La hacienda tenía un fantasma. Los campesinos de los pueblos cercanos lo decían desde hacía generaciones, que en las noches de luna llena se escuchaban pasos en los corredores de la hacienda abandonada, que las ventanas se iluminaban con una luz amarillenta que aparecía y desaparecía, que los perros de las rancherías aullaban mirando hacia la hacienda cuando caía la noche.
El fantasma de don Augusto, decían, el ascendado que construyó la hacienda en 1884 y que murió asesinado por sus peones durante la revolución. Su fantasma caminaba a los corredores de la hacienda que sus manos levantaron y que la historia le quitó. El fantasma de don Augusto resultó ser 96 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación.
Los pasos que los campesinos escuchaban eran las botas de combatientes patrullando los corredores de la hacienda a las 3 de la mañana. La luz amarillenta en las ventanas era el resplandor de los generadores que alimentaban el centro de operaciones instalado en lo que fue el salón principal.
Y los perros aullaban porque los perros detectan presencia humana a distancias que los humanos no alcanzan. y 96 personas viviendo en una hacienda que se supone abandonada, generan un campo de olores y sonidos que cualquier perro de rancho percibe como una anomalía en el paisaje olfativo de la sierra de Hidalgo. La Hacienda de San Ignacio fue construida entre 1884 y 1891 por Augusto Fernández de Lizardi, un terrateniente de origen español que hizo su fortuna con la minería de plata en Pachuca y que invirtió esa fortuna en construir lo que sus contemporáneos
describieron como el castillo más grande de Hidalgo. No era literalmente un castillo, era una hacienda pulquera del porfiriato, de esas que los ascendados construían como declaraciones de poder sobre la tierra y sobre las personas que la trabajaban. Pero la escala de San Ignacio era tal que el apodo de castillo se le quedó pegado y los lugareños nunca la llamaron de otra manera.
La hacienda tiene una casa principal de dos pisos con 37 habitaciones, un salón de baile de 200 m² con pisos de mosaico italiano y techos de 6 m con vigas de madera tallada, una capilla con altar de cantera y campana de bronce, un patio central con fuente y arquería de piedra, una cocina industrial con hornos de ladrillo que podían alimentar a 150 personas, caballerizas para 60 caballos, una bodega de fermentación de pulque Continas de cuero de reservan el olor agrio del aguamiel fermentado y un tinacal que en su momento fue el más
grande del estado de Hidalgo. Todo eso rodeado por una barda perimetral de piedra de 3 m de altura con torreones en las cuatro esquinas que don Augusto construyó no como decoración, sino como defensa. En el porfiriato, las haciendas eran blancos frecuentes de bandidos y de campesinos sublevados, y los ascendados que tenían dinero construían sus haciendas como fortalezas.
eron convertidas en dormitorios para los 96 ocupantes. Las habitaciones del primer piso, las más grandes con techos de 4 m y ventanas que dan al patio central, fueron asignadas a los mandos.
Las habitaciones del segundo piso, más pequeñas y con techos más bajos, fueron asignadas a los combatientes rasos, tres o cuatro personas por habitación, colchones en el suelo, mochilas colgadas de clavos en las paredes de adobe, rifles recargados contra los muros donde alguna vez colgaron los retratos al óleo de la familia Fernández de Lisardi.
el salón de baile. El espacio de 200 m² con pisos de mosaico italiano y techos de 6 m que ahora no tiene techo porque se cayó hace décadas, fue cubierto con lonas industriales y convertido en el comedor y área común. Mesas de madera y bancas para 60 personas en dos turnos, tres comidas al día. Un cocinero con dos ayudantes que usaban los hornos de ladrillo de la cocina industrial para preparar la comida de 96 personas con la misma infraestructura que las cocineras de don Augusto usaban para preparar la comida de los peones de la hacienda hace
140 años. Los hornos de ladrillo de la cocina todavía funcionan. Fueron construidos con una calidad que no existe en la construcción moderna. Ladrillo refractario, bóveda de arco, tiro de chimenea con regulación de flujo de aire. Hornos diseñados para cocinar para 150 personas durante generaciones. El CJNG solo necesitaba alimentar a 96.
Los hornos se quedaban cortos por primera vez en 140 años. Quiero describir un día típico en la hacienda porque la rutina de 96 personas viviendo en una fortaleza del porfiriato tiene una cualidad anacrónica que merece ser capturada. El día empezaba a las 5 de la mañana con el cambio de guardia en los torreones.
Los vigías del turno nocturno bajaban de los torreones por las escaleras de piedra del siglo XIX y cruzaban el patio central rumbo a la cocina donde el desayuno ya estaba listo. Huevos con frijoles, tortillas, café. Los vigías del turno diurno subían a los torreones con sus binoculares y sus radios y se instalaban en las posiciones de observación.
El agua era un problema logístico que el CJNG resolvió de la misma manera que don Augusto la resolvió hace 140 años con el pozo de la hacienda. La propiedad tiene un pozo de agua de 30 m de profundidad con un brocal de piedra tallada en el patio central que ha estado produciendo agua desde 1884. El CJNG instaló una bomba eléctrica en el pozo y canalizó el agua a un tinaco de 5,000 L en el techo de la casa principal.
