El pueblo aparecía en Google Maps, tenía nombre, tenía calles, tenía una iglesia, una plaza, una escuela, un campo de fútbol y unas 40 casas distribuidas en seis manzanas irregulares alrededor de la plaza principal. Si lo buscabas en el satélite, veías los techos de las casas, los árboles del atrio de la iglesia y las líneas de las calles de terracería que conectaban las manzanas entre sí.
Parecía un pueblo como cientos que hay en la sierra de Chihuahua, pequeño, polvoriento, aislado, olvidado, solo que nadie vivía ahí. El pueblo estaba vacío desde hacía 6 años. Los habitantes se fueron cuando la violencia del narcotráfico en la sierra se volvió insoportable. Balaceras de madrugada, extorsiones que no dejaban nada para comer, jóvenes reclutados a la fuerza, familias amenazadas por negarse a cooperar.
Se fueron uno por uno, familia por familia, cerrando sus casas con candado, cargando lo que cabía en una camioneta y bajando de la sierra hacia Ciudad Juárez, Chihuahua capital, o directamente hacia El Paso, Texas. Los últimos en irse fueron los viejos que no querían abandonar la tierra donde habían nacido.
Pero cuando los viejos también se fueron, el pueblo se quedó solo. Los perros callejeros se comieron lo que quedaba en las alacenas. abiertas, las puertas se pudrieron, los techos se cayeron y la sierra reclamó las calles con hierba y matorral que creció entre las piedras del empedrado. Un pueblo fantasma, otro más en la lista de comunidades que la violencia expulsó de la sierra de Chihuahua, otro nombre en un mapa que ya no corresponde con nada vivo, o eso parecía.
El ejército llegó al pueblo a las 5 de la mañana un martes después de una caminata nocturna de 4 horas por veredas de la Sierra desde el punto donde dejaron los vehículos. 180 soldados que avanzaron en silencio por la oscuridad, guiados por GPS y por un informante que conocía el terreno. Cuando la primera luz del amanecer iluminó las calles vacías del pueblo fantasma, los soldados estaban ya en posición rodeando las seis manzanas.
cubriendo cada salida, cada calle, cada callejón. Desde fuera el pueblo seguía pareciendo abandonado. Las calles vacías, las puertas cerradas, las ventanas oscuras, el silencio de un lugar donde no vive nadie. Si hubieras pasado por ahí de día, habrías visto lo que todo el mundo veía. un pueblo muerto, otra víctima de la violencia, otro cascarón de adobe y piedra que el desierto se estaba comiendo.
Pero los soldados sabían lo que había adentro y cuando el comandante dio la orden por radio, entraron a las casas simultáneamente, todas las 40. Al mismo tiempo, la entrada simultánea a 40 casas requirió una coordinación que los mandos del operativo planificaron con la precisión de un reloj suizo. 180 soldados divididos en 40 equipos de cuatro o cinco, cada equipo asignado a una casa, cada equipo con la fotografía de su casa objetivo tomada por el drone nocturno, cada equipo sabiendo dónde estaba la puerta, dónde estaban las ventanas y
cuántas personas habían sido observadas entrando y saliendo de esa casa en las noches de vigilancia. A las 5 en punto, el comandante dijo por radio una sola palabra, ejecuten. Y 40 puertas fueron abiertas, forzadas o derribadas simultáneamente en un pueblo que hacía 5 minutos parecía muerto. El ruido de 40 puertas rompiéndose al mismo tiempo, reverberó entre las paredes de adobe como un trueno seco.
Los 120 ocupantes, dormidos en sus catres y colchones después de una noche de operaciones, despertaron con linternas en la cara y gritos de ejército mexicano no se muevan retumbando en las habitaciones oscuras. La confusión de los primeros segundos fue total. Algunos intentaron levantarse y fueron sometidos inmediatamente.
Otros se quedaron inmóviles con las manos arriba, parpadeando contra la luz de las linternas. Uno intentó salir por la ventana trasera de su casa y fue interceptado por un soldado que lo esperaba afuera. Otro intentó esconder algo debajo de su colchón y fue detenido antes de que pudiera terminar el movimiento.
Y en una de las casas del laboratorio, un operador intentó bajar al sótano, probablemente para activar algún protocolo de destrucción de evidencia, y fue alcanzado en la escalera por dos soldados que lo arrastraron de vuelta a la superficie. En menos de 15 minutos, los 120 estaban sometidos sin un solo disparo.
180 soldados contra 120 sicarios en 40 casas de un pueblo fantasma. Y nadie disparó porque los sicarios estaban dormidos, porque las armas estaban en la iglesia armería y no en las casas, porque la sorpresa fue total. Y porque cuando despiertas a las 5 de la mañana con un rifle a 30 cm de tu cara y no tienes tu arma al alcance, la rendición es la única opción racional.
Los soldados sacaron a los 120 de las casas y lo sentaron en la plaza del pueblo, en la misma plaza donde los habitantes originales se sentaban a tomar el fresco por las tardes, en la misma plaza donde los niños jugaban durante las fiestas del pueblo. En la misma plaza donde don Mclovio se sentaba a recordar cuando subía de visita. 120 personas esposadas sentadas en el suelo de la plaza, mientras el amanecer de la sierra de Chihuahua iluminaba las casas de adobe y las calles de terracería del pueblo que ellos habían ocupado y que ahora les era arrebatado.
Lo que encontraron dentro de las casas aparentemente vacías de un pueblo aparentemente abandonado fue un contingente de 120 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación, distribuidos en las 40 casas del pueblo, viviendo en silencio, sin salir de día. Sin encender luces visibles desde fuera, sin hacer ruido, sin dar señal alguna de presencia humana.
120 personas escondidas a plena vista en un pueblo que todo el mundo daba por muerto. 120 es el número más alto de detenidos en un solo punto que hemos cubierto en este canal. más que los 95 de la ciudad subterránea de Coahuila, más que los 93 del volcán de Colima, más que los 91 del hotel de Jalisco. 120 personas operando desde un pueblo fantasma donde las calles estaban vacías, donde las puertas parecían cerradas, donde las ventanas estaban oscuras y donde el único sonido era el viento del desierto que silva entre los
muros agrietados de las casas de adobe y lo que descubrieron cuando empezaron a revisar las casas una por una, lo que había en los sótanos, lo que habían construido debajo del pueblo y lo que los interrogatorios revelaron sobre la función de este pueblo fantasma dentro de la estrategia del CJNG en la sierra de Chihuahua.
