El faro llevaba 17 años apagado, 17 años sin lanzar su pulso de luz sobre el Pacífico, 17 años de sal comiéndole la pintura, de viento oxidándole la barandilla, de olas reventando contra las rocas de abajo sin que nadie arriba se molestara en mirar. La Secretaría de Marina lo descomisionó en 2009 cuando instalaron una bolla electrónica a 3 millas de la costa que hacía el mismo trabajo sin necesidad de torre, sin necesidad de lente, sin necesidad de un farista que subiera los 112 escalones cada noche a encender la lámpara. El
farista se fue, la lámpara se apagó y el faro se quedó ahí plantado en el acantilado como un diente podrido en la mandíbula de la costa del Pacífico, visible desde el mar y desde la carretera costera que pasa a 800 m tierra adentro, pero invisible para las autoridades que lo abandonaron y que nunca volvieron a preguntar qué pasaba con la torre de 24 m de altura que le habían dejado al viento y a la sal.
Lo que pasaba con la torre es que el CJNG la había tomado y lo que habían construido debajo de la torre en un sótano que el faro original nunca tuvo, protegido por las paredes de concreto, reforzado de la base del faro y por la roca del acantilado. Era un búnker donde 67 personas vivían y operaban mientras la torre de arriba hacía su trabajo nuevo.
Ya no guiaba barcos, vigilaba el mar para el narcotráfico. Los marinos de la Armada de México llegaron al faro a las 3 de la mañana. Un jueves subieron por el sendero que conecta la carretera costera con el acantilado donde se asienta el faro. Un sendero de medio kilómetro empinado, resbaloso por la bruma marina que moja las piedras de noche, subieron en silencio con rifles cortos, con visores nocturnos que convertían la oscuridad del acantilado en un paisaje verde fosforescente donde las rocas parecían huesos y los arbustos parecían sombras agachadas. Cuando
llegaron a la base del faro, lo primero que vieron fue la antena, una antena parabólica montada en el techo de la caseta del farista, la pequeña construcción de una planta que se adosa a la base de la torre y que originalmente servía como vivienda del encargado. La antena no estaba ahí cuando el faro fue descomisionado, era nueva y estaba apuntando hacia el mar.
damente 400 m² excavado en la roca del acantilado, directamente debajo de la caseta del farista y extendiéndose hacia el interior del acantilado. Tenía 3 m de altura de piso a techo, suficiente para caminar erguido. Las paredes eran roca natural reforzada con concreto proyectado, la misma técnica que se usa en la minería y en la construcción de túneles.
concreto lanzado a presión contra la roca que forma una capa protectora que evita derrumbes. El búnker estaba dividido en ocho secciones. La sección principal era el dormitorio con capacidad para 40 personas en literas dobles y triples apretadas contra las paredes de roca. Los colchones eran delgados, las cobijas gruesas, porque la temperatura dentro de la roca del acantilado era constante a unos 15 grados, fresca incluso en los días más calurosos del verano.
Los que dormían ahí decían que era como dormir dentro de una cueva. Aire frío, silencio total, excepto por el ronroneo lejano de las olas que se filtraba a través de la roca y una oscuridad que las tiras de LED del techo apenas rompían. La vida dentro del búnker tenía un ritmo marcado por las mareas y por las operaciones nocturnas.
Los operadores de comunicaciones trabajaban en turnos de 8 horas las 24 horas del día, monitoreando el mar incluso cuando no había operaciones programadas, porque un buque de la armada podía aparecer en cualquier momento. Los combatientes de seguridad rotaban guardias en la torre del faro y en el sendero de acceso.
También las 24 horas. Los pilotos de las lanchas y los busos descansaban de día y se activaban de noche cuando había operaciones de descarga. El confinamiento dentro de la roca del acantilado generaba una atmósfera particular. Los 67 vivían en un espacio cerrado, húmedo, con olor a sal y a gasolina del generador, con el ruido constante de la ventilación y del motor del generador, sin ver el sol durante días si sus funciones no les requerían subir a la superficie.
Varios detenidos describieron un fenómeno que llamaban perder el tiempo. Después de varios días sin salir del búnker, perdían la noción de si era de día o de noche, de qué día de la semana era, de cuánto tiempo llevaban ahí abajo. Un operador de comunicaciones de 28 años dijo que después de 3 semanas sin subir a la superficie, cuando finalmente salió del búnker por la puerta de la caseta del farista, la luz del sol lo cegó durante varios minutos.
Se sentó en las rocas del acantilado con los ojos cerrados, sintiendo el calor del sol en la cara, escuchándola solas sin la distorsión que la roca les impone, respirando aire de mar limpio en lugar del aire reciclado del búnker. “Fue como nacer de nuevo”, dijo. 20 minutos al sol y me sentía como si hubiera dormido 10 horas.
Después de esos 20 minutos, bajó de nuevo al búnker, a sus monitores, a su oscuridad, a su aire reciclado, a su trabajo de espiar a la Armada de México desde una cueva de roca debajo de un faro que la Armada de México abandonó. El aislamiento psicológico del búnker se compensaba con una cosa que otros cuarteles del CJNG que hemos cubierto no tenían, conexión a internet.
