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Bebé del Millonario no Paraba de Llorar, Hasta que la Mucama Hace algo inesperado

El bebé del millonario no paraba de llorar. La empleada humilde entró a la habitación para investigar lo que descubrió al levantar las sábanas la dejó helada. Lucía Morales apretó el trapeador contra el mármol blanco del pasillo cuando el llanto atravesó las paredes como un cuchillo. Eran las 3 de la madrugada.

 El sonido no era de hambre ni de cólicos. Era agonía pura, un grito desgarrador que helaba la sangre. Llevaba 6 meses trabajando en la mansión Widmore y nunca había escuchado algo así. Dejó el trapeador apoyado contra la pared y subió los escalones de dos en dos, el corazón golpeándole el pecho.

 La puerta del dormitorio principal se abrió antes de que llegara. Richard Widmore apareció en pijama arrugado con ojeras tan profundas que parecían moretones. Tenía 42 años, pero esa noche parecía de 60 y caminó como sonámbulo hacia la habitación del bebé. Lucía se detuvo en el pasillo sin atreverse a acercarse más. “No puedo más”, murmuró Richard con voz quebrada empujando la puerta. No puedo más.

 El llanto se intensificó cuando entró. Lucía escuchó sus pasos arrastrándose, el crujido de la mecedora, su voz intentando calmar a Tomas con palabras que sonaban más a ruego que a consuelo. Entonces apareció Victoria Sincla. Subió los escalones con bata de seda a color marfil, el cabello rubio perfectamente recogido a pesar de la hora.

 Sus movimientos eran serenos, calculados. Se detuvo frente a Lucía y le dedicó una sonrisa breve antes de entrar a la habitación del bebé. “Amor, ven aquí”, escuchó Lucía que decía Victoria con voz suave. “Estás agotado, déjame a mí.” Richard salió segundos después destruido, Victoria lo sostuvo por los hombros con ternura infinita, guiándolo de regreso al dormitorio.

Él se dejó llevar como un niño. Lucía observó como Victoria lo acomodaba en la cama, como le acariciaba el cabello, cómo le susurraba palabras que no alcanzó a escuchar. Richard cerró los ojos y Victoria permaneció sentada junto a él con la paciencia de una santa. El llanto continuó durante 40 minutos más. Lucía terminó de trapear el pasillo en silencio, con el estómago hecho un nudo, preguntándose qué demonios le pasaba a ese bebé.

El desayuno transcurrió en un silencio tenso. Richard removía el café sin beber con la mirada perdida en algún punto de la ventana. Victoria cortaba fruta fresca en pedazos perfectos, cada movimiento elegante y medido. Lucía limpiaba la encimera de granito, fingiendo no escuchar. Es la quinta enfermera nocturna que renuncia en tres meses”, comentó Victoria con tono preocupado, llevándose un trozo de melón a los labios.

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 “Anoche recibí su mensaje. Dice que no puede más.” Richard golpeó la mesa con el puño. Las tazas saltaron. Lucía se sobresaltó. Los pediatras no encuentran nada, estalló Richard, la voz cargada de desesperación. Cinco especialistas, 10 exámenes de sangre, radiografías, ultrasonidos. Todo sale perfecto, pero mi hijo llora hasta quedar ronco cada noche.

 Lo sé, amor. Victoria extendió la mano y cubrió la de Richard con suavidad. Lo sé, pero vamos a encontrar la solución. Siempre la encontramos. Richard apretó los ojos conteniendo lágrimas. Y si no hay solución. ¿Y si algo está mal con él y nadie puede verlo? No digas eso. Victoria se inclinó hacia él su voz llena de compasión.

 Thomas está sano. Los médicos lo confirman. Quizás es algo emocional. Los bebés sienten el estrés. Mi estrés lo está matando. Richard se llevó las manos a la cara. Nadie está diciendo eso. Victoria le acarició el brazo. Pero hay un especialista en Boston que trabaja con casos complejos. Podría venir la próxima semana.

Richard asintió sin fuerzas. Victoria le besó la 100 y se levantó para servir más café. Mientras pasaba junto a Lucía, sus miradas se cruzaron por un instante. Victoria sonrió levemente, pero algo en sus ojos hizo que Lucía sintiera un escalofrío. Esa sonrisa no llegaba a ninguna parte. Era una máscara perfecta sobre algo que Lucía no alcanzaba a descifrar.

Lucía fregaba los azulejos del baño del segundo piso cuando escuchó la voz de Richard al teléfono en el estudio. Ya trabajaba turno doble ese día. Necesitaba cada centavo. Su madre esperaba en casa con las piernas hinchadas y sin poder caminar, rogando por una operación que costaba más de lo que Lucía ganaba en se meses.

 “Doctor Brenan, por favor”, decía Richard con voz temblorosa. “Sé que es domingo, pero necesito que me escuche. Mi hijo tiene 8 meses y llora cada noche durante horas. No es normal, algo está mal. Lucía exprimió el trapo en el balde, el agua jabonosa salpicando el piso. Podía imaginar a Richard sentado en su silla de cuero con la cabeza entre las manos intentando mantener la compostura.

Ya sé que los exámenes salieron bien, pero tiene que haber algo que no estamos viendo. Tiene que haber silencio largo, evaluación psicológica para mí. La voz de Richard subió de tono. Doctor, yo no soy el problema y mi hijo es el que sufre. Más silencio. Luego un suspiro derrotado. Está bien. Haré la evaluación si eso ayuda, lo que sea.

Colgó con fuerza. Lucía escuchó el golpe del teléfono contra el escritorio. Segundos después, pasos suaves en el pasillo. Victoria apareció con una taza de té humiante, entrando al estudio sin tocar. Lucía se asomó discretamente desde el baño. Tomá esto, amor. Victoria le ofrecía la taza con ambas manos.

 Té de manzanilla. Te va a calmar. Richard la miró con ojos rojos. Escuchaste, escuché. Victoria se sentó en el brazo de la silla y le acarició el cabello. Y creo que el doctor tiene razón. Has pasado por mucho. Perder a Sara, criar solo a Thomas. Es normal que estés agotado. No estoy loco. Susurró Richard.

 Nadie dice que estés loco. Victoria le besó la frente solo cansado. Lucía notó algo extraño. Entonces, Victoria nunca cargaba al bebé, nunca. En seis meses, jamás la había visto sostener a Thomas en brazos. Solo observaba desde la puerta de la habitación infantil con una expresión que Lucía no sabía descifrar. No era amor, no era ternura, era algo frío, calculador.

Eran las 2 de la madrugada cuando el llanto despertó a Lucía en su pequeña habitación del primer piso. Se incorporó de golpe, el corazón acelerado, pero esta vez era diferente. No era el llanto continuo de otras noches. Anchillidos, agudos, cortados, casi animales, como si algo le estuviera haciendo daño en ese preciso momento.

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