5,000 L diarios para 96 personas. Suficiente para beber, cocinar y lavarse con moderación. No suficiente para bañarse todos los días. Los detenidos solían a lo que huelen 96 personas que se bañan tres veces por semana en la sierra de Hidalgo, a tierra, a sudor, a humo de leña y al polvo de cantera que las paredes de la hacienda sueltan cada vez que alguien cierra una puerta con demasiada fuerza.
Los combatientes que tenían operación salían de la hacienda por la puerta principal o por el pasadizo de la barranca, dependiendo de si necesitaban llevar vehículos o si iban a pie. Las operaciones incluían cobro de piso a los rancheros y ganaderos de la zona, escolta de cargamentos de droga que transitaban por la sierra y vigilancia de los caminos para detectar la presencia de fuerzas de seguridad.
Los que se quedaban dentro de la hacienda pasaban el día limpiando armas, haciendo ejercicio en el patio central, lavando ropa en las pilas de piedra que las lavanderas de don Augusto usaban para lavar las sábanas de la hacienda y jugando cartas o dominó sentados en las bancas de cantera del corredor del primer piso. Tardes en el corredor de la hacienda, con los arcos de piedra enmarcando la vista de la sierra, con la luz del atardecer entrando por las columnas y dorando los pisos de mosaico italiano, debían parecerse inquietantemente a las tardes
que don Augusto pasaba en el mismo corredor hace 140 años, mirando la misma sierra con la misma sensación de dominio sobre un territorio que creía suyo. Quiero hablar del reclutamiento que el CJNG hace en Hidalgo, porque el perfil de los combatientes revela algo sobre un estado que se suponía tranquilo. De los 58 combatientes detenidos, 23 eran de Hidalgo, jóvenes de los municipios de la Sierra y de La Aguasteca, que fueron reclutados localmente por el CJNG durante los últimos 2 años. Jóvenes que crecieron en
pueblos donde la principal fuente de empleo es la agricultura de subsistencia, donde la preparatoria más cercana está a horas de distancia y donde el sueldo de un jornalero agrícola es de 200 pesos diarios cuando hay trabajo. El CJNG recluta en Hidalgo con la misma facilidad con la que recluta en Michoacán, en Guerrero, en Nayarit, ofreciendo un sueldo que quintuplica lo que la economía legal ofrece.
20,000 pesos al mes contra 4,000. La ecuación se resuelve sola cuando tienes 20 años y ninguna perspectiva. Un detenido de 21 años, originario de un pueblo de la huasteca hidalguense, declaró que se unió al CJNG porque en el pueblo no había nada, nada que hacer, nada que esperar, nada que ganar. Yo quería comprarle una casa a mi mamá.
Con lo que gano de jornalero, necesito 40 años para juntar para una casa. Me ofrecieron 20,000 al mes. En dos años junto lo de la casa. Solo 2 años. Los dos años los va a pasar en la cárcel y su mamá sigue sin casa. La capilla fue convertida en armería. Los nichos donde estuvieron las imágenes de Santos ahora contenían rifles alineados verticalmente.
El altar de cantera servía como mesa de trabajo donde los armeros del CJNG limpiaban y mantenían el armamento. Y la pila bautismal, una pieza de cantera tallada del siglo XIX con figuras de ángeles en los costados, fue usada como contenedor de aceite para armas. Ángeles bañados en aceite lubricante Rem Oil.
Es una imagen que debería figurar en un libro de texto sobre la profanación del patrimonio histórico. Los peritos contaron el arsenal de la capilla, 138 rifles de asalto, 74 pistolas, 46 granadas de fragmentación, 19 lanzagranadas y 241,000 cartuchos. Los cartuchos estaban almacenados en las cajas de madera que originalmente contenían botellas de pulque, cajas que llevan grabado el sello de la hacienda.
Hacienda de San Ignacio, pulques finos y que ahora contenían municiones calibre 7,62 y 5,56 en lugar de botellas de licor de age. Las caballerizas diseñadas para 60 caballos fueron convertidas en estacionamiento de vehículos. Nueve camionetas blindadas estaban estacionadas en los compartimentos de piedra, donde alguna vez los caballos de don Augusto masticaban alfalfa.
Los pesebres de piedra servían como mesas de trabajo. Los amarraderos de hierro forjado donde se ataban los caballos ahora sostenían cables de extensión eléctrica y mangueras de aire comprimido para el taller mecánico improvisado, donde los mecánicos del CJNG mantenían los vehículos. La bodega de fermentación de pulque, un espacio subterráneo de 300 m² con techo abobedado y paredes de piedra diseñadas para mantener la temperatura constante que el pulque necesita para fermentar, fue convertida en almacén de droga. Quiero hablar de la
bodega de pulque con más detalle porque la ironía arquitectónica es demasiado perfecta para dejarla pasar. Don Augusto diseñó la bodega con un sistema de ventilación pasiva que mantiene la temperatura interior entre 16 y 18ºC año, independientemente de la temperatura exterior. El sistema usa la inercia térmica de las paredes de piedra de 1 m de espesor y un conducto de ventilación que aprovecha las corrientes de aire natural de la sierra para circular aire fresco sin necesidad de energía mecánica. Es ingeniería del
siglo XIX que funciona tan bien que los climatólogos modernos la estudian como ejemplo de diseño bioclimático. La temperatura constante que don Augusto necesitaba para que su pulque fermentara correctamente es exactamente la temperatura que la metanfetamina necesita para almacenarse sin degradación. La metanfetamina cristalina se degrada con el calor y la humedad.