La antena parabólica del techo de la caseta no solo servía para las comunicaciones operativas del CJ, también proporcionaba internet satelital que los ocupantes del búnker usaban en sus horas libres para navegar, para comunicarse con sus familias por WhatsApp y para ver videos y series. La pantalla del teléfono era la ventana al mundo exterior para personas que pasaban semanas sin ver la luz del sol y la ironía de que el CJ ONG proporcionara internet satelital a sus operadores en un búnker dentro de un acantilado, mientras las comunidades
pesqueras de la zona no tienen ni señal de celular, no se le escapa a nadie. La segunda sección era el comedor y la cocina, estufas de gas, refrigerador, mesas, bancas. La comida se preparaba debajo del faro y se servía en turnos para los 67 ocupantes. El cocinero era un señor de la costa, del tipo que cocina pescado frito y camarones en mantequilla con la naturalidad de quien lleva toda la vida frente a una estufa.
Lo reclutaron en un pueblo pesquero cercano con la oferta de siempre, más dinero del que podía ganar friendo pescado para turistas. La tercera sección era la armería y aquí el inventario merece atención especial porque incluía algo que no habíamos visto en ningún caso anterior. Lanzacohetes antitanque, 23 unidades, armas diseñadas para destruir vehículos blindados y fortificaciones, armas que en un conflicto convencional se usan contra tanques y contra posiciones enemigas reforzadas.
El CJNG las tenía almacenadas en una cueva de roca debajo de un faro abandonado en la costa del Pacífico. Los lanzacohetes antitanque son armas de guerra. Su presencia en el arsenal del CJNG indica que el cártel se prepara para enfrentamientos donde las fuerzas de seguridad puedan desplegar vehículos blindados.
Las camionetas blindadas del ejército, los handcat y los DNC que se usan en las operaciones en la sierra son vulnerables a los lanzacohetes antitanque y si el CJNG los tiene los va a usar. La escalada armamentística del narcotráfico mexicano llegó al punto donde un cártel almacena armas antitanque en un faro costero. Los 94 rifles eran la mezcla habitual de AR15, AK47 y rifles Barret calibre50 que el CJNG usa en sus operaciones.
Las granadas y las pistolas completaban un arsenal que, sumado a los lanzacohetes, convertía al faro en una posición defensiva capaz de resistir un asalto militar convencional durante horas. La cuarta sección era el centro de comunicaciones. Aquí es donde el caso adquiere su dimensión de inteligencia. El centro de comunicaciones del búnker tenía equipos de interceptación de comunicaciones marítimas que incluían receptores de banda ancha sintonizados en las frecuencias de la Armada de México, de la Guardia Costera y de los
buques mercantes que transitan el Pacífico frente a la costa. Los operadores escuchaban las comunicaciones navales las 24 horas del día. Sabían cuando un barco de la armada salía de su base. Sabían hacia dónde se dirigía. ¿Sabían cuándo hacía un patrullaje de rutina y cuándo ejecutaba una operación de interceptación? Y con esa información coordinaban los movimientos de las lanchas del CJNG para evitar ser detectados.
El equipo de interceptación incluía un receptor AIS que captaba las señales del sistema de identificación automática de los buques. El AIS es un transpondedor que todos los barcos comerciales y militares llevan y que transmite continuamente la posición, el rumbo, la velocidad y la identidad del buque.
Es un sistema de seguridad marítima diseñado para evitar colisiones y el CJNG lo usaba para rastrear en tiempo real la posición de cada barco de la armada que operaba en esa zona del Pacífico. Un monitor en el centro de comunicaciones mostraba un mapa del Pacífico con los puntos de todos los buques que transmitían a en un radio de 100 millas.
Los operadores podían ver en tiempo real dónde estaba cada patrullera de la armada, hacia dónde se movía y a qué velocidad. Si una patrullera se acercaba a la zona de operaciones de las lanchas del CJNG, el operador avisaba por radio y las lanchas cambiaban de rumbo. Si la patrullera se alejaba, las lanchas retomaban su ruta.
Es contra vigilancia marítima. El CJNG vigilaba a la armada que lo vigilaba a él y lo hacía con tecnología comercial que cualquiera puede comprar en una tienda de electrónica náutica. El receptor AIS cuesta unos pocos miles de pesos. El software de visualización se descarga gratis de internet y la antena se monta en cualquier punto elevado como la linterna de un faro de 24 m que mira al Pacífico.
La quinta sección era el cuarto de equipos de buceo. Tanques, reguladores, trajes de neopreno, aletas, linternas subacuáticas. Seis de los 67 detenidos eran busos que operaban en la caleta al pie del acantiladoo. Su función era recibir los cargamentos que llegaban por mar. Las lanchas de transporte se acercaban a la caleta de noche.
Los busos nadaban hasta las lanchas, descargaban los paquetes en el agua y los transportaban a nado hasta la plataforma de roca de la caleta donde otros operadores lo subían al búnker a través del túnel. La sexta sección era el túnel a la caleta, un pasaje excavado en la roca del acantilado que bajaba en pendiente desde el búnker hasta una abertura en la pared del acantilado a nivel del mar dentro de la caleta.
El túnel tenía unos 120 m de longitud y una pendiente pronunciada con escalones tallados en la roca. Bajarlo tomaba unos 10 minutos. Subirlo con un paquete de 20 kg al hombro tomaba 20 o más. Era el acceso directo del búnker al mar, el cordón umbilical que conectaba la base del CJNG con el Pacífico. Quiero describir el túnel con más detalle porque su construcción es una proeza de ingeniería que merece ser documentada.
