Por eso había tardado tanto en confiar en Ricardo. Lo conoció en una guardia de urgencias en la clínica San Felipe, donde ella trabajaba como enfermera en el piso de emergencias. Él había llegado acompañando a un amigo que se había cortado la mano en una reunión de negocios, un accidente doméstico menor que no requirió más que puntos y una venda.
Ricardo esperó tres horas en la sala sin quejarse, leyendo un libro, un libro de verdad, de papel, no el teléfono. Y cuando Alana pasó frente a él al salir de su turno, él simplemente levantó la vista y dijo, “¿Sabes si hay algún lugar cerca donde sirvan un café decente a esta hora?” Ella le indicó una cafetería a dos cuadras.
Él la invitó a acompañarle. Ella rechazó. Él sonrió. le agradeció la información y se fue. La segunda vez que lo vio fue dos semanas después, en la misma cafetería, cuando Alana fue con una compañera del trabajo. Ricardo estaba solo en una mesa del fondo con el mismo tipo de libro. La vio entrar, no se levantó, no gesticuló, solo sonrió con discreción, como quien reconoce a alguien, pero entiende que el espacio del otro hay que respetarlo.
Fue a Lana quien se acercó. Eso debería haberme dicho algo, pensaría ella meses después. Que fue yo quien se acercó. Ricardo Sales Tabárez tenía 34 años cuando la conoció. empresario en el sector de importación de materiales de construcción con una empresa mediana en Miraflores y clientes en varias regiones del país.
Vivía en un departamento propio en Barranco, ordenado y con buenas vistas. Tenía un carro del año, no ostentoso, pero cómodo. Vestía bien, sin exagerar. Hablaba con la seguridad tranquila de quien está acostumbrado a manejar conversaciones difíciles, sin alzar la voz. Los primeros meses fueron lentos por decisión de ambos, o eso creyó a Lana.
Salidas para cenar, paseos por el malecón de Miraflores los domingos por la mañana, una película, una exposición en el museo Larco que Ricardo propuso y que a ella la sorprendió porque ningún hombre anterior le había propuesto ir a un museo. Lo que más la conquistó no fueron los gestos grandes, fueron los pequeños.
que recordaba qué tipo de café le gustaba sin tener que preguntarlo dos veces, que cuando ella llegaba cansada después de una guardia de 12 horas, no le preguntaba cómo le había ido de manera rutinaria, sino que le preguntaba algo específico, cómo estaba el señor del 4B, el que tenía la neumonía, porque ella le había mencionado ese paciente dos días antes y él lo había anotado, no en papel, sino en algún lugar de su atención, que cuando discutían y discutían porque Alana tenía carácter y no era de las que callaban, Ricardo no se ponía a la defensiva ni alzaba la
voz, se quedaba quieto, escuchaba y luego decía, “Tienes razón en eso. Dame un momento para pensarlo de más.” Su hermana Daniela fue la primera en conocerlo a los 4 meses de relación. Salieron los tres a cenar en un restaurante de Surquillo. Daniela, que tenía 26 años y trabajaba en recursos humanos y tenía esa capacidad específica para leer a las personas que da trabajar años evaluando candidatos, lo observó toda la noche con discreción.
Al final, cuando Ricardo fue al baño, se inclinó hacia Alana y dijo, “Me cae bien. Es demasiado perfecto, lo cual normalmente me daría desconfianza, pero no encuentro nada que no cuadre.” “Yo tampoco”, pensó Alana, y eso me tranquiliza. Los viajes de Ricardo eran frecuentes, pero siempre explicados. clientes en Arequipa, proveedores en Trujillo, ferias de materiales en Chiclayo.
Llegaba con fotos de los hoteles, con mensajes desde los aeropuertos, con souvenirs pequeños que compraba en los mercados locales. Una vez le trajo de Arequipa un pequeño toro de cerámica pintado a mano, de esos que venden en el mercado San Camilo, y le dijo que lo había comprado porque pensó en ella cuando lo vio. Cerco pero bonito dijo.
Y ella se rió. La propuesta de matrimonio ocurrió en mayo de 2025 en el malecón Cisneros de noche con Lima abajo y el Pacífico oscuro y sin fin. Ricardo no contrató mariachis ni fuegos artificiales. Sacó del bolsillo una carta escrita a mano, doblo en cuatro, con letra apretada y sin errores, porque evidentemente la había escrito y reescrito hasta que quedó como quería.
Se la dio. Ella la leyó. Cuando terminó, tenía los ojos llenos de lágrimas. Él ya estaba de rodillas. La boda el 18 de enero de 2026. en un salón con vista al mar en Miraflores. 120 invitados, vestido blanco de corte sencillo, ramo de orquídeas, una torta de tres pisos. Ricardo lloró cuando la vio entrar del brazo de su tío Marcos, que había reemplazado la figura paterna en los momentos importantes de su vida.
Varios invitados lo fotografiaron llorando y las fotos circularon esa noche en los grupos de WhatsApp de ambas familias con comentarios del tipo: “Así debería ser y qué hombre tan bueno le tocó a Alana.” La madre de Alana, Carmen, que había pasado los últimos 18 años desconfiando estructuralmente de los hombres, bailó con Ricardo en la segunda tanda y luego le dijo a su hija al oído, “Este sí me da tranquilidad.
