En un salón cerrado del Palacio de Nariño, envuelto en un silencio denso que solo rompía el zumbido constante de los servidores informáticos, el presidente Gustavo Petro fijó su mirada en los monitores de alta resolución. Frente a él se desplegaba un mosaico de información confidencial: una imagen satelital borrosa debido al follaje de la selva amazónica, un mapa cartográfico salpicado de coordenadas intermitentes en color rojo y el rostro de Néstor Gregorio Vera Fernández, conocido bajo el alias de “Iván Mordisco”, el máximo cabecilla del Estado Mayor Central de las disidencias de las FARC.
A un costado del mandatario, un general de la República contenía la respiración antes de romper el ambiente con un parte definitivo: “Presidente, confirmamos actividad inusual en el campamento. Tenemos comunicaciones cruzadas, movimientos de personal y concentración de equipos”. La carpeta que reposaba sobre la mesa presidencial albergaba registros térmicos acumulados durante semanas de seguimiento minucioso. No se trataba de un refugio transitorio o una trinchera de paso; los analistas de inteligencia militar habían identificado antenas de gran alcance, depósitos logísticos de armamento y una constante rotación de mandos medios. Era el núcleo neurálgico desde donde se coordinaban los ataques y las finanzas ilegales en los departamentos de Guaviare y Meta. Tras medir minuciosamente las consecuencias y descartar cualquier margen de error, la orden del Ejecutivo fue tajante, directa y definitiva: “Prepare la operación. Quiero control total”.
La Maquinaria Táctica en Marcha
A cientos de kilómetros de la capital, en una base aérea militar estratégica, el ambiente operativo se despojó de discursos heroicos para dar paso a la fría precisión técnica. Hombres y mujeres de las fuerzas especiales ajustaban chalecos balísticos, verificaban municiones de reserva y sincronizaban los sistemas ópticos de los drones de vigilancia. En las pantallas térmicas del hangar, los técnicos militares observaban los focos de calor que emitían las carpas ocultas bajo el dosel arbóreo. “Hay movimiento constante en el perímetro; no son patrullas menores”, confirmaba un operador mientras los helicópteros Black Hawk alineaban sus hélices en la plataforma de despegue.
La incursión aérea se diseñó eludiendo las áreas minadas previamente detectadas por la inteligencia técnica. La formación de aeronaves penetró el corredor asignado manteniendo una distancia simétrica estricta, volando bajo para sortear las interferencias de la densa geografía. En la parte trasera de los helicópteros principales, las tropas permanecían en un mutismo absoluto, roto únicamente por la vibración monótona de los motores. Justo antes de ingresar al rango de ataque, un mensaje encriptado reconfirmó la presencia de objetivos de alto valor en el cuadrante de impacto. La luz roja de la cabina se encendió: la fase operativa de asalto estaba oficialmente activada.
El ataque inicial se ejecutó con una exactitud abrumadora. Las cargas guiadas golpearon el centro geométrico del complejo improvisado, provocando el colapso inmediato de las carpas de comando y los depósitos de intendencia. La onda expansiva sacudió las estructuras de madera y lona, levantando densas columnas de humo que envolvieron el perímetro. Sin dar margen de reorganización a las estructuras criminales, se autorizó el despliegue de la unidad terrestre mediante la técnica de descenso por cuerda rápida (fast-rope). Las botas de las tropas de asalto tocaron el suelo irregular, cubierto de escombros calientes y tierra removida, iniciando el aseguramiento sectorial bajo un protocolo de alta seguridad.
Hallazgos y Capturas en el Núcleo del Campamento
Al avanzar entre los restos humeantes de la carpa principal, las patrullas terrestres se toparon con los vestigios de una organización criminal sofisticada. Radios de largo alcance con circuitos expuestos, baterías quemadas, mapas con rutas fluviales marcadas y cuadernos con registros de turnos de personal quedaron semienterrados bajo la lona derribada. Durante el registro inicial, los fusiles de la vanguardia militar detectaron una silueta que intentaba ocultarse entre los escombros de madera: un combatiente herido con uniforme camuflado rasgado que, al verse rodeado, levantó las manos en señal de rendición. Se trataba, según los primeros indicios, de un mando medio encargado de las comunicaciones del anillo de seguridad.
