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La caída del imperio de Efraín Cepeda: Expulsión definitiva del Congreso, el contraataque de los secretos y la fría sentencia de Petro

Durante décadas, la política colombiana se rigió bajo las leyes invisibles de la influencia, los pactos de pasillo y las figuras de poder que parecían blindadas contra cualquier adversidad. Uno de los máximos exponentes de este sistema era Efraín Cepeda, un hombre cuyo apellido pesaba como una roca en el Capitolio Nacional. Caminaba por el Congreso con la frente en alto, la mirada firme y esa sonrisa controlada de quien se sabe dueño de los hilos del poder. Era casi imposible concebir el Senado sin su presencia; infundía respeto, miedo y, sobre todo, un silencio sepulcral a su alrededor. Sin embargo, en el tablero político no existen los imperios eternos, y la estrepitosa caída de Cepeda ha marcado un antes y un después en la historia contemporánea de Colombia.

El desmoronamiento de este titán no ocurrió de la noche a la mañana, sino a través de una filtración lenta pero implacable. Todo comenzó de la forma más insospechada: un murmullo entre asesores en un ascensor, una frase suelta en un pasillo mal iluminado y una carpeta olvidada que terminó en el escritorio equivocado. Lo que al principio parecía un informe interno sin mayor trascendencia empezó a destapar una red de movimientos extraños, contratos con sobrecostos escandalosos y empresas fantasmas con conexiones directas al círculo íntimo del congresista. El elemento más demoledor fueron las grabaciones y registros de llamadas que vinculaban directamente a Cepeda con decisiones administrativas de las que él públicamente juraba no tener conocimiento.

Al conocerse las primeras acusaciones

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