Luchaba sola por sobrevivir construyendo casa de barro hasta que asendado viudo llegó sin nada. Las manos de Candela Ruiz estaban cubiertas de barro hasta los codos cuando escuchó el sonido. No era el viento, no era el río que bajaba por el costado del cerro, era algo diferente, un paso arrastrado, lento, irregular, como de alguien que ya no tenía fuerzas para levantar los pies del suelo. Ella no se detuvo de inmediato.
Siguió mezclando el barro con la paja, apretando con los puños, dándole consistencia a la mezcla que luego extendería sobre la pared, que ya tenía casi un metro de altura. 3 meses construyendo, tres meses cargando piedras desde el arroyo, cortando caña brava, mezclando tierra con sus propias manos, tres meses sin hablar con nadie que valiera la pena.
Pero el sonido no desapareció, se hizo más cercano y entonces, sin querer, Candela levantó la vista. Lo que vio al final del camino de tierra no era lo que esperaba, porque ella no esperaba nada. Esa era la regla que se había impuesto desde el día que llegó a Cerro Hondo del silencio, cargando una mochila, un machete viejo y la firme decisión de no necesitar a nadie más en su vida. Era un hombre.
Caminaba despacio con los hombros caídos y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, como si el peso de algo invisible lo empujara desde arriba. En la mano derecha llevaba dos gallinas muertas atadas por las patas. En la izquierda una cuerda gruesa que jalaba a un viejo chivo gris que caminaba a su lado con la misma resignación que su dueño.
No traía maleta, no traía bolso, no traía nada más que lo que sus manos sostenían. Candela se incorporó despacio. No tomó el machete que estaba apoyado en la pared sin terminar, pero no lo perdió de vista tampoco. 20 pasos entre ella y la herramienta. Lo calculó sin pensarlo, como quien lleva años calculando distancias por instinto de supervivencia.
El hombre llegó hasta el borde del terreno y se detuvo. La miró a ella, miró la construcción. miró el terreno pelado alrededor, las piedras apiladas, los amarres de caña que sujetaban las esquinas de la estructura, la tinaja grande donde Candela preparaba la mezcla. Lo vio todo con una expresión que no era de curiosidad, era de reconocimiento, como si entendiera exactamente lo que significaba estar parado frente a eso.
“¿Está construyendo sola?”, preguntó. La voz era profunda, un poco rasposa, pero sin agresividad. “Lo parece”, respondió Candela sin moverse. El hombre dejó escapar algo que no era exactamente una risa. Era más bien el sonido que hace alguien cuando reconoce una respuesta que él mismo hubiera dado. “Sí”, dijo, “Lo parece.” Hubo un silencio largo.
El chivo aprovechó para bajar la cabeza y morder unos matorrales secos cerca del camino. Las gallinas muertas colgaban inmóviles. ¿Qué busca?, preguntó Candela. El hombre tardó un momento en responder. No como quien miente y necesita tiempo para construir la mentira, sino como quien dice la verdad.
Y la verdad todavía le duele pronunciarla. un lugar donde pasar esta noche, dijo, “mañana ya veo.” Candela lo estudió. Tenía más de 50 años, eso era evidente, las manos grandes, curtidas, con cicatrices que no eran de pelea, sino de trabajo. La ropa estaba sucia, pero no era ropa de mendigo, era ropa de hombre que había tenido ropa buena alguna vez y que ahora la llevaba al límite.
Los zapatos eran de cuero, desgastados, con la suela despegándose en el costado izquierdo. No era un vagabundo común, pero tampoco era alguien que tuviera a dónde ir. No tengo cuarto, dijo Candela. No tengo cama. No tengo más que lo que ve. Lo sé, respondió él. No pido cuarto ni cama, solo un rincón techado.
La mitad de esto no tiene techo todavía. La otra mitad sí. Candela entrecerró los ojos. Era verdad. El primer cuarto, el más pequeño, ya tenía el techo de palma que ella había tardado dos semanas en colocar sola. Era bajo, caluroso, apenas suficiente [carraspeo] para que ella extendiera su petate y guardara sus cosas.
¿Por qué no sigue al pueblo?, preguntó. Quedan unos 12 km. Porque no tengo nada que hacer en el pueblo, respondió el hombre con una calma que no era indiferencia. Era algo más pesado, algo que Candela reconoció sin querer porque ella misma lo había cargado cuando llegó. Era la calma de alguien que ya no tiene vergüenza de su situación, que ya pasó por el momento en que intentó fingir que todo estaba bien y que ahora simplemente dice lo que es. Candela miró el cielo.
Ya eran las 4 de la tarde y las nubes sobre el cerro eran de las que no engañaban. Antes de que oscureciera iba a llover. Suspiró. Las gallinas las cocina usted, dijo. Y mañana a primera hora se va o me ayuda con esa pared. No hay términos medios. El hombre asintió. ¿Cómo se llama?, preguntó ella. Basilio respondió. Basilio Ordóñez.
Candela no dijo nada más. Se dio la vuelta y volvió a su barro. Él ató el chivo a una estaca cerca del matorral y se puso a buscar leña sin que nadie se lo pidiera. Esa noche comieron en silencio. La lluvia llegó puntual, como ella lo había calculado, y golpeó el techo de palma con fuerza. El chivo se quejó afuera hasta que Basilio salió bajo el aguacero y lo metió al rincón más protegido del muro sin techo.
Regresó empapado, se sentó cerca del fuego sin decir nada y extendió las manos hacia las llamas. Candela lo observó de reojo. Notó que no miraba sus cosas, no miraba sus pertenencias, no registraba con los ojos el espacio buscando qué había de valor. Muchos hombres hacían eso sin darse cuenta. Basilio no solo miraba el fuego con esa expresión de quien tiene demasiadas cosas en la cabeza y ha decidido no pensar en ninguna de ellas por esta noche.
¿De dónde viene?, preguntó Candela finalmente. Él tardó de lejos dijo, “Todo el mundo que llega aquí viene de lejos”, respondió ella. Cerro hondo del silencio no está en el camino de ningún lugar. Uno llega aquí porque quiere llegar o porque no tiene a dónde más ir. Basilio la miró y por un momento, en los ojos del hombre, Candela vio algo que no supo descifrar del todo.
No era miedo, no era hostilidad, era algo parecido a la sorpresa de quien no esperaba que la persona frente a él entendiera las cosas con esa claridad. Y usted, preguntó él, ¿por cuál de las dos razones llegó? Candela metió un palo al fuego. Por las dos, dijo, y no dijo nada más. La lluvia siguió toda la noche.
El fuego fue consumiéndose poco a poco. En algún momento, sin que ninguno de los dos lo decidiera exactamente, los dos se quedaron dormidos en sus respectivos lados del cuarto pequeño y caluroso que olía a barro fresco y a humo de leña. El chivo dejó de quejarse afuera y cerro hondo del silencio siguió siendo lo que era, un lugar donde el mundo de afuera no llegaba.
O al menos eso era lo que Candela necesitaba creer. Pero el mundo de afuera siempre llega, solo que a veces llega despacio, con paso arrastrado, cargando dos gallinas muertas y un viejo chivo gris, y uno no lo reconoce hasta que ya está adentro. La mañana siguiente amaneció lavada y fría. El cerro olía a tierra mojada y a pasto aplastado.
Las nubes se habían ido dejando un cielo azul limpio que Candela siempre había pensado que era el único lujo verdadero que tenía este lugar. Se levantó antes que Basilio, hizo lo que hacía cada mañana, revisó el terreno, verificó que las paredes no hubieran cedido con la lluvia, chequeó los amarres de caña en las esquinas y evaluó mentalmente lo que quedaba por hacer.

Todavía faltaba levantar el muro del fondo hasta la altura necesaria para colocar el segundo techo, terminar el marco de la puerta principal y construir el pequeño corral que necesitaba para los dos pollos que le quedaban vivos después de que uno muriera de no se supo qué la semana anterior. Era mucho para una sola persona.
Ella lo sabía, lo había sabido desde el principio, pero había aprendido a no pensar en lo que faltaba. sino en lo que se podía hacer hoy, un día, un muro, una piedra sobre otra. Cuando Basilio salió, ella ya estaba mezclando el barro. Él no preguntó qué había que hacer. Miró la pared del fondo, miró las piedras apiladas, miró la mezcla y agarró una piedra del montón.
Esas van por aquí”, dijo Candela sin mirarlo, señalando con la cabeza la parte baja del muro. “Lo sé”, respondió él y empezó a trabajar. Candela lo observó sin que él se diera cuenta. La forma en que acomodaba las piedras no era la de alguien que hubiera aprendido a construir leyendo, era la de alguien que lo había hecho con las manos muchas veces.
Inclinaba la piedra antes de asentarla para verificar el nivel sin usar nivel. Golpeaba con el puño en el costado para escuchar si sonaba hueco. Aplicaba la mezcla de barro con una presión pareja que sellaba sin desperdiciar material. ¿Dónde aprendió eso?, preguntó Candela. Construí mi primera casa a los 16 años, respondió él sin parar de trabajar con mi padre de barro y piedra, igual que esta.
¿Y dónde está esa casa ahora? Hubo una pausa breve, solo un segundo. Ya no existe, dijo Basilio. Candela no preguntó más. Trabajaron juntos toda la mañana con pocas palabras y mucha eficiencia. Era extraño, pensó ella, como dos personas que no se conocían podían encontrar un ritmo de trabajo sin necesidad de discutirlo.
Él levantaba, ella mezclaba, ella señalaba, él ajustaba. sin roces, sin disputas por el espacio, sin los pequeños conflictos de territorio que suelen aparecer cuando dos desconocidos comparten un trabajo físico. Al mediodía, la pared del fondo había crecido casi 40 cm. Era más de lo que Candela había logrado sola en una semana.
Se sentaron a comer lo que quedaba del caldo de gallina de la noche anterior. Ahora frío, pero todavía con sabor. El chivo pastaba tranquilo cerca del matorral. Los dos pollos vivos de candela se paseaban por el terreno picoteando la tierra húmeda. ¿Cuánto tiempo tiene aquí?, preguntó Basilio. “Tres meses y medio, respondió ella. Y antes de aquí, antes de aquí no importa.
” Él asintió, sin insistir, sin el gesto de curiosidad ofendida que tienen algunas personas cuando sienten que se les cierra una puerta. solo aceptó la respuesta y siguió comiendo. ¿Tiene papeles de este terreno?, preguntó después. Candela lo miró. Había algo distinto en esa pregunta. No era una pregunta casual. ¿Por qué lo pregunta? Porque estas tierras Basilio hizo una pausa.
Porque esta zona tiene historia. Nada más. Tengo un documento firmado por el giratario mayor de hondo profundo dijo ella. Me lo dio cuando llegué. 3 hectáreas para uso y construcción a cambio de trabajo comunitario durante 2 años. Basilio asintió lentamente, pero Candela notó que algo en su expresión había cambiado apenas, algo pequeño, casi imperceptible.
¿Conoce este lugar?, preguntó ella directo. No, respondió él rápido, demasiado rápido. Candela guardó la pregunta en algún lugar de su mente. No la presionó, pero no la olvidó. Mañana hay que bajar piedras del arroyo”, dijo cambiando el tema. Si va a quedarse unos días más, esa va a ser la tarea del amanecer. ¿A qué hora sale? Cuando todavía está oscuro.
El calor aquí es traidor. Conozco ese calor, dijo Basilio. Y en esa frase, sin que viniera a cuento, había algo que sonaba a más de lo que decían las palabras, como si estuviera hablando de algo más que del sol. Pero Candela no lo siguió por ese camino. Levantó su plato, lo llevó a la tinaja de agua y volvió al barro.
