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THE RECENT CASE THAT SHOCKED PERU IN 2026: SHE DISAPPEARED 3 DAYS AFTER HER HONEYMOON

Por eso había tardado tanto en confiar en Ricardo. Lo conoció en una guardia de urgencias en la clínica San Felipe, donde ella trabajaba como enfermera en el piso de emergencias. Él había llegado acompañando a un amigo que se había cortado la mano en una reunión de negocios, un accidente doméstico menor que no requirió más que puntos y una venda.

Ricardo esperó tres horas en la sala sin quejarse, leyendo un libro, un libro de verdad, de papel, no el teléfono. Y cuando Alana pasó frente a él al salir de su turno, él simplemente levantó la vista y dijo, “¿Sabes si hay algún lugar cerca donde sirvan un café decente a esta hora?” Ella le indicó una cafetería a dos cuadras.

Él la invitó a acompañarle. Ella rechazó. Él sonrió. le agradeció la información y se fue. La segunda vez que lo vio fue dos semanas después, en la misma cafetería, cuando Alana fue con una compañera del trabajo. Ricardo estaba solo en una mesa del fondo con el mismo tipo de libro. La vio entrar, no se levantó, no gesticuló, solo sonrió con discreción, como quien reconoce a alguien, pero entiende que el espacio del otro hay que respetarlo.

Fue a Lana quien se acercó. Eso debería haberme dicho algo, pensaría ella meses después. Que fue yo quien se acercó. Ricardo Sales Tabárez tenía 34 años cuando la conoció. empresario en el sector de importación de materiales de construcción con una empresa mediana en Miraflores y clientes en varias regiones del país.

Vivía en un departamento propio en Barranco, ordenado y con buenas vistas. Tenía un carro del año, no ostentoso, pero cómodo. Vestía bien, sin exagerar. Hablaba con la seguridad tranquila de quien está acostumbrado a manejar conversaciones difíciles, sin alzar la voz. Los primeros meses fueron lentos por decisión de ambos, o eso creyó a Lana.

Salidas para cenar, paseos por el malecón de Miraflores los domingos por la mañana, una película, una exposición en el museo Larco que Ricardo propuso y que a ella la sorprendió porque ningún hombre anterior le había propuesto ir a un museo. Lo que más la conquistó no fueron los gestos grandes, fueron los pequeños.

que recordaba qué tipo de café le gustaba sin tener que preguntarlo dos veces, que cuando ella llegaba cansada después de una guardia de 12 horas, no le preguntaba cómo le había ido de manera rutinaria, sino que le preguntaba algo específico, cómo estaba el señor del 4B, el que tenía la neumonía, porque ella le había mencionado ese paciente dos días antes y él lo había anotado, no en papel, sino en algún lugar de su atención, que cuando discutían y discutían porque Alana tenía carácter y no era de las que callaban, Ricardo no se ponía a la defensiva ni alzaba la

voz, se quedaba quieto, escuchaba y luego decía, “Tienes razón en eso. Dame un momento para pensarlo de más.” Su hermana Daniela fue la primera en conocerlo a los 4 meses de relación. Salieron los tres a cenar en un restaurante de Surquillo. Daniela, que tenía 26 años y trabajaba en recursos humanos y tenía esa capacidad específica para leer a las personas que da trabajar años evaluando candidatos, lo observó toda la noche con discreción.

Al final, cuando Ricardo fue al baño, se inclinó hacia Alana y dijo, “Me cae bien. Es demasiado perfecto, lo cual normalmente me daría desconfianza, pero no encuentro nada que no cuadre.” “Yo tampoco”, pensó Alana, y eso me tranquiliza. Los viajes de Ricardo eran frecuentes, pero siempre explicados. clientes en Arequipa, proveedores en Trujillo, ferias de materiales en Chiclayo.

Llegaba con fotos de los hoteles, con mensajes desde los aeropuertos, con souvenirs pequeños que compraba en los mercados locales. Una vez le trajo de Arequipa un pequeño toro de cerámica pintado a mano, de esos que venden en el mercado San Camilo, y le dijo que lo había comprado porque pensó en ella cuando lo vio. Cerco pero bonito dijo.

Y ella se rió. La propuesta de matrimonio ocurrió en mayo de 2025 en el malecón Cisneros de noche con Lima abajo y el Pacífico oscuro y sin fin. Ricardo no contrató mariachis ni fuegos artificiales. Sacó del bolsillo una carta escrita a mano, doblo en cuatro, con letra apretada y sin errores, porque evidentemente la había escrito y reescrito hasta que quedó como quería.

Se la dio. Ella la leyó. Cuando terminó, tenía los ojos llenos de lágrimas. Él ya estaba de rodillas. La boda el 18 de enero de 2026. en un salón con vista al mar en Miraflores. 120 invitados, vestido blanco de corte sencillo, ramo de orquídeas, una torta de tres pisos. Ricardo lloró cuando la vio entrar del brazo de su tío Marcos, que había reemplazado la figura paterna en los momentos importantes de su vida.

Varios invitados lo fotografiaron llorando y las fotos circularon esa noche en los grupos de WhatsApp de ambas familias con comentarios del tipo: “Así debería ser y qué hombre tan bueno le tocó a Alana.” La madre de Alana, Carmen, que había pasado los últimos 18 años desconfiando estructuralmente de los hombres, bailó con Ricardo en la segunda tanda y luego le dijo a su hija al oído, “Este sí me da tranquilidad.

” Tres días después de la boda, el 21 de enero, partieron a Cuzco. El hotel en San Blas era boutique, pequeño, de 12 habitaciones, con paredes de piedra y maderas oscuras, y un patio interior con plantas andinas y una fuente de agua que sonaba toda la noche. Los primeros dos días fueron exactamente lo que una luna de miel debería ser.

Caminatas por el centro histórico, visita al mercado de San Pedro, una tarde en las ruinas de Saksay Hamán, con el viento y el cielo azul, y la sensación de estar en un lugar que el tiempo no había terminado de abandonar. La noche del segundo día, Ricardo abrió una botella de vino en el cuarto y propuso un brindis.

A Lana le preguntó por qué. Él dijo, “Porque esto es real. Porque tú eres real y porque me tardé mucho en merecer algo así. Ella lo creyó. A la mañana siguiente, el tercer día, Ricardo se levantó antes que ella. Le acomodó la almohada sin despertarla, se vistió en silencio y antes de salir se inclinó y le dio un beso en la frente. Bajo un momento a comprar agua.

10 minutos. Alana sonrió con los ojos cerrados y siguió durmiendo. Cuando se despertó, una hora después, Ricardo no había vuelto. La primera hora Alana no se preocupó. Ricardo podía haberse encontrado con alguien en el lobby. Podía haber ido a desayunar sin despertarla. podía estar en la terraza del hotel con el café y el teléfono.

Era un hombre acostumbrado a madrugar y a moverse con autonomía. Alana se bañó, se vistió con calma, organizó algunas cosas en la maleta y bajó al restaurante del hotel, esperando encontrarlo con una taza de café en la mano y algún plan para el día. No estaba. preguntó en recepción el joven de turno.

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