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THE CASE THAT SHOOK REYNOSA: A nurse left her shift and disappeared in minutes

Cuando llegó a Reinosa, llegó sola con dos maletas, una dirección apuntada en papel y el número de teléfono de una señora que rentaba cuartos cerca del hospital. Así empezó. El departamento donde vivía era pequeño pero limpio. Primer piso de un edificio de colonia Las Fuentes, a 15 minutos caminando del hospital.

Pagaba 3,800 pesos mensuales. Compartía el edificio con otras cuatro familias, pero prácticamente no tenía relación con ninguna. Entraba, salía, trabajaba. Sus compañeras del hospital dicen que al principio era tímida, que tardó semanas en empezar a platicar más allá de lo necesario, que comía sola en los primeros turnos, pero que una vez que se abría era diferente, cálida, directa, con un sentido del humor seco que agarraba por sorpresa.

Sofía Treviño, su compañera más cercana en el área de medicina interna, lo describe así: “Ana Paola no era de esas que te caen bien de inmediato, pero cuando te ganabas su confianza, ya no querías que se fuera. Era de las que te escucha de verdad, no de las que están checando el teléfono mientras tú hablas.” Ana Paola llevaba 8 meses en Reyosa cuando desapareció.

8 meses de construir una vida nueva, de mandarle dinero a su mamá, de aprender a moverse en una ciudad que no se parece en nada a Abbaso. Y en esos 8 meses conoció a Héctor Camacho. La primera vez que Héctor Camacho entró al piso de medicina interna del Hospital General fue a mediados de julio de 2023.

Su padre, don Aurelio Camacho Soto, había ingresado con una descompensación cardíaca severa, 74 años, diabético, con historial de dos infartos previos. Un caso complicado, el tipo de paciente que exige atención constante, revisiones frecuentes, comunicación permanente con la familia. Y la enfermera responsable de ese turno esa tarde de julio era Ana Paola Chaparro.

Los pasillos de medicina interna en el hospital general de Reyosa huelen a desinfectante y a comida de cantina. Las paredes son de ese blanco institucional que ya no es blanco sino gris cansado. Los ventiladores del techo giran despacio. Siempre hay ruido de fondo, el pitido de un monitor, el arrastre de una silla, alguien llorando detrás de una cortina.

Héctor Camacho llegó esa tarde con camisa planchada y perfume caro. Eso lo recuerdan varios. Que olía diferente al ambiente del hospital, que entraba con una presencia física que no pasaba desapercibida. Alto, moreno claro, 32 años, bien vestido, sin exagerar. El tipo de hombre que sabe cómo moverse en un cuarto sin pedir permiso, preguntó por su padre.

Ana Paola lo atendió. Lo que sucedió en esa primera conversación fue, según Sofía, completamente ordinario. Héctor hizo preguntas sobre el diagnóstico de su padre. Ana Paola respondió con precisión y calma. Nada fuera de lo normal. El familiar angustiado, la enfermera profesional, el hospital de fondo.

Pero Héctor volvió al día siguiente y al siguiente y al otro. Don Aurelio estuvo hospitalizado tres semanas. Tres semanas en las que Héctor Camacho apareció puntualmente cada tarde, casi siempre en el turno de Ana Paola. Al principio las visitas eran cortas, 15 20 minutos. Luego empezaron a extenderse. Las compañeras de Ana Paola notaron el patrón antes que ella.

Se le quedaba viendo diferente, dice Sofía, no de manera agresiva ni nada así, sino de esa manera en que uno sabe que alguien te está mirando con intención. Y Ana Paola pues al principio lo ignoraba, pero ya después se le notaba que algo le pasaba cuando él llegaba. Héctor Camacho era hijo único de don Aurelio y de la señora Graciela Camacho, una familia con dinero en Reyosa.

Don Aurelio había construido un negocio de distribución de materiales de construcción que durante décadas surtió a buena parte del noreste del país. No eran los más ricos de la ciudad, pero eran de los conocidos, de los que tienen nombre. Héctor había estudiado administración de empresas en Monterrey. Había trabajado un tiempo en la empresa familiar.

tenía departamento propio en la colonia Rode, una de las zonas más tranquilas y bien guardadas de Reinosa. Manejaba una camioneta Ram gris, modelo reciente. No tenía historial criminal conocido. Eso es lo que dicen los papeles. Lo que dicen las personas es otra cosa. Varios conocidos de Héctor, consultados después de la desaparición de Ana Paola, pintaron un retrato más complicado, un hombre con carácter fuerte, acostumbrado a conseguir lo que quería, que cuando se obsesionaba con algo no soltaba fácil, que tenía poca tolerancia a la palabra no. Pero eso lo supimos

después. Cuando Ana Paola lo conoció, lo que vio fue a un hombre atento, bien hablado, que preguntaba con cuidado cómo estaba su padre y que de vez en cuando le dejaba un café en el área de enfermería. Nada comprometedor, nada que prendiera alarmas. Don Aurelio fue dado de alta el 4 de agosto. Esa misma tarde, mientras Ana Paola firmaba la documentación del egreso, Héctor Camacho le pidió su número de teléfono.

No hay registro de lo que ella respondió en ese momento. Sofía no estaba presente. Pero lo que si sabemos es que esa noche Ana Paola le mandó un mensaje a su madre en Abasolo, un mensaje que doña Petra guardó en su teléfono y que más tarde entregó a las autoridades. Decía, “Mamá, conocí a un señor hoy. Bueno, ya lo conocía de cuando venía al hospital, pero hoy me habló diferente.

No sé, es diferente a los demás. Eso fue el 4 de agosto de 2023. 40 días después, Ana Paola Chaparro desaparecería de la faz de la tierra 40 días. En ese tiempo la relación entre ambos creció rápido. Demasiado rápido, dirán algunos después. Héctor la llamaba casi a diario. La invitó a cenar al menos tres veces en restaurantes de la zona centro de Reyosa, los que tienen manteles blancos y aire acondicionado y donde pagan con tarjeta.

Para una joven que llegó a esta ciudad con dos maletas y un sueldo de enfermera de primer ingreso, eso era un mundo diferente. Ana Paola le contó a Sofía que le gustaba, que era atento, que nunca la presionaba, que la hacía reír. Sofía dice que la veía contenta, diferente, más ligera. Uno no quisiera decirlo ahora, pero en ese momento me alegré por ella, porque la vi florecer, porque llevaba meses sola en una ciudad que no era la suya y de repente había alguien que la hacía sentir vista.

Lo que ninguna de las dos sabía todavía era que Héctor Camacho tenía una cara distinta al caer la noche. La última semana de agosto algo cambió. Ana Paola llegó a trabajar el lunes 28 con ojeras marcadas. Sofía le preguntó si estaba bien. Ella dijo que sí, que había dormido mal, que nada importante. El martes llegó igual.

El miércoles, Sofía la encontró en el baño del personal con el teléfono en la mano mirando la pantalla sin moverla. Sofía dice que le preguntó qué pasaba. Gana Paola cerró la aplicación rápido, como si no quisiera que viera algo, y que le dijo casi en voz baja, a veces no sé bien quién es. Sofía no entendió bien a qué se refería. No preguntó más.

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