A temperaturas superiores a 30 gr, los cristales empiezan a absorber humedad y a perder pureza. Entre 16 y 18 gr. La metanfetamina se conserva indefinidamente en condiciones óptimas. Don Augusto diseñó la bodega perfecta para almacenar drogas 140 años antes de que las drogas sintéticas existieran. Las tinas de cuero de res donde se fermentaba el pulque seguían en la bodega.
Tinas enormes de casi 2 m de diámetro y metro y medio de profundidad, hechas de cuero de res curtido y montadas sobre bastidores de madera. Las tinas conservan el olor del aguamiel fermentado que les impregnó el cuero durante décadas de uso. Y entre las tinas, donde los trabajadores de don Augusto caminaban revisando la fermentación, el CJNG apiló las cajas de plástico estancas que contenían los 320 kg de metanfetamina y los 180 de cocaína.
Droga moderna almacenada entre tinas de pulque del siglo XIX. Metanfetamina cristalina a 16 gr junto a cueros de res que huelen a aguamiel. La bodega de don Augusto sirviendo al CJNG con la misma eficiencia con la que sirvió a los pulqueros hace 140 años. La única diferencia es que el pulque era legal y la metanfetamina no. Pero la temperatura es la misma.
320 kg de metanfetamina y kg de cocaína almacenados en las mismas condiciones de temperatura y humedad controlada que don Augusto diseñó para su pulque. La bodega de pulque como bodega de drogas, la misma arquitectura, el mismo principio de conservación, diferente producto. Los torreones de las cuatro esquinas del muro perimetral fueron convertidos en puestos de vigilancia permanente con vigías armados las 24 horas.
Cada torreón tenía un vigía con binoculares y radio que cubría un cuadrante de 360 gr. Las troneras de los muros, las aberturas estrechas diseñadas por don Augusto para disparar contra atacantes fueron reforzadas con sacos de arena y equipadas con posiciones de tiro para rifles de asalto. La hacienda porfiriana como fortaleza del narcotráfico.
Don Augusto la habría reconocido. La lógica defensiva es idéntica. Quiero hablar de los pasadizos con más detalle porque su sistema de apertura tiene una ingeniería del siglo XIX que los gafes describieron con admiración técnica. Los cinco pasadizos se abren con mecanismos de contrapeso ocultos en las paredes de la casa principal.
Cada mecanismo funciona con el mismo principio. Un bloque de piedra empotrado en la pared que al ser empujado libera un contrapeso de hierro que desplaza una sección del muro revelando la entrada al pasadizo. El mecanismo es mecánico, no necesita electricidad, no necesita hidráulica. Funciona con gravedad y con la precisión del ajuste entre las piedras que un cantero talló hace 140 años.
El pasadizo que conecta la casa principal con la capilla se abre empujando un ladrillo específico en la chimenea de la sala del primer piso. El ladrillo activa un contrapeso que desliza una sección del piso de la chimenea hacia un lado, revelando una escalera de ladrillo que baja 2 m y conecta con el túnel que corre bajo el patio central hasta la capilla.
El recorrido es de unos 40 m. El túnel tiene 30 cm de agua estancada en el fondo porque el drenaje que don Augusto diseñó se tapó con los siglos y nadie lo limpió. El pasadizo que sale a la barranca es el más largo, 300 m de túnel de ladrillo que desciende gradualmente desde el sótano de la casa principal hasta una puerta de madera oculta entre las rocas y la vegetación de la barranca.
La puerta está camuflada con musgo y tierra. Desde fuera parece una formación de roca natural. Solo si sabes exactamente dónde buscar, puedes encontrar la manija de hierro forjado escondida entre las raíces de un Wisache que creció en la puerta durante un siglo. El CJNG limpió los cinco pasadizos, sacaron los escombros, bombearon el agua estancada, instalaron luces LED y practicaron simulacros de evacuación.
Cada mando sabía qué pasadizo usar y a dónde lo llevaba. El pasadizo de la barranca era la ruta de escape principal. Si el ejército rodeaba la hacienda, los mandos bajaban al sótano, empujaban el ladrillo de la chimenea y desaparecían por el túnel, mientras los combatientes de los torreones mantenían el fuego de cobertura.
Es la doctrina militar de don Augusto aplicada al narcotráfico del siglo XXI. Los peones pelean, el patrón huye. 140 años después, la estructura social de la hacienda se reproduce dentro del CJNG. Los combatientes rasos duermen arriba en las habitaciones pequeñas y mueren en los torreones. Los mandos duermen abajo en las habitaciones grandes y escapan por los pasadizos.
La jerarquía del porfiriato calcada en la jerarquía del cártel. Quiero hablar de cómo se descubrió la base. La pista vino de un campesino que vendía leña en los pueblos de la zona. El leñador subía a la sierra a cortar leña seca, la cargaba en su burro y la vendía de rancho en rancho a 20 pesos el tercio.
