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“FINJA SER MI ESPOSA” — DIJO HACENDADO VIUDO A UNA JOVEN HUMILDE… SIN IMAGINAR LO QUE PASARÍA

Finja ser mi esposa”, dijo asendado viudo a una joven humilde sin imaginar lo que pasaría. La voz de Adrián Montalvo nunca había temblado frente a nadie, ni cuando enterró a su padre con 18 años y tuvo que hacerse cargo de la hacienda, ni cuando perdió a su esposa en aquella tarde de marzo, que prefería no recordar.

 Pero esa mañana, con el papel en la mano y el abogado sentado al otro lado del escritorio mirándolo como si ya supiera el resultado, Adrián sintió algo que no reconocía del todo. Miedo. Don Adrián, si no presentamos evidencia de una vida familiar estable antes de la audiencia, el juez va a fallar en contra. Los Villanueva tienen abogados en la capital, tienen contactos y sobre todo tienen tiempo. Usted no.

Adrián dobló el papel despacio, lo dejó sobre el escritorio, se levantó y caminó hacia la ventana que daba a los viñedos, ese mar de verde y dorado que su bisabuelo había plantado con las manos, que su abuelo había regado en años de sequía, que su padre había defendido de prestamistas y políticos corruptos, y que ahora, por una cláusula enterrada en un contrato que nadie había leído con suficiente Cuidado podía perderse.

Estabilidad familiar, dijo sin darse la vuelta. Eso es lo que pide el juez. Eso es lo que pide la ley en este tipo de disputa territorial cuando existe una cláusula de herencia condicionada. Su bisabuelo firmó ese documento. Don Adrián estableció que la hacienda no podía ser transferida ni disputada mientras hubiera un montalvo al frente de una familia constituida.

Los Villanueva encontraron la forma de usar eso en su contra. Argumentan que usted, al ser viudo y sin herederos directos reconocidos, no cumple la condición. Eso es una interpretación forzada. Lo es. Pero es una interpretación que un juez corrupto puede aceptar si le dan suficiente razón para hacerlo y los Villanueva se la están dando.

 Adrián apoyó los nudillos sobre el alfeizar de la ventana. Afuera, los trabajadores comenzaban la jornada entre las hileras de vides. Pequeñas figuras que se movían lentas, inclinadas, con ese ritmo particular de quien conoce la tierra que pisa. ¿Cuánto tiempo tengo? 42 días para la audiencia. 42 días.

 Adrián repasó mentalmente lo que eso significaba. No era tiempo suficiente para construir nada real, pero quizás sí para construir algo que pareciera real. Salga, licenciado. Necesito pensar. El abogado recogió sus papeles sin decir más. Conocía a Adrián Montalvo lo suficiente como para saber que cuando decía que necesitaba pensar, en realidad ya estaba pensando y que cuando llegara a una conclusión no habría forma de disuadirlo.

 Lo que el abogado no sabía era la dirección que tomaría ese pensamiento. Adrián no lo sabía tampoco. Todavía esa misma tarde bajó a los viñedos. No era algo que hiciera con frecuencia en los últimos años. Desde la muerte de Valentina había dejado que el capataz manejara la operación cotidiana y él se había encerrado en los números, en los contratos, en las reuniones con compradores de vino que llegaban desde ciudades lejanas con trajes que no pegaban con el polvo del camino.

 Había construido una distancia entre él y la tierra que antes amaba, como si acercarse demasiado fuera peligroso, como si la hacienda le recordara demasiado a ella. Pero esa tarde necesitaba caminar, necesitaba sentir el suelo bajo las botas. Fue entre la séptima y la octava hilera donde la vio. No la había notado antes, o si la había notado, no se había detenido a mirarla.

Era una mujer joven, probablemente menor de 30 años, con el cabello oscuro recogido en una trenza que el calor de la tarde había deshecho a medias. Trabajaba sola, separada algunos metros del grupo más cercano, con una concentración que llamaba la atención. No hablaba con nadie, nadie le hablaba a ella.

 Pero lo que más detuvo a Adrián no fue eso. Fue la forma en que trabajaba. Había en sus movimientos algo que no era simple resignación ni tampoco indiferencia. Era una especie de orgullo silencioso. Las manos se movían con precisión entre los racimos, seleccionando, cortando, depositando, sin prisa, sin brusquedad, como si cada uva importara. Adrián detuvo el caballo.

Un trabajador que pasaba cerca lo vio y se acercó quitándose el sombrero. Don Adrián, ¿necesita algo esa mujer? Dijo él en voz baja, señalando apenas con la mirada. ¿Cómo se llama? El trabajador siguió la dirección de sus ojos. Algo cambió en su expresión. Una incomodidad pequeña, casi imperceptible. Lucía.

 Lucía Peral lleva como tres semanas con nosotros. Trabaja bien. Sí, señor. Es de las más cumplidoras. Pero el hombre vaciló. Pero, ¿qué? Nada, don Adrián, es buena trabajadora. Adrián lo miró fijamente hasta que el hombre bajó los ojos. ¿Qué iba a decir? Es que en el pueblo dicen cosas de ella, de su familia, cosas que pasaron hace tiempo.

 Yo no sé si son ciertas, pero la gente la gente dice muchas cosas. Cortó Adrián. Gracias, Fermín. El trabajador se alejó. Adrián siguió mirando a Lucía Peral, que en ningún momento había levantado la cabeza, o si lo había hecho, había sido tan brevemente que él no lo había notado. Esa noche, Adrián estuvo una hora sentado frente a la chimenea, sin encender, con un vaso de vino a medio tomar y el mismo pensamiento girando en círculos.

 Era una idea que no debería considerar. Era una idea que si alguien se la hubiera propuesto a él, habría rechazado con una mirada fría, pero nadie se la estaba proponiendo. Él era quien la estaba formando despacio, con la misma precisión con que se construye cualquier cosa que no quiere derrumbarse. Al día siguiente mandó llamar a su capataz, don Porfirio, un hombre de 60 años con bigote blanco y la lealtad de quien ha visto pasar tres generaciones de Montalvos.

Porfirio, la trabajadora nueva Lucía Peral. ¿Qué pasa con ella, patrón? Cuénteme lo que sabe. Don Porfirio se sentó despacio, como quien sabe que lo que va a decir requiere espacio. Llegó de Cerro Azul, un pueblo a unos 70 km de aquí. Vino sola, sin recomendación, solo pidiendo trabajo.

 Le di la oportunidad porque en esa época necesitábamos gente y ella se veía dispuesta. ¿Qué pasó en Cerro Azul? No me lo dijo directamente, pero yo tengo un primo en ese pueblo. Y le pregunté, me contó que el padre de la muchacha, un hombre llamado Eriiberto Peral, se metió en un negocio turbio hace como 4 años.

 Algo con tierras que no le pertenecían, unos documentos falsos, gente de dinero que terminó perjudicada. El hombre huyó, nunca se le volvió a ver y dejó a la familia, la madre y a Lucía, cargando el peso de lo que hizo. Ella tuvo parte en eso. Según lo que sée, no. Pero en esos pueblos chicos, cuando un padre hace una cosa, la hija carga la vergüenza.

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