Una sonrisa natural, nada forzado. A los 26 conoció a Miriam Castillo en una fiesta de 15 años en la colonia La Cañada. Ella estudiaba enfermería. Él ya manejaba un taxi de aplicación. Se casaron dos años después en una ceremonia pequeña en la parroquia de San Francisco de Asís en el centro histórico de Chihuahua. Para 2022, Nazario había dejado el taxi y se había registrado como repartidor en una plataforma de entrega de paquetes, uno de esos marketplaces grandes que operan en todo el país y que en Chihuahua tienen un centro de
distribución en la zona industrial del sur poniente. El trabajo le convenía. Podía organizar sus horarios con cierta flexibilidad, era bien pagado comparado con otras opciones y él conocía la ciudad como la palma de su mano. Tenían una hija de 2 años, Sofía. Vivían en una casa rentada en la colonia industrial Nogales, al sur de la ciudad.
Una zona tranquila, de clase media baja, calles angostas, bardas de block, perros que ladran detrás de las rejas, normal, común, la vida cotidiana de miles de familias chihuahüenses. Esa vida cotidiana se fracturó el 26 de abril. El turno de Nazario ese día comenzó como todos los demás. llegó al centro de distribución conocido entre los repartidores simplemente como el CD.
A las 7:20 de la mañana firmó entrada, cargó su lote de paquetes en la camioneta, una Nissan Suru modelo 2010 color blanco, placas de Chihuahua. Era un vehículo viejo, pero en buen estado mecánico. Nazario lo cuidaba, le hacía servicio cada 3 meses sin falta. El lote del 26 de abril comprendía 19 paquetes, direcciones distribuidas en distintas zonas del norte y nororiente de la ciudad, colonias como Altavista, Villa del Real, Periférico de la Juventud, Partes del Boulevar Ortiz Mena.
Una ruta larga pero manejable. Nazario había hecho rutas similares decenas de veces. Salió del CD a las 8:15. Las primeras horas transcurrieron con normalidad absoluta. El sistema de la plataforma registra en tiempo real cada confirmación de entrega. A las 8:17, primera entrega confirmada en la colonia Alta Vista.
A las 8:44 segunda confirmada a las 9:03 tercera. El patrón era consistente. El ritmo de un repartidor experimentado que conoce la ciudad y no pierde tiempo. A las 11:30 de la mañana, Nazario tenía ya 12 de los 19 paquetes entregados. mandó un mensaje a Miriam a esa hora, un mensaje de WhatsApp corto. “Voy bien, a mediodía paso a comer si puedo.
” Miriam respondió con un emoji de corazón y le preguntó si quería que le calentara sopa. Él no respondió eso. No era raro, estaba manejando. Lo que sí es raro, lo que los investigadores notaron meses después cuando revisaron el historial completo es que ese fue el último mensaje que Nazario envió voluntariamente, el último contacto humano documentado.
A partir de ahí solo quedan las confirmaciones del sistema y esas confirmaciones son lo que hace este caso tan desconcertante. Las entregas 13, 14, 15 y 16 fueron confirmadas entre las 11:48 y la 1:22 de la tarde. Tonas del periférico de la juventud. Un corredor amplio y comercial en el costado norponiente de la ciudad.
Nada inusual en los registros. Coordenadas GPS dentro del rango esperado. Tiempos razonables. La entrega número 17 se registró a las 277 en una calle de la colonia Villa del Real, la 18, a las 3:44 en una dirección del boulevar Ortiz Mena. La 19 y última, a las 4:51 de la tarde, en una colonia al nororiente de la ciudad, cuyo nombre los familiares de Nazario conocerían muy bien en los meses siguientes.
Ruta completada, sin incidencias, sin reportes de problema. El sistema cerró el turno de Nazario Fuentes como un día de trabajo normal, pero Nazario no regresó al CD a entregar el escáner. Eso era obligatorio, parte del protocolo. Al final del turno, cada repartidor regresa al centro de distribución, entrega el dispositivo de escaneo, firma salida y se va.
Nazario nunca hizo ese trámite. El encargado del CD esperó hasta las 6 de la tarde. Intentó llamarle, no contestó. Lo registró como incidencia menor. Asumió que habría tenido algún problema personal o mecánico con el vehículo. No era la primera vez que un repartidor faltaba al cierre sin avisar. Le mandó mensaje diciendo que pasara al día siguiente a regularizar.
Ese mensaje quedó enleído, solo enleído. Miriam comenzó a preocuparse de verdad a las 7 de la noche. Nazario no era impuntual, eso hay que decirlo con claridad. No era el tipo de hombre que llega tarde sin avisar. Si se iba a demorar, mandaba mensaje. Si había tráfico, mandaba mensaje. Si paraba a cenar con algún compañero, mandaba mensaje.

Era parte de su forma de ser. un detalle pequeño pero consistente que Miriam siempre agradecía. El silencio de esa noche no era su silencio habitual. Llamó a dos compañeros de Nazario que conocía de nombre. Uno no sabía nada. El otro le dijo que lo había visto en el CD por la mañana como siempre, pero que después no había tenido contacto.
Llamó a su cuñada, a su suegra en Cuautemoc. Nadie sabía nada. A las 9 de la noche fue a la delegación más cercana de la Fiscalía General del Estado, la que queda sobre la avenida División del Norte. El agente de guardia le explicó que para levantar una denuncia de persona desaparecida tenían que pasar 24 horas. Miriam le dijo que eso era mentira, que la ley había cambiado, que no había plazo mínimo.
El agente la miró fijo unos segundos y le dijo que volviera al día siguiente con más información. Miriam regresó a su casa con Sofía, dormida en brazos y una sensación en el estómago que no sabía cómo describir todavía. No era pánico, todavía no. Era algo más frío. La certeza de que algo había roto.
La denuncia formal se levantó la mañana del 27 de abril. Miriam llegó a la fiscalía acompañada por su hermano mayor Rodrigo, quien había viajado esa noche desde Cuautemoc en cuanto recibió la llamada. Rodrigo era mecánico, callado, práctico, el tipo de persona que en una crisis no llora, activa. El agente que los atendió esta vez se llamaba Donato Peralta, un investigador con 12 años en la unidad de personas desaparecidas.
Tomó los datos con calma profesional. Anotó la descripción física de Nazario. 175. complexión delgada, cabello negro corto, una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha de un accidente de bicicleta en la infancia. Anotó las placas de Atsuru, anotó el nombre de la plataforma de entregas.