Una mañana, mientras cortaba leña en un terreno cercano a la hacienda, vio una camioneta con vidrios polarizados entrar por el camino de terracería que lleva a la propiedad. La camioneta pasó a 20 m de donde el leñador estaba cortando leña. Los de la camioneta lo vieron y él vio que los de la camioneta llevaban armas largas.
El leñador siguió cortando leña como si no hubiera visto nada. Pero al día siguiente, cuando bajó al pueblo a vender su leña, habló con un conocido que era comisario Egidal. El comisario habló con la autoridad municipal. La autoridad municipal habló con el mando militar de la zona y tres semanas después los gafes estaban observando la hacienda de San Ignacio con drones.
Quiero hablar del leñador porque su historia es la de miles de campesinos de la sierra de Hidalgo que viven en los márgenes del mapa y de la economía. El leñador se llamaba, según los registros, Don Macario, 63 años. Viudo desde hace 12. Vive solo en una casa de adobe de una habitación a 40 minutos a pie del pueblo más cercano.
No tiene electricidad, no tiene agua entubada, tiene un burro, un hacha y el conocimiento de un hombre que lleva 40 años caminando la sierra cortando leña para venderla a 20 pesos el tercio. Don Macario conoce cada rincón de esa sierra. Sabe dónde están los árboles secos que dan la mejor leña. Sabe por dónde pasan los arroyos que se secan en febrero y por dónde pasan los que corren todo el año.
Sabe qué caminos usa el ganado y qué caminos usan las personas. Y sabe que cuando una camioneta con vidrios polarizados y hombres armados sube por un camino de terracería que lleva a una hacienda abandonada, algo está pasando que no debería estar pasando. Don Macario no denunció por valentía, denunció por costumbre, porque en su pueblo cuando ves algo raro se lo dices al comisario y el comisario decide qué hacer.
Don Macario le dijo al comisario lo que vio con la misma naturalidad con la que le habría dicho que vio un puma cerca de los corrales o que el arroyo del norte se secó. Vi una camioneta con gente armada subiendo para la hacienda. El comisario hizo el resto. Don Macario sigue cortando leña, sigue subiéndola en su burro, sigue vendiéndola a 20 pesos el tercio y probablemente no sabe que la información que le dio al comisario terminó con 96 detenidos, 138 rifles de comisados y una hacienda porfiriana recuperada de las manos del CJNG. Para
don Macario, fue un comentario. Para La Sedena fue inteligencia operativa de primer nivel. Los drones que sobrevolaban la propiedad, que sobrevolaban la propiedad de noche detectando firmas térmicas de personas en los torreones, en las habitaciones, en el patio y en la cocina, donde los hornos de ladrillo emitían calor que los drones captaban como puntos rojos brillantes en la imagen infrarroja.
Los drones contaron entre 80 y 100 personas dentro del perímetro de la hacienda en diferentes momentos del día, vehículos entrando y saliendo por el camino de terracería de noche con las luces apagadas. Vigías en los cuatro torreones las 24 horas y actividad en la capilla que los analistas no pudieron identificar hasta que un drone con cámara de alta resolución captó la imagen de un hombre cargando lo que parecía un rifle desde la capilla hasta la casa principal.
El operativo se planificó durante dos semanas. Los gafes estudiaron los planos de la hacienda que consiguieron a través del INA, que tiene catalogada la propiedad como monumento histórico del porfiriato. Los planos mostraban la distribución de los espacios, pero no mostraban los pasadizos secretos que don Augusto mandó construir sin dejar registro documental.
Los gafes sabían de las 37 habitaciones, del salón de baile, de la capilla, de las caballerizas, del muro perimetral con torreones y de la bodega de pulque. Lo que no sabían era que debajo de todo eso había 300 m de pasadizos que los mandos del CJNG podían usar para escapar. El operativo se ejecutó a las 3 de la mañana con 180 soldados y operadores de los gafes que rodearon la hacienda por los cuatro costados.
Cuatro equipos de asalto, uno por cada muro del perímetro, entrada simultánea por la puerta principal, por una brecha en el muro norte y por las troneras del muro este que los soldados usaron como puntos de entrada trepando los 3 m de pared con escaleras tácticas. Los vigías de los torreones detectaron el movimiento del ejército cuando los primeros soldados cruzaron el campo abierto que rodea la hacienda.
Los vigías abrieron fuego, los soldados respondieron y durante 9 minutos la hacienda de San Ignacio revivió la escena que vivió en 1914 cuando los zapatistas la tomaron. Disparos rebotando en los muros de piedra de 3 m, gritos, el sonido de las botas corriendo por los corredores del patio y las puertas de madera del siglo XIX volando en astillas cuando los soldados entraban a las habitaciones.
9 minutos de combate. Cuatro soldados heridos, ninguno de gravedad. Dos combatientes del CJNG muertos en los torreones y el resto, al verse rodeados y superados en número, se rindieron progresivamente habitación por habitación hasta que el silencio volvió a la hacienda y los soldados contaron los detenidos. 89.