Los días que siguieron establecieron una rutina que ninguno de los dos había planeado, pero que los dos respetaron como si hubiera sido acordada desde el principio. Antes del amanecer, Basilio bajaba al arroyo y subía piedras. Candela, preparaba la mezcla y organizaba los materiales del día. A media mañana trabajaban juntos en la construcción.
Al mediodía comían lo que hubiera, que generalmente era poco pero suficiente. Por la tarde, Candela continuaba mientras Basilio atendía al chivo, buscaba leña y hacía las reparaciones pequeñas que la construcción iba necesitando. Al anochecer, comían en silencio o con conversaciones cortas, y cada uno se iba a su lado.
Él dormía en el espacio sin techo bajo un pedazo de lona que había encontrado entre las cosas que Candela tenía guardadas y que ella le cedió sin comentarios. En cinco días el muro del fondo llegó a la altura necesaria. En 8 días el marco de la puerta estaba terminado. En 12 días Candela se paró en el centro de lo que iba a ser el cuarto principal y miró a su alrededor con algo que no era exactamente alegría, pero que se le parecía bastante.
“En otro mes está listo”, dijo Basilio desde afuera. “En tres semanas”, corrigió Candela. “Si no llueve más de la cuenta.” Él sonríó. Era la primera vez que ella le veía una sonrisa completa, ¿no? Ese amago de media sonrisa que a veces le salía cuando ella decía algo que lo tomaba por sorpresa. Era una buena sonrisa.
Candela lo pensó y luego se molestó consigo misma por haberlo pensado. ¿Qué va a hacer cuando esté lista?, preguntó él. Vivir, respondió ella simplemente. ¿Y de qué? Tengo semillas. Ya limpié media hectárea para siembra, frijol, chile, calabaza, algo de maíz y con el tiempo más animales. Es un buen plan, dijo él. No es un plan, dijo Candela.
Es lo que hay. Basilio la miró un momento. A veces es eso es suficiente, dijo. Esa noche Candela tardó más en dormirse de lo habitual, no por el calor ni por los ruidos del cerro que ya conocía de memoria, sino por una pregunta que no podía quitarse de la cabeza. ¿Quién era realmente Basilio Ordóñez? No era un campesino común. Eso lo tenía claro.
Sabía demasiado de tierras, de construcción, de animales. Sabía leer el terreno como quien lo ha poseído. Tenía las manos de un trabajador, pero los modales de alguien que había estado en otro nivel. Y esa pregunta sobre los papeles del terreno, esa pequeña pausa, ese ya no existe. Cuando habló de su primera casa había algo que no encajaba y en cerro hondo del silencio, las cosas que no encajaban tenían la costumbre de encajar de la peor manera posible cuando uno menos lo esperaba.
Fue el día 13 cuando llegó el primer aviso. Candela estaba sola en el terreno. Basilio había ido al arroyo más temprano de lo habitual cuando escuchó un motor. No era común. En tres meses y medio habían pasado por el camino de tierra frente a su terreno exactamente cuatro vehículos, dos camionetas de elegido con material, una moto de un muchacho que se había perdido y una camioneta vieja que llevaba a una familia de vuelta al pueblo.
Este motor era diferente, era potente, de camioneta nueva, se detuvo frente al terreno. Del vehículo bajaron dos hombres, jóvenes, bien vestidos para ser del campo, con botas nuevas que no tenían ni una mancha de barro. Uno traía un sombrero de paja fino, el otro traía un portafolios de cuero. “Buenos días”, dijo el del sombrero con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
“¿Es usted la señora que está construyendo aquí, señorita?”, dijo Candela. “¿Qué se les ofrece? Venimos de parte del licenciado Fuentes, dijo el del portafolios, de la oficina de tierras de hondo profundo. Hay un asunto que clarificar respecto a este terreno. Candela sintió algo frío moverse por su estómago, pero su cara no lo mostró.
¿Qué asunto? El del portafolio se abrió la carpeta y sacó unos papeles. Hay un reclamo de propiedad sobre esta parcela, dijo. Un señor presentó documentación en la cabecera municipal la semana pasada alegando que estas 3 hactáreas forman parte de una propiedad mayor que le fue quitada de manera irregular hace 2 años. Si el reclamo procede, el acuerdo que usted tiene con el quedaría sin efecto.
Candela miró los papeles sin tocarlos. ¿Quién es ese señor? Eso es información confidencial del proceso, dijo el del sombrero. Pero el licenciado quiere que usted sepa que hay una solución amistosa posible. Si usted está dispuesta a No estoy dispuesta a nada todavía, dijo Candela cortando.
Tengo un documento firmado y registrado. Si alguien tiene un reclamo, que lo haga por la vía legal como corresponde. Los dos hombres se miraron. Señorita, dijo el del sombrero con un tono que intentaba ser amable, pero que tenía un filo debajo. Le recomendamos que piense bien antes de ponerse difícil. Estas cosas a veces se complican más de lo necesario.
Ya estoy complicada, [carraspeo] respondió Candela sin moverse. Buenos días. Hubo un silencio de tres o cu segundos que se sintió largo. Luego los dos hombres se subieron a la camioneta y se fueron. Candela se quedó parada mirando el polvo que levantaba el vehículo al alejarse. Tenía las manos crispadas a los costados.
No era miedo exactamente, era algo más caliente que el miedo. Era rabia. Rabia porque tres meses y medio de trabajo, de barro en las manos, de piedras cargadas desde el arroyo, de noches bajo lluvia y mañanas con hambre, podían borrarse con unos papeles que alguien con dinero consiguiera en una oficina. Conocía esa mecánica, la había visto funcionar antes.
Fue entonces cuando Basilio regresó del arroyo cargando piedras en los brazos. Se detuvo al verle la cara a Candela. ¿Qué pasó?, preguntó. Ella lo miró y en ese momento, sin saber por qué, tuvo una corazonada que le subió desde el estómago hasta la garganta. ¿Usted conoce a alguien que se llame licenciado Fuentes?, preguntó Basilio.
Bajó las piedras al suelo despacio y tardó un segundo demasiado largo antes de responder. ¿Por qué me pregunta eso? Candela no respondió de inmediato. Lo dejó en la pregunta, observándolo, midiendo cada pequeño gesto de su cara. Había aprendido a leer a las personas de esa manera, no con psicología ni con intuición femenina, como dirían algunos, sino con la misma atención.
con que leía el cielo antes de la lluvia o el color del barro antes de mezclarlo. La observación pura, sin apresurarse a una conclusión, Basilio sostuvo su mirada, eso también lo notó. No desvió los ojos, no hizo el movimiento de quien tiene algo que esconder y sabe que lo saben. Pero sí hubo algo. Una tensión muy pequeña en la mandíbula, un ligero endurecimiento alrededor de los ojos.
Vinieron dos hombres. dijo finalmente Candela. Dijeron ser del licenciado Fuentes de la oficina de tierras de hondo profundo. Dijeron que hay un reclamo sobre este terreno. Basilio no dijo nada. ¿Conoce ese nombre o no? Él soltó el aire lentamente por la nariz. Se sentó sobre las piedras que acababa de bajar como si de repente le pesaran las piernas. “Sí”, dijo. “Lo conozco.
” Candela cruzó los brazos. Cuénteme. Basilio miró hacia el cerro un momento, luego la miró a ella. El licenciado Fuentes no es el que tiene el reclamo dijo. Él es el que gestiona los reclamos para otros. Es el intermediario legal de don Aurelio Cepeda. ¿Quién es don Aurelio Cepeda? El hombre que me quitó mis tierras.
El silencio que siguió fue de esos que tienen peso. Candela lo dejó estar. ¿Cuántas tierras? preguntó. [carraspeo] 400 haectáreas, respondió Basilio, entre ellas estas tres en las que usted está construyendo. Candela sintió que el mundo daba un pequeño vuelco. No lo mostró. Mantuvo la voz completamente plana.
Entonces usted no vino aquí por casualidad. No, admitió Basilio. Vine porque sabía que estas tierras pertenecían al ejido provisional que se formó cuando mis propiedades fueron fraccionadas. Vine a ver qué había quedado, a ver si había algo que pudiera recuperar por la vía legal antes de que Cepeda cerrara los últimos huecos. ¿Y qué encontró? A usted.
Candela descruzó los brazos, dio tres pasos hacia él y se paró a menos de un metro. Escúcheme bien, dijo con una calma que era más amenazante que los gritos. Yo no soy un hueco que alguien dejó. Llevo casi 4 meses en este terreno. Tengo un acuerdo legal. Tengo paredes levantadas con mis manos y si usted vino aquí con la intención de reclamar algo que está bajo mis pies, entonces necesita decirme ahora mismo si debo tratarlo como un aliado o como otro enemigo.
Basilio la miró. Y en sus ojos no había cálculo ni manipulación. Había algo que Candela reconoció con una precisión incómoda. Había vergüenza. No vine a quitarle nada, dijo él. Vine a ver, solo a ver. Y cuando llegué y la vi construyendo sola, hizo una pausa. Entendí que si Sepeda mueve esta ficha, el problema es suyo tanto como mío, porque los dos perdemos.
Entonces, los dos tenemos el mismo enemigo. Sí. Candela respiró profundo. Miró la pared que habían levantado juntos en los últimos días. Luego volvió a mirarlo a él. ¿Por qué no me lo dijo desde el principio? Basilio tardó. Porque no sabía si podía confiar en usted, respondió. Y porque otra pausa. Porque no quería que me viera como otro problema.
Ya tenía suficientes con los propios. Era una respuesta honesta. Candela la reconoció como tal. No significaba que estuviera bien, no significaba que todo estuviera resuelto, pero era honesta. “Cuénteme todo”, dijo desde el principio. No quiero versiones recortadas. Quiero saber con qué estamos tratando. Basilio asintió y habló. La historia de Basilio Ordóñez no era de las que se contaban en 5 minutos.
Empezaba 20 años atrás, cuando él heredó de su padre una hacienda en el municipio de San Marcos del Valle, al otro lado de la sierra que se veía desde Cerroondo del silencio. Era tierra buena, de las que producían maíz, zorgo y frijol sin mucho esfuerzo, con un río que la cruzaba por el norte y que hacía innecesario depender del temporal.
Su padre la había trabajado durante 40 años y la había mantenido libre de deudas. Basilio la siguió trabajando. Casó con una mujer del pueblo que se llamaba Remedios. Tuvieron una hija. Ampliaron la propiedad comprando parcelas de ejidatarios que querían salir al norte. Con los años, lo que había sido 400 hectáreas del Padre se convirtió en casi 700 del Hijo.
No era rico como los ricos de ciudad, era rico como los ricos del campo, en tierras, en animales, en cosechas, en crédito ante los demás. Y eso en algunas regiones era suficiente para que alguien quisiera lo que tenías. Aurelio Cepeda llegó al municipio hace 6 años como representante de una empresa de agroindustria del centro del país.
Al principio fue amable, respetuoso, con proyectos de inversión que sonaban razonables. Quería comprar una parte de las tierras de Basilio para instalar un centro de acopio que beneficiaría a toda la región. Basilio se negó. Cepeda no insistió. Al menos no de frente. Lo que siguió fue lento y sistemático.
Primero, problemas con el registro de los títulos de propiedad, documentos que aparecían con irregularidades que Basilio juraba no haber cometido, luego deudas que alguien fabricó usando su nombre ante instituciones donde él nunca había pedido un préstamo. Después, un proceso judicial impulsado por Cepeda que alegaba que parte de las tierras de Basilio habían sido adquiridas de manera irregular décadas atrás por su padre.