Cuando Miriam mencionó que el sistema del marketplace había registrado la ruta como completada, Peralta levantó la vista del formulario. Eso era inusual. En los casos que él había trabajado, había trabajado muchos, demasiados, lo más común era que hubiera una ruptura clara en el registro. El teléfono se apagaba, el vehículo quedaba abandonado, el patrón de movimiento se interrumpía de golpe.
Pero aquí el sistema decía que Nazario había terminado su trabajo con normalidad. Eso podía significar varias cosas, ninguna de ellas buena. Peralta comenzó a trabajar desde esa misma tarde. Lo primero que hizo fue obtener el historial GPS completo de la plataforma mediante una solicitud formal a la empresa. Eso tomó 48 horas. La respuesta llegó en formato de hoja de cálculo.
Miles de coordenadas ordenadas por stamp. una fotografía minuto a minuto del movimiento de Nazario a lo largo del 26 de abril. Lo que vio al analizar los datos fue coherente hasta cierto punto. Las primeras 16 entregas tenían una lógica geográfica impecable. Los movimientos entre puntos eran directos, sin rodeos innecesarios, con pequeñas paradas que correspondían exactamente a los tiempos normales de entrega.
bajarse, caminar al domicilio, esperar firma o dejar en portería, subir, continuar, todo dentro de parámetros normales. Las entregas 17 y 18 también eran coherentes con la ruta, pero la entrega número 19 era diferente, no en su ubicación final, que sí correspondía con el domicilio registrado en el pedido. Lo que era diferente era el camino que tomó para llegar ahí.
En lugar de seguir el trayecto lógico desde la entrega 18 que habría llevado a Nazario por el boulevar Ortiz Mena hacia el nororiente, el GPS mostraba una desviación, un giro hacia una calle secundaria, luego otra, luego una zona de brechas al borde de la mancha urbana, cerca de lo que localmente se conoce como la loma de las Carolinas, un sector de crecimiento irregular, casas a medio terminar terrenos valdíos.
La desviación duró aproximadamente 21 minutos. Después de esos 21 minutos, el dispositivo continuó hacia la entrega 19 y la confirmó sin problema. Luego el GPS dejó de transmitir. Peralta marcó esa zona en el mapa. La loma de las Carolinas no era un lugar desconocido para la fiscalía. Era uno de esos sectores que crecen sin planificación en los márgenes de la ciudad, donde las calles no tienen nombre oficial, donde las manzanas no tienen numeración clara, donde es fácil perderse si no conoces el terreno.
También era una zona con antecedentes. En los últimos dos años habían recibido reportes de robos a vehículos, de negocios clandestinos, de autopartes robadas, de actividad de grupos locales que operaban con discreción en los linderos de la ciudad. No era el corazón del crimen organizado chihuahüense.
No era una zona de alta violencia declarada. Era algo más difuso, más opaco, el tipo de lugar donde ocurren cosas que nadie denuncia. Peralta solicitó apoyo para hacer un recorrido por la zona el 30 de abril, 4 días después de la desaparición, con dos agentes más y un vehículo sin identificación. Lo que encontraron, o más exactamente lo que no encontraron, generó más preguntas que respuestas.
No había rastro de la Churu, no había señales de accidente, no había ropa, objetos personales, sangre visible, nada que marcara el lugar como una escena. Las calles de terracería mostraban huellas de vehículos, pero eso era normal. Por ahí circulaban vehículos de trabajo a diario, camionetas de albañilería, tráilers pequeños que usaban los atajos para evitar el tráfico.
Hablaron con dos personas que vivían en la zona. Nadie había visto nada. Nadie recordaba ninguna Tsuru blanca. Nadie recordaba nada. Ese nadie sabe nada en una zona como las Carolinas no significaba que no hubiera pasado nada. significaba exactamente lo contrario. Mientras la investigación oficial avanzaba a paso lento, Miriam tomó una decisión que cambiaría el curso de todo.
Publicó en redes sociales, no fue una publicación impulsiva. Miriam era enfermera, era metódica, incluso en el dolor. Redactó el texto con cuidado. Incluyó una foto reciente de Nazario, la descripción del vehículo, el nombre de la plataforma, la fecha, pidió que si alguien había recibido una entrega de él el 26 de abril, especialmente en las últimas horas de su ruta, que le escribiera.
La publicación se compartió 1000 veces en las primeras 12 horas, luego 5,000. Luego llegó a medios locales. El Heraldo de Chihuahua publicó una nota breve. Un portal de noticias regionales hizo lo mismo. La historia de Nazario comenzó a circular y entonces llegaron los mensajes. Muchos eran de solidaridad, de personas que también habían perdido a alguien y sabían lo que era ese silencio.
Algunos eran inútiles, teorías conspirativas sin sustento, señalamientos avecinos sin razón. Pero entre todos esos mensajes había tres que Miriam separó y envió a Peralta de inmediato. El primero era de una mujer que decía haber recibido la entrega número 18 ese día. Recordaba al repartidor porque había intentado cobrarle diferencia por el peso del paquete, algo que no era estándar en esa plataforma.
Cuando ella cuestionó, él se disculpó y dijo que estaba confundido, que había tenido un día raro. Esa frase, un día raro. El segundo era de un joven que decía haber visto una Tsuru blanca estacionada en una calle de las Carolinas el 26 por la tarde, cerca de las 5. Había un hombre parado junto al vehículo hablando por teléfono.
No recordaba la cara, pero sí el color de la camisa. azul marino. El tercero era anónimo, solo decía, “Pregunte por el flaco del 18.” Peralta lo leyó tres veces. En el lenguaje de la calle chihuahüense, ese tipo de referencia no era accidental. El flaco del 18 no era un nombre, era un apodo ligado a una ubicación, probablemente una calle, un sector, un punto de referencia local.
El número 18 en ese contexto podía referirse a muchas cosas. Tardaron cuatro días en descifrar a qué se refería específicamente. Uno de los agentes de Peralta, un hombre joven llamado Torres, que había crecido en una colonia cercana a las Carolinas, reconoció el apodo. El flaco del 18 era el alias de un hombre que operaba en la calle 18 de marzo, dentro de la zona de brechas, al borde de la loma.
