No sabía que el sonorense había estudiado los efectos de las ametralladoras y del alambre de púas sobre las cargas de infantería del frente occidental. No sabía que durante el mes anterior los hombres de Obregón habían cavado trincheras profundas en cada asequia del valle. Habían tendido kilómetros de alambre de púas entre las posiciones avanzadas.
Habían instalado 86 ametralladoras hochkis en nidos con campos de fuego cruzados que cubrían cada metro del terreno por donde la caballería villista necesariamente tendría que avanzar. Esta es la historia de lo que ocurrió cuando aquella caballería invencible chocó contra aquellas ametralladoras. Es la historia de la derrota más letal de toda la Revolución Mexicana y es la historia de cómo el siglo XX llegó a México en cuestión de horas, escribiendo con sangre la lección que Europa estaba aprendiendo simultáneamente
en los campos de Flandes. Para entender como dos hombres que apenas un año antes habían combatido en el mismo ejército contra Victoriano Huerta, terminaron destrozándose en los campos de Celaya durante la primavera de 1915. Hay que reconstruir la cadena de acontecimientos políticos que entre el verano de 1914 y el invierno siguiente fragmentaron la coalición revolucionaria mexicana.
en bloques irreconciliables. Aquella fragmentación no fue accidental producto de rivalidades personales superficiales. fue la consecuencia lógica de diferencias profundas sobre los objetivos sociales y políticos de la revolución que habían permanecido contenidas mientras el enemigo común existía y que estallaron inevitablemente cuando ese enemigo dejó de existir.
El 15 de julio de 1914, después de meses de derrotas militares acumuladas, el dictador Victoriano Huerta presentó su renuncia formal a la presidencia mexicana y se exilió hacia Europa a bordo del crucero alemán Dresden. Su caída marcaba la victoria de la coalición revolucionaria que durante el año anterior había convergido en su contra desde direcciones distintas.
Benustiano Carranza, el primer jefe constitucionalista, había liderado la oposición política y diplomática desde su cuartel general en Coahuila. Álvaro Obregón, el general [carraspeo] sonorense más joven y prometedor, había comandado las operaciones militares del cuerpo del noroeste desde Sonora hasta el centro del país.
Francisco Villa, el comandante carismático de la división del norte, había producido las victorias más espectaculares de toda la campaña en Torreón, San Pedro y Zacatecas. Y Emiliano Zapata, el caudillo del Ejército Libertador del Sur. había mantenido la presión militar sobre Morelos y los estados aledaños desde el sur, cuatro hombres con cuatro ejércitos que durante un año habían marchado en la misma dirección sin tener nunca exactamente los mismos objetivos.
Las diferencias estallaron casi inmediatamente después de la caída de Huerta. Carranza, abogado coabuilense de 55 años, con considerable experiencia política como senador y como gobernador, representaba el ala constitucionalista más conservadora de la revolución. Su programa político priorizaba la reorganización institucional del Estado mexicano, el restablecimiento del orden constitucional y la modernización capitalista del país bajo dirección reformista, pero no radical.
no compartía las exigencias de reforma agraria masiva que los zapatistas habían colocado en el centro de su programa desde el plan de Ayala de 1911. No tenía simpatía por las inclinaciones populistas que caracterizaban el liderazgo de Villa y consideraba que los dos comandantes militares más exitosos de la campaña antihuertista Obregón y Villa, debían someterse a la autoridad civil que él mismo encarnaba en su carácter de primer jefe del movimiento constitucionalista.
Obregón aceptó aquella subordinación con el pragmatismo que caracterizaría toda su trayectoria política durante los años siguientes. Villa la rechazó. Las razones del rechazo combinaban elementos personales con consideraciones políticas reales. En el plano personal, Villa había acumulado un orgullo creciente por las victorias militares de la división del norte, que sus propios oficiales superiores reconocían como las más espectaculares de toda la revolución.
Y consideraba humillante someterse a la autoridad civil de un hombre que durante la campaña no había producido victorias comparables. En el plano político, Villa tenía conciencia clara de que sus alianzas con los zapatistas y con los sectores populares de la revolución no [carraspeo] podrían sobrevivir si aceptaba un programa carrancista que rechazaba sistemáticamente las demandas sociales radicales.
La Convención de Aguascalientes, convocada en octubre de 1914, con la intención inicial de unificar a todas las facciones revolucionarias, se convirtió rápidamente en el escenario de la ruptura definitiva. Los delegados villistas y zapatistas, que constituyeron mayoría dentro del organismo, votaron declaraciones que Carranza no podía aceptar sin renunciar a su propia visión política.
del proceso revolucionario. Carranza retiró a sus delegados y a las fuerzas constitucionalistas leales hacia Veracruz, que aún estaba ocupado por las tropas estadounidenses, pero que sería evacuado el 23 de noviembre. La convención nombró un presidente provisional, Eulalio Gutiérrez, que tomó posesión simbólica del cargo en Ciudad de México durante las primeras semanas de diciembre, cuando las fuerzas combinadas de Villa y Zapata entraron triunfalmente en la capital.

Aquellas semanas durante las cuales Villa y Zapata se encontraron por primera vez en el Palacio Nacional y sus tropas patrullaron juntas las calles de la capital, fueron el momento de máxima coordinación entre las dos fuerzas revolucionarias más populares de México. Después comenzaron las divisiones. Para marzo de 1915, la situación militar y política se había clarificado en términos que no admitían más componendas.
Carranza, instalado en Veracruz después del retiro americano, controlaba los recursos del puerto principal del país, los ingresos aduaneros que sostenían financieramente al gobierno constitucionalista y la lealtad de Obregón con su poderoso ejército sonorense. Villa controlaba el norte del país desde Chihuahua hasta Coahuila.
Las fuerzas militares más numerosas en términos absolutos y la simpatía popular en buena parte del territorio. Zapata controlaba Morelos y partes de los estados aledaños con un ejército menos numeroso, pero profundamente arraigado en sus regiones. y el presidente convencionista Eulalio Gutiérrez había abandonado el cargo en enero demostrando la imposibilidad estructural de mantener un gobierno mexicano alternativo en condiciones de guerra civil generalizada.
Obregón durante aquel mes de marzo, comenzó a moverse hacia el norte desde la capital con la misión específica que Carranza le había encomendado, destruir militarmente a la división del norte de Villa. Aquella misión definiría el resto de la Revolución Mexicana y el primer choque decisivo entre los dos ejércitos ocurriría en una pequeña ciudad agrícola del Bajío llamada Celaya.
A finales de febrero de 1915, Álvaro Obregón salió de Ciudad de México al frente del cuerpo de ejército del noroeste con la misión específica que Benustiano Carranza le había encomendado durante las semanas anteriores. avanzar hacia el norte, presentar batalla a Francisco Villa en condiciones favorables y destruir militarmente a la división del norte como precondición para la consolidación definitiva del régimen constitucionalista.
Era una misión que combinaba la audacia política con el riesgo militar considerable. audacia política, porque exigía a Obregón abandonar la seguridad relativa de las posiciones del centro del país para operar en regiones donde Villa había dominado durante el año anterior. riesgo militar, porque la división del norte eran nominalmente superior en número y disponía de una caballería cuyas capacidades habían sido demostradas en cada batalla significativa de toda la campaña antiguertista.
Obregón tenía 35 años cuando inició aquella marcha hacia el norte. Era un asendado de Sonora que había estudiado mecánica antes de incorporarse a la revolución. durante la fase maderista. Había desarrollado durante los años de campaña una capacidad táctica que sus oficiales superiores reconocían como excepcional y había mostrado durante los enfrentamientos contra los federales de Huerta una atención específica a los aspectos técnicos y logísticos de la guerra moderna que pocos comandantes revolucionarios compartían.
Leía sistemáticamente los reportes que llegaban a México sobre la guerra europea iniciada apenas 6 meses antes. había estudiado con atención particular las descripciones de las primeras batallas del Frente Occidental, donde las ametralladoras y el alambre de púas habían comenzado a transformar la naturaleza misma del combate convencional y había llegado a conclusiones tácticas que durante los meses siguientes aplicaría sistemáticamente contra Villa.
La elección del terreno donde combatir fue la primera decisión crítica de Obregón. Durante el mes de marzo, su estado mayor estudió varios sectores posibles del vajío, donde podría establecer las posiciones defensivas que su estrategia requería. Después de descartar varias alternativas, Obregón eligió Selaya por razones que sus oficiales documentaron en los reportes oficiales posteriores.
Era una llanura agrícola plana y abierta que ofrecía campos de fuego despejados para las ametralladoras. Contaba con una red densa de acequias y canales de riego que podrían convertirse rápidamente en trincheras improvisadas. Estaba conectada por ferrocarril con Veracruz y con la capital, lo que aseguraba las líneas de suministro, y se encontraba lo suficientemente al oeste, como para que Villa tuviera que avanzar largas distancias desde sus bases del norte, estirando peligrosamente sus propias líneas logísticas. Los oficiales
del cuerpo de ejército del noroeste comenzaron a ocupar Celaya el 4 de abril después de un breve combate con las fuerzas avanzadas villistas. Las semanas anteriores al combate fueron de preparación defensiva e intensiva. Los hombres de Obregón cavaron trincheras profundas en cada asequia del valle, conectándolas mediante zanjas adicionales que producían un sistema continuo de posiciones cubiertas que cualquier observador de la guerra europea habría reconocido inmediatamente.
Tendieron kilómetros de alambre de púas. entre las posiciones avanzadas y las líneas principales, creando los obstáculos que durante los meses siguientes los manuales europeos describirían como decisivos para la guerra defensiva moderna. Instalaron 86 ametralladoras hochkis en nidos cuidadosamente seleccionados con campos de fuego cruzados que cubrían cada metro del terreno por el que la caballería enemiga necesariamente tendría que aproximarse a las líneas constitucionalistas.