” Tres días después de la boda, el 21 de enero, partieron a Cuzco. El hotel en San Blas era boutique, pequeño, de 12 habitaciones, con paredes de piedra y maderas oscuras, y un patio interior con plantas andinas y una fuente de agua que sonaba toda la noche. Los primeros dos días fueron exactamente lo que una luna de miel debería ser.
Caminatas por el centro histórico, visita al mercado de San Pedro, una tarde en las ruinas de Saksay Hamán, con el viento y el cielo azul, y la sensación de estar en un lugar que el tiempo no había terminado de abandonar. La noche del segundo día, Ricardo abrió una botella de vino en el cuarto y propuso un brindis.
A Lana le preguntó por qué. Él dijo, “Porque esto es real. Porque tú eres real y porque me tardé mucho en merecer algo así. Ella lo creyó. A la mañana siguiente, el tercer día, Ricardo se levantó antes que ella. Le acomodó la almohada sin despertarla, se vistió en silencio y antes de salir se inclinó y le dio un beso en la frente. Bajo un momento a comprar agua.
10 minutos. Alana sonrió con los ojos cerrados y siguió durmiendo. Cuando se despertó, una hora después, Ricardo no había vuelto. La primera hora Alana no se preocupó. Ricardo podía haberse encontrado con alguien en el lobby. Podía haber ido a desayunar sin despertarla. podía estar en la terraza del hotel con el café y el teléfono.
Era un hombre acostumbrado a madrugar y a moverse con autonomía. Alana se bañó, se vistió con calma, organizó algunas cosas en la maleta y bajó al restaurante del hotel, esperando encontrarlo con una taza de café en la mano y algún plan para el día. No estaba. preguntó en recepción el joven de turno.
Un chico czusqueño de unos 20 años con chaleco del hotel, le dijo que había visto salir a un señor que coincidía con la descripción hacia las 8:15 de la mañana por la puerta principal. No había regresado. Lana llamó al celular de Ricardo. Comunicaciones directamente, no timbre, no buzón, comunicaciones. El teléfono estaba apagado.
Esperó en el lobby durante 20 minutos. Volvió a llamar apagado. Salió a la calle y caminó el tramo más cercano del barrio de San Blas, mirando hacia las tiendas, los cafés, las esquinas de piedra. Nada. La segunda hora fue diferente. En la segunda hora algo empezó a moverse debajo del pecho de Alana con una sensación que no era exactamente miedo, pero que tampoco era tranquilidad.
Era el reconocimiento físico antes de que la mente lo procese, de que algo no está bien. Llamó a Daniela. ¿Estás bien?, preguntó su hermana al contestar, “Porque el número de Alana en Cuzco un miércoles por la mañana en plena luna de miel no era algo que generara una respuesta relajada. Ricardo salió a comprar agua hace dos horas y no ha vuelto”, dijo Alana con una voz que intentaba sonar práctica.
“El celular está apagado. Silencio breve. Fue a algún sitio cercano. Había mencionado algo.” Dijo 10 minutos. Agua mineral. Nada más pelearon anoche. No, todo estaba bien. Todo estaba muy bien. Daniela tardó 2 segundos en responder. Llama a la policía. Dijo, “No esperes más. La comisaría más cercana al barrio de San Blaz era la del distrito de Cuzco, en la plaza regocijo.
Alana llegó caminando rápido con el teléfono en la mano y el corazón en un ritmo que conocía bien de las guardias de emergencia. El ritmo de cuando algo está pasando y hay que actuar antes de que empeore. El suboficial de turno la escuchó con la atención técnica y algo distante de quien atiende muchos reportes al día.
le explicó que para una denuncia formal de persona desaparecida en adultos se requería generalmente un mínimo de 24 horas a menos que hubiera indicios claros de peligro inmediato. ¿Hay alguna razón para pensar que podría estar en peligro? ¿Alguna amenaza? ¿Algún problema conocido? No, dijo Alana. Ninguna. problemas de salud, algún medicamento que pudiera haber olvidado? No. Discusión antes de salir, no.
Le di un beso dormida y me dijo que bajaba 10 minutos. El suboficial anotó los datos, le dijo que podían hacer una búsqueda preventiva en hospitales y clínicas del área y que ella podía volver al día siguiente si no tenía noticias. Le dio un número de referencia. Alana salió de la comisaría al mediodía con el sol de Cuzco cayendo directo sobre las piedras del centro histórico y los turistas moviéndose en grupos alrededor de ella.
Llamó a su madre. Carmen tardó 30 segundos en entrar en modo acción. Llama al padre de Ricardo. Ricardo había mencionado a su padre, Norberto Sales, un par de veces en la relación. un hombre mayor que vivía en Surco, con quien tenía una relación cordial, pero no cercana. Alana tenía el número guardado en el teléfono porque Ricardo le había pedido que lo guardara en algún momento.
