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🇲🇽🚨¡GAFES IRRUMPEN EN NARCO-CASTILLO DE HIDALGO! CJNG OPERABA DESDE HACIENDA PORFIRIANA: 96 SICARIOS

La hacienda tenía un fantasma. Los campesinos de los pueblos cercanos lo decían desde hacía generaciones, que en las noches de luna llena se escuchaban pasos en los corredores de la hacienda abandonada, que las ventanas se iluminaban con una luz amarillenta que aparecía y desaparecía, que los perros de las rancherías aullaban mirando hacia la hacienda cuando caía la noche.
El fantasma de don Augusto, decían, el ascendado que construyó la hacienda en 1884 y que murió asesinado por sus peones durante la revolución. Su fantasma caminaba a los corredores de la hacienda que sus manos levantaron y que la historia le quitó. El fantasma de don Augusto resultó ser 96 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación.
Los pasos que los campesinos escuchaban eran las botas de combatientes patrullando los corredores de la hacienda a las 3 de la mañana. La luz amarillenta en las ventanas era el resplandor de los generadores que alimentaban el centro de operaciones instalado en lo que fue el salón principal.
Y los perros aullaban porque los perros detectan presencia humana a distancias que los humanos no alcanzan. y 96 personas viviendo en una hacienda que se supone abandonada, generan un campo de olores y sonidos que cualquier perro de rancho percibe como una anomalía en el paisaje olfativo de la sierra de Hidalgo. La Hacienda de San Ignacio fue construida entre 1884 y 1891 por Augusto Fernández de Lizardi, un terrateniente de origen español que hizo su fortuna con la minería de plata en Pachuca y que invirtió esa fortuna en construir lo que sus contemporáneos
describieron como el castillo más grande de Hidalgo. No era literalmente un castillo, era una hacienda pulquera del porfiriato, de esas que los ascendados construían como declaraciones de poder sobre la tierra y sobre las personas que la trabajaban. Pero la escala de San Ignacio era tal que el apodo de castillo se le quedó pegado y los lugareños nunca la llamaron de otra manera.
La hacienda tiene una casa principal de dos pisos con 37 habitaciones, un salón de baile de 200 m² con pisos de mosaico italiano y techos de 6 m con vigas de madera tallada, una capilla con altar de cantera y campana de bronce, un patio central con fuente y arquería de piedra, una cocina industrial con hornos de ladrillo que podían alimentar a 150 personas, caballerizas para 60 caballos, una bodega de fermentación de pulque Continas de cuero de reservan el olor agrio del aguamiel fermentado y un tinacal que en su momento fue el más
grande del estado de Hidalgo. Todo eso rodeado por una barda perimetral de piedra de 3 m de altura con torreones en las cuatro esquinas que don Augusto construyó no como decoración, sino como defensa. En el porfiriato, las haciendas eran blancos frecuentes de bandidos y de campesinos sublevados, y los ascendados que tenían dinero construían sus haciendas como fortalezas.