A medida que el reconocimiento se expandía hacia el sector de las antenas destruidas, los operadores térmicos alertaron sobre nuevos puntos de calor intermitentes que intentaban ganar la espesura de la selva. Tras una maniobra de aproximación en cuña compacta, las tropas localizaron a un segundo insurgente debilitado por las lesiones de las esquirlas. Al ser interrogado bajo estricto protocolo de campo, el capturado pronunció las palabras que confirmaban el éxito del planeamiento estratégico: “No sabíamos que venían. El mando estaba aquí cuando cayeron las bombas”.
La Línea de Sangre: Crónica de una Huida Desesperada
A partir de ese instante, la operación militar mutó de un asalto a instalaciones a una persecución de alta prioridad. Las tropas descubrieron un surco profundo en la maleza húmeda que partía desde el cráter provocado por la primera explosión. En el sendero noreste, caracterizado por una vegetación tan cerrada que formaba un túnel natural, los comandos hallaron evidencias físicas incontrovertibles: ramas partidas a media altura que delataban la pérdida de equilibrio de un transeúnte, un cargador de fusil abandonado para aliviar peso, un guante táctico de gran dimensión desgarrado por las espinas y restos de un chaleco balístico reforzado con insignias metálicas exclusivas del círculo máximo de alias “Iván Mordisco”.
El rastro hematológico fresco indicaba que el fugitivo principal había sobrevivido al impacto inicial, pero presentaba heridas de gravedad que limitaban severamente su movilidad autónoma. Las sospechas se esclarecieron por completo cuando un tercer miembro del anillo de seguridad fue interceptado bajo un tronco caído en el corredor de escape. El insurgente, portador de un chaleco de alta jerarquía y un radiotransmisor personal de comunicación directa, terminó por doblegar su resistencia ante las preguntas de los comandos en tierra: “El jefe quiso correr hacia el norte, pero todo estalló muy rápido. Salió herido, se arrastró y sus escoltas corrieron a auxiliarlo”.
Extracción Planificada y Evacuación sobre Ruedas
Siguiendo el rastro de huellas dobles que reemplazó a las marcas de arrastre individuales, la unidad táctica determinó que un tercer actor de contextura robusta y pisada firme había intervenido en la escena para cargar al cabecilla herido. El prisionero identificó a este escolta principal como alias “Marcos”, la sombra inseparable del jefe guerrillero. En su trayecto de evacuación improvisada, los comandos recuperaron una mochila camuflada abandonada en la premura que contenía agendas con códigos de encriptación de rutas y un portafolio de medicamentos de emergencia, incluyendo analgésicos de alta potencia y coagulantes químicos destinados a estabilizar al líder disidente sobre la marcha.
Los últimos 200 metros del corredor oculto desvelaron el sofisticado plan de contingencia que poseía la estructura criminal para proteger la vida de su comandante. Al llegar a un claro alargado que servía como punto ciego para los radares tradicionales debido a la cobertura de los árboles más altos, los investigadores militares descubrieron huellas de neumáticos delgados y marcas de hollín que delataban la presencia reciente de un motor de combustión interna ligero. El patrón simétrico en el suelo demostró que alias “Iván Mordisco” fue depositado en una camilla rígida con ruedas tácticas y posteriormente embarcado en un vehículo todoterreno liviano que lo extrajo del teatro de operaciones apenas unos minutos antes del arribo definitivo de las fuerzas gubernamentales.
El asalto concluyó con la destrucción absoluta del complejo, la incautación de material documental invaluable para la inteligencia militar y la neutralización de su círculo de protección inmediata. Sin embargo, la huida por un margen milimétrico del objetivo principal deja un escenario abierto de persecución activa en las selvas del sur del país. Mientras los helicópteros extraían a las tropas y a los prisioneros con rumbo a las bases de judicialización, una interrogante quedó flotando sobre el espeso follaje amazónico: ¿Cuánto tiempo tardará el cabecilla herido en reorganizar sus filas y desde qué rincón de la geografía nacional pretenderá reactivar su estructura de mando? La respuesta institucional es clara: la búsqueda no se detendrá hasta cerrar definitivamente este capítulo del conflicto.
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