El licenciado Fuentes fue el arquitecto legal de todo. Dos años de juicio. Basilio vendió animales para pagar abogados. Los abogados perdieron. Apeló. perdió de nuevo. Los procesos se fueron extendiendo, acumulando costos, hasta que lo que había sido una propiedad sólida fue convirtiéndose en una propiedad endeudada, luego embargada, luego dividida por resolución judicial.
Remedios. Su esposa no aguantó el proceso. No fue por falta de amor, fue por miedo. Cuando empezaron las amenazas veladas, cuando aparecieron marcas en las puertas de la casa, cuando uno de sus peones amaneció golpeado sin que nadie supiera quién lo había hecho, ella tomó a su hija y se fue con su familia al norte. ¿La buscó?, preguntó Candela.
Sí, dijo Basilio, y ella me dijo que volvería cuando todo se resolviera, que no podía tener a nuestra hija en medio de eso. Y se resolvió. Perdí las tierras, dijo él con una voz sin inflexión. No hubo nada que resolver. Gandela procesó eso y su hija tiene 16 años. La veo cuando puedo, que es poco. Y Cepeda se quedó con todo, con casi todo.
Las 400 haectáreas que quedaron del juicio las fraccionaron. La mayoría fueron a empresas que tienen relación con Cepeda, aunque no directamente. Algunas partes, las que tenían problemas de acceso o eran menos rentables, fueron cedidas al ejido de hondo profundo como parte de un acuerdo político. Estas 3 hectáreas son parte de esa sesión.
Candela entendió ahora. Entonces, técnicamente estas tierras son de elegido, dijo, y mi acuerdo es válido. Sí. dijo Basilio, pero Cepeda tiene influencia sobre el licenciado Fuentes y sobre varios funcionarios del municipio. Si decide impugnar la sesión a elegido, puede enredar el proceso durante meses o años.
Y durante ese proceso usted no podría hacer nada con el terreno sin arriesgar perderlo. ¿Por qué querría estas tres hectáreas? Son las peores de toda la propiedad. Basilio asintió. Pero tienen algo que las otras no tienen. Dijo el acceso al arroyo. Sin este pedazo, las parcelas más grandes del norte no tienen salida de agua durante el verano.
Cepeda lo sabe, por eso las dejó para el final. Candela miró hacia el arroyo, luego miró la construcción, luego miró a Basilio. ¿Y usted qué quiere de esto? Tengo documentación que demuestra que la sesión original a Cepeda fue fraudulenta, dijo, “no toda, pero suficiente para impugnar parte del proceso. Si consigo que un juez acepte revisar el caso, puedo recuperar al menos una porción de lo que era mío, pero necesito tiempo y necesito un lugar desde donde moverme sin que Cepeda sepa que estoy aquí.
” Ahí estaba, la razón real de su presencia. Candela lo miró durante un buen rato. Entonces me usó, dijo sin rabia exagerada, solo constatando. Al principio sí, admitió Basilio, pero en estos 12 días se detuvo. No, no la estoy usando ahora. Ahora la estoy ayudando porque si Sepeda le quita este terreno a usted, también pierde yo mi mejor argumento.
Los intereses coinciden. Sí, eso no es lo mismo que confiar. Lo sé. Candela caminó hasta el muro del fondo y pasó la mano por las piedras, las mismas que habían colocado juntos esa semana. Sintió la dureza de la roca y la suavidad del barro que las unía. pensó en lo que significaba eso. Dos materiales completamente distintos que juntos hacían algo que por separado no podían hacer.
¿Tiene esa documentación con usted?, preguntó. En un lugar seguro, “No aquí.” ¿Cuánto tiempo necesita para conseguir un abogado que tome el caso sin cobrar por adelantado? Un mes, tal vez seis semanas. Candela pensó. La situación era esta. Ella tenía un terreno que podía ser impugnado. Él tenía documentación que podía ser útil. Ninguno de los dos tenía dinero ni influencias, pero juntos tenían información, presencia física en el terreno y un acuerdo legal que valdría más si hubiera más de una persona protegiéndolo.
Se queda, dijo finalmente, pero hay condiciones. Diga, nada de secretos. lo que sepa que afecta este terreno, me lo dice inmediatamente, no después. ¿De acuerdo? Si vienen esos hombres de nuevo, yo hablo. Usted no existe hasta que tengamos claro qué movimiento conviene hacer. ¿Entendido? Y sigue trabajando, no solo por el trato inicial, sino porque necesitamos terminar esta casa antes de que empiece el proceso legal.
Porque cuando ese proceso empiece, quiero tener paredes, quiero tener techo, quiero tener siembra comenzada y quiero que cualquier juez o funcionario que pise este terreno vea que aquí vive alguien que no se va a mover. Basilio la miró con algo que era más que respeto. ¿Sabe usted lo que es hacer eso?, preguntó.
Sé lo que es perder lo que se construye por no haberlo defendido a tiempo, respondió Candela. Y en esa respuesta había algo que Basilio no preguntó, pero que entendió esa tarde trabajaron más que en cualquier otro día desde que él llegó. Había algo distinto en el ritmo. No era solo eficiencia, era otra cosa. La urgencia de dos personas que finalmente saben para qué están trabajando juntas y que ese para qué tiene una amenaza real detrás.
Mientras levantaban el muro, Candela fue contando lo que no había contado todavía. Lo hizo despacio, sin dramatismo, como quien repasa una lista de hechos que ya dejaron de doler porque se convirtieron en información. Ella era de Oaxaca, de un pueblo pequeño al sur del estado. Su familia tenía un pedazo de tierra de temporal que su abuelo había dejado.
No mucho, solo suficiente para que no pasaran hambre. Su madre murió cuando ella tenía 11 años. Su padre volvió a casarse con una mujer que nunca la quiso. A los 15 su padre murió también. Y la tierra, por supuesto, fue para la madrastra. ¿No tenía derechos sobre ella? Preguntó Basilio. Tenía derechos que nadie iba a ayudarme a hacer valer, respondió Candela.
Tenía 15 años, era mujer y no tenía dinero para abogados. Los derechos sin poder para ejercerlos son solo palabras. Se fue a trabajar a la ciudad. 9 años de trabajo en casas ajenas, en cocinas ajenas, en laundries y tiendas y lo que fuera. Juntó dinero. Estudió por las noches en el INEA para terminar la preparatoria.
Aprendió a llevar cuentas, a firmar contratos, a leer los documentos que le ponían enfrente antes de firmarlos. Y entonces conoció a un hombre. No hace falta que empezó Basilio. Sí hace falta, dijo Candela, para que entienda por qué llegué aquí y por qué no me voy. El hombre se llamaba Rodrigo. Era contratista de construcción, atractivo, trabajador, con proyectos que sonaban sólidos.
Candela invirtió en uno de esos proyectos los ahorros de 7 años, 42,000 pesos, todo lo que tenía. El proyecto era real. Las intenciones, ¿no? Rodrigo desapareció con el dinero y con los documentos que probaban la inversión y como el acuerdo había sido informal, sin notario ni testigos válidos, no había nada que Candela pudiera demostrar legalmente.
¿Lo denunció?, preguntó Basilio. Sí. El Ministerio Público tomó la denuncia y la archivó en dos semanas, dijo ella. Rodrigo tenía conexiones con gente del municipio. Eso ya lo entendí después. Se quedó sin dinero, sin perspectivas, con 32 años. Y la conclusión de que el mundo en el que había intentado construirse una vida no era un lugar donde ella pudiera construir nada que alguien no viniera a quitarle.
Fue entonces cuando supo de cerro hondo del silencio, una mujer de su pueblo que había vuelto del norte le habló de la zona ejidal que se estaba abriendo al norte de la sierra. Tierra sin valor comercial, sin agua de fácil acceso, sin infraestructura, pero tierras. Y elidatario mayor, un hombre llamado Don Cándido, tenía fama de ser honesto. Lo es, preguntó Basilio.
Dentro de lo que puede ser honesto alguien con ese cargo en este país, respondió Candela. No es un hombre que mienta por placer, pero si alguien con más poder que él le pone presión, no sé cuánto va a resistir. Necesitamos hablar con él, dijo Basilio antes de que Fuentes lo haga. Lo sé. dijo Candela, pero hondo profundo está a 12 km.
Usted no puede andar por el pueblo sin que alguien lo reconozca y eso llegue a oídos de Cepeda. No me conocen aquí. Mis tierras eran del otro lado de la sierra. ¿Estás seguro de eso? Basilio pensó. No del todo, admitió. Entonces yo voy, dijo Candela. Mañana temprano usted se queda aquí.
Y si vuelven esos hombres, si vuelven usted no es nadie, es un peón que contraté para ayudar con la construcción. Nada más. Basilio la miró. ¿Sabe usted negociar? Preguntó. Aprendí de la peor manera, respondió ella, que es la mejor escuela. Esa noche no llovió. El cielo de cerro hondo del silencio era de los que se veían enteros, sin contaminación ni edificios que los cortaran.
Millones de estrellas que Candela había aprendido a usar para orientarse cuando bajaba al arroyo en la oscuridad. Ella estaba despierta, recostada sobre su petate, mirando el techo de palma. Pensaba en la historia de Basilio, no en los detalles, sino en el patrón. Era el mismo patrón que había visto en su propia vida y en las vidas de muchas personas que conoció.
El que tiene poder construye un mecanismo para quitarle al que no lo tiene lo que con trabajo legítimo construyó. El mecanismo usa la ley como herramienta, no como garantía. Y el que pierde, generalmente pierde porque pelea solo. Ella había peleado sola siempre, pero ahora había alguien más en este terreno.
No confiaba en Basilio completamente. Sería irresponsable hacerlo, pero confiaba en que sus intereses coincidían y a veces eso era más sólido que la confianza pura que podía romperse con un sentimiento. Los intereses comunes eran más fríos, más calculables, más difíciles de traiconar sin consecuencias propias. Escuchó que él también estaba despierto del otro lado del muro sin techo.
No había ruido de roncado, solo el silencio quieto de alguien que mira al cielo pensando. Ordóñes dijo Candela en voz baja. Sí. ¿Cuántos hombres tiene Cepeda trabajando para él en esta zona? Una pausa. No sé exactamente. Cuando yo tenía mis tierras me hablaban de un encargado que se llamaba el tuerto Barragán, un hombre de confianza que hacía el trabajo sucio.
Pero eso fue hace 2 años. El tuerto Barragán trabaja en hondo profundo. No sé. Puede que sí. Mañana cuando llegue al pueblo voy a escuchar. Dijo Candela. No a preguntar, a escuchar. En las tiendas, en el mercado, la gente del campo habla y cuando habla dice la verdad sin saber que la está diciendo. Tenga cuidado dijo Basilio.
Siempre silencio, Candela, dijo él después de un momento. ¿Qué? Gracias por no haberme corrido cuando supo la verdad. Ella no respondió de inmediato. No lo hice por usted, dijo finalmente. Lo hice por estas paredes. Pero mientras lo decía, sabía que no era del todo cierto. Y eso, pensó, era algo con lo que iba a tener que tener cuidado también.
Candela salió antes del amanecer. Llevaba su ropa menos desgastada, la que guardaba para las veces que necesitaba parecer alguien con quien valía la pena hablar. No era ropa elegante, era simplemente ropa limpia, entera, sin los parches y las manchas permanentes de barro, que ya eran parte de su ropa de trabajo. También llevaba los documentos del terreno guardados en una bolsa de plástico sellada dentro de la mochila, junto con el poco dinero que le quedaba.
12 km de terracería, a pie y rápido, unas 2 horas y media, llegó a hondo profundo cuando el sol apenas estaba saliendo sobre los tejados de las casas de adobe que formaban el centro del pueblo. El mercado ya estaba en movimiento, mujeres con canastas, hombres cargando costales, niños corriendo entre los puestos de verdura y los comales donde ya olía a tortilla recién hecha.
