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THE CASE THAT SHOCKED MEXICO CITY: A father and his daughter went for a walk and never returned

Físicamente era la imagen de su madre, según Alfredo. Lo largo castaño oscuro, ojos grandes, una sonrisa que tardaba en llegar, pero que cuando aparecía llenaba el cuarto. Usaba una chamarra de mezclilla azul casi todo el tiempo con un parche bordado de una tortuga en el hombro derecho que ella misma había cocido.

chamarra fue lo último que se sabe que llevaba puesto. El domingo 2 de marzo, la noche antes de que desaparecieran, la vecina del departamento 2, doña Felicita Sorzco, una señora de 60 y tantos años que había vivido en esa vecindad desde los 90, vio a Alfredo y a Erika sentados en el patio.

 Era tarde, como las 9 de la noche. Hacía frío, pero ellos tenían sus chamarras. y tomaban algo caliente, probablemente café o chocolate en tazas de peltre. Doña Felicitas dijo que los escuchó reír, no fuerte, no escandalosamente. Una risa suave, cómplice, como la de dos personas que comparten un chiste privado que nadie más entendería.

 dijo que pensó que era bonito verlos así, que en los últimos meses Alfredo había estado más tranquilo, que la niña parecía estar saliendo del duelo. Eso fue a las 9 de la noche del 2 de marzo. A las 8:40 de la mañana del 3 de marzo, la cámara de seguridad de la tienda de abarrotes, que estaba a media cuadra de la vecindad, captó a Alfredo y a Erika caminando juntos por la banqueta.

Alfredo llevaba una mochila pequeña negra. Erika llevaba su chamarra de mezclilla con el parche de la tortuga y unos audífonos colgados al cuello, no puestos, solo colgados. Caminaban despacio, sin prisa. Esa fue la última imagen que existe de ellos. El miércoles 5 de marzo, dos días después, Alfredo no se presentó al trabajo tampoco el martes.

 Su jefe directo, un hombre llamado Gerardo Fuentes, dijo que el lunes Alfredo había pedido por mensaje el día libre, cosa que no era rara porque tenía días acumulados. Pero el martes no respondió los mensajes y el miércoles su teléfono ya no daba señal. Gerardo llamó a la vecindad. Fue doña Felicitas quien contestó porque en la vecindad tenían un teléfono fijo comunitario, un vestigio de otra época que de alguna manera seguía funcionando.

Ella dijo que no había visto a Alfredo ni a Erika desde el lunes por la mañana, que el departamento estaba cerrado, que el periódico del martes seguía en el piso frente a la puerta. Gerardo dudó dos horas más. Luego fue a la colonia. Lo que encontró fue un departamento cerrado con las llaves adentro. La puerta no estaba forzada.

Adentro, según reportaron después las autoridades, cuando entraron, todo estaba en orden. Los platos del desayuno del domingo lavados y acomodados, las camas tendidas, el celular viejo de Erika, el que usaba para ver videos antes de que su papá le comprara uno nuevo, estaba sobre su escritorio. El cuaderno donde escribía sus observaciones estaba abierto en la última página con una anotación de la semana anterior sobre los colores del cielo en la tarde desde la azotea.

Nada indicaba una huida, nada indicaba una pelea, nada indicaba ningún tipo de preparación para salir de manera permanente. Simplemente habían salido a caminar y no habían vuelto. La denuncia formal de desaparición fue presentada el jueves 6 de marzo por Gerardo Fuentes porque no había un familiar cercano disponible en la ciudad.

 La abuela paterna estaba en Oaxaca y tardó dos días más en tener claridad de la situación. Los formularios, los protocolos, la burocracia lenta y desgastante de las instituciones mexicanas hicieron que las primeras horas críticas se perdieran en papeles. Lo que sí movió las cosas con rapidez fue la presión mediática.

 Un periodista local que seguía la fuente policíaca de la alcaldía Coyoacán, un hombre joven llamado David Treviño, captó el reporte de desaparición. y lo publicó en su cuenta de Twitter el viernes 7 de marzo. Dos horas después tenía 10,000 retweets. Para el sábado, el caso ya estaba en los noticieros nacionales.

 Un padre, una niña de 14 años desaparecidos en Ciudad de México. Sin rastro, la ciudad se paralizó. Lo primero que hace la gente cuando desaparece alguien es buscar explicaciones que no duelan. que se fueron, que hubo una pelea, que hay algo que no se está contando, es un mecanismo de defensa, una manera de hacer que lo inexplicable tenga forma.

 En los comentarios de las publicaciones sobre el caso, esa reacción fue inmediata. Gente que especulaba que Alfredo había tomado a Erika y huído, que quizás debía dinero, que quizás había otra mujer, que quizás la niña había querido irse con alguien más. La policía también exploró esas líneas.

 Era obligatorio hacerlo y fue al hacerlo que empezaron a descartar una por una cada hipótesis benigna. Alfredo no tenía deudas significativas. Su estado de cuenta bancario mostraba un hombre que vivía ajustado, pero ordenado, nada fuera de lo común. El último movimiento de su tarjeta fue una compra en la tienda de abarrotes el domingo 2 de marzo por la noche.

 Leche, pan dulce, dos latas de atún. Después de eso nada. No había otra mujer. Sus compañeros de trabajo, sus vecinos, doña Felicitas, que lo veía todos los días. Todos dijeron lo mismo. Alfredo había cerrado esa parte de su vida cuando murió Marcela. No por tristeza permanente, sino porque Erika era su prioridad total.

En cuanto a Erika, sus amigas de la secundaria, su maestra, todos la describían como una chica con planes. Quería estudiar biología marina. Tenía un álbum de fotos de los arrecifes de coral del Caribe mexicano que había recortado de revistas. No era una chica que estuviera pensando en irse a ningún lado.

 Cada respuesta que daba la investigación cerraba una puerta y abría otra más oscura. El primer dato concreto llegó el 10 de marzo, una semana después de la desaparición. Una mujer que vendía flores cerca del metro viveros, que queda a poco más de un kilómetro de la vecindad, dijo que el lunes 3 de marzo había visto a un hombre y una niña que coincidían con la descripción de Alfredo y Erica.

Los había visto cerca de las 9 de la mañana parados en la esquina de Copilco y Universidad. Lo que llamó su atención fue que había un coche parado junto a ellos. Un sedán oscuro, no recordaba la marca con certeza, quizás un Nissan versa o algo parecido. Y había dos hombres afuera del coche, no de manera amenazante, al menos no visiblemente.

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