Quiero describir los 9 minutos de combate porque la hacienda como campo de batalla tiene una dinámica que los instructores militares están estudiando. Los dos combatientes que murieron estaban en los torreones noreste y sureste. Abrieron fuego con rifles de asalto desde las troneras del siglo XIX, disparando hacia abajo contra los soldados que cruzaban el campo abierto.
troneras. Esas aberturas estrechas en los muros que don Augusto diseñó para que sus guardias dispararan contra bandidos funcionaron exactamente como fueron diseñadas. Protegían al tirador y limitaban el ángulo de disparo del atacante. Los soldados que avanzaban bajo el fuego de las troneras tuvieron que disparar hacia arriba contra una abertura de 20 cm de ancho en un muro de 3 m de altura a 100 m de distancia de noche.
Es un tiro imposible sin mira telescópica. Los gafes resolvieron el problema de los torreones con granadas aturdidoras. Dos operadores treparon el muro con escaleras tácticas, se posicionaron debajo de las troneras y lanzaron granadas aturdidoras por las aberturas. Las granadas detonaron dentro de los torreones con un destello de 6 millones de candelas y un estruendo de 180 decibelios que dejó a los tiradores temporalmente ciegos y sordos.
Los operadores entraron a los torreones por las escaleras de piedra interiores y sometieron a los tiradores en los segundos que tardaron en recuperarse de la aturdidora. Dentro de la casa principal, el combate fue de cuarto a cuarto. Los soldados entraban por las puertas que rompían a patadas o con arietes, iluminaban el interior con linternas de arma y sometían a los ocupantes que en la mayoría de los casos estaban apenas despertando.
El ruido de los disparos de los torreones despertó a toda la hacienda, pero en la confusión de las 3 de la mañana, la mayoría de los combatientes no alcanzó sus armas antes de que los soldados estuvieran dentro de sus habitaciones. Las puertas de madera tallada del siglo XIX cayeron una tras otra bajo los arietes y las patadas.
Cada puerta que caía era un pedazo de historia que se perdía y un combatiente que se capturaba. Los soldados no tenían tiempo para ser cuidadosos con el patrimonio. Tenían que ser rápidos y fueron rápidos. El salón de baile sin techo y cubierto con lonas fue el último espacio en ser asegurado. 15 combatientes se habían refugiado ahí pensando que el espacio abierto les daba ventaja.
Pero los soldados entraron por tres puntos simultáneamente y los 15 se rindieron cuando entendieron que estaban rodeados debajo de unas lonas que no los protegían de nada. Se arrodillaron en los pisos de mosaico italiano de Florencia con las manos en la cabeza y los rifles en el suelo, y los soldados los esposaron uno por uno sobre los mosaicos que don Augusto encargó a un taller toscano en 1887, 89, no 96. Faltaban siete.
Y los soldados sabían que nadie había salido por las puertas ni por los muros porque el perímetro estaba completamente cubierto. Los siete estaban dentro de la hacienda. en algún lugar que los soldados no habían revisado. Los soldados registraron cada habitación, cada rincón, cada armario, nada. Revisaron el sótano, nada.
Revisaron la capilla, las caballerizas, la bodega de pulque, nada. Los siete habían desaparecido de una hacienda rodeada por 180 soldados como si se los hubiera tragado la tierra. los había tragado la tierra literalmente. Un soldado que revisaba la sala del primer piso notó que la chimenea tenía ceniza fresca, ceniza caliente.
Alguien había estado en esa sala minutos antes. El soldado examinó la chimenea y encontró que un ladrillo estaba ligeramente salido de su posición, como si alguien lo hubiera empujado y no hubiera regresado completamente. El soldado empujó el ladrillo. Escuchó un click metálico y el piso de la chimenea se deslizó hacia un lado, revelando la escalera de ladrillo que bajaba al pasadizo.
Los gafes bajaron por la escalera con armas y linternas. Encontraron el pasadizo de ladrillo del siglo XIX iluminado con luces LED y siguieron el túnel durante 40 m hasta la capilla, donde encontraron la salida del pasadizo abierta pero vacía. Los siete no estaban ahí. habían pasado por la capilla y seguido por otro pasadizo.
Los gafes tardaron una hora en encontrar los cinco pasadizos. Fue una búsqueda sistemática de cada chimenea, cada panel de madera, cada sección de muro que sonara diferente al ser golpeada. encontraron los mecanismos de contrapeso. Abrieron los pasadizos uno por uno y en el pasadizo que sale a la barranca, a 200 m de la entrada encontraron a los siete.
Los siete mandos del CJNG estaban caminando por el túnel hacia la salida de la barranca cuando escucharon a los gafes entrar por el otro extremo. Se detuvieron. Los gafes avanzaron y en un túnel de 1 m de ancho a 3 m bajo la superficie de un terreno que alguna vez fue la huerta de don Augusto, los siete mandos del CJNG se rindieron frente a los operadores de fuerzas especiales que los iluminaron con linternas y les dijeron lo que le dicen a todos. Sedena.
Quietos al suelo. 96 detenidos en total, 138 rifles. 500 kg de droga. 42 millones de pesos en efectivo encontrados en una caja fuerte empotrada en la pared del sótano y una hacienda porfiriana con pasadizos secretos del siglo XIX recuperada de las manos del CJNG. Quiero hablar de los 96 detenidos. De los 96, 58 eran combatientes, 21 eran logística y apoyo, chóeres, cocineros, mecánicos y los que mantenían la hacienda.