“Por si alguna vez necesitas localizarme y yo no contesto.” Llamó Norberto Sales contestó al tercer timbre. Era la primera vez que Alana hablaba directamente con él. le explicó la situación con la mayor calma que pudo mantener. Hubo un silencio del otro lado que duró demasiado. ¿Está en Cuzco?, preguntó el padre con una voz que tenía algo raro, no sorpresa exactamente, algo más parecido a la incomodidad de quien está calculando qué decir. Sí, estamos en luna de miel.
Salió esta mañana y no volvió. Entiendo, dijo el padre. Déjame ver si puedo localizarlo. Colgó sin decir más. No volvió a llamar. Lo que ocurrió en las siguientes 36 horas siguió un patrón que los investigadores reconstruirían después con la precisión fría de los datos. A las 8:16 de la mañana del tercer día de luna de miel, Ricardo Sales Tabáes salió del hotel Boutique Casa San Blas con una mochila pequeña que según las cámaras del lobby, no era la misma que había llevado al viaje.
Era una mochila negra de tamaño mediano que había tenido guardada en la maleta desde Lima. Caminó 4 minutos hasta la calle Plateros. Ahí tomó un taxi que lo llevó a la terminal terrestre de Cuzco. A las 9:42 de la mañana apagó el celular. Las antenas de telefonía lo registraron activo por última vez en la zona de la terminal.
A las 10:05 abordó un bus de la empresa Cruz del Sur con destino a Arequipa. Compró el tiquete en efectivo. No dio su nombre real. usó el nombre de Ricardo Medrano, que era el nombre que usaba en Arequipa desde hacía 5 años y bajo el cual tenía documentos alternativos que nadie en Lima había tenido razón para buscar.
El viaje de Cuzco a Arequipa dura entre 5 y 6 horas por la ruta más directa. Ricardo Medrano llegó al terminal de Arequipa a las 4 de la tarde aproximadamente. Tomó otro taxi. Dio una dirección en el barrio de Yanahuara. En ese departamento del tercer piso de un edificio de fachada Beish en Yanahuara, Arequipa, vivía desde hacía 3 años Ediline Francisca de Solar, de 27 años con sus dos hijos, Matías de 4 años y Luciana de dos.
Eddie Lane era cajera en un supermercado del distrito. Llevaba 5 años con el hombre que ella conocía como Ricardo Medrano, que trabajaba, según le decía, en ventas itinerantes, lo cual explicaba sus ausencias frecuentes de días o semanas. Cuando Ricardo entró al departamento esa tarde, Eddie Lane estaba dándole la merienda a los niños.
Él entró, dejó la mochila, se lavó las manos y se sentó a la mesa como si hubiera salido al trabajo esa mañana y regresara a la hora de siempre. ¿Cómo estuvieron?, preguntó mirando a los niños. Matías tuvo fiebre esta mañana, dijo Eddie sec. Llevaba 4 días sin noticias tuyas. Tuve problemas con el teléfono, ya te explico.
Siempre hay algo, Eddie Lane. No empieces. Y así con esa frase, “No empieces, que en esa relación tenía el peso de años de conversaciones cortadas, de palabras tragadas y de silencios que era más seguro mantener que romper, Ricardo Medrano regresó a su segunda vida como si la primera no existiera. En Lima, la familia de Alana había activado sus propias redes.
Daniela publicó en sus redes sociales una foto de Ricardo con la descripción de la situación pidiendo información. El post fue compartido 600 veces en las primeras horas. Fue a través de ese post que llegó el primer mensaje relevante. Una mujer que pedía no ser identificada escribió al privado de Daniela. El hombre de la foto lo he visto antes, pero él no se llama Ricardo Sales, se llama Ricardo Medrano y vive en Arequipa.
Daniela leyó el mensaje tres veces antes de llamar a Alana. Escúchame con calma, le dijo. Recibí algo que necesitas saber. Lana escuchó y en el silencio que siguió a las palabras de su hermana algo en el interior de esa mujer de 29 años que había aprendido desde los 11 a no confiar fácilmente, pero que había decidido confiar en este hombre.
Algo en ese interior se fracturó con una precisión y una frialdad que no hacía ruido. No lloró en ese momento, solo dijo, “Pasa la información a la policía.” y empezó a prepararse para lo que vendría. La denuncia formal llegó a la Policía Nacional del Perú a través de dos canales simultáneos.
la comisaría de Cuzco, donde Alana había actualizado el reporte con la nueva información y la división de investigación criminal de Lima, donde Daniela se presentó personalmente con los pantallazos del mensaje recibido y toda la información que tenía sobre Ricardo Sales Tabárez. El suboficial que atendió a Daniela en Lima era el suboficial técnico Marcos Quispe, un hombre de 40 años con cara de haber visto demasiadas cosas como para sorprenderse fácilmente.
La escuchó completo, sin interrumpir. Luego revisó los pantallazos, luego los revisó de nuevo. El nombre Ricardo Medrano dijo, ¿tienen alguna dirección específica en Arequipa? La persona que escribió no dio dirección”, dijo Daniela, solo dijo Arequipa y el nombre. ¿Alguna foto donde aparezca con otro nombre? ¿Algún documento, no, solo la foto de él que publiqué en redes y el mensaje que recibí? Marcos Quispe anotó todo.