Posicionaron 13 piezas de artillería de campaña en alturas que dominaban toda la llanura. Y lo más significativo desde el punto de vista táctico, ocultaron una fuerza de reserva de 6,000 jinetes al mando del general Cesario Castro en una zona boscosa, al norte del despliegue principal, fuerza que las patrullas villistas no detectaron durante las semanas anteriores al combate.
La fuerza total de Obregón sumaba aproximadamente 11,000 hombres. 6,000 jinetes en distintas unidades de caballería, 5,000 de infantería, principalmente sonorense, y los artilleros que servían las ametralladoras y los cañones. El comandante de la artillería era el coronel Maximilian Clos, un inmigrante alemán de Sonora con formación militar formal en el Ejército Imperial Alemán antes de su emigración a México durante la década anterior.
uno de los pocos oficiales constitucionalistas con entrenamiento técnico europeo y la persona específicamente responsable de implementar las lecciones tácticas que Obregón había estudiado sobre la guerra europea. Mientras aquellos preparativos avanzaban en Celaya, en el cuartel general villista de Irapuato, 39 millas al oeste, las conversaciones entre Villa y sus oficiales superiores producían divisiones que el comandante en jefe no quería reconocer.
El general Felipe Ángeles, el artillero más capaz del Estado Mayor villista y antiguo oficial federal de formación profesional francesa, había estudiado las posiciones oregonistas desde la distancia y había llegado a conclusiones tácticas que durante los días siguientes intentaría transmitir repetidamente a Villa.
La fuerza villista de decía Ángeles, no debía atacar frontalmente las posiciones que Obregón había preparado durante un mes. Debía hostigar el avance del sonorense, retirarse hacia el norte, donde sus propias líneas de suministro serían más cortas, estirarlas del enemigo y dejar que Zapata cortara las comunicaciones oregonistas con Veracruz desde el sur del país.
Era un consejo militar impecable. Villa lo rechazó. La división del norte siempre atacaba, la división del norte siempre ganaba. Él era prisionero de su propia leyenda y aquella prisión psicológica lo llevaría durante las jornadas siguientes al desastre militar más completo de toda su trayectoria revolucionaria.
Las primeras unidades villistas comenzaron a moverse desde Irapuato hacia el oriente durante la mañana del 5 de abril de 1915, siguiendo las dos riberas de la línea férrea del ferrocarril central que conectaba el norte del país con Ciudad de México. La fuerza total con la que Villa avanzaba sobre Celaya sumaba aproximadamente 11,000 hombres organizados en tres columnas paralelas.
La primera columna comandada por Agustín Estrada con su propia brigada de caballería y dos brigadas adicionales, avanzaba por el norte de la vía ferroviaria. La segunda columna comandada por Abel Serratos, con dos brigadas adicionales de caballería, marchaba por el sur y la columna central, formada principalmente por infantería y artillería tijera, avanzaba directamente por la vía, siguiendo el tren que transportaba los suministros logísticos esenciales para una campaña que los oficiales villistas habían calculado en pocas horas de
combate intenso. Obregón, que había recibido informes sobre el avance villista durante las primeras horas del 5 de abril, tomó una decisión táctica que en condiciones normales habría sido considerada arriesgada, pero que en aquel momento específico produjo exactamente el resultado que había buscado durante las semanas anteriores.
ordenó al general Fortunato Meottara hacia el occidente con aproximadamente 100 jinetes para atacar las líneas de comunicación villistas, presentándose superficialmente como una operación ofensiva que intentaba interrumpir el avance enemigo desde la retaguardias. La operación, sin embargo, tenía un propósito que solo Obregón conocía completamente, atraer a las columnas villistas hacia las posiciones defensivas preparadas, provocando la persecución natural que cualquier comandante de caballería ofensiva ejecutaría instintivamente al
detectar una incursión enemiga sobre sus flancos. La trampa funcionó exactamente como Obregón la había planeado. Cuando Meikot alcanzó las cercanías de la estación de Guaje, sus hombres se encontraron rodeados por la columna principal villista de Estrada, que efectivamente reaccionó a la incursión con la agresividad esperada y comenzó a perseguir a los jinetes constitucionalistas con la totalidad de sus fuerzas disponibles.
OT, comprendiendo que estaba siendo desbordado por fuerzas considerablemente superiores, ordenó la retirada hacia las posiciones de Celaya, bajo el fuego sostenido de los villistas que avanzaban tras él. Era exactamente el resultado que Obregón había buscado. La cabeza de la columna principal villista, en lugar de aproximarse cautelosamente a las posiciones constitucionalistas para evaluar las defensas preparadas, avanzaba ahora a galope hacia ellas, convencida de que estaba persiguiendo fuerzas enemigas en plena retirada
caótica. Obregón, informado del éxito de la operación, abordó personalmente un tren cargado con ametralladoras emplazadas en plataformas y con 500 infantes de la primera brigada de Sonora y partió hacia el occidente para reforzar la retirada de Meicot y consolidar el contacto inicial con las fuerzas villistas.
Aquella operación produjo durante las primeras horas de la tarde del 5 de abril un combate de hostigamiento que las patrullas villistas interpretaron como confirmación de la debilidad constitucionalista, pero que en realidad permitió a Obregón cubrir la retirada ordenada de sus fuerzas avanzadas hacia las trincheras preparadas.
Para las 4 de la tarde, el tren constitucionalista había regresado a Celaya con todos sus hombres y con la información táctica que Obregón necesitaba para finalizar el despliegue defensivo durante las horas restantes de luz. Aquella noche, en el cuartel general villista, improvisado en las inmediaciones de Salamanca, Villa tomó las decisiones operativas finales que determinarían el carácter del combate del día siguiente.
Felipe Ángeles, que había observado durante el día las características del terreno donde la batalla se desarrollaría inevitablemente, intentó por última vez convencer a Villa de modificar el plan operativo. Le explicó que las llanuras agrícolas del Valle no ofrecían ventajas para la caballería villista, cuya superioridad táctica dependía del aprovechamiento de terrenos accidentados.
le advirtió que las trincheras y las ametralladoras que Obregón había instalado producirían bajas considerablemente mayores que las anticipadas. Le sugirió una última vez considerar la posibilidad de hostigar al enemigo durante varios días, esperando que las debilidades logísticas constitucionalistas obligaran al sonorense a abandonar las posiciones preparadas.
Villa rechazó cada uno de los argumentos. La división del norte atacaría al amanecer. La caballería rompería las líneas constitucionalistas, como había roto todas las líneas anteriores durante la campaña antihuertista. Y para antes del anochecer las fuerzas obregonistas habrían sido expulsadas de Celaya en condiciones que confirmarían una vez más la invencibilidad villista.
A las 6 de la mañana del 6 de abril, los primeros escuadrones villistas comenzaron a avanzar desde las posiciones de Salamanca hacia las líneas constitucionalistas. La caballería que iniciaba la carga, comandada por los oficiales más experimentados de la división del norte alcanzaba aproximadamente 6,000 jinetes en formación combinada que cubría un frente de varios kilómetros.
Los hombres conocían las órdenes específicas del jefe, atacar frontalmente las posiciones enemigas, romper las primeras líneas mediante el impulso combinado de la masa de jinetes, perseguir a los defensores desorganizados hasta convertir la retirada en derrota. Cuando los primeros escuadrones villistas alcanzaron las trincheras avanzadas constitucionalistas, las 86 ametralladoras hochis del coronel Clos abrieron fuego simultáneamente.
La caballería más temida de México descubrió durante los siguientes minutos lo que el siglo XX significaba para las cargas ofensivas convencionales. Los efectos de las ametralladoras hochis sobre la primera oleada de la caballería villista. Durante aquellos minutos iniciales del 6 de abril de 1915 produjeron escenas que ninguno de los testigos supervivientes de ambos bandos olvidaría durante el resto de sus vidas.
Las posiciones de las armas automáticas constitucionalistas estaban distribuidas en nidos que cubrían campos de fuego cruzados con una precisión geométrica que el coronel Maximilian Clos había calculado durante las semanas anteriores, siguiendo los principios técnicos que había aprendido en su formación militar alemana.
Cada ametralladora podía concentrar fuego sostenido sobre un sector específico del terreno, mientras las ametralladoras vecinas cubrían los sectores adyacentes, produciendo una zona de fuego continuo que ningún hombre montado podía atravesar sin caer bajo las descargas combinadas. Los primeros jinetes villistas que alcanzaron las cercanías del alambre de Púas no comprendieron inmediatamente la naturaleza del obstáculo.
La caballería revolucionaria mexicana no había enfrentado nunca antes aquel tipo de barrera. Los caballos chocaban contra los alambres y se enredaban en ellos. Los jinetes, intentando librar a sus monturas o saltar las barreras, quedaban expuestos durante segundos cruciales a las descargas que las ametralladoras producían desde las trincheras a apenas 100 m de distancia.
Los cuerpos comenzaron a acumularse a lo largo de las líneas del alambre, formando montones que las soleadas siguientes tendrían que escalar para continuar el avance, exponiendo aún más a los hombres que llegaban a la zona de máximo riesgo. Observando el desarrollo de la primera card desde su puesto de mando avanzado, no comprendió inmediatamente la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Sus comandantes le reportaban que las primeras unidades habían sido detenidas, pero que estaban reorganizándose para nuevos ataques. La doctrina villista, refinada durante un año de victorias sucesivas, sostenía que las cargas reiteradas eventualmente quebrarían cualquier línea defensiva si se mantenían con suficiente determinación.