No tenía antecedentes penales formales, pero era conocido en el ambiente como intermediario en la compraventa de vehículos con documentación irregular. En términos más directos, chatarrería clandestina, compra de partes robadas. No era un asesino conocido, no era un operador del crimen organizado al nivel de los grandes grupos, era algo más pequeño, más local, más gris, pero estaba en la zona y alguien había querido que investigaran en esa dirección.
Peralta pidió discreción total. No querían que el nombre circulara antes de tener algo concreto. Si el flaco del 18 era parte de esto, cualquier movimiento en falso podría hacer que desapareciera, que destruyera evidencia, que alertara a otros. La operación de vigilancia comenzó el 6 de mayo.
Durante 10 días, Torres y otro agente rotaron turnos de observación en la zona, vehículo civil sin uniforme, anotando movimientos, placas, personas. Era trabajo tedioso, invisible, del tipo que no salen los noticieros, pero que construye los casos. Lo que vieron era consistente con un negocio de piezas robadas de escala modesta, camionetas que llegaban, algunas con vehículos a remolque, [carraspeo] hombres que cargaban partes, una bodega de lámina gris sin letrero, movimiento entre 6 de la mañana y el mediodía. Después silencio. No vieron
nada que pudiera vincularlos directamente con Nazario. No vieron la Tsuru. El 16 de mayo, Peralta tomó la decisión de hacer una visita formal al lugar bajo el pretexto de una revisión de actividad comercial irregular. Sin orden de cateo, solo una revisión de superficie. Fue él mismo quien entró a la bodega.
Lo que encontró adentro, a simple vista, sin necesidad de buscar, cambió el tono de la investigación de forma inmediata. Había piezas de motor apiladas, carrocerías desmanteladas, neumáticos usados, todo lo esperado. Pero en una esquina, detrás de una cortina de ule negro, había tres asientos de automóvil. Asientos de Nissan Suru, color beige grisáceo, desgastados.
Peralta los fotografió sin moverlos. Salió de la bodega sin decir nada relevante al hombre que los había recibido. Un tipo de unos 40 años, flaco, con una cicatriz en el mentón que podría haberle dado el apodo. Les dijo que regresarían con documentación. Actuó con normalidad en el vehículo. Ya alejándose, llamó al laboratorio de criminología.
Necesitaba que esos asientos fueran analizados esa misma tarde. Los resultados del análisis llegaron tres días después. Los asientos contenían restos orgánicos compatibles con sangre humana. La cantidad era pequeña, lo que sugería un intento de limpieza previo. Pero el trabajo forense era claro. Había habido sangre ahí.
Los análisis de ADN tomarían más tiempo, semanas, posiblemente meses, pero el perfil preliminar era consistente con un individuo masculino adulto. No era suficiente para una acusación formal, era suficiente para una orden de cateo. La orden llegó el 22 de mayo, 26 días después de la desaparición de Nazario.
El operativo al amanecer del 23 incluyó a ocho agentes y al propio Peralta. La bodega fue asegurada. El hombre conocido como el flaco del 18, cuyo nombre legal era Aurelio Montañés Reyes, 42 años, sin domicilio fijo registrado, fue detenido para interrogatorio. La Suru no estaba en la bodega, tampoco estaba en Asario.
El interrogatorio de Aurelio Montáñez duró dos días. Era un hombre acostumbrado a hablar poco. Conocía lo suficiente de procedimiento legal como para no incriminarse rápido. Negó todo en las primeras horas. Dijo que las piezas eran compradas a terceros sin saber el origen. Dijo que los asientos los había comprado a un hombre en un tianguis de la carretera.
No recordaba el nombre. No tenía comprobante, pero Peralta era paciente. Tenía 12 años en esta unidad. Había interrogado a personas más difíciles que Aurelio Montañez. Sabía que los silencios también hablaban, que las contradicciones pequeñas se acumulan, que nadie sostiene una mentira perfecta por tiempo indefinido.
La grieta apareció en el segundo día, cerca de las 11 de la noche. Aurelio preguntó si podía hablar con un abogado. Peralta le dijo que sí, que tenía todo el derecho, pero antes de que llamara le hizo una pregunta directa. Los asientos que estaban en su bodega eran de una suru blanca. Aurelio no respondió de inmediato.
Eso era ya una respuesta. Heralta continuó. Le dijo que el análisis forense estaba completo, que la sangre encontrada en los asientos iba a identificarse, que lo que podía controlar a Aurelio ahora era la versión que diera, no los hechos que ya existían. Aurelio miró el techo un momento largo, luego empezó a hablar.
Lo que dijo esa noche reconstruyó parcialmente la tarde del 26 de abril, aunque con vacíos deliberados que Peralta anotó en su libreta con cuidado. Según Aurelio, él no había estado presente cuando ocurrió lo que fuera que había ocurrido. Esa era su posición inicial y la sostendría durante semanas. dijo que un hombre al que conocía por el apodo del gero Tamés le había traído la Tsuru desmontada ya en partes el 27 de abril por la mañana, temprano, antes de las 7, le había pagado por desmantelarla y disponer de los restos. No sabía nada
de ningún repartidor, no sabía nada de ningún nazario. Y el gerero Tamez, Aurelio dijo que lo conocía de vista, que aparecía cada tanto con materiales para vender, que no tenía número de teléfono de él, que el contacto siempre era presencial. ¿Dónde encontrarlo? Silencio. Peralta sabía lo que ese silencio significaba.
Aurelio tenía miedo, ¿no?, de la fiscalía. de algo o alguien más. Esa noche Peralta escribió en su libreta un nombre que apenas tenía contorno todavía, solo un apodo y una dirección que no existía en ningún registro oficial. El gerero tamés. Miriam no dormía bien desde hacía semanas. Había algo perverso en no tener un cuerpo, en no tener certeza, en vivir en ese espacio intermedio donde Nazario seguía siendo técnicamente desaparecido, no confirmado muerto, lo que en términos legales y emocionales significaba una especie de purgatorio.
Su hija Sofía tenía 2 años. No entendía qué había pasado. Preguntaba por papá. Miriam le respondía con frases cortas, neutras, que no comprometían nada. Papá está trabajando. Papá regresa pronto. Frases que cada vez le costaban más decir. Rodrigo, su hermano, se había quedado en Chihuahua. Dormía en el cuarto de huéspedes y manejaba la logística que Miriam no podía manejar.