Le dijo a Daniela que la información sería coordinada con la unidad de Arequipa y que debían esperar resultados. no dio plazos, porque en ese tipo de investigaciones los plazos dependen de demasiadas variables. Lo que el suboficial no dijo, pero que Daniel apercibió en la forma en que volvió a mirar los pantallazos antes de guardarlos, es que algo en esa historia tenía la forma reconocible de un patrón que la policía había visto antes.
En Arequipa la coordinación tomó menos tiempo del esperado. El nombre Ricardo Medrano tenía registros en la ciudad, un contrato de arrendamiento en Yanahuara a nombre de una empresa unipersonal que usaba ese nombre, un número de teléfono registrado en una operadora local y dos denuncias archivadas. Las denuncias las había puesto Eddie Lane Francisca de Solar en los últimos 18 meses, una por violencia psicológica y una por violencia física.
Ambas habían sido retiradas posteriormente por la denunciante antes de llegar a juicio. Los agentes de la División de Familia y Violencia de la Policía de Arequipa llegaron al edificio de Yanahuara el 25 de enero, 4 días después de que Ricardo saliera del hotel en Cuzco. Tocaron a la puerta del tercer piso. Abrió Edile.
Tenía el cabello recogido en una coleta. rápida, un mandil de cocina y cara de quien no esperaba visita. Detrás de ella, asomando desde el pasillo, Matías la miraba con los ojos grandes. Los agentes se identificaron y preguntaron por Ricardo Medrano. Eddie los miró y en su cara ocurrió algo que uno de los agentes describiría después en su reporte como expresión de quien no sabe si proteger o ser protegida.
Está adentro”, dijo al fin. Ricardo estaba en la sala con el televisor encendido en un canal de noticias. Cuando vio a los dos agentes entrar detrás de Ediline, no se levantó de inmediato. Los miró con una calma que en ese contexto era en sí misma una información. “Ricardo Medrano”, dijo uno de los agentes, “necesitamos que nos acompañe.
¿Puedo preguntar por qué?”, dijo Ricardo. Se le relaciona con una denuncia de persona desaparecida interpuesta en Cuzco y Lima. Su nombre completo real es Ricardo Sales Tabáes. Correcto. Una pausa larga. Eddie Lane, parada en el umbral de la cocina lo miraba. Sí, dijo Ricardo sin drama, sin alzar la voz. Ese es mi nombre.
El interrogatorio duró 3 horas. Ricardo Sales Tabárez habló con una coherencia perturbadora. No negó nada. No intentó construir una historia alternativa ni buscar excusas elaboradas. Respondió a las preguntas con la misma voz tranquila con que, según Alana, discutía sin alzar la voz.
¿Conocía a Alana Lima de Penjol? Sí. ¿Se había casado con ella el 18 de enero de 2026? Sí, había estado en Cuzco con ella en Luna de Miel. Sí, la había dejado deliberadamente en el hotel sin decirle nada. Sí. Tenía una relación paralela con Eddie Francisca de Solar en Arequipa. Sí, desde hacía 5 años. Tenía hijos con Eddie Lane. Sí. Dos.
¿Sabía Lana de la existencia de Eddie Lane? No. ¿Sabía Eddie de la existencia de Alana? No, el agente a cargo del interrogatorio, el técnico Rodrigo Cárdenas, le preguntó directamente, “¿Por qué hizo esto.” Ricardo tardó en responder, no porque no tuviera respuesta, sino porque parecía estar eligiendo las palabras con cuidado.
“No podía elegir”, dijo al fin. “Con Alana era una vida, con Eddie era otra. Intenté mantener las dos sin destruir ninguna. Y cuando se casó con la señora Lima de Penhall, que esperaba que ocurriera con la señora Francisca de Solar, no lo había resuelto todavía. Rodrigo Cárdenas lo miró durante varios segundos.
¿Sabe usted que la señora Lima de Penol lleva 4 días sola en un hotel en Cuzco esperando noticias de usted? Sí, dijo Ricardo. Lo sé. No añadió nada más. Lo que la investigación reveló en los días siguientes, dibujó un retrato que los psicólogos consultados por los medios de comunicación describirían de maneras distintas, pero con un denominador común, la capacidad de compartimentar las emociones y las identidades de manera tan absoluta que cada vida funcionaba como un sistema cerrado, sin que los elementos de una filtraran hacia la otra.
Con Alana, Ricardo había sido meticulosamente consistente durante tres años. Los detalles que recordaba, la paciencia en las discusiones, la ternura calculada en los gestos pequeños. No había sido actuación en el sentido de que le costara esfuerzo. Había sido una versión de sí mismo que había construido y habitado con comodidad.
Con Eddie, el mismo hombre funcionaba con mecanismos opuestos. Los registros de las denuncias retiradas y el testimonio que Ediline finalmente dio a los investigadores cuando quedó claro que ya no había nada que proteger, describían 5 años de control sistemático. Revisaba su teléfono sin pedirle permiso.