Villa ordenó nuevas oleadas. Los oficiales subordinados, que en algunos casos habían comenzado a percibir desde el terreno la naturaleza de la trampa táctica, ejecutaron las órdenes con la disciplina que la jerarquía militar exigía. Y durante las siguientes horas de la mañana, oleada tras oleada de jinetes pillistas, se lanzó contra las mismas posiciones constitucionalistas con los mismos resultados catastróficos.
La infantería villista, comandada por oficiales que intentaban adaptar las tácticas de su jefe a las condiciones específicas del terreno, intentó durante el mediodía complementar las cargas de caballería con avances coordinados sobre las trincheras enemigas. Aquellos intentos produjeron resultados ligeramente mejores que los de la caballería en términos de proporción de bajas.
pero igualmente decepcionantes en términos de avance real. Las trincheras constitucionalistas, conectadas mediante el sistema de zanjas que Obregón había construido durante el mes anterior, permitían a los defensores desplazarse rápidamente entre sectores para reforzar cualquier punto que las presiones villistas amenazaran.
La artillería de campaña constitucionalista posicionada en las alturas que dominaban el valle complementaba el fuego de las ametralladoras con bombardeos que producían bajas adicionales sobre las concentraciones villistas que se acumulaban en las zonas de espera detrás del frente. Para las primeras horas de la tarde, los reportes que llegaban al puesto de mando villista comenzaban a sugerir que la batalla se estaba desarrollando de una manera completamente distinta a la prevista.
Las bajas acumuladas durante las primeras 6 horas excedían cualquier estimación anterior. reservas de municiones ya limitadas antes del combate debido a las dificultades de adquisición que durante los meses previos habían afectado el aprovisionamiento villista, se reducían con una velocidad que comenzaba a alarmar a los oficiales encargados de la logística y la fuerza ofensiva combinada que durante el amanecer había avanzado con la confianza absoluta de las victorias anteriores.
estaba siendo sistemáticamente diezmada sin haber logrado producir avances significativos sobre las posiciones constitucionalistas. Obregón, observando la situación desde su puesto de mando en el centro de las líneas defensivas, comprendió alrededor de las 4 de la tarde que el momento del contraataque había llegado.
Las fuerzas villistas estaban visiblemente agotadas. Tras casi 10 horas de cargas frustradas, las municiones villistas se acababan. La moral de las tropas atacantes había comenzado a deteriorarse durante las horas anteriores cuando los reemplazos enviados al frente comenzaron a observar las pilas de cuerpos acumuladas frente a las trincheras enemigas.
Era el momento exacto en que la reserva oculta del general Cesario Castro debía manifestarse para transformar la batalla defensiva en victoria ofensiva. Las órdenes que Obregón despachó hacia el bosque, al norte del despliegue principal, produjeron durante los siguientes minutos el movimiento que ningún oficial villista había anticipado durante toda la jornada.
6000 jinetes constitucionalistas ocultos durante todo el día detrás de las arboledas que cubrían el flanco septentrional, salieron al galope hacia las posiciones villistas exhaustas. La carga de Castro, ejecutada en forma cuidadosamente coordinadas que aprovecharon las debilidades acumuladas del despliegue enemigo durante las horas anteriores, produjo efectos inmediatos sobre la cohesión táctica de las fuerzas villistas.
Los oficiales que durante horas habían estado ordenando cargas frontales sobre las ametralladoras se encontraron súbitamente con un ataque por el flanco que no habían anticipado y para el que no tenían reservas disponibles. Ella, comprendiendo finalmente la magnitud del desastre que se desplegaba sobre sus fuerzas, ordenó la retirada general hacia las posiciones de Salamanca al caer la noche del 6 de abril, la primera batalla de Celaya había terminado.
Las bajas villistas durante aquella jornada se calcularían posteriormente en aproximadamente 1800 muertos, 3000 heridos y 500 prisioneros. Las constitucionalistas habían sido considerablemente menores, aunque las cifras precisas variaban según las fuentes. Pero Villa aquella noche tomó la decisión que durante la semana siguiente llevaría a su ejército al desastre definitivo.
Atacaría otra vez. Los días que transcurrieron entre la retirada villista del 7 de abril y el reinicio de las hostilidades el 13 de abril fueron una pausa militar relativa que ambos bandos aprovecharon de maneras radicalmente distintas y que reflejaron las concepciones tácticas completamente opuestas que los dos comandantes principales mantenían sobre la naturaleza del combate moderno.
Aquella semana, observada desde la perspectiva de cualquier analista militar contemporáneo, contiene en condensación todos los errores estratégicos que terminarían destruyendo a la división del norte y todas las virtudes operativas que durante los meses siguientes consolidarían la posición de Obregón como el comandante militar más capaz de toda la Revolución Mexicana.
En el lado villista, la reorganización del ejército derrotado en la primera batalla se ejecutó con la energía característica del comandante en jefe, pero con deficiencias tácticas que reflejaban su propia incapacidad para procesar las lecciones del combate anterior. durante las reuniones del Estado Mayor que se celebraron en Salamanca durante los días posteriores a la retirada, mantuvo la convicción de que el resultado del 6 de abril había sido producto de circunstancias específicas que podrían ser revertidas mediante un
nuevo ataque con fuerzas reforzadas. Sus comandantes inmediatos, particularmente el general Felipe Ángeles, intentaron durante aquellas reuniones articular las observaciones técnicas que el primer combate había revelado, que las ametralladoras y el alambre de púas habían transformado las condiciones del combate de manera fundamental, que las cargas frontales producirían los mismos resultados catastróficos si se repetían sin modifica.
tácticas significativas, que la única estrategia razonable era retirarse hacia el norte y forzar a Obregón a abandonar las posiciones preparadas. Villa rechazó cada uno de aquellos argumentos. Ordenó concentrar fuerzas adicionales que durante la semana se incorporaron al ejército en Salamanca. solicitó remesas de municiones desde el norte que, debido a las dificultades logísticas que durante los meses anteriores habían afectado a la división del norte, llegaron en cantidades menores a las solicitadas y, sobre todo,
mantuvo la convicción de que el plan operativo para el segundo combate debía ser sustancialmente idéntico al del primero, con la diferencia única de aplicar mayor masa de fuerzas sobre las posiciones constitucionalistas. La psicología del momento merece análisis específico porque ilustra el tipo de error decisional que durante el resto de la historia militar moderna ha producido desastres comparables.
Villa era prisionero de su propia leyenda. La división del norte había construido su prestigio durante el año anterior sobre la base de cargas frontales exitosas que habían destruido sistemáticamente a los ejércitos federales de Huerta. Aquella reputación de invencibilidad era el activo político y militar más valioso que el comandante poseía.
Aceptar abiertamente que las cargas frontales ya no funcionaban habría significado reconocer que toda la doctrina militar villista era obsoleta, lo que habría producido consecuencias políticas internas que Villa no estaba dispuesto a aceptar. Era preferible, desde su perspectiva, repetir el ataque con la convicción de que la victoria llegaría eventualmente, antes que admitir que el modelo de guerra que había producido todas sus victorias anteriores había quedado superado por las innovaciones tácticas que el siglo XX estaba introduciendo en
los combates contemporáneos. En el lado constitucionalista, la pausa entre batallas se aprovechó de maneras completamente distintas. Obregón sabía que las municiones de su ejército, intensamente consumidas durante las cargas frontales villistas del 6 de abril, se acercaban peligrosamente a niveles insuficientes para sostener un segundo combate prolongado.
El sonorense envió durante la mañana del 14 de abril un telegrama urgente al presidente Carranza en Veracruz, que la historiografía mexicana ha conservado como uno de los documentos más reveladores de toda la batalla. El texto del telegrama transcrito posteriormente en los archivos militares decía, “Tengo el honor de informarle a usted que el combate se ha vuelto desesperado.
No tenemos reservas de municiones y solo tenemos balas suficientes para combatir durante unas pocas horas más. Haremos todos los esfuerzos para salvar la situación.” Carranza al recibir el mensaje durante las primeras horas de la tarde reaccionó con la velocidad que las circunstancias exigían. Despachó inmediatamente desde Veracruz un tren cargado de municiones que durante las horas siguientes recorrió los varios cientos de kilómetros que separaban el puerto del Bajío.
Aquella reposición de suministros ejecutada con una eficiencia logística que el ejército villista nunca había alcanzado durante toda su trayectoria, alcanzaría las posiciones de Obregón apenas a tiempo para sostener el segundo combate que durante las horas siguientes comenzaría a desarrollarse. Mientras aquella operación logística se ejecutaba, los hombres de Obregón aprovecharon la semana de pausa para reforzar las posiciones defensivas con elementos adicionales que durante el primer combate habían demostrado su efectividad.
Se cavaron trincheras adicionales que conectaban sectores que durante el 6 de abril habían quedado vulnerables. Se tendieron kilómetros adicionales de alambre de púas que ampliaron las zonas de muerte que las ametralladoras cubrían y sobre todo se reforzó la reserva oculta de Cesareo Castro con elementos adicionales que durante el primer combate habían operado en sectores secundarios, ampliando la fuerza de contraataque a aproximadamente 6500 jinetes que esperarían el momento óptimo para repetir la maniobra. obra decisiva.
Para la noche del 12 de abril, los preparativos finales estaban completos en ambos lados. Villa había concentrado en Salamanca aproximadamente 13,000 hombres con los que esperaba romper las líneas constitucionalistas mediante el peso combinado de fuerzas superiores. Obregón había recibido las municiones de Veracruz y había reforzado sus defensas hasta el punto óptimo.
El segundo combate de Celaya comenzaría al amanecer del 13 de abril y aquella segunda batalla, considerablemente más prolongada y más sangrienta que la primera, produciría el resultado militar que cambiaría definitivamente el curso de la Revolución Mexicana. El segundo combate de Celaya comenzó al amanecer del 13 de abril de 1915 con una intensidad superior incluso a la del primer enfrentamiento de la semana anterior.
