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CREÍA QUE MORIRÍA EMBARAZADA EN EL CAMINO… HASTA QUE HACENDADO VIUDO SE DETUVO Y OCULTABA UN SECRETO

Creía que moriría embarazada en el camino hasta que el acendado viudo se detuvo y ocultaba un secreto. Había sangre en sus pies, no mucha, pero suficiente para dejar una huella pequeña, casi invisible, sobre la tierra seca cada tres o cuatro pasos. Rocío Valderrama no se había dado cuenta hasta que se detuvo y miró hacia atrás.

 Ahí estaban manchas diminutas que el polvo ya empezaba a cubrir, como si el camino mismo quisiera borrar cualquier rastro de que ella había pasado por ahí. No volteó a mirar por mucho tiempo. Voltear significaba recordar de dónde venía y eso era lo único que no podía permitirse. Siguió caminando. El baúl que arrastraba era de madera oscura, reforzado con tiras de metal oxidado en las esquinas.

 No era elegante, no era liviano, era exactamente lo contrario de todo lo que una mujer en su estado debería estar cargando bajo ese sol. Pero Rocío no lo soltaba. Lo había amarrado con una cuerda vieja que pasaba por encima de su hombro izquierdo. Y aunque la cuerda le había abierto una marca roja en la piel, no la quitó. No podía.

 Lo que había dentro de ese baúl era la razón por la que seguía viva y también la razón por la que alguien quería que estuviera muerta. Llevaba tres días caminando desde que salió de Arroyo tres días desde que tomó lo que pudo, metió todo en ese baúl y huyó antes de que amaneciera. Mientras el pueblo dormía y el único hombre que sabía lo que ella había descubierto, todavía no se había dado cuenta de que ella lo sabía.

 El primer día caminó con miedo, el segundo día caminó con rabia, el tercero, El tercero caminó porque si se detenía se moría y no era una forma de hablar. El agua se le había acabado la noche anterior. Había encontrado un charco pequeño cerca de unos arbustos y había dudado. Lo miró por largo tiempo. Pensó en el bebé.

 Pensó en lo que podría haber en esa agua. Decidió no tomar. Siguió caminando. Esa mañana, cuando el sol apenas empezaba a golpear fuerte, Rocío sintió que las piernas ya no eran suyas. Era una sensación extraña, como si caminara sobre algo que no le pertenecía, como si el cuerpo estuviera siguiendo por inercia mientras la mente ya había empezado a soltar amarras.

 Se detuvo, no porque quisiera, se detuvo porque las rodillas simplemente cedieron. Cayó despacio, primero una rodilla, luego la otra, y terminó sentada en el suelo junto al baúl, con la cuerda todavía enrollada en el hombro y las manos apoyadas sobre la madera caliente. El sol le caía directo en la cara.

 No había un solo árbol en ese tramo del camino, solo tierra, solo polvo, solo el horizonte moviéndose con el calor como si el mundo entero estuviera hirviendo. Cerró los ojos. Pensó en su madre, no en lo que diría, solo en su cara, en cómo olía cuando era niña y se quedaba dormida en su regazo, en las manos grandes y callosas que le acomodaban el cabello cuando tenía fiebre.

 Su madre había muerto 4 años atrás. No había nadie más. Bueno, había alguien. Rocío abrió los ojos y miró hacia abajo, su vientre. 7 meses, tal vez 7 y medio. El médico del pueblo nunca había sido muy preciso y ella tampoco había querido hacer muchas preguntas porque hacer preguntas significaba que otras personas empezaban a hacer las suyas.

 No te voy a fallar”, dijo en voz baja. No era una promesa heroica, era casi un ruego. El camino de tierra que tenía frente a ella se extendía en línea recta hasta donde alcanzaba la vista. No había casas, no había postes de luz, no había nada que indicara que en algún punto esa carretera llevaba a algún lugar donde hubiera gente.

 Solo tierra, solo el ruido del viento entre los arbustos secos. y el zumbido constante de algún insecto que Rocío no podía ver. Apoyó la espalda contra el baúl. Eso fue todo. No tenía más. Cerró los ojos de nuevo y pensó con una claridad que la sorprendió, que probablemente iba a morir ahí, que la encontrarían días después o semanas o quizás nunca, que el camino la cubriría de polvo igual que había cubierto sus huellas de sangre, que el baúl quedaría ahí con todo adentro y que las personas que la habían obligado a huir nunca sabrían dónde

terminó todo. Y lo más extraño de todo era que eso, en cierta forma le parecía casi aceptable. Casi. Fue en ese momento con los ojos cerrados y la mente ya en ese lugar extraño que está entre el sueño y el desmayo, que escuchó el sonido. Pasos, pero no solo pasos humanos. Había otro ritmo, cuatro patas sobre tierra suelta, el chirrido leve de algo que se movía con esfuerzo.

 Y luego, superpuesto sobre todo eso, el sonido inconfundible de una campana pequeña, el tipo de campana que se amarra al cuello de un animal de carga. Rocío abrió los ojos. A lo lejos, recortada contra el brillo blanco del horizonte, había una silueta, un hombre, y junto a él un burro.

 Caminaban despacio, sin prisa, como si ese hombre tuviera todo el tiempo del mundo y el camino no le pesara en lo absoluto. Llevaba algo cargado sobre el lomo del animal, bultos que Rocío no podía identificar desde esa distancia, y él mismo cargaba algo sobre el hombro, pero tampoco podía precisar qué era.

 corrió hacia ella, no la llamó, simplemente siguió caminando a ese paso tranquilo y constante, y Rocío se quedó mirándolo sin moverse, sin saber muy bien si lo que veía era real o si el calor y el agotamiento ya le estaban jugando la primera broma seria. Cuando el hombre estuvo a unos 50 m, se detuvo, la miró. Rocío lo miró a él.

 Era mayor, no anciano, pero sí entrado en años. tenía el tipo de cara que el sol y el trabajo forjan durante décadas, complexión fuerte, manos grandes que se notaban incluso desde lejos. Usaba sombrero de palma de ala ancha y llevaba la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho. La ropa era sencilla, pero no descuidada.

 No dijo nada por un momento, solo miró primero a ella, luego al baúl, luego a su vientre, luego de regreso al baúl. Esa mirada, ese orden, primero ella, luego el baúl. Rocío lo notó, incluso en el estado en que estaba lo notó. El hombre caminó los últimos metros despacio y se detuvo frente a ella. La sombra de su sombrero le cayó en la cara y eso solo fue un alivio que Rocío sintió en todo el cuerpo.

 “¿Cuánto tiene sin tomar agua?”, preguntó. Voz grave, sin alarma, como si la pregunta fuera la cosa más natural del mundo. “No sé”, dijo Rocío. Le costó hablar. La garganta estaba reseca. Desde anoche el hombre asintió, se giró hacia el burro, desató un recipiente que llevaba colgado al costado y se lo extendió.

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