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The old rancher entrusted him with his greatest treasure before leaving, changing his destiny for…

El viento que bajaba de la sierra arrastraba polvo y olor a tierra seca cuando Alma entró por última vez al cuarto de don Elías. Afuera, los sobrinos caminaban de un lado al otro del corredor con esa impaciencia de hombre que ya está contando lo que todavía no le pertenece. Adentro solo ella y el viejo.

 Y el silencio que tienen los cuartos donde alguien se está yendo. Lo que don Elías le confió esa noche no era oro ni plata, era algo más antiguo y más poderoso que cualquier moneda. Y cuando los sobrinos la echaron al amanecer con las manos aparentemente vacías, no sabían que se habían equivocado de enemigo. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios de qué ciudad nos escuchas.

 Dale clic al botón de like y vamos con la historia. Hola, qué alegría tenerlos aquí con nosotros. Antes de continuar, cuéntanos en los comentarios desde dónde nos escuchan, desde qué ciudad, desde qué país. Nos da mucho gusto leerlos y responderles. Si todavía no están suscritos, este es el momento. Así, cuando contemos una nueva historia, serán los primeros en saberlo.

Si esta historia ya les está gustando, dejen su like y activen la campanita. Ahora sí, continuamos. Alma había llegado al rancho La Centinela 12 años atrás, cuando tenía 22, y no tenía nada más que las manos y la disposición de usarlas. Don Elías Fuentes la había encontrado sentada en la orilla del camino real, con los pies ampollados y un atado de ropa bajo el brazo, mirando el horizonte de Zacatecas como quien mira una pregunta que no sabe responder.

Le había preguntado a dónde iba. Ella había respondido que a donde hubiera trabajo, él había dicho que subiera a la carreta. 12 años después, Alma conocía cada piedra del rancho mejor que sus propios sueños. Sabía cuando iba a llover por el modo en que los mezquites doblaban las ramas. Sabía qué pozos guardaban agua limpia y cuáles amargaban.

 Sabía que la tierra del lado norte rendía el doble si se dejaba descansar un año de cada tres. Porque don Elías se lo había enseñado caminando con ella por los surcos, señalando con el bastón, hablando de la tierra como si fuera persona. La tierra no se posee. Le había dicho una vez hace ya muchos años, la tierra se cuida.

 El que cree que la posee, tarde o temprano se equivoca. Alma no había olvidado esa frase. La guardaba en el mismo lugar donde guarda uno las cosas que suenan a verdad cuando se dicen y a profecía cuando el tiempo pasa. Don Elías no tenía hijos. Tenía dos sobrinos en la ciudad de Zacatecas, Arturo y Vicente, hijos de su hermano mayor, que había muerto hacía 15 años.

Los sobrinos venían al rancho una vez al año, generalmente en diciembre, con ropa nueva y comentarios sobre lo que habría que modernizar, y se iban a los tres días con la misma rapidez con que habían llegado. Don Elías los recibía con cortesía y los despedía sin pena. “Son de ciudad”, le decía a Alma después, sin amargura.

 No entienden la tierra porque nunca la han necesitado. Cuando la enfermedad llegó en el otoño de ese año, los sobrinos llegaron también. Esta vez no en diciembre, esta vez en octubre con trajes oscuros y maletines de cuero, y con un abogado de la ciudad que se llamaba licenciado Perales y que tenía la costumbre de hablar en términos que nadie más entendía.

 Arturo era el mayor, hombre de 4 y tantos años, pelo engominado, manos que nunca habían tocado tierra de trabajo. Vicente era 5 años menor y tenía la costumbre de mirar alrededor de cualquier cuarto como evaluando cuánto valdría vacío. La primera noche que llegaron, Alma los escuchó hablar en el corredor mientras ella preparaba la cena.

La minera ofreció buen precio por la montaña norte”, dijo Arturo en voz que no era exactamente baja. “¿Y el tío?”, preguntó Vicente. “El tío no va a durar más de dos semanas.” El doctor lo dijo. Silencio. Entonces firmamos en cuanto tengamos los títulos. Alma siguió picando las cebollas sin hacer ruido, pero algo en su pecho se apretó con una fuerza que no era solo tristeza.

 Don Elías duró 10 días más. Alma no se separó de su lado en esos 10 días, excepto para hacer las cosas del rancho que no podían esperar. Porque el rancho no para aunque uno esté muriendo. Y don Elías lo hubiera querido así. le daba el agua, le cambiaba los paños, le leía en voz alta las anotaciones de su propio cuaderno de campo cuando él lo pedía, porque escuchar sus propias observaciones sobre la tierra le daba una paz que ningún otro remedio lograba.

Los sobrinos entraban al cuarto dos veces al día, saludaban, preguntaban cómo estaba, salían en 5 minutos. La noche del décimo día, don Elías llamó a Alma. Cuando la casa ya estaba en silencio, ella entró al cuarto con la lámpara de aceite. El anciano estaba incorporado a medias en la cama con un esfuerzo que le costaba la respiración, pero que no estaba dispuesto a ahorrarse.

“¿Siéntes dijo, Alma?” Se sentó en la silla de siempre junto a la cama. Don Elías metió la mano despacio bajo el colchón y sacó una caja de madera tallada del tamaño de un libro grueso. La madera era oscura. trabajada con figuras que parecían raíces o ríos vistos desde arriba, la puso sobre la cama entre los dos.

 “Esto no se lo he mostrado a nadie en 50 años”, dijo. Alma miró la caja, no la tocó. ¿Por qué a mí? Preguntó. Don Elías la miró con esos ojos que la enfermedad había puesto más grandes, más hondos, porque ellos solo ven el polvo. Dijo y señaló vagamente hacia el corredor donde dormían los sobrinos. Pero tú conoces la raíz.

 Hizo una pausa para respirar. Protege el corazón del valle, Alma. Lo que hay adentro de esa caja es lo único que puede salvarlo. Salvarlo de qué? De lo que ya viene, dijo el viejo. Usted ya lo sabe. Lo escuchó en el corredor. Alma no respondió, pero tomó la caja con las dos manos. Don Elías exhaló un aire largo, profundo, del tipo que tienen los últimos.

 cerró los ojos y no los volvió a abrir. Los sobrinos entraron al cuarto 20 minutos después, cuando Alma salió a avisarles. Arturo miró el cuerpo de su tío por un momento. Luego miró la caja que Alma sostenía entre las manos. ¿Qué es eso?, preguntó. El Señor Elías me lo entregó antes de morir, dijo Alma. Arturo y Vicente se miraron.

 Todo lo que hay en esta propiedad nos pertenece, dijo Arturo con una calma que era peor que un grito. Eso incluye lo que usted tiene en las manos. Su tío me lo entregó personalmente. Su tío estaba enfermo y no estaba en condiciones de entregar nada. Arturo extendió la mano. Deme la caja. No. El silencio que siguió fue corto y cargado.

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