El túnel bajaba desde el nivel del búnker a unos 10 met debajo de la superficie del acantilado hasta el nivel del mar, 70 m más abajo. 120 m de longitud para salvar 70 m de desnivel. Eso da una pendiente promedio del 58%. Empinada, muy empinada, lo suficiente como para que los escalones tallados en la roca necesitaran una cuerda de apoyo fijada a la pared con argollas metálicas, porque sin la cuerda, bajar con un paquete al hombro era arriesgarse a resbalar y caer rodando hasta el agua.
Los escalones no eran uniformes, algunos eran altos, de 30 o 40 cm, otros eran bajos, de 10. La irregularidad se debía a la roca. Los constructores tallaban los escalones donde la roca lo permitía, siguiendo las betas y las fracturas naturales del basalto volcánico. En los tramos donde la roca era más blanda, los escalones eran más definidos.
En los tramos de basalto duro, los escalones eran apenas muescas en la pared donde apoyar el pie. A la mitad del túnel, a unos 60 m de la entrada superior, había un ensanchamiento donde cabían tres o cuatro personas de pie. Era un punto de descanso. Los cargadores que subían paquetes de la caleta se detenían ahí a recuperar el aliento antes de continuar la subida.
Las paredes de ese ensanchamiento estaban rayadas con grafitis hechos con piedra, nombres, fechas y frases como ya mero llegamos y [ __ ] subida. Los grafitis de los cargadores del CJNG en las paredes de roca de un túnel dentro de un acantilado del Pacífico. Es la versión narco de las inscripciones que los mineros dejan en las paredes de las minas.
Marcas de los que bajan y suben, de los que cargan, de los que sudan. La salida del túnel a la caleta era una abertura de 1 m por 1 met y medio en la pared del acantilado a 2 m sobre el nivel del agua. Una plataforma de roca natural servía de embarcadero improvisado. Las lanchas atracaban contra la plataforma. Los busos descargaban los paquetes desde las lanchas al agua, los pasaban a la plataforma y los cargadores los subían por el túnel hasta el búnker.
El proceso de descarga de una lancha con 200 kg de cocaína tomaba aproximadamente 2 horas. Una hora para descargar los paquetes de la lancha a la plataforma y otra hora para subirlos por el túnel en viajes de 20 kg. Cada uno. La apertura del túnel en la pared del acantilado era invisible desde el mar a menos que estuvieras dentro de la caleta.
Desde fuera la pared del acantilado parecía continua. Roca negra cubierta de perscebes y algas con el oleaje rompiendo abajo. Solo entrando a la caleta y navegando hasta la pared interior podías ver la abertura, que además estaba parcialmente cubierta con una red de camuflaje del color de la roca. La séptima sección era un almacén de drogas.
Aquí se guardaba la cocaína y la metanfetamina que las lanchas traían por mar y que esperaba ser redistribuida por tierra hacia los mercados del interior del país. Los peritos contaron 340 kg de cocaína y 190 kg de metanfetamina almacenados en contenedores sellados. Medio tonelada de droga almacenada en una cueva de roca debajo de un faro que la Secretaría de Marina abandonó hace 17 años.
Y la octava sección era la sala de máquinas, un generador eléctrico de gasolina, un compresor de aire para los tanques de buceo y el equipo de ventilación que bombeaba aire fresco al búnker desde la superficie. El generador funcionaba las 24 horas y su ruido, como el del oleaje, se confundía con los sonidos naturales del acantilado.
Los pescadores de la zona decían que el faro zumbaba de noche, pero lo atribuían al viento pasando por la estructura de la torre. Ahora quiero hablar de las lanchas y de las operaciones marítimas, porque son el corazón de esta base. La caleta al pie del acantilado era un puerto natural de unos 40 m de ancho por 30 de profundidad.
Protegido del oleaje del Pacífico por dos brazos de roca que se extendían desde el acantilado hacia el mar como los brazos de un sillón. Dentro de la caleta, el agua estaba relativamente calma. Fuera, las olas rompían contra las rocas con violencia. La entrada a la caleta era estrecha, de unos 10 m y solo navegable por lanchas pequeñas que conocieran la profundidad exacta de las rocas sumergidas.
El CIT tenía tres lanchas rápidas fondeadas en la caleta. Lanchas de fibra de vidrio con motores fuera de borda de alta potencia que alcanzaban velocidades de 80 o 90 nudos pintadas de negro mate para ser invisibles de noche, sin luces de navegación, sin transpedor AIS, sin matrícula, fantasmas sobre el agua.
Las lanchas cumplían dos funciones. La primera era recibir los cargamentos de droga que llegaban por mar desde puntos de embarque en Centroamérica o en la costa sur de México. Los cargueros o lanchas madre se acercaban a la zona de noche. Las lanchas del CJNG salían de la caleta. Se encontraban en un punto preestablecido en Altamar, transbordaban la mercancía y regresaban a la caleta en menos de 2 horas.
Los operadores del faro coordinaban la operación desde el centro de comunicaciones, monitoreando las posiciones de las patrulleras de la Armada para asegurar que la ventana de operación estuviera libre. La segunda función era el transporte de droga a lo largo de la costa. Las lanchas salían de la caleta con cargamentos y los llevaban a puntos de entrega en otras caletas o playas remotas a lo largo de la costa, donde otros operadores los recogían y los transportaban tierra adentro.
Era una red de distribución costera que usaba el Pacífico como autopista y las caletas como estaciones de servicio. Los seis busos de la base eran parte esencial de la operación marítima. Además de descargar las lanchas, tenían otra función que me parece especialmente relevante. Ocultaban droga debajo del agua.
