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🇲🇽💀EL HIJO DEL MENCHO: HEREDÓ UN IMPERIO Y TERMINÓ CON CADENA PERPETUA – LA HISTORIA DEL MENCHITO

El 7 de marzo de 2025, en la sala 25A de la Corte Federal del distrito de Columbia en Washington DC, una jueza llamada Baril. Howell leyó en voz alta una sentencia que duró casi 3 horas en dictarse. El hombre sentado frente a ella tenía 34 años. Nació en San Francisco, California. Ciudadano americano de nacimiento. Habla inglés.
Tiene hijos que le escriben cartas en papel de cuaderno diciéndole que lo extrañan. La jueza Hell no se inmutó. Cadena perpetua. Más 30 años adicionales, más una multa de 6,026 millones dó. La más alta jamás impuesta contra un miembro de un cártel mexicano en un tribunal estadounidense sin posibilidad de libertad condicional.
Los medios mexicanos que cubrían la audiencia describieron la reacción del acusado con una sola palabra, ninguna. Rubén Oseguera González, conocido como El Menchito, escuchó su sentencia sin mover un músculo de la cara. No parpadeó de más, no palideció, no lloró. Se quedó quieto como alguien que ya sabe que la partida terminó mucho antes de que el árbitro pitara el final.
El hombre que escuchó esa sentencia ese día es en muchos sentidos uno de los personajes más trágicos y más perturbadores del narcotráfico mexicano del siglo XXI. Porque la historia de El Menchito no es la historia de un hombre que eligió el crimen. Es la historia de un hombre al que el crimen eligió desde antes de que pudiera entender qué era el crimen.
Nació en la ciudad equivocada con el apellido equivocado. Y eso en el mundo en el que nació lo condenó antes de aprender a caminar. Esta es su historia completa. Desde San Francisco hasta Washington. Desde los 14 años hasta los 34, desde el primer operativo fallido hasta la celda de confinamiento solitario, donde hoy pasa 23 horas al día.
Una historia de herencia, violencia, lealtad mal puesta y al final la pregunta que no tiene respuesta cómoda. ¿Cuánta responsabilidad tiene una persona por los crímenes que comete cuando el mundo que la formó no le dejó otra opción? Y también esta otra pregunta que es igual de incómoda. ¿Importa eso en lo absoluto cuando tienes la sangre de más de 100 personas en las manos? Vamos por partes.


Hay algo casi cinematográfico en el hecho de que Rubénuera González naciera el 14 de febrero, el día de San Valentín, el día del amor en San Francisco, California, la ciudad que también le dio sus primeros arrestos a su padre. Para entender quién es el menchito, hay que entender un momento específico en la vida de su padre.
El año 1990, cuando Rubén Oseguera González nació, su padre Nemesio Oseguera Cervantes llevaba ya varios años viviendo entre California y México, acumulando arrestos, deportaciones y regresos ilegales. Era un arco emergente de poca monta que trabajaba en las redes de distribución de drogas de la comunidad michoacana en el norte de California y que había establecido una alianza crucial con Abigael González Valencia.
El futuro líder de los Queenis y hermano de Rosalinda González Valencia, con quien Nemesio acababa de casarse. La boda fue ese mismo año, 1990. El año en que nació el primer hijo varón, que el niño naciera en Estados Unidos no fue un accidente de logística, fue una decisión deliberada. Nemesio o Seguera Cervantes quería que su hijo tuviera el pasaporte americano.
Quería que tuviera opciones que él nunca tuvo. Quería que pudiera cruzar la frontera libremente, que pudiera estudiar en universidades americanas si quisiera, que tuviera el documento más valioso del mundo en su bolsillo desde el primer día. Lo que Nemesio no calculó o no quiso calcular es que darle a tu hijo un pasaporte americano y luego meterlo en el negocio del narcotráfico es la combinación perfecta para que ese hijo termine exactamente donde terminó el menchito.
En una celda federal de los Estados Unidos. El país que se suponía que le iba a dar las oportunidades que su padre nunca tuvo. La ironía es brutal y perfecta y completamente mexicana. El niño creció en Guadalajara. Eso hay que dejarlo claro, porque la narrativa de El hijo del narco a veces se imagina como una infancia de mansiones, guardaespaldas visibles y exhibición de riqueza.
La realidad era más complicada. Nemesio Cervantes era en los años 90 un operador de nivel medio del cártel del Milenio, no el capo multimillonario que sería después. La familia vivía bien, pero no ostentosamente. Y el niño Rubén creció en ese ambiente sin entender del todo que hacía su padre, pero sabiendo desde muy temprano que su padre no era como los demás papás.
Los testimonios presentados en el juicio federal de Washington describen una infancia que fue, en apariencia exterior relativamente normal para los estándares de ciertas familias de Guadalajara. escuela, amigos, una madre presente, los tíos González Valencia siempre cerca, pero bajo esa superficie normal había una realidad que el niño iba absorbiendo sin que nadie se la explicara formalmente, que su familia operaba en un mundo paralelo al mundo legal, que su padre tomaba decisiones sobre la vida y la muerte de personas, que el dinero de
la casa venía de lugares que no se nombraban en voz alta. Tenía 14 años cuando su padre lo llevó formalmente al negocio. 14 años, séptimo u octavo grado, la edad en que la mayoría de los chavos de Guadalajara están pensando en la prepa, en los videojuegos, en la primera novia. El Menchito a los 14 empezó a sentarse en reuniones de negocios con su padre en Puerto Vallarta, donde Nemesio era entonces jefe de plaza del cártel del Milenio bajo la órbita del cártel de Sinaloa.
Nadie le preguntó si quería ir, nadie le presentó opciones. Ven conmigo. No era una invitación, era una instrucción. Y cuando tu padre es quien te da esa instrucción y tu padre es el mencho, no hay respuesta posible que no sea así, papá. Sus propios abogados lo pusieron negro sobre blanco en el memorando de

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