Eso es lo que convierte este caso en el más ambicioso y el más perturbador de toda la serie. Chihuahua, el estado más grande de México. 247,000 km² de desierto, sierra, cañones, bosques de pino y cielos que se extienden hasta donde los ojos pueden ver y más allá. Chihuahua es la barranca del cobre, que es más profunda y más extensa que el Gran Cañón de Arizona.
Es Ciudad Juárez, que fue la ciudad más violenta del mundo durante los años del apogeo de la guerra del narcotráfico. Es la comunidad menonita de Cuautemoc con sus quesos y sus overoles. Es la ruta del Chepe, el tren que cruza las barrancas entre puentes y túneles como una serpiente de acero.
Y es la sierra Taraumara, territorio del pueblo Raramuri, una de las regiones más aisladas y más violentas de todo el continente americano. La sierra de Chihuahua ha sido zona de producción de drogas desde hace más de medio siglo. Amapola y marihuana crecieron en las laderas de la sierra desde los años 60, alimentando el mercado estadounidense a través de las rutas de tráfico que cruzan el desierto de Chihuahua hacia Nuevo México y Texas.
Durante décadas, el cártel de Juárez y el cártel de Sinaloa se disputaron el control de esas rutas en una guerra que dejó miles de muertos y que destruyó comunidades enteras. Los pueblos fantasma de la sierra de Chihuahua son el resultado de esa guerra. Decenas de comunidades fueron abandonadas cuando la violencia hizo imposible la vida cotidiana.
Familias que habían vivido en la sierra durante generaciones tuvieron que elegir entre irse o morir. La mayoría eligió irse y los pueblos se quedaron vacíos con sus casas de adobe desmoronándose, sus iglesias sin feligreces, sus escuelas sin niños y sus calles sin pisadas. El seto ATNG llegó a la sierra de Chihuahua hace aproximadamente 2 años, según la inteligencia militar.
Su expansión hacia el norte del país, que ya los había llevado a Zacatecas, a Durango y a Coahuila, ahora apuntaba hacia Chihuahua. El premio, las rutas de cruce fronterizo hacia Nuevo México y Texas, que son de las más rentables del narcotráfico mexicano. Y la estrategia, ocupar los pueblos fantasma de la sierra como bases de operaciones.
Porque un pueblo fantasma es la base perfecta. Tiene casas, tiene calles, tiene infraestructura básica, pozos de agua, corrales que sirven de estacionamiento, iglesia que sirve de almacén, escuela que sirve de dormitorio, tiene muros que protegen, tiene techos que cubren y tiene algo que ninguna otra infraestructura del CJNG ha tenido hasta ahora. El anonimato del abandono.
Un pueblo fantasma es un lugar que nadie visita, que nadie vigila, que nadie reclama. Es territorio de nadie y territorio de nadie es territorio del primero que llegue. El CJNG fue el primero en llegar a este pueblo y lo convirtió en algo que los soldados que lo descubrieron describieron con una palabra que me parece exacta: un campamento militar disfrazado de pueblo.
Vamos casa por casa. Porque la distribución de funciones dentro del pueblo revela un nivel de planificación que transforma un asentamiento abandonado en una base de operaciones con la eficiencia de un cuartel diseñado desde cero. Las 40 casas del pueblo
fueron reclasificadas por el CJNG en cinco categorías funcionales.
Las primeras 20 casas, las que formaban las dos manzanas centrales del pueblo, eran los dormitorios. Cada casa albergaba entre cuatro y ocho personas dependiendo del tamaño. Las camas eran colchones en el suelo, catres plegables o hamacas colgadas de las vigas de madera del techo.
Las pertenencias personales se guardaban en mochilas al pie de cada cama. Las ventanas estaban cubiertas con cartón negro desde adentro para que la luz de las linternas no se filtrara hacia fuera de noche. Y las puertas tenían cerrojos nuevos instalados por dentro, lo que permitía cerrar la casa desde adentro. Pero hacía parecer desde fuera que la puerta seguía trabada con el mismo candado oxidado que tenía cuando los habitantes originales se fueron.
El detalle de los candados oxidados es genial en su perversidad. Cada casa del pueblo tenía su candado original en la puerta, el que pusieron los dueños cuando se fueron. El CJNG no los quitó, los dejó ahí oxidados como parte del escenario de abandono, pero le instaló un segundo cerrojo por dentro invisible desde fuera, que era el que realmente aseguraba la puerta.
Si pasabas por la calle y mirabas las puertas, veías candados viejos y oxidados en casas abandonadas. Lo que no veías era el cerrojo nuevo por dentro que indicaba que alguien vivía ahí. Seis casas eran el área de servicios. Una casa era la cocina comunitaria con estufas de gas, mesas de preparación, ollas de gran capacidad y un sistema de extracción de humo que canalizaba el humo de las estufas a través de un ducto que salía por la chimenea original de la casa.

La chimenea humeando no levantaba sospechas. Muchas casas de la sierra tienen chimeneas que humean incluso abandonadas, porque los vaqueros que pasan por ahí a veces usan las casas vacías para cocinar o para dormir una noche. Otra casa era el comedor con mesas y bancas para 40 personas que comían en tres turnos. Otra era el almacén de provisiones.
Otra era la lavandería con pilas de ropa tendida en cuerdas dentro de la casa para que no se viera desde fuera. Y dos eran los baños comunitarios con letrinas y regaderas alimentadas por el pozo del pueblo que el CJNG rehabilitó con una bomba eléctrica nueva. Cuatro casas eran la armería y los almacenes de equipo.
Los peritos contaron el arsenal más grande que se ha decomizado a una célula del CJNG. En un solo operativo, 187 rifles de asalto, 92 pistolas, 53 granadas de fragmentación, 12 lanzagranadas, más de 160,000 cartuchos de munición, 68 chalecos antibalas, 51 cascos tácticos, 40 visores nocturnos y 38 radios de comunicación de largo alcance, 160,000 cartuchos, 187 rifles.
Es un arsenal para un batallón almacenado en cuatro casas de un pueblo fantasma de la sierra de Chihuahua, donde las calles son de terracería y los techos de lámina. Tres casas eran el centro de comunicaciones y mando. Una casa tenía los radios y los monitores de las cámaras de vigilancia que el CJNG había instalado en los accesos del pueblo.
Cámaras camufladas en árboles y en postes que cubrían las tres brechas por las que se podía llegar al pueblo desde la sierra. Otra casa tenía las computadoras con la información operativa de la célula, mapas, registros, comunicaciones encriptadas y las bases de datos que el CJNG mantiene sobre las fuerzas de seguridad en la zona.
