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Alone and rejected for not being able to bear children, until an old woman stopped in her path.

La habían devuelto como quien devuelve algo que no sirve. Su esposo la había echado de la casa. Su familia no quiso recibirla y el pueblo entero había mirado hacia otro lado. Todo porque su vientre no daba frutos. Sola en el camino, sin agua y sin dirección, una anciana indígena a caballo se detuvo frente a ella.

 No preguntó nada, solo la miró con esos ojos que ya habían visto esa misma historia antes, porque era la suya propia, y lo que esa mujer hizo después cambiaría todo lo que estaba por venir. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios de qué ciudad nos escuchas. Dale click al botón de like y vamos con la historia. Luciana había sido de vuelta a los 27 años, no con violencia, no con gritos, con la frialdad calculada de quien ha tomado una decisión.

 y no tiene interés en discutirla. Su esposo, Rodrigo, se lo dijo una mañana de febrero sentado a la mesa con la voz plana de quien habla de algo que ya está resuelto desde hace tiempo y solo falta anunciarlo. No hay futuro aquí para los dos, dijo. 3 años y nada. Los médicos dicen que eres tú. Mi familia necesita continuidad.

Luciana no respondió, no porque no tuviera palabras, sino porque en ese momento todas las palabras que conocía parecían insuficientes para lo que estaba sintiendo. Rodrigo Castellanos era hijo de Asendado, hombre de buena familia y mejores apariencias. Cuando se casaron 3 años atrás, Luciana había creído que era amor.

 Quizás lo era al principio. Pero el amor de ciertos hombres tiene condiciones que no se dicen en el altar. condiciones que solo aparecen cuando algo no funciona como se esperaba. El médico lo había dicho con esa delicadeza profesional que en el fondo no es delicadeza, sino distancia, que Luciana no podría concebir, que había algo en su cuerpo que no respondía como debía, que era una de esas cosas que la naturaleza decide sin pedir opinión.

 Rodrigo había escuchado el diagnóstico con el rostro cerrado y en las semanas que siguieron algo en él se había ido apagando, no de golpe, sino de espacio, como vela que se consume sin que nadie la vea ir menguando. Tienes hasta el fin de semana para recoger tus cosas, dijo esa mañana de febrero y se levantó a buscar su sombrero como si hubiera dicho cualquier otra cosa.

Luciana fue a la casa de sus padres con una maleta y el corazón partido. Esperaba encontrar los brazos abiertos que toda hija espera cuando el mundo se cae. En cambio, encontró la incomodidad de dos personas que no sabían qué hacer con el problema que llegaba a su puerta. Su padre, don Aurelio, era hombre de pocas palabras y muchos principios que en el fondo servían para no tener que sentir demasiado.

 Su madre, doña refugio, era mujer buena, pero débil, del tipo que prefiere el silencio a cualquier conversación que pueda incomodar. Los primeros días fueron de silencios largos y miradas que decían lo que nadie se atrevía a poner en palabras. Luego llegaron las tías con sus voces bajas y sus consejos que en realidad eran juicios disfrazados de preocupación.

 “Algo habrá hecho”, dijo una creyendo que Luciana no escuchaba desde el cuarto. “Estas cosas no pasan porque sí”, dijo otra, “y más vieja de todas, con esa autoridad que da la edad cuando se usa mal”, dijo la frase que Luciana no olvidaría. Una mujer que no puede dar hijos es una rama seca. ¿Para qué sirve una rama seca en el árbol? Luciana cerró los ojos en el cuarto oscuro y respiró hondo.

 Una semana después, su padre tocó la puerta. Se quedó parado en el umbral, sin entrar con el sombrero en la mano, como hacía siempre que tenía que decir algo difícil. “Esta casa es pequeña”, dijo. Y el pueblo habla. “Ya sabes cómo es la gente. Sería mejor si encontraras acomodo en otro lugar. Tengo un primo en Comitán que quizás Luciana no lo dejó terminar. Está bien, papá, dijo.

Entendí. Se levantó, dobló la poca ropa que había traído, metió todo en la maleta y salió antes de que amaneciera para no tener que despedirse de nadie. El camino que salía del pueblo hacia el sur era de tierra roja y polvo que se levantaba con cada paso. Luciana caminó sin rumbo definido porque no tenía rumbo.

 Comitán quedaba lejos y no conocía a nadie ahí, pero quedarse tampoco era opción, así que caminó con la maleta en la mano y el sol que fue subiendo despacio hasta ponerse encima con toda su fuerza de mediodía. Llevaba una hora caminando cuando las piernas le avisaron que no podían más. Se sentó en una piedra grande al borde del camino, dejó la maleta en el suelo y se quedó mirando el camino que se perdía entre los pinos. No tenía agua.

 No había pensado en eso cuando salió de madrugada, con la cabeza llena de todo lo que no quería pensar. El sol pegaba directo y la boca se le había puesto seca con ese tipo de sed que no es solo del cuerpo, sino también del alma. estuvo ahí sentada sin saber cuánto tiempo, lo suficiente para que el paisaje perdiera todo significado y la piedra debajo de ella empezara a sentirse como el único lugar fijo que le quedaba en el mundo.

 Fue entonces cuando escuchó los cascos. La mujer a caballo apareció doblando la curva del camino con esa calma de quien conoce cada piedra de ese trayecto y no tiene apuro en ninguna dirección. era anciana, de esas que tienen una edad que ya no se puede calcular porque el tiempo en ciertas personas deja de ser número y se vuelve presencia.

 El cabello largo y completamente blanco le caía en dos trenzas sobre el pecho. Vestía ropa oscura con bordados de colores en el borde del reboso del tipo que hacen las mujeres de los pueblos originarios de las montañas de Chiapas. Cada color con su significado, cada figura con su historia. El caballo, un animal café oscuro y tranquilo, se detuvo solo cuando llegó a la altura de Luciana.

 Como si supiera, la anciana la miró desde arriba, no con lástima, no con curiosidad, con reconocimiento del tipo que solo tienen los ojos que ya vieron eso antes porque lo vivieron. No preguntó qué había pasado, no preguntó a dónde iba, solo bajó de una de las bolsas que llevaba colgadas en la silla una calabaza con agua.

 La extendió hacia Luciana y dijo en voz baja, “Be primero, todo lo demás puede esperar.” Luciana bebió. El agua estaba fresca, con un sabor a hierba que no supo identificar, pero que le bajó por la garganta como si el cuerpo entero lo estuviera esperando. Cuando terminó, devolvió la calabaza. La anciana la guardó sin decir nada y se quedó mirando el camino hacia el sur, como calculando algo.

 “¿Tienes a dónde ir?”, preguntó finalmente, sin voltear a verla. “No”, dijo Luciana. Y era la primera vez en todo el día que decía esa palabra en voz alta. Y al decirla sintió que pesaba exactamente lo que pesaba, ni más ni menos. La anciana asintió despacio. “Mi rancho está a 2 horas por este camino”, dijo.

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