Los reportes a la plataforma de entregas, las consultas con el abogado, el contacto semanal con Peralta. Peralta los llamaba cada jueves. Era un detalle pequeño, pero que Miriam agradecía enormemente. No siempre tenía noticias nuevas. A veces solo decía que la investigación avanzaba, que estaban trabajando en una línea concreta, pero llamaba y eso en un sistema donde los casos de desaparecidos se archivan con demasiada frecuencia valía mucho.
El jueves 30 de mayo la llamada fue diferente. Peralta le dijo que necesitaban una muestra de ADN de ella y de la familia directa de Nazario para comparación en laboratorio. Miriam entendió lo que eso significaba sin que Peralta tuviera que decirlo explícitamente. Estaban buscando restos. Los análisis de ADN de los asientos tardaron seis semanas en completarse por los procesos habituales del laboratorio estatal.
El resultado llegó el 11 de junio. El perfil genético en los asientos coincidía con material biológico de Miriam y con muestras de ADN de los padres de Nazario, aportadas por su madre desde Cuautemoc. Era sangre de Nazario. La confirmación de que algo violento había ocurrido dentro de ese vehículo cerró la etapa de incertidumbre y abrió otra más oscura.
La búsqueda ya no era de una persona desaparecida, era de un cuerpo. Peralta recibió el resultado un martes por la mañana, leyó el informe dos veces, llamó a su superior directo y pidió ampliar el personal asignado al caso. Hasta ese momento había trabajado prácticamente solo con Torres y otro agente. Necesitaba más.
La petición fue aprobada ese mismo día. El caso de Nazario Fuentes pasó oficialmente al protocolo de investigación por homicidio. La búsqueda de Elero Tames comenzó formalmente la segunda semana de junio. No era un nombre que apareciera en bases de datos con ese apodo. Chihuahua tiene una población de casi un millón de personas en su zona metropolitana y en los márgenes de esa ciudad operan decenas de individuos que no existen en ningún registro formal.
No tienen credencial de elector actualizada, no pagan impuestos, no tienen contratos a su nombre. Encontrar a alguien así requería inteligencia de campo, fuentes humanas, conversaciones en contextos donde nadie habla oficialmente, pero donde la información existe. Torres tenía habilidad para eso. Era de la zona, hablaba en lenguaje, conocía los códigos no escritos de cómo moverse en ciertos ambientes sin generar alarma.
Durante dos semanas trabajó en las periferias de las Carolinas, en los talleres mecánicos informales de la salida hacia Aldama, en algunos puntos de concentración nocturna, donde se sabe que circulan personas del ambiente sin que nadie lo confirme abiertamente. El 18 de junio obtuvo un nombre real. El gerero Tamez se llamaba Ezequiel Tam Corrales, 38 años.
Originario de Delicias, otro municipio chihuahüense, a unos 200 km al sur. Tenía un antecedente menor portación de arma en 2019, cargo del que había salido libre por falta de pruebas. Era conocido en el ambiente de vehículos robados, pero no como figura principal. era eslabón intermedio. Lo que Torres obtuvo, además del nombre, fue algo más valioso, un número de teléfono asociado a él, obtenido a través de una fuente que no podía citarse en el expediente, pero que era confiable en su experiencia.
Heralta solicitó al juez de control una orden de intervención de comunicaciones. La orden tardó 3 días en llegar. El monitoreo comenzó el 21 de junio. Los primeros días fueron silencio casi total. Ezequiel Tamés usaba el teléfono con una frecuencia mínima, mensajes cortos, monosilábicos, nombres en clave que el equipo fue descifrando gradualmente, nada que constituyera evidencia directa del caso nazario de inmediato.
Pero el 28 de junio, un viernes por la noche, llegó un mensaje que cambió todo. Alguien cuyo número no tenía registro formal le escribió a Ezequiel una frase corta. Ya viste lo de la nota roja. Cuídate. La nota roja a la que se refería era un artículo publicado ese mismo día en un portal de noticias locales sobre el caso de Nazario, que había ganado atención nuevamente tras una segunda publicación de Miriam en redes sociales, marcando los dos meses de la desaparición.
Ezequiel respondió, “No sé nada de eso. El otro, más te vale.” Eso fue todo. Peralta leyó ese intercambio y sintió lo que se siente cuando una investigación que ha caminado a tientas por semanas de repente tiene tracción. El miedo de Ezequiel era real y el miedo de Ezequiel apuntaba hacia alguien más. Eralta sabía que necesitaba mover con cuidado.
Si presionaban demasiado rápido a Ezequiel, podía desaparecer. Chihuahua no era una ciudad donde los testigos incómodos duraban mucho si el crimen organizado tenía interés en silenciarlos. Y aunque este caso en apariencia era un robo con violencia de escala modesta, los patrones que estaban apareciendo sugerían que podría conectar con algo más. estructurado.
Tomó la decisión de establecer vigilancia física sobre Ezequiel antes de intentar detenerlo. Quería saber con quién se relacionaba. Quería el cuadro completo o al menos más completo que el que tenía. La vigilancia duró 12 días. En esos 12 días, Ezequiel tuvo contacto físico con cuatro personas diferentes. Una era su primo, sin relevancia para el caso.
Otra era una mujer que resultó ser su pareja, tampoco relacionada. La tercera era Aurelio Montañez, lo que confirmaba la conexión ya establecida. La cuarta era un hombre al que Torres no pudo identificar de inmediato. Alto, robusto, de unos 50 años, siempre con una gorra de béisbol oscura. Se reunió con Ezequiel dos veces en la misma taquería de la colonia Revolución, en la zona norte de la ciudad.
Torres consiguió una fotografía de perfil en la segunda reunión. Tardaron 4 días en identificarlo. Se llamaba Severiano Ríos Palomino, 51 años, con antecedentes penales por robo de vehículo en 2011 y 2015. Había cumplido condena parcial y había salido en libertad anticipada. Tenía domicilio registrado en Chihuahua, pero llevaba meses sin usar esa dirección.
No era un delincuente de alto perfil, no era intocable, pero era el eslabón más grueso que habían encontrado hasta ahora. Hiperalta tenía la sensación sostenida en la experiencia de una década de que Severiano Ríos sabía dónde estaba el cuerpo de Nazario. El operativo de detención de Ezequiel Tamés y Severiano Ríos se ejecutó simultáneamente el 10 de julio de 2024.
