja abandonada en un convento perdido en la sierra a mirar las paredes. El CJNG entró y encontró armas donde guardarlas. Los soldados entraron y encontraron criminales a quienes detener, pero el ángel llevaba 381 años esperando a que alguien entrara y lo viera. Y los primeros que lo vieron fueron los soldados de la Sedena con sus linternas tácticas a las 3 de la mañana de un jueves en la sierra de Oaxaca.
A veces, para descubrir un tesoro hay que perseguir a un criminal. Y a veces la belleza que un país olvida en las paredes de sus ruinas solo se encuentra cuando alguien va a buscar rifles y se tropieza con ángeles. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día estás en la sierra de Oaxaca y ves un convento viejo con las puertas abiertas y las paredes llenas de pintura colonial, entra, mira las paredes, busca los ángeles porque están ahí esperando desde hace cuatro siglos.
Y merece alguien que los mire con respeto antes de que llegue alguien que los mire con indiferencia y les ponga un rifle al lado. Hay algo más que quiero decir antes de irme. El convento del siglo X de la sierra de Oaxaca sobrevivió a la conquista, sobrevivió a la independencia, sobrevivió a la reforma, sobrevivió a la revolución, sobrevivió a terremotos que tumbaron edificios más jóvenes a su alrededor, sobrevivió a 300 años de lluvias tropicales que se filtran por la piedra y corró en la Argamasa.
sobrevivió a décadas de abandono, donde nadie reparó un techo ni selló una grieta y sobrevivió al CJNG. Porque las paredes del siglo X aguantan más que los rifles del siglo XXI, porque la piedra tallada por manos apotecas es más fuerte que el spray con el que pintaron CJNG sobre el juicio final. Y porque el ángel de la celda de la monja sigue mirando hacia arriba con las manos juntas, como si supiera que lo que pasa abajo es temporal, pero lo que él representa es eterno.
Los imperios se van, los ejércitos se van, los cárteles se van, las paredes se quedan y el ángel se queda mirando hacia arriba esperando desde 1643. Dale like por el ángel. Suscríbete por Ezequiel el Topil con su machete. Activa la campanita por los 20 hombres que se pararon frente al CJNG con escopetas de cacería y no se movieron.
Y nos vemos mañana porque mañana hay otro caso, otra base, otro lugar de México que el narcotráfico profanó y que alguien descubrió porque miró con atención y levantó la mano. Siempre alguien que mira y que levanta la mano. Siempre. En cada caso, en cada estado, en cada rincón de este país destrozado que sigue de pie, porque hay personas como Ezequiel, como don Refugio, como don Maclobio, como don Ernesto, como don Aurelio, como Tomás el pescador, como el maestro jubilado de Sinaloa, que ven lo que está mal y deciden que eso tiene que
cambiar y actúan con un machete, con una pala, con una declaración firmada con una cruz, con lo que tengan. Pero actúan y mientras haya personas así, el ángel tiene razón en seguir mirando hacia arriba, porque hay algo ahí arriba que vale la pena esperar.