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HE HID FROM THE WORLD… TO DISCOVER WHO WOULD TRULY LOVE HIM

En las montañas del altiplano boliviano, donde el viento sopla con fuerza entre los cerros áridos, existe un pueblo llamado San Andrés de Machaca. Es un lugar donde todos se conocen y donde la pobreza y la riqueza conviven en equilibrio frágil. Don Leandro Figueroa había sido durante más de 30 años el hombre más respetado de San Andrés de Machaca.

 Su hacienda, la esperanza, se extendía por hectáreas de tierra fértil en el valle. Era viudo desde hacía 5 años, desde que su esposa, doña Mercedes, falleciera dejándolo solo en aquella casa enorme de adobe y tejas rojas. Don Leandro tenía 62 años, pero su rostro curtido por el sol lo hacía parecer mayor. No tenían hijos. Ese había sido el gran dolor de su matrimonio y don Leandro había quedado solo, rodeado de riqueza, pero vacío por dentro.

 Después de la muerte de doña Mercedes, don Leandro pronto comenzó a notar algo inquietante. Las visitas de las mujeres viudas y solteras del pueblo se volvieron más frecuentes, sus sonrisas más amplias, sus conversaciones más insinuantes. Doña Celestina Quispe llegaba con pasteles caseros y preguntas sobre sus tierras. Eugenia Mamani hablaba con voz dulce sobre cuánto ganaba con la venta de quinua.

 Incluso su prima lejana, Fortunata Condori, apareció desde Ores de quedarse indefinidamente. Don Leandro observaba todo con tristeza y repulsión. Ninguna de esas mujeres preguntaba cómo se sentía o si extrañaba a doña Mercedes. Todo giraba en torno a su dinero. Una tarde de junio, don Leandro tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre.

 Si todas esas mujeres lo buscaban por su dinero, ¿qué pasaría si creyeran que ya no tenía nada? Quería encontrar a alguien que lo amara por lo que era, no por lo que poseía. Don Leandro llamó a su hombre de confianza, Juliana Pasa, un campesino que había trabajado en la esperanza desde joven y conocía todos los secretos de la hacienda.

 Julián, necesito que me ayudes con algo inusual”, le dijo aquella tarde. “Quiero fingir que he perdido mi fortuna.” Le contó sobre las mujeres codiciosas, sobre su deseo de encontrar un amor verdadero antes de que fuera demasiado tarde. Julián escuchó en silencio y cuando don Leandro terminó, el campesino sonrió con comprensión.

 “Es un plan arriesgado, patrón. La gente hablará. que hablen. Prefiero eso a seguir viviendo rodeado de mentiras. Durante las siguientes semanas pusieron el plan en marcha. Don Leandro comenzó a vender públicamente algunas posesiones menos importantes. Corrió el rumor de que tenía problemas financieros, que las deudas lo ahogaban.

 En realidad, simplemente estaba moviendo su riqueza a lugares donde nadie pudiera verla. Cuentas bancarias en La Paz. Tierras registradas a nombre de primos lejanos. La transformación de la esperanza fue gradual. Don Leandro despidió a los trabajadores, dejó de contratar peones, comenzó a cocinar platos sencillos. La casa grande empezó a verse descuidada.

Don Leandro cambió su manera de vestir usando ropa gastada y remendada. Su apariencia se volvió cada vez más descuidada. Las reacciones no se hicieron esperar. Doña Celestina dejó de visitarlo. Eugenia inventó excusas y desapareció. Fortunata hizo sus maletas y regresó a Oruro. Don Leandro observaba todo con tristeza y alivio.

 Confirmaba lo que sospechaba, pero estaba en el camino correcto. El rechazo social que vino con su aparente pobreza fue inesperado. La gente que antes lo saludaba con respeto, ahora lo miraba con lástima o desprecio. Los comerciantes le exigían pago inmediato. Los vecinos lo excluían de celebraciones.

 Don Leandro se mudó a una pequeña choza en la parte trasera de la propiedad. Era un espacio humilde con una cama de madera, una mesa pequeña y una estufa de leña. Las noches eran difíciles. Se preguntaba si no estaba cometiendo un error terrible, si el amor verdadero era solo una ilusión. Pasaron tres meses.

 Don Leandro trabajaba ahora como jornalero, haciendo trabajos pesados que antes supervisaba. La gente lo trataba con burla y con miseración. Las mujeres que antes lo cortejaban ahora lo ignoraban completamente. Fue en una tarde de agosto, mientras regresaba de un trabajo. Cuando la vio por primera vez, Inés Valdivia caminaba por el camino de tierra cargando leña en su espalda.

 Era una mujer de unos 45 años, vestida con polleras gastadas y un sombrero de fieltro viejo. Su rostro mostraba líneas profundas de trabajo duro, pero había una dignidad tranquila en su expresión que llamó la atención de don Leandro. Cuando pasó junto a él, sus miradas se cruzaron. Inés le ofreció una pequeña sonrisa antes de continuar su camino.

 Don Leandro se quedó observándola alejarse, sintiendo una curiosidad que no había sentido en mucho tiempo. Esa noche le preguntó a Julián sobre Inés Valdivia. Es la mujer más despreciada del pueblo, patrón, comenzó Julián. Tuvo una vida muy dura. Su marido, Ramiro Choque, un borracho violento, la abandonó con tres hijos pequeños.

 Inés los crió sola, trabajando en lo que podía. Los tres niños crecieron y se fueron. Ninguno la visita ni le manda dinero. ¿Por qué la desprecian? Preguntó don Leandro. Por muchas razones injustas, porque su marido la abandonó, porque es pobre y por rumores nunca probados sobre su pasado. En un pueblo como este, los rumores duran más que la verdad.

 Durante los días siguientes, don Leandro comenzó a fijarse en Inés. La veía en el mercado vendiendo API, sentada en un rincón. La gente apenas se detenía en su puesto. Inés soportaba el desprecio con paciencia silenciosa, sin quejarse. Un sábado por la mañana, don Leandro se acercó a su puesto. Buenos días, señora.

¿Me podría vender un vaso de api? Inés levantó la mirada, sorprendida de que alguien se dirigiera a ella con cortesía. Le sirvió el API y don Leandro descubrió que era el mejor que había probado en mucho tiempo. Le pagó el doble de lo que pedía. “Gracias, señor. Que Dios lo bendiga”, dijo Inés con gratitud genuina.

 Don Leandro se convirtió en cliente regular. Cada mercado compraba API y conversaba con Inés. Al principio ella se mostraba reservada, pero poco a poco comenzó a abrirse. Le contó sobre sus hijos, sobre lo difícil que era sobrevivir. Le mencionó su cojera resultado de una caída cargando leña años atrás. Don Leandro comenzó a ayudarla con trabajos pesados, cargar leña, reparar su techo, arreglar el corral de sus gallinas.

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