75 días después de que Nazario Fuentes saliera de su casa por última vez, Ezequiel fue detenido en su domicilio, una vecindad al poniente de la ciudad. No opuso resistencia. Cuando los agentes entraron estaba desayunando. Según Torres, que encabezó esa parte del operativo, Ezequiel pareció casi aliviado, como si llevar semanas esperando ese momento lo hubiera agotado más que la propia detención.
Severiano fue más difícil. Lo encontraron en un taller mecánico del municipio de Aquiles, Cerdán, al sur oriente del área metropolitana. Intentó salir por la parte trasera. Cuando vio los vehículos de la fiscalía, fue detenido antes de llegar a la barda. Los trasladaron a instalaciones diferentes para evitar que coordinaran versiones.
El interrogatorio de Ezequiel Tames comenzó esa tarde. Ezequiel habló, no de inmediato, no sin tensión, no sin medir cada frase con el cuidado de alguien que sabe que lo que dice puede salvarlo o hundirlo, pero habló. Lo que dijo en esas primeras horas construyó el esqueleto de lo que había pasado el 26 de abril.
Según su versión, él no había planeado nada contra Nazario específicamente. La operación, si se le podía llamar así, era una práctica que llevaban meses ejecutando. Identificar repartidores que operaran solos en zonas periféricas, interceptarlos en puntos ciegos, quitarles el vehículo, los dispositivos electrónicos y el efectivo que llevaran.
Vehículos robados que luego se desmantelaban en la bodega de Aurelio, dispositivos que se revendían, una cadena pequeña de tres o cuatro personas que operaba en los márgenes sin llamar demasiado la atención. El 26 de abril, según Ezequiel, el plan era el mismo. Identificaron la Tsuru de Nazario en el boulevard Ortiz Mena después de la entrega 18.
Lo siguieron hasta una calle angosta de las Carolinas. Lo interceptaron con dos vehículos. Lo cerraron, lo bajaron de la camioneta. Pero algo salió mal. Ezequiel dijo que él estaba en uno de los vehículos a distancia, que no fue él quien tuvo el enfrentamiento directo con Nazario, que fue severiano. Y aquí la versión de Ezequiel se volvía más vaga, más cuidadosa, llena de yo no vi.
Me dijeron, no estaba ahí en ese momento. Dijo que Nazario opuso resistencia, que forcejeó, que intentó recuperar su teléfono, que Severiano se pasó. Esa frase se pasó, Peralta la conocía bien. Era la frase que usaban quienes no querían decir que alguien había sido asesinado, pero necesitaban explicar por qué había sangre. presionó.
¿Qué significa que se pasó? Ezequiel dijo que Nazario quedó inconsciente, que creyeron que estaba vivo todavía, que lo subieron a la propia Suru y lo llevaron a otro punto, a dónde Ezequiel mencionó un nombre de lugar, una zona rural al noreste del municipio de Chihuahua, hacia la salida a la carretera que conecta con Aldama.
Peralta anotó el nombre. Luego preguntó lo que tenía que preguntar. Nazario estaba vivo cuando lo dejaron ahí. Ezequiel tardó varios segundos en responder. Dijo que no lo sabía, pero la forma en que lo dijo, mirando la mesa con una voz que había bajado de tono sin razón aparente era la respuesta más honesta que había dado en todo el interrogatorio.
Esa noche, Peralta reunió a su equipo. El nombre del lugar que había dado Ezequiel correspondía a un área de terreno irregular, parcialmente árido, al norte de la ciudad. No había ejidos formales en esa zona, solo parcelas de uso mixto, algunas de ellas abandonadas desde hace años. Era terreno difícil para una búsqueda sin coordenadas precisas.
Peralta solicitó apoyo de la unidad canina y de un equipo de búsqueda especializado. También llamó a Miriam. No le dijo qué habían encontrado, no le dijo el nombre del lugar, solo le dijo que había avances significativos y que en las próximas horas podría tener más información. Le pidió que estuviera cerca del teléfono.
Miriam dijo que sí. Su voz no tembló. Ya había aprendido a contener todo mientras sostenía conversaciones con Peralta. Colgó el teléfono y se fue a revisar que Sofía estuviera dormida. Luego se sentó en la cocina con las manos sobre la mesa y esperó. La búsqueda comenzó al amanecer del 11 de julio.
El equipo llegó a la zona antes de las 6 de la mañana. El sol de Chihuahua en julio sube rápido y pega fuerte, y las horas tempranas eran las únicas donde el trabajo físico en ese terreno era soportable. La vegetación era escasa, nopaleras, matorrales secos, piedra caliza afliorando en los bordes de las barrancas pequeñas que interrumpían el terreno plano.
Los perros trabajaron en cuadrícula. A las 8:40 de la mañana, uno de los binomios se detuvo en un punto a unos 200 met del camino de terracería principal. Alta fue al punto. Había una ondonada poco profunda, cubierta parcialmente con piedras y ramas. El tipo de ocultamiento que se hace a la carrera sin herramientas con lo que hay disponible en el momento.
Los forenses tomaron el control de la escena. El proceso tomó horas, documentación fotográfica, levantamiento de evidencia superficial, remoción cuidadosa de la cobertura. A las 2 de la tarde del 11 de julio, los forenses confirmaron el hallazgo de restos humanos. La identificación formal por ADN tardó varios días más, pero para Peralta, para Torres, para todos los que habían trabajado ese caso durante 75 días, no había ninguna duda sobre de quién eran esos restos.
Nazario Fuentes había encontrado su final en un descampado al norte de la ciudad que nunca había pisado antes, lejos de su casa, lejos de Sofía, lejos de Miriam. El hombre que había salido a trabajar un viernes de abril con 19 paquetes para entregar, que había mandado el último mensaje a su esposa a las 11:30 de la mañana, que había terminado su ruta según el registro del sistema, nunca iba a volver.
Esa noche Peralta llamó a Miriam. fue la llamada más difícil de su carrera y eso decía mucho. Viniendo de un hombre que llevaba 12 años haciendo llamadas difíciles. Le dijo que habían encontrado a Nazario, le dijo que habían detenido a los responsables. Le dijo que el proceso legal iba a continuar. Miriam no respondió de inmediato.