Los buzos bajaban paquetes sellados al vacío y los anclaban al fondo marino dentro de la caleta, sujetos a las rocas con cuerdas y lastrados con pesas. Si por alguna razón las autoridades llegaban al faro y revisaban la caleta, no encontrarían droga en las lanchas ni en el búnker. Estaba debajo del agua, invisible, anclada al fondo, esperando a que pasara el peligro para ser recuperada.
Es el mismo principio que vimos en el cenote de Yucatán. Usar el agua como escondite. Poner la droga donde nadie puede verla sin equipo de buceo. Convertir el fondo del mar en un almacén invisible. El CJNG aplica el mismo concepto en diferentes geografías con la misma eficacia. Quiero contar la historia de uno de los busos porque revela como el CJNG recluta talento marítimo en las comunidades costeras.
Se llamaba, según los registros, Joel, 24 años. Nació en un pueblo pesquero de la costa. Su padre era pescador, su abuelo era pescador. Joel aprendió a nadar antes que a caminar, según decía su madre. A los 12 años ya buceaba a pulmón libre buscando pulpos y almejas en las rocas del fondo. A los 16 consiguió un equipo de buceo usado que le vendió un turista y aprendió solo a usarlo, sin curso, sin certificación, sin que nadie le enseñara las tablas de descompresión ni los protocolos de seguridad.
Buceaba por instinto, por experiencia, por el conocimiento del mar que solo da haber nacido junto al agua. Joel trabajaba como buzo de los pescadores del pueblo. Bajaba a colocar nas fondo, a desenredar redes atrapadas en las rocas y a buscar langostas y abulones que vendía en la carretera a los turistas que pasaban. Ganaba entre 3 y 5000 pesos al mes, dependiendo de la temporada y de la suerte.
Un tipo que Joel no conocía llegó al pueblo un día y empezó a preguntar por buzos. Trabajo privado”, dijo. Nada peligroso, solo buceo nocturno. Le ofrecieron 40,000 pesos al mes por cuatro o cinco inmersiones. Joel aceptó sin preguntar mucho. La primera noche que bajó en la caleta y vio los paquetes sellados al vacío que flotaban en el agua, supo lo que eran y siguió buceando.
Porque 40,000 pesos al mes hacen que el fondo del mar se vea diferente cuando lo que recoges del fondo vale millones. Joel fue detenido en el búnker con el traje de neopreno húmedo, la máscara en la frente y las manos arrugadas por el agua salada. Tiene 24 años. Va a enfrentar cargos por delincuencia organizada y narcotráfico. Su padre, el pescador del pueblo, se enteró por un vecino.
Fue a la base naval a preguntar por su hijo. Le dijeron que estaba detenido. Le dijeron de qué lo acusaban. Y el pescador viejo, el que le enseñó a nadar antes que a caminar, se sentó en la banqueta de la base naval y se quedó ahí durante horas mirando al suelo sin decir nada. Quiero ahora hablar del farista original porque su historia conecta con el caso de una manera que me parece importante.
El farista que operó el faro hasta que fue descomisionado en 2009 se llamaba, según los registros don Aurelio. Tenía 58 años cuando le dijeron que ya no lo necesitaban, que la bolla electrónica hacía su trabajo, que el faro se iba a apagar, que se podía ir. Don Aurelio había vivido en la caseta del Faro durante 23 años.
Subía los 112 escalones cada noche al atardecer para encender la lámpara. Bajaba cada mañana al amanecer para apagarla. En 23 años de servicio, la lámpara no se apagó ni una sola noche, ni en tormentas, ni en huracanes, ni en las noches en que don Aurelio tenía fiebre o dolor de espalda o ganas de quedarse en la cama.
subía, encendía, bajaba cada noche, porque los barcos necesitaban su luz para no estrellarse contra las rocas del acantilado. Don Aurelio conocía el mar frente al faro como pocos. Sabía leer las corrientes, sabía predecir las tormentas por el color del cielo al atardecer. Sabía en qué época del año las ballenas pasaban frente al acantilado, migrando hacia el norte.
Sabía que en las noches sin luna la bioluminiscencia del plancton iluminaba las olas con un brillo azul verdoso que parecía magia, pero que era biología. Cuando le dijeron que el faro se apagaba, don Aurelio bajó los 112 escalones por última vez. Cerró la caseta con llave, le entregó la llave al oficial de la marina que vino a descomisionarlo y se fue caminando por el sendero del acantilado con una maleta en cada mano y los ojos mojados.
No miró atrás. dijo que si miraba atrás no iba a poder irse. Don Aurelio vive ahora en un pueblo pesquero a 40 km del faro. Tiene 75 años. Se enteró de lo que encontraron en su faro por las noticias. Un periodista local fue a buscarlo y le preguntó cómo se sentía sabiendo que su faro había sido convertido en una base del narcotráfico.
Don Aurelio dijo, “Ese faro no era mío, era de la Marina. Yo solo lo cuidaba, pero lo cuidé durante 23 años sin faltar una sola noche. Y me duele que ahora lo cuiden otros y que lo cuiden para lo que lo cuidan. Me duele que ahora lo cuiden otros y que lo cuiden para lo que lo cuidan. Esa frase contiene todo el caso.
Un hombre que dedicó 23 años de su vida a mantener encendida una luz que guiaba barcos legítimos, reemplazado por hombres que usan la misma torre para guiar lanchas del narcotráfico. La luz se apagó y la oscuridad que vino después fue más profunda de lo que don Aurelio podía imaginar. Ahora quiero hablar de los 67 detenidos con más detalle.