Y la tercera casa era la del jefe de la operación, que funcionaba como sala de reuniones y como dormitorio privado del mando. Tres casas eran la enfermería y el área de entrenamiento. Una casa servía de enfermería con equipo médico que ya hemos descrito en otros casos: camilla, botiquín, material de sutura, medicamentos y el protocolo habitual de atención de heridos sin hospital.
y dos casas tenían sus interiores vaciados por completo, sin muebles, sin paredes internas, convertidas en espacios abiertos donde los combatientes hacían ejercicio, practicaban formaciones tácticas y entrenaban combate cuerpo a cuerpo. Un gimnasio improvisado en una casa de adobe de la sierra de Chihuahua y cuatro casas eran lo que los soldados llamaron las casas del subsuelo.
cuatro casas cuyo piso había sido excavado para revelar sótanos que los habitantes originales nunca construyeron. Sótanos nuevos de 3 m de profundidad con paredes de concreto y techo de losa, excavados debajo de las casas durante los 2 años que el CJNG llevaba ocupando el pueblo. Esos sótanos contenían el verdadero tesoro de la operación, un laboratorio de procesamiento de drogas sintéticas distribuido en los cuatro sótanos conectados entre sí por pasillos subterráneos.
Debajo del pueblo fantasma había otro pueblo, un pueblo subterráneo, cuatro sótanos conectados que formaban un espacio de trabajo de unos 200 m² donde se producía metanfetamina y fentanilo con equipo profesional, con líneas de producción organizadas y con precursores químicos almacenados en bidones que se bajaban por las escaleras de las casas.
El laboratorio subterráneo del pueblo fantasma producía, según los registros encontrados en las computadoras de la Casa de Mando, aproximadamente 500 kg de metanfetamina y 70 kg de fentanilo al mes. Al mes es una producción masiva que convierte a este pueblo fantasma en uno de los centros de producción de drogas sintéticas más importantes del CCO TNG en el norte de México.
Quiero desglosar el laboratorio porque su estructura distribuida en cuatro sótanos conectados debajo de cuatro casas diferentes es un diseño que los peritos describieron como producción distribuida en línea. El primer sótano, debajo de la casa 27 era la zona de almacenamiento de precursores, bidones de acetona, tolueno, ácido clorídrico, efedrina organizados en estantes contra las paredes.
El inventario indica que había precursores suficientes para tres meses de producción sin reabastecimiento. Los precursores llegaban desde Manzanillo por una ruta de más de 1000 km que cruzaba Jalisco, Nayarit y Durango. Los bidones viajaban en camionetas disfrazadas de vehículos agrícolas mezclados con costales de alimento para ganado.
Si un retén detenía la camioneta, el chóer mostraba facturas de una tienda de insumos agrícolas. La misma lógica de camuflaje de siempre. El segundo sótano debajo de la casa 28 era la zona de síntesis. Mesas de acero inoxidable con matraces, condensadores, calentadores. Dos líneas de producción operando en turnos de 8 horas.
Los operadores bajaban por la escalera, se ponían sus equipos de protección y trabajaban en un sótano donde los vapores químicos hacían que los ojos lloraran a pesar de los respiradores. El tercer sótano, debajo de la casa 29 era la zona de cristalización. La metanfetamina líquida se bombeaba desde el segundo sótano a través de una tubería subterránea.
Se enfriaba en recipientes de vidrio, se lavaba con solvente, se secaba bajo lámparas de calor y se pesaba en balanzas de precisión. Y el cuarto sótano debajo de la casa 30 era empaque. Selladoras al vacío, etiquetas con los códigos del CJNG. Los paquetes terminados subían por la escalera de la casa 30, se cargaban en vehículos de noche y salían del pueblo por las brechas rumbo a los puntos de cruce fronterizo.
Es una línea de producción industrial dividida en cuatro fases distribuidas en cuatro sótanos. Los precursores fluyen del sótano uno al dos. El producto intermedio del 2 al tres y el producto terminado del tres al cuatro. Una fábrica lineal que funciona como las plantas de manufactura del corredor industrial de Chihuahua, solo que produce metanfetamina en lugar de autopartes.
La producción mensual tiene un valor que es necesario dimensionar. En México, 500 kg de metanfetamina al mayoreo representan entre 15 y 25 millones de pesos al mes. 70 kg de fentanilo representan entre 56 y 84 millones. En total, el laboratorio generaba entre 70 y 100 millones de pesos mensuales, más de 1000 millones al año, desde un pueblo que en Google Maps parece un punto muerto.
Y los pasillos subterráneos que conectaban los cuatro sótanos tenían un detalle que me parece revelador. Cada pasillo tenía una puerta cortafuegos de acero en cada extremo. Si un accidente químico generaba un incendio en un sótano, las puertas cortafuegos podían cerrarse para contener el fuego y proteger los otros sótanos.
Es seguridad industrial aplicada a un laboratorio clandestino debajo de un pueblo fantasma. Alguien pensó en los riesgos de incendio en un espacio subterráneo y diseñó un sistema de contención que habría aprobado una inspección de protección civil si el laboratorio fuera legal. La atención al detalle del CJNG no deja de asombrar por más casos que cubramos.
500 kg de metanfetamina al mes producidos debajo de un pueblo que aparece en Google Maps como un punto en medio de la nada. 70 kg de fentanilo al mes producidos en sótanos que no existían hace dos años. El pueblo fantasma era una fábrica de drogas que operaba 24 horas al día, 7 días a la semana, invisible desde la superficie, invisible desde el aire, invisible para todo el mundo, excepto para los 120 que vivían ahí dentro.
Quiero hablar del impacto ambiental del laboratorio porque la sierra de Chihuahua es uno de los ecosistemas de bosque de pino enino más importantes de Norteamérica y la contaminación de sus acuíferos tiene consecuencias que se extienden mucho más allá del pueblo fantasma. Los laboratorios de drogas sintéticas generan residuos tóxicos, ácidos, solventes usados, reactivos agotados, agua contaminada.
Los operadores declararon que los residuos líquidos se evacuaban de los sótanos a través de tuberías que drenaban hacia una cañada seca detrás del pueblo. Cuando llovía, el agua arrastraba los residuos cañada abajo hasta un arroyo que alimenta un río que baja de la sierra hacia los valles de Chihuahua. Ese río proporciona agua a comunidades rurales, a ranchos ganaderos y se conecta con el sistema hidrológico que alimenta los acuíferos de la región.
Los peritos ambientales encontraron niveles de solventes orgánicos y ácidos en el suelo de la cañada que superaban los límites permitidos por factores de 10 a 100. Contaminación severa que puede tardar años en disiparse. Las comunidades Raramuri, que viven sierra abajo, han estado bebiendo agua potencialmente contaminada con residuos del laboratorio.