Se escuchaba su respiración al otro lado del teléfono. Profunda, controlada. El tipo de silencio que viene después de semanas de saber algo sin querer saberlo. Luego dijo, “Gracias, solo eso.” Y colgó. Rodrigo, que estaba sentado a un metro de ella en esa cocina de la colonia industrial Nogales, dijo que Miriam simplemente se levantó, fue al cuarto de Sofía, se sentó al borde de la cama donde la niña dormía y no salió de ahí en dos horas.
No lloró de inmediato. El llanto llegó más tarde en oleadas durante semanas. Ese tipo de duelo que no tiene forma predecible, que aparece en los momentos menos esperados, cuando abre el refrigerador y ve algo que a él le gustaba, cuando Sofía pregunta algo y usa un gesto que es idéntico al de Nazario cuando suena una canción en la radio que sonó en algún viaje que ya no existe.
La muerte de Nazario Fuentes no fue noticia nacional durante mucho tiempo. Fue una nota local, un repartidor desaparecido, un caso resuelto. Tres detenidos: Aurelio Montañés, Ezequiel Tamés, Severiano Ríos Palomino, cargos en proceso, pero detrás de esa nota local había 75 días de trabajo silencioso de un equipo pequeño. Había las llamadas de cada jueves de Peralta.
Había la publicación de Miriam en redes que movilizó a desconocidos. Había el mensaje anónimo que dijo, “Pregunta por el flaco del 18. Había torres caminando brechas al amanecer para encontrar un nombre en el ambiente. Y había una niña de 2 años en Chihuahua que iba a crecer sabiendo que su padre salió un viernes a trabajar y que el mundo no fue justo con él.
Nazario Fuentes entregó su último pedido a las 4:51 de la tarde del 26 de abril de 2024. El sistema registró ruta completada. Y en ese registro hay algo que duele de una manera muy específica, porque habla de cómo funciona el mundo moderno, de cómo una persona puede desaparecer mientras el algoritmo sigue marcando casillas.
de cómo el trabajo continúa, la entrega se confirma, el día cierra en verde y nadie en ningún servidor nota que el hombre que movió todos esos paquetes ya no existe. La plataforma no sabía que Nazario estaba muerto cuando cerró su turno, pero tampoco lo buscó cuando no regresó el escáner. No hubo protocolo automático, no hubo alerta, no hubo sistema que conectara la ausencia de ese cierre de turno con el número de teléfono de Miriam.
Eso también es parte de esta historia, una historia que no se trata solo de tres hombres que robaron y mataron a un trabajador. Se trata también de los sistemas que no protegen a quienes trabajan en ellos, de los repartidores que circulan solos, sin compañía, sin seguridad, con un teléfono y una camioneta por todas las colonias de todas las ciudades de este país, haciendo que lleguen los paquetes de los demás.
Nazario era uno de ellos y su historia merece ser contada. Severiano Ríos Palomino no habló en el primer interrogatorio ni en el segundo. Era el tipo de hombre que conoce el sistema lo suficiente como para saber que el silencio es su mejor defensa inicial. No pedía abogado de inmediato, tampoco negaba ni confirmaba nada. Respondía preguntas con preguntas, desviaba.
Miraba a Peralta con una calma que no era indiferencia, sino cálculo. Tenía 51 años y había pasado tiempo en el sistema penitenciario. Sabía cómo se veía una investigación sólida y cómo se veía una con huecos. Estaba midiendo cuánto tenían realmente. Peralta lo sabía, por eso no presionó en las primeras horas. Dejó que Severiano creyera que el silencio funcionaba.
Mientras tanto, el equipo forense trabajaba en la escena del hallazgo. Los laboratorios procesaban evidencia y Torres revisaba el historial completo de Severiano con una lupa. Lo que Torres encontró en ese historial cambió el ángulo de la investigación de forma significativa. Severiano Ríos no era simplemente un ladrón de vehículo reincidente que había escalado a la violencia por accidente.
Tenía un patrón. En los tres años previos había al menos dos reportes de personas que habían denunciado ser interceptadas en zonas periféricas de la ciudad, robadas con violencia y, en un caso, golpeadas severamente. Las denuncias habían llegado a distintas delegaciones, nunca habían sido conectadas entre sí y habían quedado en carpetas de investigación separadas sin avance.
Torres las conectó. El modus operandi era consistente. Zonas de baja densidad, vehículos de trabajo que circulaban solos, interceptación con más de un vehículo, robo de auto y dispositivos electrónicos. Nazario no había sido su primer objetivo. Probablemente tampoco iba a ser el último si no los hubieran detenido.
Esa información llegó a Peralta la tarde del 12 de julio, mientras el laboratorio forense todavía procesaba la escena del hallazgo. La amplió la imagen completa. Ya no era solo el caso de un hombre, era una operación que había funcionado durante meses con impunidad relativa, ayudada por la fragmentación de las denuncias, por la falta de comunicación entre delegaciones, por el perfil de las víctimas, trabajadores informales, repartidores, personas que circulaban solas y cuyas desapariciones o robos no siempre generaban el tipo de ruido
mediático que activa investigaciones rápidas. Peralta reunió los tres casos adicionales en un expediente paralelo y lo entregó a su superior con una recomendación, investigar si había más víctimas no denunciadas. La respuesta institucional fue tibia. Recursos limitados, carga de trabajo, prioridades establecidas, el lenguaje burocrático de siempre.
Pero Peralta sabía que el expediente ya existía. que estaba firmado que si en algún momento la presión pública o legal aumentaba, ese documento iba a estar ahí. A veces el trabajo de un investigador es plantar semillas que otros van a cosechar. El 15 de julio, 4 días después del hallazgo, Severiano Ríos finalmente solicitó hablar.
Llegó acompañado de un abogado de oficio, un hombre joven que claramente no tenía experiencia en casos de esta magnitud. Severiano lo ignoró en buena medida y habló directamente con Peralta, lo que era un error táctico, pero revelaba algo sobre su carácter. Era un hombre que prefería creer que podía manejar sus propios problemas.
La versión que dio era diferente a la de Ezequiel en puntos clave. Según Severiano, el plan original el 26 de abril nunca había incluido matar a nadie. Era un robo, uno más. Habían hecho lo mismo antes sin que nadie muriera. Identificaron la Tsuru de Nazario. Lo siguieron desde el boulevard Ortiz Mena. Lo cerraron en una calle de las Carolinas cuando no había testigos.
