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LA HUMILLABAN COMO SI NO VALIERA NADA… HASTA QUE HACENDADO VIUDO LA LLEVÓ A SU HACIENDA

La humillaban como si no valiera nada, hasta que el ascendado viudo la llevó a su hacienda. El golpe del balde contra las piedras fue lo primero que se escuchó esa mañana, antes del amanecer completo, antes de que el gallo del vecino terminara su canto, antes de que cualquier alma en Valdeoliva tuviera los ojos abiertos.

Inés Montoro ya estaba de rodillas junto al río, con las manos hundidas en el agua fría, restregando una sábana que no era suya, con la espalda doblada en un ángulo que dolía desde las 3 de la madrugada, cuando doña Remedios la había sacudido del hombro con una brutalidad que no necesitaba palabras para ser entendida. Las sábanas de la patrona no se laaban solas, muchacha.

Eso fue todo, sin mirarla, sin esperar respuesta. Y Inés se había levantado como siempre, como llevaba años levantándose, sin llorar, porque el llanto ya no servía para nada y sin protestar, porque protestar tenía un precio que ella conocía muy bien. El río salado corría bajo sus dedos entumecidos. La espuma del jabón se iba en la corriente y Inés miraba el agua sin verla, con esa mirada de quien lleva tanto tiempo sobreviviendo, que ya olvidó cómo se siente simplemente vivir.

Tenía 23 años y parecía cargar con 50. No siempre había sido así. Hubo un tiempo no tan lejano como para olvidarlo, pero sí lo suficientemente doloroso como para que recordarlo costara algo. En que Inés Montoro era la hija del señor Aurelio Montoro, dueño de unas tierras modestas pero dignas al oriente del pueblo.

Un hombre que la miraba como si ella fuera lo más valioso que había producido esa tierra. La llamaba su cielo en miniatura. le enseñó a leer cuando ningún padre del pueblo se molestaba en eso con sus hijas. Le compró un cuaderno con tapas de cuero cuando ella cumplió 12 años. Le dijo una tarde en que los dos estaban sentados en el portal viendo caer el sol detrás de los cerros, que una mujer que sabe leer y pensar no puede ser completamente destruida por nadie.

Inés guardó esas palabras como se guarda agua en tiempo de sequía. Las necesitaría más de lo que él imaginaba. Aurelio Montoro murió cuando ella tenía 15 años, una fiebre que llegó rápido y se llevó todo más rápido todavía. Y en ese momento, Inés descubrió que su padre, ese hombre tan bueno y tan descuidado, había tomado una decisión dos años antes que cambiaría el destino de su hija para siempre.

Se había casado en segundas nupcias con doña Remedios Alcázar, una mujer de torre blanca, viuda también, sin hijos propios, con una sonrisa que sabía cuándo aparecer y unos ojos que calculaban todo sin que nadie lo notara. Aurelio la había conocido en una feria de ganado y se había enamorado con la ingenuidad de un hombre que llevaba demasiado tiempo solo.

Inés nunca la quiso, pero mientras su padre vivió, la soportó. Cuando su padre murió, descubrió que soportar era lo único que le quedaba. Doña Remedios no tardó en mostrar su naturaleza real. Primero fue sutil, pequeñas cosas. La habitación de Inés fue reorganizada y terminó siendo el cuarto de las escobas y los costales.

Su ropa fue donada a los pobres del pueblo. Porque ya no te queda bien. Has crecido demasiado. Sus cuadernos de lectura desaparecieron sin explicación. Después vino la servidumbre de facto, sin nombrarlo así, sin un contrato ni un acuerdo, simplemente un día remedios empezó a darle órdenes y Inés las cumplió porque tenía 15 años, acababa de perder a su padre y no tenía nadie más en el mundo.

Y cuando alguien empieza a obedecer desde el miedo, el miedo crece. Para cuando Inés cumplió 16, ya lavaba, cocinaba, limpiaba y cargaba. Para los 17 Remedios había traído a su propia sobrina Carmensa, una muchacha de ciudad que usaba los vestidos que habían sido de la madre de Inés y caminaba por la casa como si hubiera nacido dueña de ella.

Para los 20, Valdeoliva entero sabía cómo vivía Inés Montoro y nadie hacía nada. Eso era lo que más pesaba, no el trabajo. Inés podía con el trabajo. Sus manos lo demostraban curtidas y fuertes, capaces de restregar, cargar y construir. No el hambre que a veces llegaba cuando Remedios decidía que habías comido suficiente esta semana.

Eso también lo aguantaba. Lo que más pesaba era la indiferencia. La señora Catalina, que vivía frente a la casa, la veía llegar con los baldes al hombro y apartaba la mirada. El padre Eustaquio, que conocía a Aurelio Montoro desde niño, le daba la bendición los domingos con una sonrisa triste y no decía más.

Las muchachas del pueblo con las que Inés había jugado de niña, ahora la esquivaban en la plaza porque meterse en problemas ajenos trae problemas propios. Y los hombres del pueblo simplemente no la miraban, o si la miraban, era con esa mezcla de lástima y desprecio que tienen los que observan el sufrimiento ajeno y lo usan para sentirse superiores.

Inés se había vuelto invisible. Y lo peor de volverse invisible es que uno mismo empieza a creer que no existe. Esa mañana junto al río, con las manos en el agua y la mente en ninguna parte, Inés no escuchó los pasos sobre la tierra seca. No oyó el ruido de los caballos deteniéndose a distancia.

No supo en ese momento que alguien la estaba mirando. Don Baltasar Quevedo había llegado a Valdeoliva desde su hacienda Las Ánimas, ubicada a 3 horas de camino hacia el norte, donde los cerros empezaban a ponerse más serios y el viento olía diferente. Había venido por un asunto de linderos, un problema con un vecino que reclamaba una franja de tierra en el extremo sur de la propiedad.

Un problema aburrido de esos que se resuelven con documentos y notarios, no con sangre. Venía acompañado de Leandro, su capataz de confianza, un hombre de pocas palabras y mucho criterio, que conocía los caminos de esa región mejor que nadie. Baltasar tenía 44 años. Era un hombre que el tiempo había labrado con cierta dureza, sin quitarle del todo la presencia.

alto, de hombros cargados por años de trabajo real, no de apariencia. El cabello entre cano le daba un aire de seriedad que a veces la gente confundía con frialdad. No era frío, era reservado, había una diferencia y llevaba dos años siéndolo más de lo habitual. Desde que Elena, su esposa, había muerto de un parto que ningún médico del pueblo pudo salvar a tiempo.

Desde entonces, las ánimas funcionaba con precisión y sin alegría. Los trabajadores lo respetaban. Nadie se le acercaba sin necesidad. Así prefería él que fuera. Leandro detuvo el caballo al llegar al margen del río. Descansamos aquí un momento, patrón. Los animales necesitan agua. Baltaszar asintió sin hablar.

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