Nadie les ha informado, nadie ha analizado su agua. Los síntomas que algunas comunidades han reportado, dolores de cabeza, náuseas, erupciones en la piel, podrían estar relacionados con la contaminación del arroyo. El narcotráfico envenena el agua, lo hemos dicho antes, la gasolinera de Jalisco, el cenote de Yucatán y ahora el arroyo de Chihuahua.
Cada laboratorio clandestino es una fuente de contaminación que destruye ecosistemas y pone en riesgo la salud de comunidades que nadie protege. Ahora quiero hablar de los 120 detenidos porque la composición del grupo revela cómo el CJNG estructura una fuerza expedicionaria completa para tomar un territorio nuevo.
De los 120, 51 eran combatientes. La mitad del grupo era fuerza de combate pura. Personas armadas cuya función era defender el pueblo, patrullar la sierra, ejecutar emboscadas contra rivales y controlar las brechas de acceso. Se dividían en escuadras de ocho a 10 personas, cada escuadra con un jefe y cada escuadra asignada a un sector de la sierra.
patrullaban de noche a pie y en camionetas, cubriendo un radio de 20 km desde el pueblo. 26 eran operadores del laboratorio subterráneo. Turnos rotativos de 8 horas, tres turnos al día, producción continua. De los 26, ocho tenían formación en química. Los otros 18 fueron entrenados dentro de la estructura del CJNG en laboratorios de otros estados.
Los que llevaban más tiempo mostraban síntomas de exposición a vapores químicos, dolores de cabeza crónicos, irritación respiratoria, manchas en la piel. 16 eran personal de apoyo, cocineros como Marisol, los que mantenían las instalaciones, los que hacían compras disfrazados de rancheros en los pueblos cercanos, los que operaban la bomba de agua y los que gestionaban los residuos del laboratorio.
12 eran comunicaciones e inteligencia, operadores de radio, vigías de las cámaras de seguridad y los que monitoreaban las frecuencias de las fuerzas de seguridad. Ocho eran mandos y siete eran transportistas que operaban las rutas de distribución desde el pueblo hacia los puntos de cruce fronterizo.
Los puntos de cruce fronterizo merecen atención especial porque la ubicación del pueblo fue elegida por su proximidad a las rutas de cruce más rentables. La droga que salía del laboratorio viajaba por las brechas de la sierra hacia el norte durante unas 6 horas hasta llegar a tramos rurales de la frontera con Nuevo México y oeste de Texas.
Tramos de desierto donde la frontera es una valla de alambre y la vigilancia de la Border Patrol tiene huecos de kilómetros. Grupos de cargadores con mochilas de 20 kg cada uno caminaban horas por el desierto hasta un punto donde un vehículo los esperaba del lado estadounidense. 10 cargadores con 20 kg mueven 200 kg en una noche y las noches del desierto de Chihuahua son largas.
La proximidad del pueblo a estos puntos de cruce le daba al CJNG una ventaja logística brutal. La droga podía salir del sótano de una casa de adobe y estar en territorio estadounidense en menos de 12 horas. Del pueblo fantasma al desierto de Nuevo México en una noche, la cadena más corta posible entre producción y mercado final.
La Iglesia del Pueblo merece una mención aparte. La Iglesia, una construcción de piedra del siglo XIX con su campanario de un solo cuerpo y su atrio con árboles centenarios fue convertida en el almacén principal de armas pesadas. Los bancas del templo fueron retiradas y apiladas contra una pared.
El altar fue cubierto con una lona y el espacio de la nave, amplio, fresco, con techos altos, fue llenado de cajas de madera con rifles, granadas, lanzagranadas y municiones. La iglesia donde los habitantes del pueblo bautizaban a sus hijos y enterraban a sus muertos era ahora el depósito de armamento de una célula del CJNG. En el campanario, donde la campana ya no estaba porque los últimos habitantes se la llevaron cuando se fueron.
El CJNG instaló un puesto de observación con binoculares de largo alcance y un radio. Desde lo alto del campanario, el vigía podía ver varios kilómetros de sierra en todas las direcciones. Era el punto más alto del pueblo y proporcionaba una visibilidad que ninguna otra posición podía igualar.
El campanario como torre de vigilancia, la casa de Dios como depósito de armas. Es la profanación que hemos visto en el cementerio de Puebla y en el monasterio de Querétaro, llevada a su expresión más directa, tomar un templo y convertirlo en armería. La escuela del pueblo, una construcción de dos aulas que cerró cuando los niños se fueron, fue convertida en el área de entrenamiento y el gimnasio.
Las aulas tenían sus paredes interiores removidas para crear un espacio abierto donde los combatientes hacían ejercicio, practicaban combate cuerpo a cuerpo y entrenaban formaciones tácticas de noche cuando podían salir de las casas. Ahora quiero hablar de cómo vivían los 120 dentro del pueblo, porque la disciplina de ocultamiento que mantenían es la más extrema que hemos documentado en cualquier caso.
La regla número uno del pueblo fantasma era: “De día no existes.” Durante las horas de luz, desde el amanecer hasta el atardecer, nadie salía de las casas, nadie caminaba por las calles, nadie se asomaba a las ventanas, nadie hacía ruido. Las puertas se mantenían cerradas, las ventanas con el cartón negro, los vehículos estacionados dentro de los corrales cerrados con puertas de madera.
Desde fuera, desde el aire, desde cualquier ángulo, el pueblo era un pueblo fantasma. Casas vacías, calles desiertas, silencio. De noche el pueblo despertaba. Cuando el sol se ocultaba detrás de la sierra y la oscuridad cubría las calles de terracería, los 120 salían de las casas, caminaban por las calles, se juntaban en el comedor, iban a los baños, hacían ejercicio en el gimnasio, subían y bajaban de los sótanos del laboratorio, encendían las estufas de la cocina.
El pueblo cobraba vida, pero solo en la oscuridad, solo cuando nadie podía verlo, solo cuando la noche los protegía con su manto de invisibilidad. La transición de día a noche era un ritual. Al atardecer, cuando la última luz del sol desaparecía, un vigía en el techo de la casa más alta del pueblo confirmaba por radio que no había nadie visible en las brechas de acceso.
Y entonces el jefe daba la orden libres y las puertas se abrían. Y los 120 salían y el pueblo fantasma dejaba de ser fantasma durante unas horas. Al amanecer el ritual se invertía. El vigía anunciaba la primera luz. El jefe daba la orden adentro y todos entraban, las puertas se cerraban, los cerrojos se activaban y el pueblo volvía a morir hasta la noche siguiente.