Las primeras unidades villistas organizadas en formaciones todavía más densas que las del 6 de abril, porque Villa había incorporado las fuerzas adicionales que durante la pausa había logrado concentrar en Salamanca. avanzaron hacia las posiciones constitucionalistas con la determinación característica de las tropas, que sabían que el resultado de aquel combate decidiría no solo una batalla específica, sino el carácter mismo del ejército al que pertenecían.
Los oficiales villistas habían recibido durante la noche anterior las órdenes que Villa había dictado personalmente. Avanzar con todas las fuerzas disponibles, repetir las cargas frontales hasta romper las líneas enemigas. No detenerse bajo ningún concepto ante las primeras descargas de las ametralladoras.
Las cargas reiteradas que durante los siguientes 3 días se ejecutaron contra las defensas constitucionalistas produjeron escenas que los corresponsales de prensa internacionales presentes en el sector describirían posteriormente como las más sangrientas del continente americano desde la guerra de secesión estadounidense. Las cartas y los testimonios que oficiales villistas supervivientes dejaron durante los meses y años posteriores documentan el deterioro psicológico progresivo de las tropas atacantes en términos que merecen reconstrucción detallada porque revelan
dimensiones del combate que las cifras estadísticas no pueden capturar. Una carta del coronel villista Martín López a su hermano. Fechada en alguna localidad indeterminada del norte, algunas semanas después del combate y conservada posteriormente en los archivos privados de la familia, contiene un pasaje que captura la atmósfera psicológica de aquellos tres días con una precisión emocional que ningún reporte oficial habría podido producir.
escribió que durante el segundo día de combate sus hombres ya no podían escuchar las órdenes que les transmitían los oficiales superiores, porque el ruido continuo de las ametralladoras enemigas había producido una sordera temporal que afectaba a la mayoría de los supervivientes de las primeras cargas, que los caballos que llegaban a la zona del alambre de púas reaccionaban con un terror que los jinetes no podían controlar porque Las experiencias acumuladas durante las horas anteriores los habían entrenado para anticipar lo
que sucedería al alcanzar aquella línea específica del terreno y que los nuevos oficiales que durante los reemplazos sucesivos llegaban al frente desde las posiciones de retaguardia comenzaban a presentar síntomas de incapacidad para emitir órdenes coherentes. Después de las primeras horas de observar directamente las consecuencias de las cargas que tenían que continuar ordenando.
Otro testimonio redactado posteriormente por el general Tomás Urbina durante las semanas siguientes a la batalla y conservado parcialmente en los archivos villistas, describe el dilema personal que durante el segundo día del combate enfrentó al observar el desarrollo de las cargas reiteradas.
Urbina escribió que comprendió alrededor de las 4 de la tarde del 14 de abril que las tropas a su mando, no podrían sostener una tercera jornada de combate en aquellas condiciones, que los hombres comenzaban a presentar el tipo de agotamiento psicológico que la doctrina militar reconoce como precursor del colapso colectivo de la moral y que era responsabilidad de los oficiales superiores.
transmitir al comandante en jefe las observaciones que el terreno revelaba antes de que el deterioro se convirtiera en desastre incontrolable. Urbina intentó durante la tarde del 14 transmitir aquellas observaciones a Villa mediante un mensajero personal. La respuesta del comandante en jefe, según el testimonio posterior, fue una reprimenda que cuestionaba la lealtad del oficial que se atrevía a sugerir la retirada.
Felipe Ángeles, que durante toda la batalla había observado el desarrollo del combate con la conciencia profesional del oficial técnicamente formado, que sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, mantuvo durante los tres días una posición personal que sus biógrafos posteriores reconstruirían como una de las más dolorosas de toda la trayectoria villista.
Ángeles seguía siendo formalmente leal a Villa. Ejecutaba las órdenes operativas que su cargo de jefe de artillería exigía, pero comprendía con la claridad técnica que solo su formación europea le permitía que cada hora de combate adicional consumía irreversiblemente los recursos humanos y materiales que la división del norte tardaría años en reconstruir.
si lograra sobrevivir al enfrentamiento. El momento exacto en que Villa comprendió finalmente que la batalla estaba perdida, puede ser identificado con cierta precisión gracias a los testimonios coincidentes de varios oficiales presentes durante las últimas horas del 15 de abril, alrededor de las 2 de la tarde de aquel tercer día, cuando las cargas de la mañana ya habían producido bajas considerables, sin haber logrado romper las líneas enemigas, Y cuando los reportes de las distintas secciones del frente comenzaban a coincidir en describir un agotamiento
generalizado de las fuerzas atacantes, Obregón ordenó la maniobra que había mantenido en reserva durante toda la batalla. Los 6500 jinetes del general Cesareo Castro, ocultos durante los tres días en las arboledas del flanco septentrional, reforzadas durante la semana de pausa, salieron al galope hacia las posiciones villistas exhaustas en una repetición ampliada del contraataque que durante el primer combate ya había producido resultados decisivos.
La carga de Castro, ejecutada esta vez con fuerzas mayores y contra un enemigo considerablemente más debilitado que en la primera batalla, produjo el colapso completo de la cohesión táctica villista. Durante las horas siguientes, las fuerzas atacantes, agotadas tras tres días de cargas frustradas, comenzaron a retirarse en condiciones que rápidamente se transformaron en desbandada general.
Villa, observando desde su puesto de mando la magnitud del desastre, ordenó la retirada hacia el norte aproximadamente a las 5 de la tarde del 15 de abril. La batalla de Celaya había terminado y con ella había terminado, aunque Villa todavía no quería reconocerlo, la era de la caballería como fuerza decisiva en las guerras del siglo XX.
las cifras finales de las bajas villistas durante los dos combates de Celaya, cuando los oficiales constitucionalistas las consolidaron durante las semanas posteriores al 15 de abril, mediante el conteo metódico de los cuerpos en el campo de batalla y los registros de los prisioneros capturados alcanzaron magnitudes que la historiografía militar mexicana ha clasificado entre las más catastróficas de toda la revolución y que merecen ser detalladas porque revelan dimensiones del desastre que las narraciones generales tienden a
subestimar. Aproximadamente 4,000 hombres muertos en combate durante las dos batallas combinadas. 3,000 heridos, cuya recuperación posterior, dadas las condiciones médicas del momento, resultaría parcial o nula en la mayoría de los casos. Y lo más significativo desde el punto de vista militar, 8,500 prisioneros que durante las jornadas finales del segundo combate y durante las primeras horas de la retirada cayeron en manos constitucionalistas en condiciones que hicieron imposible cualquier intento ulterior de recuperación.
El armamento perdido fue igualmente devastador para las capacidades operativas posteriores de la división del norte. Aproximadamente 1000 caballos quedaron en manos constitucionalistas, capturados en distintos sectores del campo durante la persecución que siguió al colapso del Frente Villista. 5,000 rifles fueron recogidos por los hombres de Obregón en las zonas donde las cargas frustradas habían producido las mayores acumulaciones de bajas y lo más significativo para la capacidad futura del ejército villista. Una
proporción considerable de las reservas de municiones que Villa había concentrado en los trenes de retaguardia para sostener el combate prolongado, quedó abandonada durante la retirada caótica que siguió al contraataque de Castro. Las bajas constitucionalistas durante las dos batallas combinadas fueron considerablemente menores, aunque no insignificantes.
Las estimaciones más rigurosas que la historiografía posterior ha logrado consolidar calculan aproximadamente 300 muertos durante el conjunto de los dos enfrentamientos con cifras adicionales de heridos que ascendieron probablemente a más de 1000. Algunos reportes mencionan cifras totales cercanas a los 922 muertos.
Aunque aquella cifra puede incluir heridos posteriormente fallecidos y operaciones secundarias del periodo, la proporción de bajas entre ambos ejércitos calculadas sobre las cifras más conservadoras alcanzaba aproximadamente 13 a un a favor de las fuerzas constitucionalistas. una asimetría que la historia militar moderna reconocería durante las décadas siguientes como característica de los enfrentamientos entre ejércitos que aplicaban doctrinas tácticas radicalmente distintas sobre el mismo campo.
La persecución oregonista durante las semanas posteriores al 15 de abril no buscó destruir inmediatamente lo que quedaba del ejército villista, sino mantener una presión sistemática que impidiera la reorganización efectiva de las fuerzas derrotadas. Obregón comprendía que la victoria táctica de Celaya, por catastrófica que hubiera sido para Villa, no equivalía automáticamente a la victoria estratégica final.
El comandante villista seguía controlando vastos territorios en el norte del país. Mantenía la lealtad de cuadros militares que durante los años anteriores se habían formado en la división del norte y tenía capacidad técnica para reconstruir fuerzas operativas si se le concedía el tiempo y los recursos necesarios. La estrategia constitucionalista durante las semanas siguientes consistió, por lo tanto, en negar a Villa precisamente aquel tiempo y aquellos recursos mediante operaciones ofensivas continuadas que mantuvieran al ejército
villista en estado permanente de defensiva táctica. La siguiente batalla significativa ocurrió en León, Guanajuato, durante un periodo prolongado que se extendió desde finales de abril hasta principios de junio de 1915. Aquel enfrentamiento, considerablemente más prolongado que los combates de Celaya, tuvo características distintas, porque ambos ejércitos habían aprendido lecciones del enfrentamiento anterior.
finalmente comprendiendo parcialmente la inutilidad de las cargas frontales contra posiciones defensivas modernas, intentó durante León operaciones más diversificadas que combinaban presiones sobre distintos sectores con movimientos de flanqueo que sus fuerzas no habían intentado durante Celaya. Obregón, por su parte, mantuvo la doctrina defensiva que en abril había producido resultados decisivos, pero la adaptó a las nuevas circunstancias mediante la incorporación de unidades adicionales de ametralladoras y mediante
la extensión de las posiciones fortificadas sobre frentes más amplios. El combate de León contiene un episodio que merece mención específica porque modificó el equilibrio del mando constitucionalista durante el resto de la revolución. El 3 de junio de 1915, durante un reconocimiento avanzado sobre el frente, una explosión de artillería villista alcanzó a Obregón y le arrancó el brazo derecho.