Candela se metió despacio sin prisa visible, compró un taco de frijoles y lo comió parada junto a un puesto de hierbas medicinales escuchando. Las conversaciones del mercado eran el periódico real de los pueblos, lo que no salía en ningún papel, pero que todo el mundo sabía. En 20 minutos ya había escuchado tres cosas útiles.
Una, que don Cándido, el gidatario mayor, tenía una reunión esa tarde con representantes de gente de fuera sobre asuntos de tierras. Nadie sabía bien de qué. Pero la señora del puesto de jitomates lo dijo con el tono de quien sabe que algo malo está pasando, pero no quiere decirlo directamente. Dos, que había llegado al pueblo hacía una semana un hombre al que llamaban el tuerto. No era local.
andaba en una camioneta oscura con placas del estado y se había alojado en la única posada del pueblo. Tres, que el licenciado Fuentes había estado en la presidencia municipal tres días seguidos la semana anterior. Eso era inusual. Fuentes generalmente mandaba a sus ayudantes. Candela procesó la información mientras pedía un segundo taco.
Don Cándido tenía su oficina en la casa Ejidal, un edificio pequeño de concreto gris con una bandera descolorida en la entrada. Candela lo conocía solo de cuando llegó y firmaron el acuerdo. Era un hombre de unos 60 años, delgado, con ese tipo de calma que da haber visto muchas cosas y haber sobrevivido a la mayoría. Llegó a la casa Egidal a las 9 de la mañana.
Don Cándido estaba adentro revisando papeles con sus anteojos de aumento que siempre le quedaban chuecos. Don Cándido dijo Candela desde la puerta. Buenos días. El hombre levantó la vista y tardó un segundo en reconocerla. Ah, la señorita del cerro, dijo, “Pase, pase.” Candela entró y se sentó frente a su escritorio sin rodeos. “Vinieron al terreno”, dijo.
Dos hombres del licenciado Fuentes. Dijeron que hay un reclamo sobre la parcela. Don Cándido se quitó los anteojos y los limpió con la camisa. Era un gesto que hacía cuando necesitaba ganar un segundo para pensar. Señorita Candela, empezó don Cándido, el acuerdo que firmamos es válido dijo ella antes de que pudiera continuar.
Usted me lo certificó, está registrado o me está diciendo que hay algo que yo no sé sobre ese terreno. El hombre la miró y en sus ojos Candela vio exactamente lo que había temido encontrar. No era malicia, era incomodidad. la incomodidad de alguien que está atrapado entre dos compromisos.
El acuerdo es válido, dijo, pero hay una situación complicada. El licenciado Fuentes presentó documentación alegando que esa parcela fue mal incluida en la sesión egidal, que pertenecía a la propiedad original del señor Cepeda y que no debió cederse. ¿Y usted cree eso, don Cándido? Dudó. Lo que yo crea no importa en el proceso legal”, dijo.
Si fuentes logra que un juez admita el argumento, el acuerdo que tenemos podría quedar en suspenso. ¿Cuánto tiempo tiene para impedirlo? La reunión de esta tarde es precisamente para tratar ese tema. Fuentes y sus representantes van a presentar su posición. “¿Puedo estar en esa reunión?” Don Cándido la miró con algo de sorpresa.
Tiene derecho, dijo lentamente. El terreno está a su nombre en el registro egidal. Es parte directamente interesada. Entonces estaré, dijo Candela. Pausa, señorita”, dijo el gidatario en voz más baja inclinándose ligeramente. Fuentes no viene solo. Cepeda tiene gente en el municipio. Peso político. Si usted se enfrenta directamente, si me quedo callada, me quitan el terreno de todas formas, respondió Candela.
Prefiero que sea después de haber hablado. Don Cándido asintió despacio. A las 3 de la tarde, dijo aquí mismo. Candela se paró. Una cosa más, dijo, “El tuerto Barragán es hombre de cepeda. La cara del legatario cambió apenas. ¿Dónde escuchó ese nombre?” en el mercado. No ande por el pueblo después de las 3″, dijo don Cándido en voz muy baja.
Sea lo que sea que pase en la reunión, no ande por ahí de noche. Candela procesó la advertencia. Entendido, salió de la casa egidal y fue a buscar lo que necesitaba encontrar antes de las 3. Fondo profundo tenía una sola tienda de papelería y fotocopias, atendida por un muchacho joven que estudiaba por correspondencia y que era, según había aprendido ella en su primera visita al pueblo, el tipo de persona que sabe todo lo que entra y sale del municipio, porque todo el que hace un trámite necesita copias.
Buenos días, dijo Candela. Necesito saber si se puede hacer una copia de un documento notariado y si tiene valor legal. El muchacho asintió con la seriedad de quien toma su trabajo muy en serio. La copia certificada tiene valor, dijo. Si la original está registrada, la copia con sello notarial también se puede usar en procesos.
¿Hay notario en el pueblo? El licenciado Castro está en la calle del mercado pasando la iglesia. Candela pasó la siguiente hora con el licenciado Castro, un hombre pequeño y preciso que leyó el documento del terreno con atención y no le hizo preguntas innecesarias. Lo selló, lo copió en dos ejemplares [carraspeo] y le extendió un acuse de recibo del registro original.
Costo, lo que le quedaba de dinero. No importaba, tenía tres copias legales del documento, más el original. Eso era más difícil de borrar que uno solo. A las 3 de la tarde, Candela entró a la sala de reuniones de la casa Egidal. Eran ocho personas en total, don Cándido a la cabecera de la mesa, dos representantes de elegido, hombres mayores que Candela no conocía, un secretario municipal que tomaba notas, el del portafolios que había venido al terreno, que resultó llamarse licenciado Miranda, y un hombre que Candela no había visto antes, pero
que reconoció al instante como el hombre que manejaba la sala. No era el tuerto Barragán, era alguien diferente, 4 y tantos años, traje gris sin corbata, cabello corto y la clase de cara que no expresa nada porque ha aprendido a no expresar nada. ¿Quién es usted?, preguntó cuando Candela entró. Candela Ruiz, dijo ella, soy la titular del acuerdo ejidal sobre la parcela siete del área norte, parcela directamente implicada en lo que van a discutir.
Tengo derecho de estar aquí. miró a don Cándido para confirmación. “La señorita Ruiz tiene derecho”, dijo el gidatario. “El hombre del traje gris la estudió un momento, luego hizo un gesto mínimo de aceptación y se volvió a sentar. La reunión comenzó. El licenciado Miranda expuso el argumento de fuentes con una precisión clínica.
La parcela había sido incluida en la sesión egidal mediante un error de mapeo. Los límites reales de la propiedad de Cepeda incluían esa parcela. Había documentos topográficos que lo respaldaban. Se solicitaba la suspensión del acuerdo con la señorita Ruiz mientras el proceso de corrección de límites se resolvía. Don Cándido escuchó sin interrumpir.
Los dos representantes de elegido se miraron entre sí con la expresión de personas que prefieren no meterse en problemas. ¿Tiene algo que decir?, preguntó el hombre del traje gris mirando a Candela. “Sí”, dijo ella. “Sacó los documentos. Este es mi acuerdo registrado. Este es el acuse de registro notarial de hoy.
Y este, dijo poniendo el tercer papel sobre la mesa. Es el plano de catastro municipal de la zona norte que conseguí esta mañana en la presidencia. El plano que establece los límites del área ejidal. El hombre del traje gris miró el plano. El licenciado Miranda lo miró también.
En ese plano, continuó Candela, la parcela siete está claramente dentro del polígono ejidal, no en la zona de la propiedad de Cepeda. Si hay un error de mapeo, el error está en los documentos topográficos que ustedes trajeron, no en los del registro municipal. Silencio. ¿De dónde sacó ese plano?, preguntó el licenciado Miranda.
De la ventanilla de catastro. Está disponible para cualquier ciudadano que lo solicite. Lo solicité esta mañana. El hombre del traje gris se recostó en su silla. Señorita Ruiz, dijo con una calma que era de las que dan miedo. Estas situaciones tienen soluciones negociadas que benefician a todas las partes. Si usted está dispuesta a dialogar, estoy dialogando ahora mismo, respondió Candela.
Y lo que digo es que tengo documentación que respalda mi posición. Si el señor Cepeda tiene documentación que respalda la suya, que la presente ante el juez agrario competente. Ese es el diálogo que reconozco. Otro silencio. Don Cándido Carraspeó. Creo que la posición de la señorita Ruiz es clara, dijo, “y el ejido también.
Mientras no haya una resolución judicial que ordene otra cosa, el acuerdo ejidal vigente permanece.” El hombre del traje gris se paró. El licenciado Miranda guardó sus papeles antes de salir. El hombre del traje gris se detuvo junto a Candela. Tiene usted más carácter del que aparenta dijo en voz baja. No era un cumplido, era una observación.
Los que me conocen lo saben respondió ella. Salió de la sala sin mirar atrás. Afuera, Don Cándido la alcanzó en el corredor. Estuvo bien, dijo en voz baja. Pero eso no se acaba aquí. Lo sé. Ese hombre del traje gris, eljidatario, bajó todavía más la voz. Se llama Rentería. Es el hombre de confianza de Cepeda aquí en la región.
Si está aquí personalmente es porque el asunto es importante para ellos. ¿Por qué son tan importantes tres hectáreas de cerro para alguien como Cepeda? Don Cándido la miró. ¿Usted sabe lo que hay debajo de ese cerro?, preguntó Candela, frunció el ceño. Tierra, piedra, el arroyo. El arroyo viene de un manantial subterráneo dijo el egidatario.
Hace un año una empresa de estudios geológicos pasó por aquí, contratada por alguien. No dijeron por quién. Hicieron estudios en la zona norte del municipio, la zona donde está su terreno. Nadie sabe qué encontraron. Pero después de esos estudios fue cuando Fuentes empezó a moverse. Candela sintió que algo se acomodaba en su cabeza, como piezas de un rompecabezas que de repente encuentran su lugar. Agua, dijo.
Puede ser, dijo don Cándido, o puede ser otra cosa, mineral, no sé, pero hay una razón por la que esas tres hectáreas de pronto valen más de lo que deberían. Candela asintió lentamente. “Gracias, don Cándido. Cuídese”, dijo él, “y hágame caso. No ande por el pueblo después de que oscurezca.
” Salió del pueblo antes de las 4. Caminó rápido el camino de regreso, con el sol todavía alto, pero bajando, y con la cabeza llena de piezas que necesitaba ordenar antes de llegar y contarlas. llegó al terreno con la luz del atardecer pintando el cerro de naranja y rojo. Basilio estaba trabajando. Había avanzado en el marco de la ventana del cuarto principal, solo, sin que nadie se lo pidiera.
La miró llegar y leyó en su cara que había cosas que contar. ¿Qué pasó? Candela dejó la mochila, bebió agua y se sentó sobre las piedras. le contó todo, la reunión, los documentos, el hombre del traje gris, el nombre rentería, lo que don Cándido le había dicho sobre los estudios geológicos y el manantial.
Basilio escuchó sin interrumpir y cuando ella terminó, su cara tenía una expresión que Candela no le había visto antes. ¿Qué sabe?, preguntó ella. Hace 3 años, dijo Basilio, despacio, antes de que empezaran los problemas con Cepeda, vino a verme un ingeniero. Dijo que representaba a una empresa de recursos hídricos.
Me ofreció comprar mis tierras, una oferta muy por encima del valor normal. Yo me negué. ¿Por qué? Porque no quería vender, eran mis tierras. Pausa. 6 meses después empezó el proceso judicial con Cepeda. Candela lo miró. Entonces, no es solo una cuestión de tierras”, dijo. No, confirmó Basilio. Nunca lo fue. Es agua y posiblemente algo más.