Quiero describir una noche típica en el pueblo fantasma, porque la transformación del lugar entre el día y la noche es una de las imágenes más potentes de este caso. Son las 7:30 de la tarde. El sol desaparece detrás de la sierra. Las últimas luces del atardecer pintan las paredes de adobe de naranja y luego de púrpura y luego de negro.
El vigía en el campanario de la iglesia mira hacia las brechas de acceso con sus binoculares. No ve a nadie. Toma el radio limpio. El jefe en su casa de mando responde, libres. Y el pueblo despierta. Las puertas se abren con el chirrido de los cerrojos nuevos. Los 120 salen. Se estiran. Respiran el aire frío de la sierra que a 2000 m de altitud baja a menos de 10 gr cuando oscurece.
Los que llevan todo el día encerrados en casas de adobe sin ventilación llenan sus pulmones con el aire limpio de la noche y sienten que vuelven a vivir. La primera actividad es la comida. Los que tienen turno de cocina van a la casa cocina donde Marisol y otro cocinero ya tienen los frijoles hirviendo y las tortillas calentándose.
Se forma fila en el comedor. 40 personas se sientan en el primer turno. Comen rápido en silencio con el apetito de quienes pasaron el día dormidos y que tienen por delante una noche larga de trabajo. Después de la comida, cada quien va a su puesto. Los combatientes van a la iglesia armería a recoger sus armas.
Se equipan con chalecos, con cascos, con radios. Suben a las camionetas estacionadas en los corrales y salen del pueblo por las brechas hacia la Sierra Oscura a ejecutar las operaciones de la noche. Patrullas, emboscadas, vigilancia de rutas, tomas de control de cruces de caminos. Los operadores del laboratorio bajan a los sótanos.
Se ponen los respiradores, los guantes, las gafas. Y empiezan su turno de 8 horas frente a los matraces y los condensadores, produciendo metanfetamina y fentanilo bajo las luces de neón de un sótano de concreto debajo de una casa de adobe de un pueblo fantasma de la sierra de Chihuahua. Es un trabajo repetitivo, tóxico, agotador y lo hacen noche tras noche sin quejarse porque el sueldo del CJNG les permite mantener a sus familias que no saben dónde están ni qué hacen.
Los de comunicaciones se instalan en las casas de mando, encienden los radios, verifican las frecuencias, monitorean las cámaras de vigilancia y empiezan a escuchar las frecuencias del ejército, las de la policía estatal, las de la Guardia Nacional, cualquier comunicación que pueda indicar un operativo en la zona.
Si escuchan algo sospechoso, avisan al jefe y el jefe decide si evacuar a los combatientes que están en la sierra, si activar el protocolo de escondite o si continuar con las operaciones normales. Los de mantenimiento revisan la bomba de agua, verifican el generador eléctrico de respaldo que alimenta las cámaras de seguridad y el laboratorio y hacen las reparaciones necesarias en las estructuras que la humedad nocturna de la sierra deteriora constantemente.
Las casas de adobe absorben la humedad y la liberan de noche en forma de condensación que gotea de los techos y moja los colchones. Los de mantenimiento sellan filtraciones, reparan techos y mantienen los sistemas hidráulicos y eléctricos del pueblo fantasma, funcionando con la misma diligencia con la que un administrador de un edificio de departamentos mantiene las instalaciones de su propiedad.
Y los que no tienen turno de nada, los que están libres esa noche, se juntan en el patio de la casa más grande a hablar, a fumar, a mirar las estrellas. Las estrellas de la sierra de Chihuahua que se ven como en pocos lugares del mundo. Millones de puntos de luz sobre un cielo negro sin contaminación lumínica.
Los sicarios del CJNG mirando la Vía Láctea desde un pueblo fantasma. Es una imagen que tiene una belleza incongruente con la violencia que la produce. Los mismos hombres que de noche ejecutan emboscadas y producen fentanilo entre operaciones levantan la vista y se quedan callados mirando las estrellas. Porque las estrellas de la sierra son así.
Te callan, te ponen en tu lugar, te recuerdan que eres pequeño. Aunque lleves un rifle, aunque vivas en un pueblo muerto, aunque produzcas veneno debajo de la tierra, las estrellas te miran desde arriba y no les importa quién eres ni qué haces. Brillan igual para el ranchero que para el sicario. Y ambos, cuando levantan la vista sienten lo mismo, que son un punto insignificante debajo de un cielo que no los necesita.
A las 4 de la mañana, el pueblo empieza a cerrar. Los combatientes regresan de la sierra, guardan las armas. Los operadores del laboratorio suben de los sótanos. Los de comunicaciones apagan los radios y uno por uno los 120 entran a sus casas, cierran los cerrojos, se acuestan en sus catres y el pueblo vuelve a morir con el primer rayo de sol.
Esa disciplina se mantuvo durante meses, meses de vivir como vampiros, durmiendo de día, operando de noche, meses de no salir de una casa de adobe durante las horas de luz, meses de confinamiento voluntario, que según varios detenidos era lo más difícil de la operación. “La sierra está ahí afuera”, dijo uno de ellos. “puedes oírla.
los pájaros, el viento, el sol que calienta el techo y tú adentro, sin poder salir, sin poder asomarte, sin poder respirar aire fresco hasta que oscurece, es como estar preso. Pero peor, porque la cárcel tiene patio. Peor que la cárcel, porque no tiene patio. La comparación es estremecedora viniendo de alguien que probablemente va a terminar en una cárcel real donde al menos podrá salir al patio.
Quiero contar la historia de una de las personas detenidas en el pueblo porque ilustra un aspecto del caso que me parece fundamental. Era una mujer. Se llamaba, según los registros, Marisol, 38 años, originaria de un pueblo de la sierra de Chihuahua que fue abandonado 5 años atrás por la misma violencia que vació el pueblo fantasma del CJ.
Marisol se fue de su pueblo con sus dos hijos de entonces 8 y 11 años. y bajó a Ciudad Juárez buscando trabajo. Encontró empleo en una maquiladora. Ganaba 2,500es a la semana. Pagaba renta, pagaba escuela, pagaba comida y no le alcanzaba. Un conocido de su pueblo, alguien que se había quedado en la sierra y que ahora trabajaba para el CJNG, la contactó.
le dijo que necesitaban una cocinera, que pagaban 10,000es a la semana, que la comida y el alojamiento eran gratis, que podía llevar a sus hijos. Marisol aceptó. La llevaron al pueblo fantasma, la instalaron en la casa cocina y durante 4 meses, Marisol cocinó para 120 sicarios tres veces al día, 7 días a la semana, en un pueblo abandonado de la sierra de Chihuahua, donde sus dos hijos, ahora de 13 y 16 años, vivían encerrados en una casa de adobe sin poder salir de día.
