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Millonario Pide Último Deseo a su Enfermera y lo que Sucede Deja a todos en SHOCK 😱

La enfermera aceptó casarse con el millonario enfermo porque era su último deseo. Lo que ocurre después deja a los médicos en shock. A Víctor le dijeron que le quedaban dos meses de vida. Tenía 35 años, una mansión con vista al mar, tres autos de lujo y más dinero del que podría gastar en 10 vidas.

 Pero nada de eso sirvió cuando su propio médico, el hombre en quien más confiaba, y lo miró a los ojos y le dijo que se iba a morir. Lo que Víctor no sabía, lo que nadie sabía en ese momento, era que detrás de ese diagnóstico había algo mucho más oscuro que una enfermedad, algo que si se descubría iba a dejar en shock a más de un doctor.

 Todo comenzó un martes por la mañana. Víctor despertó tociendo con fuerza en su cama de sábanas de seda. La noche anterior había sido una más de sus fiestas interminables, música hasta las 4 de la madrugada, tibotellas vacías por toda la sala y gente que él apenas conocía durmiendo en los sillones de su casa. Así era su vida. Dinero sobraba, pero las personas que estaban a su lado solo estaban ahí por lo que él podía ofrecer.

 La tos no paraba. Víctor se sentó al borde de la cama y sintió un mareo fuerte que lo obligó a sostenerse de la mesa de noche. Nunca se había sentido así. Tomó su teléfono y marcó el único número que marcaba cuando algo le preocupaba de verdad. Enrique, necesito que vengas. Bueno, no me siento bien, dijo con la voz rasposa.

Otra vez de fiesta, Víctor, respondió el doctor Enrique del otro lado con un tono que intentaba sonar amigable, pero que tenía algo extraño, algo que Víctor nunca se detuvo a analizar. Hablo en serio, ven a verme. Voy para allá. Víctor colgó y se quedó mirando por la ventana. Afuera, el sol brillaba sobre la piscina.

 Adentro, los restos de la fiesta olían a cigarro y alcohol. Tenía todo y al mismo tiempo, si lo pensaba bien, no tenía nadie. El doctor Enrique llegó a la mansión 40 minutos después. Traía su maletín negro de cuero, el mismo que llevaba desde que la familia de Víctor lo contrató como médico de cabecera hacía más de 10 años. Enrique conocía cada rincón de esa casa.

 Sabía dónde estaba el despacho, dónde se guardaban los documentos importantes, dóe Víctor dejaba las llaves de la caja fuerte. Había ganado esa confianza con años de paciencia. A ver qué te pasa,”, dijo Enrique mientras subía las escaleras hacia la habitación principal. Víctor estaba recostado, tenía ojeras profundas y la piel pálida.

 “Me duele el pecho, no puedo dejar de toser y tengo un mareo que no se me quita.” Enrique se puso los guantes, sacó el estetoscopio y lo examinó con calma. Le tomó la presión, le revisó la garganta, le pidió que respirara profundo varias veces. Víctor obedeció sin chistar. Con Enrique nunca discutía. Era la única persona a la que respetaba sin cuestionar.

 Y te voy a tomar unas muestras de sangre y las mando al laboratorio. Puede ser algo simple, pero prefiero descartarlo todo. ¿Descartar qué? preguntó Víctor con un nudo en la garganta. Tranquilo, probablemente no es nada grave, pero con tu estilo de vida hay que ser cuidadoso. Enrique le sacó la sangre, etiquetó los tubos y los guardó en su maletín.

 Antes de irse, se detuvo en la puerta. Víctor, cuando tenga los resultados te llamo. Y pero hazme un favor, no le digas a nadie que viniste a verme por esto. Si no es nada, no hay razón para preocupar a la gente y si es algo, lo manejamos tú y yo. Víctor asintió sin pensar demasiado. Confiaba ciegamente en él.

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 Enrique bajó las escaleras y salió al estacionamiento. Antes de subirse a su auto, sacó su teléfono y marcó un número. Esperó tonos. “Ya le tomé las muestras”, dijo en voz baja. Todo va según lo planeado. Colgó, subió al auto y se fue. De tres días después, el teléfono de Víctor sonó a las 7 de la mañana. Era Enrique. Necesito ir a verte hoy. Es urgente.

Víctor sintió que algo frío le recorrió la espalda. Enrique nunca usaba la palabra urgente. Se vistió rápido y esperó en la sala. No había nadie más en la casa. La empleada doméstica no llegaba hasta las 9 y doña Carmen, su ama de llaves de toda la vida, tenía el día libre. Enrique entró sin tocar.

 Traía una carpeta Manila en la mano y el rostro serio. Se sentó frente a Víctor y lo miró directo a los ojos. No hay forma fácil de decir esto, Víctor. Los resultados salieron mal. Muy mal. ¿Qué tengo? Enrique abrió la carpeta y le mostró unos papeles con números y gráficos que Víctor no entendía.

 Tienes una enfermedad degenerativa que está afectando tus órganos. Es algo muy agresivo. Los niveles en tu sangre están fuera de todo rango normal. ¿Y qué significa eso? Enrique dejó la carpeta sobre la mesa y respiró hondo. Significa que según estos análisis el pronóstico es de dos meses. Tal vez un poco más, tal vez un poco menos, pero no hay cura, Víctor.

 Lo único que puedo hacer es recetarte un tratamiento para controlar los síntomas y darte la mejor calidad de vida posible en el tiempo que queda. La sala se quedó en silencio. Víctor miró los papeles sin verlos realmente. Dos meses, 60 días. Ole, el hombre que lo tenía todo, acababa de enterarse de que no le quedaba nada.

 Esto queda entre nosotros, dijo Enrique con firmeza. Si la gente se entera, vas a tener a todo el mundo encima por tu dinero. Confía en mí. Yo te voy a cuidar. Víctor asintió. No tenía fuerzas para hacer otra cosa. Enrique sacó un frasco de pastillas blancas y lo dejó en la mesa. Una cada mañana y una cada noche sin falta. Durante los primeros días después del diagnóstico y Víctor intentó vivir como si nada hubiera pasado, pero la sombra de la sentencia lo seguía a cada paso.

Empezó a beber más que antes. Ya no eran fiestas con amigos, eran noches solitarias frente a la barra de su sala, vaciando botellas mientras miraba el techo. Una noche invitó a un grupo de conocidos a su casa. La música estaba alta, la gente bailaba, pero Víctor estaba sentado en una esquina con la mirada perdida.

 Un amigo llamado Santiago se acercó. Oye, ¿estás bien? ¿Llevas días raro? Estoy perfecto, respondió Víctor cortante. No parece. Estás tomando mucho y casi ni hablas. Si necesitas algo, lo que necesito es que me dejen en paz. Víctor se levantó y le dio un empujón a Santiago que lo hizo retroceder. Esta es mi casa y hago lo que se me da la gana.

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