Decidía con quién podía salir y con quién no. Se enfurecía si llegaba tarde del trabajo sin avisar. le decía que sin él no era capaz de manejar sola a los niños. Cuando le preguntaron a Edilane por qué no se había ido, la respuesta fue la misma que dan millones de mujeres en situaciones similares en todo el mundo. Porque tenía dos hijos, porque me decía que iba a cambiar, porque cuando estaba bien era capaz de hacerme creer que lo de antes no había sido tan grave, porque el mismo hombre era violento con una y romántico con la otra.
Los especialistas que analizaron el caso para los medios señalaron que esa pregunta tiene una respuesta que incomoda. ¿Por qué podía? Porque Eddie Lane se lo permitía, no por debilidad, sino porque el sistema de control que él había construido sobre ella le quitaba las herramientas para resistir.
Y porque Alana, que llegó a su vida desde afuera de ese sistema, representaba algo diferente, una posibilidad que él quería preservar. Y para preservarla necesitaba ser distinto. No era que amara más a una que a otra, era que necesitaba cosas distintas de cada una y era completamente capaz de darle a cada una exactamente lo que necesitaba para que siguiera ahí.
Alana recibió la noticia por teléfono. Estaba todavía en el hotel de San Blas cuando Daniela la llamó con los detalles confirmados. Sentada en la cama donde cuatro días antes se había despertado con un beso en la frente. Escuchó a su hermana hablar con esa voz cuidadosa que se usa cuando la información es demasiado grande para lanzarla de golpe. Escuchó todo.
El nombre alternativo: Arequipa, los dos hijos, los 5 años, las denuncias retiradas, el interrogatorio, las palabras exactas que Ricardo había dicho. podía elegir. Cuando Daniela terminó, Alana no dijo nada durante varios segundos. ¿Está detenido?, preguntó al fin. Están determinando los cargos.
Hay varias figuras legales que aplican. Vigamia, fraude matrimonial. El abogado que contrató mamá dice que hay base sólida. Y ella, la otra mujer. Eddie, dijo Daniela usando el nombre. está cooperando con la investigación. Al parecer ella tampoco sabía nada de ti. Lo sé, dijo Alana. Ella también es víctima. Eso era lo que resultaba más difícil de procesar para todo el que escuchaba esta historia, que en este caso no había una villana del otro lado.
Había otra mujer que había pasado 5 años siendo controlada y aislada por el mismo hombre que con Alana había sido la personificación de la pareja perfecta. Alana colgó, se quedó sentada en la cama del hotel, mirando por la ventana los tejados de Samblas y las montañas detrás. No lloró todavía. Eso también vendría.
Pero después, primero necesitaba pensar. Abrió el teléfono y buscó un tiquete de bus de regreso a Lima. Alana llegó a Lima el 27 de enero. El bus entró a la ciudad por la Panamericana Sur en la madrugada, cuando Lima todavía dormía con esa quietud gris que tiene antes del amanecer, las luces de los distritos del sur, luego Surco, luego Miraflores, las calles mojadas por la garúa, que en enero siempre aparece de madrugada, aunque el día empiece seco.
Daniela la esperaba en el paradero con el carro encendido y un café en vaso térmico. No dijo nada cuando Alana bajó con la maleta. Solo abrió el maletero, metió la maleta, la abrazó en la vereda durante un momento largo y luego le pasó el café. manejaron en silencio hasta el departamento de Alana en Miraflores, un tercer piso con vista parcial al mar que ella había alquilado tres años antes y que había ido llenando poco a poco con las cosas que le gustaban.
una biblioteca que ocupaba toda una pared, plantas en el balcón, fotografías de sus viajes con Daniela enmarcadas en la cocina. Sobre la mesa del comedor, en un florero que Ricardo le había regalado el año anterior, había un ramo de flores secas que nadie había tirado. Alana lo vio al entrar, se quedó mirándolo un segundo, luego lo tomó, caminó hasta el basurero de la cocina y lo tiró sin decir nada.
¿Quieres hablar?, preguntó Daniela desde el umbral. Mañana, dijo Alana. Esta noche no. Los días siguientes fueron una combinación de trámites legales, conversaciones con abogados y la presencia silenciosa pero constante de su familia. Su madre Carmen, llegó el primer día con una olla de sopa y la determinación silenciosa de las mujeres que han sobrevivido sus propios abandonos y saben que el primer trabajo es mantenerse de pie.
El abogado que contrataron, el Dr. Ernesto Palomino, especialista en derecho de familia, explicó el panorama legal con claridad. El matrimonio era nulo de pleno derecho porque Ricardo ya tenía un vínculo previo no disuelto con Edyin. De hecho, nunca habían estado legalmente casados, pero la convivencia de más de 5 años con hijos en común configuraba en el Perú unión de hecho con efectos jurídicos reconocidos.
El proceso de anulación era relativamente directo, dado que los hechos estaban documentados. La parte penal era más compleja. La figura de Vigamia requería un matrimonio previo formal. Y como Ricardo y Edilin no estaban casados legalmente, los fiscales estaban construyendo el caso sobre fraude matrimonial y falsedad en la declaración de estado civil al momento de contraer matrimonio con Alana.
