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She was abandoned on the road, but the horse that appeared out of nowhere took her exactly where …

caminaba sin rumbo por el camino de tierra cuando el caballo apareció, solo, sin jinete, sin riendas que lo guiaran, con esa calma de animal que sabe exactamente lo que está haciendo, aunque nadie lo entienda todavía. Se detuvo frente a ella, la miró y lo que pasó después no tenía explicación racional, pero tenía toda la lógica del mundo.

 Si uno cree que hay cosas que suceden porque tienen que suceder. Hola, qué alegría tenerlos aquí con nosotros. Antes de continuar, cuéntanos en los comentarios desde dónde nos escuchan, desde qué ciudad, desde qué país. Nos da mucho gusto leerlos y responderles. Si todavía no están suscritos, este es el momento.

 Así, cuando contemos una nueva historia, serán los primeros en saberlo. Si esta historia ya les está gustando, dejen su like y activen la campanita. Ahora sí, continuamos. Remedios llevaba tres días caminando sin destino cuando Lucero apareció en el camino. No era un caballo cualquiera, era grande, castaño oscuro, con una mancha blanca en la frente que parecía puesta ahí a propósito.

 Tenía la silla puesta y las riendas colgando hasta el suelo, pero no había jinete. No había nadie en ninguna dirección del camino que pudiera explicarlo. Remedios conocía los caballos. Había aprendido de niña que los animales grandes leen a las personas mejor que las personas se leen entre sí.

 Se acercó despacio, sin gestos bruscos. El caballo la olió. Frotó el hocico contra su palma y luego hizo algo que remedios no esperaba. Dio media vuelta y caminó unos pasos hacia el norte. Se detuvo y la miró. ¿Quieres que te siga?, preguntó. El caballo no respondió, pero tampoco se movió de ahí. Remedios recogió las riendas del suelo, puso el pie en el estribo y montó el caballo.

 Arrancó hacia el norte sin que ella tuviera que guiarlo. La jornada duró casi 2 horas. No fue camino fácil. Lucero, porque así se llamaba, aunque remedios todavía no lo sabía, no tomó el camino de tierra, sino los atajos del monte. Subió por laderas, donde los pinos crecían tan juntos que la luz llegaba filtrada y verde. Cruzó un arroyo de piedras resbaladizas donde remedios tuvo que aferrarse a la silla.

Bajó por una cañada donde los elechos eran tan altos que le rozaban las rodillas. Remedios no intentó redirigirlo. Había algo en el modo en que el caballo se movía con propósito, sin duda, eligiendo cada paso, que le decía que este animal sabía exactamente a dónde iba y por qué. Cuando la hacienda apareció entre los árboles, Remedio se entendió.

 Era una propiedad grande, bien construida, con paredes de adobe grueso y techo de teja que hablaban de décadas de trabajo serio. Pero lo que más llamó su atención no fue la casa, sino el silencio. No había peones en los corrales, no había humo en la cocina. Los animales en el potrero andaban solos, inquietos, sin que nadie los atendiera.

 Lucero no se detuvo en el portón, caminó directo al establo, empujó la puerta con el hocico y entró. Remedios desmontó adentro. La luz era escasa. Olía a paja, a cuero y a algo más que tardó un segundo en identificar. Lo vio al fondo, junto a los pesebres, un hombre tirado en el suelo de tierra apisonada, de costado, con un brazo extendido. Respiraba.

 Eso fue lo primero que verificó. Se llamaba Isidoro Camargo y no quería ayuda. Eso quedó claro en cuanto abrió los ojos y vio a una mujer desconocida arrodillada junto a él en su propio establo. ¿Quién es usted?, preguntó con una voz ronca que intentaba sonar firme y no lo conseguía del todo. “Remedios, dijo ella.

 Me trajo su caballo.” Isidoro miró a Lucero, que estaba parado a 2 met observando la escena con esa calma suya. “Lucero no trae gente”, dijo Isidoro. “Pues hoy sí”, respondió Remedios. Isidoro intentó incorporarse. No pudo del todo. La fiebre lo tenía débil desde hacía días y la caída en el establo había sido el resultado de ignorarla demasiado tiempo.

 Estoy bien, dijo, aunque era evidente que no lo estaba. No está bien, dijo Remedios. Tiene fiebre alta y lleva tiempo en el suelo. ¿Cuándo comió por última vez? Isidoro no respondió. Eso ya era respuesta. Voy a buscar agua dijo Remedios. y se levantó antes de que él pudiera protestar. “No le pedí nada”, dijo Isidoro a su espalda.

 “Ya sé”, dijo ella desde la puerta del establo, sin voltearse. “Pero aquí estoy.” Lucero resopló y Cidoro lo miró. “No me mires así”, le dijo al caballo. Remedios no lo llevó a la cama. Entendió en los primeros 5 minutos que ese hombre no iba a aceptar ser llevado a ningún lado que sonara a invalidez. Entonces hizo lo que le pareció más sensato, trajo agua del pozo, encontró en la cocina lo que había para comer, poco, pero algo, y volvió al establo.

 Y Sidoro seguía en el suelo, ahora sentado con la espalda contra el pesebre de lucero, que había bajado la cabeza y la tenía apoyada sobre el hombro de su dueño con esa delicadeza enorme que tienen los animales grandes cuando alguien los necesita. Remedios puso el agua y la comida frente a él sin decir nada.

 Se sentó en el banco de ordeña que había en el rincón y esperó. Y Sidoro la miró. Va a quedarse ahí hasta que coma y tome agua. Sí. Y después, después veo. Y Sidoro comió. No porque quisiera darle el gusto a esa mujer desconocida, sino porque el cuerpo llevaba días pidiéndolo y ya no tenía fuerzas para seguir ignorándolo.

 Cuando terminó, el silencio en el establo era del tipo que no incomoda, sino que simplemente existe. Afuera, el viento movía los pinos con ese sonido constante de los bosques de Chiapas. ¿Por qué estaba caminando sola por ese camino?, preguntó Isidoro finalmente. Porque no tenía a dónde ir. Y ahora Remedios miró el establo, los pesebres, las herramientas colgadas en orden en la pared, los animales visibles por la puerta entreabierta en el potrero, sin que nadie los atendiera.

“Ahora estoy aquí”, dijo. Esa tarde, mientras Isidoro dormitaba apoyado en el pesebre con lucero de guardia, remedios, fue al potrero. Las cabras estaban inquietas, las gallinas andaban dispersas por el terreno sin orden. El maíz en los surcos del costado norte tenía días sin riego y lo decía con el color de sus hojas.

 Remedios abrió el granero, encontró los instrumentos, encontró el cubo del pozo y empezó a trabajar. No porque alguien le hubiera pedido, sino porque la tierra no espera y los animales no entienden de febrz ni de hombres caídos en establos. Cuando Isidoro se despertó una hora después y salió apoyándose en el marco de la puerta del establo, lo primero que vio fue a esa mujer desconocida regando el maíz con la misma concentración con que la tierra exige que la rieguen.

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