De los 67, 24 eran combatientes que proporcionaban seguridad al faro y que ejecutaban operaciones en la costa y en la sierra cercana. Patrullaban el acantilado, vigilaban el sendero de acceso y proporcionaban escolta armada a los vehículos que transportaban la droga desde el faro hacia el interior. 18 eran operadores marítimos, los pilotos de las lanchas, los busos y los que manejaban la logística de los desembarcos nocturnos.
Los pilotos de las lanchas eran pescadores reclutados en pueblos de la costa que conocían las corrientes, los arrecifes y las caletas como conocían sus propias manos. El CJNG los reclutó con la oferta habitual, dinero multiplicado por 10 respecto a lo que ganaban pescando. Un piloto de lancha del CJNG ganaba entre 50 y 80,000 pesos al mes por tres o cuatro operaciones nocturnas.
Un pescador de la zona ganaba entre 5 y 8,000. La aritmética del reclutamiento. 12 eran operadores de comunicaciones e inteligencia, los que monitoreaban las frecuencias de la armada, los que operaban el radar y el receptor AIS, los que coordinaban los movimientos de las lanchas por radio y los que vigilaban las cámaras de seguridad.
Estos operadores trabajaban en turnos de 8 horas en el centro de comunicaciones del búnker, sentados frente a los monitores, escuchando las frecuencias navales, rastreando las posiciones de los buques en el mapa AIS y comunicándose con las lanchas por radio encriptado. Ocho eran personal de apoyo, cocineros, personal de mantenimiento y los cargadores que subían y bajaban paquetes por el túnel entre el búnker y la caleta y cinco eran mandos.
el jefe de la base, el coordinador de operaciones marítimas, el coordinador de inteligencia, el coordinador de seguridad y el coordinador de logística. El jefe de la base era un exmilitar de 41 años que, según los investigadores tenía experiencia previa en la Armada de México. Había servido como oficial de comunicaciones en un buque de la Armada durante 8 años antes de desertar y unirse al CJNG.
Su conocimiento de los procedimientos, las frecuencias y los protocolos de la Armada era lo que hacía que el centro de comunicaciones del búnker fuera tan efectivo. Sabía exactamente qué escuchar, dónde escucharlo y cómo interpretar lo que escuchaba. Un ex marino dirigiendo una base del narcotráfico dentro de un faro que pertenece a la marina.
Es la traición más directa que puede existir. Un hombre que juró defender la soberanía del mar mexicano usando su conocimiento para que el CJNG opere en ese mismo mar con impunidad. Quiero profundizar en este hombre porque su perfil es un ejemplo de un problema que la Sedena y la Marina enfrentan con frecuencia creciente, la deserción de personal militar hacia las filas del crimen organizado.
El jefe de la base del Faro sirvió en la Armada de México durante 8 años, alcanzando el grado deteniente. Su especialidad era comunicaciones navales, operación de equipos de radio, cifrado de comunicaciones, procedimientos de reporte y el manejo del sistema AIS y de los radares de superficie. Conocía las frecuencias que usa la Armada, conocía los protocolos de cambio de frecuencia, conocía los códigos de comunicación y los procedimientos de alerta.
Conocía, en resumen, exactamente cómo la armada se comunica, se coordina y se mueve. Desertó hace 5 años. Las razones que dio en los interrogatorios fueron económicas. Ganaba 18,000 pesos al mes en la Armada y el CJNG le ofreció 150,000, ocho veces más. Y la oferta incluía un paquete que la armada no podía igualar, casa, vehículo y la promesa de que su familia estaría protegida.
La protección del CJNG es, por supuesto, una amenaza disfrazada de beneficio. Te protegemos mientras cooperes y si dejas de cooperar, la protección se convierte en lo contrario. El exteniente pasó de operar comunicaciones para la armada a operar comunicaciones contra la armada. usó exactamente las mismas habilidades, los mismos conocimientos, las mismas técnicas.

solo cambió el lado del tablero y desde su nuevo lado construyó un centro de inteligencia naval que le daba al CJ una ventaja que pocas organizaciones criminales tienen. Saber en todo momento dónde están y hacia dónde van los buques de guerra del Estado mexicano. La Armada de México pierde personal por deserción cada año. Marineros, suboficiales y oficiales que se van a la iniciativa privada, a las policías estatales o al crimen organizado.
Los que se van al crimen organizado se llevan consigo conocimiento clasificado que puede comprometer operaciones de seguridad nacional durante años. Un solo oficial de comunicaciones desertado puede neutralizar la ventaja tecnológica de toda una flotilla de la armada. La solución pasa por dos caminos. El primero es mejorar las condiciones salariales y de vida del personal militar para reducir los incentivos de deserción.
El segundo es cambiar los protocolos de comunicación y las frecuencias cada vez que un oficial con acceso a información sensible deserta. Lo segundo se hace. Lo primero, como siempre, depende de presupuestos que nunca son suficientes. Los marinos que ejecutaron el operativo se encontraron de frente con uno de los suyos, un excompañero de arma que conocía sus tácticas, sus frecuencias, sus procedimientos, que sabía cómo piensan los marinos porque fue uno de ellos y que usó ese conocimiento para construir una operación de contrainteligencia
marítima que mantuvo al CJNG un paso adelante de la armada durante años. Quiero ahora hablar de cómo los marinos descubrieron el faro. La pista inicial vino, como en tantos casos, de un ciudadano, un pescador artesanal que fainaba con su lancha de fibra de vidrio y su motor de 15 caballos frente a la costa donde se encuentra el faro.