“¿Puede ir a la cárcel?”, preguntó Carmen, que desde el primer día había asumido el rol de la que hace las preguntas que las demás prefieren no formular. “Hay base legal para una condena privativa de libertad”, dijo el doctor Palomino con la precisión cuidadosa de los abogados. “La duración dependerá del tribunal y de cómo evolucione la instrucción.
” Alana escuchó todo sin hacer preguntas. firmó lo que tenía que firmar. Respondió lo que le preguntaron y cuando el abogado se fue, salió al balcón y se quedó mirando el mar con las manos apoyadas en el barandal. Daniela salió detrás y se paró a su lado. “¿En qué estás pensando?”, preguntó. “En que pasé tres años construyendo algo,”, dijo Alana, “y que todo ese tiempo estaba construyendo sobre aire, sobre una persona que no existía.
Él existía, dijo Daniela. Lo que no existía era la versión que te mostraba a ti. ¿Y cuál es la real? Daniela tardó en responder. Creo que las dos, dijo, “creo que él era capaz de ser las dos cosas al mismo tiempo y eso es lo más perturbador. Eddie, Francisca de Solar vivió esos mismos días en una ciudad diferente, con un tipo de dolor diferente, pero igual de real.
Cuando los agentes se llevaron a Ricardo del departamento de Yanahuara, Matías había preguntado desde el pasillo, “¿A dónde va papá?” Y Eddie le había dicho, “A resolver unas cosas, vuelve pronto, porque a los 4 años uno no puede recibir ciertas verdades.” Y porque en ese momento Eddie misma no tenía todavía todas las piezas, las piezas llegaron en las horas siguientes a través de la investigadora de la policía de Arequipa que se quedó con ella después de que se llevaron a Ricardo.
Una mujer de unos 40 años, de voz tranquila y directa que le explicó la situación sin adornos, pero también sin crueldad. Eddie escuchó que Ricardo se había casado con otra mujer tres semanas antes, que esa mujer estaba en Cuzco esperándolo, que Ricardo había vuelto a Arequipa como si nada hubiera ocurrido.
Procesó la información en silencio. Luego preguntó, “¿Ella lo sabía? ¿Sabía que yo existía?” “No”, dijo la investigadora. No sabía nada de usted. Eddie asintió despacio. Miró hacia el cuarto donde los niños dormían la siesta. ¿Qué pasa con mis hijos ahora? Preguntó. Sus hijos están bajo su custodia. Nada cambia para ellos en términos legales por ahora, pero necesitamos que [carraspeo] usted coopere con la investigación.
Voy a cooperar”, dijo Eddie. Voy a contar todo. Y contó todo, las denuncias retiradas porque él la convencía de que exageraba, de que lo había malinterpretado, de que sin él los niños iban a sufrir. las veces que le revisaba el teléfono y le preguntaba con una voz demasiado tranquila quién era el que le había escrito y por qué, las veces que le decía que sus amigas la influían mal y que era mejor que se alejara de ellas.
Las veces que después de un acceso de rabia que la dejaba temblando, llegaba con flores y con la promesa de que estaba trabajando en sí mismo, de que iba a cambiar, de que lo que tenían era demasiado importante para dejarlo ir. La investigadora anotó todo sin interrumpir. Al terminar, le preguntó si tenía dónde quedarse, si necesitaba salir del departamento.
Eddie respondió que sí. su hermana en el distrito de Caima. La investigadora le dejó un número de contacto y antes de irse dijo, “Lo que vivió usted tiene nombre, tiene apoyo disponible, no tiene que seguir procesando esto sola.” Edyen la miró, asintió. Cuando cerró la puerta, se recostó contra ella y respiró durante un minuto largo antes de ir a despertar a los niños para darles la merienda.
El caso fue recogido por los medios nacionales el 28 de enero. El primer artículo fue en un portal de noticias de Lima con el titular Desapareció al tercer día de luna de miel en Cuzco. Su marido tenía otra familia en Arequipa. En 24 horas el artículo tenía más de un millón de visualizaciones. en 48 horas.

El caso era el tema central en todos los programas de noticias del país. Lo que capturó la atención del público más allá de la traición en sí fue el detalle que aparecía en todos los reportes, que con una mujer había sido romántico y perfecto y con la otra había sido controlador y violento. Ese contraste generó un debate en redes sociales que duró semanas.
¿Cómo era posible que el mismo hombre fuera las dos cosas? ¿Qué decía eso sobre la capacidad de identificar el peligro? ¿Debía Edilen haber sabido que algo no cuadraba? ¿Debía Alana haber visto señales que no estaban? Los psicólogos y especialistas en violencia de género que aparecieron en los medios fueron claros. Ninguna de las dos tenía la obligación de detectar lo que Ricardo había construido para que fuera indetectable.
La responsabilidad era exclusivamente de él. Alana no dio declaraciones a los medios. Daniela respondió un único mensaje en las redes con una frase breve: “Mi hermana está bien, está reconstruyendo. No va a hablar públicamente porque esto ya no le pertenece a él. El mensaje fue compartido 300,000 veces.
