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Rejected for being poor, she saved the life of the boss and her destiny changed forever.

El sol caía sin piedad sobre las calles empedradas de San Cristóbal del Valle, pero el verdadero peso lo cargaba Elena en el pecho. Con su vestido remendado tantas veces que ya había perdido el color original, [música] caminaba con la mirada clavada en las piedras del suelo, contando los pasos como se cuentan las cosas [música] cuando no hay nada más en que pensar.

Llevaba tres días sin comer algo caliente. Desde que Aurelio murió aplastado por un derrumbe en la mina [música] de Cal, Elena había dejado de contar también los días. Solo contaba lo que faltaba. Faltaba el dinero de la renta, faltaba comida en la olla. Faltaba la voz de él llamándola desde el corredor al atardecer.

Al cruzar la plaza central, las miradas de las mujeres del pueblo se posaron sobre ella, como se posan las moscas, sin permiso y sinvergüenza. Ahí va la viuda del minero”, susurró doña Carmen desde la sombra del arco de la presidencia, asegurándose [música] de que su voz llegara exactamente hasta donde Elena caminaba, sin un centavo y sin oficio.

No tarda en venir a suplicarle las obras al mercado. Elena apretó los dedos alrededor del chal que le cubría los hombros y siguió caminando. No aceleró el paso, no volvió [música] la vista. Su dignidad era lo único que el destino no le había arrancado todavía y no pensaba dársela a doña Carmen de regalo.

Esa misma tarde, el dueño de [música] la pensión tocó la puerta con los nudillos, sin mirarla a los ojos, y le dijo que lo sentía, pero que necesitaba el cuarto, que tenía una familia con niños que pagaba puntual, que entendía su situación, pero que él también tenía sus necesidades. Elena recogió lo poco que tenía en un atado de tela, una fotografía de su boda, el rosario de su madre, dos mudas de ropa y una olla pequeña [música] que había sobrevivido a todo.

Salió a la calle sin decir nada porque no había nada que decir. La noche se acercaba con ese frío húmedo de las montañas de Chiapas [música] que se mete por las grietas de la ropa y llega directo a los huesos. Elena comenzó a caminar sin rumbo hacia las afueras del pueblo, por el camino que bordeaba las milpas abandonadas y subía entre los pinos hacia las tierras altas.

Fue entonces cuando vio las paredes de adobe encalado asomando entre los árboles. La hacienda, los robles. Todo el pueblo sabía de los robles. Era la propiedad más grande de la región, con tierras que llegaban hasta el río del norte y ganado suficiente para alimentar tres pueblos. y era del hombre más temido de San Cristóbal del Valle, don Ricardo Cien fuegos, viejo de carácter de piedra que había despedido a todos sus peones hacía meses y que, según contaban, disparaba desde el corredor a cualquiera que se acercara sin ser

llamado. Decían que se había vuelto loco de amargura, que la riqueza lo había corrompido, que Dios lo estaba castigando por algún pecado viejo que nadie conocía, pero todos imaginaban. Elena miró la hacienda entre los árboles. Luego miró el camino que volvía al pueblo. Luego miró el cielo que se oscurecía rápido sobre los pinos.

No tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo. Empujó la tranquera y entró. El silencio dentro de la hacienda era [música] del tipo que pesa. No había perros ladrando, no había trabajadores en los establos, [música] no había lumbre en la cocina ni humo saliendo por la chimenea. Solo el crujir de las tablas viejas del corredor bajo sus [música] botas rotas y el viento colándose entre las vigas del techo.

Elena subió los escalones del porche despacio con la mano apoyada en el poste de madera para no tropezar en la oscuridad. Y entonces lo vio en una mecedora al fondo del corredor, envuelto en una manta de lana gruesa, a pesar del frío [música] que todavía no era de noche, estaba el temido don Ricardo 100 fuegos.

No era el monstruo que las leyendas pintaban, era un anciano pálido, con la piel del color de la cera vieja, que respiraba con esa dificultad de quien tiene la fiebre instalada en el pecho desde hace días. Una botella de medicina vacía había caído de la pequeña mesa de madera a su lado y nadie la había recogido.

Estaba completamente solo, abandonado por el pueblo que amaba su dinero, pero que huyó en cuanto la fiebre del valle lo tocó. El anciano abrió los ojos pesadamente cuando escuchó sus pasos. Los tenía inyectados en rojo, la mirada turbia de quien lleva días sin dormir bien. La recorrió de arriba a abajo. Vio el vestido remendado, las botas rotas, el atado [música] de tela.

¿Vienes a robarle a un moribundo?”, dijo con una voz rasposa que salía mal, como puerta que necesita aceite. “Adelante, ya no me queda fuerza para detenerte.” Elena no se movió por un momento. Miró al hombre, miró la botella caída, miró la taza de barro vacía sobre la mesa. Luego entró a la cocina, encontró la jarra de agua que todavía tenía algo en el fondo, llenó la taza, volvió al corredor y se arrodilló junto a la mecedora.

No respondió en voz baja, pero firme. Vengo a ofrecerle un poco de agua. El dinero no quita la sed del alma y parece que los dos hemos sido olvidados por el mismo mundo. Don Ricardo la miró como si no entendiera bien qué era lo que veían sus ojos. Luego tomó la taza con manos temblorosas y bebió. Los días que siguieron fueron de los más duros que Elena recordaría en su vida, pero también de los más honestos.

Durmió la primera noche en el suelo de la cocina, enrollada en su chal con la puerta cerrada para guardar el poco calor que quedaba en las brasas. Se levantó antes del amanecer porque el cuerpo de quien ha vivido en pobreza, no sabe dormir tarde y fue a buscar agua al pozo del patio. El pozo crujió cuando giró la manivela.

El balde bajó con un sonido que rebotó en las paredes de piedra. Luego subió pesado y frío. Elena lo volcó en el cántaro grande de la cocina y fue a ver al enfermo. Don Ricardo tenía fiebre alta. Le ardía la frente como piedra al sol de mediodía. Elena buscó por los cajones de la cocina hasta encontrar trapos de tela limpia. Los mojó en el agua fría y se los puso en la frente y en la nuca.

Buscó también en el huerto abandonado del fondo de la propiedad, donde todavía crecían salvajes, unas matas de hierb buuena y gordo lobo, y preparó una infusión fuerte que olía a monte y a cosa seria. “Beba,”, le dijo. “¿Qué es eso?”, preguntó él con desconfianza, mirando la taza humeante.

Lo mismo que le daban las abuelas cuando la medicina no alcanzaba. Don Ricardo la miró un momento, luego bebió. con esa resignación de quien ya no tiene energía para pelear contra nada. El primer día él no habló. La miraba trabajar desde la mecedora o desde la cama cuando Elena lo convenció de que era mejor que se acostara. La miraba limpiar el polvo de años que cubría los muebles, barrer las hojas secas que el viento había metido por las ventanas, calentar el caldo de verduras que había preparado con lo que encontró en el huerto y en la despensa. El

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