El pescador notó que de noche, cuando pasaba frente al acantilado, veía luces que no deberían estar ahí. Luces tenues dentro de la caleta, destellos de linterna en el sendero del acantilado y una vez el resplandor de una pantalla de computadora visible a través de una ventana de la caseta del farista que se suponía abandonada.
El pescador lo comentó en el pueblo. Los otros pescadores le dijeron que ahí hay gente rara desde hace tiempo y que mejor no te acerques. El pescador no se acercó, pero la siguiente vez que fue a la cabecera municipal a vender su pesca, pasó por la base naval y reportó lo que había visto. Quiero detenerme en este pescador porque su historia es la que conecta todos los casos que hemos cubierto.
Se llamaba, según los registros, Tomás, 53 años. Pescador artesanal de tercer generación. Sale todos los días a las 4 de la mañana en su lancha de fibra de vidrio con un motor de 15 caballos que compró usado hace 8 años y que ha reparado tantas veces que ya no queda pieza original. Pesca con red de trasmayo y con línea.
Vende su pesca en el pueblo y lo que sobra lo lleva a la cabecera. Gana entre 400 y 800 pesos al día, dependiendo de lo que saque del mar. Tomás pasaba frente al acantilado del faro todas las mañanas porque su zona de pesca estaba a unas millas al sur. Conocía el faro desde niño. Lo veía brillar de noche cuando era chico y salía a pescar con su padre.
Cuando el faro se apagó, lo siguió viendo, pero ya solo como una silueta oscura contra las estrellas. Era como un vecino que se murió. Dijo. Lo veías ahí, pero ya no estaba. Las luces que Tomás vio no eran brillantes, eran destellos tenues, intermitentes, que alguien que no conociera la costa habría confundido con reflejos del mar o con el brillo de la luna en las rocas.
Pero Tomás conocía cada roca de ese acantilado. Sabía exactamente cómo se veía la costa de noche con luna y sin luna, con oleaje fuerte y con mar calmo. Y las luces que veía no correspondían con nada natural. Eran luces de gente, de personas moviéndose con linternas. de pantallas encendidas detrás de ventanas que deberían estar oscuras.
Tomás observó durante semanas sin decir nada y cuando finalmente fue a la base naval lo hizo con miedo. “Tengo hijos”, dijo al oficial que lo atendió. “Si alguien se entera de que yo reporté, me van a buscar.” El oficial le aseguró que su identidad sería protegida. Tomás dio todos los detalles, las luces, los horarios, las lanchas que escuchaba moverse de noche en la caleta, el zumbido del generador que se escuchaba cuando el viento soplaba del acantilado hacia el mar.
Firmó su declaración y se fue a pescar. La valentía de Tomás es la misma valentía que hemos visto en cada caso de esta serie. Don Ernesto, el pescador de Yucatán, que vio las lanchas descargando en la playa. Don Maclovio, el desplazado de Chihuahua, que encontró basura fresca en su casa. Don Refugio, el enterrador de Puebla, que hundió su pala en el suelo equivocado.
El maestro jubilado de Sinaloa, que vio que su escuela estaba ocupada. El ingeniero de telecomunicaciones de la Ciudad de México que detectó la interferencia en la red, el paramédico de Guadalajara que notó ambulancias que no existían, personas comunes, personas que ven algo que no cuadra y que a pesar del miedo, a pesar de vivir en un país donde denunciar puede costarte la vida, deciden levantar la mano y decir, “Esto no está bien.
” Cada uno de los casos que hemos cubierto fue destapado por un ciudadano que vio algo y lo reportó. La inteligencia militar, los satélites, los drones, la tecnología, todo eso confirma lo que el ciudadano reportó. Pero la primera chispa, el primer dato, la primera sospecha siempre viene de una persona común que conoce su entorno y que nota cuando algo cambia.
Un pescador que conoce su costa, un enterrador que conoce su cementerio, un desplazado que conoce su pueblo, un maestro que conoce su escuela. Esas personas son la primera línea de defensa de México contra el narcotráfico y merecen protección, reconocimiento y la certeza de que cuando denuncian alguien va a hacer algo al respecto.
Los marinos iniciaron vigilancia. Un drone naval sobrevoló el faro de noche y captó imágenes que confirmaron la actividad. Personas en el acantilado, lanchas en la caleta, la antena parabólica en el techo de la caseta. Con esas imágenes se planificó el operativo. La ejecución del operativo tuvo una particularidad que lo distingue de otros casos.
La aproximación fue por mar y por tierra simultáneamente. Mientras un equipo de marinos subía por el sendero del acantilado para tomar la caseta y la torre del faro, otro equipo se acercaba por mar en lanchas rápidas de la Armada para tomar la caleta y bloquear la salida de las lanchas del CJNG. La toma de la caleta fue la parte más peligrosa.
Las lanchas de la armada tenían que entrar por la abertura estrecha de 10 m entre las rocas, de noche sin luces, guiándose con visión nocturna en aguas que no conocían y que podían tener rocas sumergidas que destrozaran el casco. Los pilotos de las lanchas de la Armada lo hicieron con una pericia que merecería una medalla.