10 eran comunicaciones y vigilancia de los torreones y siete eran mandos, incluido el jefe de la célula que fue capturado en el pasadizo de la barranca a 200 m de la libertad. El jefe de la célula tenía 44 años. era originario de Jalisco y tenía una peculiaridad que los investigadores encontraron fascinante. Era aficionado a la historia.
En su habitación de la hacienda, la habitación más grande del primer piso, que había sido la recámara principal de don Augusto, los soldados encontraron libros, libros de historia de México, libros sobre el porfiriato, un libro específico sobre las haciendas pulqueras de Hidalgo que tenía marcadas con postits las páginas que mencionaban la hacienda de San Ignacio.
El jefe de la célula había investigado la historia de la hacienda donde vivía. Sabía quién la construyó. Sabía cómo murió don Augusto. Sabía que los pasadizos existían porque los encontró buscándolos activamente después de leer en el libro que Las haciendas del señor Fernández de Lisardi contaban con pasajes secretos para la protección del propietario.
El libro le dijo que los pasadizos existían. El jefe de la célula buscó, los encontró y los convirtió en su plan de escape. Es un jefe de célula del narcotráfico que lee libros de historia para encontrar pasadizos secretos en la hacienda donde opera. Es un nivel de sofisticación intelectual que contrasta con la brutalidad de lo que el CJNG hace y que revela algo incómodo.

El narcotráfico atrae personas inteligentes, personas que en otro contexto serían investigadores, empresarios, ingenieros. personas que leen libros de historia y que usan lo que aprenden para perfeccionar operaciones criminales. El jefe de la célula también tenía en su habitación un mapa enmarcado de la hacienda que él mismo dibujó a mano con los cinco pasadizos marcados en rojo.
El mapa incluía las distancias de cada pasadizo, las puertas de acceso, los mecanismos de contrapeso y notas al margen con observaciones como pasadizo 3, acumulación de agua en temporada de lluvias, usar botas y pasadizo 5, barranca. Salida obstruida por vegetación, necesita poda mensual. Era un mapa operativo dibujado con la meticulosidad de un arqueólogo y la mentalidad de un estratega militar.
Los investigadores encontraron en su laptop un archivo de Word titulado Historia de la Hacienda, donde el jefe de la célula había escrito un documento de 17 páginas sobre la historia de San Ignacio desde su construcción en 1884 hasta su abandono después de la revolución, incluyendo la muerte de don Augusto, el destino de la familia Fernández de Lizardi y una sección titulada Infraestructura defensiva, donde analizaba los torreones, las troneras y los pasadizos con terminología militar, que demuestra que el jefe de la célula estudió la hacienda
como un general, estudia una fortaleza antes de ocuparla. Un narcotraficante escribiendo un ensayo de 17 páginas sobre la historia de la hacienda donde opera es absurdo, es perturbador y es revelador porque demuestra que el CJNG no ocupa la infraestructura abandonada de México al azar, la estudia, la analiza, la entiende y la adapta con un nivel de sofisticación que va más allá de la violencia bruta que se les atribuye en los titulares.
El paralelo entre don Augusto y el jefe de la célula es demasiado evidente para ignorarlo. Ambos ocuparon la misma hacienda. Ambos la usaron como centro de operaciones de un negocio que generaba millones. Ambos dependían de muros altos y de pasadizos secretos para protegerse de los que querían quitarles lo que tenían.
Y ambos terminaron de la misma manera, sacados de la hacienda por una fuerza armada que entró por los muros que se suponía debían protegerlos. Don Augusto fue ejecutado por zapatistas en 1914. El jefe de la célula fue capturado por gafes en 2025, 111 años de diferencia, la misma hacienda, el mismo tipo de hombre, poderoso, paranoico, convencido de que sus muros lo protegerían.
Y la misma lección, los muros de 3 m se trelan con escaleras, los pasadizos de 300 m se recorren con linternas y la paranoia, por más libros de historia que leas y por más mapas que dibujes, no reemplaza a la salida que nunca alcanzas. Quiero hablar de la hacienda como patrimonio porque el daño que el CJNG le causó tiene implicaciones culturales que trascienden el caso.
La hacienda de San Ignacio está catalogada por el INA como monumento histórico del porfiriato. Es una de las haciendas pulqueras más grandes y mejor conservadas de Hidalgo, a pesar de un siglo de abandono. Su arquitectura es representativa del estilo ecléctico que los ascendados del porfiriato importaron de Europa. Arcos de medio punto de influencia neoclásica, torreones de inspiración medieval francesa, detalles decorativos de estilo art nubot en las rejas y los barandales de hierro forjado y pisos de mosaico italiano que los ascendados encargaban a
talleres de Florencia y que llegaban en barco a Veracruz y en Trena Hidalgo. Los pisos de mosaico del salón de baile que sobrevivieron un siglo de intemperie porque el mosaico italiano resiste la lluvia y el sol sin perder el color. Ahora tienen marcas de botas militares, quemaduras de cigarro y rayones de patas de mesa donde el CJNG instaló su comedor.
