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THE CASE THAT OCCURRED IN 2024 AND HORRORIZED COLOMBIA: A brutal betrayal that no one saw coming …

 Doña Carmen, que vivía al frente y compraba allí desde hacía 20 años, decía que eran una pareja bonita, que se notaba que se querían, que Natalia había traído vida a esa panadería que antes tenía cara de abandono. Nadie sabía lo que Antonio escondía. Un mes antes de casarse con Natalia, exactamente 31 días antes de ponerse el traje gris que alquiló en un local del centro, Antonio había estado con otra mujer. No una vez, no dos.

Durante más de un año, en paralelo al noviazgo con Natalia, Antonio había mantenido una relación con Jusara Mendoza Vargas, una mujer de 38 años que vivía a 20 minutos en bus del barrio Nuevo Quiroga, en un sector llamado La Picota Baja, donde los callejones son estrechos y los perros callejeros conocen a todo el mundo.

 Jusara era diferente a Natalia en casi todo. Hablar con ella era como abrir una ventana. Todo salía de golpe, con ruido, con color. Desempleada desde hacía casi dos años, luego de que cerrara la fábrica de confecciones, donde trabajaba como operaria, Shusara vivía con lo justo. Pagaba el arriendo de un cuarto con lo que le mandaba su hermana desde Medellín y con lo que Antonio le dejaba cuando la visitaba.

Esas visitas ocurrían siempre los martes y los jueves con la excusa de que Antonio iba a comprar insumos para la panadería en una bodega del sector. Nadie preguntaba, nadie revisaba los recibos. Cuando Jusara quedó embarazada, lo supo una semana antes de la boda de Antonio y Natalia. Se enteró un martes con una prueba barata comprada en una droguería de la esquina.

 Esa noche Antonio llegó con su visita habitual y Jusara se lo dijo. Lo que ocurrió en esa habitación pequeña con el colchón sobre el piso y la bombilla sin pantalla quedó entre los dos. Lo que sí es claro es que Antonio no canceló la boda. Se casó el sábado siguiente con Natalia, bailó bals, cortó torta y el lunes volvió a abrir la panadería a las 4 de la mañana como si nada en el mundo hubiera cambiado.

 Durante los 8 meses siguientes, Antonio mantuvo la doble vida con una frialdad que resulta difícil de comprender. visitaba a Jusara cuando podía, le llevaba mercado, le pagaba las citas médicas del embarazo. A Natalia le decía que esas salidas eran por temas del negocio, proveedores que solo atendían fuera de horario, cuentas que había que cuadrar en persona.

 Natalia no tenía razones para dudar. Trabajaba codo a codo con él todos los días. Lo veía cansado, sí, pero el cansancio de un panadero es cosa conocida. El barrio no sabía nada, los clientes no sabían nada. La señora del puesto de jugos de la esquina no sabía nada. Hasta la propia madre de Natalia, que vivía en Soacha y llamaba todos los domingos, no sabía nada.

 Pero hay verdades que no pueden vivir encerradas para siempre. Hay secretos que crecen igual que los cuerpos de los niños que aún no nacieron hasta que ya no caben en el espacio donde los pusieron a esconder. Y fue precisamente eso lo que ocurrió en los primeros días de mayo de 2024. Natalia, que había estado sintiéndose extraña desde hacía semanas, con náuseas en las madrugadas y un cansancio distinto al del trabajo, fue a la droguería un jueves por la tarde, mientras Antonio horneaba.

compró una prueba de embarazo. Volvió al baño del apartamento de arriba de la panadería, el mismo donde Natalia había puesto una planta en la ventana y había cambiado las cortinas para hacer de ese lugar su hogar. El resultado fue positivo. Natalia salió del baño con la prueba en la mano y una sonrisa que no sabía muy bien si era de felicidad o de susto.

Bajó las escaleras. entró a la panadería por la puerta trasera. Antonio estaba sacando bandejas del horno. Ella se lo dijo. Él dejó las bandejas sobre el mesón y la miró. Y en ese momento, algo en la cara de Antonio cambió. No fue alegría, no fue sorpresa, fue algo más parecido al pánico. Esa noche, mientras Natalia dormía, Antonio llamó a Jusara y Jusara le dio una noticia que llevaba días guardando.

 El bebé estaba por nacer. Los médicos habían dicho que podía ser en cualquier momento de esa semana. Antonio colgó el teléfono, apagó la luz y en la oscuridad del cuarto donde Natalia dormía con una mano sobre el vientre todavía plano, comenzó a tomar la decisión más destructiva de su vida, una decisión que en los días siguientes desataría una cadena de eventos tan brutal, tan fría, tan irreversible, que el barrio Nuevo Quiroga no volvería a ser el mismo, que Colombia entera quedaría paralizada. cuando la historia

llegara a los noticieros, que el nombre de Natalia Rincón Pedraza se convertiría en una pregunta sin respuesta que perseguiría a la policía durante meses, pero eso vendría después. Esa noche, en el apartamento encima de la panadería, todo seguía en silencio. El pan del día siguiente ya estaba listo para hornear.

La planta en la ventana del baño seguía en su lugar y nadie, absolutamente nadie, en el barrio Nuevo Quiroga sospechaba lo que estaba a punto de comenzar. La semana que siguió al descubrimiento del embarazo de Natalia fue desde afuera completamente normal. La panadería abrió todos los días a las 4 de la mañana.

 Los panes de queso salieron a tiempo. Los clientes llegaron, compraron, se fueron. Doña Carmen pasó el miércoles a buscar sus roscones de costumbre. El niño del apartamento del fondo pasó el jueves a comprar mogollas para el desayuno del colegio. Todo tenía la apariencia de un martes cualquiera, multiplicado por siete.

 Pero dentro del apartamento de dos cuartos encima de la panadería, algo se había roto de manera irreparable. Antonio ya no dormía. se quedaba despierto mirando el techo con los ojos abiertos en la oscuridad mientras Natalia respiraba tranquila a su lado. Bajaba al local antes de tiempo, encendía el horno con una hora de anticipación, amasaba sin necesidad, como si el movimiento físico pudiera silenciar lo que le estaba pasando por dentro.

El jueves de esa semana, mientras Natalia atendía el mostrador y una fila de tres clientes esperaba su turno, sonó el teléfono de Antonio. Era Jusara, el bebé había nacido, un varón, 3,2. Los dos estaban bien. Antonio salió por la puerta trasera de la panadería con el pretexto de revisar la entrega de harina que llegaba ese día.

 Se fue caminando hasta el final de la cuadra. se sentó en el sardinel y estuvo así quieto durante 20 minutos, con el teléfono apretado entre las manos, mirando el pavimento como si en las grietas del asfalto pudiera encontrar alguna respuesta a lo que tenía que hacer. Cuando volvió, Natalia lo miró y le preguntó si estaba bien.

 Él dijo que sí, que solo era el cansancio. Ella le ofreció un tinto. Él lo aceptó. Y los dos siguieron trabajando en silencio, separados por un mostrador de madera y por un secreto que ya no tenía cómo seguir siendo secreto. Fue 4 días después cuando Antonio habló. Era un lunes muy temprano, antes de que abrieran.

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