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Explorer disappeared in Antarctica in 1990 — years later his compass was found in the ice

Cada estructura estaba anclada al suelo rocoso con cables de acero y diseñada para resistir vientos de hasta 200 km porh. Sin embargo, esa tarde de enero la naturaleza parecía decidida a poner a prueba los límites de la ingeniería humana. El meteorólogo estadounidense, Dr. James Patterson, había pronosticado una tormenta moderada que duraría 6 horas.

Llevaban ya 12 horas de viento constante y la intensidad no mostraba signos de disminuir. Las comunicaciones con la base argentina más cercana se habían cortado desde las 4 de la tarde y el generador eléctrico había comenzado a fallar intermitentemente. sensores sísmicos que instalamos ayer cerca del glaciar van a quedar destruidos si esto sigue así”, murmuró Hernán presionando la nariz contra el cristal helado de la ventana.

A través de la cortina blanca apenas podía distinguir las siluetas de los equipos científicos que habían dejado al aire libre, ahora convertidos en montículos informes cubiertos de nieve. Dr. Patterson se acercó ajustándose los anteojos empañados. Hernán, esos sensores están diseñados para soportar condiciones extremas.

Pueden esperar hasta mañana, ¿no entendés?”, replicó el argentino. Su acento porteño más marcado por la preocupación. Esos aparatos costaron $50,000. Si se dañan, perdemos 6 meses de trabajo. Y además, necesito los datos del sismógrafo para calcular la densidad del hielo en esa zona. La doctora Elena Sánchez, glacióloga española y la única mujer en el equipo, levantó la vista desde el mapa topográfico que estudiaba.

Hernán tiene razón. Los sensores sísmicos son fundamentales para el proyecto, pero nadie puede salir con esta tormenta. El argumento continuó durante una hora. Algunos científicos apoyaban la idea de intentar un rescate rápido de los equipos. Otros consideraban que era una locura arriesgar vidas humanas por instrumentos reemplazables.

Hernán escuchaba los debates, pero su mente ya había tomado una decisión. A las 8:40 de la noche, cuando la mayoría de sus colegas se habían retirado a descansar, Hernán se dirigió silenciosamente al almacén de equipos. Se enfundó una parca ártica reforzada, gafas de ventisca, botas con crampones y guantes térmicos. En la mochila metió una linterna de emergencia, bengalas de señalización, una radio portátil, chocolate energético y una botella térmica con café caliente.

Roberto Mendoza, que no podía dormir por el ruido constante del viento, lo vio preparándose. Hernán, no me digas que vas a hacer lo que creo que vas a hacer. Son 5 minutos ida y 5 minutos vuelta”, respondió Hernán, comprobando que la brújula estuviera segura en su bolsillo. “El sismógrafo principal está a 200 m.

Lo desconecto, lo traigo acá y listo. ¿Estás loco? Ahí afuera no se ve ni la mano enfrente de la cara, por eso llevo esto. Hernán golpeó suavemente el bolsillo donde guardaba la brújula de su padre. Y mientras tenga el norte, no me voy a perder. Roberto intentó disuadirlo durante 10 minutos, pero conocía lo suficiente a su colega argentino para saber que una vez tomada una decisión, Hernán Villalba Quiroga era inmovable como los glaciares que estudiaba.

A las 9:15 de la noche, Hernán abrió la puerta de la base. El viento lo golpeó como un puño gigante, casi derribándolo antes de dar el primer paso. La nieve le azotaba la cara como miles de agujas heladas y el ruido era ensordecedor, pero él conocía exactamente la dirección. Noreste, 200 m en línea recta hasta el primer equipo sísmico, sacó la brújula.

La aguja se orientó firmemente hacia el norte magnético. Hernán sonrió por primera vez en días. “Gracias, viejo”, murmuró pensando en su padre. Avanzó paso a paso, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas. Cada metro era una batalla contra el viento que amenazaba con arrastrarlo. A los 50 m se detuvo, sacó la brújula otra vez, corrigió rumbo 2 grados hacia el este y continuó.

Roberto Mendoza esperó en la puerta durante exactamente 20 minutos. Luego despertó al Dr. Patterson y a la Dr. Sánchez. Hernán salió a buscar los equipos hace 20 minutos. Les gritó por encima de la tormenta. Debería haber vuelto ya. Los tres intentaron salir a buscarlo, pero la tormenta había empeorado.

La visibilidad era absolutamente nula y el viento alcanzaba rachas que los derribaban antes de avanzar. 10 m regresaron a la base, prendieron todas las luces exteriores y comenzaron a hacer sonar una sirena de emergencia cada 5 minutos. Durante toda la noche esperaron. La tormenta finalmente comenzó a ceder al amanecer del 19 de enero.

Tan pronto como fue posible, los 15 científicos restantes salieron en grupos de búsqueda, rastreando cada metro cuadrado en un radio de 2 km alrededor de la base. Encontraron los equipos sísmicos intactos bajo montículos de nieve. Encontraron huellas que podrían haber sido de Hernán, pero la tormenta había borrado la mayoría.

No encontraron ni rastro del geólogo argentino. La búsqueda continuó durante 8 días. Llegaron dos helicópteros de rescate desde la base argentina Marambio y un equipo especializado en rastreo polar desde Chile. Peinaron 300 km² de hielo, utilizaron detectores térmicos, perros entrenados en rescate al pino y buzos que exploraron grietas y cavernas de hielo.

Hernán Villalba Quiroga había desaparecido completamente, como si la Antártida se lo hubiera tragado. Buenos Aires, 23 de enero de 1990. La llamada telefónica llegó a las 4 de la madrugada. Carmen Villalba de Quiroga despertó con ese sobresalto que solo conocen las madres cuando intuyen que algo terrible ha ocurrido. Al otro lado de la línea, la voz del Dr.

Miguel Fernández, director del Instituto Antártico Argentino, sonaba grave y cansada. Señora Carmen, lamento llamarla a esta hora. Es sobre su hijo Hernán. Las palabras que siguieron se convirtieron en una pesadilla que duraría 18 años. Hernán había desaparecido durante una tormenta en la Antártida.

Las búsquedas continuaban, pero las posibilidades de encontrarlo con vida disminuían con cada hora que pasaba. Carmen, una mujer de 65 años que había criado sola a cuatro hijos después de la muerte de su esposo. Se derrumbó en la cocina de su casa en el barrio de Santelmo. La brújula que Eduardo había regalado a Hernán años atrás, ahora se había convertido en el único vínculo entre su hijo y el mundo de los vivos.

La noticia se extendió rápidamente por la comunidad científica argentina. Los periódicos publicaron la historia en primera plana. científico argentino desaparece en la Antártida. La televisión emitió reportajes sobre los peligros de la exploración polar. La Universidad de Buenos Aires, donde Hernán había sido profesor durante 8 años, organizó vigilias y ceremonias de apoyo a la familia.

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