Nazario bajó del vehículo. Hasta ahí, según Severiano, todo iba dentro de lo planeado. El problema, según su versión, fue que Nazario no soltó el teléfono. No era un detalle menor. El teléfono era el dispositivo más valioso que cargaba un repartidor. Tenía la aplicación con acceso a la cuenta, los datos personales, posiblemente información bancaria.
Para los que operaban en ese circuito de robo, el teléfono valía más que la camioneta en muchos casos. Nazario se negó a entregarlo. Severiano dijo que forcejearon, que Nazario era más fuerte de lo que parecía, que en el forcejeo algo se salió de control. ¿Qué exactamente? Ahí Severiano hizo una pausa larga.
Dijo que hubo un golpe, que Nazario cayó. que no se levantó. Peralta le preguntó con qué fue el golpe. Severiano miró a su abogado. El abogado no supo qué decir. Severiano dijo, “Con lo que había. El informe forense llegó completo el 18 de julio. Confirmaba lo que la escena ya sugería.
Nazario Fuentes había muerto por traumatismo cráneoencefálico severo, un único golpe contundente consistente con un objeto de superficie plana y considerable masa. La muerte había sido relativamente rápida. No había evidencia de tortura prolongada ni de múltiples heridas. Un solo golpe terrible. Ese detalle no lo hacía menos grave, no lo hacía más comprensible, pero sí perfilaba la naturaleza del crimen con precisión.
No había sido planificado como homicidio. Era un robo que terminó en muerte por la violencia desproporcionada de uno de los participantes. En términos legales, eso se procesaría como homicidio doloso con calificativas. La diferencia entre premeditación y dolo eventual en el sistema penal mexicano era técnica, pero relevante para los años de sentencia que cada uno enfrentaría.
El abogado que Miriam había contratado, pagando de sus propios ahorros, recibió el informe y comenzó a trabajar en la coadyyubancia. quería que la fiscalía no dejara caer ningún cargo, que los tres procesados respondieran al máximo de lo que la ley permitía. Miriam firmó cada documento que le pusieron enfrente, no con rabia visible, con una determinación fría que quienes la conocían empezaron a reconocer como su nueva forma de estar en el mundo.
El proceso legal avanzó con la lentitud característica del sistema judicial mexicano. Las audiencias iniciales se celebraron en el Centro de Justicia Penal del Estado sobre el bulevar Ortiz Mena. a pocos kilómetros de donde Nazario había hecho su penúltima entrega ese día. Esa coincidencia geográfica no era algo que Miriam hubiera notado la primera vez que fue, pero cuando lo notó, se detuvo un momento afuera del edificio y tuvo que respirar hondo antes de entrar.
Aurelio Montañés fue vinculado a proceso por encubrimiento y probable participación en homicidio, dado que había recibido y desmantelado el vehículo sabiendo lo que había ocurrido. Ezequiel Tamés enfrentó cargos por homicidio doloso en calidad de coautor, robo con violencia y participación en banda criminal.
Severiano Ríos Palomino fue imputado por homicidio doloso, calificado como autor material, robo con violencia agravado y los cargos adicionales relacionados con los casos previos que Torres había identificado. Las audiencias eran largas, técnicas, llenas del lenguaje árido de los procedimientos. Miriam asistió a todas las que pudo, sentada en la fila de familiares con Rodrigo a su lado.
No hablaba durante las audiencias, tomaba notas en una libreta pequeña de espiral. Le preguntaba cosas a su abogado en los recesos. Se había convertido en alguien que entendía los procesos judiciales, no porque quisiera, sino porque no tenía otra opción si quería que se hiciera justicia. Afuera del proceso legal, la vida de Miriam seguía su reconstrucción lenta e imperfecta.
Volvió al trabajo en septiembre, 4 meses después de la desaparición de Nazario. El hospital donde trabajaba como enfermera le había dado una licencia con goce de sueldo durante ese tiempo, un gesto que ella nunca dejó de agradecer. Sus compañeras la recibieron con cuidado, sin exceso de preguntas, con la consideración discreta de personas que saben que hay dolores, que no necesitan ser verbalizados constantemente.
Sofía empezó el kinder ese mismo año. El primer día que Miriam la llevó de la mano al salón, la maestra le preguntó con quién vivía la niña. Miriam respondió, “Conmigo y con mi hermano.” La maestra asintió sin preguntar más. En el expediente escolar de Sofía, en el apartado de tutor paterno, había un espacio en blanco.
Miriam lo miró un momento y luego guardó la carpeta en su bolsa. Esas eran las formas en que la ausencia de Nazario se materializaba en lo cotidiano, no solo en la cama vacía o en la silla sin ocupar en la mesa, en los formularios escolares, en el día del padre en el kinder, en las preguntas que Sofía iba a hacer conforme creciera y que iban a requerir respuestas que ninguna madre debería tener que construir sola.
Alta cerró formalmente su participación activa en el caso a finales de octubre de 2024. Antes de hacerlo fue a la casa de Miriam. [carraspeo] No era una visita de protocolo, era algo que él mismo no supo bien cómo explicarle a Torres cuando este le preguntó por qué iba. Llegó un martes por la tarde con una caja de pan dulce, lo que en Chihuahua es la forma más universal de decir, “Esto es difícil y no sé cómo manejarlo, pero quiero estar presente.
” Miriam lo recibió en la sala, le hizo café de olla. Sofía correteó por el pasillo un momento antes de que Rodrigo la llevara al cuarto. Hablaron durante una hora. Peralta le explicó el estado del proceso judicial. ¿Qué esperar en los próximos meses? ¿Cuáles seran los escenarios más probables para las sentencias? Le dijo que Torres seguía de cerca el caso de los otros posibles afectados por el mismo grupo.
Le dijo que el expediente estaba sólido. Miriam escuchó todo, asintiendo, tomando su café. Cuando Peralta terminó, hubo un silencio no incómodo del tipo que se asienta entre personas que han compartido algo difícil sin haberlo elegido. Miriam dijo, “¿Usted cree que Nazario supo lo que estaba pasando?” Peralta entendió la pregunta.
