Posted in

Los CAZÓ uno por uno: El Final BRUTAL de los Traidores de Pancho Villa

 Parece una maldición de novela gótica, pero es un hecho histórico frío y duro. Miren la lista de los hombres que le dieron la espalda, que conspiraron contra él o que ordenaron su ejecución. Ninguno murió de viejo en su cama rodeado de nietos. Ninguno tuvo un final honorable. La sangre de Villa parecía tener una toxicidad retardada, como si al derramarla se hubiera liberado un veneno que perseguiría a sus enemigos a través de los años, cruzando fronteras y presidencias hasta cobrar la deuda.

 Para entender esta cadena de muertes, debemos entender primero la naturaleza de la lealtad en aquellos tiempos salvajes. Para villa, la lealtad lo era todo. Era un hombre de extremos. Si eras su amigo, te daría la camisa de su espalda. Si lo traicionabas, no había lugar en la tierra donde pudieras esconderte. Y aunque Villa murió en 1923, su fantasma o la inercia violenta que él representaba siguió cazando.

 Esta no es solo la historia de cómo murió Pancho Villa, es la autopsia de una generación de generales malditos, hombres como Victoriano Huerta, el usurpador alcohólico, Tomás Urbina, el compadre codicioso, Benustiano Carranza, el viejo testarudo, Álvaro Obregón, el estratega invencible, y Plutarco Elías Calles, el jefe máximo.

 Todos ellos jugaron con fuego al cruzar al centauro y todos ellos terminaron quemados de formas que desafían la imaginación. Desde botellas de brandy envenenadas en una prisión de Texas hasta disparos a quemarropa en un restaurante de lujo en la Ciudad de México, desde choas de barro en la sierra de Puebla hasta el exilio humillante en California.

 La muerte los encontró a todos y a menudo los encontró de la misma forma violenta y traicionera con la que ellos trataron a Villa. Hoy vamos a abrir los expedientes de estos hombres. Vamos a limpiar la sangre seca de las páginas de la historia para ver los detalles que los libros de texto suelen omitir.

 Vamos a ver como el karma revolucionario operó con una precisión brutal, porque en el México de principios del siglo XX la traición era la moneda de cambio, pero el precio siempre era la vida y la cuenta de cobro de Pancho Villa estaba a punto de empezar a llegar, nombre por nombre, bala por bala. Todo comenzó mucho antes de Parral.

 Comenzó con el primer gran Judas, un hombre con lentes oscuros y una botella siempre en la mano, cuya traición no solo condenó a Villa, sino que hundió a todo un país en la oscuridad. Su nombre era Victoriano Huerta y su final fue tan miserable como su vida. Si la traición tuviera un rostro, llevaría gafas oscuras y olería a coñac barato.

 Ese rostro pertenecía a Victoriano Huerta, un hombre a quien la historia recuerda con el apodo más vil posible, el Chacal. Pero antes de usurpar la presidencia y sumir a México en un baño de sangre, Huerta cometió un pecado original que sellaría su destino. Intentó matar a Pancho Villa cuando Villa era apenas un coronel leal que luchaba bajo sus órdenes.

 Corre el año 1912. La revolución parece haber triunfado con Francisco I Madero en la presidencia. Sin embargo, en el norte estalla una rebelión liderada por Pascual Orosco, madero, confiado y quizás ingenuo, envía a su mejor general, Victoriano Huerta, a sofocarla y como refuerzo envía a las fuerzas irregulares de Pancho Villa.

 Fue el choque de dos mundos irreconciliables. puerta era un producto de la academia militar, rígido, disciplinado, soberbio y profundamente alcohólico. Despreciaba a Villa, lo veía como un bandolero sucio, un campesino analfabeto que no sabía usar un tenedor y que olía a caballo. Por el contrario, admiraba la técnica militar de Huerta, pero desconfiaba de sus ojos inexpresivos ocultos tras esos lentes negros perpetuos.

 La tensión estalló en la ciudad de Jiménez a Chihuahua. Huerta, celoso de la popularidad de Villa entre las tropas y buscando cualquier excusa para deshacerse de él, lo acusó de insubordinación por un robo de caballos insignificante. Fue una trampa administrativa. Sin juicio, sin defensa, Huerta ordenó que Pancho Villa fuera fusilado de inmediato.

 La escena es una de las más dramáticas y patéticas de la vida del centauro. El hombre que más tarde se reiría de la muerte se desmoronó no por cobardía, sino por la injusticia y la incredulidad de ser traicionado por su propio comandante. Abrazado a un poste con los ojos llenos de lágrimas, Villa suplicó por su vida ante el pelotón de fusilamiento. No me maten gritaba.

 ¿Por qué me van a matar si yo soy leal? Huerta observaba la escena impasible saboreando el momento. Estuvo a un segundo de lograrlo. Los soldados ya habían cargado sus maousers, pero en el último instante un telegrama urgente del presidente Madero o la intervención desesperada de los hermanos del presidente, las versiones varían, detuvieron la ejecución.

 Cuerta, furioso, tuvo que perdonarle la vida, pero lo envió encadenado a la prisión de Tlatelolco en la Ciudad de México. Villa sobrevivió, escapó de la prisión meses después, disfrazado y con la barba afeitada, y huyó a Estados Unidos. Pero nunca olvidó. Huertan no solo había intentado matarlo, lo había humillado.

Lo había hecho llorar frente a sus hombres. Y esa humillación se convirtió en el combustible que Villa usaría más tarde para destruir el ejército de Huerta en batallas legendarias como la de Zacatecas. La traición de Huerta no se detuvo en Villa. En 1913, durante la decena trágica, Huerta traicionó y asesinó al presidente Madero, el hombre que le había dado el poder.

 Se convirtió en dictador, instaurando un régimen de terror basado en el asesinato político y la leva forzosa. Parecía intocable. Bebía litros de coñac Génesis al día, despachaba asuntos de estado en cantinas y se burlaba de sus enemigos. Pero la maldición de Villa es paciente. En 1914, la división del norte de Villa, ahora un ejército imparable, destrozó la columna vertebral del régimen huertista.

 Huerta tuvo que huir del país, exiliándose primero en España y luego en Estados Unidos. Y aquí es donde su final comienza a volverse miserable, lejos del honor del campo de batalla. Huerta no murió peleando, murió en una celda de prisión en el Paso, Texas, a pocos metros de la frontera que ya no podía cruzar.

 En 1915, planeando un regreso triunfal a México con el apoyo de espías alemanes en el contexto de la Primera Guerra Mundial, Huerta fue arrestado por agentes federales de EEU en la estación de tren de Newman, Nuevo México. Fue encerrado en la prisión militar de Fort Biss. Su cuerpo, castigado por décadas de alcoholismo brutal, comenzó a colapsar.

Read More