¿Por qué no me dijo eso antes? Porque no estaba seguro de que fuera relevante aquí. Dijo, “Mis tierras están al otro lado de la sierra. Pensé que era una coincidencia. No hay coincidencias cuando el mismo nombre aparece en dos lados de la misma sierra.” Basilio asintió. Rentería. dijo, “¿Estás segura de ese nombre?” Completamente.
El hombre se paró y caminó hacia el borde del terreno, mirando hacia el arroyo que bajaba visible en la distancia. “Rentería trabajaba para Cepeda en San Marcos, cuando yo todavía tenía mis tierras.” Dijo, “era el que coordinaba con el licenciado Fuentes, el arquitecto de campo del plan. Y ahora está aquí. Ahora está aquí”, confirmó Basilio.
“Lo que significa que Cepeda ya sabe o sospecha que yo estoy en esta zona.” Candela procesó eso. “Mu, ¿cómo puede ser el chivo?”, dijo Basilio en voz baja. “El animal me lo vendió un muchacho en el camino un día antes de llegar aquí. Si ese muchacho trabaja para alguien que trabaja para rentería o puede ser que tengan vigilado el registro egidal y vieron su nombre.
” No puse mi nombre en nada. No importa si alguien los vio a usted por el pueblo. No fui al pueblo, al arroyo. Entonces, al camino, a cualquier lugar donde alguien pudiera verlo. Basilio cerró los ojos un momento. Mm, puede ser. Candela se paró. Necesitamos esa documentación que tiene guardada, dijo, y necesitamos un abogado. No en un mes, antes.
No tengo dinero para un abogado. Yo tampoco. Pero don Cándido puede tener contactos con organizaciones de defensa agraria. Hay grupos que trabajan sin cobrar cuando el caso implica irregularidades de este tipo. Confía en Don Cándido. Confío en que tiene miedo de Cepeda, pero también tiene orgullo dejidatario. Dijo Candela.
Si le damos información suficientemente sólida para que el ejido pueda defenderse institucionalmente, va a tener un incentivo propio para moverse. Basilio la miró. Habla usted como alguien que ha peleado antes. Perdí, dijo Candela, pero aprendí. Esa noche no durmieron mucho. Hablaron durante horas sobre el terreno, sobre la documentación de Basilio, sobre los pasos posibles, sobre los riesgos de cada uno.
El chivo dormía, las estrellas seguían en su lugar sobre el cerro. El arroyo sonaba en la distancia con esa persistencia que tienen las cosas que llevan mucho tiempo en el mismo lugar. En algún momento la conversación se fue apagando, no porque hubieran terminado de hablar de lo importante, sino porque la mente llega a un punto en que necesita descanso para seguir pensando.
Basilio dijo Candela en voz casi baja. ¿Qué? La documentación que tiene guardada, ¿qué tan sólida es? Pausa. Suficientemente sólida para incomodarlos, dijo, no suficientemente sólida para ganar solos. ¿Necesita algo más? Necesito el testimonio de dos personas que estuvieron en la firma original de las Escrituras que Sepeda presentó como válidas.
Dos personas que pueden confirmar que esa firma no es la de Basilio Ordóñez. ¿Dónde están esas personas? Una está en San Marcos, la otra, no sé, se fue después de que empezó el proceso por miedo. La otra tiene nombre. Sí, dijo Basilio. Se llama Evaristo Mendoza. Era mi notario de confianza durante 10 años. El hombre que autenticó todos mis documentos legítimos.
Si alguien sabe que esas firmas son falsas, es él. ¿Y por qué no ha ido a buscarlo? Silencio largo. Porque si aparezco yo buscándolo, se peda, lo sabe antes de que yo llegue a su puerta. Necesito que alguien vaya en mi lugar, alguien que se peda no conozca. Candela no dijo nada durante varios segundos. ¿Dónde cree que está Evaristo? En Chalapa tal vez o en Veracruz. Tenía familia en esa zona.
Chalapa está lejos. Sí, pero no imposible. Otro silencio. Candela. dijo Basilio. No le estoy pidiendo eso. Ya lo sé, dijo ella, no me lo está pidiendo. Lo estoy evaluando yo. Y con eso se quedó callada. El cerro siguió en silencio alrededor de ellos, pero era un silencio diferente al de antes. Era el silencio de dos personas que están pensando en el mismo problema desde el mismo lado. Eso también notó Candela.
Era algo nuevo y también algo con lo que iba a tener que tener cuidado. Pasaron 5co días sin novedades, 5co días de trabajo, de barro, de piedras y de silencio vigilante. Basilio había traído su documentación del escondite, que resultó ser una lata de metal enterrada a 30 cm de profundidad bajo una piedra marcada junto al arroyo, copias de escrituras, cartas, registros de pago, un dictamen pericial que él mismo había encargado antes de quedar sin dinero y un pequeño cuaderno de anotaciones con fechas, nombres y hechos que había ido
registrando durante el proceso. judicial. Candela lo leyó todo. Era material sólido, no suficiente para ganar un juicio por sí solo, como él había dicho, pero suficiente para hacer ruido, suficiente para que cualquier abogado con un mínimo de ética se diera cuenta de que había irregularidades reales.
El problema era que los abogados con ética también necesitan comer. Don Cándido, dijo Candela la mañana del sexto día estaban desayunando tortillas con sal y un huevo que habían puesto los pollos. ¿Qué tiene en mente?, preguntó [carraspeo] Basilio. Don Cándido me habló de los estudios geológicos, dijo Candela.
Si en este terreno hay agua de manantial o algo de valor mineral, eso no es solo mi problema o el suyo. Es un problema de todo elegido. Y si hay algo de valor debajo de estas tierras, Cepeda no solo quiere quitarme a mí el terreno, quiere quitarle alegido el control de un recurso que técnicamente les pertenece. Basilio dejó su tortilla.
Si enmarcamos esto como una amenaza al ejido completo, dijo don Cándido tiene más razones para defenderse y más respaldo político. Los ejidos tienen protección federal cuando se trata de recursos hídricos. Hay leyes que fuentes no puede ignorar tan fácilmente. ¿Sabe usted de esas leyes? Sé lo suficiente para hacer las preguntas correctas, dijo Candela.
Y tengo un número de teléfono. Basilio la miró. ¿De quién? De una organización de derecho agrario en Oaxaca. Una mujer que conozco del tiempo en que intenté recuperar la tierra de mi familia. Nunca me ayudó con eso porque mi caso era débil. Pero este caso es diferente. ¿Cuándo piensa llamarla? Hoy hay señal en la parte alta del cerro. Subió sola.
La parte alta del cerro era pedregosa y con el viento que bajaba del norte en esa época del año, con la fuerza suficiente para hacer difícil mantenerse de pie en los momentos de ráfaga. Candela se sentó entre dos rocas grandes que rompían el viento y sacó el celular que guardaba cargado para emergencias con un pequeño panel solar que tenía en el techo.
Buscó el número, marcó tres timbrazos. Cuatro. Bueno, licenciada Fortuna, dijo Candela. Soy Candela Ruiz. Nos conocimos hace 4 años en Oaxaca. Usted no pudo ayudarme. Entonces tengo un caso diferente ahora y necesito saber si puede. Un silencio de reconocimiento. Candela. La voz de la abogada era de las que transmiten atención real. Cuéntame.
Candela contó. No todo lo esencial. El terreno, el acuerdo ejidal, el reclamo de fuentes, los estudios geológicos, la documentación de Basilio sobre el fraude original, el nombre Cepeda, el nombre rentería. La licenciada Fortuna escuchó sin interrumpir. Cuando Candela terminó, hubo un silencio de varios segundos.
“El nombre Cepeda lo he escuchado antes”, dijo la abogada. En un caso de Veracruz, tierras con manantiales subterráneos, el mismo patrón, el mismo. Candela sintió que el estómago le daba un vuelco. Misma táctica, proceso judicial largo, costos que agotan al propietario, resoluciones judiciales cuestionables, fraccionamiento de propiedades y siempre detrás hay un proyecto de concesión de agua que aparece después.
Entonces es un patrón repetido. Sí. Y eso dijo la abogada es exactamente lo que necesitamos para construir un caso federal. Un patrón documentado en varios estados es diferente a un conflicto de tierras local. Candela, apretó el teléfono. Puede venir, no esta semana, pero mando a una de mis asociadas. Se llama Fabiola. Es joven, pero es buena.
Llega a hondo profundo en tres días si consiguen darle alojamiento. Lo conseguimos. Necesito que me manden por correo electrónico todo lo que tienen: escaneado, fotografiado, lo que sea. Esta noche si pueden esta noche. Confirmó Candela. Colgó. Bajó del cerro con el paso más liviano que había tenido en semanas.
Basilio escuchó el reporte con una expresión que Candela no supo leer del todo al principio. Luego lo entendió. Era esperanza y era miedo de la esperanza que es diferente al miedo normal. El miedo normal es miedo a que algo malo pase. El miedo a la esperanza es miedo a que algo bueno empiece a verse posible y luego se desmorone. Era el miedo de alguien que ya había tenido esperanza y la había visto hacerse pedazos.
Fabiola llega en tres días, dijo Candela. Necesitamos tener toda la documentación organizada y en orden y necesitamos hablar con don Cándido para que prepare la recepción institucional del caso. Don Cándido, ¿va a aceptar eso? Si le presento bien los argumentos. Sí, y lo voy a hacer mañana temprano. Basilio asintió.
Empezaron esa noche a organizar los documentos, los extendieron sobre el suelo del cuarto principal, que ya tenía paredes completas, y un techo nuevo, aunque todavía sin puerta instalada. Ordenaron por fecha, por relevancia, por tipo. Fotografiaron todo con el celular, trabajaron hasta la medianoche. Y fue entonces cuando escucharon el primer ruido. No era de animal.
Candela lo reconoció en menos de un segundo. Era un paso humano y no era uno, eran varios. Basilio la miró sin decir nada. Ella apagó el farol de gas con un movimiento rápido. El cuarto quedó en la oscuridad casi completa con solo la luz de la luna entrando por el hueco de la ventana sin cristal.
Candela recogió el machete del rincón, no con pánico, con la calma automática de quien ya ha practicado mentalmente ese movimiento muchas veces. Basilio tomó el palo de madera que usaban para asentar las piedras, grueso, pesado, de 1 met y medio de largo. Afuera los pasos se acercaron, voces bajas, dos, tal vez tres personas. “No hay nadie”, dijo una voz.
La vieja se fue al pueblo. Aquí está el chivo dijo otra. Sí. ¿Y el hombre? ¿Cuál hombre? Candela y Basilio se miraron en la oscuridad. Mira nomás qué construyó. Dijo la primera voz con un tono entre burlón y evaluativo. Ni tan mal para una mujer sola. Risas bajas. El patrón dijo, “Solo asustar.” Dijo una tercera voz. “Nada más.” Y el chivo.
El chivo también. silencio de un par de segundos y entonces desde afuera el sonido del chivo siendo jalado de la cuerda y empezando a quejarse. Basilio se movió hacia la puerta. Candela lo detuvo con una mano en el brazo, lo miró, le movió la cabeza, esperó 5 segundos, 10. Los pasos empezaron a alejarse con el chivo.
Entonces Candela salió. “Dejen ese animal”, dijo con una voz completamente plana. Los tres hombres se detuvieron. Eran jóvenes, veintitantos años, ropa de trabajo, sombrero. Uno traía el chivo atado a la cuerda. Los otros dos se dieron la vuelta. Candela estaba parada en el umbral con el machete en la mano derecha, no levantado, no amenazante en el gesto, solo visible.