Los muros de la capilla tienen ganchos clavados para colgar equipos y armas. La pila bautismal tiene residuos de aceite lubricante y las puertas de madera del siglo XIX, varias de las cuales eran piezas de carpintería artesanal con tallados de motivos florales, fueron destruidas por los soldados durante el asalto. Los restauradores del INA, que evaluaron la hacienda después del operativo, concluyeron que la estructura principal está intacta, pero los elementos decorativos sufrieron daño significativo.
Los pisos de mosaico pueden restaurarse, los muros de la capilla pueden repararse, la pila bautismal puede limpiarse, pero las puertas de madera tallada del siglo XIX que los soldados rompieron a patadas durante el asalto son irrecuperables. Cada puerta era una pieza única tallada a mano por carpinteros de Pachuca hace 140 años.
Había 16 puertas talladas en la casa principal. Después del operativo quedan nueve intactas. Las otras siete son astillas. Los soldados no tuvieron opción. En un asalto a las 3 de la mañana contra 96 personas armadas, no puedes detenerte frente a una puerta del siglo XIX a evaluar su valor histórico antes de derribarla.
Derribas la puerta y entras. Y si la puerta es una pieza de carpintería artesanal de 140 años de antigüedad, la pierdes. Es el costo colateral de recuperar una hacienda que el narcotráfico ocupó porque nadie se molestó en protegerla cuando todavía estaba vacía. Quiero hablar de lo que significa este caso para Hidalgo. Hidalgo ha sido durante mucho tiempo un estado que se percibe como tranquilo en comparación con sus vecinos.
Mientras Guerrero, Michoacán y Veracruz ardían con la violencia del narcotráfico, Hidalgo mantenía una imagen de estado seguro, de estado donde no pasaba nada. Esa imagen se ha erosionado en los últimos años a medida que el CJNG y otros grupos extienden sus operaciones hacia estados que antes consideraban periféricos.
La hacienda de San Ignacio está en la sierra de Hidalgo, en una zona que conecta la huasteca hidalguense con el altiplano central. Es una zona de tránsito de drogas que suben desde la costa de Veracruz hacia la Ciudad de México y el Estado de México. La hacienda servía como punto de control territorial. Desde sus torreones se vigilaban los caminos de la sierra y desde su posición estratégica se coordinaban las operaciones de transporte de droga por las carreteras secundarias que suben de la Auasteca al altiplano. La ruta de droga que la
hacienda controlaba mueve cocaína y metanfetamina desde los puertos de Veracruz hacia los mercados de consumo del centro de México, la Ciudad de México, el estado de México, Puebla, Querétaro. Los centros urbanos más poblados del país están a menos de 4 horas de carretera desde la sierra de Hidalgo. Un cargamento que sale de la hacienda a las 3 de la mañana puede estar en una bodega de la Ciudad de México a las 7 antes de que amanezca.
Es una ventaja logística que explica por qué el CJNG invierte en establecer bases en Hidalgo. La cercanía a los mercados de consumo reduce los costos de transporte y los tiempos de entrega. Los investigadores encontraron en las computadoras de comisadas registros de al menos 200 cargamentos que pasaron por la hacienda durante los 2 años de ocupación.
Cada cargamento documentado con fecha, volumen, destino y el nombre en clave del operador responsable. 200 cargamentos en 2 años, casi dos por semana. Toneladas de droga que cruzaron la sierra de Hidalgo bajaron por las carreteras secundarias al altiplano y se distribuyeron en los centros urbanos del centro de México, mientras la hacienda de don Augusto servía como centro logístico, con la misma eficiencia con la que sirvió como centro de producción de pulque hace 140 años.
El CJNG eligió Hidalgo porque Hidalgo tiene lo que el cártel busca. Baja presencia de fuerzas de seguridad en la sierra. Infraestructura vial que conecta con los mercados del centro del país e infraestructura histórica abandonada que puede usar como base. Hidalgo tiene docenas de haciendas porfirianas abandonadas.
Haciendas pulqueras, haciendas mineras, haciendas agrícolas que la revolución despojó de sus tierras y que el tiempo despojó de sus techos. Cada una es una San Ignacio potencial, muros de 3 m, espacios para decenas de personas y la posibilidad de pasadizos secretos. que nadie ha explorado en un siglo.
Quiero hablar de los pueblos que rodean la hacienda porque su relación con la propiedad tiene raíces que se hunden en la historia agraria de México. Los pueblos cercanos a la hacienda de San Ignacio fueron antes de la revolución pueblos de peones. Los hombres trabajaban la tierra de don Augusto. Las mujeres cocinaban en su cocina.
Los niños crecían en la sombra de sus muros. Cuando la revolución repartió las tierras, los peones se convirtieron en ejidatarios y la hacienda se quedó vacía. Pero la relación entre los pueblos y la hacienda no se cortó. Los viejos del pueblo seguían contando historias de lo que pasaba ahí adentro, del baile de gala que don Augusto organizaba cada diciembre, de la campana de la capilla que sonaba a las 6 de la mañana llamando a misa, del día que los zapatistas entraron y sacaron al patrón a la fuente.