Los hijos de Marisol estaban entre los 120 detenidos, dos menores de edad, 13 y 16 años, viviendo en un cuartel del Seco CNG. El de 16 ya había sido integrado parcialmente a las actividades de la célula. Hacía guardia nocturna, cargaba cajas de provisiones y ayudaba en el almacén de armas.

El de 13 jugaba solo en la casa durante el día, dibujaba en cuadernos y salía por las noches a caminar. por las calles del pueblo fantasma, bajo las estrellas que en la sierra de Chihuahua se ven como en ningún otro lugar de México. El niño de 13 años que camina por las calles vacías de un pueblo fantasma bajo las estrellas de la sierra de Chihuahua, mientras los sicarios del CJNG operan a su alrededor.
Es una imagen que concentra la tragedia del narcotráfico con una potencia que la estadística no puede igualar. Porque ese niño no eligió estar ahí. No eligió que su pueblo original fuera destruido por la violencia. No eligió que su madre tuviera que irse a Juárez a trabajar en una maquiladora.
No eligió que el sueldo de la maquiladora no alcanzara. No eligió que su madre aceptara cocinar para el CJNG. No eligió vivir encerrado en una casa de adobe durante el día. No eligió nada. Le tocó y ahora ese niño de 13 años está en manos del DIF. Mientras su madre enfrenta cargos por delincuencia organizada y su hermano de 16 enfrenta el proceso de justicia para adolescentes.
El SECO TNG no recluta solo individuos, recluta familias, recluta mamás que cocinan. recluta hijos que cargan cajas, recluta la necesidad como materia prima y la convierte en mano de obra. Y los niños que crecen dentro de esas operaciones no van a tener las herramientas para salir del ciclo. Porque su educación fue interrumpida, porque su socialización fue con sicarios, porque lo que aprendieron en el pueblo fantasma no es lo que se aprende en una escuela.
Quiero ahora hablar de cómo el ejército descubrió el pueblo fantasma, porque la historia del descubrimiento tiene un componente que conecta con la tragedia de las comunidades desplazadas de la sierra. La pista vino de un desplazado, un hombre de 68 años que había sido habitante del pueblo antes de que la violencia lo obligara a irse hace 6 años.
El hombre vivía ahora en Ciudad Juárez, en una colonia popular, trabajando como velador de un estacionamiento. Y cada cierto tiempo, cuando la nostalgia le ganaba, subía a la sierra a visitar su pueblo, a ver su casa, a sentarse en la banca de la plaza, a recordar la vida que tuvo antes de que el narco se la quitara. En una de esas visitas notó que algo había cambiado.
Su casa, que había dejado con el candado puesto 6 años atrás, tenía el mismo candado oxidado. Pero la tierra alrededor de la puerta estaba pisada, fresca. Había huellas de botas que no eran suyas. Y por la rendija de la puerta, cuando se acercó a mirar, vio algo que no había dejado ahí. Una bolsa de plástico con basura reciente, basura con latas de atún abiertas.
envolturas de galletas, botellas de agua vacías, basura que no tiene 6 años de antigüedad, basura de ayer. El hombre se asustó, se fue del pueblo sin tocar nada, bajó a la cabecera municipal y reportó lo que había visto a un oficial del ejército que conocía de las reuniones que las autoridades militares organizan con los desplazados de la sierra para monitorear la situación en las comunidades abandonadas.
Quiero hablar de ese hombre porque su historia es la historia de todos los desplazados de la sierra de Chihuahua. Se llamaba, según los registros, don Maclovio, 68 años. Nació en ese pueblo. Su padre nació en ese pueblo. Su abuelo nació en ese pueblo. Cuatro generaciones de la familia de don Mclovio vivieron en esas calles, en esas casas, en esa sierra.
Don Mclovio construyó su casa con sus propias manos. Cuando tenía 25 años, puso cada adobe, cada viga, cada teja del techo. Se casó ahí, tuvo cuatro hijos ahí, enterró a su padre ahí en el cementerio del pueblo, que ahora probablemente también está profanado. Cuando la violencia lo obligó a irse, don Mclovio cerró su casa con un candado que compró en la cabecera municipal.
le puso un candado bueno de los grandes, porque pensaba que iba a regresar pronto, que la violencia iba a pasar, que las cosas se iban a calmar, que el gobierno iba a hacer algo. Han pasado 6 años, las cosas no se calmaron, el gobierno no hizo nada y el candado sigue ahí, oxidado, en la puerta de una casa que don Maclovio construyó con sus manos y que ahora tiene sicarios del CJNG durmiendo adentro.
Don Maclovio subía a ver su pueblo cada tres o cu meses. Tomaba un camión desde Ciudad Juárez hasta la cabecera municipal. De ahí conseguía un aventón hasta el inicio de la vereda y caminaba las 2 horas de sierra hasta el pueblo, siempre solo, siempre de día y siempre con el corazón en la garganta, porque sabía que caminar solo por la sierra de Chihuahua es jugarse la vida.
Cuando llegaba a su pueblo, caminaba por las calles vacías. Se sentaba en la banca de la plaza, miraba las casas cerradas y lloraba. Cada vez que vuelvo hay menos pueblo dijo a los investigadores. Una pared que se cayó, un techo que se hundió, una puerta que se pudrió. El pueblo se está muriendo delante de mis ojos y no puedo hacer nada.
La última vez que subió hace tres meses, encontró la basura fresca en su casa y supo que alguien más estaba usando lo que era suyo, lo que él construyó, lo que le costó la vida entera levantar y decidió que eso no se iba a quedar así. bajó a la cabecera, fue a la base militar y reportó con el mismo miedo que sienten todos los que denuncian en la sierra de Chihuahua, pero con una rabia que superaba al miedo, la rabia de un hombre al que le robaron su pueblo dos veces.
Primero la violencia que lo expulsó y ahora el CJNG que ocupó lo que dejó atrás. Don Maclovio no ha podido regresar a ver su casa desde el operativo. El pueblo sigue asegurado por el ejército como escena del crimen, pero le dijeron que cuando se levante la clausura podrá ir a ver el estado de su casa.
dice que quiere ir, que quiere ver si su candado sigue ahí, que quiere saber si los sicarios tocaron la foto de su esposa que dejó colgada en la pared de la sala, que quiere recuperar su casa, aunque sea solo para cerrarla otra vez con el candado y bajar a Juárez, sabiendo que al menos es suya. El oficial activó el protocolo de investigación.