“Señora, empezó uno. Señorita!”, dijo ella, “yse chivo no es suyo. Suéltenlo.” El del chivo miró a los otros dos. Nadie se movió durante un momento. El patrón dijo, “No me importa lo que dijo su patrón”, dijo Candela. “Esto es terreno ejidal certificado. Si me quitan un animal es robo y tengo el nombre de cada uno de ustedes para la denuncia.
” No tenía sus nombres, pero apostó a que ellos no lo sabían. El más alto de los tres la estudió. Tenemos órdenes, dijo. Cumplan sus órdenes en otro lado, respondió ella, aquí no. Otro silencio. Fue entonces cuando Basilio salió del cuarto, los tres hombres lo vieron y algo cambió en sus caras. No era miedo exactamente, era reconocimiento.
Uno de ellos lo miró de una manera particular, entrecerrando los ojos. Candela lo notó. El que tenía el chivo soltó la cuerda. Vámonos”, dijo el más alto. Se fueron. Candela esperó hasta que el sonido de sus pasos desapareció completamente. Luego ató el chivo a la estaca con más seguridad. Luego volvió adentro.
“Ese hombre lo reconoció.” Dijo, “Lo sé”, dijo Basilio. “¿Lo conoce usted a él?” “No, pero él a usted sí puede ser. Si trabajaba en San Marcos antes, antes de mañana Rentería sabe que está aquí.” Basilio no respondió. Candela se sentó sobre las piedras del suelo. “Necesitamos mover los documentos”, dijo, “esta noche.
¿A dónde? Con don Cándido. Los originales. Que los guarde él. Si vienen aquí y buscan que no encuentren nada. ¿Confía en don Cándido eso? Suficientemente, dijo Candela. Y si hay alguien que tiene razones para guardar bien esos papeles, es eljidatario mayor, porque si se pierden, él también tiene un problema. Basilio asintió. Y yo preguntó.
Candela lo miró. ¿Qué quiere decir con eso? Si saben que estoy aquí, el siguiente paso es presionar al ejido para que me identifiquen como un intruso y anulen cualquier argumento legal que tenga mi presencia. Lo sé. Entonces, entonces hay que moverse más rápido de lo que planeamos”, dijo Candela. “Fabiola llega en tr días.
Necesitamos que cuando llegue ya tengamos la reunión con don Cándido hecha, los documentos seguros y el caso armado. Se paró esta noche. Lleva los documentos al arroyo, la lata en el mismo lugar, pero más profundo. Yo mañana voy a hondo profundo de madrugada y hablo con don Cándido antes de que amanezca, que guarde las copias en la caja fuerte de la casa ejidal.
Basilio la miró. Usted no duerme mucho, dijo. Duermo cuando hay tiempo respondió ella. Ahorita no hay tiempo. La madrugada la pasaron en movimiento. Basilio enterró los originales. Candela preparó los sobres con las copias. organizó el relato que le daría a don Cándido. Pensó en cada ángulo del problema que se le podía ocurrir, en cada posible respuesta de rentería, en cada movimiento que podría hacerse peda defendiendo ese terreno y que esa persona tenía documentación sobre el fraude original. A las 4 de la mañana,
cuando el cielo todavía estaba negro, Candela agarró la mochila con los sobres y se preparó para salir. Basilio estaba junto a la entrada. “Tenga cuidado en el camino”, dijo. Siempre. “No, escúcheme”, dijo él con un tono diferente al habitual. “No siempre como respuesta automática. Tenga cuidado, de verdad.
Rentería no manda gente a asustar cuando ya sabe que el asustado no se asusta. Candela lo miró. Lo sé. Si ve algo raro en el camino, da la vuelta y regresa. Los documentos podemos recuperarlos. Usted no. Candela no respondió de inmediato. Era la primera vez que él decía algo así, algo que iba más allá de los intereses compartidos, que era simplemente sobre ella.
Voy a estar bien”, dijo, y salió antes de que la conversación se volviera algo que ninguno de los dos sabía todavía cómo manejar. El camino a hondo profundo de noche era diferente al de día, los mismos 12 km, pero en oscuridad total, salvo por la luna que ya bajaba hacia el horizonte, Candela los conocía de memoria.
Cada curva, cada tramo donde el camino se hacía angosto, cada piedra suelta que convenía esquivar, los había caminado suficientes veces para que el cuerpo los recordara sin que la cabeza tuviera que pensar. No encontró a nadie. Llegó a hondo profundo cuando el cielo comenzaba a grisear en el oriente. El pueblo dormía todavía.
Solo los perros la vieron pasar. Fue directo a la casa de don Cándido. Tocó despacio. El hombre tardó 2 minutos en abrir la puerta. Pijama y anteojos torcidos, cara de sueño. Cuando vio a Candela, se despertó del todo. “Pase”, dijo sin preguntar. Una hora después, don Cándido tenía los sobres guardados en la caja fuerte de su oficina personal y Candela había contado lo que había pasado esa noche.
El legidatario escuchó con una gravedad creciente. “Rentería ya sabe que Ordóñez está en la zona”, dijo Candela. “Cuando mueva esa pieza, va a intentar deslegitimar cualquier argumento de Basilio, alegando que es un intruso. ¿Y si le damos una legitimidad diferente? dijo don Cándido pensando en voz alta. ¿Cómo si Basilio Ordóñez firmara un acuerdo de trabajo temporal con elegido como asesor técnico agrario tendría una razón oficial para estar en la zona? No podría ser tratado como intruso.
Candela lo miró. ¿Puede hacer eso? Elidatario mayor tiene facultades para contratar asesores temporales para proyectos de desarrollo”, dijo don Cándido. Es una figura legal que existe y si usamos sus conocimientos de la propiedad original de Cepeda como parte de un estudio de regularización del área ejidal, el argumento es completamente válido.
Rentería lo va a impugnar, que lo impugne. Mientras está impugnando eso, nosotros estamos moviendo el caso federal. Candela pensó, va a necesitar el consentimiento de Basilio. Claro. Y Basilio va a necesitar saber que puede confiar en usted. Don Cándido la miró por encima de sus anteojos torcidos. Señorita Candela dijo, “Llevo 30 años siendo ejidatario en esta región.
He visto pasar a tres gobernadores y a más caciques de los que recuerdo. No he sido perfecto. He tenido miedo. He cedido en cosas que no debí ceder. Pausa. Pero nunca he vendido una tierra que no era mía para vender y no voy a empezar ahora. Candela asintió. De acuerdo, dijo. Mañana lo llevo a Basilio.
Regresó al terreno cuando el sol ya estaba alto. Basilio había seguido trabajando. El marco de la puerta principal estaba instalado. Quedaba solo colgar la puerta de madera que habían estado construyendo con tablas que Candela había conseguido de unos restos de construcción que don Cándido le había dado en su segunda semana.
Cuando ella llegó, él la vio desde lejos y se detuvo. La estudió mientras se acercaba, buscando señales en su postura de si las cosas habían ido bien o no. “Don Cándido tiene los documentos”, dijo Candela, y tiene una propuesta. Se la contó. Basilio, escuchó y cuando terminó estuvo callado un rato. Un acuerdo de asesor técnico repitió, “Es legítimo. Existe la figura.
” Sí, la conozco. Otra pausa. ¿Confía en ese hombre? Dentro de lo que se puede confiar en alguien que tiene más que perder que ganar si nos traiciona. Dijo Candela, que es la mejor clase de confianza en esta situación. Basilio miró la puerta que acababa de instalar, la empujó suavemente y la vio abrirse y cerrarse. Quedó mirándola un momento.
¿Sabe qué es lo que más me cuesta de todo esto? Dijo en voz baja. ¿Qué? que si todo sale bien, si recupero algo de lo que era mío, se detuvo. No va a ser lo mismo. El lugar no va a ser el mismo. Las tierras no van a ser las mismas, los años no van a ser los mismos. Candela no dijo nada de inmediato.
No, dijo finalmente, no va a ser lo mismo, pero puede ser algo. Basilio la miró y usted preguntó, ¿qué quiere que sea cuando todo esto termine? Era la primera pregunta de ese tipo que le hacía personal, no sobre el caso, no sobre la construcción, no sobre la estrategia. Candela miró la casa, las paredes que habían levantado juntos, el techo que ya estaba en dos de los cuartos, la puerta recién instalada.
“Quiero vivir aquí”, dijo simplemente. “Quiero sembrar, quiero que mis pollos tengan un corral de verdad. Quiero no tener que calcular distancias de escape cuando llega alguien por el camino. Eso es poco para todo lo que ha hecho. Es todo, dijo Candela. No necesito más que eso. Basilio asintió despacio y en su cara vio algo que no había visto en él antes.
No era solo respeto, era algo más cálido, algo que ella reconoció con esa mezcla de certeza e incomodidad que suelen dar las cosas que uno sabe que son verdad, pero para las que todavía no está listo. Volvió al trabajo sin decir nada más. Esa tarde, mientras colgaban la puerta definitivamente y colocaban el erraje que Candela había comprado en su primer viaje al pueblo, llegó un muchacho a caballo.
Era joven, no más de 17 años. Traía una nota doblada en la mano. ¿Es usted la señorita Candela?, preguntó. Sí, de parte de don Cándido. Le entregó la nota y se fue sin esperar respuesta. Candela leyó la nota. Decía Fabiola llega mañana. No, en tr días cambió el transporte. Llegará a las 11 al mercado.
Que Ordóñez venga también si puede hacerlo con discreción. Hay novedades sobre los estudios geológicos. Son importantes. Dobló la nota y la guardó. Mañana, le dijo a Basilio a las 11. Los dos. Él asintió y siguieron colgando la puerta que ya cerraba bien, que ya tenía llave, que ya era por primera vez una puerta de verdad en una casa que estaba dejando de ser construcción para empezar a ser hogar.
La mañana que Candela y Basilio llegaron a hondo profundo fue diferente a todas las anteriores, no porque hubiera cambiado el cielo, ni el camino, ni el polvo que levantaban sus pasos en la terracería, sino porque llegaron juntos sin fingir que no lo eran, sin la precaución de espaciar los tiempos o fingir que uno venía de un lado y el otro de otro.
Llegaron juntos y eso en un pueblo pequeño donde todo el mundo se da cuenta de todo, era ya una posición. Fabiola los esperaba en la fondita junto al mercado. Era joven, como había dicho la licenciada Fortuna, no más de 28 años, con una mochila enorme, el cabello recogido y esa clase de energía concentrada que tienen las personas que hacen muchas cosas a la vez y ninguna a medias.
se levantó cuando los vio entrar. “Candela”, dijo apretándole la mano. “¿Y ustedes, Basilio Ordóñez?” “Sí, he leído el material que me mandaron. Fue directa, sin preámbulos. ¿Tiene usted un caso con posibilidades reales? No fácil, pero real.” Se sentaron, pidieron café y Fabiola empezó a hablar. Lo que traía era más de lo que Candela esperaba.
La licenciada Fortuna había cruzado información con colegas de Veracruz. El nombre Cepeda aparecía en tres casos documentados en dos estados distintos. El patrón era idéntico al de Basilio, proceso judicial largo, resoluciones cuestionables, fraccionamiento posterior de propiedades, concesión de recursos hídricos o minerales a empresas satélite.
En dos de esos casos, los propietarios originales habían perdido todo. En el tercero, el proceso estaba aún en marcha. “Si logramos vincular el caso de Basilio con esos tres,”, dijo Fabiola. Podemos argumentar ante la Procuraduría Agraria Federal que estamos ante un esquema sistemático de despojo. Eso cambia el nivel del proceso.
Ya no es un conflicto local de tierras, es una denuncia federal. ¿Y lo de aquí? Preguntó Candela, lo del terreno mío y los estudios geológicos. Eso es la pieza que faltaba”, dijo Fabiola sacando un papel de su mochila. encontré el registro de la empresa que hizo los estudios geológicos en esta zona hace un año.