Entraron a la caleta sin chocar, sin encallar y sin alertar a los ocupantes del faro hasta que fue demasiado tarde. Quiero describir la toma de la caleta porque es la secuencia más cinematográfica de todo el operativo. Las lanchas de la Armada se acercaron al acantilado desde el norte, navegando pegadas a la costa, fuera del alcance del radar del faro que apuntaba hacia mar abierto.
A 500 m de la caleta apagaron los motores y dejaron que la corriente las acercara en silencio. Los marinos de las lanchas llevaban trajes de neopreno negro sobre sus uniformes porque sabían que podrían tener que entrar al agua si las lanchas no podían pasar por la entrada de la caleta. A 200 m, el piloto de la primera lancha encendió el motor a mínima potencia y enfiló hacia la abertura entre las rocas.
10 m de ancho con oleaje de noche, con visión nocturna que distorsiona las distancias y que convierte cada ola en una sombra verde que puede ser roca o puede ser agua. El piloto pasó por la abertura con menos de 1 metro de margen a cada lado. La segunda lancha pasó detrás y la tercera se quedó fuera, cubriendo la salida por si alguna lancha del CJNG intentaba escapar.
Dentro de la caleta, los marinos encontraron las tres lanchas del CJNG fondeadas contra la pared del acantilado, vacías. Las abordaron, las aseguraron y nadaron hasta la plataforma de roca donde estaba la abertura del túnel. Subieron a la plataforma, entraron al túnel y empezaron a subir los 120 m de escalones de roca con sus rifles y sus equipos goteando agua de mar.
A mitad del túnel, en el ensanchamiento donde los cargadores descansaban y donde las paredes tenían los grafitis de ya mero llegamos, los marinos del equipo de mar se encontraron con los marinos del equipo de tierra que bajaban desde el búnker. Se encontraron en la oscuridad del túnel con las linternas frontales iluminándose mutuamente, los del mar subiendo empapados y los de tierra bajando secos.
El túnel quedó tomado de punta a punta. La base del CJNG estaba completamente rodeada. Marinos arriba, marinos abajo, marinos en la caleta, marinos en el sendero. Los 67 no tenían a dónde ir. Cuando los marinos del equipo terrestre tomaron la caseta del faro y encontraron la entrada al búnker, los del equipo marítimo ya controlaban la caleta y el acceso al túnel desde abajo.
Los 67 ocupantes del búnker estaban atrapados. Marinos arriba, marinos abajo, roca a los lados. La rendición fue rápida y total. A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La imagen que te dejo es la del faro apagado en el acantilado. 17 años de oscuridad, 17 años sin su luz pulsando sobre el Pacífico. Don Aurelio subía 112 escalones cada noche para encender esa luz.
Y ahora, en lugar de don Aurelio, 67 personas bajaban escalones cada noche para encender monitores que rastreaban a la armada y coordinar lanchas que transportaban cocaína. El faro se apagó porque la tecnología lo hizo obsoleto. Una bolla electrónica hace el mismo trabajo sin necesidad de torre ni de farista, pero el faro como estructura, como punto elevado en un acantilado, como posición dominante sobre el mar, sigue teniendo valor.
Y si la marina no le da uso, el CJNG se lo da. Hay faros abandonados a lo largo de toda la costa de México. Faros que la modernización dejó sin función, torres de concreto plantadas en acantilados, en islas. en puntas de tierra que miran al mar. Cada uno de esos faros es una torre de vigilancia potencial para el narcotráfico. Cada uno tiene altura, tiene posición, tiene la infraestructura básica que una operación de vigilancia marítima necesita y cada uno está abandonado, sin candado, sin vigilancia, disponible para el primero que suba los escalones. Quiero poner en
perspectiva el valor económico de la ruta marítima que este faro controlaba, porque los números explican por qué el CJNG invirtió 3 años y recursos significativos en una base tan elaborada. La cocaína que llega por mar al Pacífico Mexicano tiene un valor que se multiplica en cada eslabón de la cadena.
Sale de Colombia a $2,000 el kilo. Llega a la costa mexicana a entre 10 y 15,000. Cruza la frontera a 30,000 y llega al consumidor final en Estados Unidos a $100,000 por kilo fraccionado en dosis. Los 340 kg que encontraron en el almacén del búnker representan entre 34,000000es dólares en el mercado estadounidense y eso era el inventario de un solo momento.
La ruta movía cantidades similares cada mes. La producción anual de una ruta marítima como la del faro se estima en varias toneladas de cocaína. A valores de mercado final en Estados Unidos, estamos hablando de cientos de millones de dólares anuales. El costo de construir un búnker en un faro, de comprar tres lanchas rápidas, de pagar a 67 personas, de equipar un centro de comunicaciones con tecnología AIS, todo eso junto representa una inversión de quizás dos o 3 millones de dólares.
La tasa de retorno es astronómica. Por cada dólar invertido en la infraestructura del faro, el CJNG recuperaba 100 o más en valor de droga transportada. Esa es la razón por la que el CNG puede permitirse invertir en bases tan elaboradas. La rentabilidad del narcotráfico marítimo justifica cualquier inversión en infraestructura.
Construir un búnker en un acantilado es caro. Excavar un túnel en roca volcánica es caro. Comprar lanchas rápidas es caro. Reclutar busos, pilotos, operadores de comunicaciones es caro. Pero la droga que pasa por esa infraestructura vale 1000 veces más que el costo de construirla. Y mientras esa ecuación se mantenga, el CJNG va a seguir construyendo bases cada vez más sofisticadas en cada rincón del país.
