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VENDIÓ SU PROPIA HIJA , PERO 2 MESES DESPUÉS RECIBIÓ EL PEOR CASTIGO…

Una joven es vendida por su padre a cambio de $,000, pero él no sabía que 5 años después ella volvería a su casa y le iba a enseñar la peor lección de su vida. María Esperanza llegó a casa pasadas las 11 de la noche con las manos agrietadas de tanto limpiar baños ajenos y encontró a sus dos hermanos pequeños llorando de hambre mientras su padre roncaba tirado en el sofá con tres botellas vacías a su lado.

 Tenía 22 años y sabía que algo terrible estaba por suceder cuando vio al hombre elegante parado en la puerta de su casa. Dos días después, el mismo que había estado mirándola con ojos que le helaban la sangre. Lo que María no sabía era que su propio padre ya había firmado su sentencia por $,000 en efectivo. ¿Dónde está la comida que dejé?, preguntó María soltando su mochila de la escuela nocturna.

 Su hermano David, de 8 años, señaló hacia Roberto con el dedo tembloroso. Papá vendió todo. Dijo que necesitaba dinero para algo importante. María caminó hasta la mesa. Las latas de frijoles, el arroz, el pollo que había comprado con su último pago, todo había desaparecido. Sintió que la rabia le subía por la garganta. Roberto gritó sacudiéndolo.

Despierta. Su padre abrió los ojos rojos e hinchados. La miró con desprecio. No me grites. Esta es mi casa. ¿Dónde está la comida de tus hijos? La vendí. Ya te dije que necesitaba el dinero. Para más licor, tus hijos tienen hambre, Roberto. Él se levantó tambaleándose y la empujó contra la pared. No me hables así.

 Eres igual que tu madre, una desgraciada sin talento que nunca va a lograr nada. ¿Crees que limpiando baños vas a sacar a esta familia adelante? Eres una ilusa. María sintió las lágrimas quemándole los ojos, pero no las dejó caer. Ya no se había prometido hace años que no volvería a llorar delante de él. Dame algo de dinero al menos para comprarles leche.

No tengo nada. Vete de aquí. María tomó su mochila y salió con sus hermanos hacia la tienda de la esquina. Usó los últimos $7 que le quedaban para comprar pan y leche. Mientras sus hermanos comían en silencio, ella miraba por la ventana preguntándose hasta cuándo podría seguir así. No sabía que su respuesta llegaría en menos de 48 horas.

 María se levantaba todos los días a las 5 de la mañana. Preparaba el desayuno para David y su hermana Lucía de 6 años. los bañaba, les planchaba los uniformes escolares que lavaba cada noche. A las 7 los dejaba en la escuela y tomaba dos autobuses hasta Beverly Hills, donde limpiaba tres casas diferentes, casas enormes, con piscinas, con cuartos más grandes que toda su casa, en el suburbio de Los Ángeles.

 Las señoras para las que trabajaba eran amables, pero distantes. pagaban en efectivo 200 por casa, tres veces por semana, 600 a la semana que se evaporaban entre renta, comida, útiles escolares y las botellas que Roberto compraba escondidas. Otra vez frijoles se quejó lucía una noche. Es lo que hay, mi amor. Come.

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Roberto entraba y salía como fantasma. A veces no lo veían en días, otras veces aparecía con regalos baratos comprados en tiendas de segunda mano. Una muñeca rota para Lucía, un carrito sin llantas para David, un collar de bisutería para María, para mi princesa decía abrazándola con olor a alcohol. Perdóname, hija.

 Tu padre es un inútil, pero te ama. Todo lo que hago es porque te quiero. Y María,  su debilidad, siempre lo perdonaba porque recordaba cuando era pequeña y Roberto la cargaba en sus hombros cuando le enseñaba a andar en bicicleta, cuando le prometía que sería alguien importante. Pero eso fue antes de que mamá se fuera, antes de que el alcohol se volviera su única compañera.

Por las noches, después de dejar a los niños dormidos, María tomaba el autobús hasta la Anídodas, escuela nocturna. Estudiaba contabilidad. Había descubierto que tenía facilidad para los números, para encontrar patrones donde otros solo veían caos. Tienes talento, le decía el profesor Ramírez. Deberías ir a la universidad.

María sonreía sin responder. Universidad. ¿Con qué dinero? ¿Con qué tiempo? Bastante tenía con sobrevivir cada día, pero no se rendía. Nunca se rendiría, aunque el mundo se empeñara en demostrarle lo contrario. Conoció a Mateo un martes por la noche en la clase de matemáticas financieras. Él llegó tarde con una chamarra de cuero y una sonrisa que iluminaba el salón oscuro.

Se sentó junto a ella porque era el único lugar disponible. ¿Me prestas una pluma?”, susurró. María le pasó una sinarlo. Estaba concentrada en las ecuaciones del pizarrón. “Soy Mateo”, dijo él extendiéndole la mano al terminar la clase. “María, viene siempre cuando puedo.” Mateo empezó a buscarla. le compraba café en la máquina, expendedora.

 La acompañaba a la parada del autobús. Le contaba chistes malos que la hacían reír por primera vez en meses. ¿Por qué estudias de noche?, preguntó una vez. Trabajo de día. ¿Y tú? Yo también trabajo. Negocios familiares. No especificó qué clase de negocios. María no preguntó. Había aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Al mes ya eran novios.

 Mateo la besaba en la oscuridad de la parada del autobús. Le prometía un futuro mejor. Le decía que era la mujer más hermosa que había conocido. “Voy a sacarte de aquí”, prometía. Tú y yo vamos a tener una vida diferente. Pero había señales, las llamadas telefónicas que contestaba alejándose, los fajos de billetes que sacaba del bolsillo, las cicatrices en los nudillos, los amigos que llegaban en camionetas con vidrios polarizados.

¿En qué trabajas exactamente?, preguntó María una noche. Importación. Traigo cosas de México que la gente necesita aquí. ¿Qué clase de cosas? Mateo la miró serio. Cosas que es mejor no preguntar, María, pero te juro que es temporal. Estoy ahorrando. Cuando tenga suficiente, me salgo y pongo un negocio legal. Lo prometo. María quiso creerle.

Necesitaba creerle porque Mateo era lo único bueno en su vida de  hasta que llegó el gato. Roberto llegó una tarde con un hombre que María nunca había visto. Era alto, de unos 50 y tantos años, con el cabello gris peinado hacia atrás y un traje que debió costar más que 6 meses de su salario.

 María, él es Gilberto. Pero todos le dicen, “El gato es un viejo amigo mío de cuando vivía en Tijuana.” El gato le extendió la mano. Sus ojos recorrieron el cuerpo de María de arriba a abajo, de una forma que la hizo sentir sucia. Mucho gusto, señorita. Roberto me ha hablado mucho de usted. Hola, respondió María sin estrechar la mano.

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