La herida, que en condiciones médicas peores habría producido la muerte por hemorragia, fue tratada con la urgencia que las circunstancias permitían, y el general sobrevivió, aunque perdió permanentemente el miembro. La pérdida del brazo, paradójicamente consolidó la posición política de Oregón, porque el sacrificio físico añadió una dimensión simbólica que durante los años siguientes el sonorense aprovecharía sistemáticamente en su trayectoria hacia la presidencia mexicana.
Las operaciones constitucionalistas continuaron bajo el mando del general Benjamín Hill. [carraspeo] Mientras Obregón se recuperaba y el resultado final del combate de León confirmó nuevamente la superioridad táctica de las doctrinas defensivas modernas sobre las cargas frontales tradicionales. La batalla de Aguascalientes durante julio de 1915 completó la destrucción militar efectiva de la división del norte.
Para entonces, los hombres que Villa había logrado reorganizar después de Celaya y León eran considerablemente menos numerosos y menos capaces que los que habían combatido durante el invierno anterior, y el desenlace del nuevo enfrentamiento dejó a la otrora invencible división del norte, reducida a pequeñas partidas de guerrilleros, operando en las regiones más remotas del norte. mexicano.
La era de [carraspeo] las grandes batallas campales de la Revolución Mexicana había terminado y con ella la era de [carraspeo] Pancho Villa como factor decisivo en la política nacional. La transformación de la guerra mexicana en conflicto de guerrillas durante los meses posteriores a Celaya merece análisis específico porque ilustra un patrón histórico que durante el resto del siglo XX repetiría en otras geografías cuando los ejércitos convencionales descubrieron que las nuevas tecnologías defensivas habían cambiado las condiciones del combate de
manera fundamental. milla. Después del desastre de Aguas Calientes en julio de 1915 y de la derrota adicional que sufriría en Agua Prieta durante el otoño del mismo año, comprendió finalmente que la era de los grandes ejércitos villistas había terminado y reorganizó las fuerzas restantes en pequeñas partidas guerrilleras que durante los años siguientes operarían en las zonas montañosas y desérticas.
del norte mexicano con tácticas radicalmente distintas a las que habían producido las victorias de 1913 y 1914. Aquella transformación no fue exclusivamente militar, sino también psicológica y política. Villa había sido durante el periodo anterior un comandante de ejército regular que aplicaba doctrinas militares formales, mantenía cadenas de mando jerárquicas, ejecutaba operaciones logísticas complejas que incluían trenes de aprovisionamiento, hospitales de campaña y servicios técnicos comparables a los de cualquier ejército profesional del momento.
Después de Celaya, el comandante se vio obligado a convertirse en lo que durante los años siguientes los analistas militares modernos llamarían un líder guerrillero clásico, jefe de bandas pequeñas, móviles, que operaban en territorios que el ejército enemigo no podía controlar permanentemente, que se sostenían mediante alianzas con poblaciones campesinas locales que evitaban sistemáticamente los enfrentamientos directos contra fuerzas superiores.
Aquella transformación dolorosa para un hombre que había construido su prestigio sobre las capacidades convencionales de la división del norte, sería la única forma de supervivencia política posible durante los años posteriores a 1915. Los paraderos simultáneos con la guerra europea, que durante aquellos mismos meses se desarrollaba en Francia y en Flandes, merecen mención porque revelan que las lecciones tácticas de Celaya no eran un fenómeno local mexicano, sino la manifestación específica de una transformación global que durante el
periodo comprendido entre 1914 y 1918 18 estaba reescribiendo los manuales militares de todos los ejércitos del mundo. Durante las semanas exactas en que Obregón estaba probando en el vajío los efectos de las ametralladoras y del alambre de púas sobre la caballería villista, los generales franceses, británicos y alemanes estaban descubriendo simultáneamente los mismos efectos sobre sus propias fuerzas en los campos de Champagne y de Flandes.
La primera batalla del Marn de septiembre [carraspeo] de 1914 había revelado parcialmente los efectos defensivos de las nuevas tecnologías. La carrera hacia el mar, durante el otoño del mismo año, había consolidado las primeras líneas de trincheras continuas y durante la primavera de 1915, exactamente cuando Villa cargaba sus jinetes contra las hochkis de Celaya.
Los generales europeos estaban descubriendo que sus propias infanterías producían resultados igualmente catastróficos al enfrentar las nuevas condiciones del combate defensivo moderno. Las ofensivas francesas en Artuis durante mayo de 1915 y las británicas en los durante septiembre de 1915, ambas ejecutadas mediante cargas frontales contra posiciones defensivas similares a las que Obregón había preparado en Celaya, produjeron proporcionalmente bajas comparables a las que Villa había sufrido durante abril en el Bajío.
Los generales europeos, formados en doctrinas tácticas igualmente conservadoras que las villistas, tuvieron las mismas dificultades para procesar las lecciones que el terreno les estaba enseñando. La diferencia fundamental entre los teatros mexicano y europeo era que en México un solo comandante con capacidad de aprendizaje, Obregón, había anticipado las transformaciones desde antes del combate decisivo, mientras que en Europa la asimilación de las lecciones tácticas tomaría años de combates desastrosos, durante los cuales
se acumularían bajas que eventualmente alcanzarían los millones. La dimensión técnica del cambio que Selaya consolidó tiene aspectos que merecen consideración detallada porque ilustran como las innovaciones tecnológicas modifican las condiciones del combate de manera estructural. La ametralladora Hchkis, modelo de 1914, que constituyó el arma decisiva durante los enfrentamientos del vajío.
Producía aproximadamente 450 disparos por minuto en condiciones operativas óptimas. Un solo nido de ametralladora podía producir el volumen de fuego equivalente al de aproximadamente 100 fusileros bien entrenados, concentrando aquella potencia letal sobre sectores específicos del terreno, con precisión geométrica que ninguna formación montada podía contrarrestar.
Las 86 ametralladoras de Obregón, distribuidas en nidos con campos de fuego cruzados, equivalían en términos de poder de fuego defensivo a aproximadamente 8600 fusileros adicionales, una fuerza virtual que multiplicaba considerablemente las capacidades reales del ejército constitucionalista. El alambre de púas tenía efectos complementarios, cuya importancia táctica los manuales militares previos no habían reconocido adecuadamente.
barrera física que aquellos alambres producían no buscaba detener completamente al enemigo, sino simplemente retardarlo durante los segundos cruciales en que las ametralladoras podían concentrar fuego sobre las concentraciones de hombres inmovilizados en las zonas de obstáculo. Era una invención conceptualmente simple, pero estratégicamente revolucionaria que transformaba cada metro lineal de alambre en un multiplicador de la eficacia letal de las armas automáticas adyacentes.
Y precisamente aquella combinación entre obstáculos pasivos y fuego activo era lo que durante el siglo siguiente definiría las características esenciales de la guerra defensiva moderna en teatros que iban desde Verdun hasta Stalingrado y desde el Som hasta Diembu. Villa había chocado, sin saberlo del todo, contra el siglo XX.
Los meses que siguieron a la derrota de Aguas Calientes en julio de 1915 fueron el periodo en que Villa pasó progresivamente de comandante de ejército regular a guerrillero perseguido. transformación que durante las décadas posteriores la historiografía mexicana ha estudiado como ejemplo paradigmático del declive político y militar que pueden experimentar las figuras revolucionarias cuando las condiciones estructurales que sostuvieron sus victorias iniciales desaparecen sin que ellas mismas logren adaptarse a las nuevas circunstancias.
La trayectoria personal de Villa entre el verano de 1915 y la primavera de 1916 contiene episodios que merecen reconstrucción detallada porque conducen directamente al acontecimiento más controvertido de toda su carrera posterior. el ataque a la ciudad estadounidense de Columbus, Nuevo México, durante la madrugada del 9 de marzo de 1916.
El reconocimiento diplomático que el gobierno de los Estados Unidos otorgó al régimen carrancista durante el otoño de 1915 fue uno de los factores que aceleró la deriva villista hacia posiciones cada vez más radicales contra Washington. Hasta aquel momento, Villa había mantenido relaciones cordiales con los Estados Unidos que le permitían comprar armamento, importar suministros a través de la frontera y operar comercialmente en condiciones que sostenían financieramente sus operaciones militares.
El reconocimiento que el presidente Gudro Wilson otorgó formalmente a Carranza el 19 de octubre de 1915, implicó simultáneamente el cierre formal de aquellos canales para Villa, quien se encontró súbitamente sin las fuentes externas de aprovisionamiento que durante los años anteriores habían sostenido sus operaciones.
La derrota en Agua Prieta durante noviembre de 1915 confirmó adicionalmente las nuevas realidades militares que Celaya había anunciado. En aquella ciudad fronteriza sonorense, las fuerzas constitucionalistas del general Plutarco Elías Calles habían construido fortificaciones defensivas todavía más sofisticadas que las de Obregón en el Bajío, incluyendo trincheras profundas.
alambradas extensas, nidos múltiples de ametralladoras hochis e incluso luces de búsqueda eléctricas que permitían a los defensores detectar ataques nocturnos con una precisión que las fuerzas atacantes no podían contrarrestar. Villa atacó a Guaprieta el 1 de noviembre con 6,000 hombres, repitiendo esencialmente las mismas tácticas frontales que habían fracasado en Celaya.