La barda de 3 m, los torreones, las troneras en los muros por donde se podía disparar sin exponerse. San Ignacio fue diseñada para resistir un asedio. Don Augusto no sobrevivió el asedio que importaba. En 1914, los zapatistas que operaban en la sierra de Hidalgo tomaron la hacienda, ejecutaron a don Augusto frente a la fuente del patio central, repartieron las tierras entre los campesinos y dejaron la hacienda como símbolo de lo que le pasa a los que acumulan demasiado.
La familia Fernández de Lisardi huyó a la Ciudad de México, nunca regresó y la hacienda se quedó ahí como un esqueleto de piedra y cantera al que la revolución le arrancó la carne. Durante 100 años, la hacienda de San Ignacio fue pudriéndose. El techo del salón de baile se cayó. Las vigas de madera tallada se pudrieron con la lluvia que entraba por los agujeros.
Los pisos de mosaico italiano se agrietaron con las raíces de los árboles que crecieron entre las baldosas. La capilla perdió su campana que alguien robó en algún momento del siglo XX. y los muros de 3 m, los torreones, las troneras. Todo eso siguió en pie porque la piedra de cantera de Hidalgo no se pudre.
Resiste terremotos, resiste siglos y resiste el abandono con una dignidad que los humanos que la tallaron no tuvieron. El CJNG encontró la hacienda hace aproximadamente 2 años y vio lo que el cártel siempre ve en la infraestructura abandonada de México. Una oportunidad. Una hacienda porfiriana con muros de 3 m como perímetro defensivo, con torreones en las esquinas como puestos de vigilancia, con troneras en los muros como posiciones de tiro, con 37 habitaciones como dormitorios, con una cocina industrial como comedor para un ejército, con caballerizas como estacionamiento de
vehículos, con una bodega de pulque como almacén de armas y con algo que el CJNG descubrió después de instalarse y que convirtió a la Hacienda de San Ignacio en la base más estratégica que han tenido en Hidalgo, los pasadizos secretos. Don Augusto Fernández de Lisardi era un hombre paranoico. La paranoia es un rasgo común entre los hombres que acumulan fortuna en épocas de inestabilidad.
Saben que lo que tienen se lo pueden quitar y construyen mecanismos para proteger lo que más valoran. En el caso de don Augusto, los mecanismos fueron pasadizos secretos. La hacienda tiene un sistema de pasadizos ocultos que conectan la casa principal con cinco puntos diferentes de la propiedad: la capilla, las caballerizas, la bodega de pulque, un punto exterior del muro perimetral norte y una salida subterránea que emerge en una barranca a 300 m de la hacienda oculta entre la vegetación.
Los pasadizos fueron diseñados para que don Augusto pudiera escapar de la hacienda en caso de ataque sin ser visto. Cinco rutas de escape que salen de la casa principal por puertas ocultas detrás de paneles de madera, de chimeneas falsas y de secciones de muro que se abren con mecanismos de contrapeso. Asadizos de 1 met de ancho por 180 de alto, excavados en la tierra y revestidos con ladrillo, con escalones en los tramos que suben y bajan siguiendo el perfil del terreno y con puertas de madera reforzada con hierro en cada extremo. Don Augusto nunca usó
los pasadizos para escapar. Cuando los zapatistas tomaron la hacienda, lo sacaron del salón de baile y lo ejecutaron en el patio. Los pasadizos quedaron cerrados y durante 100 años nadie los usó. Nadie sabía que existían, excepto los viejos del pueblo, que contaban la historia de los túneles del patrón, como parte de la leyenda de la hacienda junto con el fantasma y la maldición que supuestamente caía sobre cualquiera que entrara a San Ignacio de noche.
El CJNG descubrió los pasadizos durante los primeros meses de ocupación de la hacienda. Un sicario que exploraba el sótano de la casa principal encontró una pared de ladrillo que sonaba hueca. Rompieron la pared y detrás encontraron el primer pasadizo, un túnel de ladrillo del siglo XIX que bajaba en pendiente hacia la capilla.
A partir de ese descubrimiento, el CJNG exploró sistemáticamente la hacienda buscando más pasadizos. Encontraron los cinco, los limpiaron, los iluminaron con luces LED y los integraron a su sistema de defensa y logística como rutas de escape, como vías de transporte de armas y droga y como accesos ocultos que les permitían entrar y salir de la hacienda sin ser vistos desde la superficie.
La salida subterránea que emerge en la barranca a 300 m era la más valiosa, porque esa salida permitía evacuar la hacienda por debajo de la tierra y aparecer en un punto alejado del perímetro donde un vehículo podía estar esperando. Si el ejército rodeaba la hacienda, los mandos del CJNG podían escapar por el pasadizo mientras los combatientes resistían en la superficie.
Es la misma lógica que don Augusto usó cuando diseñó los pasadizos hace 140 años. Si te atacan, tus empleados pelean mientras tú huyes por debajo. La hacienda como base militar tiene una lógica que habría hecho sonreír a don Augusto si no estuviera muerto y si no le importara que los que la ocupan son narcotraficantes y no hacendados.
Porque la hacienda fue diseñada como fortaleza. Los muros de 3 m están ahí para impedir que entren los que no son bienvenidos. Los torreones están ahí para vigilar los accesos. Las troneras están ahí para disparar sin exponerse y los pasadizos están ahí para escapar cuando la fortaleza cae. El CJNG no tuvo que adaptar la hacienda a sus necesidades militares.
La hacienda ya estaba adaptada desde 1884. Quiero hablar de cómo el CJNG organizó los espacios de la hacienda porque la distribución revela la escala de la operación. Las 37 habitaciones de la casa principal fu

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