Se llama Hidrotécnica del Golfo, pausa. Es una empresa registrada hace 3 años. El accionista mayoritario es una persona jurídica domiciliada en el estado de Veracruz. Miró a Basilio. El representante legal de esa persona jurídica es Aurelio Cepeda. El silencio en la fondita duró varios segundos. Entonces, “Ya tiene los estudios del manantial”, dijo Basilio.
“los tiene y según la información que conseguimos hace 4 meses presentó una solicitud de concesión de explotación hídrica ante la CONAGua para esta zona. La solicitud está en proceso.” “M, ¿y el terreno mío?”, preguntó Candela. El manantial subterráneo tiene su punto de acceso más superficial, precisamente bajo su parcela”, dijo Fabiola.
Sin esa parcela, la concesión no puede ejecutarse. Candela asintió. Todo encajaba. ¿Cuánto tiempo tenemos?, preguntó. La solicitud de concesión puede resolverse en dos o tres meses, dijo Fabiola. Si para entonces Cepeda no tiene control sobre el terreno de acceso, la concesión queda técnicamente sin poder ejecutarse. Pero si el proceso legal de impugnación del acuerdo ejidal avanza, tenemos que bloquear ese proceso primero.
Dijo Basilio. Exacto. Fabiola abrió una carpeta. Esto es lo que necesitamos hacer. Lo que siguió fue la semana más intensa desde que Candela llegó a Cerro Hondo del silencio. Fabiola trabajó desde la fondita, que resultó tener algo que se parecía a una conexión a internet si uno se paraba cerca de la ventana del norte.
Don Cándido prestó la sala de reuniones de la Casa Egidal. Basilio fue registrado formalmente como asesor técnico agrario de elegido en un acto que don Cándido certificó con una solemnidad que parecía desproporcionada para la situación, pero que todos entendieron como necesaria. Los documentos que Basilio había enterrado en la lata fueron sacados, escaneados, fotografiados y enviados a Oaxaca.
La licenciada Fortuna los compartió con la red de organizaciones agrarias con que trabajaba. En dos días, tres abogados más estaban revisando el material. El licenciado Miranda, el hombre de fuentes, vino al pueblo el tercer día y se reunió con Don Cándido. Salió de esa reunión con menos seguridad en el paso de la que había traído.
Rentería no apareció. Eso era en cierta forma más inquietante que si hubiera aparecido. Cuando no ves a alguien como él es porque está haciendo algo que no quiere que veas. Dijo Basilio. ¿Qué puede hacer? Preguntó Candela. Presionar al juez local para que acelere el proceso de impugnación antes de que tengamos el caso federal armado, dijo Fabiola, si consiguen una resolución local antes de que nosotros presentemos la denuncia federal, tienen un argumento para pedir suspensión del caso.
¿Cuánto tiempo necesitamos? 4 días más. 4 días. Candela volvió al terreno esa noche pensando en cada uno de esos días, como en una pared que había que levantar piedra por piedra. El segundo día de esa cuenta regresiva llegó la carta, la trajo un mensajero del municipio, oficial, sellada, dirigida a la señorita Candela Ruiz como titular del acuerdo ejidal sobre la parcela 7.
Era una notificación de proceso judicial. El juez agrario del municipio había admitido a trámite la impugnación del acuerdo ejidal presentada por representantes del señor Aurelio Cepeda. Se otorgaba un plazo de 72 horas para que la parte afectada presentara argumentos en contrario. 72 horas, 3 días, un día menos de lo que Fabiola necesitaba.
Candela leyó la carta tres veces, luego se la dio a Fabiola. La abogada la leyó. Su cara no cambió mucho. Solo hubo un ligero fruncimiento de cejas que Candela ya había aprendido a reconocer como señal de que estaba procesando un problema. El juez sagrario de aquí, dijo Fabiola, sabe si tiene relación con fuentes. Don Cándido puede saberlo. Dijo Candela.
Vamos, don Cándido confirmó lo que temían. El juez agrario municipal llevaba 4 años en el cargo. Había sido propuesto para el puesto por un representante legislativo que tenía relaciones conocidas con los grupos de cepeda en la región. No era un hombre completamente vendido, según elidatario, pero era un hombre que sabía de qué lado convenía no ponerse en contra.
“¿Puede ser imparcial?”, preguntó Fabiola. “Puede intentarlo,”, dijo don Cándido. “Pero si recibe presión directa. Necesitamos quitarle la opción de ceder a esa presión”, dijo Fabiola. La única manera de hacer eso es poner el caso en un nivel donde ceder ya no sea conveniente para él. ¿Cómo? Si presentamos hoy mismo una denuncia ante la Procuraduría Agraria Federal, el juez local recibe automáticamente una notificación de que el caso tiene atención federal.
Eso lo hace muy cuidadoso sobre qué resuelve y cómo, porque una resolución local que contradiga un proceso federal puede afectarle a él directamente. ¿Tiene todo listo para esa denuncia?, preguntó Candela. Fabiola la miró. Tengo el 90%, dijo, me falta el testimonio de alguien que corrobore directamente el fraude en las escrituras originales de Basilio, el notario, Evaristo Mendoza.
El nombre cayó entre ellos como una piedra. Candela miró a Basilio. Él la miró a ella. “Déjeme hacer una llamada”, dijo. Basilio. Salió a la calle. Candela lo vio desde la ventana de la casa ejidal, marcando en su celular con los dedos un poco tensos. 5co minutos 10. Cuando entró de nuevo, su cara tenía una expresión que Candela no supo clasificar de [carraspeo] inmediato.
Contré a Evaristo, dijo. Está en Shalapa, vive con su hermana. ¿Está dispuesto a dar testimonio? Preguntó Fabiola. Tiene miedo, dijo Basilio. Lleva 2 años con miedo, pero dice que se detuvo. Dice que estaba esperando que alguien lo llamara, que no podía vivir con eso mucho más tiempo. Fabiola ya estaba escribiendo. Un testimonio notariado ante testigos puede enviarse de manera remota al proceso federal.
Dijo, “No necesita venir en persona si la declaración es certificada. tiene un notario de confianza en Shalapa, puede buscarlo”, dijo Basilio. “Que lo busque hoy”, dijo Fabiola esta tarde y que mañana temprano esté ante ese notario. Asilio asintió, volvió a salir a hacer la llamada y Candela, que lo había visto hablar con esa mezcla de urgencia y algo más, de algo que parecía la primera vez en mucho tiempo que una puerta se abría en lugar de cerrarse, sintió algo que tampoco sabía clasificar bien.
Esa noche trabajaron hasta las 2 de la madrugada. Fabiola redactó la denuncia federal. Don Cándido revisó cada párrafo con sus anteojos torcidos y su paciencia de hombre que ha firmado muchos documentos en su vida. Candela organizó los anexos, numeró los folios, preparó los sobres con las copias.
Basilio volvió a entrar cuando ya casi habían terminado. Evaristo tiene notario para mañana a las 10 de la mañana, dijo. El testimonio llega por correo certificado antes del mediodía. Perfecto,” dijo Fabiola sin levantar la vista. Presento la denuncia al mediodía entonces. Silencio de trabajo. A las 2 de la mañana, cuando el último folio estaba sellado y el último sobrecerrado, don Cándido se recostó en su silla con un suspiro largo.
“Hace 20 años”, dijo, “cuando empecé en esto, un viejo ejidatario me dijo que la tierra no se defiende con papeles, se defiende con gente que no se rinde. Nadie respondió de inmediato. Los papeles ayudan dijo Candela. Finalmente, don Cándido sonrió. Sí, dijo, “Los papeles ayudan. El día siguiente fue el más largo.
A las 10 de la mañana, Evaristo Mendoza estaba frente a un notario en Shalapa dando su testimonio. Candela no lo vio. Solo supo que estaba pasando por el teléfono de Basilio, que recibía actualizaciones en mensajes cortos y que los leía con esa concentración tensa, de quien espera noticias de algo que importa demasiado. A las 11:15, el testimonio escaneado llegó al correo de Fabiola.
La abogada lo leyó, lo adjuntó a la denuncia, revisó todo una última vez. “Listo”, dijo. Lo envió a la Procuraduría Agraria Federal a las 11:50 minutos, 3 minutos antes de que terminara el plazo que Candela se había dado a sí misma. La notificación automática llegó 4 minutos después. proceso recibido. Número de expediente asignado. Fecha de primera revisión.
8 días hábiles. Don Cándido llamó al juzgado municipal para notificar formalmente que la parte afectada había iniciado un proceso federal paralelo y que el juzgado local debería considerar ese hecho al momento de resolver. La secretaria del juzgado tomó nota con una neutralidad que podía ser cualquier cosa.
Nadie sabía todavía cómo iba a reaccionar el juez, ni cómo iba a moverse rentería cuando se enterara, ni cuánto tiempo iba a tomar el proceso federal. Podían ser meses, podían ser más, pero la denuncia estaba hecha. El expediente existía y un expediente federal era mucho más difícil de hacer desaparecer que un acuerdo egidal en un municipio donde alguien tenía influencias.
Ese mediodía comieron en la fondita los cuatro, candela, Basilio, Fabiola y Don Cándido. Caldo de res, tortillas, agua fresca, comida sencilla de pueblo, que ese día tenía el sabor particular de las cosas que se comen después de haber hecho algo que importa. Fabiola se iría al día siguiente de regreso a Oaxaca. El caso seguiría desde allá con la licenciada Fortuna llevando el frente legal.
¿Qué viene ahora?, preguntó Candela. Esperar la resolución del juzgado local primero dijo Fabiola. Si el juez actúa con integridad, suspende el proceso de impugnación hasta que haya resolución federal. Si no, apelamos. Y la apelación con el expediente federal de fondo tiene mucho más peso y se peda, va a moverse, dijo Fabiola. Así trabajan.
Cuando ven que una vía se cierra, buscan otra. Puede intentar presionar al ejido de otros lados. Puede intentar hacer ofertas económicas a Don Cándido o a algún ejidatario individual. Necesitan estar atentos. Siempre hemos estado atentos, dijo don Cándido con su calma habitual. Fabiola miró a Candela. Hay algo más que quiero decirte.
dijo, “Diga lo de los estudios geológicos. Si hay un manantial subterráneo de la dimensión que sugieren los datos preliminares que encontramos, ese recurso pertenece a elegido por ley federal. Nadie puede concesionarlo sin el consentimiento de la asamblea sieda ya presentó una solicitud de concesión, ese proceso puede ser impugnado también por la vía federal.
Exactamente. Y eso lo cambia todo, porque ya no es solo defender lo que tienen, es recuperar el control de algo que tiene valor real y que les pertenece. Candela procesó eso. En algún lugar, detrás de los meses de barro y piedras y madrugadas y miedo, había algo que se movía diferente. No era alivio todavía.
Era demasiado pronto para el alivio, pero era algo parecido al reconocimiento de que el terreno bajo los pies era más sólido de lo que había parecido cuando llegó. miró a Basilio. Él la estaba mirando también con esa expresión que ella había aprendido a leer en las últimas semanas, la que tenía cuando algo le importaba y no sabía todavía cómo decirlo.
Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos lo entendieron. Esa tarde, de regreso al terreno, caminaron los 12 km en un silencio diferente al de los primeros días. No era el silencio de dos extraños que no saben qué decirse, ni el silencio tenso de dos personas que guardan secretos. Era el silencio de dos personas que han pasado demasiadas cosas juntas en poco tiempo y que todavía están procesando lo que eso significa.