El resultado fue otra derrota catastrófica que costó aproximadamente otros 1500 hombres a las fuerzas villistas ya considerablemente disminuidas. Adicionalmente, durante la batalla de Agua Prieta, el gobierno estadounidense había autorizado el paso de tropas constitucionalistas a través de territorio americano en trenes que las transportaron desde Laredo, Texas hasta las inmediaciones del puerto fronterizo.
Aquella cooperación logística entre Washington y el régimen carrancista ejecutada precisamente durante las jornadas críticas de la batalla, fue percibida por Villa como una traición personal de los Estados Unidos hacia un comandante que durante los años anteriores había mantenido relaciones cordiales con sus autoridades.
Las decisiones que Villa tomaría durante los meses siguientes reflejaron parcialmente aquella herida personal acumulada con las demás dificultades estructurales que su movimiento estaba enfrentando. El ataque a Columbus de marzo de 1916 fue la respuesta villista más controvertida a aquella secuencia de derrotas y traiciones.
La pequeña ciudad estadounidense de Columbus, Nuevo México, ubicada apenas 3 millas al norte de la frontera mexicana, era sede de un destacamento del detimtercero regimiento de caballería del ejército americano. Las razones precisas que llevaron a Villa a planificar el ataque han sido debatidas durante las décadas posteriores y combinan probablemente varios factores convergentes.
La necesidad logística de obtener suministros militares en una ciudad cuyas tiendas y almacenes albergaban municiones y caballos. el cálculo político de provocar una reacción estadounidense que pudiera desestabilizar al régimen carrancista al cual los Estados Unidos respaldaban y posiblemente también el deseo personal de vengar las traiciones percibidas durante los meses anteriores.
La operación se ejecutó durante las horas previas al amanecer del 9 de marzo con aproximadamente 500 jinetes villistas que cruzaron la frontera en condiciones de oscuridad total. El ataque produjo durante varias horas de combate la destrucción parcial de la ciudad, el saqueo de tiendas y almacenes, el incendio de varios edificios, incluyendo el hotel principal, y un combate con la guarnición americana.
que terminó con bajas en ambos lados. Las fuerzas villistas perdieron aproximadamente 100 hombres durante el ataque y la subsiguiente retirada. Los estadounidenses sufrieron 18 muertos entre soldados y civiles. La operación, desde el punto de vista militar inmediato, fue parcialmente exitosa para los villistas que lograron obtener algunos suministros antes de regresar al territorio mexicano.
Pero las consecuencias políticas que produjo cambiaron permanentemente el carácter del conflicto. La reacción estadounidense fue inmediata y de proporciones que Villa no había anticipado adecuadamente. El presidente Wilson autorizó dentro de los días siguientes una expedición militar de gran escala destinada a perseguir a Villa dentro del territorio mexicano, lo que la historiografía conocería posteriormente como la expedición punitiva.
El comando de aquella operación recayó en el general John Joseph Persing, oficial de 55 años con experiencia colonial en Filipinas, quien cruzó la frontera el 15 de marzo de 1916 al frente de aproximadamente 5,000 soldados regulares apoyados por aviones biplanos del primer escuadrón de aviación.
Los primeros aviones militares estadounidenses utilizados operativamente en operaciones de combate en territorio extranjero. Expedición punitiva se prolongaría durante 11 meses, recorriendo aproximadamente 600 km de territorio mexicano, sin lograr capturar a Villa, produciendo tensiones diplomáticas considerables con el régimen carrancista, que oficialmente la consideraba una violación de la soberanía mexicana.
y terminando con la retirada de las tropas americanas en febrero de 1917, sin haber alcanzado el objetivo principal de la operación. Villa durante aquellos 11 meses había logrado evadir sistemáticamente la persecución mediante las tácticas guerrilleras que durante el año anterior había aprendido a aplicar, demostrando capacidades operativas como guerrillero, que la doctrina convencional de Persing no estaba equipada para neutralizar.
Pero el hombre que regresaría a operar en las sierras chihuahüenses durante la primavera de 1917 ya no era el comandante invencible de la división del norte. Era un guerrillero perseguido, cuya supervivencia dependía de la capacidad de mantenerse invisible para las fuerzas considerablemente superiores que lo buscaban.
La transformación se había completado. Los destinos personales de los protagonistas principales de la batalla de Celaya durante los años posteriores al combate decisivo de abril de 1915 ilustran las dimensiones complejas que las guerras civiles tienden a producir sobre sus actores principales y merecen reconstrucción específica porque revelan como la victoria militar inmediata no garantiza necesariamente ente trayectorias políticas exitosas durante las décadas siguientes.
Cada uno de los hombres cuyas decisiones determinaron el resultado de aquellas jornadas del vajío, seguiría caminos personales cuyas resoluciones definitivas combinaron el éxito político inmediato con desenlaces violentos que la Revolución Mexicana parecía generar inevitablemente sobre sus protagonistas más visibles.
Villa permaneció activo como guerrillero en las sierras de Chihuahua. durante los años posteriores a la expedición punitiva, manteniendo operaciones de hostigamiento que el ejército carrancista no logró neutralizar definitivamente, pero que tampoco alcanzaban las dimensiones militares de la antigua división del norte.
El asesinato de Carranza en mayo de 1920, durante la rebelión de Agua Prieta, encabezada por Obregón y Plutarco Elías Calles, modificó las condiciones políticas que durante los años anteriores habían mantenido a Villa en posición de marginalidad armada. El nuevo régimen oregonista, que asumió el poder durante los meses siguientes, ofreció a Villa términos de rendición considerablemente más generosos que los que el régimen anterior había estado dispuesto a aceptar.
Ma firmó los convenios de Sabinas el 28 de julio de 1920, mediante los cuales se retiró formalmente de las operaciones militares a cambio de recibir la hacienda de Canutillo en el estado de Durango y una pensión gubernamental que permitiría a sus hombres más cercanos establecerse como agricultores bajo su supervisión directa.
Los tres años que Villa pasó en Canutillo entre 1920 y 1923 fueron sorprendentemente productivos en términos administrativos. La Hacienda se convirtió bajo su dirección en una comunidad agrícola que combinaba la producción tradicional con experimentos de modernización que el antiguo comandante revolucionario impulsaba con la energía característica que durante los años de campaña militar había aplicado a las operaciones bélicas.
Se construyeron escuelas para los hijos de los antiguos soldados villistas. Se introdujeron equipos agrícolas modernos que mejoraron la productividad de las tierras. Se establecieron talleres mecánicos donde los veteranos podían aprender oficios que les permitirían reincorporarse a la vida civil después de los años de guerra.
La trayectoria que Villa parecía estar construyendo durante aquellos años sugería una transición personal hacia la vida pacífica. que muchos otros caudillos revolucionarios mexicanos no habían logrado completar exitosamente. La trayectoria fue interrumpida el 20 de julio de 1923 durante un viaje rutinario que Villa realizó hacia Parral, Chihuahua, para asuntos administrativos relacionados con la hacienda.
Aquella mañana, mientras Villa conducía personalmente su automóvil Dodge por las calles de la ciudad, acompañado por varios miembros de su escolta personal, un grupo de pistoleros emboscados desde las ventanas de una casa cercana a la calle Gabino Barreda, abrió fuego sobre el vehículo. Las descargas combinadas produjeron la muerte instantánea de Villa y de varios de sus acompañantes.
La identidad de los autores intelectuales del asesinato ha sido debatida durante las décadas posteriores y combina varias hipótesis convergentes, enemigos personales que Villa había acumulado durante los años de campaña. políticos del régimenista que consideraban inaceptable la persistencia de Villa como factor político potencial e incluso conspiraciones internas dentro del propio gobierno que el general Calles, sucesor previsto de Obregón, podría haber facilitado durante el periodo de transición política que se preparaba.
Obregón, el vencedor militar de Celaya, siguió una trayectoria política que durante los años posteriores lo condujo a la presidencia mexicana en 1920 después del derrocamiento de Carranza. Su gobierno de 4 años, entre 1920 y 1924 fue uno de los más constructivos de toda la era postrevolucionaria. Se consolidaron las instituciones del Estado mexicano moderno.
Se inició el proceso sistemático de reforma agraria que durante los años siguientes transformaría las relaciones de propiedad en buena parte del territorio nacional. Se promovió el muralismo y la educación pública bajo la dirección del secretario José Vasconcelos como instrumentos de construcción de una nueva identidad nacional.
y se establecieron las bases institucionales del régimen que durante el siglo XX mexicano se consolidaría como uno de los más estables de toda América Latina. Obregón regresó a la presidencia en 1928 después de la reforma constitucional que eliminó la prohibición de reelección no consecutiva. fue asesinado el 17 de julio de 1928 en el restaurante La Bombilla de la Ciudad de México por José de León Toral, fanático católico vinculado a los conflictos religiosos del periodo.
murió a los 48 años, habiendo alcanzado prácticamente todos los objetivos políticos que durante los años de campaña militar había articulado Felipe Ángeles, el artillero que durante Celaya había advertido inútilmente a Villa sobre las consecuencias de las cargas frontales contra las defensas constitucionalistas, tuvo el destino más trágico de los protagonistas militares de la batalla.