No era sobre los detalles físicos del golpe. Era sobre si Nazario había tenido tiempo de entender que no iba a sobrevivir, si había habido miedo, si había habido pensamiento de ella, de Sofía. Peralta tardó en responder. Dijo, “Los forenses dicen que fue muy rápido, que probablemente no hubo tiempo para nada.” Miriam asintió.
dijo, “Eso es lo que me repito cuando no puedo dormir. La historia de Nazario Fuentes no terminó con las detenciones ni con el proceso judicial. Terminó en cierta forma con la pregunta que Miriam le hizo a Peralta esa tarde de octubre, con el espacio en blanco en el expediente escolar de Sofía, con el mensaje de WhatsApp que sigue en el historial del teléfono de Miriam, el del 26 de abril a las 11:30. Voy bien.
A mediodía paso a comer si puedo. Ese mensaje nunca fue borrado. Probablemente nunca lo sea. Hay cosas de este caso que van más allá de los nombres y los cargos y las audiencias. Nasario trabajaba para una plataforma que no tenía ningún mecanismo de alerta cuando un repartidor no completaba el cierre de turno.
El sistema sabía que la ruta estaba completada. No sabía que el hombre había desaparecido. Para el algoritmo, ese día fue perfecto. Después del caso de Nazario, la plataforma en cuestión emitió un comunicado de condolencias a la familia. Anunció que revisaría sus protocolos de seguridad para repartidores. Mencionó que exploraría sistemas de checkin periódico durante las rutas.
No hubo seguimiento público de esas promesas. No se sabe si los protocolos cambiaron o si el comunicado fue simplemente lo que los comunicados de ese tipo suelen ser, palabras que existen para ser leídas una vez y olvidadas. Los repartidores en Chihuahua, en Ciudad Juárez, en Monterrey, en Ciudad de México, en Guadalajara, siguen saliendo cada mañana con sus camionetas cargadas de paquetes, solos, sin acompañante, sin sistema de alerta, a colonias que conocen y a colonias que no, haciendo que llegue lo que los demás pedimos
desde la comodidad de una pantalla, la mayoría regresa a casa, pero no todos. En México, según datos de la Comisión Nacional de Búsqueda, al cierre de 2023 había más de 100,000 personas en condición de desaparecidas o no localizadas. 100,000. Un número que no cabe bien en la mente humana, que se vuelve abstracto por su magnitud.
Nazario Fuentes es uno de esos números, o más exactamente era uno de esos números, uno de los que fueron localizados. Uno de los que tuvieron un investigador que llamó cada jueves. Tuvieron a una mujer que publicó en redes y movilizó a desconocidos. Que tuvieron una gente de campo que conocía el ambiente y supo cómo preguntar sin que le dijeran nada.
Muchos no tienen eso. Muchos siguen en la lista sin respuesta, sin hallazgo, sin cierre. Y sus familias hacen lo mismo que hizo Miriam. Esa primera noche marcan el teléfono una vez, dos veces, 10 veces, buzón, siempre buzón, esperando que algo del otro lado conteste. Rodrigo volvió a Cuautemoc en diciembre de 2024, 8 meses después de haber llegado a la casa de su hermana con una maleta de emergencia, pensando que quedaría unos días.
Antes de irse, ayudó a Miriam a reorganizar la habitación que había sido de Nazario. No vaciarla, solo reorganizarla, mover algunas cosas para que el cuarto pudiera tener otro uso sin que sintiera como una traición. Tardaron todo un sábado. Encontraron cosas, una chamarra que Nazario llevaba años sin usar, pero no tiraba porque había sido de su padre.
Una libreta con cuentas de gastos del vehículo, un llavero con un dije de la Virgen de Guadalupe que le había regalado su madre cuando se fue de Cuautemoc a los 19 años. El llavero lo guardó Miriam en el cajón de su mesita de noche. Lo demás lo fue procesando con el tiempo, con esa lentitud que tiene el duelo cuando no hay prisa que lo apure.
Severiano Ríos Palomino recibió sentencia condenatoria en mayo de 2025, 42 años de prisión por homicidio doloso, calificado con agravante de ventaja, robo con violencia y participación en crimen organizado de escala local, la pena máxima que el código penal del Estado permitía en la conjunción de esos cargos.
Ezequiel Tamés fue sentenciado a 28 años. Aurelio Montañés a 12 años por encubrimiento y complicidad. Los tres ingresaron al centro de reinserción social número uno del estado, conocido popularmente como el cerezo de Aquiles Serdán. El día de la sentencia de Severiano, Miriam llegó a la sala con su abogado y con Rodrigo, quien había viajado especialmente desde Cuautemoc.
escuchó la lectura del fallo. Cuando el juez terminó y los guardias llevaron a Severiano de vuelta a la sala de espera, Miriam no aplaudió, ni lloró, ni hizo ningún gesto dramático. levantó, recogió sus cosas, salió del edificio en la explanada del centro de justicia bajo el sol de mayo que en Chihuahua, ya a esa hora del día es implacable, se detuvo y respiró.
Su abogado le preguntó cómo se sentía. Miriam pensó la respuesta un momento. Dijo, “Como cuando termina algo que no querías que empezara. No hay forma de concluir esta historia con algo que suene a cierre completo, porque no lo hay. Nazario Fuentes tenía 34 años. Tenía una hija de 2 años que ahora tiene tres y que dentro de unos años va a tener cuatro, 5, 10.
Y cada uno de esos años va a construirse sin él. tenía una esposa que lo amaba y que aprendió, sin haberlo pedido, a ser más fuerte que el dolor que cargaba. Tenía una camioneta blanca, un escáner de paquetes y 19 entregas para hacer un viernes de abril. hizo las 19, el sistema lo registró, el algoritmo cerró el turno.
Nadie notó que no regresó hasta que ya era tarde. Y eso también es parte de lo que mató a Nazario Fuentes. No solo los tres hombres que lo interceptaron en una calle de las Carolinas, también el sistema que lo mandó solo, que no lo buscó, que cerró el día en verde y siguió. Si estás escuchando esto desde México, probablemente conoces a alguien que reparte, un familiar, un vecino, un amigo que complementa ingresos haciendo entregas.
La próxima vez que llegue un paquete a tu puerta, el nombre en la pantalla no es solo un código de rastreo. He hecho una persona que salió de su casa esta mañana, que tiene personas que lo esperan esta noche, que está haciendo su ruta completa, entrega por entrega en una ciudad que no siempre lo protege. Nazario Fuentes entregó su último pedido a las 4:51 de la tarde del 26 de abril de 2024 y nunca llegó a casa.
Su historia no debería repetirse, pero para que no se repita, primero hay que contarla.