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DECIDIÓ OCULTAR QUIÉN ERA… Y DESCUBRIÓ QUIÉN REALMENTE VALÍA LA PENA

La hacienda San Cristóbal se extendía por miles de hectáreas en las afueras de la Tacunga, Ecuador, entre montañas que amanecían pintadas de niebla y campos de cebada que ondulaban como un mar dorado bajo el viento andino. Era el tipo de propiedad que aparecía en las páginas de los periódicos locales, siempre asociada al apellido Albear, una familia cuyo nombre pesaba más que cualquier título nobiliario en la región.

Don Nicanor Albear había heredado todo aquello a los 32 años, cuando su padre murió de un infarto fulminante mientras inspeccionaba los corrales. 3 años después, su esposa Gabriela falleció durante el parto de lo que habría sido su primer hijo. El niño tampoco sobrevivió. Desde entonces, don Nicanor vivía rodeado de empleados, abogados, administradores y parientes distantes que aparecían en Navidad con sonrisas tensas y preguntas sobre su testamento.

Tenía 41 años cuando tomó la decisión. Fue una tarde de agosto mientras observaba desde la ventana de su despacho como su sobrina Beatriz, hija de su hermano menor, ensayaba una conversación con el capataz. sobre la posibilidad de modernizar la administración de la hacienda. Beatriz tenía 28 años, un título en administración de empresas obtenido en Quito y una ambición que se notaba en la forma en que medía cada palabra, cada gesto.

 Don Nicanor no la culpaba, tampoco culpaba a su hermano Rodrigo, que vivía en Guayaquil, y llamaba cada dos meses para sugerirle que vendiera parte de las tierras y diversificara sus inversiones. Ni siquiera culpaba a las tres mujeres con las que había cenado en los últimos dos años, presentadas por amigos bien intencionados, todas ellas elegantes, educadas, interesadas en su patrimonio y completamente desinteresadas en quién era él cuando cerraba la puerta de su habitación por las noches. Lo que sí sabía era esto.

Llevaba 9 años viviendo como un fantasma en su propia casa. Firmaba documentos, asistía a reuniones, autorizaba gastos, pero no sentía nada. No recordaba la última vez que había reído hasta que le dolieran las costillas o la última vez que alguien lo había mirado esperando solo su compañía, sin agenda oculta.

 Y entonces se le ocurrió la idea. No fue una revelación dramática. Fue más bien un pensamiento frío, casi práctico. ¿Qué pasaría si simplemente desapareciera? No para siempre, solo por un tiempo. Solo para ver si existía algo más allá del apellido, de las tierras, del peso de las expectativas ajenas.

 Tardó tres semanas en organizarlo todo. Primero llamó a su abogado de confianza, el Dr. Amado Salazar, un hombre de 60 años que había trabajado para su padre. y que era una de las pocas personas en el mundo en quien Don Nickanor confiaba plenamente. Le explicó lo que planeaba hacer. El Dr. Salazar lo escuchó en silencio, con las manos cruzadas sobre su escritorio de caoba oscura, sin interrumpirlo ni una sola vez.

 Cuando don Nicanor terminó de hablar, el abogado se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo blanco. ¿Cuánto tiempo piensa estar fuera? No lo sé. 3 meses, 6, un año, hasta que sienta que puedo regresar. El Dr. Salazar asintió lentamente. Y si algo sucede con la hacienda, si hay una emergencia, usted tiene poderes legales para actuar en mi nombre. Confío en su criterio.

Hubo un largo silencio. Afuera, el tráfico de la tacunga zumbaba como un enjambre lejano. El Dr. Salazar volvió a colocarse los lentes. Don Nicanor, permítame decirle algo. He conocido a muchos hombres ricos en mi vida. Algunos murieron sin haber vivido un solo día de verdad. Si usted siente que necesita hacer esto, hágalo.

 Yo me encargaré de todo. Don Nickanor salió de esa oficina con una certeza que no había sentido en años. Dos semanas después dejó una carta para su hermano Rodrigo y otra para su sobrina Beatriz. En ambas decía lo mismo, que necesitaba tiempo para resolver asuntos personales, que estaría ausente temporalmente, que el Dr. Salazar gestionaría todo en su lugar.

 No mencionó a dónde iba, no dio un número de contacto, simplemente se fue. Vendió su camioneta de lujo en un concesionario de Quito y compró un vehículo viejo, un Chevrolet destartalado del año 98 que hacía ruido al arrancar, pero que funcionaba. Se compró ropa sencilla en un mercado popular, pantalones de mezclilla gastados, camisas de algodón sin marca, un par de botas de trabajo con las suelas desgastadas.

 Se dejó crecer la barba, se cortó el cabello de una forma diferente, más corta, menos cuidada, y eligió un lugar al azar en el mapa, Salcedo, un pueblo pequeño a menos de 2 horas de la Tacunga, pero lo suficientemente alejado como para que nadie lo reconociera. Un lugar donde nadie sabría quién era don Nicanor Albear, donde podría ser simplemente Nicanor o incluso Nico, si alguien se tomaba la confianza.

 Llegó a Salcedo un martes por la tarde, cuando el sol ya empezaba a hundirse detrás de las montañas y las calles de tierra se llenaban de sombras largas. El pueblo era pequeño, con casas de adobe pintadas en colores pastel, que se descascaraban con el tiempo, con techas de tejas rojas y ventanas con barrotes de hierro forjado.

 Había una plaza central con una iglesia colonial, un mercado cubierto que olía a cilantro y cebolla y varias tiendas pequeñas donde se vendía de todo, desde herramientas hasta pan recién horneado. Don Nicanor alquiló una habitación en una pensión modesta cerca del mercado. La dueña, una mujer mayor llamada doña Susana le cobró $50 al mes.

La habitación tenía una cama angosta con un colchón hundido, una mesa de noche con una lámpara que parpadeaba y una ventana que daba a un patio interior donde colgaban sábanas al sol. Doña Susana no le hizo muchas preguntas, solo le dijo que el baño era compartido, que no permitía visitas después de las 10 de la noche y que el desayuno no estaba incluido, pero que podía comprar pan y café en la tienda de la esquina.

 Esa primera noche, don Nicanor se sentó en el borde de su cama y miró alrededor. Las paredes estaban pintadas de un color crema que alguna vez había sido blanco. Había una mancha de humedad en el techo. Podía escuchar los pasos de alguien caminando en el piso de arriba y el sonido lejano de una radio transmitiendo un partido de fútbol.

 Por primera vez en 9 años, don Nicanor Albear sonrió. No porque la habitación fuera cómoda, no porque la situación fuera ideal, sino porque en ese momento nadie en el mundo sabía dónde estaba. Nadie esperaba nada de él. Nadie necesitaba su firma, su aprobación, su dinero. Era libre. Los primeros días en Salcedo transcurrieron con una lentitud que don Nicanor no experimentaba desde la infancia.

 No había horarios que cumplir, ni llamadas que atender, ni decisiones urgentes que tomar. Se despertaba cuando el sol entraba por la ventana. Desayunaba en la tienda de la esquina, donde una señora amable le vendía pan con queso y café aguado servido en vasos de plástico. Caminaba por el pueblo sin rumbo fijo, observando, observaba todo.

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