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Una vez sustituyendo a su padre en el jardín… la hermosa joven hace que el millonario se enamore.

Marcos Márquez contempló el jardín desde la ventana de su despacho, distraído por el movimiento de una figura que no reconocía. Por un momento, pensó que sus ojos le engañaban. ¿Qué hacía una mujer joven en sus jardines con las manos enfundadas en guantes amarillos y una determinación evidente en cada uno de sus movimientos? la observó arrancar las malas hierbas con precisión, como si pudiera distinguir exactamente donde terminaba la planta deseada y comenzaba la intrusa.

Sus movimientos eran rítmicos, casi como una danza con la naturaleza, tan diferente a la rigidez con la que se movían los jardineros profesionales que había contratado anteriormente antes de que Emanuel se encargara de todo. Carlos llamó Marcos a su asistente sin apartar la mirada de la ventana. ¿Dónde está Emanuel hoy? Hay una mujer trabajando en el jardín.

Carlos se acercó a la ventana y asintió como si la situación le resultara perfectamente normal. Es su hija, señor Fernanda. Emanuel llamó esta mañana. tiene un resfriado. Dijo que enviaría a su hija porque sabía que hoy era importante preparar todo para su recepción del viernes. Marcos asintió lentamente, sorprendido por la sensación que experimentaba al observarla.

Había algo hipnótico en la forma en que trabajaba, completamente absorta en su tarea, ajena a ser observada. En su mundo, las mujeres se preocupaban obsesivamente por cómo las veían los demás, siempre conscientes de la impresión que causaban, siempre representando un papel. Esta mujer, sin embargo, parecía existir plenamente en el momento, en perfecta comunión con la tierra y las plantas.

Es la primera vez que la veo, comentó, más para sí mismo que para Carlos. estudia botánica en la Universidad Estatal”, respondió su asistente. “Ayuda a su padre algunas veces, pero normalmente cuando usted está de viaje.” Marco se volvió genuinamente sorprendido. “Botánica y trabaja como jardinera.” Carlos sonrió ligeramente, algo inusual en su habitualmente seria expresión.

“No trabaja como jardinera, señor, solo está cubriendo a su padre. Según tengo entendido, es una de las mejores estudiantes de su facultad. La información le intrigó aún más. Volvió su mirada hacia la ventana, justo cuando Fernanda se incorporaba secándose el sudor de la frente con el antebrazo, dejando un pequeño rastro de tierra en su piel.

El gesto, completamente inconsciente y natural, despertó en él una emoción que no conseguía nombrar. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía esa curiosidad genuina por otra persona? Llévale agua”, ordenó de repente. “Hace calor ahí fuera.” Enseguida, señor. Mientras Carlos salía, Marcos se encontró recordando la última gala benéfica a la que había asistido.

Luciana, su acompañante de esa noche, había pasado toda la velada preocupada por si su maquillaje seguía perfecto, si su vestido de diseñador llamaba la atención adecuada, si los fotógrafos la capturaban desde su mejor ángulo. era agotador, como todas las relaciones que había tenido en los últimos años, superficiales, calculadas, basadas en lo que él podía ofrecer como uno de los empresarios más exitosos del país.

El recuerdo le produjo una punzada de tristeza. A sus 38 años había conseguido todo lo que siempre ambicionó, la expansión internacional de la empresa tecnológica que heredó de su padre, el reconocimiento de la industria, una fortuna considerable que le permitía vivir con todos los lujos imaginables. Y sin embargo, allí estaba, sintiendo una inexplicable envidia por la paz que irradiaba aquella desconocida mientras simplemente hacía su trabajo en el jardín.

Fuera, Fernanda recibió la botella de agua que le ofreció Carlos con una sonrisa radiante. Marcos no podía escuchar lo que decían, pero vio como ella reía ante algo que comentó el asistente. Una risa natural, no el cálculo social que estaba acostumbrado a escuchar. Bebió largos orbos manchando los guantes amarillos al sostener la botella, completamente despreocupada por su apariencia.

Luego volvió al trabajo con renovada energía. Sin ser plenamente consciente de su decisión, Marcos se encontró saliendo de su despacho y caminando hacia el jardín. Necesitaba verla de cerca, escuchar su voz, entender que hacía que esta mujer pareciera tan real. El aire cálido de mayo le recibió al salir a la terraza.

El perfume de las rosas recién florecidas impregnaba la atmósfera, mezclándose con el aroma a tierra húmeda. Fernanda estaba de rodillas junto a un macizo de hortensias. tan concentrada que no notó su presencia. “Parece que sabes exactamente lo que haces”, dijo Marcos sobresaltándola levemente. Fernanda alzó la vista y Marcos se encontró cautivado por unos ojos verdes que reflejaban sorpresa, pero no la habitual deferencia temerosa que inspiraba en sus empleados.

Simplemente sorpresa como la que cualquier persona sentiría al ser interrumpida en medio de una tarea que requería concentración. Señor Márquez”, respondió ella, incorporándose y quitándose uno de los guantes para extenderle la mano. “Soy Fernanda, la hija de Emanuel. Espero que no le importe que lo sustituya hoy.

” Marcos estrechó su mano, notando los callos que delataban que no era la primera vez que trabajaba con las plantas. Una mano fuerte, decidida, cálida, al contrario, el jardín nunca ha tenido mejor aspecto. Carlos me dijo que estudias botánica. Una sombra cruzó brevemente el rostro de Fernanda y Marcos tuvo la impresión de que había dicho algo inapropiado, pero ella recuperó rápidamente su expresión serena.

Así es. Estoy en mi último año. Algo en su tono sugería que había más en esa historia de lo que decían sus palabras, pero Marcos no insistió. ¿Y qué opinas de mi jardín? Profesionalmente, quiero decir. Fernanda miró a su alrededor evaluando el espacio con ojos expertos. Por un instante pareció dudar sobre si debía ser honesta.

Es hermoso, pero pero demasiado domesticado, respondió finalmente. La naturaleza tiene su propio orden, su propia sabiduría. A veces intentamos imponer demasiado control cuando lo más bello surge del equilibrio entre la intervención humana y la libertad de las plantas para expresarse. Marcos parpadeó, sorprendido por esta perspectiva.

Nunca había pensado en su jardín como una imposición, pero entendía perfectamente lo que ella quería decir. No era así también como había estructurado su vida. Todo cuidadosamente controlado, planeado, sin espacio para lo inesperado. Interesante teoría, comentó. Eso es lo que enseñan en la universidad o es una filosofía personal.

Fernanda sonrió y el gesto iluminó su rostro de una manera que Marcos encontró inexplicablemente conmovedora. Un poco de ambas. Mi padre fue quien realmente me enseñó a escuchar a las plantas antes de imponerles mi voluntad. La universidad solo le puso nombre a lo que ya sabía por instinto. Escuchar a las plantas, repitió él entre intrigado y divertido.

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