Una tarde, 10 días después de volver a Lima, Alana fue al trabajo. No porque tuviera que hacerlo. La clínica le había ofrecido días adicionales de licencia. fue porque necesitaba el ritmo, la guardia, los pasillos, el olor a desinfectante, los pacientes con nombres y diagnósticos concretos, la realidad inapelable de un cuerpo que necesita cuidado y el trabajo preciso de cuidarlo.
Su jefa de turno, la enfermera jefe Patricia Soto, la recibió en la entrada del piso con un abrazo breve y práctico. Si necesitas salir en algún momento, me dices. Le dijo sin explicaciones. Gracias, dijo Alana. No voy a necesitarlo. Y empezó su guardia. En el pasillo del fondo, un señor mayor con una vía en el brazo la vio pasar y le dijo, “Buenos días, señorita.
Usted sí que llega puntual.” Alana sonrió. Una sonrisa pequeña, real, sin esfuerzo. Siempre dijo. El proceso judicial contra Ricardo Sales Tabáes comenzó formalmente en febrero de 2026. Los cargos consolidados fueron falsedad ideológica en instrumento público por haber declarado estado civil de soltero al contraer matrimonio con Alana Lima de Penjol, siendo que mantenía una unión de hecho con efectos jurídicos con Edyin Francisca de Solar, fraude en acto jurídico y violencia psicológica y física contra Edilin, respaldada por el
testimonio de ella. los registros médicos de dos atenciones en urgencias que habían quedado archivadas en el sistema de salud y las denuncias previas que habían sido retiradas, pero que permanecían en los registros. El Dr. Ernesto Palomino, actuando como abogado de Alana en el proceso civil, también interpuso demanda por daños y perjuicios derivados del matrimonio nulo.
El proceso de anulación matrimonial fue el más rápido, dado que la documentación probaba que Ricardo había mentido sobre su estado civil, la nulidad fue declarada en audiencia preliminar sin mayor resistencia. Alana asistió a esa audiencia con su madre y Daniela. Escuchó al juez declarar la nulidad con la misma atención cuidadosa con que escuchaba los diagnósticos en la clínica. Firmó lo que le presentaron.
Cuando salieron del juzgado a la vereda de Lima y el sol de febrero, las iluminó con esa claridad específica que tiene cuando aparece entre la garúa. Carmen tomó la mano de su hija y no dijo nada. No hacía falta. Ricardo Sales Tabázre tuvo defensor de oficio en la primera etapa del proceso hasta que su padre Norberto contrató un abogado particular.
El abogado intentó construir una defensa sobre la base de que Ricardo padecía una condición psicológica que afectaba su capacidad de vincular emocionalmente de manera ordinaria y solicitó una evaluación psiquiátrica. La evaluación fue ordenada por el juez. El psiquiatra designado, el Dr.
Aurelio Mendivil del Instituto Nacional de Salud Mental, entregó su informe seis semanas después. El informe determinó que Ricardo Sales Tabárez no presentaba ningún trastorno que afectara su comprensión de la realidad, ni su capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto. Era, en términos clínicos, un hombre completamente capaz de entender las consecuencias de sus actos.
Lo que el informe sí documentó y que los medios reprodujeron ampliamente cuando el documento se filtró. Era una descripción de rasgos de personalidad, alta capacidad de compartimentación emocional, tendencia al control como mecanismo de seguridad en vínculos afectivos y una notable habilidad para adaptarse a las expectativas del interlocutor.
El psiquiatra fue cuidadoso de aclarar que esos rasgos no constituían un diagnóstico clínico y no eximían de responsabilidad legal. El abogado defensor intentó usar el informe como argumento atenuante. El fiscal lo usó exactamente al revés, como evidencia de que la conducta de Ricardo había sido deliberada y sostenida en el tiempo.
Eddie Francisca de Solar fue la testigo más importante del proceso penal. declaró en sala en marzo. Fue acompañada por su abogada Claudia Herrera, asignada a través del programa de asistencia legal a víctimas de violencia familiar de la Defensoría del Pueblo. Entró a la sala con Matías y Luciana en casa de su hermana en Caima, porque había aprendido a no aparecer en lugares donde Ricardo pudiera verla con los niños como punto de presión.
habló durante 2 horas y cuarto con voz tranquila que se quebró exactamente una vez cuando describió una noche específica en que Ricardo la había empujado contra la pared del dormitorio mientras los niños dormían al otro lado de la puerta y luego le había dicho con esa calma que era peor que el grito, “Si te vas, te aseguro que no te van a creer.
” La sala guardó silencio completo durante ese momento. El fiscal, cuando llegó su turno, preguntó, “¿Por qué retiró las denuncias anteriores?” Eddie lo miró directamente, “Porque me convenció de que exageraba,”, dijo, “porque tenía dos hijos con él y me aterraba quedarme sola. Porque cuando estaba bien era capaz de ser tan diferente que yo terminaba dudando de mi propia memoria.
¿Sabía usted que el señor Sales Tabáz tenía otra relación en Lima? No, no lo sabía, lo juro. ¿Qué sintió cuando lo supo? Eddie tardó en responder. Sentí que 5 años de mi vida habían sido una mentira, dijo. Pero también sentí, aunque suene extraño, algo parecido al alivio, porque entendí que el problema no era yo, que nunca había sido yo.
