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Granjero viudo encuentra a una mujer HERIDA escondida en el maizal… pero alguien la estaba buscando.

Venía por el camino montado en mi caballo. Cuando sentí que algo no andaba bien, el silencio se volvió pesado. Hasta las chicharras se callaron. Fue entonces cuando vi un movimiento en medio de la milpa. Entré despacio y encontré a una mujer herida, escondida, con miedo. Pero antes de que pudiera ayudarla, lo escuché.

 caballos acercándose y alguien la estaba buscando. Ese día no sabía a ciencia cierta en cuál de los dos mundos estaba. El sol ya había pasado el senit y pegaba de lado, duro, sin piedad, como suele hacerlo cada tarde en los confines de Sonora. El polvo del camino de tierra se levantaba en nubes finas cuando trueno pisaba el suelo agrietado.

 Era esa clase de calor que no se puede ignorar. El que se te pega a la piel, te seca la garganta y te hace arder los ojos si parpadeas de menos. Llevaba puesto mi sombrero de vaquero viejo, aquel que mi esposa Teresa me regaló en una Navidad que ya me costaba trabajo recordar con claridad. A veces intentaba rescatar de la memoria la forma en que sonríó cuando me lo entregó, pero lo que venía era solo una luz vaga, casi apagada, como un quinqué con el queroseno en las últimas.

Hace 4 años que se fue. 4 años es tiempo suficiente para acostumbrarse a la soledad, pero no es tiempo suficiente para que deje de doler. Trueno seguía con su paso de siempre, tranquilo,  rítmico, conociéndose el camino de memoria. Era un animal viejo de color vallo, con una mancha blanca en el hocico que parecía una media luna.

 Lo compré un año después de que Teresa muriera porque necesitaba compañía sin necesidad de plática. Un caballo no te pregunta cómo estás, no te mira con lástima, no te dice que el tiempo lo cura todo. Él solo camina a tu lado y eso para mí ya era suficiente. Ese tramo del camino lo conocía como conozco las líneas de mi propia mano.

Pasaba por ahí todos los días ida y vuelta entre el rancho y el arroyo donde dejaba que trueno bebiera. 50 hactáreas de tierra que eran mías. heredadas de mi padre, quien las heredó de su abuelo, cría de ganado, un pedazo de milpa, otro de frijol y una pequeña presa al fondo que nunca se secó, ni en los años más duros de sequía.

 Era poco, pero era mío y era donde me sentía menos perdido. La tarde tenía una quietud distinta, no esa quietud buena la que cae cuando el trabajo del día terminó y puedes sentarte en el porche con un vaso de agua y simplemente existir. Era una quietud pesada, de esas que preceden a algo malo. Las chicharras se habían callado.

 Y cuenta me di de cuando pararon, pero de repente el silencio era tan absoluto que me zumbaba en los oídos. En el campo, cuando las chicharras se callan de golpe, sin nubes, sin viento fuerte, sin lluvia cerca, es porque algo perturbó el lugar. Trueno lo sintió antes que yo. Fue frenando el paso poco a poco hasta detenerse por completo en medio del camino.

 Las orejas se le fueron irguiendo, primero una, luego las dos, apuntando hacia el frente, hacia la derecha, en dirección a la milpa que empezaba ahí, a unos 10 m del camino. No bufó, no retrocedió, solo se quedó ahí con todo el cuerpo alerta. Conozco a este animal. Sé cuándo tiene flojera, cuándo le tiene miedo a una víbora, cuándo siente que viene la lluvia desde lejos.

 Aquello no era ninguna de las tres cosas, era otra cosa. Miré hacia la milpa. El maíz estaba alto, debía medir unos 2 met y medio, tal vez más, plantado en hileras cerradas, tupido y oscuro por dentro, de ese modo en que la luz del sol no alcanza a entrar bien. Las hojas estaban quietas, ni una gota de viento, ningún  moviéndose entre las cañas, pero había algo ahí.

 Lo sentí antes de verlo. Un movimiento rápido por abajo, como alguien que se dio cuenta de que iba a ser visto e intentó esfumarse antes de que el ojo ajeno enfocara. Me quedé quieto, mirando, esperando. El camino a mis espaldas era un silencio largo. Frente a mí más silencio todavía. Y en medio de todo eso, la milpa, demasiado callada para ser inocente.

 Mi primer pensamiento fue el más sensato. No era problema mío. En los últimos 4 años me había vuelto experto en eso, en no meterme, en mirar al suelo cuando la vida de otro se acercaba demasiado. No por maldad. Me convencía de que era sabiduría. Quien ya ha perdido mucho, aprende a cuidar lo poco que le queda.

Energía, tiempo, voluntad. Yo tenía poco de las tres. Pero entonces Trueno giró la cabeza levemente y en la forma en que lo hizo, despacio, casi con cuidado, entendí que lo que estaba ahí dentro no era una amenaza, era fragilidad. Bajé del caballo sin hacer ruido. Amarré las riendas a un mesquite que estaba a la orilla del camino.

 Le pasé la mano por el cuello a trueno, como siempre hago cuando quiero que esté tranquilo. Y entré en la milpa. El calor ahí dentro era distinto, más sofocante, más húmedo. Las hojas del maíz raspaban mis brazos y los hombros de la camisa, y el suelo de tierra seca crujía bajito a cada paso. Caminaba despacio, no por miedo, sino por respeto a lo que sea que estuviera ahí.

 El corazón empezó a latirme más fuerte. Había alguien. Escuché su respiración antes de verla, corta, rápida, asustada. Giré entre dos hileras más cerradas y la encontré encogida en el suelo de rodillas, con la espalda apoyada en las cañas de maíz, el rostro sucio de tierra y el cabello pegado a la frente por el sudor. El vestido claro, que alguna vez fue blanco, estaba rasgado a la altura del hombro y manchado de barro rojo.

 El brazo derecho estaba doblado contra el pecho y por el antebrazo escurría un nilo de sangre que ya se había secado en parte, formando una costra oscura en la piel. Ella me vio y el miedo en sus ojos era esa clase de miedo que nunca he visto en alguien que me tuviera miedo a mí.

 Era el miedo de quien ya ha visto algo peor. Intentó retroceder, pero el cuerpo no le obedeció. Su espalda golpeó contra el maíz y se quedó ahí temblando, clavándome una mirada llena de un pavor que venía de un lugar mucho más profundo que yo. No, no se acerque. La voz le salió quebrada, ronca, como quien no ha bebido agua en mucho tiempo.

 Me arrodillé despacio, me quité el sombrero. No sé por qué. Fue instinto, como si aquello fuera un gesto de respeto, una forma de decir sin palabras que yo no era el enemigo. Tranquila, no voy a hacerte daño. Respiraba rápido, con los ojos saltando de mí hacia la milpa, a nuestro alrededor, como si estuviera calculando una salida.

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