La Marina debería saber esto mejor que nadie. Los faros son suyos, los construyeron, los operaron, los descomisionaron y ahora los están encontrando convertidos en bases del narcotráfico. Si hay una lección en este caso es que la infraestructura pública abandonada es infraestructura criminal potencial y que abandonar un faro en un acantilado del Pacífico es regalarle al CJ una torre de vigilancia con vista al mar y un acantilado donde esconder un búnker.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Cuídate y si alguna noche estás en la costa del Pacífico y ves un faro a lo lejos que debería estar apagado, pero que parece tener una luz tenue en la caseta, piénsalo, porque esa luz puede ser un monitor de ahí rastreando las posiciones de la armada.
Y la torre oscura que se recorta contra las estrellas puede tener 112 escalones que ya no sube un farista con su lámpara, sino un operador del CJNG con sus binoculares. Y en el sótano que el faro original nunca tuvo, puede haber 67 personas durmiendo en literas de roca, esperando a que la noche sea lo suficientemente oscura para que las lanchas negras salgan de la caleta hacia el Pacífico.
Sin luces, sin transpedor, sin nombre, solo el motor y el mar y la droga y la certeza de que el faro de arriba les está cubriendo las espaldas. Don Aurelio encendía una luz para salvar vidas. El CJNG apagó esa luz para destruirlas y el faro plantado en su acantilado desde hace medio siglo, no puede elegir a quién sirve. Sirve al que sube los escalones.
Y eso en este México depende de quién llega primero. Quiero añadir un dato que me parece simbólicamente potente. La lente Fresnel del faro, la lente de vidrio tallado que amplificaba la luz de la lámpara y la proyectaba a millas de distancia. Todavía estaba en la linterna cuando los marinos subieron. Opaca por 17 años de sal marina, cubierta de polvo con facetas agrietadas.
Pero ahí el corazón del faro que durante décadas salvó vidas seguía en su sitio, rodeado ahora por los binoculares, el radar y las cámaras del CJNG. Los peritos fotografiaron la lente Fresnel con los equipos del sexta NG montados alrededor. Es una imagen que debería ser portada de un libro sobre el narcotráfico en México.
Una lente diseñada para guiar barcos a puerto seguro, rodeada de equipos diseñados para rastrear a la armada y facilitar el transporte de cocaína. Lo que fue y lo que es, el pasado y el presente del México Costero en una sola fotografía. La Armada tiene registrados más de 90 faros en las costas del Pacífico y del Golfo.
Más de 40 están descomisionados, 40 torres con vista al mar, 40 acantilados e islas donde el crimen organizado puede montar vigilancia marítima, búnkers, embarcaderos clandestinos. Después de este caso, la Armada anunció inspección de todos los faros descomisionados. Si se hace bien, van a encontrar cosas, quizás no.
67 personas con lanzacohetes en cada faro, pero sí signos de ocupación, latas recientes, huellas de lanchas en caletas, antenas que no estaban ahí cuando el faro se apagó. La infraestructura pública abandonada es el regalo más generoso que el Estado mexicano le hace al crimen organizado. Escuelas, hospitales, faros, estaciones, cuarteles desactivados.
Cada inmueble abandonado es un inmueble que el narcotráfico puede ocupar. Cada uno que se ocupa es una base más que las fuerzas de seguridad van a tener que desmantelar con operativos costosos que no habrían sido necesarios si alguien hubiera puesto un candado y hubiera pasado a verificar que seguía cerrado. Dale like, suscríbete, activa la campanita.
Nos vemos mañana. Cuídate. Y si alguna noche estás en la costa del Pacífico y ves un faro a lo lejos que debería estar apagado, pero que parece tener una luz tenue en la caseta, piénsalo, porque esa luz puede ser un monitor de rastreando a la armada y la torre oscura contra las estrellas puede tener 112 escalones que ya no sube un farista con su lámpara, sino un operador del CJNG con sus binoculares.
Y en el sótano que el faro original nunca tuvo, puede haber 67 personas durmiendo en literas de roca, esperando a que la noche sea lo suficientemente oscura para que las lanchas negras salgan de la caleta hacia el Pacífico. Sin luces, sin transpedor, sin nombre, solo el motor y el mar y la droga y la certeza de que el faro de arriba les está cubriendo las espaldas.
Don Aurelio, el farista de los 112 escalones, dijo algo cuando el periodista le preguntó si volvería al faro si se lo pidieran. Mañana mismo. Subo esos escalones. Mañana mismo y enciendo la lámpara. Y el faro vuelve a hacer lo que tiene que hacer, cuidar a los que navegan. Tiene 75 años. Las rodillas le duelen, la espalda no le da para cargar ni una maleta, pero dice que subiría mañana mismo los 112 escalones porque el faro es suyo y la luz que encendía todas las noches durante 23 años sigue encendida dentro de él,
aunque la lente Fresnel lleve 17 años cubierta de sal. Que alguien le devuelva su faro a don Aurelio. Que alguien limpie la lente. Que alguien encienda la lámpara. Que la luz vuelva a pulsar sobre el Pacífico, guiando barcos a puerto seguro, en lugar de guiar lanchas con cocaína a caletas escondidas.
Que el faro vuelva a hacer lo que tiene que hacer, porque los faros se construyen para salvar y cuando dejan de salvar algo muere. En la torre, en la costa, en el mar y en el farista viejo que sigue mirando hacia el acantilado desde su pueblo todas las noches esperando ver una luz que lleva 17 años apagada. Yeah.