Permaneció leal a villa durante los años posteriores a la derrota inicial y siguió la trayectoria de exilio que la campaña carrancista le impuso a las figuras villistas principales. Regresó a México durante 1918 intentando reorganizar políticamente lo que quedaba del movimiento. Fue capturado por las fuerzas constitucionalistas en noviembre de 1919, juzgado mediante un proceso militar sumario que la opinión pública del momento consideró profundamente injusto, dada la dimensión intelectual y militar del acusado y fusilado en Chihuahua el
26 de noviembre de 1919. Sus últimas palabras antes del fusilamiento, conservadas por los testimonios de los oficiales presentes, articulaban la dignidad intelectual del hombre, que había advertido a villa sin haber sido escuchado. Las consecuencias estructurales de Selaya sobre la consolidación del Estado mexicano postrevolucionario fueron considerables.
La derrota militar de Villa permitió a Carranza primero y a Obregón después construir las instituciones políticas que durante el resto del siglo XX definirían el carácter del régimen mexicano. La Constitución de 1917, promulgada apenas 22 meses después de la batalla, incorporaría tanto el constitucionalismo liberal carrancista como las reformas sociales que durante los años anteriores los villistas y zapatistas habían exigido.
Y el Partido Nacional Revolucionario, fundado en 1929 establecería las bases del sistema político que durante 70 años dominaría México sin que ninguna fuerza opositora lograra desplazarlo del poder. La dimensión militar global de Celaya y su lugar específico dentro de las transformaciones tácticas del siglo XX han sido objeto de análisis historiográfico durante las décadas posteriores que merecen reconstrucción detallada porque revelan aspectos del combate que las narraciones populares mexicanas tienden a subestimar y que
solo aparecen claramente cuando se sitúa la batalla dentro del contexto comparativo de la historia militar mundial del periodo. Los manuales modernos de doctrina militar producidos durante el siglo XX en distintas academias profesionales han incluido a Celaya entre los casos paradigmáticos que ilustran la transición desde las tácticas convencionales del siglo XIX hacia las nuevas formas de combate que las innovaciones tecnológicas del periodo industrial estaban introduciendo en los teatros de operaciones de todo el mundo.
El primer aspecto que merece consideración es la simultaneidad cronológica entre Celaya y las primeras grandes ofensivas de la Primera Guerra Mundial en Europa. Simultaneidad que durante muchas décadas la historiografía militar internacional no reconoció adecuadamente debido a la tendencia de los analistas europeos a considerar los teatros americanos como secundarios.
Respecto a los desarrollos del Frente occidental, la batalla del Bajío se libró durante las exactas semanas en que los ejércitos franceses, británicos y alemanes estaban descubriendo en Champaña y en Flandes los mismos efectos defensivos que las ametralladoras y el alambre de púas producían sobre las cargas convencionales de infantería y caballería.
La segunda batalla de IPRES entre el 22 de abril y el 25 de mayo de 1915, que se desarrolló simultáneamente con la segunda batalla de Celaya, produjo, en términos comparativos resultados estructuralmente similares a los del vajío, aunque con la diferencia significativa del uso del gas cloro por las fuerzas alemanas, innovación que el teatro mexicano no introduciría durante toda la revolución.
La dimensión específicamente mexicana del fenómeno, sin embargo, contiene aspectos que la diferenciaban del teatro europeo y que merecen mención porque revelan capacidades adaptativas que el ejército constitucionalista demostró antes que sus contrapartes europeas. Obregón, a diferencia de los generales franceses, británicos y alemanes, que durante los meses anteriores habían sido sorprendidos por las nuevas condiciones del combate defensivo, había anticipado estructuralmente la transformación táctica antes de que el primer
enfrentamiento decisivo se produjera. esa capacidad anticipatoria basada en la lectura sistemática de los reportes europeos durante los primeros meses de la guerra mundial y en la presencia operativa del coronel Maximilian Closs con su formación militar alemana previa, le permitió al sonorense aplicar deliberadamente las nuevas doctrinas, mientras los generales europeos tuvieron que descubrirlas mediante el sacrificio de cientos de miles de hombres durante los años siguientes.
Los analistas militares modernos que durante las décadas posteriores han comparado Celaya con otras batallas defensivas decisivas del siglo XX, han identificado varios paralelos estructurales que merecen mención específica. La batalla de Verdun entre febrero y diciembre de 1916, donde los franceses defendieron sistemáticamente posiciones fortificadas contra repetidas ofensivas alemanas, replicó a escala masiva el modelo táctico que Obregón había aplicado el año anterior en el Bajío, la batalla del SOM, [carraspeo] entre julio y noviembre

de 1916. donde las cargas británicas contra las defensas alemanas produjeron las bajas más catastróficas de toda la historia militar británica. ilustró las consecuencias predecibles de las cargas frontales contra posiciones modernas que Villa había experimentado 18 meses antes. Las ofensivas de Champaña y de Artuis durante 1917 confirmaron repetidamente las mismas lecciones estructurales y la transformación tecnológica que durante 1917 y 1918 introduciría el tanque como respuesta táctica al problema defensivo, modificaría las condiciones del combate
de manera que solamente Las décadas posteriores podrían procesar completamente. Los paralelos entre Celaya y conflictos posteriores del siglo XXen hacia teatros que ningún oficial mexicano de 1915 habría podido anticipar la batalla de Dien Bienfu en 1954, donde las fuerzas Vietmin aplicaron contra las posiciones francesas atrincheradas las lecciones tácticas que las ametralladoras y la artillería de campaña habían establecido durante los 40 años anteriores.
replicó estructuralmente patrones que Celaya había anunciado en su forma inicial, las batallas de la guerra de Corea entre 1950 y 1953, particularmente los enfrentamientos posteriores al estancamiento del frente en 1951 confirmaron repetidamente las mismas lecciones sobre las limitaciones de las ofensivas convencionales.
contra posiciones modernas y las guerras del Medio Oriente durante la segunda mitad del siglo XX han continuado replicando con variaciones tecnológicas los patrones estructurales que el Bajío reveló durante la primavera de 1915. Los reconocimientos historiográficos que Selaya ha recibido durante las décadas posteriores han variado considerablemente, según las orientaciones políticas y académicas de los analistas durante los gobiernos postrevolucionarios mexicanos del siglo XX.
La batalla fue presentada oficialmente como uno de los momentos fundacionales del régimen constitucionalista que durante 70 años dominaría la política nacional con énfasis particular en la capacidad militar de Obregón como justificación retrospectiva del orden político que él mismo había contribuido a establecer. Los historiadores académicos del periodo posterior, particularmente Friedrich Catz, en su monumental biografía de Villa publicada en 1998, han ofrecido análisis más matizados que reconocen la dimensión trágica de la transformación villista y las
consecuencias humanas devastadoras que las decisiones tácticas de aquella primavera produjeron sobre los hombres que combatieron en ambos lados. y los analistas militares profesionales de academias como West Point en Estados Unidos, Saintir en Francia, Sandhurst en el Reino Unido, han incluido sistemáticamente a Celaya entre los casos de estudio que sus oficiales en formación deben examinar para comprender las transformaciones tácticas del siglo XX temprano, reconociendo la batalla.
como uno de los precursores directos de los enfrentamientos que durante los años siguientes determinarían las características esenciales del combate moderno hasta la era de los misiles balísticos y de la guerra electrónica, que durante la segunda mitad del siglo modificaría nuevamente las condiciones estructurales del enfrentamiento militar.
[carraspeo] Celaya merecía aquellos reconocimientos. era, en términos comparativos rigurosos, una de las batallas más significativas de toda la historia militar del siglo XX temprano. Volvamos al momento preciso. Son las 3:45 minutos de la tarde del 15 de abril de 1915. En el campo de batalla de Celaya, durante el tercer día consecutivo del segundo combate, el ejército villista ha agotado sus reservas físicas y morales después de cargas reiteradas que durante las 48 horas anteriores no han producido ningún avance significativo sobre las
posiciones constitucionalistas. Las llanuras agrícolas del valle, regadas durante los días anteriores por las lluvias intermitentes características de la transición estacional, presentan un espectáculo que ninguno de los testigos supervivientes de ambos bandos olvidará durante el resto de sus vidas. Los cuerpos de aproximadamente 4000 hombres yacen dispersos a lo largo de las líneas del alambre de púas en distintos estados de descomposición acelerada por el calor primaveral del vajío.
Los caballos heridos y abandonados durante las cargas frustradas vagan entre los cuerpos emitiendo gemidos que los soldados de ambos lados han aprendido a ignorar después de tres días de combate continuo. y el humo de las descargas de las ametralladoras, mezclado con el polvo levantado por el movimiento sostenido de las masas humanas y animales sobre el terreno agrícola, produce sobre el campo una atmósfera que las cartas posteriores de los oficiales supervivientes describirían como apocalíptica.
Obregón, observando la situación desde su puesto de mando en el centro de las líneas defensivas, comprende que el momento del contraataque definitivo ha llegado. Los reportes de las distintas secciones del frente coinciden durante las horas anteriores en describir un agotamiento generalizado de las fuerzas villistas que la doctrina militar reconoce como el momento óptimo para ejecutar la maniobra ofensiva que durante todo el combate ha mantenido en reserva los 6500 jinetes de Cesadeo Castro ocultos durante tres días
en las arboledas que cubren el flanco septentrional del despliegue principal, esperan las órdenes que durante las horas siguientes transformarán la batalla defensiva en derrota irreversible para el ejército atacante. A las 4 de la tarde, Obregón despacha mediante mensajeros a caballo las órdenes que durante las horas anteriores ha preparado cuidadosamente.
Are oo Castro recibe la instrucción de iniciar el avance simultáneamente desde tres puntos del bosque septentrional, presentándose ante las fuerzas villistas como un ataque envolvente que aproveche el agotamiento acumulado para producir el colapso de la cohesión táctica del enemigo.
