Posted in

Granjero viudo ve a una anciana arrastrada por un toro Nelore descontrolado… hasta que…

Cuando vi aquella escena, se me el heló el corazón. Un toro en lore corría desbocado por la brecha, levantando terral, arrastrando tras de sí a una anciana atada con una soga. Su cuerpo frágil golpeaba contra el suelo reseco. Sus brazos buscaban ayuda en el vacío y su grito se perdía en el viento. En ese instante supe si no actuaba allí iba a morir.

Yo me levantaba antes de que saliera el sol. Como lo había hecho siempre durante los últimos 17 años. La casa crujía en la penumbra, los mismos sonidos de siempre, madera vieja cediendo al frío del amanecer, el viento empujando la puerta del porche, el reloj de la sala marcando un tiempo que ya no significaba nada. Me levantaba de la cama sin prisa, los pies descalzos, encontrando el piso frío de cemento pulido.

Me ponía el mismo pantalón de mezclilla gastado, la misma camisa a cuadros con parches en los codos, el mismo sombrero de cuero que mi mujer me regaló en el primer aniversario de bodas. Ella se llamaba Joana. Hacía 3 años que no pronunciaba ese nombre en voz alta. El rancho se encontraba en el norte, cerca de un pueblo olvidado llamado San Ignacio del Desierto.

Casi nadie pasaba por ahí. El camino de tierra cortaba la propiedad a la mitad, conectándola nada con ningún lado. De un lado, pastizal seco donde el ganado pastaba lento, cabeza gacha, masticando lo poco que dejaba la sequía. Del otro más tierra cerca vieja, árboles retorcidos por el sol. El horizonte era el mismo.

Cielo inmenso, polvo rojizo, un calor que parecía no tener fin. Tenía 56 años, pelo cano cortado muy corto, barba de varios días, manos ásperas de quien ha lidiado con la tierra toda la vida, arrugas profundas alrededor de los ojos, no de tanto reír, sino de tanto entrecerrarlos contra el sol. Cuerpo aún fuerte, pero cansado, cansado de una forma que no se cura con reposo.

Todas las mañanas seguían el mismo ritual. Encendía el fogón de leña, calentaba café negro en el viejo jarro, comía pan duro remojado en la leche que ordeñaba de la vaca la tarde anterior. Me lavaba la cara en latina de aluminio, el agua helada espantando el poco sueño que no existía. Me ponía las botas de cuero agrietado y salía a la faena.

Trobador me esperaba en el corral. Un caballo zaino de casi 15 años, fuerte, leal, con una mancha blanca en la frente que parecía una estrella apagada. Fue regalo de Johana cuando nació nuestro hijo. Ella dijo que todo muchacho necesitaba un buen caballo para crecer derecho. Nuestro hijo se llamaba Gabriel. Tenía 8 años cuando murió.

enjalmaba a trobador sin decir palabra. Él conocía el camino, conocía mi silencio. Salíamos por el portón ancho, tomábamos la brecha, pasábamos por los potreros, revisábamos las cercas, contábamos el ganado, buscábamos señales de enfermedad o de algún animal fugado. Era un trabajo que no cambiaba y eso me gustaba. Me gustaba saber qué esperar.

Me gustaba no sentir nada. Joana murió en el parto intentando traer al mundo a nuestra segunda hija. La niña nació muerta. Sostuve a las dos en mis brazos el mismo día. Enterré a las dos en la misma fosa, bajo el mesquite grande al fondo de la casa. Gabriel no soportó la tristeza. Tr meses después le dio fiebre alta. Empezó a delirar.

llamaba a su madre, a la hermana que nunca conoció. El médico más cercano estaba a 2 horas de camino. Cuando llegamos ya era tarde. Enterré a mi hijo junto a ellas y desde entonces yo vivía. Pero no sé si aquello era vida de verdad. Era más un movimiento, una costumbre. Despertar, trabajar, comer, dormir, sin esperar nada, sin desear nada, sin sentir casi nada.

Los vecinos dejaron de visitarme después del primer año. Yo no iniciaba conversación, no aceptaba invitaciones a fiestas, no iba a la iglesia. Entendieron que prefería estar solo y con el tiempo hasta dejaron de intentarlo. La soledad se fue acomodando en mí como el polvo en mueble viejo. Se pegó, se hizo parte de mí.

Ya no luchaba contra ella, simplemente la dejaba estar. En aquella mañana de junio, el cielo estaba despejado, pero el aire denso, el tipo de clima que anuncia un cambio. Enjalmé a trobador como siempre, puse en la alforja agua y piloncillo y salí a dar la vuelta por los potreros del norte. Era la parte más lejana del rancho, donde la cerca hacía lindero con una brecha poco usada que llevaba al pueblo vecino.

Cabalgamos por casi dos horas. El sol subía despacio, calentando la tierra, haciendo temblar el aire sobre el camino. Los grillos cantaban en la vegetación seca. Una garza blanca cruzó el cielo bajo sola. Pensé que era hermoso aquel vuelo silencioso, pero no sentí nada al verlo. Fue cuando llegué cerca del recodo que daba a la carretera principal que lo sentí. Algo era diferente.

El silencio cambió. Ya no era el silencio tranquilo del campo. Era un silencio tenso, pesado, como si el aire contuviera la respiración. Trobador también lo sintió. Eizó las orejas hacia adelante, disminuyó el paso, resopló quedamente. “Tranquilo, viejo”, murmuré pasándole la mano por el pescuezo. Pero yo mismo no estaba tranquilo.

Llevé la mano al ala del sombrero, protegiendo los ojos del sol. Miré hacia el camino y entonces vi el polvo. Una nube inmensa, roja, densa, desgarrando el aire. No era viento, no era coche, era algo grande, algo rápido, algo descontrolado. Se me oprimió el pecho. Espoleé levemente a trobador. Avanzó unos metros.

Nos detuvimos en la orilla del camino, escondidos tras una cerca de alambre de púas y postes viejos. Y fue entonces cuando vi la escena que lo cambiaría todo. Un toronelore blanco, enorme, musculoso, con los cuernos erguidos como navajas. afiladas. Galopaba por el camino de tierra, levantando terral a cada pasada pesada.

Sus ojos estaban desorbitados, tomados por el pánico. La boca espumeaba, las patas golpeaban el suelo con fuerza de trueno. Atada al cuello, una soga gruesa se estiraba hacia atrás y en la punta de esa soga estaba una mujer, una anciana. la estaban arrastrando. Su cuerpo pequeño y frágil saltaba en el suelo como muñeca de trapo arrojada al viento.

Su espalda golpeaba la tierra dura. Los brazos extendidos intentaban agarrarse a algo, pero no había nada. La boca estaba abierta gritando tal vez, pero el viento, el polvo y la distancia enguleron cualquier sonido. Su pelo canoso, sucio de tierra, se pegaba a su rostro ensangrentado. Sus ropas rasgadas dejaban ver la piel magullada, arañada, sangrando.

Read More