Se desplegó vigilancia aérea con drones de largo alcance que sobrevolaron el pueblo durante días. Los drones equipados con cámaras de visión nocturna captaron lo que de día era invisible. Actividad humana, personas moviéndose por las calles, luces tenues dentro de las casas, vehículos entrando y saliendo por las brechas.
El pueblo fantasma estaba vivo de noche. Las imágenes de los drones fueron comparadas con las imágenes diurnas del mismo pueblo. De día. Calles vacías, puertas cerradas, ventanas oscuras. De noche, personas caminando, luces filtrándose por las rendijas de las ventanas, vehículos moviéndose. El contraste era absoluto.
Era como ver dos fotografías del mismo lugar tomadas en dos dimensiones diferentes, una del mundo de los vivos y otra del mundo de los muertos. De día el pueblo estaba muerto, de noche resucitaba. Los analistas de inteligencia contaron las personas visibles en las imágenes nocturnas del drone y estimaron que en el pueblo había entre 100 y 130 personas.
La estimación fue casi exacta, eran 120. La precisión de la estimación impresionó a los mandos que planificaron el operativo, porque significaba que los drones proporcionaban información suficiente para dimensionar la amenaza y planificar la fuerza necesaria. Por cada persona detectada necesitas al menos un soldado. 120 personas estimadas requieren al menos 180 soldados.
Y eso es exactamente lo que se desplegó. La planificación del operativo tomó dos semanas. El desafío principal era logístico, mover 180 soldados hasta un punto a 4 horas de caminata del pueblo sin ser detectados por las cámaras de vigilancia del CJ ni por los patrulleros que recorrían las brechas de la sierra de noche. La solución fue una aproximación por la Sierra Alta por encima de la línea de cámaras, por veredas que ni siquiera el CJNG había mapeado.
heredas que un guía Raramuri de la zona conocía porque las caminaba desde niño para ir a cazar venados en la Sierra Alta. El guía Raramuri aceptó guiar a los soldados a cambio de una condición que después del operativo el ejército se comprometiera a mantener presencia permanente en la zona para proteger a las comunidades que vivían alrededor del pueblo fantasma.
El oficial al mando del operativo aceptó. Si esa promesa se cumple, va a ser uno de los pocos casos donde un operativo contra el narcotráfico genera un beneficio directo y permanente para las comunidades que rodean la base desmantelada. Si no se cumple, va a ser una promesa más incumplida en una sierra donde las promesas del gobierno se las lleva el viento.
Con la evidencia de los drones se planificó el operativo y la madrugada de un martes 180 soldados bajaron a pie por la sierra para tomar un pueblo que llevaba 6 años oficialmente muerto y que el CGNG había resucitado como cuartel. Un desplazado que volvió a visitar su pueblo y encontró basura fresca en su casa. Otro ciudadano común que ve algo que no cuadra y decide reportarlo.
Es el mismo patrón que hemos visto en cada caso de este canal. La inteligencia ciudadana como primera línea de detección, el ojo humano como sensor que ningún satélite puede reemplazar, porque un satélite puede ver un pueblo desde el espacio, pero no puede saber si la basura que hay dentro de una casa es de hace 6 años o de ayer.
Para eso necesitas a un hombre de 68 años que conoce su casa como conoce su propia cara y que nota que algo cambió. Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para el problema de los pueblos fantasma de México. México tiene cientos de pueblos abandonados por la violencia del narcotráfico. Solo en Chihuahua, las autoridades estatales han documentado más de 80 comunidades que perdieron más del 70% de su población en la última década por causas relacionadas con la inseguridad.
En Durango, Sinaloa, Guerrero, Michoacán, Tamaulipas y Zacatecas. Las cifras son similares. Son comunidades que el Estado no pudo proteger y que la violencia expulsó. Cada uno de esos pueblos abandonados es un cuartel potencial del CJ o de cualquier otro grupo criminal. Cada casa vacía es un dormitorio.
Cada escuela cerrada es un almacén. Cada iglesia sin feligreces es un centro de mando y cada calle sin pisadas es una calle donde los sicarios pueden caminar de noche sin que nadie los vea. La ocupación de pueblos fantasma por el crimen organizado es un fenómeno que las autoridades apenas empiezan a reconocer. Durante años, los pueblos abandonados se trataron como un problema humanitario, comunidades desplazadas que necesitaban atención y lo son, pero también son un problema de seguridad.
Infraestructura abandonada que el crimen organizado puede ocupar y usar como le plazca. La solución tiene dos componentes. El primero es el monitoreo, vigilar los pueblos abandonados con drones, con visitas periódicas, con la colaboración de los desplazados que, como el hombre de 68 años, regresan de vez en cuando a ver sus casas.
El segundo es la recuperación. Implementar programas que devuelvan vida a los pueblos abandonados, que ofrezcan incentivos para que las familias desplazadas regresen, que garanticen seguridad con presencia militar permanente y que reactiven la economía local para que quedarse sea una opción viable.
Nada de eso existe de manera sistemática hoy. Los pueblos fantasma de la sierra de Chihuahua siguen ahí vacíos, disponibles, esperando a que alguien los ocupe. Y si el CJNG pudo ocupar este pueblo durante 2 años sin que nadie se enterara, puede ocupar otros. Probablemente ya lo hizo. Probablemente hay otros pueblos fantasma en la sierra de Chihuahua, de Durango, de Sinaloa, donde los sicarios duermen de día y operan de noche, donde las casas de adobe tienen cerrojos nuevos por dentro y candados oxidados por fuera y donde las calles vacías de día se
llenan de sombras armadas de noche. Y quiero abordar algo que me parece urgente. El impacto de la ocupación de pueblos fantasma por el narcotráfico en las comunidades indígenas. Raramuri de la sierra de Chihuahua. Los Raramuri, también conocidos como Taraumaras, son uno de los pueblos indígenas más vulnerables de México.
Viven en la sierra de Chihuahua en comunidades dispersas, aisladas, con niveles de pobreza que están entre los más altos del país. Dependen de la agricultura de subsistencia, de la recolección de plantas silvestres y de la artesanía. Su territorio ancestral abarca la misma sierra donde el CJNG está estableciendo sus bases.
La ocupación de pueblos fantasma por el CJNG afecta a los Raramuri de maneras directas e indirectas. Directamente, porque los sicarios que patrullan la sierra pasan por territorio Raramuri, usan sus caminos, beben de sus manantiales y a veces los reclutan o los amenazan. Los Raramuri que se niegan a cooperar son desplazados.
Los que cooperan son absorbidos por la maquinaria del cártel como guías, como cargadores, como vigías. Es la colonización del territorio indígena por el narcotráfico, indirectamente, porque la presencia del CJNG en la sierra genera operativos militares que afectan a las comunidades Raramuri. Los helicópteros que sobrevuelan la sierra buscando bases del narco asustan a los Raramuri que no entienden por qué hay helicópteros sobre sus casas.