A mitad del camino, Basilio se detuvo. Candela se detuvo también. Miraron el cerro desde el camino. Desde allí se veía la construcción pequeña en la distancia, pero visible. Las paredes, el techo nuevo, el corral que todavía faltaba terminar. Voy a irme en algún momento dijo Basilio. Candela no respondió.
No porque quiera añadió, “ino porque hay cosas que tengo que resolver. Mi hija, las tierras del otro lado de la sierra, si hay algo que recuperar. Mi vida, que quedó en pedazos en otro lugar. Lo sé, dijo Candela, pero antes de irme se detuvo. No tiene que decirlo dijo Candela. Sí tengo. La miró esta casa dijo, la mitad de esas piedras las subí yo del arroyo.
Esas paredes tienen mis manos en el barro y eso busca las palabras. Eso no se va a ir aunque me vaya yo. Eso se queda. Candela lo miró. Lo sé, dijo. Y usted, dijo él, usted se queda aquí aunque yo no esté. Esto que construyó, lo que es capaz de hacer, cómo piensa, cómo pelea, eso no lo pierda nunca. Candela sostuvo su mirada. No lo voy a perder, dijo.
Y usted tampoco pierda lo suyo, Ordóñez, lo que fue, lo que puede volver a hacer. Él asintió. Retomaron el camino y en el resto de los 12 km, con el sol bajando sobre el cerro y el olor a tierra húmeda subiendo desde el arroyo, Candela pensó en lo que acaba de decirse en esas pocas palabras.
No era una declaración, no era una promesa, era algo más honesto que eso. Era dos personas reconociendo lo que se habían dado sin buscarlo, un respaldo que ninguno tenía antes y que los dos iban a necesitar recordar en los meses difíciles que seguían. Los días que siguieron fueron de espera vigilante y de trabajo.
La respuesta del juzgado local llegó al quinto día. El juez, en una resolución que don Cándido leyó con cara impenetrable, pero que Candela interpretó correctamente como alivio, decidió suspender temporalmente el proceso de impugnación del acuerdo ejidal, en tanto la Procuraduría Agraria Federal emitiera su primera resolución sobre el expediente presentado.
No era una victoria, era una pausa. Pero las pausas cuando uno está construyendo algo son suficientes para seguir. Rentería desapareció del pueblo esa misma semana. Nadie supo exactamente cuándo se fue. Un día estaba y al siguiente no. Su camioneta oscura dejó de verse en las calles de hondo profundo.
Cepeda, según la información que la licenciada Fortuna fue consiguiendo a través de sus redes, había recibido una notificación formal de la CONAGA indicando que el proceso de concesión hídrica estaba siendo revisado ante una denuncia presentada por organizaciones agrarias con respaldo federal. No era el fin de Cepeda.
Los hombres como él no terminan rápido ni fácil. Tenían dinero, tenían abogados, tenían conexiones. El proceso iba a ser largo, pero por primera vez en 2 años, en el caso de Basilio, y en casi 4 meses, en el caso de Candela, el peso del proceso no estaba solo sobre ellos. Basilio se fue un martes. No fue de repente ni de manera dramática.
Lo fue anunciando de a poco, con la misma honestidad, sin ornamentos, que Candela había aprendido a reconocer como su manera natural de decir las cosas. Primero dijo que necesitaba ir a ver a su hija, luego que necesitaba ir a San Marcos a reunirse con el abogado que la licenciada Fortuna le había conseguido para la parte del caso correspondiente a sus tierras originales.
Luego que había una cita con Evaristo Mendoza para coordinar el testimonio en persona. Cada razón era real. Ninguna era toda la verdad. La verdad era que necesitaba ir a retomar los pedazos de su propia vida que todavía podían retomarse y que quedarse más tiempo en este terreno, en esta cercanía con esta mujer, era algo que le costaba más de lo que podía manejar mientras esa vida todavía estaba sin resolver.
Candela lo entendió sin que él lo dijera con esas palabras. La mañana que se fue, el chivo estaba atado cerca del matorral de siempre. Los dos pollos seguían vivos, más los cuatro nuevos que Candela había conseguido la semana anterior. El corral seguía sin terminarse, pero la estructura estaba hecha. La casa estaba casi lista. Basilio revisó el techo del cuarto principal una última vez, ajustó un amarre de caña que había notado que estaba flojo y bajó de la escalera improvisada con esa parsimonia suya que Candela ya no leía como lentitud, sino
como cuidado. El techo del tercer cuarto dijo, “Cuando coloque las vigas, ponga la más gruesa en el centro, no en los extremos. Este viento del norte carga más peso del que parece.” Lo sé. dijo Candela. Y el corral use piedra en la base, aunque el resto sea madera. La humedad de la noche pudre la madera desde abajo, si no tiene barrera.
Ordóñez, él se detuvo. Sé hacer una casa dijo ella. Ya lo demostré antes de que llegara. Él la miró y sonrió. La sonrisa completa, la buena, la que ella había visto pocas veces y que cada vez que la veía le resultaba más difícil no devolverla. Sí. dijo, “Ya lo demostró.” Tomó su mochila, la misma con que había llegado, que ahora tenía más peso porque llevaba los documentos importantes que necesitaba para el proceso.
Se paró frente a ella. “Cuando resuelva lo mío,” dijo, “No sé cuánto tiempo va a tomar, puede ser mucho, pero cuando resuelva lo mío, yo voy a estar aquí”, dijo Candela. “Lo sé, no se abrazaron. No era el momento ni era lo que eran, pero él extendió la mano y ella la tomó y fue un apretón largo, firme, de los que dicen más que los abrazos.
Luego él se dio la vuelta y tomó el camino de tierra. Candela lo vio alejarse hasta que la figura se hizo pequeña y luego desapareció en la curva donde el camino giraba hacia la bajada. El chivo la miró. Los pollos siguieron picoteando la tierra. El cerro siguió siendo lo que era. Pasaron los meses, la Procuraduría Agraria Federal emitió su primera resolución.
El caso era admisible y requería investigación formal. Eso bloqueó indefinidamente el proceso de impugnación del juzgado local. La concesión hídrica de Cepeda fue suspendida preventivamente mientras durara la investigación sobre el origen de los derechos de propiedad en la zona. Don Cándido coordinó una asamblea egidal donde se votó por iniciar un proceso formal de reconocimiento del manantial como recurso ejidal protegido.
La Asamblea aprobó por unanimidad menos dos votos. Fabiola volvió dos meses después con más documentación del caso de Veracruz que vinculaba el patrón de Cepeda en múltiples estados. La licenciada Fortuna presentó el caso ampliado ante la Comisión Nacional Agraria. El caso de Basilio en San Marcos avanzó más lento, como avanzan siempre los casos donde hay más que perder para las otras partes.
Pero avanzó. El testimonio de Evaristo Mendoza fue determinante para que un juez federal aceptara revisar las escrituras originales cuestionadas. Candela terminó la casa. El tercer cuarto con la viga gruesa en el centro, como Basilio había dicho, el corral con piedra en la base, el huerto con frijol, chile, calabaza y maíz, que dio cosecha antes de lo que esperaba.
Porque la tierra de cerro hondo del silencio, tan inhóspita en apariencia, era de las que guardaban más nutrientes de los que prometían. conseguió dos cabras, luego tres gallinas más, luego un perro de rancho que apareció un día sin dueño y se quedó como si siempre hubiera estado. Y en las noches, cuando el cerro se quedaba en silencio y el fuego en el cuarto principal ardía con esa calma de las cosas que ya están en su lugar, Candela pensaba en Basilio, no con el peso de la ausencia, sino con algo diferente, con la certeza tranquila de
que lo que se construye junto deja una marca que no desaparece cuando uno se va. Tenía razón él en eso. Fue un jueves por la tarde cuando escuchó el paso en el camino de tierra. No lo reconoció por el sonido. Los pasos de antes eran arrastrados, pesados, de alguien que cargaba demasiado. Estos eran diferentes, más directos, más firmes.
Levantó la vista de la siembra. era él diferente, no en apariencia, que era casi la misma, salvo por la ropa menos desgastada, sino en la forma de caminar, en la forma de llevar los hombros. No traía gallinas, no traía chivo, traía una mochila y una bolsa de tela y una expresión que Candela no había visto antes en él.
No era alegría, era algo más sólido que la alegría. Era la cara de alguien que ha terminado de resolver algo importante y que sabe lo que quiere ahora. Se detuvo en el borde del terreno. Miró la casa terminada, el corral, el huerto, el perro que se había levantado a ver quién llegaba. Miró a Candela.
“Quedó bien”, dijo señalando la casa con la cabeza. “Quedó bien”, confirmó ella. El techo del tercer cuarto puso la viga gruesa en el centro. Le dije que sé hacer una casa. Él sonríó. Se quedaron mirándose un momento, no con la incomodidad de antes, con algo más asentado. ¿Cómo le fue?, preguntó ella. El juez federal aceptó revisar las escrituras originales.
Va a tomar tiempo, pero el abogado dice que hay base sólida para recuperar al menos 200 haáreas de las 400 que perdí. Y su hija. La cara de Basilio cambió de una manera que Candela notó. y que prefirió no describir porque era demasiado personal para describirlo. Bien, dijo, “Está bien, la vi dos semanas. Es una buena muchacha. Me alegra. Pausa.
¿Y remedios?”, preguntó Candela. Basilio sacudió la cabeza lentamente. Remedios encontró su vida. Dijo, “Está bien, no hay rencor, pero ese camino ya terminó.” Candela asintió. “¿Y usted?”, preguntó él. ¿Cómo le fue con el proceso federal? Sigue avanzando, lento, pero avanza. Don Cándido dice que para el año que viene puede haber resolución sobre el manantial.
Si el ejegido gana el reconocimiento, hay proyectos de agua que pueden dar trabajo a toda la zona. Y se peda, “Quieto”, dijo Candela. “Por ahora un hombre así no termina, pero sí se puede hacer que deje de avanzar.” Basilio miró el terreno alrededor. Hay espacio para ampliar el huerto hacia el norte, dijo. Lo sé. Y la segunda hectárea que limpió ya la sembró.
La mitad. La otra mitad necesita riego si quiere sembrar en seco. Lo sé. Hay una técnica de ollas de barro subterráneas que usan en algunas zonas de Oaxaca. Muy eficiente. La aprendí de un ejidatario cuando era muchacho. Cuéntemela, dijo Candela. Y en esas tres palabras había todo lo que ninguno de los dos había dicho todavía con esas palabras, pero que ya estaba ahí construido sin que ninguno lo planeara, como las paredes de barro y piedra que seguían en pie bajo el cielo limpio de cerro hondo del silencio. Basilio dejó su mochila junto
a la entrada de la casa. ¿Tiene café?, preguntó. Siempre, dijo Candela. Y entraron. No construyeron solo una casa. construyeron lo que dos personas construyen cuando el mundo les quitó todo lo demás y decidieron, sin planearlo, que lo que quedaba valía la pena defenderlo junto. No fue fácil, no iba a ser fácil.
Los procesos legales seguirían durante meses y quizás años. Cepeda no era el tipo de hombre que desaparece solo porque alguien presenta documentos. El cerro seguiría siendo duro en el verano y frío en el invierno. El dinero seguiría siendo escaso. Las paredes seguirían necesitando mantenimiento, pero las paredes estaban en pie.
Y eso encerro hondo del silencio, donde nadie llega sin un motivo desesperado, era más de lo que la mayoría de las personas que pasan por ese camino de tierra logran construir. Candela Ruiz había llegado huyendo de algo, se quedó construyendo algo y a veces esa diferencia lo es todo. No importa cuántas veces la vida intente derrumbarte, lo que construyes con tus manos y tu voluntad, nadie te lo puede quitar para siempre. antes de irte.
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