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🇲🇽🚨¡MARINOS HALLAN BÚNKER DEL CJNG EN FARO ABANDONADO! TORRE VIGÍA OCULTABA ARSENAL Y 67 NARCOS

El faro llevaba 17 años apagado, 17 años sin lanzar su pulso de luz sobre el Pacífico, 17 años de sal comiéndole la pintura, de viento oxidándole la barandilla, de olas reventando contra las rocas de abajo sin que nadie arriba se molestara en mirar. La Secretaría de Marina lo descomisionó en 2009 cuando instalaron una bolla electrónica a 3 millas de la costa que hacía el mismo trabajo sin necesidad de torre, sin necesidad de lente, sin necesidad de un farista que subiera los 112 escalones cada noche a encender la lámpara. El
farista se fue, la lámpara se apagó y el faro se quedó ahí plantado en el acantilado como un diente podrido en la mandíbula de la costa del Pacífico, visible desde el mar y desde la carretera costera que pasa a 800 m tierra adentro, pero invisible para las autoridades que lo abandonaron y que nunca volvieron a preguntar qué pasaba con la torre de 24 m de altura que le habían dejado al viento y a la sal.
Lo que pasaba con la torre es que el CJNG la había tomado y lo que habían construido debajo de la torre en un sótano que el faro original nunca tuvo, protegido por las paredes de concreto, reforzado de la base del faro y por la roca del acantilado. Era un búnker donde 67 personas vivían y operaban mientras la torre de arriba hacía su trabajo nuevo.
Ya no guiaba barcos, vigilaba el mar para el narcotráfico. Los marinos de la Armada de México llegaron al faro a las 3 de la mañana. Un jueves subieron por el sendero que conecta la carretera costera con el acantilado donde se asienta el faro. Un sendero de medio kilómetro empinado, resbaloso por la bruma marina que moja las piedras de noche, subieron en silencio con rifles cortos, con visores nocturnos que convertían la oscuridad del acantilado en un paisaje verde fosforescente donde las rocas parecían huesos y los arbustos parecían sombras agachadas. Cuando
llegaron a la base del faro, lo primero que vieron fue la antena, una antena parabólica montada en el techo de la caseta del farista, la pequeña construcción de una planta que se adosa a la base de la torre y que originalmente servía como vivienda del encargado. La antena no estaba ahí cuando el faro fue descomisionado, era nueva y estaba apuntando hacia el mar.