La hacienda es parte de la memoria colectiva de los pueblos y cuando el CJNG la ocupó, esa memoria fue profanada de la misma manera que fue profanada la memoria del convento de Oaxaca o la del acueducto de Michoacán. El lugar donde las abuelas del pueblo recuerdan que sus abuelas lavaban ropa para el patrón, ahora es el lugar donde 96 sicarios almacenan rifles y metanfetamina.
La hacienda que construyeron sus antepasados con sus manos ahora está al servicio de un cártel de Jalisco que no sabe ni le importa quién talló las piedras del patio. Un campesino del pueblo más cercano, un hombre de 72 años que dice que su abuelo fue peón de don Augusto, declaró después del operativo. Mi abuelo construyó esos muros, los cargó piedra por piedra en la espalda y ahora esos muros protegen a gente que ni es de aquí ni conoce la historia de lo que está pisando.
Es una ofensa para mi abuelo y para la hacienda. Quiero hablar del patrón nacional de haciendas abandonadas porque la escala del problema es mucho mayor de lo que este caso sugiere. México tiene más de 10,000 haciendas catalogadas. La mayoría fueron construidas entre los siglos XV y XIX. Muchas han sido restauradas y convertidas en hoteles, museos, centros de eventos o viviendas privadas, pero miles siguen abandonadas, especialmente en las zonas rurales donde el valor del terreno no justifica la inversión en restauración. Hidalgo, Tlaxcala, Puebla,
San Luis Potosí, Zacatecas, Aguascalientes. Cada uno de estos estados tiene cientos de haciendas abandonadas que están disponibles para quien quiera ocuparlas. Cada hacienda porfiriana tiene las mismas características que hacen de San Ignacio una base militar ideal, muros altos, espacios amplios, cocinas industriales y la posibilidad de pasadizos y sótanos que nadie ha inspeccionado en un siglo.
Son fortalezas diseñadas para resistir ataques en una época de inestabilidad y la época de inestabilidad regresó. Solo que ahora los que atacan no son zapatistas, sino fuerzas de seguridad y los que se defienden no son ascendados, sino cárteles. Pero la arquitectura sirve igual. A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la de los siete mandos caminando por el pasadizo de la barranca.
Siete hombres agachados en un túnel de ladrillo del siglo XIX con las luces LED iluminando las paredes húmedas, caminando hacia la salida que don Augusto diseñó hace 140 años para escapar de una revolución que nunca logró usar. Siete hombres caminando por el mismo pasadizo por donde don Augusto planeó escapar de los zapatistas y no pudo.
Siete hombres que leen libros de historia, que encuentran pasadizos secretos y que los usan para intentar huir de los gafes a las 3 de la mañana en la sierra de Hidalgo. Y detrás de ellos, a 200 m, los gafes entrando al pasadizo con linternas y armas, avanzando por el mismo túnel de ladrillo bajo la misma tierra que don Augusto caminaba cuando revisaba su huerta, persiguiendo a los siete que perseguían la salida que nunca alcanzaron.
140 años separando alado del narcotraficante y el mismo pasadizo uniéndolos. La misma paranoia, la misma necesidad de escapar, la misma tierra de Hidalgo que se tragó a ambos. Dale like, suscríbete, activa la campanita. La hacienda de San Ignacio está asegurada por el ejército. Las cabinas del CJNG se retiraron, las armas se decomizaron, los pasadizos fueron documentados por el INA y sellados con rejas de acero para evitar que alguien los use otra vez.
Y la hacienda se quedó vacía de nuevo, como ha estado vacía desde 1914, con sus muros de 3 m, con sus torreones, con sus pisos de mosaico italiano agrietados, con su capilla sin campana y con el fantasma de don Augusto, que ahora tiene compañía, los fantasmas de 96 sicarios que vivieron en su hacienda durante 2 años y que caminaron por sus pasadizos y comieron en su cocina y durmieron en su recámara y usaron su pila bautismal para guardar aceite de armas. Nos vemos mañana.
Cuídate. Y si algún día estás en la sierra de Hidalgo y ves una hacienda vieja con muros altos y torreones en las esquinas, no asumas que está vacía. Porque los fantasmas del porfiriato dejaron de asustar hace mucho tiempo. Lo que asusta ahora es lo que vive entre sus muros cuando nadie mira. Don Augusto construyó una fortaleza para proteger lo que tenía.
La revolución le demostró que ninguna fortaleza es suficiente cuando el pueblo decide que lo que tienes no te pertenece. Y 111 años después, los gafes le demostraron lo mismo al CJNG. Los muros de 3 m se trepan, los pasadizos de 300 m se recorren y las fortalezas que construyes para protegerte se convierten en las trampas que te capturan cuando la puerta de la barranca se cierra antes de que puedas cruzarla.
La hacienda sigue en pie, como ha estado en pie durante 140 años, con sus muros de cantera que no se derrumban, con sus arcos que no se caen, con sus pisos de mosaico que no pierden el color, esperando, como siempre ha esperado, a que alguien decida qué hacer con ella. Si ese alguien es el INA con un proyecto de restauración, la hacienda se salva.
Si ese alguien es otro cártel con otro ejército de sicarios, la historia se repite. Y don Augusto sigue caminando por los corredores de noche, buscando sus pasadizos, buscando la salida que nunca encontró. Yeah.