Alana no estuvo presente en el juicio penal por elección propia y por consejo de su abogado, que consideró que su presencia no era necesaria. dado que los cargos penales más graves estaban vinculados a la relación con Eddie, siguió el proceso a través del Dr. Palomino, que le reportaba por teléfono. Lo que sí hizo a Lana en silencio y sin anunciarlo públicamente fue ponerse en contacto con Eddie Lane.
Fue a través de la abogada de Eddie Lane que actuó como intermediaria. Alana envió un mensaje escrito breve. No tienes ninguna responsabilidad en lo que me pasó a mí y yo no tengo ninguna responsabilidad en lo que te pasó a ti. Ambas fuimos manipuladas por el mismo hombre. Si alguna vez quieres hablar, aquí estoy.
Si no quieres, también está bien. Cuídate. Edilin tardó tr días en responder. Su respuesta fue también breve. Gracias. Todavía no puedo hablar de esto, pero gracias. Las dos mujeres nunca se encontraron en persona, pero esa comunicación pequeña y sin testigos fue para ambas algo que no tenía nombre exacto, pero que se parecía a un reconocimiento.
Ricardo Sales Tabárez fue condenado en julio de 2026 a 3 años de pena privativa de libertad suspendida con condiciones pago de reparación civil a Alana por el daño derivado del matrimonio nulo, pago de pensión alimentaria para Matías y Luciana, prohibición de acercarse a Eddie Lane y asistencia obligatoria a programa de intervención para personas con conductas de violencia familiar.
La sentencia generó debate. Muchos consideraron que 3 años suspendidos eran insuficientes para la magnitud de lo que había hecho. Los abogados señalaron que las figuras jurídicas disponibles limitaban el margen. El fiscal anunció que evaluaría si había base para apelación. Alana leyó la sentencia en su departamento sola por la noche.
La leyó completa con la misma atención con que leía un historial médico. Cuando terminó, la cerró y se preparó un té. No era justicia completa, lo sabía, pero era el sistema que existía. Y dentro de ese sistema se había llegado hasta donde se podía llegar. seguir peleando contra lo que el sistema no podía darle le iba a costar más de lo que valía la pelea.
Eso también lo sabía. Lo que sí tenía era su nombre limpio, la anulación del matrimonio, el departamento en Miraflores, los pacientes en la clínica, las plantas en el balcón y la biblioteca que había construido ella sola. a Daniela, a su madre Carmen, que había llegado al otro lado de su propio abandono, y seguía de pie.
Y tenía algo más que no habría sabido nombrar antes de todo esto, la certeza de que había resistido algo enorme sin romperse del todo, que el daño era real y que tardaría tiempo en sanar, pero que ella seguía siendo ella. Eddie en Arequipa empezó terapia psicológica en abril a través del centro de emergencia Mujer del distrito de Yanahuara.
Iba los martes por la tarde mientras los niños estaban en el jardín. La psicóloga se llamaba Vanessa y tenía esa cualidad específica de hacer preguntas que no parecían preguntas, sino puertas abiertas. En la cuarta sesión, Vanessa le preguntó, “¿Qué quieres los próximos 5 años?” Eddie Line respondió de inmediato.
Era una pregunta que durante 5 años había dejado de hacerse porque hacérsela implicaba imaginar un futuro propio, separado de lo que él decidiera. Y eso había sido durante mucho tiempo demasiado peligroso. “Quiero que mis hijos estén bien”, dijo al fin. Eso ya lo sabemos, dijo Vanessa. ¿Y tú qué quieres tú? Eddie la miró. Quiero no tener miedo dijo.
Quiero llegar a un punto en que pueda escuchar mi teléfono sonar y no sentir que el estómago se me cierra esperando que sea él. ¿Y crees que ese punto existe? Antes no lo creía, dijo Eddie Lane. Ahora no sé, pero quiero intentar llegar. Y así termina la historia de Alana y de Eddie Lane, dos mujeres que nunca se conocieron, que fueron manipuladas por el mismo hombre de maneras completamente distintas y que al final, cada una a su manera, en su propia ciudad, con sus propias heridas, eligieron seguir adelante.
Lo que este caso le mostró al Perú no fue solo la historia de un hombre que vivía una doble vida, fue algo más incómodo que eso, que el mismo ser humano puede ser tierno y calculador al mismo tiempo. Puede llorar en un altar y controlar a otra persona en casa. puede hacer sentir especial a una mujer mientras destruye la autoestima de otra y que ninguna de las dos mujeres tenía la obligación de saberlo.
La responsabilidad siempre fue de él. Si conoces a alguien que está viviendo una relación donde siente miedo de hablar, donde le revisan el teléfono, donde le dicen que exagera cuando describe lo que siente, ese testimonio importa. Esa persona merece apoyo, no dudas. Si este video te movió algo por dentro, dale like ahora.
Suscríbete al canal si todavía no lo has hecho y activa la campanita para no perderte ninguna historia. Y cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto. Eso me dice que hay alguien del otro lado escuchando y para mí eso importa mucho. Nos vemos en el próximo