Lo segundo que vieron fueron las cámaras, cuatro cámaras de vigilancia montadas en los muros exteriores de la caseta cubriendo los cuatro puntos cardinales. El sendero de acceso desde la carretera, el acantilado hacia el norte, el acantilado hacia el sur y el mar. Cámaras con visión nocturna que si alguien estuviera monitoreando los monitores en ese momento, habrían mostrado a los marinos subiendo por el sendero con una claridad de imagen que habría permitido contar las gotas de sudor en sus frentes. Pero nadie estaba
monitoreando. Eran las 3 de la mañana y el operador de turno, que debía estar viendo los monitores, se había quedado dormido en la silla del cuarto de comunicaciones del búnker subterráneo. se enteró de que los marinos habían llegado cuando le pusieron un rifle en la nuca y le dijeron que no se moviera. 67 personas sacadas de un sótano debajo de un faro abandonado en la costa del Pacífico con un arsenal que incluía 94 rifles de asalto, 51 pistolas, 36 granadas, 23 lanzacohetes antitanque y más de 110,000 cartuchos de munición con
equipo de comunicaciones que les permitía monitorear las frecuencias de la Armada de México y de la Guardia Costera, con lanchas rápidas ancladas en una caleta al pie del acantilado. y con un sistema de túneles que conectaba el búnker del faro con la caleta, permitiendo a los operadores bajar al mar sin ser vistos desde tierra.
Un faro convertido en torre de vigilancia del narcotráfico, un acantilado convertido en base naval clandestina y el Pacífico, el océano más grande del mundo, como autopista privada del CJNG frente a la puerta de su fortaleza. Quédate porque este caso tiene todo. Ingeniería subterránea, operaciones marítimas, espionaje de comunicaciones navales y un faro que dejó de guiar barcos legítimos para empezar a guiar lanchas del narcotráfico.
La costa del Pacífico Mexicano se extiende desde Baja California hasta Chiapas a lo largo de más de 7,000 km. Es una costa de contrastes brutales. Playas turísticas de arena blanca en Nayarit y Guerrero, acantilados rocosos en Jalisco y Colima, Manglares en Sinaloa y Oaxaca y tramos de litoral salvaje donde la sierra se desploma directamente al mar sin dejar espacio para nada entre la montaña y las olas.
El faro estaba en uno de esos tramos salvajes, un punto de la costa donde el acantilado baja 70 m hasta el mar en vertical, donde las olas rompen contra la roca con una fuerza que se siente en el pecho como un golpe, donde no hay playa, ni pueblo ni carretera costera visible, solo roca, sal, viento y el faro plantado en la punta del acantilado como un centinela que lleva 17 años sin hacer su trabajo.
La ubicación del faro era perfecta para las operaciones marítimas del CJNG. El acantilado proporcionaba altura para la vigilancia. Desde la linterna del faro con binoculares se podía ver el mar hasta el horizonte en todas las direcciones. La caleta al pie del acantilado proporcionaba un puerto natural protegido del oleaje donde las lanchas podían atracar sin ser vistas desde la carretera ni desde el aire.
Y el aislamiento del lugar proporcionaba la privacidad que toda operación del CJNG necesita. El vecino más cercano estaba a 4 km de distancia, una ranchería de pescadores que no tenía motivos para acercarse al faro abandonado. El faro tenía una estructura típica de los faros costeros mexicanos construidos a mediados del siglo XX.
Una torre cilíndrica de concreto de 24 m de altura con una escalera de caracol interior de 112 escalones. una linterna en la cúpula con su lente Fresnel que amplificaba la luz y una caseta adosada a la base que servía de vivienda para el farista y su familia. La caseta tenía dos habitaciones, una cocina, un baño y un cuarto de máquinas donde estaba el generador que alimentaba la lámpara.
Cuando el CJNG llegó hace aproximadamente 3 años, según los interrogatorios, encontró el faro en estado de abandono avanzado, pero estructuralmente sólido. La torre de concreto resistía la sal y el viento. La escalera de caracol estaba intacta. La linterna todavía tenía su lente fresnel, aunque opaca por la sal, y la caseta con su techo de losa de concreto era habitable después de una limpieza y unas reparaciones menores.
Lo primero que hizo el CJNG fue convertir la torre en un puesto de observación marítima. Instalaron en la linterna un equipo de vigilancia que incluía binoculares de largo alcance fijos en un trípode, una cámara con teleobjetivo conectada a un monitor en la caseta y un radar de superficie marítimo del tipo que usan los barcos pesqueros para detectar embarcaciones en un radio de varias millas.
Desde la linterna del faro a 24 m sobre el acantilado y 70 m sobre el nivel del mar, el operador de turno podía ver cualquier embarcación que se acercara a la costa en un radio de 20 millas náuticas. Lanchas de la Armada, barcos de la guardia costera, pesqueros, cargueros. Todo lo que flotara en esa porción del Pacífico era visible desde el faro. La ironía es casi perfecta.
Un faro que fue construido para ver barcos. y guiarlos a Puerto Seguro. Ahora se usaba para ver barcos y evitarlos. Los mismos binoculares que un farista habría usado para verificar que un barco navegaba correctamente se usaban ahora para verificar que las lanchas del CJNG no fueran interceptadas por la marina.
Lo segundo que hizo el CJNG fue construir el búnker subterráneo. Y aquí es donde el caso se pone técnicamente fascinante. La base del faro descansaba sobre roca sólida del acantilado, roca volcánica densa que los constructores del CJNG tuvieron que perforar y excavar durante meses para crear el espacio subterráneo.
Usaron herramientas de minería, taladros neumáticos, cintas transportadoras para sacar la roca triturada y pequeñas cargas de explosivos colocadas con precisión para fracturar la roca, sin dañar la estructura del faro ni alertar a los pescadores de la ranchería a 4 km de distancia. Las detonaciones se hacían de madrugada cuando el ruido del oleaje contra el acantilado era más fuerte y podía enmascarar el sonido de las explosiones.
Los pescadores de la zona declararon después del operativo que a veces se escuchaban truenos en la noche, pero pensábamos que eran las olas golpeando las cuevas del acantilado. Las olas como cortina acústica. El mar cubriendo el ruido de la construcción del búnker con su propio estruendo. La roca excavada se sacaba del búnker por la noche y se tiraba al mar desde el acantilado.
Toneladas de roca triturada cayendo al Pacífico desde 70 m de altura. Las olas se la llevaban. En unas semanas no quedaba rastro. El mar destruía la evidencia de la excavación con la misma eficiencia con la que destruye todo lo que le echan. La roca que sacaban del acantilado regresaba al acantilado por abajo, convertida en grava que las corrientes distribuían por el fondo marino sin dejar huella.
El búnker resultante era un espacio de aproxima

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