Los retenes que montan los soldados en los caminos de la sierra dificultan el tránsito de los Raramuri que necesitan bajar al pueblo a vender su artesanía o a comprar maíz. Y los enfrentamientos entre el CJNG y las fuerzas de seguridad convierten la sierra en zona de guerra, donde los Raramuri quedan atrapados sin poder moverse, sin poder cultivar, sin poder vivir.
El pueblo fantasma del CJNG en Chihuahua no es solo un caso de narcotráfico, es un caso de justicia territorial. Es la evidencia de que el Estado mexicano abandonó un pueblo y al abandonarlo abandonó también a las comunidades indígenas que vivían alrededor de ese pueblo y que dependían de él como punto de intercambio comercial y de acceso a servicios.
Y al abandonar el pueblo y las comunidades le regaló al CJNG un territorio donde operar sin resistencia. El pueblo fantasma del CJNG en Chihuahua es el caso que conecta todo lo que hemos cubierto en este canal. gasolineras, hoteles, supermercados, escuelas, viveros, cenotes, cementerios, volcanes. Cada caso mostraba al CJNG usando una infraestructura diferente.
Este caso muestra al CJNG usando un pueblo entero, 40 casas, seis manzanas, una iglesia, una escuela, una plaza, calles, todo. pueblo completo convertido en una base de operaciones con 120 personas, un arsenal para un batallón y un laboratorio subterráneo que producía 500 kg de metanfetamina al mes. Es la culminación de la tendencia.
El CJNG pasó de ocupar un piso de hotel a ocupar un pueblo entero, de esconderse en un sótano a esconderse en una comunidad, de usar una fachada a hacer la fachada, porque el pueblo fantasma es la fachada perfecta, un lugar que parece exactamente lo que era antes de que el CJNG llegara. Un lugar muerto, un lugar olvidado, un lugar donde nadie busca porque nadie espera encontrar nada.
A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La imagen que te dejo es la del niño de 13 años caminando por las calles del pueblo fantasma bajo las estrellas de la sierra de Chihuahua. Un niño que no eligió nada de lo que le pasó, que camina solo por calles vacías de un pueblo que debería tener niños jugando de día y que, en cambio, tiene sicarios operando de noche.
Un niño que mira las estrellas y que probablemente se pregunta cuándo va a poder salir de ahí, cuándo va a poder caminar por una calle de día, cuándo va a poder ir a una escuela, cuándo va a poder ser un niño. Ese niño es la razón por la que hacemos esto, por la que cubrimos estos casos, por la que contamos estas historias, porque cada base del CJNG que se desmantela es un niño menos que crece entre rifles y granadas.
Cada pueblo fantasma que se recupera es una comunidad que puede volver a tener escuela. Cada operativo que funciona es una oportunidad de que un niño de 13 años deje de caminar solo por calles vacías y empiece a caminar acompañado por calles llenas de vida. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Cuídate.
Y si algún día pasas por un pueblo de la sierra que parece abandonado, fíjate en los candados. Si están oxidados, pero la tierra de la puerta está pisada. Si hay basura que no tiene años, sino días. Si escuchas un silencio que es demasiado perfecto para ser real, piénsalo. Porque en este México los pueblos fantasma no siempre están vacíos y los muertos a veces. tienen pulso.
Y quiero cerrar con una reflexión que me viene acompañando desde que investigué este caso. El pueblo fantasma del CJNG en Chihuahua fue fundado hace más de 150 años por familias que subieron a la sierra buscando tierra para cultivar y agua para sus animales. Construyeron sus casas con sus manos. Levantaron su iglesia piedra por piedra.
abrieron su escuela para que sus hijos aprendieran a leer y vivieron ahí durante generaciones, naciendo, creciendo, casándose, envejeciendo y muriendo en las mismas calles donde sus padres y sus abuelos habían caminado antes que ellos. La violencia los expulsó, el narcotráfico se quedó y el pueblo que 150 años de trabajo humano construyeron fue ocupado por un cártel que lo convirtió en fábrica de veneno en 2 años.
150 años de vida contra 2 años de muerte. es la aritmética más injusta que existe y se repite en cientos de pueblos de la sierra de México, donde generaciones de trabajo honesto son borradas por la violencia en una fracción del tiempo que tardaron en construirse. Don Maclovio quiere regresar a su casa, quiere ver si su candado sigue ahí, quiere saber si la foto de su esposa sigue en la pared, quiere cerrar la puerta con un candado nuevo y bajar a Juárez sabiendo que al menos su casa es suya.
Y quizás dice algún día volver a vivir ahí, algún cuando se calmen las cosas, dice, cuando el gobierno haga algo. Dice eso sabiendo que lleva 6 años esperando y que las cosas no se han calmado y que el gobierno no ha hecho nada. Pero don Maclovio sigue esperando porque el pueblo es suyo y la esperanza de volver, aunque sea una esperanza que se encoge con cada año que pasa, es lo único que le queda de la vida que construyó durante 62 años en la sierra de Chihuahua.
Ese pueblo merece ser devuelto a don Maclovio y a todas las familias que se fueron. merece que las calles de terracería vuelvan a tener pisadas de día, que la iglesia vuelva a tener campana, que la escuela vuelva a tener niños, que las casas vuelvan a tener candados que se abran con llave y no con cerrojo por dentro.
Merece volver a ser un pueblo, no un fantasma, no un cuartel, no una fábrica de metanfetamina, un pueblo, con gente que se levanta con el sol, que saluda a sus vecinos, que trabaja la tierra, que se sienta en la banca de la plaza al atardecer. Eso es lo que merece y eso es lo que el narcotráfico le robó y eso es lo que alguien algún día tiene la obligación de devolverle.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Cuídate y si algún día pasas por un pueblo de la sierra que parece abandonado, no lo des por muerto. Míralo bien. Fíjate en los candados. Fíjate en la tierra de las puertas. Y si ves algo que no cuadra, haz lo que hizo don Maclobio. Baja a la cabecera, busca a alguien de confianza y dilo.
Porque cada pueblo fantasma que se recupera es un pueblo que vuelve a vivir. Y cada pueblo que vuelve a vivir es un territorio que el narco pierde. Y cada territorio que el narco pierde es un paso más hacia el México que don Mclovio sigue esperando. En México, donde puedes volver a tu casa, donde puedes abrir tu candado, donde puedes caminar por tu calle de día y donde la foto de tu esposa sigue colgada en la pared donde la dejaste, intacta, esperándote como siempre. Yeah.