La historia del cine está repleta de mitos, pero pocos son tan fascinantes como los secretos que envuelven a las grandes superproducciones de la época dorada de Hollywood. En 1956, el legendario director Cecil B. DeMille bendijo a la gran pantalla con su obra cumbre, Los Diez Mandamientos. Esta colosal producción no solo redefinió el género épico, sino que se convirtió en un pilar de la cultura popular mundial. Sin embargo, detrás del misticismo, los efectos especiales revolucionarios para su tiempo y la solemne interpretación de Charlton Heston como Moisés, se esconde una realidad mucho más caótica. Lo que llegó a las salas de cine fue solo una fracción cuidadosamente editada de un metraje repleto de censura, desastres imprevistos en el set, decisiones editoriales despiadadas y pasajes bíblicos enteros que terminaron enterrados en las oscuras bóvedas de Paramount Pictures.
Tres semanas de desenfreno: La censura de la orgía del becerro de oro
Uno de los pasajes más intensos y dramáticos de las escrituras ocurre cuando Moisés asciende a la montaña sagrada para recibir los mandamientos divinos durante cuarenta días y cuarenta noches. En su ausencia, el pueblo hebreo, consumido por la desesperación y la duda, cae en la tentación de construir un becerro de oro para adorarlo. Para retratar la degeneración moral y espiritual d
Read More
e la multitud, Cecil B. DeMille no reparó en gastos ni en tiempo: dedicó tres semanas completas de rodaje exclusivamente a filmar la secuencia de la celebración pagana. Tres semanas enteras para una sola escena.
El verdadero desafío consistía en capturar de manera convincente una auténtica orgía bíblica sin cruzar la estricta línea de la censura de la época, garantizando que el filme mantuviera una clasificación apta para audiencias familiares. DeMille recurrió a ángulos de cámara calculados meticulosamente, capturando una cantidad colosal de material explícito que luego pretendía recortar. Charlton Heston recordaba este periodo de filmación como uno de los más extenuantes de su carrera. El calor abrasador de los focos, la repetición interminable de tomas y el caos controlado de cientos de extras bailando sin parar llevaron al equipo al límite del cansancio. La situación llegó a ser tan sofocante y tediosa que una de las extras exclamó abiertamente en el set: “¿Con quién tengo que acostarme para salir de esta película?”.
Al final, los implacables sensores cinematográficos mutilaron el metraje. La escena que el público vio en la pantalla grande fue apenas un suspiro de las tres semanas de filmación. Debido a esto, se produce una ironía cinematográfica brutal: cuando la Tierra se abre para tragar a los pecadores como castigo divino, la represalia parece desproporcionadamente severa para lo que se muestra en el montaje final. Si las audiencias hubieran visto el metraje original completo que hoy yace bajo llave, comprenderían perfectamente la magnitud de la ira divina.
El gran desastre de las ranas: Cuando el terror sagrado provocó risas
Si la censura de la orgía alteró el tono de la película, existe otra escena eliminada que califica como el desastre financiero y artístico más vergonzoso de toda la producción: la plaga de las ranas. Basada fielmente en el libro del Éxodo, esta secuencia debía representar la segunda gran advertencia de Dios para quebrar la obstinada voluntad del faraón Ramsés.
La producción invirtió una auténtica fortuna en la preparación de este milagro sobrenatural. Se adquirieron y transportaron cientos de ranas auténticas bajo el cuidado de entrenadores especializados. El departamento de arte construyó elaborados canales ocultos en el majestuoso palacio egipcio para dirigir el flujo de los anfibios, además de pantanos artificiales llenos de juncos para tomas masivas. Los actores ensayaron durante días sus reacciones de puro horror; las actrices de la corte practicaban gritos despavoridos y los soldados simulaban intentos desesperados por contener la invasión saltarina. La escena se completó con éxito en película de 35 mm.
El verdadero golpe de realidad llegó durante las proyecciones de prueba con audiencias seleccionadas. En lugar de experimentar un temor reverencial ante el poder de Dios, el público estalló en carcajadas incontrolables. Las ranas brincando sin control por las fastuosas salas mientras los actores intentaban mantener rostros solemnes y dramáticos transformaron la épica bíblica en una comedia de estilo slapstick. Para un perfeccionista obsesivo y devoto como DeMille, esto fue un pecado imperdonable. Negándose rotundamente a permitir que un momento de comedia accidental arruinara la atmósfera sagrada de su obra maestra, ordenó la eliminación total y brutal de la secuencia. Decenas de miles de dólares y semanas de trabajo desaparecieron en la sala de montaje.
Años más tarde, en un controvertido reestreno en cines en 1966, Paramount intentó rescatar parte del dinero invertido reconstruyendo fragmentos de la plaga utilizando fotografías fijas del rodaje, música dramática de Elmer Bernstein y unos pocos segundos salvados del metraje original. Sin embargo, con la llegada de los formatos caseros modernos como el VHS, DVD y Blu-ray, la escena volvió a ser condenada al olvido por decisiones de ritmo narrativo, transformándose en una leyenda perdida del cine.
El peligro del bebé Moisés y las plagas invisibles
La emotiva escena en la que la madre de Moisés lo coloca en una cesta de mimbre para salvarlo del decreto genocida del faraón también sufrió recortes drásticos. En el metraje original, la tensión era casi insoportable: la frágil canasta flotaba peligrosamente cerca de cocodrilos hambrientos que acechaban en las turbias aguas del Nilo y atravesaba rápidos turbulentos que amenazaban con volcarla. Las cámaras enfocaban los rostros de angustia pura de su madre y su hermana Miriam en la orilla, impotentes ante el peligro mortal.
DeMille decidió reducir drásticamente la secuencia y eliminar por completo las tomas de los cocodrilos para evitar angustiar excesivamente a los niños de la audiencia. Como dato curioso, el bebé que protagonizó esas escenas era Fraser Clark Heston, el propio hijo en la vida real de Charlton Heston, lo que añadía una carga de angustia real para la familia durante la filmación.
Asimismo, la película oculta el hecho de que no muestra las diez plagas bíblicas. Por razones estrictamente cinematográficas, el director entendió que repetir el ciclo de “advertencia de Moisés, rechazo del faraón y llegada del desastre” diez veces aburriría fatalmente al público. En una decisión artística muy audaz, condensó cinco de las plagas intermedias (piojos, moscas, úlceras, pestilencia del ganado y langostas) en una sola línea de diálogo pronunciada por el sumo sacerdote egipcio, quien ofrece una explicación naturalista de los hechos antes de saltar directamente a la espectacular plaga del granizo y el fuego. Una tormenta que, dicho sea de paso, se logró de forma muy ingeniosa utilizando palomitas de maíz pintadas con spray blanco para evitar lastimar a los actores en el set.
Cada una de estas decisiones editoriales moldeó de manera definitiva el largometraje clásico que hoy el mundo venera. No obstante, el misterio de lo que aún se desintegra lentamente en los archivos secretos de Paramount sigue alimentando la fascinación eterna por este titán del cine épico.