Las unidades de infantería sonorense, que durante tres días han defendido las trincheras principales, reciben órdenes complementarias de iniciar avances limitados desde sus posiciones, presionando frontalmente a las fuerzas villistas que ya están reorganizándose tras las cargas frustradas de la mañana. La artillería de campaña, ubicada en las alturas que dominan el valle, comienza un bombardeo concentrado sobre las zonas de retaguardia villista, donde se acumulan las reservas y los suministros que el ejército atacante mantiene aún disponibles.
Los efectos del contraataque sobre las fuerzas villistas son inmediatos y devastadores. Los 6500 jinetes de Castro emergen del bosque septentrional al galope tendido, distribuidos en tres columnas paralelas que cubren un frente de varios kilómetros. La caballería constitucionalista, considerablemente más fresca que la villista, debido a los tres días de descanso forzoso en las posiciones ocultas, alcanza velocidades operativas que las fuerzas atacantes exhaustas no pueden contrarrestar.
Los oficiales villistas que durante las horas anteriores han estado ordenando cargas frontales sobre las ametralladoras, se encuentran súbitamente con un ataque por el flanco que no han anticipado y para el que no tienen reservas disponibles, dado que prácticamente todas las unidades operativas de la división del norte han sido consumidas durante las cargas reiteradas de los días previos.
Las primeras unidades villistas que entran en contacto con la caballería de Castro se desorganizan en cuestión de minutos. Los hombres, ya agotados psicológicamente por las experiencias acumuladas durante las jornadas anteriores, no logran mantener las formaciones que la doctrina villista exige para enfrentar ataques de caballería.
La desorganización se propaga rápidamente desde las unidades inicialmente afectadas hacia las posiciones contiguas mediante un proceso que la psicología militar moderna reconoce como característico del colapso colectivo de la moral en condiciones de derrota acumulada. Los oficiales subordinados intentan durante minutos cruciales mantener el control de sus tropas, pero las órdenes individuales no pueden contrarrestar la dinámica colectiva que la presión sostenida de la maniobra envolvente está produciendo. A las 4:30
de la tarde, Villa observa desde su puesto de mando avanzado el desarrollo del desastre con la conciencia creciente de que el combate está completamente perdido. Las órdenes que durante las horas anteriores ha estado emitiendo a través de los oficiales del Estado Mayor llegan a unidades que ya no pueden ejecutarlas porque la cohesión táctica de la fuerza ha colapsado de manera estructural.
Los reportes que sus mensajeros le transmiten desde las distintas secciones del frente coinciden en describir movimientos de retirada que ya no responden a ninguna planificación operativa coordinada, sino a la dinámica individual de hombres que intentan salvarse personalmente de una situación que perciben como definitivamente insostenible.
A las 5 de la tarde, Villa toma la decisión que ha estado posponiendo durante las horas anteriores y que reconoce implícitamente todo lo que durante los tres días del combate ha rechazado admitir. Ordena la retirada general hacia el norte. Sus oficiales transmiten las nuevas órdenes a las unidades que aún pueden recibirlas.
y la división del norte. El ejército revolucionario que durante el año y medio anterior había sido considerado invencible por toda la prensa mexicana e internacional, comienza el repliegue caótico que durante las semanas y meses siguientes la conducirá hacia su disolución definitiva. Mientras observa desde la distancia las primeras columnas de jinetes que se retiran en condiciones que cualquier observador profesional reconocería como desbandada, comprende, sin necesidad de articularlo en palabras, que algo más
amplio que una batalla específica acaba de terminar para siempre en aquellos campos del vajío. La era de la caballería como factor decisivo en las guerras modernas ha terminado y con ella ha terminado el modelo de combate que durante toda su trayectoria militar ha sostenido la legitimidad personal del comandante en jefe de la división del norte.
El hombre seguirá combatiendo durante los años siguientes, pero ya no como el general que era, ya solamente como el guerrillero, que las nuevas circunstancias lo obligarán a convertirse. Lo que Celaya nos enseña sobre las transformaciones militares y políticas del siglo XX es una de las lecciones más profundas que cualquier estudio serio de las guerras modernas puede ofrecernos.
Y conviene articularla con cuidado al cerrar este episodio, porque conecta los acontecimientos específicos del vagío de abril de 1915, con patrones estructurales que durante el resto del siglo siguiente se manifestarían repetidamente en teatros aparentemente distintos, pero estructuralmente comparables. La primera lección es sobre los costos humanos que las transiciones tecnológicas producen cuando las doctrinas militares no se adaptan con la velocidad que las nuevas circunstancias exigen.
Villa no era un comandante incompetente, era por el contrario, uno de los líderes militares más capaces que la América Latina había producido durante el siglo XIX y los primeros años del XX. Las cargas de caballería que durante 1913 y 1914 habían destruido al Ejército Federal de Huerta en batallas como Tierra Blanca, Torreón, San Pedro de las Colonias y Zacatecas, eran ejemplares en términos de la doctrina militar que toda su generación había heredado del siglo anterior.
Lo que ocurrió en Celaya no fue producto de incompetencia personal, sino de incapacidad para procesar transformaciones tecnológicas que durante los meses anteriores habían cambiado fundamentalmente las condiciones del combate. La doctrina villista, que en condiciones previas a las ametralladoras y al alambre de púas habría producido los resultados acostumbrados, se reveló súbitamente obsoleta en términos cuyo costo humano alcanzó 4,000 muertos durante apenas 9 días de combate.
Aquella lección estructural se repetiría durante el resto del siglo XX en otros teatros con patrones estructuralmente similares. Los generales franceses, británicos y alemanes, que durante los años inmediatamente siguientes a Celaya cometieron errores comparables en los campos de Francia, produciría costos humanos millones de veces superiores, precisamente porque fueron incapaces de procesar las lecciones que durante los meses anteriores el vajío había anunciado.
Los oficiales japoneses que durante la Segunda Guerra Mundial ordenaron cargas Vanzai contra posiciones americanas fortificadas en las islas del Pacífico, repitieron estructuralmente los mismos errores que Villa había cometido 30 años antes contra Obregón. Los comandantes árabes que durante las guerras del Medio Oriente, entre 1948 y 1973, enviaron tanques contra posiciones israelíes preparadas con misiles antitanque modernos.
Descubrieron las mismas verdades estructurales que la caballería villista había descubierto durante el último tercio del siglo XX. Cada generación de militares profesionales tiende a aprender las lecciones de las transformaciones tecnológicas únicamente mediante el sacrificio masivo de los hombres, a su mando, repitiendo patrones que la historia militar disponible debería haberles permitido evitar, pero que la inercia institucional inevitablemente preserva.
La segunda lección es sobre las consecuencias políticas de las decisiones militares específicas durante las guerras civiles. Villa no perdió simplemente una batalla en Celaya, perdió la posibilidad estructural de determinar el carácter del régimen mexicano postrevolucionario. reformas sociales que él y Zapata habían colocado en el centro de su programa político, particularmente la reforma agraria masiva y la democratización radical de las relaciones sociales fueron incorporadas eventualmente a la Constitución de 1917,
pero bajo formulaciones constitucionalistas que durante las décadas siguientes producirían resultados considerablemente más moderados de los que Los villistas y zapatistas habrían impulsado si hubieran controlado el régimen postrevolucionario. La derrota de Celaya tuvo, por lo tanto, consecuencias que excedieron el campo militar inmediato y que durante el resto del siglo XX determinarían el carácter específico de la institucionalización política mexicana.
Los actores principales del combate siguieron, como hemos reconstruido durante los bloques anteriores, trayectorias que el resultado de aquellas jornadas hizo posibles. Obregón llegó a la presidencia mexicana en 1920 y construyó las bases del régimen postrevolucionario antes de morir asesinado en la bombilla en 1928.
Carranza promulgó la Constitución de 1917 antes de morir asesinado durante la rebelión de Agua Prieta en 1920. Felipe Ángeles, el oficial que durante todo el combate había advertido inútilmente a Villa, fue fusilado en Chihuahua en 1919 después de haber intentado regresar a México para reorganizar políticamente lo que quedaba del movimiento villista.
Pancho Villa, después de los años de retiro relativo en Canutillo, fue asesinado en Parral en 1923 por pistoleros cuya identidad intelectual ningún proceso judicial posterior logró establecer con certeza definitiva. Cesario Castro, el comandante de la caballería de reserva, que durante ambos combates había ejecutado las maniobras decisivas, sobrevivió a los años violentos del régimen postrevolucionario y murió pacíficamente en 1944.
y el coronel Maximilian Clos, el artillero alemán que durante los meses anteriores al combate había implementado las doctrinas técnicas que cambiaron las condiciones tácticas del enfrentamiento, regresó eventualmente a Alemania durante los años posteriores y participó marginalmente en las operaciones militares de su país durante las guerras mundiales subsecuentes.
La batalla de Celaya, vista desde la perspectiva del siglo XXI, fue el momento exacto en que el siglo XX llegó militarmente a México y haberlo entendido permite comprender no solamente lo que ocurrió en aquellas llanuras del Bajío durante 9 días de abril de 1915, sino también las dimensiones estructurales de las transformaciones militares que durante el siglo siguiente cambiarían fundamental totalmente las condiciones del combate en teatros distantes que aparentemente compartían poco con las asequias de Celaya, pero
que estructuralmente reproducían los mismos patrones que aquellos campos habían anunciado. Si te ha gustado esta historia y quieres descubrir más episodios donde batallas específicas durante momentos críticos cambiaron permanentemente las condiciones de las guerras posteriores, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte los próximos videos.
En el siguiente episodio reconstruiremos la historia completa de Felipe Ángeles, el artillero villista, cuya formación europea le había permitido anticipar el desastre de Celaya y cuya muerte en Chihuahua durante 1919 sigue siendo uno de los episodios más controvertidos de toda la Revolución Mexicana. Nos vemos pronto.