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SHE THOUGHT SHE WOULD RAISE HER SON ALONE ON THE FARM… UNTIL THE WIDOWED LANDOWNER ARRIVED AND PL…

Creía que criaría a su hijo sola en la finca, hasta que el ascendado viudo llegó e hizo un pedido. Eulalia Méndez no lloraba desde hacía 8 meses, no porque no tuviera razones, las tenía, las tenía de sobra. Pero el llanto gasta energía y la energía era lo único que no podía darse el lujo de perder. No con ese vientre creciendo, no con esa tierra seca mirándola cada mañana como si le preguntara cuánto tiempo más iba a aguantar.

 El último llanto había sido la noche que Rodrigo se fue. No se fue peleando. No hubo portazo ni palabras duras, ni siquiera una despedida honesta. Simplemente una mañana ella se despertó y la mitad de las cosas ya no estaban. La maleta vieja de cuero marrón, las botas de trabajo, el dinero que guardaban en la lata de café sobre el armario, todo como si nunca hubiera existido.

 Lo que sí quedó fue ella y lo que crecía dentro de ella. En San Miguel de las Quebradas, las noticias viajan más rápido que el viento del norte. Para cuando Eulalia llegó al mercado tres días después, ya todos sabían. Las miradas lo decían todo, esa mezcla de lástima y juicio que la gente de pueblo maneja también, esa forma de ver a alguien como si fuera al mismo tiempo víctima y culpable de su propia desgracia.

 Doña Remedios, la del puesto de tortillas, fue la única que le habló directo. Mi hija, ¿y ahora qué vas a hacer? Eulalia acomodó la bolsa en el hombro, miró a la mujer a los ojos y respondió con una calma que ella misma no sabía de dónde sacaba. Seguir y siguió. Los primeros meses fueron los más duros. El barraco donde vivían era pequeño, construido con adobe y madera vieja, con un techo de lámina que en época de lluvia hacía más ruido que una tormenta de verdad.

 Tenía una sola habitación, una cocina de leña y un solar de tierra donde Eulalia había intentado con muy poco éxito sembrar quelites, epazote y algo de calabaza. La tierra no era generosa, era pedregosa, seca, inclinada hacia un lado, como si estuviera huyendo de algo. Pero era lo que había. Eulalia aprendió a leer esa tierra como se lea una persona difícil, con paciencia, sin esperar demasiado, celebrando lo poco que daba.

 Con el embarazo avanzando, los trabajos que podía aceptar se fueron reduciendo. Antes lavaba ropa para tres familias del pueblo. Antes cosía vestidos para las fiestas. Antes cargaba costales en el mercado los días de tianguis. El cuerpo ya no le permitía todo eso. Las rodillas le fallaban.

 La espalda protestaba desde las 6 de la mañana. Pero Eulalia Méndez pedía ayuda, no porque fuera orgullosa, o tal vez sí un poco, pero sobre todo porque había aprendido desde muy joven que la ayuda siempre tiene un precio. Su madre se lo enseñó sin querer, aceptando favores que luego se convirtieron en deudas que tardaron años en pagarse.

 Su abuela lo decía de otra forma, con esa sabiduría de mujer que ha visto mucho. El que da sin que le pidan siempre va a cobrar sin que le deban. Así que Ulalia cargaba sola y seguía. Fue un martes a mediados de septiembre cuando todo cambió. Ella estaba en el solar, de rodillas en la tierra a pesar del vientre, intentando trasplantar unas matas de chile que había conseguido de las semillas que le sobró a don Cleofas del mercado.

 El sol pegaba fuerte, el sudor le escurría por la nuca, tenía las manos sucias hasta los codos y el pelo mal recogido, cayéndole en mechones sobre la cara. Escuchó pasos pesados, lentos, el ruido de algo arrastrando en el camino. Levantó la vista. Frente a su cerca de madera carcomida había un hombre alto, de hombros anchos, con la piel oscurecida de tanto sol.

 Tenía una pala apoyada sobre el hombro derecho como si fuera parte de él. Detrás, amarradas con una soga a su cinturón, dos vacas flacas, pero vivas, lo seguían con esa resignación que solo tienen los animales acostumbrados a caminar mucho. Eulalia no lo conocía de verlo, pero lo había escuchado nombrar don Nazario Castañeda.

 Todo el mundo en San Miguel de las Quebradas lo conocía, aunque pocos lo habían tratado de cerca. Asendado, viudo desde hacía 3 años. dueño de más tierras que las que cualquiera podía contar con los dedos de las dos manos. Un hombre de pocas palabras y menos sonrisas, según decían, del tipo que uno respeta sin que le expliquen muy bien por qué.

 Él no llamó, no saludó, solo se detuvo frente a la cerca y la miró con esos ojos oscuros y directos, como si estuviera evaluando algo. Eulalia se puso de pie despacio con el esfuerzo que le costaba cada movimiento. Ahora se limpió las manos en el delantal y lo miró de frente. No iba a agachar la cabeza frente a nadie sin importar quién fuera.

 “¿Puedo ayudarle en algo?”, preguntó con una voz más firme de lo que se sentía. El hombre soltó la soga de las vacas, las amarró al poste de la cerca y recargó la pala contra ella. Luego, sin apurarse, sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa y lo sostuvo hacia ella por encima de la cerca. Eulalia no se movió. ¿Qué es eso? Un mapa, dijo él.

 La voz era grave, sin adornos. De parte de mis tierras que necesito que alguien cuide. Silencio. Eulalia lo estudió. Buscó en su cara algo que le dijera qué estaba pasando realmente. No encontró burla ni lástima, ni ninguna de las cosas que esperaba. No entiendo, dijo ella. Tengo una porción de tierra al noreste de mi hacienda explicó él con la misma economía de palabras.

 Una casa vieja, un pozo, algunos frutales que todavía dan. Llevo dos años intentando que alguien viva ahí y la trabaje. Nadie acepta. ¿Por qué nadie acepta? La primera vez que él dudó. Solo un segundo. Pero Eulalia lo notó. Hay una disputa vieja con la familia Aguirre por los límites de ese terreno. La gente del pueblo tiene miedo de meterse en eso y usted viene a ofrecérmelo a mí.

 Vengo a proponérselo. ¿Cuál es la diferencia? Él inclinó levemente la cabeza. Como si la pregunta le pareciera válida. Una oferta se acepta o se rechaza. Una propuesta se negocia. Eulalia cruzó los brazos. El vientre se lo impedía del todo, así que los puso en la cintura. Sigo sin entender que gana usted con esto, don Nazario.

 Que alguien habite esa tierra, que esté presente, que la trabaje. Mientras esa zona esté vacía, los Aguirres siguen reclamando que les pertenece. Si hay alguien viviendo ahí bajo mi nombre, el argumento legal cambia. O sea, me necesita de escudo. Le estoy ofreciendo una casa, tierra fértil, agua, un lugar donde criar a su hijo dijo él, y miró el vientre sin esconder que lo había notado desde el principio.

 A cambio de su presencia y su trabajo, nada más. Eulalia no respondió de inmediato. Miró el papel que él seguía sosteniendo. Miró las vacas atadas a su cerca. Miró el solar seco donde sus chiles apenas sobrevivían. Y si los Aguirres se ponen violentos, no lo harán mientras yo esté vivo. Eso no es una garantía muy tranquilizadora, don Nazario.

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